Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
“Los Amigos del INMF” – “Les Amis de l’INMF”
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
EL IMPROBALE HÉROE-NAPOLEÓN DE INGLATERRA
Buonaparte, la bestia monstruosa
Caricatura de propaganda apocalíptica inglesa de James Girtin, que asimila a Napoleón al anticristo (detalle).

Por el Señor

John Tarttelin
Representante del Instituto Napoleónico México-Francia en Inglaterra

Sr. John Tarttelin
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
~ Dedicado a la memoria del Emperador Napoleón ~

«Es un buen compañero, que no merece su destino».
(Tripulación del HMS Northumberland)

Cuando de sus historiadores se trata, la nación que generó a Shakespeare precisa ser tratada con precaución. El primer principio cuando se lee una historia inglesa referente a la Francia napoleónica debería ser: «¿Acaso lo que veo aquí es un pavoneo?»

Dan por hecho, casi por definición, que la causa inglesa siempre era justa y recta y que Napoleón, un francés, no, ni siquiera eso, un mero corso, era un belicista inveterado y un perdedor que patear, indigno de abrocharle los zapatos al duque de Wellington. Puesto que Wellington lo derrotó en Waterloo, el tío debe haber sido de un muy mal tipo desde el inicio. Muchos de los testimonios siguientes provienen de historiadores y observadores ingleses hostiles. No obstante, a menudo dicen mucho más de lo que ellos mismos se dan cuenta.

En 1900 Lord Rosebery escribió: «En Inglaterra su nombre era sinónimo para el autor de todo lo maligno. Él era, en efecto, en nuestro juicio nacional, un diablo siete veces peor que los demás. Pero entonces no sabíamos nada de él» [itálicos por el autor de este artículo] (1) Esta, en pocas palabras, es la razón por la que hay tantos comentarios sardónicos sobre Napoleón incluso hoy en día.

El Apéndice en la obra de Rosebery «The Last Phase» es mucho más revelador y comprende comentarios de gente que de hecho conoció al Emperador. El capitán Maitland escribió: «Napoleón Buonaparte, cuando vino a bordo del Belerofonte el 15 de Julio de 1815... era un hombre remarcablemente fuerte, bien constituido, de unos cinco pies y siete pulgadas de altura...» (2)

¿Cinco pies con siete pulgadas? ¡Pero todos sabemos que Napoleón era «pequeño»! En realidad, no lo era, estaba por encima de estatura promedio de su tiempo. La razón por la que obtuvo su apodo de El Pequeño Cabo era porque solo a los hombres más altos se les permitía convertirse en granaderos y hombres de la Guardia. Por otro lado las medidas francesas no eran las mismas que las británicas, y un pie francés era más grande…

Maitland continúa: «Sus modales eran en extremo agradables y afables; se unió a toda conversación, relató numerosas anécdotas, y procuró en todas las formas, promover el buen humor: incluso toleraba de parte de quienes le servían una gran familiaridad; y entre ellos vi a una o dos instancias contradecirle en los términos más directos, aunque de manera general le trataban con mucho respeto». (3)

Sin embargo Rosebery declara: «[Napoleón] no tomaba en cuenta ni recibía asistencia en cuestión de consejos, ya que sus ministros eran números» (4). Napoleón ciertamente escuchó a Talleyrand tempranamente, tal vez demasiado – ya que el caso del Duque de Enghien fue echado a andar a instancias de ese cura apóstata que era (5) Fouché y Talleyrand le prodigó «consejos» a todo el mundo.
No solo a Napoleón, sino al zar, a los borbones y a los británicos. Todos ellos le dieron vuelo a sus maquinaciones y traiciones a lo largo de todo el reinado de Napoleón.

De haber sido el dictador maligno que a menudo se le acusa de ser, los habría mandado fusilar a ambos. En Santa Helena lamentará el no haberlo hecho. Simples números, esos dos ciertamente no lo eran. El mismo Rosebery concede que: «para emplear un vulgarismo común, no era, creemos, tan negro como se le pinta». (6)

Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838)
Retratado en 1815 por Alexi Nicolas Noël.
 
Joseph Fouché, duque de Otranto (1763-1820)
Ministro de la policía general, retrato tardío por un autor anónimo.
 
