Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
El fin de un mundo
WATERLOO
VISTO POR LOS TESTIGOS DE LA BATALLA
Napoleón en Waterloo
El 17 de junio de 1815 en la noche, el Emperador Napoleón descubre el futuro campo de batalla de Waterloo: el clima es execrable, llueve a cántaros. A través de la lluvia, se distinguen los fuegos de los vivaques del enemigo.
Imagen proveniente de la película «Waterloo» de Serguei Bondarchuk, 1970. Cortesía del Señor Albert Martin.

Por

Christophe Bourachot
Fundador de la La Librairie des deux Empires

Christophe Bourachot
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador del INMF.
PRESENTACIÓN GENERAL

Por el Profesor
Sir Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia

18 de junio de 1815, fecha mítica para los napoleónicos como para todo amante de la Historia… «Waterloo, el fin de un mundo» como lo dijo tan poéticamente el comandante Henry Lachouque. Ya no se cuentan los estudios de todo género consagrados en el mundo a esta batalla.
Asimismo, en vez de reescribir una vez más los hechos de esta jornada que marca para siempre la Historia de Francia pero también la de Europa, el autor de esta compilación, el Señor Christophe Bourachot, ha preferido buscar por aquí y por allá algunos extractos de testimonios raros y representativos. Asimismo, ha completado esta selección de textos con una bibliografía (no exhaustiva) referente a Waterloo.
Figura emblemática del ámbito literario napoleónico del cambio de siglo, el Señor Christophe Bourachot es el fundador de la connotada casa editorial francesa «La Librairie des deux Empires». Ha establecido las ediciones críticas de innumerables libros de memorias del Imperio y de múltiples testimonios históricos capitales, como los del general de Caulaincourt, del barón Fain y del mameluco Alí, entre muchos otros.
El Instituto Napoleónico México-Francia le agradece muy encarecidamente la valiosa contribución que publicamos enseguida, ofrecida especialmente para los lectores hispanoparlantes de nuestro sitio Internet.
Señalaremos para concluir que los escritos que presentamos a continuación son obras de militares, muchos de ellos soldados de la tropa, por lo que tratamos de mantener el estilo lo más fiel posible a su espíritu sin recurrir a arreglos o mejoras en la redacción de sus cartas y relatos. Las notas de cada fragmento figuran al pie del mismo.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

LAS TROPAS ESTÁN LISTAS. LA BATALLA ESTALLA

Teniente en el 26º regimiento de infantería ligera y convertido en ayuda de campo del general de La Houssaye (él permanecido en París), el joven Alexandre de Chéron dejó una carta (dirigida a su general) y fechada el 22 de junio de 1815. Cuenta en ella la batalla tal como la vio:

«El día siguiente 18 de junio, el Emperador hizo sus posiciones de ataque. El enemigo formaba una herradura frente a nosotros. Nuestro cuerpo se mantuvo en la derecha. El tiroteo comenzó hacia las nueve de la mañana (1). Las columnas de ataque fueron formadas, nos dirigimos al frente de todos lados. El ataque fue general. Los soldados estaban en un entusiasmo imposible de describir. Los gritos de «¡Viva el Emperador!» se confundían con el ruido del cañón. Sin embargo, el enemigo, emboscado en una posición extremamente ventajosa, protegido por una artillería numerosa y formidable no pareció sorprendido de nuestra audacia. Hizo un fuego tan terrible que nuestras cabezas de columna recularon en desorden; entonces la caballería cargó y despejó a la infantería matando a muchos ingleses; tomaron muchos caballos. El orden se restableció y continuamos a batirnos con un éxito balanceado. Finalmente el enemigo pudo despejar su centro para dirigirse a las alas. El Emperador siguió ese movimiento. Las alas trataron incluso de alcanzarlo detrás de nosotros y a cortarnos el camino. El mariscal Blache (2) había llegado con sus tropas sobre nuestra derecha. El enemigo recomenzó el fuego sobre el centro, fuego que no había suspendido más que para darnos más confianza y nos vimos rodeados por así decirlo, no teniendo como único punto libre más que el camino.

El Emperador contaba con los generales Grouchy y Vandamme que debían tomar al enemigo por la espalda. No vinieron y estuvimos hacia las ocho horas tan apremiados por fuerzas superiores que nuestras tropas se replegaron sucesivamente y acabaron finalmente por estar en un desorden imposible de describir».

1) Chéron se equivoca pues todo el mundo está de acuerdo en decir que fue a las 11h30 que la batalla inició.
2) Chéron quiere decir Blücher.

Fuente: Alexandre de Chéron, carta del 22 de junio de 1815 contenida al final de sus «Mémoires inédits sur la campagne de Russie présentées par Robert de Vaucorbeil». («Memorias inéditas sobre la campaña de Rusia presentadas por Robert de Vaucorbeil»). Teissèdre, 2001.

