Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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LAS GUERRAS DE INGLATERRA CONTRA NAPOLEÓN
San Jorge y el Dragón
El rey Jorge III representado como San Jorge, venciendo a Napoleón, el Dragón. Caricatura inglesa de la época.

Por el Señor

John Tarttelin
Representante del Instituto Napoleónico México-Francia en Inglaterra

Sr. John Tarttelin
Traducción al castellano del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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John Abbott dijo que «admira a Napoleón porque aborreció la guerra, e hizo todo lo que estaba en su poder para evitar esa funesta calamidad...» (1). Lo que para algunos puede parecer revisionismo, puede, sin embargo, ser la verdad: las incorrectamente llamadas Guerras Napoleónicas fueron causadas, promovidas y financiadas por Inglaterra contra Napoleón.
No sólo fueron costosas en términos de vidas humanas y de oro británico, ni siquiera fueron necesarias. Napoleón deseaba la paz con Inglaterra y trató repetidamente de lograr que el Gabinete británico la aceptase. Pero la fatalidad se cernió sobre Fox, afecto a Napoleón. De haber vivido un poco más este ilustre hombre de estado, Inglaterra y Francia se hubieran convertido en amigos y aliados.

Charles James Fox (1749–1806)
Primer ministro inglés, por Joshua Reynolds (1723–1792).

Abbott remarca que: «La razón por la que el personaje de Napoleón tenía que ser diabolizado es obvia. Era visto justamente como el enemigo del privilegio aristocrático. La oligarquía inglesa estaba determinada a aplastarlo. Después de inundar Europa en sangre y aflicción, durante casi un cuarto de siglo, para lograr este objetivo, se hizo necesario probar al mundo, y especialmente al pueblo británico, que estaba tambaleándose bajo el peso de los impuestos que dichas guerras generaban, que Napoleón era un tirano, que amenazaba las libertades del mundo, y que merecía ser aplastado» (2)

Abbott, un estadounidense, escribía en 1854, en un tiempo en el que muchas de las personas que habían conocido a Napoleón habían muerto recientemente. Marmont, que se pasó con los Aliados en 1814, y aportó la palabra «raguser» – traicionar – a la legua francesa, murió en 1852. Soult, que en Waterloo no estuvo a la altura del antiguo trabajo de Berthier como jefe de del mayor, murió en 1851. Muchos de los soldados de la Joven Guardia y de los «María-Luisa» que pelearon en la Campaña de Francia de 1814, eran sólo de mediana edad. La finalidad de Abbott, su misión en efecto, era «rescatar uno de los mayores y más nobles nombres del inmerecido vilipendio». (3)

La campaña de difamación y envilecimiento emprendida por los detractores de Napoleón ha continuado por más de doscientos años. El empeño guerrero de Pitt y Canning, y las mentiras habladas por ambos, todavía tienen que ser completamente sacadas a la luz.
La mayoría de los ingleses no saben nada sobre las sórdidas, bajas maquinaciones del gabinete británico, el odio patológico para con el pueblo francés que sentían Pitt y Nelson, ni de la nefasta, despiadada venganza llevada a cabo contra los bonapartistas por Lord Liverpool tras la batalla de Waterloo.

Así como los japoneses se niegan aun a enseñar a sus hijos las atrocidades de sus soldados durante la II Guerra Mundial, de la misma manera los historiadores británicos ignoran, niegan y ofuscan la verdad acerca de las relaciones anglo-francesas de principios del Siglo XIX. Napoleón deseó la paz, el gabinete británico no.

El soberbio libro del Coronel John Elting «Swords Around a Throne» [«Espadas en torno a un trono», 1988], fue el producto de treinta años de investigación. Comenta acerca del fracasado tratado de Amiens: «Inglaterra repudió el tratado de Amiens (firmado el 27 de marzo de 1802) y declaró la guerra a Francia, siguiendo la antigua y muy provechosa práctica inglesa de autorizar a sus barcos de guerra secuestrar los navíos mercantes franceses antes de expedir la declaración formal» (4). Allí tienen en cuanto a la supuesta virtud británica del «fair play»... [el juego limpio].

Elting menciona a «la perfide Albion» (5) y anota que «los ingleses prodigaron con esplendidez para contratar y sobornar» (6). Apunta que «después del tratado de Lunéville con Austria (9 de febrero de 1801) una gran parte del ejército francés había sido puesto en pie de paz» (7). Aquí tienen al Napoleón megalómano inveterado y enloquecido por un deseo de conquista. Si Inglaterra no hubiera renegado del tratado de Amiens, hubiera podido haber paz entre las dos naciones.