El duque de Enghien (1772-1804)
Príncipe de la Casa de Borbón. Retrato al pastel de la época; escuela francesa.

Maitland ilumina a Napoleón aún más cuando dice: «poseyó en un grado maravilloso, una facultad de dar una impresión favorable a aquellos con quienes entablaba una conversación: me pareció que esto se lograba canalizando el tema hacia asuntos que él suponía eran bien conocidos por la persona a la que se dirigía, y de los cuales él mismo podía sacar ventaja». (7)

Rosebery dice: «era, puede alegarse con justicia, indulgente y afectuoso con su familia, particularmente en sus primeros, sus mejores años; obediente con su madre; generoso con sus amigos de juventud». (8)

En «Swords Around a Throne» («Espadas en torno a un trono», 1988), John Elting escribió que Napoleón nunca olvidó a alguien que hubiera sido amable o con él o que le hubiera ayudado. Ese es el porqué Talleyrand vivió hasta llegar a Viejo. A pesar de sus múltiples traiciones, y que el Emperador le vejara llamándole «… mierda en una media de seda» (9) – Napoleón nunca olvidó su temprana amistad (10).

Incluso Rosebery tiene que admitir que: «Napoleón era con toda certeza grande. Además de esa chispa imposible de definir que llamamos genio, representa una combinación de intelecto y energía que nunca habían sido igualadas, nunca, ciertamente, rebasadas» (11). Y el noble Lord va más allá y cita a otro de su clase, Lord Dudley: «Ha echado la duda sobre toda gloria pasada; ha vuelto todo futuro renombre imposible» (12). Alabanza en efecto de la tierra de sus supuestos enemigos inveterados.

El Apéndice también muestra la cruenta realidad del aprisionamiento de Napoleón en Santa Helena y su rápido decaimiento físico subsecuente. El 31 de Julio de 1815, Bunbury lo describe: «Napoleón parece medir unos cinco pies con seis pulgadas de altura... El carácter general de su aspecto era grave y casi melancólico; pero ninguna huella de severidad o de pasión violenta podía permear. Rara vez he visto un hombre de una hechura más fuerte, o más propia a soportar la fatiga» (13).

El 25 de junio de 1816, Lady Malcolm declara que estaba: «sorprendida por la generosidad de su expresión tan contraria a la ferocidad a la que se había esperado. No vio huella alguna de gran habilidad; su apariencia parecía indicar más bien gentileza...» (14). Una interesante observación. Sin duda, habiendo oído tanto sobre el «Ogro corso», estaba sorprendida de hallar que éste era humano después de todo.

El 1º de septiembre de 1817, Henry pinta una triste imagen del declive del Emperador caído: «Los rasgos me recordaron instantáneamente las imágenes impresas que había visto de él. Globalmente, su apariencia general era más la de un obeso fraile español o portugués, que la del héroe de los tiempos modernos... Un prestigio fascinado, que habíamos abrigado toda nuestra vida, se desvaneció entonces como una telaraña al sol. El gran Napoleón se había fundido en un antiestético y obeso individuo; y en vano buscamos esos abrumadores poder de la mirada y fuerza de expresión, que los que habíamos aprendido a esperarnos en virtud de una engañosa imaginación» (15) [itálicos del autor].

Ahora sabemos, gracias a los trabajos de Ben Weider y de Sten Forshufvud, que Napoleón estaba siendo envenenado con arsénico por Montholon. Tal vez su insidioso progreso es ya evidente aquí, puesto que la obesidad es uno de los síntomas de este tipo de envenenamiento (16).

John Bowle (1973) (17), que dice que Napoleón fue el primero de los dictadores modernos, cita a Nelson en 1805: «Nunca la probabilidad de una monarquía universal estuvo más cerca de realizarse que en la persona del corso» (18). Para Nelson, responsable de la masacre de los republicanos de Nápoles, sólo la monarquía universal británica era la apropiada (19).

Bowle, otro critico hostil, comenta a propósito de la afabilidad personal de Napoleón que: «Su encanto, cuando lo ponía en práctica, era aparentemente irresistible; puesto que cuando estuvo en manos de sus captores insulares británicos en el HMS Belerofonte, y de la oligarquía británica, éstos tuvieron que cuidar que no conociera e hipnotizara al príncipe regente. Esta fascinación pronto cautivó al neurótico zar Alejandro...» (20).