 

Victor Dupuy, en cuanto a él, es jefe de escuadrón, en el 7º de húsares:

«El 18 a las cuatro de la mañana, estábamos a caballo y hacia las ocho, después de haber hecho refrescar a nuestros caballos algunos instantes, nos dirigimos al campo de batalla. Nuestro regimiento fue separado de la división y, con tres escuadrones de cazadores, tomó posición en la extrema derecha, al no tener enemigos frente a nosotros. El combate se entabló a nuestra izquierda sobre toda la línea; desde el medio día, el pánico se apoderó de algunos regimientos de infantería del 1er cuerpo de armada y el sálvese quien pueda fue pronunciado. Huían en el mayor desorden, corría a ellos con un pelotón de húsares para detenerlos; viendo entre los fugitivos a un alférez con su águila, le dije de entregármela; la avanzaba ya para dármela, cuando la reflexión me vino: “no puedo deshonrarlo, señor, le dije, despliegue su bandera, y diríjase al frente, gritando conmigo, ¡Viva el Emperador!”. ¡Lo hizo de inmediato, el buen hombre! Pronto los soldados se detuvieron y en pocos instantes, gracias a sus esfuerzos y a los nuestros, cerca de tres mil hombres estaban reunidos y habían dado media vuelta. Esta fuga era tanto más asombrosa y extraordinaria cuanto que el enemigo no perseguía; ¿pero por quién el malévolo sálvese quien pueda había sido pronunciado? Todos lo ignoraban. Hasta hacia las cuatro horas, permanecimos apacibles espectadores de la batalla. En ese momento el general Domon vino hacia mí; el fuego de los ingleses estaba más o menos detenido; me dijo que el asunto estaba ganado, que el ejército enemigo estaba en retirada, que estábamos ahí para hacer junción con el cuerpo del mariscal Grouchy y estaríamos en la velada en Bruselas; partió. Pocos momentos después, en vez de hacer junción con las tropas del mariscal Grouchy como nos lo esperábamos, recibimos el ataque de un regimiento de hulanos prusianos. Los rechazamos vigorosamente y les dimos caza, pero nos vimos forzados a la retirada por el fuego de metralla de seis piezas de cañón, detrás de las cuales los hulanos se replegaron. El coronel Marbot había sido herido de un lanzazo en el pecho, en el ataque de los prusianos. Atacados entonces por la infantería, nos volvimos a replegar sobre el centro batiendo en retirada. En nuestro movimiento retrogrado, encontramos al mariscal Soult, mayor general, quien nos hizo colocar cerca de una batería de la guardia para apoyarla; el cañón enemigo nos hizo algo de daño».

Fuente: Victor Dupuy: «Souvenirs militaires, 1794-1816» («Recuerdos militares, 1794-1816»). Librairie des Deux Empires, 2001).

El famoso Capitán Jean-Roch Coignet asiste al inicio de la batalla:

«El Emperador, al no recibir noticias del mariscal Grouchy, dio la orden del ataque sobre toda la línea y el relámpago estalló en todos los frentes a los gritos de: “¡Viva el Emperador!”»

Fuente: Capitán Coignet: «Cahiers» («Cuadernos»). Presentados por Jean Mistler, de la Academia francesa. Preámbulo de Christophe Bourachot. Arléa, 2001.

La batalla de Waterloo. 18 de junio de 1815
Óleo (1852) de Clément-Auguste Andrieux (1829-1880).

 

Louis-Étienne Saint-Denis, más conocido bajo el nombre del mameluco Alí, se encontraba cerca de Napoleón durante la batalla:

«La acción comenzó en el parque de Hougoumont (1). Al estar este lugar poco alejado y bastante elevado, pudimos ver fácilmente el ataque y la defensa. Fue con muchas penas como se logró echar de él al enemigo. Las demás partes de la línea de batalla estando alejadas u ocultas por las desigualdades del suelo, se podía ver bien a simple vista los diversos movimientos que se operaban. Una buena parte de la jornada había transcurrido, y no era sino muy lentamente que habíamos ganado un poco de terreno.

En la tarde, el cuerpo prusiano del general Bülow, que habíamos tomado primero por el del mariscal Grouchy, comenzó a hacer cierto progreso y a dar oportunidades de éxito al enemigo. Eran, creo, entre las tres o las cuatro horas. En el momento en que las primeras bolas de cañón prusianas llegaban sobre nuestra derecha, fui enviado a la granja del Caillou (2) para decir a Pierron, maestresala, que trajera una pequeña cantina, al necesitar el Emperador y algunas personas de su séquito tomar algo de comida. De ida, solo algunas bolas atravesaban la calzada, pero de regreso, llegaban en gran cantidad. Poco lejos y atrás del lugar donde estaba el Emperador, había un camino hueco en el cual había un gran número de hombres muertos de la guardia inglesa (horse-guard); se les reconocía por su alta estatura y su gran casco adornado con una oruga negra.

Rechazado Bülow, el Emperador hizo avanzar los batallones de la Vieja Guardia sobre los ingleses. La caballería ya había sido lanzada. Apenas la Guardia hubo alcanzado al enemigo, sembró en él la muerte, y por todas partes le hizo recular. Nuestros heridos, que eran muy numerosos, nos dieron a conocer el tesón que ponían los ingleses en la resistencia. Entre los heridos, vi al general Friant que estaba todavía a caballo; algunos momentos después, al coronel Mallet, que era llevado por sus soldados. Reconociéndome éste último, me hizo señal de darle una gota de aguardiente. Lo satisfice inmediatamente: llevaba el frasco del Emperador. El Emperador, quien, media hora antes y tal vez más, había dejado a la mayor parte de su estado mayor y de su piquete de escolta, para dirigir el ataque de la infantería de la Guardia, vino a alcanzarnos una media hora después. La noche comenzaba a cubrir el campo de batalla con sus sombras, cuando el mariscal Blücher entró en línea sobre nuestra derecha y sembró el desorden en algunos regimientos franceses; y este desorden, comunicándose de uno a otro, se tornó general en poco tiempo. Hizo falta que la Guardia hiciera un cambio de frente y enseguida que se formara en cuadros, en uno de los cuales se refugió el Emperador con su séquito para hurtarse de la caballería prusiana que inundaba el campo de batalla. El cuerpo de Bülow, que había retomado la ofensiva y que ya cortaba la calzada, amenazaba con rodearnos enteramente».

1) La granja o «castillo» de Hougoumont rodeada por su parque y su bosquecito (hoy desaparecido).
2) Literalmente, la granja del «guijarro».

