| SANTA
HELENA |
| PEQUEÑA
ISLA... |
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| «
Sólo el infortunio le faltaba a mi renombre.
He llevado la Corona Imperial de Francia, la Corona
de Hierro de Italia; y ahora Inglaterra me ha
dado otra más grande aún y más
gloriosa,–
la que fue llevada por el Salvador de Mundo –,
una Corona de Espinas ». Napoleón
I. |
|
por
Gilbert Martineau
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| Sr.
Gilbert Martineau |
|
| Antiguo
cónsul de Francia en Santa Elena |
| «
La leyenda de Santa Helena creó una literatura
y una dramaturgia. Provocó divagaciones filosóficas
y casos de locura. Pero sobre todo, ejerció una
influencia profunda y durable en sensibilidad humana ».
Albéric Cahuet, Après la mort de l'Empereur,
1913). |
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Napoleón
deja Francia y se embarca en el navío inglés
Belerofonte |
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El
29 de julio de 1815 una lluvia cerrada caía sobre la
cubierta del Belerofonte, navío veterano de
Abukir y Trafalgar que tiraba de su ancla, moviéndose
pesadamente sobre la marejada de la bahía de Plymouth,
cuando el comandante, Frederick Maitland, regresó a
bordo tras una conversación con su jefe, el almirante
Keith. Detrás de las portas, el inglés adivina
las siluetas que espían con ansiedad las idas y venidas,
atentos a los pasos de la guardia, al silbato de los gavieros,
e « intentan descubrir en la menor circunstancia procedente
de tierra esperanzas engañosas ». En la popa
del barco, en la cámara del comandante, Napoleón,
echado en un sofá, lee y relee la vida de Washington;
los que le rodean, tan pronto abatidos como turbulentos, se
forjan ilusiones comentando los rumores y estudiando el mapa
de América del Norte. Maitland, con los diarios del
día bajo el brazo, diarios que difunden la feliz noticia
del destierro de Napoleón a Santa Elena.
PÉRFIDA ALBIÓN
El 24 de mayo se había
hecho a la vela en Cawsand Bay, para un crucero de rutina
en persecución de navíos franceses; pero de
pronto todo se desarrolla como en una celada bien organizada,
y el sobre sellado que contiene sus órdenes de ruta
le lleva en línea recta a una cita con la historia.
El 30 de mayo se le indica que vaya a hacer el bloqueo a Rochefort;
el 18 y 21 intercepta barcos enemigos, y el 27 recibe la noticia
de la declaración de guerra a Francia; al día
siguiente le llega el rumor del desastre de Waterloo, y el
7 de julio el almirante Hotham, su jefe de escuadra que cruza
cerca de Quiberón, le indica que Napoleón ha
salido de París con destino a Rochefort, con la intención
de embarcar allí para Estados Unidos. «Emplearéis
los mejores medios para interceptar las fragatas de la isla
de Aix». El 10 de julio, en la rada de Basques, y mientras
dos emisarios de Napoleón intentan en vano obtener
de él libre paso de los navíos hacia América,
Maitland descifra las instrucciones suplementarias del almirante:
« Si tenéis la suerte de capturarlo, le pondréis
bajo guardia y haréis ruta, con discreción y
celeridad, hacia un puerto británico».
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E1
Belerofonte en la rada de Plymouth.
A bordo de este navío inglés,
comandado por el capitán de navío
Maitland, el Emperador Napoleón viajó
de la isla de Aix a Plymouth, y en él
tambiñen se enteró de la terrible
hospitalidad que Inglaterra le reservaba.
Pintura de J.-J. Chalon el Mayor. |
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A las preguntas de los franceses,
que han ido a sondearle, responde, pues, cortésmente,
pero de manera lo bastante imprecisa como para no decepcionarles,
y, manteniéndoles en la inquietud, ganar tiempo. «¿Poseen
salvoconductos para Estados Unidos? ¿Se opondrá
el Gobierno inglés a la partida del Emperador? ¿Se
le permitirá el paso a un navío neutral?»
Savary y Las Cases meditan las preguntas. Maitland no sabe
nada, afirma, respecto a las intenciones de sus ministros;
pero no autorizará que aparejen los navíos franceses
sin orden formal de su jefe. Con el deseo, como más
tarde confesaría, de «impulsar a Napoleón
a esperar una respuesta del almirante, medida que dará
tiempo a los refuerzos a llegar al Belerofonte»
sugiere con voz neutra: « ¿Por qué no
solicitar asilo a Inglaterra? ».
Habiendo utilizado con mucha
astucia «los mejores medios para capturarlo, Maitland
recibe a bordo al Emperador el 15 de julio y regresa a Plymouth
con tal lentitud que la noticia de su éxito pueda llegar
a Londres por vía terrestre. El 24 fondea en Torbay
para enterarse de que su navío está en cuarentena
y de que la carta de Napoleón al príncipe regente,
confiada en la isla de Aix al general Gourgaud, no ha sido
enviada.
El Gabinete de Londres, presidido
por lord Liverpool, no se siente muy trabado por consideraciones
legales ni por sutilezas protocolarias; el refugio bajo pabellón
británico ha salvado la vida a «Bonaparte»,
perseguido por los agentes de Luis XVIII y amenazado con la
cuerda por Blücher; Inglaterra, por lo tanto, ha realizado
un gesto humanitario. El resto es asunto de política
y los ministros del regente juzgan hallarse en libertad para
disponer de la suerte de quien no es más que su prisionero.
Ciertamente, « por depender Bonaparte de la justicia
de Europa », en cuanto a la forma, Liverpool tomará
en cuenta las opiniones de los aliados, pero, desde el 25
de julio, seguro ya de su proyecto, negocia un acuerdo con
la Compañía de Indias para que pase bajo la
dirección de la corona la islita de Santa Elena. Napoleón
sólo escapará a la justicia de Luis XVIII y
al odio de Blücher para ser relegado a una cárcel
en los trópicos. «Santa Elena - escribe Liverpool
- es el lugar del mundo mejor elegido para encerrar a semejante
personaje. A tal distancia y en semejante lugar, toda intriga
le resultará imposible, y, alejado de Europa, pronto
será olvidado.»
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Napoleón
a bordo del Belerofonte
Pintura de Sir William Quiller Orchardson. |
Como las gacetas no podían
bastar para indicar al molesto cautivo la decisión
británica, se le envió a un incierto subsecretario
de Estado, acompañado del almirante más distinguido
de la flota, con el encargo de que, juntamente, le comunicarán
la traducción de un memorándum destinado a su
guardián, el almirante Cockburn: «Esto es peor
que la jaula de Tamerlán», se conformó
con exclamar el vencido. Luego se exaltó, protestó,
resistió, se hizo leer el fin de Catón, descrito
por Plutarco, y, habiendo renunciado al suicidio, repentinamente
se dispuso con calma al viaje que había de llevarle
al exilio. Designó, para formar parte de la minúscula
corte que se le autorizaba a conservar, al general Bertrand,
gran mariscal de Palacio; al general De Montholon, al general
Gourgaud y al conde de Las Cases. Después, trasladado
sin muchos miramientos al Northumberland para una
travesía de diez semanas, se fue alejando de las costas
de la Europa que había soñado refundir.
