La
historia de la ascensión al poder, de
las victorias imperiales y la catastrófica
caída del EMPERADOR
NAPOLEÓN I
no son nada menos que espectacular. Ese hijo
de la pequeña isla de Córcega,
factiblemente el más grande líder
militar y político de todos los tiempos,
nació el 15 de agosto de 1769 en una
empobrecida familia noble de distantes orígenes
toscanos. El año anterior, la isla
había sido cedida a Francia por la República
marítima de Génova; esta anexión
por otra potencia extranjera provocó
un periodo más de inestabilidad e incertidumbre
para sus habitantes, quienes hablaban un burdo
dialecto italiano local, clara indicación
de su fiera naturaleza. Considerados como un
pueblo libre y apasionado, los corsos sentían
un fuerte apego a Italia, pero al mismo tiempo
un deseo tan fuerte como exacerbado de independencia.
En su juventud, el mismo Napoleón se
había resistido inicialmente a la cultura
francesa, sintiendo que su verdadera lealtad
pertenecía a su tierra natal, Córcega.
Fue solo cuando hubo sido educado y formado
por la más sofisticada y cosmopolita
cultura del mundo, y visto dicha cultura estallar
en la marea igualitaria de revolución,
que se alió irrevocablemente con el destino
de su nación de adopción.
Napoleón
adoptó la Revolución francesa
y sus ideales, y se elevó para convertirse
en la joven y brillante estrella ascendente
de su establecimiento militar para la edad de
treinta años. Deslumbrante estratega
social y político, explotó con
éxito sus logros militares para izarse
a una posición de dominio político
y, a la larga elevarse al poder supremo como
Primer Cónsul de la joven república,
a la que dirigió competentemente y con
potestad en dicha función de 1799 a 1804.
El año 1802 vio la creación de
la primera de las órdenes napoleónicas,
la Legión
de Honor. La Legión era una primera
etapa del regreso final hacia la monarquía,
pero en el momento de su fundación fue
presentada en una perspectiva toda republicana,
a fin de no levantar las sospechas de un público
que se oponía profundamente a cualquier
noción o institución que recordara
incluso vagamente la sociedad feudal y monárquica
tan denigrada que había sido abolida
por la guadaña niveladora de la revolución.
Incontestablemente,
el elemento más innovador de esta nueva
orden de caballería es su aspecto ampliamente
igualitario. Desde el más humilde soldado
hasta el general más célebre,
del rico propietario al más paupérrimo
granjero, todos los franceses, personalidades
militares y civiles confundidas, podían
recibir esta condecoración basada únicamente
en el nivel y la naturaleza de sus contribuciones
al bien público. Aun cuando los servicios
y contribuciones de las mujeres no hayan sido
reconocidos en aquella época, la creación
de la legión de honor constituía
sin embargo un hito en la historia de las instituciones
públicas de Francia.
Por medio de
la creación de esta nueva forma de caballería,
Bonaparte buscaba crear a su alrededor una élite
que serviría de intercesor entre su futuro
trono y las facciones de políticos y
de altos funcionarios de la época. Dicha
élite le estaría personalmente
apegada a través de lazos de la mayor
lealtad y gratitud, puesto que sería
él quien la habría elevado para
compartir la compañía exaltada
de esta grandiosa nueva orden. De esta manera,
esperaba crear un cuadro vivo de individuos
dedicados a su trono y a difundir en el extranjero
su renombre, su prestigio y su gloria personal.