No era sólo con Inglaterra con la que Napoleón quería tener paz. De 1812, y del conflicto con el zar Alejandro, Elting dice: «Napoleón no quiso la guerra, pero ésta obviamente se encontraba en su camino» (8). Y en lo que concierne a Austria en 1809: «Ansioso por evitar la guerra, Napoleón le dijo (a Davout) que mantuviera su caballería a mucha millas al oeste de la frontera (austriaca) (9) [itálicos del autor]. En cuanto a los ingleses, el coronel Elting añade: «Inglaterra en 1805 compró a Rusia y a Austria para que atacasen a Francia por el Este...» (10). Por otro lado estaban los «repetidos atentados de los realistas (con el apoyo británico) para asesinar a Napoleón» (11).

¿Cuál fue la respuesta de Napoleón a todo esto? Escribió a Jorge III el 2 de enero de 1805:

Tratado de paz firmado en Amiens el 24 de marzo del año X
Grabado de Le Beau según Nodet.

«Señor mi Hermano,
Llamado al trono por la Providencia y por el sufragio del senado, del pueblo y del ejército, mi primer sentimiento es un voto de paz. Francia e Inglaterra desgastan su prosperidad, pueden luchar durante siglos; ¿pero cumplen bien sus gobiernos con el más sagrado de sus deberes? ¿Y tanta sangre vertida inútilmente y sin la perspectiva de objetivo alguno no las acusa en su propia consciencia? No atribuyo deshonor alguno a dar el primer paso
[itálicos del autor]; he, lo pienso, probado al mundo que no temo a ninguno de los avatares de la guerra; ésta no me ofrece de hecho nada que pueda temer: la paz es el deseo de mi corazón; pero la guerra nunca ha sido contraria a mi gloria. Conjuro pues a Vuestra Majestad no negarse a la dicha de brindar Ella misma la paz al mundo...» (12).

Napoleón estaba casi rogándole a Jorge III cuando añadía: «Una vez perdido este momento, ¿qué término asignar a una guerra que todos mis esfuerzos no habrían podido terminar?» (13).
Este ruego apasionado no fue reconocido ni respondido. El gabinete británico quería la guerra, y guerra sobrevino, subvencionada con el oro británico.
William Napier, que escribió la «Historia de la Guerra en la Península», pone las cosas en su lugar desde la primera línea de su relato: «La hostilidad de la Europa aristocrática forzó al entusiasmo republicano de Francia a incurrir en una política militar, ultrajante en apariencia, pero en realidad de toda necesidad, pues hasta el tratado de Tilsit, sus guerras fueron esencialmente defensivas» (14). Continúa para añadir enseguida que fue aquel «un combate a mortífero para determinar si la aristocracia o la democracia debían predominar, si la igualdad o el privilegio sería el principio de la civilización europea». (15)

Napier, probablemente el más importante historiador inglés de su tiempo, habla del «maravilloso genio de Napoleón» y de cómo «las clases privilegiadas de Europa sistemáticamente transfirieron su implacable odio de la revolución francesa a su persona; pues en él veían que la innovación hallaba un protector, y sintieron que sólo él era capaz de consolidar el odioso sistema...» (16).

Napoleón era una firme almenara alrededor de la cual el caos se arremolinaba. Sólo él era lo suficientemente fuerte para traer orden, para sofocar la anarquía a su alrededor. Era luz en el lindero del mundo hacia la cual todos los hombres moderados se volteaban. Napoleón fundió a republicanos y emigrados, campesinos y soldados, en un sólo pueblo, una nación. Con su previsión, su aplicación y fina fuerza de carácter, domó a las fuerzas políticas disparates y trajo paz y seguridad al pueblo como conjunto. Más allá de los sueños más audaces de Luis XIV, Napoleón era Francia. Sobre todo, por haber pasado por los horrores del Terror, quería paz en casa y fuera de ella.

