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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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| LA
CONDESA WALEWSKA CUENTA CÓMO CONOCIÓ
AL EMPERADOR |
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La
Condesa María Walewska
Retrato a la acuarela por la Reina
Hortensia. Colección del Príncipe
Napoleón. |
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Texto proveniente
de la colección privada del Conde Alexandre
Walewski, en París
| PRESENTACIÓN |
María
Leczinska, « la bella extranjera
» como se le conoce, era una
hermosa damisela que provenía
de la nobleza polaca; nació
en 1786. En 1804, a los 18 años
de edad, se casa con el conde Atanasio
Walewski, que tiene para entonces
cerca de setenta años; María
toma entonces el nombre de “Walewska”,
con el cual quedará inmortalizada
en la Historia universal. Le dará
un hijo en 1805.
Católica
ferviente y patriota muy ardiente,
como un gran número de sus
compatriotas, María
Walewska sufre con desesperación
el martirio de su patria, víctima
de la rapacidad de Prusia y en especial
de Rusia, que no deja de despedazarla
a voluntad.
El 1º de febrero de 1807, poco
después de la batalla de
Eylau
y en camino a Varsovia, Napoleón,
que va acompañado por su
fiel Duroc, se detiene en la taberna
Blonie para cambiar de caballo.
Súbitamente, es reconocido
y aclamado eufóricamente
por una población inmolada
a los intereses rusos, pero que
pone sus esperanzas en Francia,
pidiendo que el Emperador restablezca
los derechos de la nación
polaca.
Es entonces cuando Napoleón
percibe entre la muchedumbre el
rostro radiante de una joven rubia
y muy hermosa, María Walewska;
ésta se acerca a Duroc y
solicita ser presentada al Emperador.
Una vez ante él, la joven
le brinda una bienvenida tan apasionada,
que, seducido por su gran belleza
y su gracia, el soberano le obsequia
un ramo de flores que acaba de recibir.
A partir de ese momento, Napoleón
y María no dejarán
de verse.
De hecho, María es fuertemente
instada por sus amigos patriotas
para que se convierta en la amante
de Napoleón, lo cual no está
dispuesta a hacer en un inicio.
No obstante, accede a la larga,
esperando poder influenciar al Emperador
para que trate a Polonia con justicia,
y de ser posible, la favorezca en
su lucha por la independencia.
Napoleón y María se
enamoran uno del otro y la condesa
se convierte desde ese momento en
su compañera fiel y amante,
al grado que a la larga recibirá
el
mote de « la esposa polonesa
» del Emperador.
El 4 de mayo de 1810 le da un hijo,
el célebre Alejandro
Walewski,
que el soberano nombra conde, y
al cual legará más
tarde bienes importantes, entre
ellos la propiedad de un inmueble
que posteriormente será una
fuente de ingresos para su madre.
Se trata del n° 48 de la antigua
calle Chanteraine en la que residió
el joven general Bonaparte, y que
fue rebautizada de la Victoria
tras los triunfos de la campaña
de Italia.
María
Walewska permanece fiel a Napoleón
hasta la deportación del
soberano a la isla de Santa
Helena.
En septiembre de 1816, desposa a
un primo lejano de Napoleón,
el conde Philippe-Antoine d’Ornano.
Muere al dar a luz en 1817, y su
corazón es colocado en la
cripta de los d’Ornano en
el cementerio parisino del Père
Lachaise. Su cuerpo es enviado de
vuelta a Polonia. |
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| El
Conde Alejandro
Walewski (1810-1868) |
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Tras
la muerte de la condesa, su hijo,
el conde Alejandro Walewski, lleva
a cabo estudios sólidos guiado
por su hermano mayor y maestro,
oficial del ejército francés.
Más tarde, se alía
con los orleanistas, se integra
a la Legión Extranjera y
sirve en África del Norte.
Es en esa época que se le
otorga la ciudadanía francesa...
A su regreso a Francia, se hace
amigo y colega de Adolfo Thiers.
Es nombrado ministro en Copenhague
justo antes del golpe de estado
de Luís Napoleón,
el futuro emperador Napoleón
III. No obstante, incluso antes
de entrar en funciones, el nuevo
gobierno nombra al conde Walewski
ministro en Londres, donde trabaja
en pos del entendimiento diplomático
entre ambos gobiernos. Esta relación
llevará a la visita de Luís
Napoleón a Inglaterra,
y a la de la reina Victoria a Francia.
En Inglaterra, el conde Walewski
se casa con María Catalina
Carolina Montague, cuyo padre es
el sexto duque de Sandwich. La nueva
condesa Walewski muere al dar a
luz...