Fuente: Mameluco Alí: «Souvenirs sur l’Empereur Napoléon» («Recuerdos sobre el Emperador Napoleón»). Presentados y anotados por Christophe Bourachot. Arléa, 2000.

 

Batalla de Waterloo
En lo alto, observamos los destellos de los famosos proyectiles de la batería de cohetes inglesa. Pintura de William Sadler (1782-1839).

 

Octave Levavasseur, oficial de artillería y ayuda de campo del Mariscal Ney, se encuentra en los primeros palcos de esta jornada histórica:

«El 18 de junio, reconociendo que el enemigo ha tomado posición adelante del bosque de Soignes y erizado la cresta del Mont-Saint-Jean (1), el Emperador juzga que es ahí donde Wellington quiere fijar la batalla; hace desfilar al ejército en columnas de ataque y dispone sus líneas paralelamente a las de los ingleses. El Príncipe Jerónimo comandaba nuestra ala izquierda; los condes Reille y d’Erlon marchaban al centro; Lobau y Duhesme a la derecha. El Mariscal Ney tenía el mando de la infantería y de la caballería. Estábamos separados del ejército inglés por un pequeño valle en el que se encontraba, en el gran camino, la granja de La Haye-Sainte (2), muy cercana a la línea enemiga. Mientras nuestras tropas tomaban posición, unas bolas de cañón arrancaron algunas filas. El conde d’Erlon ya había comenzado su movimiento de ataque, la batalla estaba entablada. El Mariscal mandó llamar a todos sus coroneles de caballería y les dio la orden de enviarle cada uno un escuadrón. Viniendo esos escuadrones a formarse detrás de él, dijo a uno de sus más viejos ayudas de campo, Crabet, general de brigada retirado, de regreso con él desde hacía algunos días, que tomara el mando de esta caballería, y añadió: “Seguirá por la izquierda y barrerá con todo lo que se encuentre entre la artillería enemiga y su infantería pasando por el terreno ocupado por el enemigo detrás de La Haye-Sainte”. En esos momentos, el conde d’Erlon avanzaba en medio de la metralla en la pendiente de la meseta, pero no lograba tomar la posición. Crabet desfila y se adentra en el valle; el mariscal se voltea y dirigiéndose a mí: “Levavasseur, dijo, marche con esta carga”».

1) El Monte San Juan situado cerca de la pequeña población de Waterloo, en el Brabante Walón, en Bélgica.
2) Literalmente «La Valla Santa».

Fuente: Octave Levavasseur: «Souvenirs militaires, 1800-1815» («Recuerdos militares, 1800-1815»). Librairie des Deux Empires, 2001.

 

El Capitaine Robinaux, del 2º de línea tiene los ojos bien abiertos sobre la batalla que comienza:

«El 18 de junio, granja de Hougoumont, almenada y defendida por los ingleses, atacada por el 2º cuerpo de armada comandado por el conde Reille que se apodera de ella, así como de La Haie-Sainte. Planchenois (1) y la granja de La Belle-Alliance (2) son ocupadas por los franceses; es hacia este punto que Bülow se dirige… Por las 10 de la mañana, todo el ejército francés se puso en movimiento y avanzó en la planicie; el ejército estaba escalonado y en columnas cerradas; pasaron todas, sucesivamente, aquellas bellas columnas, al pie del monte de La Belle-Alliance donde estaba el Emperador y se dirigieron cada una al punto que le fue asignado. El cuerpo del que yo formaba parte (el 2º) se dirigió a la granja de Hougoumont, almenada y defendida por los ingleses; está situada sobre una pequeña altura que domina la planicie en todos los puntos, y al pie de esta granja hay un gran bosque de setillos bastante mal plantados, bajo el cual estábamos en columna cerrada; formábamos la extrema derecha del ejército.

El conde Reille, quien comandaba en jefe el 2º cuerpo, vino a darnos la orden de arrebatar la posición ocupada por los ingleses y tomar la granja como apoyo y mantenernos en esta posición durante la batalla, sin perder ni ganar terreno. Tan pronto como la carga fue ordenada subimos en masa, la bayoneta cruzada sobre el enemigo, que hizo una firme resistencia. El combate fue pertinaz de una parte como de la otra y la balacera más mortífera se continuó con igual ardor; una media hora bastó a los franceses para apoderarse de esta posición formidable; si hubiésemos hecho un gran número de prisioneros, mientras en el centro y la derecha del ejército el cañoneo más vivo y el tiroteo mejor sostenido se hacían oír; teníamos siempre con firmeza esta posición importante.

Hacia las 6 de la tarde, el mariscal Ney vino a nuestra posición y nos gritó con una voz fuerte: “¡Ánimo, el ejército francés es victorioso, el enemigo está vencido en todos los puntos!”. El Emperador, viendo un cuerpo que desembocaba en la planicie, anunció enseguida la llegada del General Grouchy, comandante en jefe de la caballería; de inmediato hizo atacar las mesetas llamadas Mont-Saint-Jean, ocupadas por los ingleses bajo el mando del en jefe que comandaba los ejércitos combinados Lord Wellington; ahí encontró una firme resistencia; una artillería numerosa y emboscada vomitaba fuego y flama por todas partes; la guardia imperial avanzó de inmediato y arrebató la posición que fue retomada al instante; la guardia formó al punto el cuadro y se batió así con encarnizamiento sin ejemplo; conminada muchas veces a rendirse, prefirió la muerte al deshonor, y pronto se oyeron esas palabras tan dignas del carácter y del hermoso nombre francés: “La Guardia muere, pero no se rinde!”…».

1) Plancenoit
2) La Bella Alianza.