El 14 de octubre, en la niebla
del poniente, se adivinó un picacho gris y negro envuelto
en nubes. «El pico de Diana», dijo el almirante.
Era Santa Elena, formidable fortaleza surgida de las ondas.
Al día siguiente, Napoleón se levantó
temprano, escrutó el amenazador acantilado, los roquedales
rojos y estériles, el pueblo miserable sumido en las
hondonadas del James Valley; las pocas casuchas pegadas a
las pendientes, y luego volvió a encerrarse en su camarote.
«No es un bello lugar; hubiera hecho mejor quedándome
en Egipto», murmuró.
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Retrato
de Napoleón y cuatro personas de su séquito.
Serie de caricaturas realizadas por Denzil Ibbetson
a bordo del Northumberland, entre el 7 y el 16 de octubre
de 1815. Se aprecian, de izquierda a derecha: Napoleón,
Bertrand, Gourgaud (o posiblemente Cipriani Franceschi
(?)), Las Cases, Montholon. |
Por una noche, se le alojó
en Porteous House, albergue de marineros, en pleno pueblo,
mientras el almirante Cockburn buscaba una residencia segura
para los que llamaba en tono despectivo «el general
y su familia». Mientras que dos edificios, Plantation
House y la fortaleza de Jamestown, ofrecían todas las
comodidades requeribles, el almirante optó por Longwood
House, una especie de granja dispuesta para albergar, durante
la canícula, al lugarteniente-gobernador de la colonia.
Durante tres meses, mientras los marineros de la flota se
ajetreaban para agrandar esa mala edificación, Napoleón
fue huésped de William Balcombe, proveedor de la Compañía
de Indias. En un pabellón de verano del dominio de
los Briars, un frágil ventorrillo de aspecto japonés,
una sola habitación le sirve de salón, de comedor
y de dormitorio. Las Cases, promovido al rango de favorito
y de memorialista, se conforma con un granero y los criados
pasan las noches sobre paja e incluso echados en el suelo.
Instalación sumaria; pero que le evita la odiosa promiscuidad
de la pensión Porteous, asediada por los obreros, los
soldados y los esclavos. En un decorado a lo Pablo y Virginia,
Napoleón aprecia - tras la prueba de la travesía
y de la sociedad fríamente educada de Cockburn - el
silencio de la naturaleza y la simplicidad deferente y cohibida
de la familia Balcombe.
William es cortés,
dispuesto a complacer, mientras que su esposa, que evoca la
graciosa silueta de María Walewska, encanta con su
gracia y sus atenciones; cuando se evade de sus reflexiones,
lecturas o dictados, Napoleón se distrae mucho con
las veladas provinciales de los Briars y no cesa de alabar
a sus huéspedes. La menor de las hijas, Elizabeth,
Betzy, traviesa, inteligente y viva, será la sonrisa
del desterrado, hasta el día de diciembre en que verterá
lágrimas cuando vea alejarse hacia la meseta brumosa
de Longwood al desgraciado Emperador al que ella había
convertido, en tres meses, en tío cariñoso.
LA VIDA EN LONGWOOD
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La llegada del Northumberland a Santa Elena, el 15 de
octubre de 1815
Montañas áridas, con frecuencia brumosas,
algunas casas en el fondo del triste valle... «
No es un bonito lugar para estar », murmuró
el prisionero. Grabado de Curvoisier-Dubois. |
Instalados en Longwood a comienzos
de diciembre, los franceses se sienten a disgusto; todo allí
les molesta, les desagrada el cuadro, la casa, las normas
que la rigen, el clima. El interior, preparado para el uso
personal del Emperador, recordaba el de un simple funcionario
de la Compañía de Indias: sala de estar, comedor,
salón, dos dormitorios, lavabo. Estas habitaciones
se integraban en construcciones mediocres, de piedra y barro,
cubiertas de tela alquitranada que no protege de la lluvia
ni del sol. Encerrado en esa jaula de Tamerlán, que
temía ya en Plymouth, espiado por sus guardianes hasta
en su silla de rejilla, Napoleón va a conocer la prueba
de la soledad.
Bertrand, el dignatario más
envidiado de las Tullerías, comparte con resignación
esa situación miserable, dividido entre el servicio
de Longwood y los deberes de su familia. Entre un Napoleón
que se queja y refunfuña, cuando no injuria, y una
mujer que llora, a Bertrand le costará mucho mantener
su reputación de fidelidad. La historia le hará
justicia; pero en Santa Elena pronto será suplantado
por Montholon, que trabajará en serio para conquistar
el afecto y estima de su señor.
Tristán y Albine de
Montholon forman una pareja a la que no se esperaría
encontrar en el ambiente de un soberano caído y prisionero;
más bien se les imagina evolucionando con ligereza
en un palacio europeo o intrigando en las antecámaras.
En París, cierto es, Napoleón estaba rodeado
de hombres de otro temple; pero hubo de conformarse con esa
pareja cuando las fidelidades hubieran podido contarse con
los dedos de una mano. Surgido en el seno de una vieja familia
de togados, ambicioso y brillante conversador, Tristán
probó la caballería, entró discretamente
en la diplomacia, representó al Imperio en una corte
de opereta y se unió a los Borbones en 1814 para obtener
un grado; adornado con éste, ofreció sus servicios
al Emperador al día siguiente de Waterloo. En cuanto
a Albine, ligera y sagaz, divorciada dos veces, unida a Montholon,
le costó a ese fogoso marido su buen empleo de ministro
plenipotenciario y el favor imperial. Para restablecer una
situación que ella había comprometido, no perdió
un instante y, apenas presentada, ya en Rochefort mira dulcemente
al soberano, que por caído que esté, según
ella, no deja de disponer de un tesoro considerable y de favores
para distribuir. No muy bonita; pero incitante y bien hecha,
cuenta con la soledad de ese hombre de cuarenta y seis años
para elevarse al rango de favorita y, si no existen pruebas
materiales de sus artificios, resulta difícil no admitir
ciertas alusiones: « Se hace la prudente, se abstiene
y atiza el fuego; es una hermana », fulmina con ironía
Gourgaud, su enemigo jurado; y Balmain, el comisario ruso,
afirma sin tapujos: « Aunque madura, desarreglada y
fea, hoy es la amante del gran hombre ».
