| EL
REGRESO DE LAS CENIZAS |
| «
Día hermoso como la gloria, frío
como la muerte » |
Víctor
Hugo, La Leyenda de los siglos. |
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Exhumación
de los restos del Emperador Napoleón
Santa Helena, 15 de octubre de 1840;
ilustración de la época, escuela
francesa. |
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Por
el Profesor |
Alain
Decaux
De la Academia
Francesa
Gran oficial de la Legión de
Honor
Gran-Cruz de la Orden Nacional del Mérito
Comendador de las Artes y las Letras
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 |
| Alain
Decaux |
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©
Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia, que muy respetuosamente agradece
al profesor Decaux su amable autorización personal
para presentar éste artículo.
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cite la fuente completa y su dirección electrónica.
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de la institución. |
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El
destino terrestre del EMPERADOR
NAPOLEÓN se acaba
aquí: la leyenda hace un alto en la historia
con el regreso de las cenizas, toca tierra antes
de retomar su vuelo. Uno se imagina lo que hubiese
podido ser una oración fúnebre
pronunciada en esa ocasión por el Águila
de Meaux, y ya se oye la voz fuerte de Bossuet
y sus graves palabras sobre la fragilidad de
las grandezas humanas. |
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El
12 de Mayo de 1840, los diputados que se aburrían
en su sede parlamentaria, pudieron ver en el día
gris y triste del Palacio Borbón, un hombre vestido
de negro subir los escalones de la tribuna. El Sr. De Remusat,
ministro del Interior, mostraba como de costumbre un aspecto
rezongón e inclinaba en dirección de los escalones
su rostro huraño. Apenas miró a sus honorables
colegas y, con su voz sin calidez alguna, habló:
- Señores, dijo, el rey ha ordenado a S.A.R. Monseñor
el príncipe de Joinville dirigirse con su fragata
a la isla de Santa Elena para recoger los restos mortales
del Emperador Napoleón.
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| El
puente
Luis XVI (hoy
de la Concordia), y el Palacio-Borbón. |
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De golpe, la átona asamblea pareció sacudida,
como si hubiese recibido un choque eléctrico. Los
más adormecidos se despertaron. Tras el primer instante
de estupefacción, una intensa emoción se traducía
en sus rostros. Hubo, en todos los escaños, un “largo
murmullo de alegría”...
De manera evidente, ya desde entonces, la idea flotaba en
el aire. Desde el 2 de octubre de 1830, la Cámara
debió pronunciarse acerca de una petición
que reclamaba que los restos del Emperador fuesen llevados
de regreso a Francia y puestos al pie de la Columna Vendôme.
El general Lamarque defendió la propuesta con un
vigor todo militar.
La mayoría rechazó el proyecto. Víctor
Ruga iba, en unos versos abrumadores, a lanzar a los diputados
“prudentes”:
Tenéis miedo de una sombra
Y miedo de un poco de ceniza.
¡Ah! ¡Sois pequeños!
Diez años pasaron...
Luis Felipe designo como principal ministro a un “pequeño
abogado revoltoso” quien había publicado, con
un vivo éxito, una Historia de la Revolución
francesa.
En 1840, Thiers, todavía en el poder, se puso a volver
a pensar en aquella gran idea: el regreso de los restos
mortales de Napoleón. Sinceramente, admiraba al Emperador.
Además, sutil maniobrero, político astuto,
percibía perfectamente cuanto la opinión francesa
se mostraba decepcionada por nuestros fracasos en Oriente
y la pasividad con la cual el gobierno sufría las
altivas lecciones de Inglaterra.
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| El
Rey Luis Felipe de
Borbón y Orleáns |
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Del sueño, Thiers
pasó rápidamente a la realidad. Dio parte
de sus meditaciones a Luis Felipe. En un principio, el rey-ciudadano
dudó. Ciertamente, él mismo había tomado
la iniciativa de hacer colocar nuevamente, sobre la Columna
Vendôme, la estatua del Emperador. Ciertamente, le
agradaba bastante oírse llamar “el Napoleón
de la Paz”. Pero de eso a repatriar los restos de
aquel quien había dicho que todo Borbón era
para él un enemigo personal... Había en Francia
fermentos que tal vez valía más no reanimar.
¿Hacer repentinamente flamear – y tan alto
- la gloria del Hombre, no era jugar al aprendiz de brujo?
Thiers, ante sus dudas, se hizo apremiante. Luis Felipe
cedió. Fue Guizot, nuestro embajador en Londres –
el frío, el compasado Guizot – quien tuvo que
presentar a lord Palmerston el requerimiento francés.
A decir verdad, el Primer ministro no se sorprendió
en lo más mínimo. Esperaba la demanda a pie
firme.