Durante una asignación diplomática
en calidad de embajador en Italia,
el conde Walewski se casa con una
italiana, María-Ana de Ricci,
cuya familia está ligada
al Príncipe Poniatowski.
Tienen un hijo, futuro teniente
coronel del ejército francés,
que morirá durante la Primera
Guerra Mundial, sin dejar descendencia.
Entre esos matrimonios, el conde
Walewski lleva una larga relación
con la gran actriz Elizabeth Félix,
inmortalizada como Madamisela Rachel.
La pareja tiene un hijo que nace
en Marly-le-Roi en 1844 (morirá
en 1898). La descendencia actual
de los distinguidos condes Walewski
proviene de esta línea.
El conde Alejandro Walewski fue
muy activo en la política
francesa. Además de los cargos
citados anteriormente, fungió
como senador y, tras la muerte del
duque de Morny, fue nombrado presidente
de la Asamblea. Asimismo, fue miembro
de la Academia de Bellas Artes.
Murió de un ataque cardiaco
en Estrasburgo, en 1868. |
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LA
CONDESA WALEWSKA CUENTA CÓMO CONOCIÓ
AL EMPERADOR
« Los
rumores relativos a la próxima llegada
del emperador Napoleón se amplificaban
constantemente. La atención de todos
y cada uno se orientaba hacia el gran hombre
y la crisis política, con la esperanza
de que arreglara a ésta última
a favor de Polonia.
Buscando conmover a su corazón, la población
manifestó su patriotismo de diversas
maneras. Esta emoción me arrastró
de la misma forma que a los demás y,
consecuentemente, tomé una decisión
irreflexiva. Acompañada por una prima,
fui a su encuentro para tratar de percibirlo.
Esta imprudencia iba a cambiar mi destino.
Vestidas con atuendos simples, mi prima y yo
subimos a un coche de punto apenas los correos
anunciaron que su majestad no estaba más
que a una etapa de Blonie. Me lancé sin
pensar en ese entusiasmo, ese arrebato frenético
que se apoderaba de todos. Cada ciudadano polaco
deseaba mostrar sus sentimientos al hombre al
que ya se consideraba como el salvador de nuestra
patria.
El camino estaba lleno de tropas, de bagajes,
de correo. Nuestro coche conservaba difícilmente
su equilibrio. A pesar de todo, instamos al
cochero a que se apresurara.
Las preguntas
prorrumpían sin cesar. “¿Está
lejos aún el Emperador?”, preguntábamos
constantemente. A nuestra llegada a Blonie,
vimos una turba muy numerosa y caballos de relevo
piafando de impaciencia. Todo eso, naturalmente,
indicaba la llegada inminente de Napoleón.
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El Emperador obsequia
un ramo de flores la condesa
Walewska
Ilustración
de Francis Marshall (1901-1980).
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Como
éramos dos mujeres solas, sin un
hombre para protegernos, fuimos apretujadas,
empujadas y hasta sofocadas. En esta situación
desesperada y peligrosa, temí no
ver el triunfo que tanto me interesaba.
Fue en ese momento cuando oímos
el ruido de su carroza y las aclamaciones
de la muchedumbre venida para acogerle.
Aprovechando un instante de silencio,
lancé un grito de desamparo a un
oficial francés de alto rango ante
el cual la turba se hizo a un lado. Tendí
el brazo hacia él y le grité
en francés con una voz suplicante:
“¡Ah Señor, ayudadme
a apartarme de aquí y dejadme verle,
aunque sea un instante!”.
Me vio y, sonriendo,
tomó mi mano y mi brazo. Para mi
gran sorpresa, me condujo a la mismísima
puerta de la carroza del Emperador. El
Emperador estaba sentado junto a la ventana
y este galante oficial nos presentó
diciendo: “Mirad, Sire, esta bella
dama se enfrentó a los peligros
de la muchedumbre por vos.”
Napoleón se agachó y levantó
su sombrero diciendo palabras que, en
mi emoción, no comprendí.
Logré articular, con una voz entrecortada:
“Sed bienvenido, mil veces bienvenido
a nuestro país. Nunca podremos
expresar con bastante fuerza toda la admiración
que sentimos por vos así como nuestra
dicha de veros en la tierra de nuestros
padres. Esperábamos que vinieseis
a salvarnos.”.
Yo estaba como en
transe, pero el resplandor de mis sentimientos
se tradujo fácilmente en palabras.
Tímida como soy, ¿cómo
lo había logrado? No lo sé.
¿Y cómo había hallado
la fuerza de expresar mi pensamiento?
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Noté
que Napoleón me observaba atentamente.