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Elizabeth
Balcombe, la traviesa Betzy, cuyo encanto infantil
alegró la estancia del prisionero en las isla
del exilio. En este retrato tardío aparece representada
a los dieciocho años aproximadamente. |
Briars
Valley o el valle de las Zarzas. Este
lugar salvaje es uno de los más característicos
de Santa Elena. Napoleón fue aquí huésped
de la familia Balcombe, cuya simplicidad y gentileza atenuaron
el pesar de los primeros días de exilio. (Fotografía
de Gilbert Martineau). |
El barón Gaspard Gourgaud,
general de artillería, primer oficial de ordenanza
de su majestad, pertenecía a la raza de esos «héroes
de las imágenes de Epinal» que cabalgan, sable
en mano, en un decorado de campo de batalla. En Santa Elena
aparecerá como un actor sin empleo. De la familia de
los Dugazon, heredó las vivas inclinaciones de las
gentes del teatro, y de su padre, violín del rey, una
sensibilidad de artista: las campañas victoriosas,
las heridas, el amor al uniforme, la veneración hacia
el Emperador hicieron lo demás. Joven, atlético,
rubicundo, este antiguo compañero soporta mal la rivalidad,
la contradicción, la falta de trabajo; sinceramente
adicto a un hombre al que quiere tanto como admira, se entrega
por entero a él y quiere ser pagado con la misma moneda.
Atraído a la artillería por la fulgurante carrera
del más grande artillero de la historia, como los jóvenes
de su tiempo, vivió para esa gloria que se conquistaba
en las llanuras de Europa; en Austerlitz recibió la
estrella de los valientes, y en España hizo el aprendizaje
de la más cruel de las guerras. En recompensa a este
entusiasmo, recibió en 1811 el maravilloso uniforme
azul bordado de oficial de ordenanza. «Tiene instrucción,
talento; ha hecho bien la guerra, sabe observar y explicar
bien lo que ha visto»; aparentemente, pues, es el cortesano
ideal para un soberano en exilio; pero, de hecho, por sus
mismas cualidades y virtudes, resulta el menos agradable de
los compañeros en la soledad y la prueba.
No teniendo enemigos a los que atacar, ni Beresina que atravesar,
se dedica a meterse con los Montholon, a quienes desprecia,
y a apartar a los Bertrand, a quienes respeta pero que le
inspiran celos; cuando juzga irrealizable una tarea, se lanza
a una oposición sistemática, hace escenas como
una modistilla - pues ese muchacho vigoroso llora como una
muchacha - y pierde la partida a fuerza de querer ganarla.
Un día de 1818 Napoleón le permitirá
que se marche, sintiéndose aliviado, aunque también
apesadumbrado. «Volveremos a vemos en otro mundo. Adiós,
abrazadme.» «Lloro», dice Gourgaud, le abraza,
y parte a las cinco de la mañana. El turbulento guerrero,
valeroso, pero incapaz de reacciones diversas, no había
comprendido que en la escuela de la desventura es preciso
adaptarse a la nueva situación.
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Longwood
House, vista de conjunto.
Fue en esta vivienda miserable y denigrante donde el
Emperador Napoleón fue condenado a pasar los
últimos años de su gloriosa vida. Aquí
conoció la soledad, el abandono, el hastío,
y, sobre todo, padeció de la vigilancia estrecha
y las mezquindades de su carcelero, Hudson Lowe.
Acuarela pintada por el fiel Louis Marchand, y ofrecida
como obsequio, el 1 de enero de 1820, al Emperador.
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Sigue de cerca a Las Cases
por la ruta del retorno; Las Cases, cuyo celo era demasiado
brillante, demasiado reciente para que durase mucho, y que
huyó de la galera una vez hubo hecho en ella su fortuna.
Bertrand había seguido a Napoleón para servirle;
Montholon para defenderse a sí mismo; Gourgaud para
mantener una causa por la que combatir; Las Cases, literato
y periodista nato, para amasar documentos que valían
su peso en oro. Ese antiguo marino emigrado, realista de corazón
y de espíritu, tardíamente unido al Imperio,
desde la abdicación y la estancia en Malmaison, comprendió
la obra histórica que estaba por hacer; a los cuarenta
y seis años, Napoleón, «el hombre más
extraordinario que han producido los siglos», esconde
aún más de un valor ignorado, y, vuelva o no
de América - se trataba de ir a Estados Unidos cuando
Las Cases ofreció su compañía - tenía
la certidumbre de hacer carrera en las letras compartiendo
la suerte de Bonaparte y haciéndole hablar. Mantenido
a distancia por todos los que rodeaban al Emperador, no tardó
en morder el freno y en pensar que Santa Elena no merecía
perder a Europa, sobre todo cuando ya se hallaba en posesión
de un voluminoso manuscrito que trataba de todos los problemas
que apasionaban al universo, y que contenía las opiniones
más secretas del Emperador. Comprometido por un asunto
absurdo de una correspondencia clandestina, burdamente montada,
dejó la isla sin sentirlo demasiado y pronto se encontró
más a gusto en sus funciones oficiosas de portavoz
del exiliado en Europa que en las de confidente en Santa Elena.
Su obra inmensa tendrá el éxito que merecía
el talento político y literario del verdadero autor.
«El señor de Las Cases - dice Stendhal - carece
de talento. Tanto mejor, cien veces tanto mejor. No puede
mezclar Las Cases con Napoleón cual lo hubiere hecho
el señor Fain.»
EL HASTÍO QUE
MATA
Tomando posesión de
Longwood con el mismo despego que si se tratara de un alojamiento
provisional de campaña, Napoleón pone buena
cara al mal tiempo, y se somete rápidamente a una rutina
que no abandonará sino obligado por los elementos o
la enfermedad. Pronto, para sustraerse a los espías
de Hudson Lowe, agregará incluso a los rigores del
exilio y a la melancolía del cautiverio, con una especie
de indiferencia, el deprimente estilo de vida de un jubilado.
El que dormía cuando quería, en el campamento
o en la cámara, será presa del insomnio; el
trabajador incansable que se complacía en la tarea,
en el baño, en la mesa, el baile o la ópera,
no se dedica a dictar sino para distraer a sus generales.
«Cuando se despierta, por la noche, no puede volver
a dormirse; se acuerda de todos sus errores y compara su situación
pasada con la actual.»
Se
levanta temprano, y, con placer sencillo, se acomoda
a la compañía de sus dos ayudas de cámara,
Louis Marchand, un joven reservado y deferente («los
servicios que me prestó fueron los de un amigo»,
dirá en su testamento), y Saint-Denis, llamado
Alí, el falso mameluco que hace las camas, arregla
los libros en la biblioteca y cuida el jardín.
Napoleón charla, pregunta, gasta bromas a los
jóvenes, los cuales, sosteniendo uno de ellos
el espejo y el otro la toalla, asisten a su arreglo
matinal y luego le sirven el café. El gran mariscal
hace una entrada discreta y saluda compungidamente.