Mi maestro y primo Jean Bourguignon, en un notable libro,
ha reconstituido el enredo delicado de aquellos tractos
subterráneos (1). El gobierno británico temía
más que a nada los tejemanejes del gran agitador
irlandés O'Connel. Ahora, éste, debidamente
reprimido por el rey José, hermano del Emperador
– quien actuaba según los consejos de Luis-Napoleón,
el hijo de la reina Hortensia, el futuro Napoleón
III - se preparaba para conminar literalmente al gobierno
inglés a regresarle a Francia el cuerpo del prisionero
de Santa Elena. Palmerston fue advertido. Decidió
anticiparse al irlandés. Previno secretamente a Thiers
que Inglaterra estaría toda dispuesta a dar satisfacción
a una petición de restitución de las cenizas
imperiales. El comunicado trajo probablemente con él
la última decisión de Luis Felipe.
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| Adolfo
Thiers (1797-1877) retratado en su vejez. |
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Fue entonces, el 12 de
mayo, cuando el Sr. de Remusat subió a la tribuna
del Palacio-Borbón e hizo su sensacional declaración;
nadie se lo esperaba. De las negociaciones, nada se había
sabido. El Sr. de Remusat, escuchado con una atención
apasionada, proseguía:
- Venimos a pediros los medios de recibirlo dignamente en
la tierra de Francia y de erigir a Napoleón una tumba.
En ese instante estalló un aplauso “casi unánime”.
Por aclamaciones, una Comisión fue nombrada para
estudiar el proyecto. Se reunió sin demorar, encontró
la propuesta “mezquina”. ¡No era una fragata
lo que se debía enviar a Santa Elena, sino una escuadra,
y no era bajo la Columna Vendôme donde se debía
inhumar al Emperador, sino en los Inválidos!
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| Alegoría
celebrando el regreso del Emperador
el 15 de octubre de 1840 |
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EL PEREGRINAJE DE LOS FIELES
El
7 de octubre de 1840, al final del día, el marinero
apostado en el trinquete de la “Belle-Poule”
emitió de repente un largo grito:
- ¡Santa-Elena; Santa-Elena!
Tuvo lugar, sobre el puente,
una riada hacia el frente. Viejos y jóvenes, lisiados
y válidos, corrían. Esperanza frustrada. La
noche cayó sin que se pudiera distinguir tierra.
Hubo un reencuentro durante la merienda, en torno a la lámpara
contra tormentas de la cámara de oficiales. Se habló
poco. Cada uno soliloquiaba con el pasado – un pasado
que era la Historia.
Extraña reunión. En torno a Joinville –
veintitrés años, con toda la barba –
que la emoción embargaba, estaban todos ahí,
los supervivientes de la epopeya, los compañeros
del exilio, los fieles de la hora última. Ahí,
Bertrand, el ex-mariscal Corte imperial, quien, silencioso,
inclinaba hacia la mesa su rostro arrugado, enmarcado por
patillas entrecanas; ahí, Marchand, discreto, recogido,
vestido con el uniforme de teniente de estado mayor de la
guardia nacional, quien se acordaba tal vez que cuando moría
Napoleón había dicho del modelo de los mayordomos:
“Los servicios que me ha prodigado son los de un amigo...”
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El
Príncipe de Joinville
Daguerreotipo tardío.
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Ahí, Emmanuel de
Las Cases, quien dirigía tal vez un pensamiento a
su viejo padre – el autor del Memorial, el
primer creador de esta Leyenda, que era la causa directa
y primordial de este viaje; enfermo, ciego, él no
había podido dejar Francia. Emmanuel, único
de los Las Cases, volvería a ver esa isla en la que,
muy niño, algunas noches, debía escribir tantas
páginas bajo el dictado paterno, tantas páginas
en las que se inscribía epopeya...
Ahí, el joven Arthur Bertrand quien debía
rememorarse su infancia en esa isla de Santa Elena en la
que había nacido y de la cual, mañana, pisaría
el suelo; ¿Acaso no repetía su madre riendo
que él era el único francés en haber
entrado en la isla sin permiso del siniestro Hudson Lowe?
Más lejos, los “sin-grado” estaban ahí,
ellos también: Alí, Pierron, Archambault,
Noverraz, Coursot... Un lugar estaba vacío: el de
Montholon. Tras haber recibido el último suspiro
del Tío, se había puesto al servicio del sobrino,
ese joven Luis Napoleón quien, pronto, en Boloña,
trataría – proyecto aparentemente insensato
- de derrocar a Luis Felipe...
En los rangos de los compañeros de cautividad, la
muerte había segado ampliamente: muerto Antommarchi.
Muerto O'Meara. Muertos Buonavita y Vignali. Un médico
y un cura, agregados a la expedición, tomaban su
lugar: el doctor Guillard y el abate Coquereau.
Habían dejado Tolón
el 7 de Julio en la noche. En conserva, la fragata “la
Belle-Poule” y la corbeta “La Favorite”
habíanse hecho a la mar – por tres meses. Tres
meses de sueños absortos y emocionantes. Tres meses
de coloquios con la gran sombra. Joinville, príncipe
de bello humor, escuchaba primero educadamente los relatos
de aquellos testigos. Pronto, les oyó con un interés
conmovido. Emmanuel de Las Cases releía en voz alta
el Memorial, y todos estaban atentos a esta lectura como
los creyentes la de los textos sagrados.