Volviendo al país que permaneció como su inviolable adversario, he aquí Runciman a propósito de Napoleón y Nelson: «Sería fútil esbozar una comparación entre los dos hombres. Uno era un colosal genio humano, y el otro, extraordinario en el arte de su profesión, carecía totalmente de la facultad de entender o de apreciar al distinguido hombre contra el cual se enrabiaba displicentemente desde su alcázar». (17)

Runciman, que escribía en 1917-1919, pensaba que la vendetta de los Aliados en contra de Napoleón llevó directamente al inexorable ascensión de Prusia y a las maniacas políticas de Káiser Guillermo, que dieron como resultaron la Primera Guerra Mundial. Runciman también puso en guardia a los escritores de historia acerca de las trampas en las que tantos otros historiadores británicos habían caído: «El historiador tiene mucho que ver con la manera en la que la fama de un gran hombre es transmitida a la posteridad, y nunca debería ser olvidado que los historiadores tienen que depender de evidencia que puede ser defectuosa, mientras su propio juicio puede no siempre ser sensato». (18)

¿Debemos maravillarnos si el mito del «Ogro Corso» persiste hasta el día de hoy, cuando los historiadores han imputado sólo infamia y maldad a Napoleón, ignorando conscientemente sus hazañas y denigrando sus acciones?
Runciman ensalza la bravura y la maestría de Nelson como marino, pero sin embargo añade: «Nelson era un verdadero descendiente de una raza que nunca había puesto en duda la creencia tradicional de que el mundo debía ser gobernado y dominado por los británicos». (19)

El contralmirante vizconde Horatio Nelson (1758-1805)
Óleo de Lemuel Francis Abbott (1800)

La estrecha manera que tenía Nelson de ver el mundo, y su ingenuidad cuando de política se trataba, sólo tenía un objetivo: «Tanto él como muchos de sus compatriotas miraron al jefe elegido sobre cuya cabeza la nación francesa había puesto democráticamente la corona imperial, como la encarnación de una bestia salvaje». (20)

Runciman dibuja otro contraste elocuente: «[Nelson] tenía un absoluto desagrado del pueblo francés y de Bonaparte, que era su ídolo en aquel tiempo... Napoleón, por otro lado, no tenía un verdadero odio por el pueblo británico, pero durante sus guerras contra su gobierno su opinión declarada era que “todos los males, y todos los azotes que afligen a la humanidad, vinieron de Londres”». (21)
Runciman piensa que ambos se equivocan y simplemente no pudieron entender el punto de vista de cada uno. Aún así, todos esos atentados de asesinato fueron tramados en Londres.

Copenhague bombardeada y en llamas en 1807
Incendio de la iglesia de Nuestra Señora de Thyra Hilden por Christoffer Wilhelm Eckersberg (1783-1853)

También dice que: «los ingleses no sólo le tenían envidia y miedo al genio de Napoleón y a su asombrosa elevación a la eminencia, misma que atribuían a su desordenada ambición de establecerse como factor dominante en los asuntos del universo – sino que determinaron que su poder no sólo debía no ser reconocido, sino destruido, y la política de éstos, tras veinte años de guerra amarga, triunfó por completo». (22)

Ahora vemos porqué Jorge III no se molestó en responder al ofrecimiento de paz de Napoleón en 1805. Napoleón era el fénix llevado a las alturas por las flamas de la revolución, deslumbrando París con su resplandor. El gobierno inglés estaba aterrorizado por su aparición, mortificado por su grandeza, pero aún así determinado a destruirlo a toda costa.

En Londres, el príncipe de Gales era un ave de un plumaje muy diferente: «Era conocido por ser un tramposo, un mentiroso, y un amigo desleal tanto con los hombres como con las mujeres, mientras en conformidad con la espléndida ética de su tipo de persona, creía estar poseído por todas las santas virtudes» (23). Mientras Napoleón dirigía la Gran Armada, el príncipe regente no podía inspirar ni el respeto.

Runciman no toma prisioneros cuando compara al Emperador con otros gobernantes contemporáneos: «Sus calumniadores lo proclamaron ateo, y oímos hoy el mismo disparate de gentes que no están familiarizados con la historia real del hombre y sus tiempos» [itálicos del autor]. Prosigue: «No decimos que era un santo, pero era un mejor cristiano, a la vez en la profesión y en la acción, que la mayoría de los reyes que rigieron antes y durante el periodo. En todos aspectos supera al Luis de Francia, al Jorge el Grande de Inglaterra y Hanover, al Federico de Prusia, y al Alejandro de Rusia. A éstos dos últimos los deja atrás, relegados en la sombra, a la vez como hombres de estado, como guerreros, como gobernantes sabios, humanos...» (24)

Tras la batalla de Marengo en 1800, Napoleón escribió al emperador de Austria, pidiendo paz – haciendo el primer paso nuevamente. Escribió: «Los ingleses amenazan la balanza mucho más que Francia, pues se han convertido en los amos y tiranos del comercio, y están más allá del alcance de la resistencia» (25). Sin embargo, sólo dos días antes de tener noticias de la victoria francesa, Inglaterra concluyó una nueva paz con Austria, rumbosa como siempre al otorgar un préstamo sin intereses mientras la guerra continuara (26). Una paz por separado se tornaba pues imposible.