Le sigue el médico; se le acoge amistosa y con
frecuencia burlonamente, pero las discusiones importantes
se le reservan; desde el Belerofonte, Napoleón
se ha encaprichado del doctor O'Meara, un irlandés
que entiende el italiano y que pidió el retiro
en la marina británica para convertirse en médico
particular del «general». Al principio más
espía que profesional, O’Meara fue seducido
por Napoleón y pronto conquistado, cuando las
constantes sospechas de Hudson Lowe le amargarán
la vida. |
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Retrato
de Jean-Baptiste-Louis Marchand
El fiel y dedicado sirviente del Emperador.
Detalle de una pintura de J. P. Mauzaisse |
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| Se hará perdonar sus comienzos
poco honrosos, publicando tras su expulsión de
la isla su Voz de Santa Elena, cuyos capítulos
contienen, en medio de un cúmulo de imprecaciones
contra el carcelero oficial, un precioso retrato del héroe
por su médico, un Napoleón único,
cáustico e insinuante, altanero y familiar, que
en parte escapó a la visión de los demás
memorialistas. |
Cuando hace buen tiempo -
un día de cada tres, en Longwood - Napoleón
se calza las botas, se pone su traje civil y, seguido por
Gourgaud o Las Cases, monta a caballo para dar un paseo matinal.
Este esfuerzo, que le distiende los nervios y facilita a su
cuerpo ejercicio, por desgracia no sirve para evitar el aburrimiento,
pues allá donde dirija su cabalgadura Napoleón
encuentra una barrera: por un lado, el mar que lame el pie
de los abruptos roquedales; por otro, los barrancos del valle
del Pescador; y algo más allá, inmóviles
pero hostiles, los centinelas del 53 Regimiento. Ciertamente,
el paisaje no carece de belleza, y la tierra, áspera
y atormentada, petrificada en una convulsión de otras
eras, ofrece a la mirada formas, colores y contrastes grandiosos:
la masa gris y formidable del Barn, la montaña por
la que saltan las cabras; el paisaje lunar del Prosperous
Valley, y el océano infinito, como un mantel de plata.
Pero ¿qué prisionero se complacería en
los atractivos de su prisión, cuando todo en su pasado
le incita a llorar por su existencia libre y poderosa, ya
perdida?
Cuando Napoleón regresa al sendero polvoriento que
asciende, entre madroños y agaves, hacia Longwood House,
agazapada en la cresta, prefiere pensar en la otra isla; aquella
en la cual nació y por la que ahora, ocioso y abandonado,
siente incesante añoranza.
De retorno en el interior
de la casa, toma el baño con lentitud, charla con el
doctor y los oficiales, sonríe ante las historias que
le cuentan, y que divierten a las gentes de la isla: relatos
de guarnición, o asuntos de faldas. Luego almuerza,
por lo común solo, en un velador de su habitación;
comida sencilla, pues siempre conservó sus gustos de
teniente frugal, y prefiere un plato de lentejas con aceite
o un trozo de cordero asado que los platos complicados que
su cocinero desearía guisar con los escasos recursos
locales. El único lujo es un dedo de vino mezclado
con agua y un poco de café bien caliente. «Con
un luis - dice riendo - podría vivir en cualquier parte.
»
 |
Longwood
Old House
Longwood era una granja vieja y degradada. Ubicada en
el sitio más inclemente de la isla, muy húmeda
y expuesta a los vientos más violentos, estaba
apolillada e infestada de mosquitos y de ratas feroces.
Fue en semejante pocilga donde la pérfida Inglaterra
relegó al gran héroe que, de buena fe, se
había entregado a las autoridadesde Inglaterra,
confiando ciegamente en el sentido del honor y en «
la generosidad » de las leyes « de su
más poderoso y más constante enemigo ». |
Al mediodía, en la
espaciosa y clara antecámara, que es la habitación
menos húmeda de la casa, pone en limpio con sus oficiales
el texto de sus Memorias, de sus notas, de sus protestas.
Manos a la espalda, va y viene, refiriendo fechas, nombres,
deteniéndose para consultar un mapa o un libro sobre
la mesa de billar, o para lanzar una ojeada, por un agujero
practicado en un postigo, al campo de Deadwood, en el que
se ajetrean los «guerreras rojas», o al jardín
de la Compañía de Indias. A veces, los visitantes
afrontan la lluvia y el sol, los malos caminos y los malignos
reglamentos, con tal de contemplar al conquistador encadenado.
Provistos de un triste trozo de papel gris, que «invita
al oficial comandante del puesto de guardia de Longwood a
dejar pasar hacia la residencia del general Bonaparte»,
son acogidos en la verja del jardín por un criado que
los acompaña hasta la escalinata, donde les espera
un oficial de uniforme. En la antecámara, el gran mariscal
se inclina, tan solemnemente como si estuviera en las Tullerías,
y anuncia que su majestad va a recibir; y todos esos extranjeros,
almirantes, jueces o gobernadores de la India no pueden penetrar
sin un nervioso temblor en la sala en que Napoleón
les acoge, en pie junto a la chimenea o con el sombrero bajo
el brazo. Durante los primeros meses, estas entrevistas le
interesaron; interrogaba y bromeaba con los viajeros, recibiéndoles
con amabilidad para que así llegara a Inglaterra un
testimonio de su aislamiento; pero muy pronto se dio cuenta
de la inutilidad de tales diálogos y adivinó
cuánto de interesado había en sus interlocutores,
ávidos tan sólo de agregar en sus diarios, entre
un capítulo sobre los cafres y el retorno a Spithead,
algunas «consideraciones sobre la situación presente
de Napoleón Bonaparte».
Cuando los visitantes se marchaban,
hacía preparar su calesa para dar una vuelta por la
única carretera que le estaba permitido recorrer, y
ofrecía lugar a su lado a la condesa Bertrand o a la
señora de Montholon; dos oficiales se instalaban en
el otro asiento, y el cochero hacía arrancar a los
seis caballos de un sonoro latigazo. Por el camino, estrecho
y sinuoso, el coche iba a buena marcha, pero en Alarm House,
allí donde el camino desciende repentinamente hacia
el puerto, los soldados ingleses cerraban el paso: sin la
escolta de uno de sus oficiales el «general» no
podía ir más allá de ese límite.
«No podría salir del camino por una necesidad
- bromeaba Napoleón - sin correr el riesgo de un tiro
de fusil.»