Además de instaurar esta importante nueva
condecoración, Napoleón creó
también una institución aparentada
que existe todavía en nuestros días
y que jugó un papel importante en la
historia de la educación de las mujeres
en Francia. Inmediatamente después de
su triunfo épico en la batalla
de Austerlitz el 2 de diciembre de 1805,
un decreto imperial promulgado el 15 de diciembre
en el Palacio de Schönbrunn, cerca de Viena,
creaba las Casas de educación para las
hijas de los miembros de la Legión de
honor. Si bien solo las Casas
de Saint-Denis y de Saint-Germain-en-Laye
sobrevivieron hasta el Siglo XXI, un cierto
número de otros sitios sirvieron en el
transcurso de los dos últimos siglos
para el establecimiento de instituciones dedicadas
a la educación de las mujeres bajo la
égida de la Legión de Honor. La
disciplina impuesta era severa y durante los
primeros años de las Casas de educación,
el acento estaba netamente puesto en el trabajo
manual y la inculcación de sólidos
principios religiosos en el corazón y
el espíritu de las jóvenes alumnas.
Se les pedía
a las jóvenes damiselas asistir
a misa cada mañana y portaban
uniformes simples y obscuros que indicaban
su estatuto de estudiantes. El mismo
Napoleón declaró de manera
explícita que esperaba que esta
nueva institución produjese «no
mujeres agradables, sino mujeres virtuosas,
de tal forma que sus cualidades serían
las de los modales y del corazón».
Esta institución, bajo la supervisión
directa del Gran Canciller de la Legión
de Honor, fue considerablemente reformada
al hilo de los años, pero ha
conservado sus estructuras exclusivas
y autoritarias, a pesar de una modernización
considerable. En nuestros días,
sigue siendo una de las más prestigiosas
instituciones del Estado francés.
La amplitud de criterio y la innovación
de sus cursos, combinados a una sólida
disciplina moral, fundamentan la reputación
internacional de primer nivel de las
Casas de Educación en materia
de excelencia académica y la
responsabilidad cívica.
La
creación de la Legión
de Honor por Napoleón en 1802
fue un momento de una importancia histórica
en la democratización progresiva
de las órdenes de mérito
francesas, y llevaría directamente
al sistema bien equilibrado y vibrante
de recompensas de Estado que prevalece
en Francia en nuestros días.
Después de siglos de prerrequisitos
restrictivos, prejuiciados y a menudo
secretos para la admisión a las
órdenes de caballería
y de mérito, la creación
de esta gran institución, la
primera de su suerte en el mundo moderno,
tocó el corazón de millones
de ciudadanos franceses, tanto militares
como civiles, para los grandes actos
de coraje y de sentido del deber, tanto
en tiempos de guerra como de paz. La
naturaleza durable de esta distinción
altamente estimada ha sido ampliamente
demostrada en el transcurso de los dos
últimos siglos y ha tomado desde
hace largo su lugar legítimo
como una de las mayores instituciones
de Estado modernas.
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Medalla
de la Legión de Honor
Águila de oro,
primer tipo, anverso. |
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Las condiciones
políticas y sociales en Francia en los
albores del Siglo XIX, aunque lejos de ser ideales,
eran sin embargo y por mucho mejores que las
que prevalecían en el país durante
la década precedente. Medidas de estabilidad
para las instituciones públicas habían
sido restauradas tras años de disensiones
revolucionarias intestinas y gracias a una serie
de importantes victorias contra la coalición
legitimista europea. La estrella del joven Primer
Cónsul, Napoleón Bonaparte, se
elevaba claramente. El escenario estaba puesto
para ejecutar el acto siguiente de la obra que
se desarrollaba progresivamente en el teatro
de la historia de Francia y cuyo actor principal
era aquel brillante joven general corso.
La ascensión
de Napoleón al poder supremo prefiguraba
el alba de una nueva era en Francia y el regreso
gradual a una forma monárquica de absolutismo,
después de casi trece años de
revolución continua. Esos años
se caracterizaron por el caudillaje de la chusma,
la política sangrienta partisana, el
regicidio gratuito y la destrucción total
del antiguo orden social. La mano firme de Bonaparte
ofrecía una alternativa a todo eso y
aunque muchos retoños fanáticos
de la revolución se opusieron a él,
un número aún mayor le temía
y se uniría a él.
