
| LA
CONDESA WALEWSKA CUENTA CÓMO CONOCIÓ
AL EMPERADOR |
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La
Condesa María Walewska
Retrato a la acuarela por la Reina Hortensia,
Colección del Príncipe
Napoleón. |
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Texto proveniente de
la colección privada del Conde Alexandre
Walewski, en París
| PRESENTACIÓN
María
Leczinska, « la bella extranjera
» como se le conoce, era una
hermosa que provenía de la
nobleza polaca; nació en 1786.
En 1804, a los 18 años de edad,
se casa con el conde Atanasio Walewski,
que tiene para entonces cerca de setenta
años; María toma entonces
el nombre de “Walewska”,
con el cual quedará inmortalizada
en la Historia universal. Le dará
un hijo en 1805.
Católica
ferviente y patriota muy ardiente,
como un gran número de sus
compatriotas, María Walewska
sufre con desesperación el
martirio de su patria, víctima
de la rapacidad de Prusia y en especial
de Ruia, que no deja de despedazarla
a voluntad.
El 1º de febrero de 1807, poco
después de la batalla de Eylau
y en camino a Varsovia, Napoleón,
que va acompañado por su fiel
Duroc, se detiene en la taberna Blonie
para cambiar de caballo. Súbitamente,
es reconocido y aclamado eufóricamente
por una población inmolada
a los intereses rusos, pero que pone
sus esperanzas en Francia, pidiendo
que el Emperador restablezca los derechos
de la nación polaca.
Es entonces cuando Napoleón
percibe entre la muchedumbre el rostro
radiante de una joven rubia y muy
hermosa, María Walewska; ésta
se acerca a Duroc y solicita ser presentada
al Emperador. Una vez ante él,
la joven le brinda una bienvenida
tan apasionada, que, seducido por
su gran belleza y su gracia, Napoleón
le obsequia un ramo de flores que
acaba de recibir. A partir de ese
momento, Napoleón y María
no dejarán de verse.
De
hecho, María es fuertemente
instada por sus amigos patriotas para
que se convierta en la amante de Napoleón,
lo cual no está dispuesta a
hacer en un inicio. No obstante, accede
a la larga, esperando poder influenciar
al Emperador para que trate a Polonia
con justicia, y de ser posible, la
favorezca en su lucha por la independencia.
Napoleón
y María se enamoran uno del
otro y la condesa se convierte desde
ese momento en su compañera
fiel y amante. El 4 de mayo de 1810
le da un hijo, el célebre Alejandro
Walewski, que el soberano nombra conde,
y al cual dejará más
tarde bienes importantes, entre ellos
la propiedad de un inmueble que posteriormente
será una fuente de ingresos
para su madre. Se trata del no 48
de la rue de la Victoire, antigua
calle Chanteraine en la que residió
el joven general Bonaparte, y que
fue rebautizada de la Victoria
tras los triunfos de la campaña
de Italia.
María
Walewska permanece fiel a Napoleón
hasta la deportación del soberano
a la isla de Santa Elena. En septiembre
1816, desposa a un primo lejano de
Napoleón, el conde Philippe-Antoine
d’Ornano. Muere al dar a luz
en 1817, y su corazón es colocado
en la cripta de los d’Ornano
en el cementerio parisino del Père
Lachaise. Su cuerpo es enviado de
vuelta a Polonia.
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| El
Conde Alejandro
Walewski
(1810-1868) |
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Tras
la muerte de la condesa, su
hijo, el conde Alejandro Walewski,
lleva a cabo estudios sólidos
guiado por su hermano mayor
y maestro, oficial del ejército
francés. Más tarde,
se alía con los orleanistas,
se integra a la Legión
Extranjera y sirve en África
del Norte. Es en esa época
que se le otorga la ciudadanía
francesa.
A
su regreso a Francia, se hace
amigo y colega de Adolfo Thiers.
Es nombrado ministro en Copenhague
justo antes del golpe de estado
de Luís Napoleón,
el futuro emperador Napoleón
III. No obstante, incluso
antes de entrar en funciones,
el nuevo gobierno nombra al
conde Walewski ministro en
Londres, donde trabaja en
pos del entendimiento diplomático
entre ambos gobiernos. Esta
relación llevará
a la visita de Luís
Napoleón a Inglaterra,
y a la de Victoria a Francia.
En Inglaterra, el conde Walewski
se casa con María Catalina
Carolina Montague, cuyo padre
es el sexto duque de Sandwich.
La nueva condesa Walewski
muere al dar a luz...