Se durmió poco, aquella noche del 7 al 8 de octubre,
en la “Belle-Poule”. Antes del alba, todos estaban
sobre la cubierta. A las cuatro, al levantarse el día,
reconocieron al fin los peñascos de Santa Elena.
Se hubiera dicho - Las Cases lo notó - una “vasta
torre sacada del océano”. Los 800 metros de
altitud de aquel peñón surgido de las aguas
imponían la imagen. Poco a poco, la isla se precisaba.
Percibieron la meseta de Longwood, con sus árboles
de goma que marcaban los linderos de ésta. Longwood...
Los viejos compañeros no pudieron retener sus lágrimas.
Así, ante ellos, frente a sus ojos, se elevaba la
última prisión de aquel hombre que tanto habían
amado...
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Vista
de la isla de Santa Elena, lugar
de deportación del Emperador
Litografía acuarelada de la época |
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La jornada estaba demasiado
avanzada para que se desembarcara. No fue hasta el día
siguiente, a las once, cuando la misión inició
el ascenso de la escalera marina de piedras resbalosas;
en 1815, un pequeño hombre verde de máscara
impasible las había subido. Contenida por una barrera
doble formada por trescientos hombres del 91º regimiento
de infantería, la población, como antaño,
se apiñaba, silenciosa, con la cabeza descubierta.
Detrás del príncipe de Joinville y su ayudante
de campo el comandante Hernoux, y el comisario del Rey,
el conde de Rohan-Chabot, Gourgaud, Marchand, Las Cases
y el abate Coquereau se dirigieron hacia Plantation House,
residencia del gobernador. Se habían preparado veinte
caballos para los franceses.
Lord Middlemore no recibió en un principio más
que a Joinville y a Rohan-Chabot. La entrevista duró
una hora. Enseguida, el gobernador octogenario apareció
en el umbral del salón, recargado sobre su hijo y
dijo con gran nobleza:
- Señores, el jueves 15 de octubre, los restos mortales
del Emperador Napoleón serán entregados en
sus manos.
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El
Valle del Geranio, y al centro,
bajo un sauce llorón, la tumba de Napoleón.
Pintura romántica |
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¡El Emperador Napoleón!
Amarga ironía. El gran jefe cautivo había
combatido hasta su hora última por Hudson Lowe le
llamase por el título que un Papa había consagrado.
Obstinado, Lowe no quería reconocer en su prisionero
más que al “general Bonaparte”. Veinte
años más tarde, en la residencia del gobernador
de Santa Elena, una boca inglesa – y oficial - pronunciaba:
“El Emperador Napoleón”. Desde más
allá de la tumba, el combate trágico estaba
ganado.
Al dejar Plantation House, la pequeña tropa se dirigió
hacia la Tumba. Con el corazón encogido, los peregrinos
del recuerdo reconocían el sitio que antaño
Napoleón había tocado. Cuando vivía
en Hutsgate, el Emperador había bajado a este vallejo,
se había acercado a una fuente y había bebido
de ella. Le había gustado el sabor del agua, se había
quedado un tiempo en este hueco en donde bajaba lentamente
el crepúsculo. Ningún ruido más que
el del agua que fluía, hojas que susurraban. Una
paz inmensa. Napoleón, al dejar el lugar, había
dicho a Bertrand:
- Bertrand, si después de mi muerte, mi cuerpo se
queda entre las manos de mis enemigos, lo depositareis aquí.
Su deseo había sido cumplido.
La misión silenciosa
bajó a la ondulación del “Tazón
de Ponche”. Los hombres pusieron pie en tierra, fueron
hacia una barrera pintada de negro. De una garita –
negra ella también - un viejo sargento salió
y saludó. Entonces, descubrieron la tumba: “una
reja de hierro, una lápida sin nombre”. De
los dos sauces que otrora daban sombra a la piedra, uno
estaba muerto; el tronco seco yacía en la tierra.
Los amigos del Emperador cayeron sobre sus rodillas. El
abate Coquereau murmuraba ardientemente una plegaria. El
joven Arthur Bertrand vacilaba; estaba tan blanco que los
demás creyeron que se iba a desmayar.
El peregrinaje a Longwood siguió a la visita a la
Tumba. Había empezado a llover. La larga casa baja
se dibujó ante los ojos de los visitantes, en medio
de la planicie desolada... Todo parecía abandonado.
Las hierbas se habían apoderado de la avenida.
No más prados, sino landas de borregos. Se acercaron:
Longwood caía en ruinas. Un granjero la ocupaba;
todo estaba abandonado. No más vidrios en la veranda.
No más ventanas, ni puertas, ni chimenea en el salón.
Sobre el piso podrido, un molino para ahechar cuya parte
superior perforaba el plafón.
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Longwood
House, prisión
del Emperador Napoleón
Fotografía de
Benjamín Grant,en
1889. |
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Marchand quiso servir como
guía para el príncipe de Joinville. Pero,
él que había vivido ahí durante seis
años sin jamás dejar al Emperador, ya no reconocía
nada. Quiso mostrar la recámara y el estudio de trabajo:
encontró una caballeriza “con sus pesebres
y su estiércol”. Gourgaud estaba rojo de indignación.