Fuente: Capitán Robinaux: «Journal de route (1803-1832)» («Diario de ruta (1803-1832)»). Publicado por Gustave Schlumberger. Plon, 1908.

 

El avance de la Guardia en Waterloo

 

Louis Bro, comandante del 4º regimiento de chevau-légers (1) lanceros es igualmente uno de los testigos de esta batalla:

«A la una de la noche (2), la división Donzelot, precedida por las baterías, marcha hacia el castillo de Goumont (3), rechaza a una división belga y se disemina en un terreno accidentado. El cuerpo inglés de Picton ataca su flanco izquierdo. La división Marcognet se precipita, pero no puede salvar una batería incautada por la tropa de Ponsomby quien carga a la cabeza de los dragones grises de Escocia. Nuestra infantería, cortada en trozos, se desbanda; Drouet d’Erlon hace ordenar a la caballería que cargue. Un terreno empapado no nos permite maniobrar a placer. Saco a mi 4o de lanceros.

A la derecha de un pequeño bosque, apercibimos la caballería inglesa que, prontamente reformada, amenaza con darle la vuelta al 3º de cazadores. Tomo la cabeza de los escuadrones gritando: “¡Vamos, muchachos, hay que derribar a esta canalla!” Los soldados me responden: “¡Adelante! ¡Viva el Emperador!” Dos minutos más tarde, el choque tiene lugar. Tres filas enemigas son desbaratadas. ¡Golpeamos terriblemente en los otros! la melé se torna horrorosa. Nuestros caballos aplastan cadáveres y los gritos de los heridos se elevan en todas partes. Me encuentro un momento como perdido en las humaredas de la pólvora. Al volver el claro, diviso oficiales ingleses que rodean al teniente Verrand, porta-águila. Reuniendo a algunos jinetes, acudo en su ayuda. El sargento de caballería Orban mata de un lanzazo al general Ponsomby. Mi sable sega a tres de sus capitanes. Dos más pueden huir. Regreso al frente para salvar a mi ayudante-mayor. Yo había vaciado mi segunda pistola cuando sentí de repente mi brazo derecho paralizado. Con la mano izquierda, derribé al agresor que me desafiaba… Un deslumbramiento me forzó a sujetar la crin de mi caballo. Tuve la fuerza de decir al mayor Perrot: “¡Tome el mando del regimiento!”. El general Jacquinot, llegado repentinamente, al ver la sangre inundar mis ropas, me sostuvo y dijo: “¡Retírese!" y partió para la carga. El mayor Motet cortó mi dolmán (4) y aplicó un vendaje, exclamando: “No es mortal, pero no hay que quedarse aquí”. La rabia de dejar mis escuadrones me hizo derramar lágrimas».

1) Jinetes de la antigua caballería ligera francesa.
2) De la tarde.
3) La granja de Hougoumont.
4) Chaqueta de uniforme militar con alamares, galones y vueltas de piel.

Fuente: General Bro: «Mémoires, 1796-1844» («Memorias, 1796-1844»). Librairie des Deux Empires, 2001.

El Coronel Trefcon, jefe de estado mayor de la 1ª división de infantería del cuerpo de armada de Reille, nos da una afirmación bien reveladora acerca de la intensidad de los combates:

«A las tres horas, el campo de batalla parecía un verdadero horno. El ruido del cañón, el de la balacera, los gritos de los combatientes, todo eso unido al sol ardiente lo hacía parecer al infierno de los condenados».

fuente: Coronel Trefcon: «Carnet de campagne, 1793-1815» («Carnet de campaña, 1793-1815»). Publicado por André Lévi Dubois en 1914.

El cirujano Louis-Vivant Lagneau, del 3er regimiento de los granaderos a pie de la Vieja Guardia, tiene también su propia visión de la batalla:

«Nos vemos obligados, en la noche, a retirarnos, lo que no tiene lugar sin desorden. El Emperador, detrás de quien yo me encontraba a diez pasos, entre su estado mayor y la granja de La Belle-Alliance, de donde yo había sido echado así como mis heridos por los tiradores prusianos, que desalojaban de un pequeño bosque a nuestra derecha, tuvo por un instante su atención fija en ese punto, en el que se esperaba a ver llegar al mariscal Grouchy, a quien órdenes le habían sido enviadas; pero no habían llegado al mariscal. El Emperador sí que contaba con él, pues miraba a menudo su reloj y mandaba decir al general Duhesme, que estaba en el ala derecha y que pedía refuerzos, que aguantara y que Grouchy no tardaría en llegar en su ayuda. Yo estaba ahí con Larrey, el cirujano en jefe de la Guardia, también estaba ahí Zinck, con una ambulancia. Había sido forzado, como nosotros, a abandonar la partida y se había acercado, como yo, al grupo del Emperador. También estaba ahí el colega Champion, quien, junto con Zinck, había establecido la ambulancia de la Guardia cerca de la mía, en una granja, bajo las órdenes de Larrey.

Napoleón creía la batalla ganada en el momento en que fuimos desalojados de nuestra ambulancia, porque creía que los prusianos, que nos enviaban disparos de fusil sobre la granja de La Belle-Alliance, estaban siendo empujados ellos mismos por detrás por el cuerpo de Grouchy. Eran aproximadamente las dos y media o tres horas. Desventuradamente, eran en efecto los prusianos y los prusianos tan solo, comandados por el general Bülow. Grouchy no había recibido tres mensajes que le había enviado el Emperador. Los ayudas de campo habían sido atrapados por el enemigo, y él, Grouchy, que había tenido al principio de la batalla, y tal vez desde el día anterior, la orden de retener a los prusianos en el puente de Wavre, para acabar con los ingleses antes de que pudieran reunirse con ellos, se había contentado, con sus 25 ó 30 000 hombres de excelentes tropas, con observar el puente, donde los prusianos habían dejado una sola división, mientras que con todo el resto de su ejército Bülow se dirigía hacia nuestro campo de batalla».