Tomó un ramo en la carroza y me lo ofreció
diciendo: “Guardad
estas bellas flores como prenda de mis buenas
intenciones. Nos volveremos a ver, espero. Tal
vez en Varsovia donde esperaré a que
vengáis a agradecerme.”
El oficial de alto grado volvió rápidamente
a su asiento junto al Emperador y el coche se
alejó rápidamente. Pero el gran
hombre continuaba saludándome con el
sombrero.
Me quedé inmóvil, mirándole
desaparecer a lo lejos, mis manos apretando
el ramo contra mi corazón, mi espíritu
pleno de mil nuevos pensamientos. Me acuerdo
de haber pensado: “¿Es un sueño?
¿Realmente he visto y hablado al gran
Napoleón, el gran Napoleón quien
me ha dado este recuerdo, tan halagador para
mis esperanzas, una prenda que vale más
a mi parecer que todas las riquezas del mundo?”
Mi compañera me golpeó algunas
veces con el codo y me empujó para regresarme
a la realidad.
Dejamos Blonie, no llegando a la casa hasta
tarde durante la velada. Me acosté agotada
de emociones, pero colmada de dicha.
Varsovia estaba
en efervescencia. Ningún corazón
podía quedar insensible a tanto entusiasmo.
Una chispa de amor, de esperanza y de honor
nacional se había transformado en brasero,
consumiendo a la población entera, todas
las clases y todas las edades confundidas. Los
niñitos saltaban de felicidad, todos
patriotas de nacimiento… ¡Cuán
felices éramos! Pensábamos que
por su sola presencia, Napoleón había
liberado a nuestra patria para siempre y nuestros
corazones palpitaban de alegría.
Me enteré de
que el Emperador había cenado
con el conde, quien había invitado
a la élite de las damas de alto
rango. Maravillosamente bellas y donosas,
hacían honor a nuestro país
desplegando su encanto radiante. En
cuanto a mí, satisfecha de haber
hecho mi deber patriótico mucho
antes que las demás, halagada
de haber retenido su atención
por un momento y de haber recibido de
él una promesa preciosa y una
prenda, permanecí bastante modesta
para ocultar mi triunfo, saboreándolo
en silencio y en la soledad.
Pero mi compañera actuó
bien diferentemente. No guardó
nuestro secreto. Una mañana,
poco después, apenas me había
levantado cuando recibí un mensaje
de uno de los más importantes
gentilhombres de nuestra comunidad,
quien me preguntaba el momento más
oportuno para visitarme. Vivamente sorprendida
por una petición tan matinal,
le mandé responder que le vería
al medio día.
Se presentó a la hora señalada
y se dirigió a mí en los
términos más agradables
y fervientes.
“Señora, si he venido es
para preguntaros por qué no os
habéis prevalido de la ocasión
de aceptar la admiración de nuestro
augusto invitado, puesto que sois una
de las más bellas flores de nuestro
país. Sin mencionar el placer
que yo mismo habría sentido de
veros de cerca. A partir de ahora, deberíamos
consagrarnos enteramente a hacer grata
y agradable la estancia de ese gran
hombre en quien se fundan todas nuestras
esperanzas. Es la razón por la
cual he venido a imploraros que no os
ocultéis más, y que aceptéis
una invitación al baile que daré
en casa. Presumo que no tenéis
necesidad de ser anunciada.”
Sonrió y añadió:
“lo sabemos todo, Señora.”
Yo estaba bastante desconcertada
por su risa malandrina, me sonrojé.
No quería mostrar que había
comprendido lo que insinuaba.
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| El
Emperador Napoleón
recibe a la Condesa Walewska.
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“Vamos,
vamos, basta de humildad. No ocultéis
más vuestro encanto. Vuestro secreto
ha sido traicionado y os diré cómo
he hecho para conocer vuestra brillante conquista.
Debéis saber que el jueves pasado en
la noche, él cenó en el palacio.
El conde había colocado alrededor de
la mesa a las más bellas y más
brillantes damas de nuestra sociedad. El gran
hombre fue encantador con cada una de ellas,
pero notamos que su atención se fijaba
particularmente en la joven princesa. Felices
de haber percibido lo que parecía una
preferencia, le ofrecimos el placer de verla
en todas las festividades dadas en su honor.
Pero, imaginad mi sorpresa cuando uno de los
oficiales de Napoleón me dijo: “Hay
que admitir que vuestras damas son notablemente
superiores en todos aspectos. Cuando el Emperador
volvió de la recepción la otra
noche, me confió esto: ‘¿No
habéis notado, Duroc, que las más
bellas flores habrían empalidecido en
comparación de esta asamblea de mujeres
atractivas... pero qué ha sucedido con
la joven a quien entregué el ramo en
Blonie?’ Todavía lamenta
no haberla hallado.” »
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