Emmanuel de Las Cases miró a los ingleses y salió
bruscamente. Los demás consideraban con pesar el
comedero, el pesebre que señalaban el lugar en el
que el Emperador dictaba sus campañas. “Del
clavo en el que enganchaba su espada colgaba el ronzal de
un amuleto. Unos tablones cegaban las ventanas. El suelo
estaba cubierto de estiércol (2).”
Recorrieron rápidamente los jardines diseñados
y plantados con tantos esfuerzos. No quedaba nada de ellos,
fuera de unas siemprevivas, sembradas por el Emperador,
y que – como un símbolo de verde y oro se habían
extendido en abundancia. Enseguida, bajo la lluvia que caía
siempre, se fueron...
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El
féretro Imperial es izado y embarcado a
bordo de la Belle Poule
Cuadro al óleo de Isabey |
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LA EXHUMACIÓN
El 14, a medianoche, llovía
todavía. La noche era fría, de una humedad
que helaba. Cerca de la Tumba, dos tiendas se erguían,
iluminadas por la luz temblorosa de antorchas y de faroles
sostenidos por soldados ingleses. Bertrand y Gourgaud, Las
Cases y Marchand, Arthur Bertrand, el abate Coquereau con
sus niños de coro, Alí Saint-Denis, Novarraz,
Pierrón, Archambault, esperaban cerca del conde Rohan
Chabot, de los capitanes de corbeta Cuyet, Charner y Doret,
del doctor Guillard y del obrero plomero Leroux. Joinville
se había quedado a bordo, para protestar contra la
decisión inglesa: la exhumación, había
ordenado Londres, tenía que ser hecha por británicos.
El trabajo comenzó. Las plantas fueron recogidas
con esmero. Se desellaron las lozas; se les colocó
a un lado. Luego se empezó a quitar la tierra. El
pequeño grupo de franceses, transido, mudo, estaba
atento al ruido de cada paleada.
A las cuatro, los picos golpearon un obstáculo sólido:
la fosa de mampostería. Rohan y el capitán
Alexander – comisario británico – descendieron
a la excavación y constataron que la mampostería
estaba intacta. Se precisaron tres horas para romperla.
Se levantó el día, gris y apagado. La lluvia
envolvía a las cosas y a las gentes con un halo un
poco irreal. En esta claridad triste, la loza de la fosa
apareció al fin.
El capitán Alexander dijo:
- Señores, seis pulgadas apenas nos separan en este
momento del féretro de Napoleón.
Se debió llevar a cabo aún un duro esfuerzo
para levantar la loza y quitar la tierra de la fosa. Eran
las nueve y media, cuando los sepultureros, agotados, se
detuvieron. La caoba del féretro relucía bajo
los rayos pálidos y mojados de un sol invisible.
El trabajo se detuvo. El abate Coquereau, portando sus ornamentas,
se acercó, recitó las primeras plegarias.
Inmediatamente después, se comenzó a izar
el pesado féretro. Doce soldados de infantería
se apoderaron de él, lo levantaron con dificultad
sobre sus hombros y lo llevaron bajo la tienda instalada
en la capilla ardiente. El abate acabó las plegarias
para el levantamiento del cuerpo...
 |
Momento
en que los féretros de Napoleón
son abiertos
Litografía de
Eulalie Morin según el original Nicolas
Eustache Maurin (1799-1850). |
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El momento tan esperado,
tan temido por los amigos del Emperador, había llegado.
Bertrand, Gourgaud, Marchand se sofocaban. Sus viejos corazones
se estrechaban en la tenaza de su esperanza y de su angustia.
El féretro iba a ser abierto... ¿Pero qué
espectáculo iba a aparecer, qué horrorosa
imagen tal vez de aquel hombre quien, para ellos, seguía
estando tan prodigiosamente vivo?
Por invitación del conde de Rohan-Chabot, el doctor
Guillard se dispuso a abrir el féretro. Primeramente,
se quitó completamente el primer féretro de
caoba. Había sufrido alteraciones (3). El segundo
féretro, en plomo, se encontró de este modo
al descubierto. Lo abrieron y hallaron una segunda caja
en caoba - ésta perfectamente intacta. Fue imposible
dar vuelta a los tornillos, cuando hubo que aserrar los
de la primera cubierta. Un tercer féretro de hojalata
apareció: era la última capa (4). Lentamente,
cortaron la soldadura y levantaron la placa superior.
Todos se asomaron con ansiedad,
una emoción llevada al paroxismo. Un simple satín
algodonado, blanco, cubría el cuerpo de Napoleón
de quien se adivinaba la forma indecisa. El doctor Guillard
tomó la envoltura por una extremidad y la enrolló,
yendo de los pies hasta la cabeza.
¡Conmovedora sorpresa!