La comida es una prueba, una
intolerable alusión al pasado amargamente añorado,
una constricción que aviva las querellas y despierta
las envidias. Como los Bertrand comen en mesa aparte, salvo
los domingos, los únicos comensales del Emperador son
la señora de Montholon, a su derecha; Las Cases a su
izquierda, y, enfrente, Gourgaud, Montholon y el joven Las
Cases. Con las cortinas bajadas, las velas de los candelabro.
encendidas, la plata que brilla suavemente y el oro de los
uniformes parece como si se abolieran de pronto el tiempo
y la distancia. A los ingleses les saca de quicio un lujo
que consideran desplazado. «El servicio de postres era
de porcelana de Sèvres, con tenedores, cuchillos y
cucharillas de oro. Las tazas de café valían
25 guineas en Europa.» Un Bonaparte que hubiera comido
en escudilla hubiese despertado en ellos más simpatía
y compasión, que ese hombre ya grueso al que llaman
Señor y Su Majestad a la luz de candelabros
de plata; en una isla cuyo aprovisionamiento depende del Estado
y el regalo de un cordero es una ganga para la gaceta, no
se tardará en chismear sobre los menús de Longwood,
y se tendrá más rencor a Bonaparte por sus guisos
de pollo que por el bloqueo continental.
Después
de la comida, todos disfrutan de un momento de descanso,
juego de cartas, o romanza italiana cantada por Albine
de Montholon, en espera del instante temido. «Vamos
a oír a Talma o a Fleury», dice a veces
Napoleón, pidiendo un libro de uno de sus autores
predilectos: Corneille, Voltaire, Ossián, Cervantes
u Homero. Lee mal y de prisa, se detiene ante una palabra
que maltrata, critica un giro o una idea, y el auditorio,
cansado, adormecido, inmóvil no se agita sino
cuando suena la brusca interpelación: «¡Se
duerme usted, señora!».
Lo que todos prefieren son las sobremesas en que Napoleón,
prescindiendo de la tragedia y de los versos, evoca
los episodios de su carrera; narrador nato, posee al
más alto grado el don de mantener atento a su
auditorio, el gusto por la expresión justa, la
desenvoltura del novelista sazonada con la desenvoltura
del campamento militar.
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Longwood House, estado actual
Comprada
por Francia, la casa-prisión del Emperador
alberga hoy un hermoso museo. |
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Al azar de los mecanismos
de la memoria, explica su ascensión, se detiene en
el retrato de un personaje, en los encuentros que tuvo, y
su monólogo deslumbrante, esa síntesis de la
historia del siglo verificada por el personaje clave hacen
olvidar la decadencia material, e ignorar el paso del tiempo
señalado por el reloj de caoba. Napoleón es
el que se detiene brutalmente y pregunta con voz neutra: «Bertrand,
¿qué hora es?.. Un día menos... Vamos
a acostarnos».
Se retira a su dormitorio,
donde Marchand le aguarda; se desviste rápidamente,
se pone una bata y lee un rato antes de dormir. ¿En
qué piensa entre esas cuatro paredes recubiertas de
mahón blanco, en esa pequeña cama de hierro
de sus campañas? « Si debiera empezar de nuevo...
Qué novela mi vida... Si en vez de la expedición
a Egipto la hubiera hecho a Irlanda... A qué se debe
el destino de los imperios... Qué pequeñas e
imperfectas son nuestras revoluciones en la organización
del universo. » Sobre el techo ligero, cae la lluvia
a ráfagas, empujada por el alisio, y una fétida
humedad * asciende del piso mal trabado; durante las pocas
semanas en que reina un calor sofocante, el canto del grillo
es lo que turba sus ensoñaciones o el zumbido de los
mosquitos en torno a las velas: « Todo respira aquí
un hastío mortal... pero tenemos un alma para engañar
a veinte tiranos... y nuestra situación incluso puede
tener atractivos. El universo nos contempla... la adversidad
ha hundido mi carrera. Es preciso que muera aquí o
que Francia me venga a buscar ».
*
Para hacerse una idea aproximativa de lo que es la humedad
en Longwood House, basta mencionar que, incluso hoy en día,
los servicios de mantenimiento del cónsul de Francia
en Santa Helena recogen diariamente diez litros
de agua en cada pieza del recinto, lo que
nos permite imaginar lo que pudo haber sido la situación
en tiempos de la deportación del Emperador. En ese
sentido, y entre tantas otras anécdotas, podemos citar
el caso de la famosa baraja de Longwood, cuyas cartas debían
ser sistemáticamente planchadas antes de cada juego…
EG-S.
HUDSON LOWE, EL CARCELERO
DEL EMPERADOR
 |
Sir
Hudson Lowe, el sicario infame
Grabado de la época
según un dibujo de l artista británico Wivell. |
El 14 de abril de 1816 desembarca
en Santa Elena el tipo elegido por Bathurst para que sea el
ejecutor de la política oficial y, al pisar el malecón
de Jamestown, sir Hudson Lowe sale de la oscuridad del ejército
para entrar de lleno en la escena de la historia por la dudosa
puerta de los papeles ingratos. Este militar pobre, inteligente,
íntegro, pero devorado por la ambición, careció
de juicio al extremo de preferir ese detestable empleo de
carcelero a un honrado puesto en el Estado Mayor, y pagaría
caro su error: su nombre se convertirá en símbolo
de un vil empleo y, cuando suene la hora de la verdad, cuando
la fama del Emperador invada las publicaciones del siglo y
monopolice los ensueños de los poetas, Hudson Lowe,
envejecido y abandonado, se convertirá en el representante
vivo de uno de los más colosales errores de la historia
de Inglaterra.
De
momento, ha llegado a Santa Elena «para dar órdenes
y no para recibir lecciones», y tenso, en lucha
con una enfermiza timidez, aguijoneado por la estúpida
vanidad del soldado que ha tenido éxito, pronto
logra hacerse detestar por los ingleses, convertirse
en motivo de burla para los franceses y ser zaherido
por los comisarios. «No es un caballero»,
dijo de él Wellington. Otros verán en
su persona «un fondo inagotable de lugares comunes,
un carácter frío, desconfiado, maneras
que repelen bajo una intención de mostrarse amable,
una exactitud tiránica en la observancia de sus
deberes», y, además, «un espíritu
estrecho, un hombre al que la responsabilidad con que
se le ha cargado aplasta y hace temblar, que se devana
el cerebro por tonterías, y que sólo difícilmente
realiza, agitándose mucho, lo que otros harían
con naturalidad». Imbuido de instrucciones severas,
y de órdenes verbales que no traspasaron las
paredes de la oficina ministerial, apenas desembarca
inaugura un reinado de guardián de galeotes,
reduce los límites de los paseos, espía
a quienes forman el ambiente del Emperador, interroga
a los domésticos, hace registrar las papeleras
de sucia tela, inventaría cartas y paquetes,
prohíbe toda comunicación con los habitantes
de la isla, y acaba por poner Longwood House en cuarentena.