Fuente: Louis-Vivant Lagneau: «Journal d’un chirurgien de la Grande-Armée, 1803-1815» («Diario de un cirujano de la Grande Armada, 1803-1815»). Edición presentada por Christophe Bourachot. LCV, Editeur, 2000.

Dieudonné Rigau, jefe de escuadrones en el 2º de dragones, aporta en sus «Recuerdos de las guerras del Imperio» un testimonio casi simbólico:

«Me retiré el último del campo de batalla con un escuadrón y siempre al paso, sin que el enemigo haya osado dirigirse a nosotros, aunque nos desbordaba por todos lados. Llegado cerca de la posición donde se encontraba el Emperador, me detuve, y oí distintamente a Napoleón decir: “Que desplieguen el águila del batallón de la isla de Elba”, que estaba cubierto con su estuche. Se gritó ¡Viva el Emperador! Pero el destino se había pronunciado; tuvo que retirarse».

Fuente: Dieudonné Rigau: «Souvenirs des guerres de l’Empire» («Recuerdos de las guerras del Imperio»). Librairie des Deux Empires, 2000.

 

La batalla de Waterloo a las 8 de la noche
La Guardia ataca a los aliados al finalizar la batalla; en el Este, los prusianos ofenden.

 

¡AQUÍ ESTÁ GROUCHY! ¡NO, SON LOS PRUSIANOS!…

 

Algunas páginas más lejos, Levavasseur, ayuda de campo de Ney prosigue:

«Por las 6 horas de la tarde llega con el Mariscal Ney el general Dejean. “Señor mariscal, le dijo, ¡Viva el Emperador! ¡He aquí Grouchy!”. El mariscal me ordena enseguida pasar por toda la línea y anunciar la llegada de Grouchy. Tomando el galope, elevando el sombrero en el extremo de mi sable y pasando frente a la línea: “¡Viva el Emperador! exclamo, soldados, he aquí Grouchy!”. Este grito repentino es repetido por mil voces; la exaltación de los soldados está en su colmo; prorrumpen todos: “¡Adelante! ¡Adelante! ¡Viva el Emperador!”. Apenas llegado a la extremidad de nuestra línea, se oyen cañonazos en nuestra retaguardia. El mayor silencio, el pasmo, la inquietud suceden a ese entusiasmo. La planicie se cubre de nuestros equipajes y de esa multitud de no-combatientes que siempre siguen al ejército; el cañoneo continúa y se acerca. Oficiales y soldados se mezclan, se confunden con los no-combatientes. Vengo, aterrado, junto al mariscal, quien me prescribe ir a reconocer la causa de éste pánico. Llego con el general […] (1) que me dice: “¡Vea! ¡Son los prusianos!”. Regreso a buscar al mariscal, a quien no encuentro. Nuestro ejército ya no formaba entonces más que una masa informe, en la que todos los regimientos estaban confundidos. En ese instante fatal, no hay más mando, cada uno queda desconcertado en presencia de un peligro que no se puede definir. Viene Drouot quien exclama: “¿Dónde está la Guardia? ¿Dónde está la Guardia?”. Se la muestro; Se acerca a ella gritando: “¡Formad el cuadro!”. Veo entonces al Emperador pasar junto a mí, seguido por sus oficiales. Llegado junto a su Guardia, colocada frente a él, del otro lado del camino: “¡Que se me siga!” dice, y marcha al frente en el camino que barren cien piezas de cañón».

1) Nombre dejado en blanco por el autor.

 

El capitán Coignet asiste también a la llegada de los prusianos:

«Llega de nuestra ala derecha un oficial con el Emperador, diciendo que nuestros soldados tocan retirada: “Os equivocáis, le dice el Emperador, es Grouchy el que llega”. No creía semejante contratiempo. [Lo] hizo partir de inmediato en esa dirección para asegurarse de la verdad. El oficial, de vuelta, confirmó la noticia de que había visto una columna prusiana avanzar rápidamente sobre nosotros y que nuestros soldados tocaban retreta».

Robinaux, capitán del 2º de línea escribe:

«El supuesto cuerpo del General Grouchy no era otro que un cuerpo prusiano fuerte de quince mil hombres comandados por Blücher que vino a cortar nuestro ejército y tomarla en el flanco; el espanto se hizo general; los ruidos más siniestros se esparcieron en todo el ejército…».

 

Napoleón en la batalla de Waterloo, el 18 de junio de 1815
Litografía de Charles de Steuben (1788-1856) que muestra el momento en el que oficiales y soldados tratan de arrancar al Emperador Napoleón a la tormenta de metralla del enemigo.