El cuerpo estaba intacto. El Emperador estaba ahí,
presente, tal como en sí mismo la eternidad lo había
captado, tal como lo habían visto vivir y morir sus
viejos compañeros. El rostro, rejuvenecido por la
muerte, parecía el de un hombre dormido. Su carne
parecía de mármol. El uniforme célebre,
el gran cordón de la Legión de honor habían
conservado su lustre. Pero las costuras de las botas habían
cedido. Se podían percibir las puntas de los dedos
de los pies.
 |
Representación
del rostro del Emperador Napoleón al ser
exhumado su cuerpo
Litografía de Plattel (detalle). |
|
Una increíble grandeza,
una serenidad inmensa emanaba de esa realidad. Marchand,
Gourgaud, Bertrand, impactados, volvían a ver la
imagen misma que nunca, de su espíritu, había
podido salir. Bertrand volvía a ver aquella mano
inalterada – tan bella – que había apretado
durante la puesta en el féretro. Marchand contemplaba
los objetos que él mismo había colocado en
el féretro. El legendario “sombrerito”
cubría el pantaloncillo blanco. Gourgaud sollozaba
sin moderación. Todos lloraban. Bertrand temblaba
convulsivaemente.
Minuto único. El doctor Guillard rompió el
encanto; en voz baja, propuso levantar el cuerpo para proseguir
su examen; unos jarrones se encontraban en el féretro,
conteniendo las víceras. El médico quería
abrirlos. Violento, Gourgaud se interpuso: ¿no habían
acaso reconocido al Emperador? ¡Así pues, que
no se permitiera profanación alguna! Guillard se
inclinó. Cada uno llenó sus ojos de la increíble
visión. Luego, el médico, piadosamente, volvió
a colocar el satín.
Se había traído de Francia un féretro
monumental de ébano, chapado en su interior de plomo.
Se llevó hasta él las tres cajas primitivas,
vueltas a cerrar una a una. Las cinco envolturas así
obtenidas fueron protegidas por un sexto féretro
de roble. Todo esto componía una masa enorme. Hicieron
falta cuarenta y tres hombres para llevarla hasta la carroza
fúnebre. Ahí, se le revistió con el
velo traído de Francia: “terciopelo violeta
salpicado de abejas de oro y bordado con armiño”
(5).
 |
| Fragmento
del velo mortuorio que cubría al féretro
durante su regreso a Europa. |
|
Bertrand y Gourgaud, Las
Cases y Marchand, fueron a colocarse cerca de las esquinas
bordadas de “N” rematadas con la corona imperial.
Las cogieron. Luego el cortejo se puso en marcha en dirección
de Jamestown. Se caminaba en el lodo. Los caballos resbalaban.
La lluvia, siempre...
De toda la isla, los “santos”
(6) habían venido. Estaban en grupos apretados, detrás
de dos filas de soldados. La muchedumbre se quitaba el sombrero
al paso del cortejo, luego, una vez que éste había
pasado, corría detrás de él. Cuando
se llegó a Jamestown, eran las cinco media. La lluvia,
finalmente, había cesado. La ciudad temblaba bajo
las salvas incesantes, cuyas ráfagas de confundían.
Las baterías del puerto disparaban. El puerto de
High Knoll disparaba. Los navíos ingleses disparaban.
Los navíos franceses disparaban.
 |
| El
Príncipe de Joinville recibe solemnemente
el féretro imperial de manos de un general
inglés. |
|
La carroza fúnebre
se detuvo cerca del desembarcadero. La bóveda celeste,
extrañamente, se había liberado de sus nubes,
“el cielo habiéndose tornado azul, apunta Las
Cases, parecía iluminado por un reflejo del sol de
Austerlitz.” El príncipe de Joinville, en gran
uniforme, rodeado el estado mayor de los navíos franceses,
avanzó hacia el carro. Tomó el agua bendita
que le presentaba el abate Coquereau. En ese instante, los
navíos – pintados de negro – izaron sus
pabellones.
Lord Middlemore hizo algunos pasos en dirección de
Joinville y, oficialmente, entregó a Francia los
restos de su Emperador.
La música de la Belle-Poule empezó a tocar
aires fúnebres. Se embarcó el féretro
sobre una chalupa. Joinville se colocó en la cruceta.
Los compañeros de Napoleón se embarcaron.
Lentamente, en el crepúsculo, la chalupa se alejó
del muelle. A las seis y media, se acercó a la fragata.
Toda la tripulación de la Belle-Poule estaba de pie
en los travesaños del mástil. Los oficiales
se mantenían firmes, con el sable desenvainado. La
noche había caído en ese momento.
 |
Escena
del momento en que los restos mortales del
Emperador Napoleón son embarcados hacia
Europa
Litografía decimonónica
de Víctor Adam. |
|
EL REGRESO DEL EMPERADOR
 |
El
Cortejo Fúnebre en los Campos Elíseos
Sire, volveréis a vuestra capital
Sin trompeta, sin combate, sin lucha y sin furor,
Jalado por ocho caballos bajo el arco triunfante
En traje de Emperador
Víctor Hugo . |
|
Se
alzó al féretro sobre el puente iluminado
por antorchas. El abate Coquereau dio la absolución.