Elizabeth Longford, (21) que escribió la introducción para el libro de Bowle expone: «No puede haber nada sino agradecimiento por Waterloo» (22). Una observación ligeramente despreocupada por decir lo menos. Si los Aliados hubiesen aceptado la paz en los términos propuestos por Napoleón a su regreso de Elba, frente a las frenéticas aclamaciones populares en Francia, no habría habido necesidad de guerra. Posteriormente, el Terror Blanco desencadenado por órdenes directas de Lord Liverpool, el primer ministro inglés, ocasionó los asesinatos por mandato judicial de decenas de soldados franceses y seguidores de Napoleón. Eso no es nada de lo que podamos alardear. (23)

Alejandro I, Zar de todas las Rusias (1777-1825)
Retrato anónimo anterior a 1825.

Tampoco lo es el efecto que produjo en el país Luis XVIII, llevado de vuelta a Francia por su héroe, el mismísimo e ilustre duque de Wellington, sin mencionar el suscitado por su aterrador hermano d’Artois, el futuro Carlos X. Cientos de personas fueron asesinadas en Francia después de Waterloo, y Wellington, quien como comandante en jefe de los ejércitos aliados hubiera podido hacer algo para evitarlo, no hizo absolutamente nada. (24)

La gran dama continúa – después de la degradación de la Francia napoleónica puede darse el lujo de ser «generosa»:

«No obstante, el magnetismo del Emperador era tan cautivador que los Whigs ingleses consideraron a Europa afortunada de estar en manos tan rapaces y bajo tan pesadas botas. Lloraron cuando abdicó, le enviaron obsequios y embellecieron sus casas con su busto» (25). Longford no dice nada acerca de los ciudadanos británicos echados de su propio país por botas aristocráticas y enviados a Australia, meramente por cuestionar el mandato de sus ignorantes, egoístas señores (26).

Cuando fue primer ministro, Wellington se opuso a toda reforma y era indiferente al apremio de los que estaban abismados en la depresión económica. Como resultado, el pueblo se sublevó frente a Apsley House, su residencia en Londres, y reventaron las ventanas. El público quería darle a Welllington – un botazo.

El sitio Internet de Downing Street dice: «Defendió el mandato de la élite y se negó a expandir la franquicia» (27). Wellington consideró al hombre común con desprecio durante toda su vida.

Carlos Felipe de Francia (1757-1836)
Conde de Artois, futuro rey Carlos X de Francia. Retrato por Danloux.

Christopher Lee le clava los colmillos a Napoleón en «Nelson and Napoleon» (2005). La sobrecubierta de su libro habla de «la megalomanía de Napoleón para invadir Inglaterra», lo cual da bastante bien el tono de la obra (28). No hay mención alguna de los múltiples atentados de contra su vida financiados por Londres ni de la ayuda dada por el gabinete inglés a d’Artois para fomentar los complots de éste. Napoleón tenía el derecho de considerar el gabinete poco más que Brittunculi – despreciables britaniquillos en una frase romana – porque incluso durante el Tratado de Amiens, estas conspiraciones continuaron. (29)

Lee afirma que: «Nelson era un héroe perfecto: brillante, anti-establecimiento, romántico y – sobre todo – victorioso, especialmente en la muerte...» (30). En términos de hechos históricos, Nelson era un hombre de una arrogancia consumada – incluso para los británicos de aquel tiempo. A pesar de tener en sus brazos a una mujer de otro hombre – Emma Hamilton – se enfurecía cuando la pareja no era aceptada por la sociedad educada. Más que interesado en la persecución de botines provenientes de navíos capturados, Nelson tenía una ficha en ambos hombres – podría haber jugado toda la noche en Las Vegas sin problema alguno (31).

No bastante, incluso Lee tiene que admitir que: «la pelea empezó porque el resto de Europa, Inglaterra incluida, creyó que Bonaparte podía – y probablemente hubiera – exportado la Revolución». Y habla de «la arrogancia propia del siglo dieciocho y de los británicos de aquel tiempo, quienes creían por sobre todo en el «don divino» del protestantismo. Todos aquellos que no fueran protestantes eran, por simple definición, de segunda clase. Las ideas de Napoleón de una sociedad laica encajaban fácilmente en esta presunción británica» (32).