 

LA BATALLA SE ACABA. INICIA LA DERROTA

 

Robinaux, él nuevamente, prosigue:

«Avanzamos 200 ó 300 pasos en la planicie para ver los movimientos de nuestro ejército, pues no recibíamos órdenes. ¿Qué vimos? Nuestras tropas en plena retirada en todos los puntos; se lo avisamos de inmediato al general quien ordenó: “Columnas en retreta”, tan pronto como se aseguró por sí mismo, y nos recomendó guardar el mayor orden; todo esto no fue de larga duración; recibíamos algunas bolas de cañón por la espalda, y unos soldados espantados, mirando detrás de ellos, apercibieron a nuestros lanceros polacos; los tomaron por caballería inglesa, y prorrumpieron: “¡Estamos perdidos!”. El ruido se esparció en toda la columna, y pronto estuvimos en un desorden completo; cada uno ya no pensó más que en su propia salvación; imposible reincorporar los soldados extraviados; la caballería siguió el impulso de la infantería; vi dragones en retirada, a galope, atropellar a desafortunados soldados de infantería y subir sobre sus cuerpos con sus caballos; eso me pasó dos veces; molesto por semejante desorden, y extenuado de fatiga a fuerza de correr, pues hacía media hora que corríamos en la planicie sin ser perseguidos, me había dado cuenta varias veces y no cesaba de repetirlo en voz alta, gritando: “Alto, incorporémonos pues, nada nos persigue”»

El jefe de escuadrón Victor Dupuy, sigue su relato:

«Poco después, recibimos la orden de dirigirnos a la retaguardia, para oponernos a los tiradores prusianos. Hasta entonces, pensábamos que la batalla estaba ganada en los otros puntos de la línea; pero cuando, llegados al gran camino, la vimos atiborrada de fugitivos, nos desengañamos. Buscamos primero a reincorporarlos, pero fue imposible, hubo que tocar también retreta, pero al menos, lo hicimos en orden, marchando a algunas centenas de pasos en la orilla del camino, hasta que la noche y las dificultades del camino nos hubieron forzado a entrar en él y caminar en barullo, con los fugitivos de todas armas. Nuestra derrota estaba calculada por adelantado: arcones desatalajados, cuyos timones estaban encastrados unos sobre otros, habían sido colocados de distancia en distancia atravesados en el gran camino, para entrabar nuestra marcha y detener nuestro material y nuestros bagajes. Anchos fosos lo bordeaban; a menudo hubo que hacer poner pie a tierra a algunos de nuestros hombres, para derribar los taludes y practicar pasajes.»

Alí, el mameluco del Emperador, tras la toma por el enemigo del coche de Napoleón y de los equipajes imperiales quedados en el Caillou, sigue a su soberano en la derrota:

«En la larga columna de soldados de todas las armas, de todos los cuerpos, de todos los regimientos que tocaban retreta, marchando mezclados, cada uno yendo por su cuenta, el muy pequeño grupo cuyo núcleo era el Emperador marchaba con todo el mundo, dirigiéndose hacia Philippeville. La noche era una noche de verano sin luna; se veía, pero no se podía distinguir; en el camino, por aquí y por alá, había fuegos de vivaque donde se reposaban hombres fatigados y muriendo de hambre. Tranquilamente y silenciosamente, avanzábamos al paso de los caballos.»

Sobre el resultado de la batalla, el cirujano Lagneau tiene su propia versión de los hechos:

«La triste verdad fue que los prusianos, que no estaban acuciados, como lo preveía Napoleón, por Grouchy, aplastaron a Duhesme y al cuerpo de la Joven Guardia, a la que comandaba en nuestra ala derecha, y que vinieron a colocarse detrás nuestro, en el camino de Charleroi, para cortarnos toda retirada. Felizmente no tenían de inicio más que dos pelotones de caballería. Pronunciándose el movimiento retrógrado, soy bastante afortunado, con algunos heridos aún hábiles de piernas y hombres válidos, que ya no pueden regresar a donde se pelea, para arreglármelas gracias a mi excelente caballo. Tengo en esta retirada, por compañero de infortunio, al capitán (jefe de batallón) Friant, de la Vieja Guardia. Es el hijo del general Friant, de la Guardia. Caminamos toda la noche en medio de las columnas en retreta y de los hombres aislados y llegamos en la mañana a Charleroi, donde todo está en desorden, las calles atestadas de coches de carbón y de bagajes militares».

El ayuda de campo Levavasseur descubre Genappe en pleno desorden:

«Cuál fue mi sorpresa, a mi llegada a Genappe, al ver esta ciudad atiborrada de coches, al punto que me era imposible pasar de pie en las calles; los soldados de infantería se veían obligados a arrastrarse bajo los equipajes para abrirse paso; la caballería le contorneaba la ciudad. Llegado al camino, más allá de la plaza, indignado de no ver ninguna reunión, me coloqué en el medio, y, sacando mi sable, proferí: “¡Por el Emperador, no se pasa de aquí!”. Un oficial de húsares, creyendo que había recibido la orden de actuar así, se puso a mi lado, y uno y otro bloqueamos el paso. Entonces oímos a todos los oficiales y soldados exclamar: “¡Por aquí el 25º, el 12º, el 8º! etc., etc. Todos buscaban incorporarse, y toda la noche pasó en medio de esos gritos».

Bro, citado más arriba, estando herido y al dirigirse en una calesa en camino primero a Charleroi, escribe aun:

«A las cinco de la tarde, cuando el cañoneo causaba estragos, habíamos llegado frente a Genappe. Un largo acarreo de artillería estorbaba en la vía. Me enteré en este lugar que el ejército francés ejecutaba su retirada. Dos jinetes nos aventaron pasando la noticia que Napoleón había sido matado en un cuadro de la Guardia. Eso me causó un malestar inexpresable».

Jean-Baptiste Jolyet, jefe de batallón en el 1er regimiento de infantería ligera forma parte igualmente de los numerosos heridos:

«Llegué así a Genappe. Ahí, los coches, los arcones, los cañones estaban a tal grado unos sobre otros que quienes se aventuraban en esta gresca se arriesgaban mucho a ser aplastados… De repente, en el momento en que menos nos lo esperábamos, oímos las trompetas de la caballería prusiana que galopaba en las calles. Me acordaré siempre la tentación que sentí al oír esos toques triunfantes; nos decíamos unos a otros en voz casi baja: “¡Pobre Francia! ¡Pobre ejército!” y pensábamos con rabia y con vergüenza, que nada podía impedirnos ser prisioneros»

Fuente: Jean-Baptiste Jolyet: «Souvenirs de 1815» («Recuerdos de 1815»), en «Souvenirs et correspondance sur la batalla de Waterloo» («Recuerdos y correspondencia sobre la batalla de Waterloo»). Teissèdre, 2000.

