« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.

Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
VIEJOS SOLDADOS DE NAPOLEÓN
« El coronel O... en uniforme de oficial de la guardia nacional. Croquis hecho en Pau, en la Plaza Real, por mi padre en 1848 »
Dibujo tomado del libro de Gustave Schlumberger.

Por

Gustave Schlumberger
(1844-1929)

Gustave Schlumberger
Óleo de Henri Gervex
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia
El historiador Gustave Schlumberger nació en el seno de una familia que se mudó a la ciudad de Pau en 1845, en una época en la que se hallaban aún numerosos oficiales que habían formado parte de los ejércitos del Emperador Napoleón. Para entonces sobrevivían en estado lastimero de « medio-sueldo ». Estos personajes, aún cuando vegetaban abatidos por la miseria y la nostalgia, tullidos y viejos, eran considerados leyendas vivientes, héroes de los tiempos gloriosos, y por lo tanto muy respetados por los habitantes de la ciudad, que les escuchaban ávidamente narrar sus recuerdos y mil anécdotas épicas. Fue así como algunos amigos ya viejos del joven Schlumberger pudieron contar a éste los relatos que más les habían llamado la atención. La breve selección de relatos que presentamos a continuación han sido extraídos del libro « Vieux soldats de Napoléon », Plon, 1904; reeditado en 1998 por La Librairie des Deux Empires.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

El Sr. Lespy, entonces joven profesor en el liceo de Pau, relata la historia siguiente que le contó un coronel de la Guardia: Él comandaba en las Pouilles un batallón encargado de dar caza a los tunantes napolitanos. Repentinamente, le llega la orden de partir para España, donde la gran guerra había comenzado. El batallón se pone en camino. Se marchaba desde hacía semanas. Se había remontado toda Italia, atravesado Francia de Este a Oeste, cruzado las fronteras de Navarra; ya no se tenía zapatos, pero se marchaba siempre. De repente, en las puertas de un burgo del norte de España, al momento de llegar a la etapa, el batallón polvoriento oye un gran ruido de caballos y de equipajes. Se informa. ¡Era el Emperador y Rey que llegaba a la posta! Había que oír con qué voz ese viejo bravo volvía a decir cada vez esas palabras: ¡El Emperador y Rey!

Así pues, el Emperador y Rey, pronto como el relámpago, baja de la berlina. Ve ese batallón en el lugar, pregunta de dónde viene, lo pasa en revista y se va a cenar. Los demás cenan también, más modestamente. En el momento en que van a dormir, un oficial de ordenanza acude jadeante: el Emperador, después de haber acabado el consejo que le llevaba a ese lugar, decidió súbitamente ir a pernoctar dos leguas más lejos. No hay ninguna tropa para ir a guardarle en ese nuevo albergue. ¿Puede el comandante proveer un destacamento? – Señor oficial de ordenanza, estamos muy fatigados, responde el jefe: marchamos desde hace tres meses. ¡Sin embargo, para el servicio de Su Majestad, voy a ir a ver si hay voluntarios! ¡A su primera palabra, todo el batallón se ofrece!
Se parte de inmediato. El entusiasmo le da alas a los más extenuados; se corre, se vuela de tal modo que se llega a la etapa nueva en el momento mismo en que llegaban los equipajes de César.
Él, mecánicamente, desciende del coche, mecánicamente también los pasa en revista y repentinamente, saliendo de su sueño: – ¡Pero acabo de verlos! exclama, ¡Estabais en A…., no hace dos horas!Sí, Sire, pero se nos mandó para el servicio de Vuestra Majestad y henos aquí.

« ¡Bribón! Vaya que habéis caminado! »
Entonces, enderezando cada vez su alta talla después de este relato, siempre el mismo, el viejo soldado, con la voz ahorcada de emoción, añadía estas simples palabras: Y el Emperador, volteándose hacia mí, me dijo « ¡Bribón! ¡Vaya que habéis caminado! ». Y, como cada vez, el Sr. Lespy, con malicia, lanzaba: ¿Y no os dijo otra cosa? Él, furioso, clavando la mirada en su temerario interlocutor con sus pupilas de fuego, respondía con violencia: ¿Y qué más queréis que nos dijese?
Toda su vida, ese viejecillo había vivido sobre esas tres palabras de elogio. Algunos lo juzgarán estúpido, yo, casi sublime.