En lo que toca a la élite inglesa, aquí está la evaluación del propio Lee: «la clase gobernante era una pequeña sociedad de parientes sacados principalmente de la aristocracia en un tiempo en que los escaños parlamentarios eran comprados, vendidos y poseídos por la misma aristocracia» [itálicos del autor] (33). En esto, está sin duda en lo correcto.

También comenta acerca del ofrecimiento de paz de Napoleón a los ingleses: «algunos han visto la carta que escribió el 2 de enero de 1805 como una oferta de paz. ¿Pero lo era realmente?» (34).
Napoleón escribió:
«Si Vuestra Majestad misma quiere pensar en ello, verá que la guerra es sin objetivo, sin ningún resultado presumible para Ella. ¡Qué triste perspectiva hacerse batir a los pueblos tan solo por que se batan! El mundo es lo bastante grande para que nuestras dos naciones puedan vivir en él» (35).
¿No suficientemente justo en partes iguales? He aquí fuerte apoyo para la tesis de Franceschi y Weider en «Napoleón, defensor inmolado de la paz» (2008) en el sentido de que no importa cuánto lo intentara, los ingleses no aceptarían la paz (36). Fue la negativa inglesa de dejar Malta, a pesar de que así se había acordado en el Tratado de Amiens, lo que llevó a la guerra renovada. ¿Por qué tendríamos que ser tan cínicos acerca del ofrecimiento de Napoleón? (37)

El tratado de Amiens fue bienvenido tanto por los británicos como por el pueblo de Francia. Los turistas fluyeron por bandadas a través del Canal en ambas direcciones. Frank McLynn nos dice: «la opinión pública inglesa demandaba paz» (38). Esto a pesar de la campaña oficial en los medios de comunicación británicos en contra de Napoleón. McLynn añade: Napoleón también levantó la cuestión de las viles caricaturas de propaganda contra su persona que se imprimían en los periódicos ingleses, retratándolo como un tirano y un ogro. The Morning Post acababa de describirlo como “un ser imposible de clasificar, medio africano, medio europeo, un mulato mediterráneo”. En las caricaturas se le representaba usualmente como un pigmeo con una enorme nariz» (39). Solo se trataba de la así llamada élite británica que quería seguir con la guerra contra Napoleón, y se esforzaba por acarrear al público por medio de semejantes diatribas tan patéticas y racistas.

Tratado de paz firmado en Amiens el 24 de marzo del año X
Gracias a este tratado, el Primer Cónsul logra restablecer la paz en el continente después de más de una década de guerras. Por desgracia, Inglaterra reiniciaría las hostilidades. Grabado de Le Beau según Nodet.
El coronel Lauriston es llevado en triunfo por el pueblo de Londres en octubre de 1801
Ayuda de campo de Napoleón en Marengo, Lauriston fue el encargado de llevar a Inglaterra la ratificación de los preliminares de paz. Dibujo de F. Phillipoteaux.

El libro de John Strawson «The Duke and the Emperor» (1994) es una proeza en cuanto a la destrucción del personaje se refiere: Wellington camina sobre el agua, mientras Napoleón es una criatura del abismo (40). Strawson opina: «El hecho es que, como Wellington supuestamente dijo del Emperador, “el tipo no era realmente un caballero”. Wellington lo era con toda certeza. Este contraste en los personajes era absoluto. Napoleón era traicionero, desleal, amoral, un tramposo, un mentiroso y un pendenciero – propio para estratagemas de traición y expoliaciones. Sus únicos límites eran sus propios poder de voluntad, egocentrismo y ambición» (41).

Considerando, después de semejante objetividad, que el escritor “no es realmente un historiador”, uno puede comparar el regreso de Napoleón de Elba, bajo una abrumadora aclamación popular, a Wellington escondiéndose en Apsley House mientras sus ventanas estaban siendo quebradas por las masas furiosas.