Lo que Napoleón
comprendió, sin embargo, fue que Francia,
una nación que desde la alta Edad Media
había sido una monarquía bajo
una u otra forma, precisaba aún necesitaba
una mano fuerte y autocrática para guiarla
hacia el frente y en pos de grandes cosas. Por
consiguiente, el 18 de mayo de 1804, el Primer
Cónsul Napoleón Bonaparte subió
al Trono del Imperio francés y adoptó
el talante y título de Napoleón
I, Emperador de los franceses, respaldado
por un plebiscito que sancionaba esta medida
extraordinaria. Su coronación tuvo lugar
el 2 de diciembre de 1804, y marcó el
inicio de un periodo de diez años en
los que Francia fue transformada por la energía
y la visión del joven Emperador, que
apenas tenía treinta y cinco años
de edad en el momento de su elevación.
Lo que seguiría
a este paso histórico no sería
nada menos que extraordinario, en particular
cuando se considera en función del hecho
que Francia estaba casi constantemente en guerra
contra sus rivales europeos a todo lo largo
de dicho periodo. Las instituciones de la nación
fueron completamente regeneradas y revitalizadas,
y a una distancia de cerca de dos siglos, la
poderosa mano del Emperador puede aún
ser vista en todas las grandes realizaciones
de su reinado. La administración gubernamental
fue reorganizada y la filosofía del derecho
en Francia fue completamente revigorizada por
medio de la creación del Código
Civil, ulteriormente llamado Código
Napoleón en honor del Emperador,
quien jugó un papel clave en su nacimiento.
Las escuelas y universidades fueron reestructuradas
y modernizadas, y las instituciones estatales
artísticas e intelectuales, tales como
la Escuela de Bellas Artes y el Instituto de
Francia fueron restablecidos y/o fortalecidos.
Tampoco el
campo de la espiritualidad fue descuidado por
Napoleón, quien restableció el
viejo calendario Gregoriano y puso en obra la
construcción de puentes de diálogo
con los líderes de los diversos credos
del Imperio. Una política de acercamiento
fue llevada a cabo con la Iglesia Católica
Romana, se les permitió a las congregaciones
protestantes venerar libremente y un Gran Sanedrín
de los líderes rabínicos de la
época fue convocado en París bajo
los auspicios del Emperador, el primero desde
los tiempos de la antigüedad.
Habiendo consolidado
su poder en los confines de la patria francesa
y en los territorios y principados que había
conquistado o anexado al hilo de los años,
el Emperador extendió rápidamente
su influencia monárquica en la zona constituida
por los diversos Estados italianos de la época.
Menos de cuatro meses después de su coronación
como Emperador de los franceses, Napoleón
era proclamado rey de Italia, añadiendo
así una dignidad real italiana a la dignidad
imperial francesa. De esta manera, reafirmaba
su adhesión a la tradición carolingia
de un imperio europeo unificado.
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Primera
distribución de la Legión
de Honor, instituida por el Emperador,
el 15 de julio de 1804 en la capilla
de los Inválidos
El Emperador Napoleón hace
entrega de la insignia de caballero
al gran matemático Gaspard
Monge. Cuadro de Jean-Baptiste Debret
(1768–1848). |
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El 23 de mayo
de 1805, ante una imponente muchedumbre reunida
en la catedral de Milán, Napoleón
colocaba sobre su propia cabeza la Corona de
Hierro de Lombardía, que había
sido forjada en el año de gracia 591
utilizando un clavo de la Verdadera Cruz. Esta
corona que representa un lazo tangible con la
gran herencia del Santo Imperio romano había
sido portada por una serie de grandes emperadores
europeos, entre los cuales el mismo Carlomagno,
así como Carlos V, y era el símbolo
poderoso de la transferencia de autoridad a
la persona de Napoleón. Al elevar la
corona hacia su propia frente, el nuevo rey
de Italia pronunció la antigua fórmula
de sucesión legítima a la dignidad
real: « DIO ME LA DIEDE,
GUAI A CHI LA TOCCA! » («¡Dios
me la dio, guay a quien la toca!»). En
concomitancia con este importante evento, creó
otra orden de caballería: la Orden
de la Corona de Hierro, que será
otorgada a los soldados, administradores, funcionarios
judiciales, artistas e intelectuales que hayan
ayudado al apaciguamiento completo y al florecimiento
de Italia bajo su mando.