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Otro de esos viejos héroes, el coronel P…de la infantería de la Guardia Imperial, vivió mucho tiempo en Pau, donde era conocido y amado. Incluso cumplió, por un tiempo, con las funciones de gobernador del castillo de Enrique IV. Soltero, habiendo hecho todas las guerras del Imperio, representaba admirablemente aquella época heroica y lejana, cuando se apercibía su orgullosa, alta y magra silueta, vestida a la moda de antaño, aureolada con el vasto listón de la Legión de Honor, atravesar, hacia la velada, a la hora de la pensión, las calles de la ciudad. El coronel no tenía más que una debilidad, adoraba el juego. Dejose empujar 2 ó 3 veces a perder pequeñas sumas que desequilibraron su muy escueto presupuesto. Se juró, entonces, solemnemente, no volver a sucumbir. Por desgracia, una noche llegó en que, festejando en el café Champagne, en la plaza real, olvidó su juramento, jugó y perdió 15 francos.

Humillado por su falta de palabra, una vez en soledad de su pobre apartamentito de la plaza de la Halle, sacó de una caja su viejo uniforme de las guerras de España, todo raído pero glorioso, de coronel del Primer Imperio. Se vistió en silencio, se colocó frente a su espejo y se hizo este discurso: ¡Coronel P… no habéis mantenido vuestro juramento! ¡Os habéis comportado como una mujer! ¡Os pongo bajo arresto por un mes y os condeno durante ese lapso de tiempo a trabajos femeninos para que no recomencéis! Compró lana y una devanadera y, durante un mes entero, solo, en casa, respetó la detención en su apagada salita, devanando lana.
Al cabo de un mes, endosó nuevamente su uniforme, se hizo una visita a sí mismo y, levantando su arresto, de pie frente a su espejo, añadió estas palabras: ¡Y ahora, coronel P…, no volváis a empezar! A partir de entonces, nunca más jugó.

« ¡Os pongo bajo arresto! »

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Otro coronel, habiendo sobre todo combatido en España, contaba que en la batalla de Tolosa, a menudo, el mariscal Soult le mandó llamar hacia el final de la lucha y le dijo: ¡Coronel, he aquí 3 000 hombres; tomadlos, id a ocupar el puente de… y haceos matar para salvar la retirada! Corrió al lugar; se hizo hacer picadillo con sus hombres; detuvo por largo tiempo al enemigo y destruyó a un millar de anglo-portugueses, pero sobrevivió. Desde hacía 25 años, paseaba sus pesares y sus gloriosos pasatiempos, cuando otro oficial que estaba emparentado con él por lazos de sangre, vino a cometer un acto que le exponía a ser excluido del ejército. El viejo bravo, creyéndose deshonrado, se desesperó. Quería matarse, no pudiendo soportar que uno de sus allegados sufriera semejante pena. El mariscal Soult siendo entonces ministro de la guerra, unos amigos suplicaron al viejo soldado dirigirse a éste. Por largo tiempo no pudo resignarse a esta humillación. Finalmente, el instante crítico llegó. ¡El juicio iba a ser rendido! ¡No había un minuto que perder! Entonces, después de un violento combate interior, el coronel expuso por escrito su petición al mariscal. Le rogaba poner simplemente en disponibilidad a aquel cuyo nombre, tal vez justamente, iba a ser mancillado con una condena imborrable. Terminaba su petición con estas palabras: Mariscal, en 1814, en tal día, a tal hora, en la batalla de Tolosa, habéis dicho a un oficial superior que tomase tres mil hombres de tropa y fuese a hacerse matar en el puente de la Garona. Ese oficial ejecutó vuestras órdenes; hizo su deber; salvó la retirada del ejército. Sin embargo no fue muerto. ¡Es él quien os dirige estas líneas! Se cuenta que el viejo mariscal recibiendo esta misiva se recogió por unos instantes. Luego, de repente, lágrimas llenaron sus ojos. Volvía a recordar: Es verdad, exclamó, ¡es bien cierto! ¡Ahí estaba tal como lo dice, el viejo bravo! Y, de un plumazo, firmó la medida que permitía al viejo oficial vivir si estimarse deshonrado.