Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
France Bonapartiste.
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
Texto en castellano.
NAPOLEÓN, JOSPIN Y LA IZQUIERDA
Texte en Français.
« El odio de los traidores, de los tiranos y de los esclavos será en la historia nuestro más hermoso título a la gloria y a la inmortalidad »
Napoleón I.
Lionel Jospin.
Implicado en el funesto tratado de Niza, artífice de la polémica reforma de las 35 horas, promotor intrigante de las mortíferas leyes memoriales comunitaritas, el antiguo trotskista y ex-primer ministro socialista Lionel Jospin, traidor a su patria y, una vez llegado al poder, incluso a sus propios ideales bolcheviques de juventud, es uno de los principales responsables del desclasamiento de su país y sepulturero manifiesto de la Gran Nación francesa bajo la losa mortuoria de la Unión Europea.
El día de hoy, buscando salir del olvido en el que vegeta y se esfuma ineluctablemente, este triste personaje, gran nostálgico de la Revolución de Octubre, arremete contra la memoria del Emperador Napoleón, garantía de un nuevo sobresalto publicitario en los estipendiados medios de comunicación oficiales de la prensa francesa.

Por el Señor

Eric Zemmour

El Sr. Eric Zemmour.
Eric Zemmour

Artículo publicado en el diario Le Figaro del 7 de marzo de 2014.
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©
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David Saforcada.
COMENTARIOS A MODO DE INTRODUCCIÓN
Por el señor
David Saforcada
Presidente de
Francia Bonapartista

Si no olvidamos que François Hollande está ahí por una felación que salió mal, no olvidamos tampoco que Lionel Jospin fue Primer Ministro por defecto. En efecto, sin una disolución desafortunada, podría apostarse que este señor no habría llegado nunca tan alto, sobre todo después de los años Mitterrand, y sobretodo que Jacques Chirac optó por el menos bueno de los pretendientes socialistas. Ya lo habrán ustedes comprendido, no llevo a este querido Lionel en mi corazón y menos aún desde la salida de su churro sobre Napoleón.

Voy a ser franco, no he leído este libro y no cuento hacerlo. Los comentarios que he podido ver, los extractos que he podido recorrer, todo ello me da bastante materia para saber que el Sr. Jospin no supo hacer más que un libro gravoso contra Napoleón pero también contra Luis Napoleón; para decirlo todo, contra el bonapartismo, pero también Francia. De toda maneras, ¿qué esperar de un antiguo trotskista que no ha parado de destruir a Francia como estado soberano? Se podría casi pensar que la heredad se ha abierto camino en este pequeño Lionel si uno se acuerda de su papá muniqués y cercano a Déat...
Su libro no hace más que retomar los buenos viejos tópicos de la leyenda negra de Napoleón con además una especie de ignorancia, querida, de la historia de Francia. Se vuelve fatigante por lo mucho que es previsible y por lo mucho que es desgastante tener que repetir las cosas. No, Napoleón no mató a la Revolución, al contrario, la salvó de una restauración en 1799 por lo mucho que el Directorio estaba carcomido y listo para caer para dejar lugar a la reacción. No, él no mató a la Revolución, la consolidó a la vez dotando a Francia de sus « masas de granito ». No, no se alimentó de la guerra pues hay que hablar de la guerra y no de las guerras. La que él sufrió no es más que la continuidad de la guerra revolucionaria comenzada con las fronteras naturales, « las guerras napoleónicas » no es más que un atajo que apunta a culpabilizar a Napoleón cuando no cesó de querer la paz. Etc., etc....
Pero el Sr. Jospin trata de hundir el clavo, los dos imperios acabaron en desastres. En efecto el bonapartista que soy no puedo negar que Waterloo y Sedan son dos terribles derrotas pero en ningún caso desastres ya que Napoleón o bien Napoleón III hubieran podido quedarse o regresar al poder pero escogieron sacrificar sus intereses a los de Francia. No es Napoleón quien regresó en los « furgones del enemigo », no es Napoleón III quien dio Alsacia y Lorena, no es el Imperio el que en 1938 firmó Múnich o dejó morir a Polonia en 1939. ¿No es acaso la IIIª República la que capituló en 1940 y que engendró la Colaboración, socialistas a la cabeza? ¿No es acaso la IVª República la que perdió, lamentablemente, Indochina y enlodó a Francia en el conflicto argelino? En pocas palabras nuestros dos imperios no tienen nada que enviarle a la República, al menos a ciertas de ellas, en lo que se refiere a fines o fracasos. Sí, digo fracasos pues, contrariamente al Sr. Jospin y cantidad de sus « amigos », sabemos reconocer que a veces, muy pocas veces, nuestros Emperadores se chapucearon y que todo no es inmaculado en ellos o bien en el Imperio.
Finalmente, último punto y no de los menores, el bonapartismo habría engendrado el boulangismo y luego el petainismo. Lionel Jospin olvida, una vez más, que cantidad de sus « ancestros políticos » hallaron su lugar en uno y otro, a la vez olvidando también decir que la comparación bonapartismo/boulangismo/petainismo no es aceptable pues el bonapartismo y el boulangismo, como el socialismo de hecho, pretenden ser una doctrina, al menos una línea política con una cierta idea de la Francia soberana mientras que el petainismo fue la puesta en acción real de una política de abandono, de traición y de colaboración. El Sr. Jospin hubiera sin duda estado más inspirado comparando el bonapartismo con el gaullismo pero ¿sabe solamente lo que es realmente el bonapartismo? así como ¿comprende realmente al gaullismo? Tengo una enorme duda.
En fin, todo esto para decir que clasifico a Lionel Jospin en la categoría de los Caratini o Ribbe que escriben « cochinadas » sobre el Emperador para estar seguros de ganar tres francos y seis centavos. Tendrá así la doble cachucha del histrión historiador y político