Toda la noche, el cuerpo se quedó sobre el puente,
en una capilla ardiente, velado por cuatro centinelas de
honor relevados cada hora. Uno por uno, los oficiales en
gran uniforme fueron a tomar su guardia.
El viernes 16 de octubre, a las diez de la mañana,
frente a toda la tripulación, el abate Coquereau,
solemnemente, celebró la misa de los muertos, tras
lo cual, el cuerpo del Emperador fue bajado a la entrecubierta;
desde la salida de Tolón, se había adaptado
en ella una capilla ardiente.
El 18 de octubre, en la mañana, la Belle-Poule
se hizo a la mar. Napoleón bogaba hacia Francia..
29 de noviembre de 1840,
seis de la tarde: la Belle Poule reconoce los fuegos de
Cherbourg. El día siguiente - un domingo –
el navío entra en la gran dársena. Arbola
pabellón imperial...
Durante el viaje, se enteraron de que una guerra amenazaba
entre Francia e Inglaterra. La sempiterna cuestión
de Oriente era el pretexto. Joinville hizo armar su fragata.
Dijo a la tripulación:
- ¡Con el féretro de Napoleón a bordo,
podemos morir; pero ser capturados, jamás!
 |
El
féretro en la cubierta de la Belle Poule
Dibujo de Charlet. |
|
La tensión se calmó,
afortunadamente. Pero otra noticia ha llegado a los viajeros:
durante el mes de agosto, el joven Luis-Napoleón
ha desembarcado en Boloña con cincuenta hombres y
ha tentado un bastante ridículo “golpe de estado”.
Ha fracasado, ha sido echado en prisión, juzgado
por los Pares, condenado a prisión perpetua... En
ese momento, acaba de ser llevado al fuerte de Ham, al mismo
tiempo que Montholon, quien estaba metido en el asunto.
¡El viejo general, después de haber compartido
el cautiverio del tío, va a vivir la del sobrino!
 |
| El
féretro Imperial es trasladado de la Belle
Poule al Normandie |
|
Luis Felipe, en esa época,
se preguntó si había tenido razón de
seguir el consejo del pequeño Thiers. Jamás
la Leyenda ha sido tan omnipresente, insinuante, peligrosa...
Los buhoneros propagan en todo el país miles de canciones,
de endechas, de imágenes que, celebrando el regreso
des cenizas, exaltan el gran recuerdo. ¿Qué
hacer? Es demasiado tarde. El rey-ciudadano jugará
pues el juego.
En Cherbourg, la muchedumbre congregada en el muelle deja
estallar su entusiasmo. Grita “¡Viva el Emperador!”.
Cantan sobre el aire de la Marsellesa los versos sorprendentes
de un poeta local:
Bons habitants de cette ville,
Sachez correspondre a l'honneur
Que vous fait le prince de Joinville
Pour les cendres de votre Empereur (bis).
Que tout le monde soit en armes.
Soldats, bourgeois, citoyens,
Quittez vos travaux et vos biens,
Accourez, sur lui versez des larmes!
Suivez votre Empereur,
A son char attachés.
Marchez ! Marchez!
Que de vos pleurs vos pas soient arrosés! (7)
O bien, sobre otra música:
Français, pour nous quel jour
de gloire,
Le grand homme est donc revenu... (8)
Más de sesenta mil
personas son admitidas a bordo de la Belle-Poule y desfilan
ante el cuerpo. El frío es vil. El pueblo espera,
en interminables filas, durante horas. Frente al catafalco,
uno se detiene y dobla la rodilla. Algunos hombres lloran.
El puente está sembrado de ramos de flores, de coronas.
El 8 de diciembre, después de una última y
grandiosa ceremonia, se transporta el féretro a bordo
de un barco fluvial, el Normandie. Siguiendo la
costa, luego remontando el Sena, va a subir hasta Rouen.
Ahí, una nueva trasferencia tendrá lugar,
sobre un barco de débil calado, la Dorade.
 |
El
barco-catafalco en el Sena
Dibujo de la época por un testigo
ocular. |
|
¡Admirable semana!
Lentamente, la flotilla fúnebre remontaba los meandros
del río. En las riberas, todo un pueblo - citadinos,
pescadores, campesinos, obreros, hombres, mujeres, niños
– se inclinaban ante los restos mortales del Hombre.
Cada cierta distancia, una silueta temblorosa se destacaba
en el cielo gris: el traje de uniforme agujerado por el
tiempo, las charreteras desdoradas, los zapatos destaconados,
los vieux de la vieille estaban ahí. Con
frecuencia habían venido a pie, cojeando, caminando
toda una noche en el desierto glacial. Y entumecidos en
un último “garde à vous”, cargadas
lágrimas caían en los rudos mostachos que
el frío escarchaba, los grognards (9) saludaban
por última vez a su Emperador...
.
El 14 diciembre, el cuerpo del héroe arribó
a Courbevoie. En el cielo, el abate Coquereau vio planear
una gran águila, que el frío sin duda había
echado de los bosques... Para entonces, ya una muchedumbre
inmensa acudía. Miles de parisinos no querían
esperar los fastos oficiales. Uno de los primeros en subir
al barco fue el viejo Soult, el antiguo mayor-general de
Waterloo, y quien había, tan estrepitosamente, renegar
de su señor, tratado por él de aventurero.