Al quejarse Bertrand de ello, Lowe se conforma con gruñir,
con la lógica del suboficial que está
de semana: «Me han dado una orden y es preciso
que la ejecute». |
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El globo terráqueo de Napoleón
en Santa Elena ¿Cuáles
fueron los pensamientos del monarca desterrado
ante la representación del mundo que alguna
vez tuvo prácticamente a sus pies? Hermosa
pieza conservada en el Museo de Longwood y fotografiada
por el señor Gilbert Martineau. |
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El Emperador juzga al hombre
desde la primera entrevista: «No es el hábito
el que hace al carcelero; es su carácter y su modo
de comportarse, y yo, yo que he gobernado al mundo, bien sé
qué clase de gentes se usa para cumplir semejantes
misiones». Por lo tanto, se niega a mantener un contacto
que sólo hubiera facilitado la tarea del inglés,
sin por ello disminuir la presión del reglamento. Cinco
entrevistas en cinco años, siempre agitadas por palabras
ofensivas, por frases irreparables, abrieron un foso entre
ambos hombres y los aislaron definitivamente; pero, «como
el que sólo sabía mandar estaba en poder del
que solamente sabía obedecer», la miserable tarea
de Lowe no tardaría en dar frutos. Cuando le limitan
el espacio, el dinero, los libros y los visitantes, Napoleón
se va haciendo cada vez menos combativo; desmoralizado por
las peleas caseras, vigilado hasta dentro de la casa, reducido
a ser el segundo que lee su propia correspondencia; pronto
preferirá convertir su habitación en barricada:
ese enclaustramiento, actuando sobre su carácter y
su salud, le entregará sin defensa al mayor de los
hastíos y a la enfermedad.
La convención del 2
de agosto de 1815 autoriza a los aliados a que mantuvieran
en Santa Elena unos comisarios «para que tuviesen la
seguridad de la presencia de Napoleón Bonaparte sin
por ello tener que guardarle». Estos representantes
sin poder llegaron a la isla el mes de junio de 1816, y Napoleón,
que esperaba encargados de misión, tuvo que conformarse
con guardianes honorarios; se enteró del texto de la
convención, alzó los hombros, y, sin duda para
disimular su desengaño, la emprendió violentamente
contra el Emperador de Austria, «un hombre que me suplicó
que me casara con su hija, y al que devolví sus Estados
por dos veces», y contra el zar Alejandro, «que
estaba a mis pies y me llamaba su mejor amigo». Por
una vez, forma coro con el Gabinete de Londres - al que esa
supervisión no le causaba placer - y se burla del trío:
«Qué locura, mandar aquí comisarios sin
cargo ni responsabilidad. No tendrán más trabajo
que andar por las calles y trepar por las rocas. No pienso
recibirles, ya que acaban de llamarme general, como
el gobernador».
El modo como esos funcionarios
fueron enviados y la astucia de Lowe privaron a Napoleón
de una compañía que hubiera podido resultarle
un alivio, pues si bien el francés era un tipo sin
cultura ni educación, el ruso y el austriaco no carecían
de don de gentes ni de facilidad de conversación. En
Longwood se pensó recibirles como si fueran particulares,
pero el gobernador, juzgando que podía haber algún
riesgo en ello, señaló que no podía presentarlos
personalmente - el puente se había roto entre el Emperador
y él -, lo que impedía toda visita espontánea.
Al inglés ya no le quedaba más trabajo que aislar
a esos molestos personajes; el tiempo trabajó en su
favor, y el aburrimiento, la enfermedad y la inacción
pusieron fin a la estancia de los comisarios.
El austriaco Stürmer fue llamado a Viena, a petición
de Londres; el ruso Balmain, al casarse con la hija de lady
Lowe, se pasó al campo de su padre político.
En cuanto a los franceses, el inapreciable marqués
de Montchenu, sensible a las delicias de la mesa, se dejará
tratar como un cabo para gozar en paz de los platos de lady
Lowe y de las partidas de cartas de Plantation House; e incluso
procurará que la nota de sus invitaciones la pague
su señor, ofreciendo a sir Hudson, para el hijo que
acaba de darle su esposa, el padrinazgo de Luis XVIII.
LA ÚLTIMA VICTORIA
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Estado
actual del antiguo salón de Longwood,
donde falleció el Emperador Napoleón
I, el 5 de mayo de 1821. |
Esta
esmerada ambientación busca reproducir
el aspecto que tenía este cuarto al momento
de la muerte del Emperador. Hoy cuidadosamente
mantenido con finas telas y duelas enceradas,
nos es difícil imaginar el estado de Longwood
House durante la deportación del Emperador:
en vano buscaría el visitante los techos
agujerados, confeccionados con maderos podridos,
que tanto hicieron sufrir al general Gourgaud;
los plafones emplastados de chapopote que sofocaban
a Las Cases; los mosquitos que escocían
la suave piel de Madama de Montholon, o las legiones
de ratas feroces de Longwood que los chinos de
Longwood que rostizaban… |
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Precipitado desde las alturas
del poder, entregado a la animosidad y a la intriga, Napoleón
ha de extraer de su propia inteligencia los recursos necesarios
para sobrevivir y activar su ambiente. Muy frecuentemente
pudo vérsele, dando al olvido a sus generales y a su
ruidoso servicio, gozarse en combatir contra el gobernador
o en entablar querellas con los ingleses. Ciertamente, el
duelo entre el Emperador y el lugarteniente general de la
isla, entre el detenido y su guardián, parece ganado
de antemano, a quien lo observe en el propio terreno, por
el segundo, y Lowe no deja de dar cuenta, al escribir a su
ministro, de sus aparentes éxitos. Pero para quien
considere el duelo desde el ángulo de la historia,
Napoleón, arquetipo del autócrata, genio del
ataque reducido a la defensa, vence con mucho a Lowe, modelo
del militar sumiso y pasivo, paralizado por el complejo de
inferioridad. Y mientras que el inglés se conforma
con satisfacer a su jefe, Napoleón busca en cada escaramuza
el juicio de la posteridad y la aprobación de los hombres
de corazón. El exiliado, en ese duelo de frases, halla
el estímulo necesario para un trabajo cotidiano, y
se aplica con delicia a un bombardeo epistolar cuyo eco, como
muy bien sabe, resonará hasta las orillas de Europa.
Dicta un primer texto, que entrega a la meditación
de sus generales, más interesado en darles alguna ocupación
que en saber lo que opinan; se levanta por la noche para pulir
su manuscrito, redondear una frase y fulminar contra su adversario:
«Verá cómo trabajo yo; hiero con el rayo.