Como Abbott lo señala, «La consolidación del poder democrático en Francia fue peligroso para reyes y nobles. William Pitt, el alma del gobierno aristocrático de Inglaterra, determinó promover la guerra. Francia no podía dañar a Inglaterra; pero Inglaterra, con su invencible flota, podía barrer el comercio de Francia desde el mar». Continúa: «Fox y sus coadyuvantes se opusieron a la Guerra con gran elocuencia. Sus esfuerzos fueron, sin embargo, vanos. El pueblo de Inglaterra, no obstante todos los esfuerzos del gobierno por difamar el personaje del Primer Cónsul, conservaba a pesar de todo la convicción de que, después de todo, Napoleón era su amigo». (27)

El mismo Napoleón remarcó más tarde: «El Sr. Pitt ha sido el amo de toda la política europea; ha tenido en sus manos la suerte moral de los pueblos; hizo un mal uso de ella (…) Pero lo que la posteridad reprochará sobre todo al Sr. Pitt, será la horrible escuela que ha dejado tras de él; el maquiavelismo insolente de ésta, su inmoralidad profunda, su frío egoísmo, su desprecio por la suerte de los hombres o de la justicia de las cosas» (28)

Si tan sólo Fox, profundamente despreciado por Jorge III, hubiera sido Primer ministro – Napoleón añade: «La muerte de Fox fue una de las fatalidades de mi carrera. Si hubiera seguido viviendo, los asuntos hubiesen tomado un matiz muy diferente; la causa de los pueblos hubiera triunfado y hubiésemos fijado un nuevo orden de las cosas en Europa». (29)

Finalmente, Napoleón fue capaz de obtener la paz con los austriacos en Lunéville el 9 de febrero de 1801. Ahora, Inglaterra se alborotaba sola. Sir Walter Scott declara que: «En todos los puntos, los escuadrones ingleses aniquilaban el comercio francés, paralizaban sus ingresos, y bloqueaban sus fuertes» (30). Como una mocosa malcriada, o el proverbial toro en una botica de China, el gobierno inglés destruía el orden en Europa.

Runciman habla sabiamente cuando dice: «No teníamos terrenos de querella reales con Francia, ni con sus gobernantes. La revolución era asunto de ellos, y no nos concernía, salvo en la medida en que pudiera reflejarse de manera dañina en nosotros, y de esto no había posibilidad si los dejábamos solos» (31).).
Como lo explica: «Si nos hubiésemos acercado a Napoleón con un espíritu amistoso y en términos iguales, sin altiva condescendencia, él hubiera correspondido nuestra cordialidad y dado el valor apropiado a nuestra amistad mutua». (32)

Cuando los preliminares de paz entre Inglaterra y Francia fueron finalmente firmados el 1º de octubre de 1801, el carruaje del embajador de Francia fue jalado por la multitud londinense. Esto era demasiado para Nelson que estaba que echaba humo: «que nuestros malditos sinvergüenzas arrastren el carruaje de un francés... Los villanos hubieran levantado a Buonaparte si hubiese sido capaz de llegar a Londres y de cortarle la cabeza al rey». (33)

William Pitt, llamado el jóven
Retrato de 1792 por Thomas Gainsborough (1727–1788).

Este es el «héroe» de Inglaterra hablando, lamentando que el pueblo británico estuviese cansado de la Guerra y quisiera la paz con Francia. Que aquellos historiadores que acusan a Napoleón de haber sido un «guerreador», por favor tomen nota.