El Capitán Aubry (del 12º de cazadores) fue herido en el pie durante la batalla de Fleurus. Es llevado por el general Vinot (herido igualmente) a una casa (en Fleurus). Ambos hombres descansan. Estamos en la noche del 18 de junio de 1815:

«Estábamos acostados cuando, en la noche, el doméstico de la casa vino a decirme que el ejército tocaba retreta. Hice que me llevaran hacia mis caballos y, después de haberme montado en uno, fui a apostarme en primer plano en la entrada de la ciudad… Resultó que el enemigo no se lanzó a la persecución de los franceses, pues hubiera atrapado a todo el ejército que, víctima del pánico, se había puesto en una estampía espantosa, abandonando todo su material, su artillería, sus bagajes, sus heridos en el campo de batalla. Si hubiera habido una reserva para apoyar la retirada, ésta no se hubiese tornado en una derrota que el enemigo debía ignorar: era de noche, y él mismo creyéndose vencido se alistaba para continuar el día siguiente… el hecho es que la noche de Waterloo había hecho cesar el fuego y vivaquear en el campo de batalla. Los ingleses y los prusianos no daban de sí y estaban más maltratados que nosotros; son ellos quienes hubieran tocado retreta durante la noche… Hubo un sálvese quien pueda y un pánico general; nadie estuvo en mejor lugar que yo para ver esta terrible refriega»… Y Aubry prosigue más lejos su testimonio: «A lo largo de todo el camino que recorría, era una confusión inexpresable; todas las armas estaban confusamente mezcladas: caballería, artillería, infantería, coches de las cantineras, todo el tren de un ejército caminaba mezclado, creyéndose perseguido, mientras el enemigo se había quedado en el campo de batalla de Waterloo, ignorante de nuestra derrota y temiendo la continuación de esta terrible lucha para el día siguiente».

Fuente: Capitán Aubry: «Souvenirs du12ème chasseurs» («Recuerdos del 12º de cazadores»). Librairie des Deux Empires, 2002.

Jean-Baptiste d’Héralde, era cirujano mayor del 12º regimiento de infantería ligera. Presente durante la campaña de Bélgica, herido el 16 de junio en Fleurus, no participó en Waterloo. No obstante, hallándose en la ciudad misma de Fleurus, asiste él también a la debacle:

«A las once de la noche (1), se oían bien distintamente disparos de fusil en el terreno en el que habíamos combatido el 16 (2). Finalmente, a media noche, muchos mensajeros llegaron y todos nos aseguraron que nuestro ejército estaba en retirada. Sobre la base de estas afirmaciones, tomamos las armas y los cuatro coroneles decretaron que la división dejaría Fleurus a la una de la madrugada para retrogradar sobre Charleroi. Llegamos ahí el 19 a las seis de la mañana. A 300 pasos de la ciudad, hallamos a su derecha la ruta de Bruselas y es ahí, en ese camino, que pudimos convencernos de los desastres de Waterloo. Veíamos llegar en masa y en el mayor desorden a nuestra caballería: lanceros, coraceros, húsares, dragones, cazadores, todos caminaban mezclados, las filas y las armas estaban confundidas. Casi todas las lanzas estaban aun asquerosas de sangre, lo que atestaba por escrito que no se había dado media vuelta sin combatir».

1) El 18 de junio de 1815.
2) Durante la batalla de Fleurus.

Fuente: Jean-Baptiste d’Héralde: «Mémoires d’un chirurgien de la Grande-Armée» («Memorias de un cirujano de la Gran Armada»). Transcritos y presentados por Jean Chambenois. Teissèdre, 2002.

La retirada de Waterloo
Tarjeta postal rusa de principios del siglo XX.

 

LA PALABRA DEL FINAL…

Finalmente, dejemos la palabra al célebre barón de Marbot, quien, en Waterloo, era coronel del 7º de húsares:

Laon, 26 de junio de 1815.

«¡Vuelvo de nuestra derrota!… Nos hicieron maniobrar como calabazas. Fui, con mi regimiento, flanqueador de derecha del ejército durante casi toda la batalla. Me aseguraban que el mariscal Grouchy iba a llegar en ese punto, que no estaba guardado más que por mi regimiento, tres piezas de cañón y un batallón de infantería ligera, lo cual era demasiado débil. ¡En vez del mariscal Grouchy, fue el cuerpo de Blücher el que desembocó!… ¡Juzguen la manera en que fuimos arrollados, y el enemigo estuvo de inmediato detrás de nosotros!… Se hubiese podido remediar el mal, pero nadie dio órdenes. Los grandes generales fueron a París a dar malos discursos. Los pequeños pierden la cabeza, y la cosa va mal… recibí un lanzazo en el costado; mi herida es bastante fuerte, yo quise quedarme para dar el buen ejemplo. Si cada quien hubiera hecho lo mismo, todo iría bien más o menos, pero los soldados desertan en el interior; nadie los detiene, y hay en este país, dígase lo que se diga, 50 000 hombres que podían reunirse; pero entonces sería precisa la pena de muerte contra todo hombre que deje su puesto y contra quienes dan permiso de dejarlo. Todo el mundo da licencias, y las diligencias están llenas de oficiales que se van. ¡Juzguen si los soldados están de sobra! No quedará uno dentro de ocho días, si la pena de muerte no les retiene… Si las cámaras quieren, pueden salvarnos; pero hacen falta medios prontos y leyes severas… No se envía un buey, víveres, nada…; de tal suerte que los soldados pillan la pobre Francia como lo hacían en Rusia… Estoy en los puestos avanzados, abajo de Laon; nos hicieron prometer no tirar, y todo está tranquilo…»

Fuente: General Barón de Marbot: «Mémoires» («Memorias»). Plon, 1891, 3 volúmenes.

