Tras
varias dificultades, logró procurarse,
a través de un historiador francés
muy reputado en aquella época, un cabello
(perfectamente identificado) de Napoleón,
y lo hizo analizar en la universidad de Glasgow,
en donde un científico, el profesor
Hamilton Smith, acababa de afinar un método
que permitía revelar de manera infalible
la presencia de arsénico.
Al revelarse el análisis positivo –había
claramente arsénico en ese cabello
de Napoleón– el « detective-historiador
» aficionado sueco, empeñado
en proseguir con su indagación, buscó
procurarse más cabellos. Sin embargo,
a partir de ese momento, en Francia, todas
las puertas se cerraron ante él.
Fue
del extranjero: Suiza, Australia, Estados
Unidos, de donde llegó la ayuda, pues
el artículo que Forshufvud había
publicado en una revista científica
anglosajona, Nature, no había
pasado desapercibida.
Todos los análisis a los que procederá
el profesor Hamilton Smith desembocarán
en el mismo resultado: el arsénico
estaba bien presente – y en grandes
cantidades – en los cabellos de Napoleón.
Lejos
de Suecia, en Montreal, un hombre de negocios
internacional, el canadiense Ben Weider,
gran admirador de Napoleón, tenía
él también algunas dudas acerca
de las causas reales de la muerte del soberano
más célebre de la historia de
Francia –y para el autor de estas líneas–
del mundo.
En 1963, sobrevino el encuentro decisivo:
los dos hombres decidieron trabajar juntos
para establecer los medios propios para hacer
progresar las investigaciones y apuntalar
esta tesis. Ninguno de ellos se imaginaba
que el camino sería tan largo, tan
lleno de escollos, de desprecio y de irrisión.
En 1974, Ben Weider tomó definitivamente
el relevo.
Omito
los detalles de su diligencia, que encontrarán
ustedes en el sitio oficial del Instituto
Napoleónico México-Francia para
llegar al año 1995. |
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Hoja
del día...
... viniendo de Santa
Helena, que anuncia el
envenenamiento de Napoléon,
su muerte y su entierro... |
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Algunos
cabellos confiados por Ben Weider al servicio
de Química-Toxicología del FBI
confirmaron en todos los puntos las conclusiones
de los análisis del científico
de la universidad de Glasgow, revelando ellos
también, fuertes concentraciones en
arsénico.
Sobre
todo, no vayan a creer que los historiadores
Napoleónicos franceses se interesaron
en esta nueva tesis que les brindaba materia
a reflexión.
Como
habían tirado, con una descortesía
que daba en la grosería, « con
bolas al rojo » contra las investigaciones
iniciadas por el sueco, se ensañaron,
y con la mismo encarnizamiento, a su nuevo
blanco: Ben Weider, de quien un historiador
Napoleónico bien conocido, con el apoyo
de los medios franceses, que dedicarán
siempre la mayor parte de sus esfuerzos a
las hipótesis más mafufas,
ridiculizará a la « nueva
serpiente marina » del «
fabricante canadiense de artículos
de deporte ».
Nada vale en efecto una buena dosis de irrisión
para arruinar la credibilidad de una tesis
y, de paso, la de quien la apoya.
Como
los resultados obtenidos por el FBI, presentados
oficialmente en París, en el Senado,
el 4 de mayo de 2000, no habían logrado,
si no a ganarse la adhesión de los
historiadores franceses, al menos a convencerlos
a entablar una discusión sobre una
tesis que comenzaba a reposar sobre bases
científicas serias, Ben Weider decidió
confiar cinco mechones de cabellos (perfectamente
identificados igualmente) del augusto desaparecido
a un laboratorio francés, líder
reconocido en el ámbito de los análisis
toxicológicos de los cabellos.
No
entro tampoco en los detalles científicos
que encontrarán en este sitio, pero
creo útil precisar que, como acaecido
previamente, los análisis, realizados
por el Doctor
Pascal Kintz, entonces presidente
de la Sociedad Francesa de Toxicología
Analítica (Société
française de toxicologie analytique),
llegaron a las mismas conclusiones que todas
las precedentes… y que recibieron de
parte de los historiadores Napoleónicos
franceses el mismo acogimiento despreciativo
y deshonestamente dubitativo.