Esto le permitirá comprender la ventaja que tiene un
buen lógico sobre un imbécil». Menos que
al hombrecillo pelirrojo de Plantation House, apela al Gabinete
de Londres, a la nación inglesa y al antiguo mundo;
cuidadosamente recopiada por Marchand y Alí, esa prosa
incandescente exaltará a los supervivientes de la epopeya
y a la juventud liberal de todos los países: «¿Vuestros
ministros ignoran, pues, que el espectáculo de un gran
hombre presa de la adversidad es el espectáculo más
sublime? ¿Ignoran que Napoleón en Santa Elena,
en medio de las persecuciones de todo género a las
que sólo opone la serenidad, es más grande,
más sagrado, más venerable que el primer trono
del mundo? Los que con esta actitud faltan a Napoleón
no envilecen sino su propio carácter y a la nación
que representan».
Esta literatura, apoyada por
los esfuerzos de su dispersa familia y las intervenciones
de sus admiradores - según él pensaba - podría
dar lugar a una suavización del exilio, e incluso,
tal vez, a un traslado a Malta bajo un clima más clemente;
pero la única voz que se alzar en la Cámara
de los Lores para hablar de grandeza y de magnanimidad será
la de lord Holland, y la ahogarán las venenosas frases
de Bathurst; los pares del reino darán de lado la noble
moción del sobrino de Fox, que preguntaba con emoción
«si Inglaterra mostraba la generosidad que convenía
a una gran nación». Liverpool no halló
dificultades, después, para obtener de los aliados
la firma en blanco que habría de autorizar medidas
aún más severas; en el Congreso de Aquisgrán,
el zar Alejandro, por mediación de su representante,
presentó un riguroso proyecto. «Napoleón,
que representa el poder de la Revolución concentrado
en un solo hombre que se puso al margen de la ley de las instituciones
permanecerá bajo la vigilancia de Inglaterra.»
Se rechazó con altanería un llamamiento de la
señora Letizia, «madre afligida por encima de
toda expresión», y se prestó atención,
divertidamente, a la frase de Pozzo di Borgo, corso al servicio
del zar, que calificó a Napoleón de «temible
vagabundo». El Emperador seguiría, pues, en Santa
Elena; encarcelando de este modo al que ha causado tanto pánico,
los soberanos soñaban con dar firmeza a sus tronos
y expulsar de las mentes el espectro de la emancipación
social. Esos apologistas ciegos de un pasado periclitado se
engañaban al unísono, y, despojando al prisionero
de Europa de su manto de conquistador, lo transformaban en
símbolo de las ideas nuevas, facilitando a los poetas
del siglo, de Heine a Byron, de Pushkin a Manzoni, un sublime
maná.
Cuando cesaron los del Congreso,
Napoleón comprendió que habría de morir
en aquel peñón. « No me mataré;
sería una cobardía; es noble y valeroso superar
el infortunio», dijo; pero de pronto perdió el
gusto del combate y el siniestro año 1819, el de Aquisgrán,
señaló el inicio de la decadencia final. Las
Cases y Gourgaud habían huido ya de la isla; ahora
le tocó el turno a la señora de Montholon, que
ya había llenado su bolsa. Se ha dicho que el Emperador
se emocionó al ver la calesa avanzar hacia Jamestown.
Pero ¿lloraba en realidad por la partida de la petulante
Albine, o, más sencillamente, por «la miseria
del más fiero genio de la acción » ?
EN EL UMBRAL DE LA
INMORTALIDAD
Finalmente, llegó el
tiempo en que ese hombre entregado a sí mismo no tuvo
otra cosa, y se le oyó murmurar: «Mi estancia
aquí es una muerte diaria». Para alcanzar la
suprema etapa, aún tenía que atravesar el país
del padecimiento físico.
 |
El registro de Santa Elena
En un excepcional
documento, vemos aquí un extracto la página
en la que fue registrado el fallecimiento de Napoleón,
en fecha del día 9 de mayo de 182l. La inscripción
inglesa, reza:
« Napoleón
Buonaparte, ex emperador de Francia, que ha fallecido
el 5 del presente en la vieja casa de Longwood, y fue
enterrado en la propiedad del señor Richard Torbett
». |
Desde 1815 no se había
quejado sino de males benignos, originados por el cambio de
modo de vida y el insólito clima: una serie de gripes,
con sus secuelas de dolor de garganta, migraña, dolores
reumáticos y trastornos gástricos debidos a
la execrable alimentación. Gripes y disenterías
son los enemigos de la tonicidad, y las notas de los que rodeaban
a Napoleón muestran el estado de depresión en
que el Emperador fue languideciendo desde 1816 a 1819. «Su
majestad está muy triste [...] sufriente, abatido [...].
Tiene insomnios; devorado por la pena, triste, habla poco,
se queja de dolor de cabeza.» Instalado en su sofá,
confinado en su habitación, somnoliento, contempla
el fuego de leña verde que humea al arder, para olvidar
la lluvia que imposibilita las salidas o los reglamentos que
le impiden aprovechar los días en que hace buen tiempo.
Desde 1817, Marchand anota el cambio producido por esta postración:
«La salud del Emperador se alteraba perceptiblemente
y sólo una gran fuerza moral le hacía soportar
el hastío del cautiverio». Intacta, esta fuerza
moral sin duda le hubiera permitido luchar con más
éxito contra la enfermedad que le acechaba, y, si el
clima y los tormentos que le imponía su carcelero no
son las causas principales de su prematuro fin, las diversas
afecciones de 1816 a 1819 - imputables sólo a su modo
de vida y a las enfermedades endémicas del lugar -
prepararon el terreno a trastornos más graves. Las
experiencias modernas de la medicina psicosomática
son lo bastante concluyentes como para que se pueda afirmar
que Napoleón murió por serle imposible aceptar
seguir viviendo de aquella manera; minado por el pesar, debilitado
por los ataques incesantes de enfermedades no graves, herido
por la inutilidad del combate que había librado para
conseguir una suavización de su exilio, fue víctima
de la terrible enfermedad que dio fin de él, cuando
ya no tuvo la fuerza, el impulso y la combatividad necesarios
para enfrentarse con la decadencia
física.
En julio de 1820, en un cuerpo
debilitado apareció el síntoma de una nueva
enfermedad, de carácter alarmante, que desorientó
a la escasa ciencia del profesor Antommarchi, el médico
corso enviado por la familia, pero que sorprendió al
gran mariscal: «Esta enfermedad nada tiene en común
con sus antiguos trastornos del hígado», anota
Bertrand; y el mismo Napoleón, desde que quedó
inmovilizado en su lecho de campaña, dejó de
prestar atención a la charlatanería del médico
para pensar más de una vez en la muerte de su padre,
Carlos Bonaparte. «Me parece que mi estómago
padece la lesión que llevó a mi padre a la tumba...;
lo sospecho desde que mis vómitos se han vuelto más
frecuentes y obstinados.» Sólo hacía falta
la pomposa ignorancia de los medicuchos que le atendían
para que no pudieran ni prestarle crédito; Antomarchi
y Arnott, un inglés a sueldo de Lowe, lanzaron todos
los posibles diagnósticos: empacho, fiebres gástricas,
hipocondría; y recomendaron, todo ello mezclado, vejigatorios,
lavativas, fricciones en los riñones, mercurio, hierro,
hemético tártaro y calomelano. En Plantation
House, Hudson Lowe mostraba el optimismo más risueño:
«Es una enfermedad del alma, no del cuerpo; el resultado
de su maligna conducta conmigo».