Por largo tiempo Francia fue ese país extraño donde los historiadores hacían política y los políticos se hacían gustosos historiadores. À semejanza de un Jean-Pierre Chevènement, Lionel Jospin es de la última generación capaz de prolongar esta tradición; sus jóvenes sucesores, excepto por algunas raras excepciones, conocen mejor a las vedettes de la telerrealidad que a los héroes de la historia de Francia. Su Mal napoleónico corresponde a la imagen del ex primer ministro: serio. Documentado, estructurado, argumentado. Un austero pero que no se carcajea. De ahí la neutralidad dominada del tono, la objetividad alardeada del propósito disimulan la intención ideológica, la herramienta de combate político.

De Napoleón, Jospin no guarda casi nada; incluso su genio militar es pasado por el molinillo. Las cosas son simples: todo lo que viene de la Revolución es positivo (incluso el Terror, ¡después de todo, no duró más que un año!) y todo lo que viene del Imperio está mal. Así el expansionismo de la Revolución hasta las « fronteras naturales » (Alpes, Pirineos, Océano, Rin) es juzgado moderado, mientras que las conquistas napoleónicas son desmedidas. Para mala fortuna para Jospin, es la conquista de Bélgica (1794), y en particular Amberes, lo que causará la vindicta inexpiable de Inglaterra, y le costará incluso en parte su trono a un emperador que había jurado en ocasión de su consagración defender las conquistas de la Revolución. Jospin no quiere comprender la evidencia: Napoleón no traicionó a la Revolución, la ha salvado y consolidado. Salvado, dado que los realistas estaban a punto de arrancar el poder de las manos débiles y corruptas del Directorio; consolidado con el Código civil, que inscribía en el mármol de la ley el principio de la igualdad y del mérito. Pero el socialista Jospin hace una crítica liberal, a la Benjamín Constant, del déspota; el hombre de izquierda no quiere ver que Bonaparte ha forjado las herramientas de un Estado poderoso por más de un siglo; le imputa incluso la inestabilidad institucional francesa que siguió, cuando fue la muerte de Luis XVI y el rechazo fiero de los « progresistas » de volver a poner a un rey incluso a la cabeza de una República que estuvo en el origen de un siglo y medio de desórdenes.
Jospin retoma así sin distancia la propaganda británica de la época que tenía todo el interés en forjar una « leyenda negra » del ogro. No se detiene en tan buen camino, burlándose de la ortodoxia financiera del Emperador y vanagloriando las audacias de la City, claramente el endeudamiento masivo y la creación monetaria a rienda suelta. Es la City la que venció al « ogro », pero uno hubiera creído ingenuamente que el socialista Jospin apoyaría al único francés que haya realmente combatido a la finanza.
Jospin cree que es la derrota napoleónica la que le dio las llaves de la hegemonía mundial a Inglaterra, cuando la « pérfida Albión » se había asomado en el Mediterráneo desde fines del reino de Luis XIV, lanzado su revolución industrial a mediados del siglo XVIII e instalado su dominación en el tratado de París en 1763, arrancándole a la Francia de Luis XV sus colonias canadienses e indias. Las guerras de la Revolución y del Imperio no fueron sino la última tentativa de Francia de volver a hallar una preeminencia perdida cincuenta años antes. No es Napoleón quien hace de Inglaterra su adversario obsesivo, sino Inglaterra la que ve – con toda razón – en Napoleón al último obstáculo en la ruta de su hegemonía mundial.