Ante el féretro, se “prosternó”.
 |
El
Mariscal Soult se prosterna ante los restos del
Emperador, al llegar la Dorade a Courbevoie
el 14 de diciembre de 1840
Cuadro de Philippoteaux. |
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Toda una masa de grognards,
de “viejos mostachos” se estrechaba en la ribera
y no quería irse. La noche cayó. No se movían.
Como antaño en Rusia, en España, en Polonia,
volvían a encontrar sin esfuerzo las costumbres nunca
olvidadas. Los vivaques surgían de la tierra, y,
alrededor de las fogatas, los viejos granaderos, los mamelucos,
los antiguos lanceros, se instalaban en orden preciso velando
sobre el barco de la misma manera en que otrora montaban
guardia alrededor de la tienda de campaña del Rapadito
(10)...
Un testigo cuenta que en medio de la noche se vio aparecer
dos siluetas envueltas en largos mantos. Una voz gritó
por costumbre: “¿¡Quién vive!?”
La respuesta surgió, estalló en la obscuridad:
“¡Oficiales de ordenanza del Emperador!”.
De un brinco, todos se pusieron de pie. Estaban “engalanados
como antaño”, el conde de Montesquiou, antiguo
coronel, y el barón Dumoulin, héroe de la
campaña de Francia.
El 15 de diciembre, a las
cinco de la mañana, el cañón de los
Inválidos comenzó a retumbar. Hacia las nueve,
la carroza fúnebre fue a arrimarse al desembarcadero
de Courbevoie, edificado en forma de templo griego. Era
una enorme máquina, de una longitud de diez metros,
de una igual altura, de cinco metros de ancho y de trece
toneladas de peso. A pesar del amontonamiento de símbolos,
de genios, de renombres, de banderas, de las águilas,
de las abejas, de las N, de las victorias, de las guirnaldas,
al conjunto no le faltaba garbo. El edificio estaba a la
medida de su aplastante destinación. Dieciséis
caballos encaparazonados de oro lo jalaban, y una gran gasa
violeta bordada de abejas lo rodeaba “como una nube”
Y, en volutas ligeras, flotaba tras de él.
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El
cortejo fúnebre pasa solemnemente bajo
el Arco de Triunfo
Dibujo anónimo de la época. |
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En el momento en el que
se colocaba el féretro sobre la carroza, miles de
voces juveniles se elevaron. Cantaban la Marsellesa. Cuatro
mil estudiantes del Barrio latino se habían dirigido
al puente de Neuilly. Cada cierta distancia, el canto fue
retomado por la muchedumbre que esperaba hasta el Arco de
Triunfo de la Estrella.
Siempre, y de todas partes, el cañón retumbaba.
Las campanas de las iglesias repicaban a todo dar. Las ventanas
temblaban bajo el estruendo.
Majestad, entráis en vuestra capital...
Entraba bajo la nieve. Ésta
había empezado a caer. Ni uno solo entre el millón
de espectadores formados entre el puente de Neuilly hasta
los Inválidos se movió. ¿Quién,
por el precio de una bronquitis, hubiese querido faltar
a esto: el regreso del Emperador?
Se cantaba, se gritaba.
Se aplaudía. La gendarmería del Sena iba a
la cabeza del cortejo. Luego la guardia municipal de París,
enseguida los lanceros. “Fanfarrias y tambores.”
La guardia nacional: frente a esos burgueses, la multitud
ríe. Se calló, de repente, absorta por el
respeto: la antigua Guardia desfilaba, los granaderos, los
cazadores, los dragones de la Emperatriz, los húsares
de la muerte, los velitas, los guías, los lanceros
rojos... “Pobres gentes reducidas a los magros empleos
de los viejos”, avanzaban, algunos apoyándose
sobre bastones, ¡pero soberbios! ¡Qué
escolta para la carroza imperial! Entonces, la multitud
no aguantó más. El viejo grito afloró
de todos los pechos:
“¡Viva
el Emperador! ¡Viva Napoleón!”
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El
cortejo en los Campos Elíseos ante las
aclamaciones de un millón de espectadores
Litografía de Lafosse. |
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Desde que a lo lejos se
vio aparecer la carroza, hubo, durante todo el recorrido,
un silencio total, absoluto, impresionante: el recogimiento
de una nación. El sol, por fin, se mostró.
“El efecto es prodigioso, anotó Víctor
Hugo. Se ve en la lejanía, en el vapor y en el sol,
sobre el fondo gris y grana de los árboles de los
Campos Elíseos, a través grandes estatuas
blancas que parecen fantasmas, moverse lentamente una especie
de montaña de oro, no se distingue más que
una suerte de destello luminoso que hace resplandecer sobre
toda la superficie de la carroza, ora estrellas, ora rayos.
Un inmenso murmullo envuelve esta aparición. Se diría
que este carro arrastra tras de sí la aclamación
de toda la ciudad como una antorcha arrastra su estela de
humo...”