Strawson prosigue con una presuntuosa parcialidad: «esta diferencia en la educación se reflejaba en cierta medida en los ejércitos que los dos hombres comandaban. La Gran Armada estaba llena de soldados de primera clase, pero no muchos de ellos eran caballeros... El ejército británico por el otro lado estaba dirigido por caballeros y muchos de ellos eran excelentes soldados» (42).

¿Entonces por qué los ingleses abandonaron a sus mujeres y niños durante la retirada de Moore hacia la Coruña? (43). Para Strawson, ser un «caballero» es la piedra de toque de todo. Parece no solo estar escribiendo sobre siglo XIX, sino viviendo en él.

Arthur Wellesley, primer duque de Wellington (1769-1852)
Cuadro de Sir Thomas Lawrence.

Luego Strawson mina su propio caso completamente. ¿Cómo ven al usurpador corso sus captores británicos?: «el Capitán Maitland, bajo cuya escolta Napoleón zarpó de Rochefort hacia Inglaterra en Julio de 1815, registró su sentimiento de que “si la gente de Inglaterra le conociera tan bien como nosotros, no tocarían un cabello de su cabeza”. Estos sentimientos encontraron eco nuevamente en los hombres del Northumberland quienes, durante el viaje a Santa Helena, tuvieron todas las oportunidades de estudiar a su célebre pasajero: “es un buen compañero, que no merece su destino”». (44)

Esos hombres conocieron a Napoleón y hablaron con él, por ello, el propio despotrique de Strawson al inicio de su libro es aún más inexcusable. De hecho, cuando Napoleón llegó a Torbay y luego, a Plymouth, el público británico se dirigió en hordas para llevarse un vistazo de él. Muchos lo ovacionaron. McLynn dice que fue «la sensación del momento... su única carta era la opinión pública y la habilidad legal de sus partidarios británicos» (45). Pero el corrupto Establecimiento dio instrucciones al almirantazgo para que ordenase al Northumberland izar velas antes de que Napoleón tuviera la más mínima oportunidad de poner un pie fuera. Su destino estaba sellado (46).

Entre tanto, Byron cantaba sus loores y castigaba al duque: «Wellington es el cachorro de la fortuna pero ésta nunca lo lamerá lo suficiente para darle buena forma... la victoria nunca antes fue echada a perder en un suelo tan imposible de aprovechar, como esta colina de estiércol de tiranía...» (47). La manera de ver de Strawson, de que Wellington era un mejor hombre que Napoleón, es completamente destruida en su propio libro, en cuyo final mismo declara: «Para Napoleón, el gran jugador, el apostador gigantesco, el águila voladora, hay un tributo menor. Fue un César moderno, y dominó al mundo como un coloso. Cuando leemos o escribimos sobre él hoy en día, todavía lo hace». (48)

En Inglaterra, cuando Napoleón murió, Sir James Mackintosh señaló: «Qué sensación hubiera tenido este evento hace nueve años y qué sensación hará en novecientos años». Y añadió: «De todos los grandes conquistadores Napoleón es el más remarcable» (49).

Sir Robert Wilson, previamente uno de los más acérrimos enemigos del Emperador, se puso de luto cuando vio un letrero en los muros de Londres apelando a todos los que admiran el talento y el valor en la adversidad para que honrasen «esta muerte prematura» (50).

¿Quién entonces, como ahora, es la medida de todas las cosas? Napoleón. Incluso sus detractores, Bowle, Lee, Longford, Strawson y todos, pitch a Wellington y a Nelson contra él como si, a semejanza de los indios americanos del siglo XIX, creyesen que entre más grande es el enemigo más lo son sus propios héroes también. Napoleón fue el hombre del siglo. No solo era un soldado, fue el soberano de un imperio, un legislador, un escritor, un visionario, un aventurero y un romántico que instituyó personalmente todo el campo de la egiptología. No volveremos a ver a alguien como él nunca jamás.

 

NOMBRES IMPORTANTES
En orden de aparición en este artículo

1) NAPOLEÓN (1769-1821) Nacido en Córcega, educado en Francia. Exitoso general y luego emperador en 1804. Se enfrentó a una implacable oposición de parte del gobierno inglés y los monarcas de Europa, que defendían su Derecho Divino, dado por Dios, para reinar. Fue forzado a abdicar en 1814 y exiliado a la isla de Elba. Su regreso a Francia en 1815 fue muy popular, pero después de que sus aperturas de paz fueran rechazadas, fue vencido en Waterloo en 1815. Fue deportado a Santa Helena, donde fue envenenado.