“Melancolía francesa”: La historia de Francia contada por el  Eric Zemmour.
El factótum gigante (divirtiéndose)
Caricatura (1797) de James Gillray (1756-1815).
Con los bolsillos rebosantes del oro de la finanza, montado a horcajadas sobre la Cámara de los Comunes mientras pisotea tanto al pueblo como a los parlamentarios bajo la mirada cómplice de John Bull, William Pitt, el carnicero de Europa, juega con el balero del orbe.
“Melancolía francesa”: La historia de Francia contada por el  Eric Zemmour.
Melancolía francesa
La historia de Francia contada por Eric Zemmour. Fayard, 2010.

Hasta Tilsit, Napoleón no hace más que defenderse. Sus victorias son sorpresas para él también. « Avanzamos y luego vemos », dice. Y es por eso que vacila en cuanto a la manera de regentear su inmenso imperio. Entonces, Jospin da en el clavo cuando reprocha al Emperador no haber continuado la política de las repúblicas hermanas alrededor de Francia, forjada por la Revolución.

Stendhal ya había lamentado su mansedumbre excesiva para con esos monarcas que, como el emperador de Austria, fueron vencidos innumerables veces, y pudieron cada vez traicionar sus compromisos, y abatir finalmente a su vencedor. Pero en Europa como en Francia, Napoleón trata de hallar un compromiso, una síntesis entre el Antiguo Régimen y las ideas nuevas. Busca obtener de los reyes un « derecho de burguesía » que ellos no le reconocerán nunca. Es su lado advenedizo ridículo, Madama Verdurin. Pero es un déspota ilustrado a la manera del siglo de las Luces, no un furioso totalitario que lo destruye todo – regímenes, clases sociales, élites – a su paso. Uno hubiera podido sin embargo pensado que el antiguo trotskista le habría estado agradecido de no haber sido Stalin.
Pero es cuando abandona a Napoleón cuando uno comprende aún mejor el objetivo político que persigue Jospin. En la lista de los herederos, desliza lógicamente a Napoleón III y al general Boulanger; pero sorprende más poniendo en ella a Pétain y no a de Gaulle. Habría sin duda agacé al mariscal hallándole como modelo a un emperador que emancipaba a los judíos en toda Europa y restablecía la francmasonería; pero vaya que se habría divertido al General si hubiese podido recibir la bendición « republicana » de un eminente ministro de Mitterrand que le trataba de putchista, de Badinguet, de duce. Es que la izquierda, desde la muerte de De Gaulle, ha emprendido recuperarlo, izquierdizarlo, « republicanizarlo », para erradicar mejor el fondo monárquico y bonapartista que impregna sin embargo al conjunto de su obra.

Esta reescritura de la Historia revela finalmente más sobre su autor y sobre la izquierda que obre el Emperador y sus sucesores. El Mal napoleónico es el libro de un burgués louis-philippard que ya no comprende que uno pueda morir por la gloria de la patria, confunde a los grognards de la Grande Armada con los fusilados de 1917, la libertad con la libertad del comercio, la democracia con el régimen parlamentario y la sumisión a la hegemonía anglosajona con la paz. Prueba ante todo la desagregación de la izquierda: Estado, pueblo, nación, igualdad e incluso gloria, todo ha sido renegado, liquidado, dado al traste.

Con Jospin, la izquierda francesa ha encontrado al más digno de los notarios para anunciarle a los derechohabientes del pueblo francés que su herencia había sido dilapidada.