A esta orden
seguirían dos más, la Orden Imperial
de las tres Toisones de de Oro y la Orden Imperial
de la Reunión, pensadas ambas para recompensar
una amplia paleta de servicios al Imperio tanto
por naturales franceses como por los sujetos
extranjeros. Aunque éstas dos instituciones
caballerescas fueron más bien creaciones
con de corta vida, ambas permanecieron en la
imaginación pública, y la Orden
Imperial de la Reunión serviría
más tarde como uno de los elementos inspiradores
para la moderna Orden Nacional del Mérito
de la Quinta República francesa.
Aunque claramente
inspirado de la creación histórica
del Santo Imperio Romano por Carlomagno en el
año 800 D.C., según el historiador
Frédéric Bluche Napoleón
no deseaba subir simplemente al trono del ahora
decrépito coloso. «Estaría
fuera de discusión para un soldado advenedizo
reclamar la corona del Santo Imperio Romano»,
escribe Blucher. «Crearía un Nuevo
imperio de Occidente, uno que se substituiría
a las ruinas de su predecesor y lo remplazaría
en la mente de los observadores del equilibrio
europeo. Yendo aun más lejos, restauraría
la idea en su forma más plena, ligada
al imperialismo geográfico del Imperio
Universal». Incluso el establecimiento
de reinos dependientes y principados bajo el
dominio de sus hermanos y hermanas era una manifestación
moderna de la noción carolingia del Emperador
como «soberano de Europa», y respetado
desde el antiguo sistema de la Edad Media, con
su cuidadosamente hilado tejido de dominación,
dependencia y obligación feudal.
Conforme el
Águila Imperial continuó su pasmoso
vuelo a través de los cielos de la Europa
de principios del Siglo XIX, la visión
napoleónica de un continente unido y
políticamente estable bajo la hegemonía
francesa se acercó aún más
al reino de lo realísticamente alcanzable.
El Emperador constantemente miraba al pasado
para inspirarse, no de las torpes, ineficaces
y fundamentalmente no equitativas estructuras
del Viejo régimen de los Borbones, sino
al magnífico espectáculo del imperio
carolingio en su cénit. Bajo la visionaria
y casi profética tutela del gran Carlomagno,
el Sacro Imperio Romano se había vuelto
una realidad, y su poderoso nuevo conjunto de
principados y reinos, bajo el ojo atento de
su iletrado pero palpablemente brillante líder,
fue reconocido nada menos que por el papa León
III como Estado sucesor del gran Imperio Romano
de la antigüedad. La coronación
de Carlomagno por el papa León, que tuvo
lugar en Roma el 25 de diciembre de del año
800, es uno de los eventos creadores de la historia
moderna europea, y tuvo un eco poderoso más
de 1,000 años después con la coronación
de Napoleón en la catedral de Nuestra
Señora de País, con la bendición
del papa Pío VII, quien había
sido llevado a París expresamente con
ese propósito.
Para 1811,
después de una década de incansable
esfuerzos, el imperio de Napoleón estaba
en su cénit, comprendiendo en su seno
a Francia y los múltiples estados conquistados
durante la Revolución, así como
la Confederación del Rin, la Confederación
suiza, el Gran ducado de Varsovia, el Reino
de Italia, los Países Bajos y los Estados
Pontificios. En 1810 había contraído
nupcias dinásticas con la archiduquesa
austriaca María Luisa, un gesto que él
consideró marcar su entrada oficial a
la exaltada compañía de los soberanos
hereditarios de Europa. En 1811, María
Luisa había dado a luz a su hijo y heredero,
majestuosamente titulado Rey de Roma. Así
pues, sus pensamientos estaban claramente orientados
hacia la consolidación de su legado monárquico,
así como al forjamiento de un Nuevo imperio
europeo basado en el antiguo modelo carolingio.