El encuentro de Wellington y de Blücher tras la batalla de Waterloo
Los comandantes inglés y prusiano se entrevistan en la granja de La Belle-Alliance. Pintura decorativa (1861) de Daniel Maclise , en el Parlamento inglés.

 

WATERLOO: ALGUNAS CIFRAS…

Si bien se puede considerar a Inglaterra vencedora el 18 de junio de 1815 en tanto que promovió y financió la campaña de Bélgica, ganando además ese día las guerras de las coaliciones, militarmente hablando la realidad es bien distinta.
En efecto, en Waterloo menos de un 20% de las tropas son inglesas, correspondiendo aproximadamente un 70% de ellas a los efectivos prusianos. Por otro lado, el duque de Wellington se limitó a mantener posiciones defensivas, cuidando en todo momento su línea de escape hacia el mar. Por su parte, el mariscal Blücher mostró toda la iniciativa ofensiva durante conflicto.
La batalla de Waterloo –término éste inadecuado por cierto, preferido por los británicos a la expresión por ellos juzgada menos consonante de “Belle Alliance”, propuesta por Blücher para bautizar la jornada*– es una victoria militar que le corresponde propiamente a Prusia, un honor que fue escamoteado sin mucha elegancia por los libros de historia ingleses.

* Es de hecho el nombre que se le da en Alemania. Por su parte, los franceses la llamaron batalla del Monte San Juan.

DATOS GENERALES

Inicio de la batalla: 11h 35.
Fin de la batalla: hacia las 21 horas.

FUERZAS PRESENTES EN LA BATALLA:

Efectivos de la batalla (cifras aproximativas):

Fuerzas francesas: Guardia 1er, 2º, 6º cuerpos, 3º y 4º cuerpos de reserva de caballería.
Total: 74 000 hombres y 332 bocas de fuego.

Fuerzas anglo-holando-belgas: 95 503 hombres, una batería de cohete y 186 bocas de fuego.

Fuerzas prusianas: 124 074 hombres (los 4 cuerpos prusianos) y 312 bocas de fuego.

Total de fuerzas aliadas: 219 577 hombres

Pérdidas francesas: aproximadamente 20 000 muertos y heridos.
Pérdidas aliadas: aproximadamente 20 000 muertos y heridos (de los cuales 7 000 prusianos).

 

BIBLIOGRAFÍA SOBRE WATERLOO

Las obras que siguen no forman parte de aquellas cuyos extractos son presentados más arriba.

Capitán Jean-Baptiste Lemonnier-Delafosse: «Souvenirs militaires» («Recuerdos militares»). Presentados por Christophe Bourachot. LCV, Editor, 2002. (El autor, capitán en el 37o de línea, consagró un excelente capítulo de sus recuerdos a la jornada del 18 de junio de 1815).

«Waterloo. Récits de combattants» («Waterloo. Relatos de combatientes») Teissèdre, 1999. Una compilación de múltiples testimonios: citemos en especial los del coronel Heymès, ayuda de campo de Ney y del general de Brack («Récit inédit d’un combattant» («Relato inédito de un combatiente») de los cuales dos versiones son propuestas aquí.

Jean Thiry: «Waterloo». Berger-Levrault, 1943.

Henry Houssaye: «1815. Waterloo». Perrin et Cie, 1898 (Reeditada constantemente esta obra queda por mucho como una de las mejores que haya).

Comandante Henry Lachouque: «Waterloo, la fin d’un monde» («Waterloo, el fin de un mundo»). Lavauzelle, 1985 (Bien ilustrado).

Jacques De Vos: «Les 4 jours de Waterloo, 15-16-17-18 juin 1815» («Los 4 días de Waterloo, 15-16-17-18 de junio de 1815). Editions Jean Collet, 1997.

A.Brett-James: «Waterloo raconté par les combattants» («Waterloo contado por los combatientes»). La Palatine, 1969. (Una selección de testimonios esencialmente ingleses).

Robert Margerit: «Waterloo, 18 juin 1815» («Waterloo, 18 de junio de 1815»). Gallimard, 1974.

Jacques Logie: «Waterloo, la dernière bataille» («Waterloo, la última batalla»). Ed. Racine, 1998.

Jean-Claude Damamme: «La bataille de Waterloo» («La batalla de Waterloo»). Ediciones Perrin, 1999.

Completemos esta lista por los excelentísimos «Carnets de campagne» («Carnets de campaña»), publicados por una pléyade de historiadores belgas (loa Sres. Coppens, Tondeur, Courcelle, Méganck, Pattyn). Nueve números han sido publicados desde 1999 (en orden: «Hougoumont», «Le Chemin d’Ohain», «La Haie-Sainte», «La Papelotte», «Les Vertes Bornes», «Plancenoit», «La Belle Alliance» (1er volumen), «La Belle Alliance» (2º volumen) y «La Belle Alliance» (3er volumen); la serie debe comprender 12 números en total). (Editados por las ediciones de La Belle-Alliance).

Como complemento, desde un punto de vista iconográfico, se procurarán los dos portafolios de láminas («Hougoumont» y «Le Chemin d’Ohain») realizados por el ilustrador Patrice Courcelle (Editados igualmente por las Editions de La Belle Alliance).