2) WELLINGTON (1769-1852) combatió a los franceses en la guerra peninsular española. Junto con los prusianos comandados por Blücher, derrotó a Napoleón en Waterloo. Primer Ministro de 1828 a 30. Se opuso al proyecto de ley de reforma 183 1-32. Fue un aristócrata que creyó en el poder en manos de una élite.

3) CAPITÁN FREDERICK MAITLAND (1777-1839) Comandó el navío británico EMS Belerofonte — “Billy el rufián” — a bordo del cual Napoleón zarpó de Rochefort a Inglaterra en julio de 1815.
4) TALLEYRAND (1754-1838) Partidario temprano de Napoleón, convirtiéndose en su primer ministro pero traicionándolo enseguida. Entregó París a los Aliados en 1814, lo cual llevó a Napoleón a la abdicación. Ayudó a los Aliados en el Congreso de Viena en 1815 contra Napoleón en Francia.

5) DUQUE DE ENGHIEN (1772-1804) Príncipe Borbón a sueldo de de los ingleses. Sospechoso de complotar para asesinar a Napoleón, Talleyrand y Fouché arguyeron en favor de su arresto. Fue ejecutado por fusilamiento en 1804 por subordinados que rebasaron sus facultades antes de que Napoleón tuviera la oportunidad de perdonarlo — como hizo con tantos otros. Desde entonces, Napoleón ha sido culpado personalmente de esta debacle.

6) FOUCHÉ (1759-1820) Cómplice de Talleyrand y traidor notorio. Como jefe de policía de Napoleón, tenía agentes dobles – e incluso triples – a su entera disposición. Traicionó a Napoleón después de Waterloo en 1815. Maestro de la duplicidad y la mentira, su única lealtad era la que tenía para sí mismo.

7) ZAR ALEJANDRO (1777-1825) Indeciso, místico líder ruso que probablemente estuvo implicado en la muerte de su padre el zar Pablo — un aliado de Napoleón. Cayó bajo el encanto de Napoleón en Tilsit, en 1807, pero pronto se volteó contra él. La Guerra de 1812 llevó a Napoleón a la desastrosa retirada de Moscú.

8) LORD LIVERPOOL (1770-1828) Primer ministro británico de 1812 a 27. Tras Waterloo, insistió en la realización de una retaliación punitiva contra los partidarios de Napoleón en lo que se conoce como “el Terror Blanco”. Muchas ejecuciones fueron perpetradas.

9) LUIS XVIII (1755-1824) Hermano menor de Luis XVI de Francia, este Borbón de 155 kilos volvió a París en los furgones de los Aliados — dos veces, en 1814 y en 1815. Gobernante ineficaz que probó que los borbones no habían entendido nada, ni olvidado nada.

10) D’ARTOIS (1757-1836) Uno de los más odiosos personajes de la historia de Francia. Hermano menor de Luis XVIII, conocido como “Monsieur”, futuro Carlos X. Su grupo terrorista “Chevaliers de la Foi” (“Caballeros de la Fe”) conspiró y organizó innumerables atentados contra la vida de Napoleón. Se presume que él comanditó y patrocinó el envenenamiento con arsénico de Napoleón en Santa Helena.

11) NELSON (1758 -1805) La gran Victoria en Trafalgar, en 1805, y su gloriosa muerte, hicieron de él un héroe inglés, aunque en su vida privada era un hombre de una gran arrogancia. También ordenó con sangre fría la ejecución de los rebeldes republicanos de Nápoles en 1799.

12) SIR JOHN MOORE (1761-1809) General británico que combatió en la Península española. Fue echado de España por Napoleón y murió en La Coruña en 1809. Sus hombres escaparon, después de dejar a sus mujeres y niños detrás de ellos… Por orden del Emperador, los soldados franceses los enviaron de vuelta a Inglaterra ilesos y alimentados.

13) BYRON (1788-1824) Famoso poeta inglés. Napoleón era su héroe. Detestaba a Wellington y ridiculizó a Castleragh, el primer ministro británico. Murió luchando por la independencia de Grecia en 1824.