Brevemente resumida, su posición era,
y es aún: no se trata más que
de una mala novela policíaca.
La
ofensiva contra la « mala novela policíaca
» tomó una dimensión suplementaria
en noviembre de 2002 con la publicación
de un artículo en una revista de vulgarización
científica francesa: Science &
Vie.
Dicha revista había hecho proceder
–por parte de un laboratorio oficial
del Estado francés, el de la Prefectura
de Policía de París– a
unos análisis cuyos resultados, extrañamente,
fueron… contrarios a los obtenidos en
todos los otros: el arsénico no estaba
en sino sobre
los cabellos de Napoleón. Sobrentendido,
todo este asunto de envenenamiento no era
más que viento. Pero esas conclusiones,
que, igual de extraño, recibieron los
honores de la prensa, no eran nada menos que
una puesta en duda de los trabajos precedentes
establecidos por los demás científicos.
En
colaboración con la universidad del
gran ducado de Luxemburgo, el doctor Kintz
procedió entonces a una nueva serie
de análisis, con el fin, esta vez,
de ir a « explorar » en el interior
de los cabellos de Napoleón.
¿Y qué descubrió?
Que el interior de los cabellos, su «
médula espinal » de alguna manera,
estaba impregnada de arsénico (las
imágenes son visibles en las páginas
de este sitio), lo que refutaba definitivamente
lo que bien hay que llamar púdicamente
los análisis « de complacencia
» comanditados por la revista nombrada
más arriba.
Como,
en varias ocasiones, los historiadores Napoleónicos
franceses habían sostenido que el arsénico
hallado en los cabellos de Napoleón
podían tener su origen en el humo de
la estufa o en las emanaciones del papel tapiz
–sin interrogarse acerca del hecho de
que Napoleón haya podido ser la única
víctima de éstos– el doctor
Kintz redujo nuevamente a nada esas suputaciones
de mala fe por medio de una nueva serie de
análisis, que son también visibles
en este sitio.
En los documentos propuestos, podrán
también oír las palabras de
un historiador, antiguo director de investigaciones
en el prestigioso Centro Nacional de Investigación
Científica (CNRS de Francia), quien
les explicará cómo, después
de haber osado decir que la tesis del envenenamiento
« valía más que el
desprecio », vio los micrófonos
cerrarse definitivamente ante él, a
pesar de una treintena de años de buenos
y leales servicios al servicio de la historia
Napoleónica.
Un comportamiento digno de los « grandes
días » de la época estaliniana.
¡Menos el gulag!
Este documento, por él mismo, resume
perfectamente la cuestión: a
pesar de su realidad científica,
esta tesis está prohibida en
Francia.
Y
he aquí esta extraña «
excepción » francesa anunciada
en el título: después de haberse
« auto-adjudicado » a Napoleón
y el Primer Imperio, un pequeño grupo
de historiadores Napoleónicos, «
auto-proclamándose » censores
de referencia de la cuestión científica,
se autorizan a ridiculizar abierta y públicamente
esta tesis del envenenamiento, echando, al
mismo tiempo, el velo del descrédito
sobre los trabajos científicos de muy
alto nivel a los que no entienden nada y,
lo que es peor, sobre quienes los realizaron.
La pregunta que se plantea hoy ya no es saber
si Napoleón fue envenenado, sino, más
bien, preguntarse porqué está
prohibido, en Francia, hablar de ello y hacerlo
saber.
Este
es el enigma que revelarán las diferentes
facetas de este expediente sin equivalente
que le propone el Instituto Napoleónico
México-Francia.
Jean-Claude
Damamme
Escritor
e historiador
Consultor Histórico Especial del Instituto
Napoleónico México-Francia.
Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica
Internacional.
Miembro la Association des Gens des Lettres.
Miembro adherente de la Association des
Ecrivains Combattants. |