En el patio de los Inválidos,
Luis Felipe avanza hacia el cortejo. Joinville, el sable
desenvainado, dice:
- Majestad, os presento el cuerpo del Emperador Napoleón
que he traído a Francia conformemente a vuestras
órdenes.
Luis Felipe, con una voz alta, respondió: - Lo
recibo en nombre de Francia.
Soult llevaba la espada de Austerlitz. La ofreció
al rey.
- General Bertrand, dijo Luis Felipe, os encargo
colocar la espada del Emperador sobre su féretro.
Enseguida:
- General Gourgaud, colocad sobre el féretro
el sombrero del Emperador...
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Los
restos mortales del Emperador Napoleón
son llevados hacia su mausoleo en el Hotel de
Los Inválidos
Litografía de la época. |
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La ceremonia religiosa comenzó,
celebrada por Monseñor Affre, arzobispo de París.
Duró dos horas, en un frío glacial. Algunas
viejas emigradas, algunos viejos realistas de corazón
seco, venidos para hacer su corte, se preocupaban más
de la temperatura que de la grandeza del instante. Hay que
lamentarlo por ellos. El mariscal Moncey, por su parte,
octogenario y casi agonizante, se había hecho transportar
cerca del catafalco. Cuando el servicio fúnebre se
terminó, murmuró:
- Ahora, regresemos a casa a morir.
Todo estaba acabado. Napoleón
dormía en los bordes del Sena, en medio de ese pueblo
francés que tanto había amado. Veinticinco
años solamente habían pasado desde 1815, desde
Waterloo, desde la anatema echada sobre el vencido.
La Leyenda había vencido a la Historia. Napoleón
no se había equivocado. En los días más
negros de Santa Elena, había dicho:
- Oiréis otra vez a París
gritar “¡Viva el Emperador!”
Allá, en medio de
los pantanos de Picardía, en una fortaleza de piedras
que escurren, un prisionero iba a acechar el eco de este
grito formidable. Él también sabía
la implacable fuerza de la leyenda. Para él mismo,
el prisionero de Ham, podría repetir:
- Oiréis otra vez a París gritar “¡Viva
el Emperador!”
Alain Decaux.
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| Tumba
del Emperador Napoleón en
la iglesia San Luis, bajo el domo del Hotel de
Los Inválidos, en París. Al fondo,
la capilla San Jerónimo. |
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NOTAS
(1) El Regreso de las Cenizas
(Le Retour des Cendres), Plon.
(2) Octave Aubry: Saninte-Hélène.
(Flammarion).
(3) Grandes pedazos de este féretro fueron recolectados
en Malmaison por Jean Bourguignon, cuando era conservador
de ese museo.
(4) La expresión en este punto por parte del Profesor
Decaux “un tercer féretro de hojalata”
puede parecer equívoca; en efecto, si se leyó
con cuidado su descripción, se debe entender que
éste es de hecho el cuarto féretro.
Para tener una idea complementaria y clara sobre este punto
que se ha prestado a tantas polémicas y confusiones
–con frecuencia voluntariamente fomentadas–
es interesante citar el testimonio de Andrew Darling (1784-1841),
tapicero, a quien se le encomendó la confección
de los féretros, en 1821, y quien por cierto se encontraba
presente durante la exhumación en 1840. En su interesantísimo
diario, Darling precisa: “Los féretros
debían ser, el primero de hojalata forrado con satín
(...) y el segundo un féretro de madera, luego
el tercero uno de plomo, y enseguida uno de caoba cubierto
con terciopelo carmesí, si podía procurárselo;
pero les dije que no había en la isla que yo pudiera
obtener, puesto que había buscado un poco de éste
[material]algunos días antes: entonces se estableció
que el féretro exterior debía ser de la mejor
caoba que se encontrara en la isla, lo cual fue hecho de
esa manera. Luego salí y se lo comenté al
gobernador, estaba ansioso de que los féretros estuviesen
hechos tan pronto como fuera posible.” NdT.
(5) Este paño mortuorio se encuentra ahora en el
museo de la Armada.
(6) “Santos” (Saints): nombre que se
les da a los indígenas de Santa Elena. NdT.
(7) Buenos habitantes de esta ciudad,
Sabed corresponder al honor
Que os hace el príncipe de Joinville
Por las cenizas de vuestro Emperador (bis).
Que todo el mundo esté en armas.
Soldados, burgueses, ciudadanos,
Dejad vuestros trabajos y vuestros bienes,
¡Acudid, sobre él verted lágrimas!
Seguid a vuestro Emperador,
A su carroza unidos.
¡Marchad! ¡Marchad!
¡Que de vuestros llantos vuestros pasos sean bañados!
(8) Franceses, para nosotros
qué día de gloria,
El gran hombre ha regresado pues...
(9) “Grognard”, es decir
gruñón, era el nombre por el que
se conocía a los soldados de la vieja guardia de
la Grande Armada. NdT.
(10) “Le Petit Tondu” (el rapadito),
nombre que le daban los soldados al Emperador a partir del
Consulado. NdT.