Durante ese periodo, el Emperador se encontraba
en su punto más visionario, eligiendo
cuidadosamente la conjunción pivote para
asentar los fundamentos administrativos e inspiradores
de lo que esperaba sería su creación
milenaria.
En 1812, sin
embargo, la Gran Armada de Napoleón incursionó
precipitadamente en las tierras interiores rusas,
pero pronto se encontró atrapada en un
paraje extraño e inhóspito cuyos
habitantes preferían quemar sus pueblos
a ras antes que someterse a las fuerzas del
conquistador imperial. Con sus tropas absolutamente
diezmadas por una combinación de una
tenaz guerrilla y los estragos incesantes y
despiadados del invierno ruso, el Emperador
derrotado se vio obligado a entablar la retirada,
separándose a la larga de su desbaratado
ejército para volver precipitadamente
a París a través de la nieve.
Para la primavera
de 1814, Napoleón había abdicado
y había sido exiliado a la isla de Elba,
que por el próximo año sería
su pequeño dominio insular. Al regreso
de Napoleón al poder en 1815, y a lo
largo de los Cien Días de su ascendencia
final, peleó una batalla desesperada
para mantener su posición en un continente
que se había vuelto decididamente contra
él.
Durante los
días de su Segundo exilio en la isla
de Santa
Helena, después de su derrota decisiva
en la batalla de Waterloo el 18 de junio de
1815, Napoleón empezó a tejer
los que se ha vuelto conocido como la leyenda
napoleónica. Fue en Santa Helena, una
posesión británica aislada y golpeada
por los vientos que se encuentra en el corazón
del Atlántico sur, a miles de millas
de su amada Francia, que el Emperador empezó
a abrirse a los fieles acompañantes y
compatriotas a los que se había permitido
acompañarlo hasta ahí. El más
notable entre ellos era el Conde
Emmanuel de Las Cases, un miembro de la
nobleza real y napoleónica que será
recordado por siempre como biógrafo y
como secretario de su imperial señor,
y que publicaría un libro con las reminiscencias
de Napoleón conocido como el Memorial
de Santa Helena.
 |
| El
Emperador Napoleón
dictando sus memorias en Santa Helena |
A propósito
de sus planes para un Gran Imperio que debía
extenderse a todo lo largo y ancho de Europa,
Napoleón indicó que deseó
establecer los mismos principios, el mismo sistema
por doquier. «Un
código europeo», declare,
«un tribunal de
justicia europeo, con plenos poderes para enderezar
toda mala decisión, como se enderezan
en casa las de nuestros tribunales. Dinero del
mismo valor pero con diferentes monedas, el
mismo peso, las mismas medidas, las mismas leyes,
etc.
De esa manera Europa se hubiera convertido pronto
en un solo pueblo, y todo aquel que viajara
se hubiese encontrado en casa por doquier…»
Más tarde, ese mismo día, el Emperador
se explayó aun más acerca de sus
planes para un Imperio unido de Europa:
«Uno
de mis grandes planes era el de la reunión,
la concentración de esas mismas naciones
geográficas que habían sido desunidas
y fragmentadas por la revolución y la
política. Estaban dispersas en Europa,
más de treinta millones de franceses,
quince millones de españoles, quince
millones de italianos, y treinta millones de
alemanes; y era mi intención incorporar
cada uno de esos pueblos en una nación...»
Bajo su reinado,
Napoleón asentó que «cada
día el pueblo se anclaba más firmemente
en la unidad de los principios y de las leyes;
y también en la unidad de pensamiento
y de sentimiento, ese cimiento seguro e infalible
de concentración humana».
Finalmente,
el Emperador hizo una predicción que
hoy puede también parecer profética,
puesto que vivimos en la era de una Europa unida
con una moneda fuerte y dinámica, un
continente que ha resistido a dos Guerras Mundiales
y a un sufrimiento inconmensurable en el difícil
camino hacia la unificación.