Durante una asignación
diplomática en calidad
de embajador en Italia, el
conde Walewski se casa con
una italiana, María-Ana
de Ricci, cuya familia está
ligada al Príncipe
Poniatowski. Tienen un hijo,
futuro teniente coronel del
ejército francés,
que morirá durante
la Primera Guerra Mundial,
sin dejar descendencia.
Entre esos matrimonios, el
conde Walewski lleva una larga
relación con la gran
actriz Elizabeth Félix,
inmortalizada como Mlle. Rachel.
La pareja tiene un hijo que
nace en Marly-le-Roi en 1844
(morirá en 1898). La
descendencia actual de los
distinguidos Walewski proviene
de esta línea.
El
conde Alejandro Walewski fue
muy activo en la política
francesa. Además de
los cargos citados anteriormente,
fungió como senador
y, tras la muerte del duque
de Morny, fue nombrado presidente
de la Asamblea. Asimismo,
fue miembro de la Academia
de Bellas Artes. Murió
de un ataque cardiaco en Estrasburgo,
en 1868.
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LA CONDESA
WALEWSKA CUENTA CÓMO CONOCIÓ AL
EMPERADOR
« Los
rumores relativos a la próxima llegada
del emperador Napoleón se amplificaban
constantemente. La atención de todos y
cada uno se orientaba hacia el gran hombre y la
crisis política, con la esperanza de que
arreglara a ésta última a favor
de Polonia.
Buscando conmover a su corazón, la población
manifestó su patriotismo de diversas maneras.
Esta emoción me arrastró de la misma
forma que a los demás y, consecuentemente,
tomé una decisión irreflexiva. Acompañada
por una prima, fui a su encuentro para tratar
de percibirlo. Esta imprudencia iba a cambiar
mi destino.
Vestidas con atuendos simples, mi prima y yo subimos
a un coche de punto apenas los correos anunciaron
que su majestad no estaba más que a una
etapa de Blonie. Me lancé sin pensar en
ese entusiasmo, ese arrebato frenético
que se apoderaba de todos. Cada ciudadano polaco
deseaba mostrar sus sentimientos al hombre al
que ya se consideraba como el salvador de nuestra
patria.
El camino estaba lleno de tropas, de bagajes,
de correo. Nuestro coche conservaba difícilmente
su equilibrio. A pesar de todo, instamos al cochero
a que se apresurara.
Las preguntas prorrumpían
sin cesar. “¿Está
lejos aún el Emperador?”,
preguntábamos constantemente. A
nuestra llegada a Blonie, vimos una turba
muy numerosa y caballos de relevo piafando
de impaciencia. Todo eso, naturalmente,
indicaba la llegada inminente de Napoleón.
Como éramos dos
mujeres solas, sin un hombre para protegernos,
fuimos apretujadas, empujadas y hasta
sofocadas. En esta situación desesperada
y peligrosa, temí no ver el triunfo
que tanto me interesaba. Fue en ese momento
cuando oímos el ruido de su carroza
y las aclamaciones de la muchedumbre venida
para acogerle.
Aprovechando un instante de silencio,
lancé un grito de desamparo a un
oficial francés de alto rango ante
el cual la turba se hizo a un lado. Tendí
el brazo hacia él y le grité
en francés con una voz suplicante:
“¡Ah Señor, ayudadme
a apartarme de aquí y dejadme verle,
aunque sea un instante!”
Me vio y, sonriendo, tomó mi mano
y mi brazo. Para mi gran sorpresa, me
condujo a la mismísima puerta de
la carroza del Emperador. El Emperador
estaba sentado junto a la ventana y este
galante oficial nos presentó diciendo:
“Mirad, Sire, esta bella dama se
enfrentó a los peligros de la muchedumbre
por vos.”
Napoleón se agachó y levantó
su sombrero diciendo palabras que, en
mi emoción, no comprendí.
Logré articular, con una voz entrecortada:
“Sed bienvenido, mil veces bienvenido
a nuestro país. Nunca podremos
expresar con bastante fuerza toda la admiración
que sentimos por vos así como nuestra
dicha de veros en la tierra de nuestros
padres. Esperábamos que vinieseis
a salvarnos.”
Yo estaba como en transe, pero el resplandor
de mis sentimientos se tradujo fácilmente
en palabras. Tímida como soy, ¿cómo
lo había logrado? No lo sé.
¿Y cómo había hallado
la fuerza de expresar mi pensamiento?
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| El
Emperador Napoleón
recibe a la Condesa Walewska.
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Noté que
Napoleón me observaba atentamente. Tomó
un ramo en la carroza y me lo ofreció diciendo:
“Guardad estas bellas
flores como prenda de mis buenas intenciones.