El más escandaloso incidente de la arrogancia británica y cruel desprecio de la vida humana llegó con el bombardeo en 1807 de la ciudad de Copenhague. Thomas Munch-Petersen en «Defying Napoleon» [«Desafiando a Napoleón»] establece paralelos con la invasión de Irak en 2003: «La operación inglesa contra una Dinamarca neutral, fue provocada por el temor de que su marina pudiera caer en manos de Napoleón y se volteara contra Inglaterra». (34)

La operación estuvo basada en «informes de inteligencia» erróneos. Dinamarca había sido escrupulosamente neutral antes de 1807 y, en efecto, su neutralidad estaba garantizada por el zar Alejandro de Rusia. Esto no evitó el cobarde ataque a hurtadillas por una fuerza inglesa combinada por agua y tierra. Unos 2000 civiles inocentes fueron masacrados, asesinados en sus casas en medio del estupor y del espanto. Fue la primera vez en que cohetes Congreve fueron empleados en contra de blancos civiles: «primer ejemplo en la historia moderna de un bombardeo terrorista siendo empleado contra una ciudad europea principal». (35)

Cuando Canning se enteró de que había sido provisto con información falsa, se negó a aclarar el asunto en el Parlamento. Inglaterra robó la flota danesa de veinte barcos de línea, y dejó TODOS los demás navíos inservibles.

Canning había esperado que los daneses renunciaran a su flota instantáneamente – el orgullo y alma de la nación danesa. De no ser así: «su comercio en mar abierto sería destruido, sus colonias incautadas y sus navíos mercantes detenidos serían confiscados». (36)

Los daneses se rehusaron, los ingleses desencadenaron un baño de sangre en Copenhague, ¿y el resultado? Empujaron a Dinamarca a una alianza con Napoleón, exactamente lo que habían tratado de evitar. Runciman está en lo correcto al lamentar el estúpido razonamiento político de Canning y su clase.

Runciman halló un pedazo de manuscrito entre los papeles de Pitt. He aquí a Pitt describiendo a Napoleón: «Veo cualidades múltiples y opuestas... Veo toda la capciosa envidia de la usurpación consciente, temida, detestada, y obedecida, el mareo y la intoxicación de un espléndido pero inmerecido éxito, la arrogancia, la presunción, la voluntariedad del poder idolatrado e ilimitado, y más espantoso que todo en la plenitud de la autoridad, la inquieta e incesante actividad de la culpable, pero insatisfecha ambición». (37)

El coronel Lauriston es llevado en triunfo por el pueblo de Londres en octubre de 1801
Ayuda de campo de Napoleón en Marengo, Lauriston fue el encargado de llevar a Inglaterra la ratificación de los preliminares de paz. Dibujo de F. Phillipoteaux.

Pitt debe haber estado mirando en un espejo. He aquí un caso de auto-terapia médica, del «conócete a ti mismo» griego, y la pérfida Albión descrita en los desvaríos aparentes de un lunático.

NOTAS:

1. John Abbott: The History of Napoleon BonaparteLa historia de Napoleón Bonaparte»1854). Prefacio, página 1. Leer esta obra en línea (en versión original).
2. Ibíd., p.1.
3. Ibíd., p.2.
4. John Elting: Swords Around A ThroneEspadas en torno a un trono»1988) página 59.
5. Ibíd., p. 119.
6. Ibíd., p. 119.
7. Ibíd., p. 59.
8. Ibíd., p. 63.
9. Ibíd., p. 119.
10. Ibíd., p. 236.
11. Ibíd., p. 189.
12. Christopher Lee: Nelson and NapoleonNelson y Napoleón»2005) citado en las páginas 160-161.
13. Ibíd., p. 161.
14. William Napier: History of the War in the PeninsulaHistoria de la Guerra en la Península»1828) p.1. Leer esta obra en línea (en versión original).
15. Ibíd., p.1.
16. Ibíd., p.1.
17. Walter Runciman: Drake, Nelson and NapoleonDrake, Nelson y Napoleon» 1919) p.3. Leer esta obra en línea (en versión original).
18. Ibíd., p.11.
19. Ibíd., p.26.
20. Ibíd., p.26.
21. Ibíd., p.27.
22. Ibíd., p.27.
23. Ibíd., p.38.
24. Ibíd., ps.53-54.
25. John Abbott: Napoleon Bonaparte (1851) pp. 16-17. Leer esta obra en línea (en versión original).
26. Ibíd., p.21.
27. Ibíd., p.27.
28. Ibíd., p.28.
29. Ibíd., p.23.
30. Ibíd., p.26. Sir Walter Scott es citado aquí por el mismo Abbott.
31. Walter Runciman, op.cit., p.67.
32. Ibíd., ps. 70-71..
33 Ibíd.
34. Thomas Munch-Petersen: Defying NapoleonDesafiando a Napoleón» 2007) en la sobrecubierta.
35. Ibíd., en la sobrecubierta.
36. Ibíd., p.218.
37. Walter Runciman, op. cit., p. 127
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