El 10 de abril de 1821, Napoleón
manifestó a Montholon sus disposiciones testamentarias
y le preguntó si 2 000 000 le bastarían para
rescatar, en Borgoña, sus bienes familiares. Un primer
documento, de 1819, reservaba la mayor parte de la herencia
al gran mariscal; en 1821 corresponderá a Montholon
y a Marchand, pues durante sus noches de sufrimiento el Emperador
ha sabido valorar los servicios que se le prestan sólo
con permanecer cerca de su camastro. Definidas las líneas
esenciales del testamento, el día 12 se encierra con
Montholon - que le ayuda - para pasar al papel sus de cisiones.
Muy débil - morirá tres semanas más tarde
-, realiza prodigios de voluntad para recopiar los párrafos
de esa obra capital que contiene todo su pensamiento político,
un lúcido juicio sobre su propia carrera, sobre su
familia, y la loanza de las armas. Las fórmulas están
en todas las memorias francesas; tienen igual carácter
que sus mejores proclamas: «Deseo que mis cenizas reposen
a orillas del Sena», éste es el epitafio que
Francia podrá elegir cuando haya sacudido el yugo de
los aliados y desenmascarado la impostura borbónica,
mientras que el «todo para el pueblo francés»
aconsejado al rey de Roma prepara el advenimiento del segundo
Imperio. «Cuando tenga dieciséis años,
sus objetos personales» deberán ser entregados
a su hijo, desde la capa de Marengo a la espada de Austerlitz,
objetos que «dibujan el recuerdo de un padre del que
el universo le hablará». El dominio privado,
que evalúa en 200 000 000 será, la mitad «para
los oficiales y soldados que combatieron de 1792 a 1815 por
la gloria y la independencia de la nación», y
la otra mitad «para los pueblos y campiñas que
padecieron a causa de la invasión». Se prevén
legados para «los proscritos errantes en países
extranjeros, franceses o italianos, españoles, holandeses
o de las provincias del Rin» y que pagaron con su libertad
su fidelidad al Imperio de Occidente. No olvida ni a los mutilados
y heridos de Ligny y Waterloo, ni al sargento acusado de haber
querido asesinar a Wellington, y cuando Bertrand le pone ante
los ojos un impreso inglés relativo a la muerte de
Enghien, toma de nuevo la pluma y agrega de un trazo: «Hice
detener al duque de Enghien por ser esto preciso al interés
y al honor del pueblo francés».
Entre dos lecturas de Homero,
se impacienta, vigila todos los pormenores, comprueba los
inventarios de sus bienes y dicta el texto de la nota que
se deberá enviar al gobernador cuando llegue el momento:
«El Emperador Napoleón ha muerto el... a consecuencia
de una larga y penosa enfermedad. Tengo el honor de comunicároslo».
Luego pasa a organizar su capilla ardiente, la ceremonia de
sus funerales y la autopsia de su cuerpo. « Estoy muy
cansado – dice –, pero queda poco tiempo; es necesario
terminar. »
Los padecimientos de los últimos
días fueron atroces: luchando con el dolor, agotado
por los remedios de charlatán, hostigado por los mosquitos
y las moscas, henchido de lavativas, se debate contra el aniquilamiento.
Dice: «Tanto monta, monta tanto», y unos minutos
después: «Es una causa perdida... Amigo, aventad
las moscas». Poco antes del fin, se le oyó suspirar:
« Quien retrocede... ¿Cómo se llama mi
hijo?... Al frente del ejército », lo que pudo
sugerir al poeta que en aquel momento « su pensamiento
erraba aún en medio de los combates ».
Murió el 5 de mayo,
al ocaso.
Lowe vigiló al héroe
muerto como había espiado al prisionero en vida: su
infatigable y detestable minucia le impulsó a todo
género de incongruencias. Hizo falsificar el informe
de la autopsia, desenvolver los pequeños tesoros de
la herencia, extender los vestidos del Emperador, sólo
para divertir a la insignificante lady Lowe; por último,
prohibió a Montholon que hiciera grabar el epitafio
dispuesto: « Napoleón, nacido en Ajaccio el 15
de agosto de 1769 y muerto en Santa Elena el 5 de mayo de
182l ». La losa se dejó desnuda. Ningún
recuerdo, ninguna molestia. « No considero a Napoleón
- dijo - un hombre superior por el espíritu, el juicio
o el talento; es un personaje de segunda categoría.
»
 |
La tumba de Napoleón en el valle del
Geranio, en Santa Elena
Un paisaje romántico, algunos cipreses, una simple
verja, el anonimato de una lápida desnuda... Aquí
comienza la leyenda cuando ha terminado la epopeya. Acordémonos
de los versos que Lamartine escribió en 1823:
Aquí yace... ningún nombre... preguntad
a la tierra.
Y bajo el verde tejido del espino y de la hiedra
¡Se distingue un cetro roto!
Dibujo en sepia, traído de Santa Elena por Bertrand.
|
Revestido de su uniforme de
la Guardia Imperial, escoltado con el ceremonial previsto
para un general inglés, el Emperador fue llevado, cuatro
días más tarde, al valle del Geranio, al son
de los pífanos y de los tambores velados, y luego enterrado
en un ambiente a lo Jean-Jacques Rousseau, a la sombra de
tres sauces y muy cerca de un arroyuelo. Era la primera etapa
de su epopeya póstuma.
Señor, vos retornaréis a
vuestra capital,
sin rebato, sin combate, sin lucha, sin furor,
arrastrado por ocho caballos bajo el arco triunfal
vestido de Emperador.
Volvió a París
en 1840 por voluntad de Luis-Felipe y de Thiers, que querían
hacer olvidar las caricaturas de la época, ofreciendo
a Francia un grabado de Epinal en movimiento. Un millón
de franceses gritaron: «¡ Viva el Emperador!»,
mientras el gigantesco ataúd avanzaba hacia la cúpula
solemne de los Inválidos, seguido por Bertrand canoso,
por un Gourgaud también encanecido y por un Marchand
deshecho en llanto.
El retorno de las cenizas
compensaba los horrores del exilio; pero el amplio monumento
de las orillas del Sena no puede hacernos olvidar las sombras
y la soledad del valle del Geranio, pues la curva iniciada
en una isla del Mediterráneo terminó su curso
en un peñón de los trópicos: El Emperador
en París es la lógica de la historia; la tumba
en Santa Elena es el último cuadro de la gesta.