Nos volveremos a ver, espero. Tal vez en Varsovia
donde esperaré a que vengáis a agradecerme.”
El oficial de alto grado volvió rápidamente
a su asiento junto al Emperador y el coche se
alejó rápidamente. Pero el gran
hombre continuaba saludándome con el sombrero.
Me quedé inmóvil, mirándole
desaparecer a lo lejos, mis manos apretando el
ramo contra mi corazón, mi espíritu
pleno de mil nuevos pensamientos. Me acuerdo de
haber pensado: “¿Es un sueño?
¿Realmente he visto y hablado al gran Napoleón,
el gran Napoleón quien me ha dado este
recuerdo, tan halagador para mis esperanzas, una
prenda que vale más a mi parecer que todas
las riquezas del mundo?” Mi compañera
me golpeó algunas veces con el codo y me
empujó para regresarme a la realidad.
Dejamos Blonie, no llegando a la casa hasta tarde
durante la velada. Me acosté agotada de
emociones, pero colmada de dicha.
Varsovia estaba
en efervescencia. Ningún corazón
podía quedar insensible a tanto entusiasmo.
Una chispa de amor, de esperanza y de honor nacional
se había transformado en brasero, consumiendo
a la población entera, todas las clases
y todas las edades confundidas. Los niñitos
saltaban de felicidad, todos patriotas de nacimiento…
¡Cuán felices éramos! Pensábamos
que por su sola presencia, Napoleón había
liberado a nuestra patria para siempre y nuestros
corazones palpitaban de alegría.
Me enteré de que el Emperador había
cenado con el conde, quien había invitado
a la élite de las damas de alto rango.
Maravillosamente bellas y donosas, hacían
honor a nuestro país desplegando su encanto
radiante. En cuanto a mí, satisfecha de
haber hecho mi deber patriótico mucho antes
que las demás, halagada de haber retenido
su atención por un momento y de haber recibido
de él una promesa preciosa y una prenda,
permanecí bastante modesta para ocultar
mi triunfo, saboreándolo en silencio y
en la soledad.
Pero mi compañera actuó bien diferentemente.
No guardó nuestro secreto. Una mañana,
poco después, apenas me había levantado
cuando recibí un mensaje de uno de los
más importantes gentilhombres de nuestra
comunidad, quien me preguntaba el momento más
oportuno para visitarme. Vivamente sorprendida
por una petición tan matinal, le mandé
responder que le vería al medio día.
Se presentó a la hora señalada y
se dirigió a mí en los términos
más agradables y fervientes.
“Señora, si he venido es para pediros
porqué no habéis prevalecido de
la ocasión de aceptar la admiración
de nuestro augusto invitado, puesto que sois una
de las más bellas flores de nuestro país.
Sin mencionar el placer que yo mismo habría
sentido de veros de cerca. A partir de ahora,
deberíamos consagrarnos enteramente a hacer
grato y agradable la estancia de ese gran hombre
en quien se fundan todas nuestras esperanzas.
Es la razón por la cual he venido a imploraros
que no os ocultéis más, y que aceptéis
una invitación al baile que daré
en casa. Presumo que no tenéis necesidad
de ser anunciada.”
Sonrió y añadió: “Sabemos
todo, Señora.”
Yo estaba bastante
desconcertada por su risa malandrina, me sonrojé.
No quería mostrar que había comprendido
lo que insinuaba.
“Vamos, vamos, basta de humildad. No ocultéis
más vuestro encanto. Vuestro secreto ha
sido traicionado y os diré cómo
he hecho para conocer vuestra brillante conquista.
Debéis saber que el jueves pasado en la
noche, él cenó en el palacio. El
conde había colocado alrededor de la mesa
a las más bellas y más brillantes
damas de nuestra sociedad. El gran hombre fue
encantador con cada una de ellas, pero notamos
que su atención se fijaba particularmente
en la joven princesa. Felices de haber percibido
lo que parecía una preferencia, le ofrecimos
el placer de verla en todas las festividades dadas
en su honor. Pero, imaginad mi sorpresa cuando
uno de los oficiales de Napoleón me dijo:
“Hay que admitir que vuestras damas son
notablemente superiores en todos aspectos. Cuando
el Emperador volvió de la recepción
la otra noche, me confió esto: ‘¿No
habéis notado, Duroc, que las más
bellas flores habrían empalidecido en comparación
de esta asamblea de mujeres atractivas... pero
qué ha sucedido con la joven a quien entregué
el ramo en Blonie?’ Todavía
lamenta no haberla hallado.” »
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