«Todos
los eventos llevarán a esta concentración,
tarde o temprano, por la fuerza de las cosas.
La impulsión está dada; y creo
que desde mi caída y la destrucción
de mi sistema, ningún equilibrio puede
posiblemente ser instaurado en Europa sin la
concentración y la confederación
de las principales naciones».
Serán
necesarios ciento ochenta y tres años
para que el sueño de Napoleón
de una Europa unida se realice, pero el poder
y la perspicacidad de su visión son incontestables,
e imprimen mayor peso a la leyenda de su maestría
en los ámbitos de la organización,
la política y la diplomacia.
La cultura
del Honor, el servicio y la emulación
que fue alentada por el Imperio Napoleónico
nunca se ha difuminado de la consciencia colectiva
de la nación francesa, y más de
doscientos años después de la
creación de la Legión de Honor,
miles de franceses, hombres y mujeres, se sienten
estimulados a realizar esfuerzos siempre más
grandes, a la vez públicos y privados,
en busca de esta altamente preciada marca de
distinción. La Revolución francesa
y la era Napoleónica que le sucedió
quebrantaron para siempre un mundo en el cual
el nacimiento nobiliario, la riqueza, el poder
y los lazos familiares habían reinado
como únicas consideraciones para tener
acceso a la élite de los círculos
de poder e influencia en el Estado. En su lugar,
y en gran medida como resultado de la influencia
formativa y meritocrática de las grandes
instituciones napoleónicas, emerge una
nación en la que el servicio honorable,
el sacrificio propio y la devoción constante
al bien público son recompensados por
las más nobles formas de reconocimiento
que pueden ser otorgadas a un individuo en el
mundo moderno.
Casi dos siglos
después de su muerte, la amplitud y la
magnitud de la visión militar, social
y política de Napoleón I continúa
asombrando a aquellos entre nosotros que nos
consagramos al estudio de su legado personal
como regente. Sus estructuras gubernamentales,
modeladas según instituciones fundadas
durante las más gloriosas épocas
de la historia francesa y europea, eran al mismo
tiempo las creaciones distintivas de un líder
brillante y sucesoras modernas naturales de
aquellas instituciones mismas. Se podría
argumentar de manera razonable que estas creaciones
napoleónicas sirvieron a la vez para
redefinir y para revigorizar la noción
misma de servicio al bien común, y que
cada una, en su manera, representó una
importante etapa, aún cuando desde nuestro
punto de vista contemporáneo imponía
a veces un alto en la vía de la democratización
de las sociedades modernas de toda Europa.
El vuelo del
Águila corsa, hijo de una pequeña
pero orgullosa raza insular, fue increíblemente
brillante y trágicamente breve, pero
el recuerdo de sus hazañas y su relevancia
permanente en el mundo moderno perduran como
las piedras de ángulo indisputables sobre
las cuales su gloriosa
leyenda ha sido erigida en los ya casi dos
siglos transcurridos desde que ocupó
el Trono del Imperio francés.
Uno de sus mayores
legados a la historia es su resurrección
y revivificación de la tradición
de la caballería que había florecido
en Francia por más de un milenio, y que
había dado forma a la vez a su destino
y a sus valores desde la Era de Carlomagno.
De las cuatro
órdenes Napoleónicas de caballería,
sólo una subsiste hoy en día,
pero el poder y la visión asociados a
su fundación continúan inspirando
a los estudiantes de historia, y portando un
testimonio perpetuo del efímero milagro
que fue el Grand Empire, precursor
de la actual Unión Europea. De haber
tenido éxito Napoleón en su búsqueda
de una Europa unida según el modelo carolingio,
la historia tal como la conocemos ahora bien
podría haber sido muy diferente, y el
acaecer de dos siglos de derramamiento de sangre,
destrucción y sufrimiento indecible,
podrían no haber ensombrecido las páginas
de la historia humana.