14) SIR JAMES MACKINTOSH (1765-1832) Historiador, filósofo, doctor en medicina, y autor británico autor de “Vindiciae Gallica”, reflexiones sobre la revolución francesa.

15) SIR ROBERT WILSON (1777-1849) General británico que peleó junto con los rusos contra Napoleón en 1812. No obstante, durante el Terror Blanco, se expresó en contra del asesinato de bonapartistas, siendo por ello encarcelado durante tres meses por Luis XVIII.

 

BIBLIOGRAFÍA

BERNARD, J.F.: TALLEYRAND: A BIOGRAPHY (1973)
BOWLE, JOHN: NAPOLEON (1973)
COIGNET, JEAN-ROCH: CAPTAIN COIGNET (2007)
ELTING, JOHN R.: SWORDS AROUND A THRONE (1988)
FRANCESCHI, MICHEL & WEIDER, BEN: THE WARS AGAINST NAPOLEON (2008)
HAMILTON-WILLIAMS, D.: THE FALL OF NAPOLEON (1994)
HAPGOOD, D. & WEIDER, B.: THE MURDER OF NAPOLEON (1982)
LEE, CHRISTOPHER: NELSON AND NAPOLEON (2005)
MARTINEAU, GILBERT: NAPOLEON’S LAST JOURNEY (1976)
McLYNN, FRANK: NAPOLEON (1997)
ROSEBERY, LORD: NAPOLEON THE LAST PHASE (1900)
STRAWSON, JOHN: THE DUKE AND THE EMPEROR (1994)

NOTAS:

(1) Lord Rosebery “Napoleon The Last Phase” (1900) p.247.
(2) Ibid, p.253. La talla exacta del Emperador Napoleón era de 1m 69cm.
(3) Ibid, p.253.
(4) Ibid, p. 241.
(5) El General Michel Franceschi: “El caso del duque de Enghien: una maquinación contra Napoleón” (2005) cita al secretario de Napoleón, Menevál, en la página 28:
“Estoy convencido – escribió – de que Napoleón, suficientemente confortado por la humillación que le había infligido a sus enemigos frustrando su plan, se hubiera inclinado hacia la piedad y habría perdonado la vida al príncipe”.
(6) Lord Rosebery op.cit. p 248. .
(7) Ibid, p.253.
(8) Ibid, p.249.
(9) J.F. Bernard: “Talleyrand: A Biography” (1973) p 13.
(10) Lord Rosebery op.cit. p. 249 dice: “El Sr. de Rémusat fue testigo en 1806 de una escena de una emoción casi histérica e insostenible cuando Napoleón abrazó a Talleyrand y a Josefina, declarando que era duro separarse de las dos personas que uno más amaba; y, totalmente incapaz de controlarse, cayó en fuertes convulsiones”.
(11) Ibid, p.252.
(12) Ibid, p.252.
(13) Ibid, pp. 254-255.
(14) Ibid, p.255.
(15) Ibid, p.256.
(16) Ver de Ben Weider y David Hapgood “The Murder of Napoleon” (1982).
(17) John Bowle: “Napoleon” (1973)
(18) Ibid, p. 12.
(19) Ver la reseña de Roger Knight sobre “An Admiral with a Star Quality” por Matthew Nicholls (2005) en la página www.oxonianreview.org/issues/5-1/5-lnicholls.html : “su en extremo apresurada ejecución de rebeldes napolitanos en 1799, y especialmente el ahorcamiento del italiano Caracciolo, echaron una gran sombra sobre su carrera, “paralizando”, como lo expresó un contemporáneo, “toda la energía y celo que lo distinguían en toda otra ocasión”.
(20) John Bowle op.cit. p. 17.
(21) Ibid, p.7.
(22) Ibid, p 7 Longford también critica aquí la “aversión de las multitudes” de Napoleón, un rasgo que Wellington por supuesto compartía. Aún así, Napoleón tenía el “toque común” con sus soldados mientras que Wellington era altivo y distante con sus hombres.
(23) En su libro “The Fall of Napoleon” (1994) pp. 261-262, David Hamilton-Williams cita una carta de Lord Liverpool a Luis XVIII: “La abstención manifestada en el momento presente no puede ser considerada de otra forma que de debilidad, y NO de piedad… ¡qué peligros no pueden ser temidos de parte de cuarenta mil oficiales desempleados — hombres de fortunas desesperadas, y que poseen una amplia proporción del talento y energía del país! Un severo ejemplo hecho de los conspiradores que trajeron de vuelta a Buonaparte podría por sí solo tener un efecto contrarrestando esos peligros.”
Hamilton-Williams añade en la p. 262: “Se verá claramente por estas cartas que en opinión de Liverpool, solo un torrente de terror, ejecuciones y encarcelamientos subyugaría a los republicanos y a los imperialistas.”
(24) John Strawson, en “The Duke and the Emperor” (1994), en la página 241, declara, por ejemplo: “Durante el proceso de Ney muchos llamados fueron hechos al duque de Wellington para que interviniese. Pero no lo hizo”. Y añade en la página 242: “a pesar de ello sabemos que si hubiese intervenido, Ney no hubiera sido ejecutado”.
(25) John Bowle op.cit. p. 8.
(26) David Hamilton-Williams op. cit. p.330: “Durante los nueve años de 1816 a 1825, 78 400 hombres y mujeres fueron transportados”.
(27) www.numberl0.gov.ukloutput!Pagel53
(28) Christopher Lee “Nelson and Napoleon” (2005).
(29) David Hamilton-Williams, op. cit., p 304: “On 27 March Napoleon had concluded the Peace of Amiens with Britain, but the British Cabinet, unknown to Parliament, had neither asked the Bourbons to quit England nor closed down d’Artois underground activities in Jersey.”
(30) Christopher Lee op.cit. pp. 3-4.
(32) http://www.historyofwar.org/articles/people_nelson_mid.html - Nelson, Horatio, Almirante (1759-1805): 1798-1803 declara en la página 3: “Nelson no había estado impresionado durante sus tratos previos con Nápoles, describiéndolo como “un país de violinistas y poetas, putas y canallas”.
(32) Christopher Lee, op.cit. p. 21 y pp. 40-41.
(33) Ibid, p. 113.
(34) Ibid, p. 160.
(35) Ibid, p. 161.
(36) General Michel Franceschi y Ben Weider “The Wars Against Napoleon” (“Napoleón, defensor inmolado de la paz”, 2008)
(37) David Hamilton-Williams, op.cit. p. 287 dice: “Debe ser recordado que en casi ninguna de las guerras del periodo Napoleón fue el agresor o el primero en declarar la guerra”.
(38) Frank McLynn “Napoleon” (1997) p. 235.
(39) Ibid, p. 265.
(40) John Strawson op.cit. Este libro está basado en una falsa primicia. Esta es difícilmente una comparación entre iguales. Napoleón rigió un imperio y estaba en una liga propia.
(41) Ibid, p. 17.
(42) Ibid, p. 18.
(43) General Michel Franceschi y Ben Weider op.cit. p. 134: “Moore escapa apenas al aniquilamiento. En su fuga frenética, incluso abandona, dejándolos en manos de este «satélite del diablo» que es Napoleón, a un millar de mujeres y de niños ingleses, hallados el 2 de enero de 1809 en un hangar de Astorga, hambrientos, tiritando de frío y temblando de miedo. Las madres se echan a los pies del Emperador y le suplican preservar la vida de sus hijos. Napoleón hace que se tomen todas las disposiciones para tranquilizar, alojar, calentar y alimentar a esos desgraciados, antes de enviarlos de regreso en excelente estado de salud al ejército británico.”
(44) John Strawson op.cit. pp. 232-233. También dice en la página 232 “la compañía del barco HMS Undaunted, que llevó al Emperador a la isla de Elba, le había deseado “larga vida y prosperidad” y “mejor suerte en otra ocasión”...
(45) Frank McLynn op.cit. p. 635.
(46) Ibid, p. 636. Después de tres días Napoleón fue transferido al Northumberland, capitaneado por el almirante Cockburn, quien de hecho fue a Santa Helena.
(47) John Strawson, op.cit. pp. 287-288.
(48) Ibid, pp. 303-304.
(49) Gilbert Martineau: “Napoleon’s Last Journey” (1976) p. 2.
(50) Ibid, p. 3.