Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
Texto en castellano.
Historia de la Caballería imperial francesa (1802-1815)
NAPOLEÓN I DE FRANCIA Y LA LEGIÓN DE HONOR (1802-1815)
Conferencia presentada en la Universidad Eurasia de Xi’an, China, el 7 y el 15 de mayo de 2008.
Texte en Français.
Juramento durante la ceremonia de distribución de la Legión de Honor en Boloña
Litografía coloreada decimonónica.

Por el doctor

Stewart Addington Saint-David
Caballero de la Orden Nacional del Mérito de Francia
Miembro académico, Delegado Especial del Instituto Napoleónico México-Francia

Dr. Addington St.D.
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« No sucedí a Luis XVI, sino a Carlomagno »
Napoleón.

La historia de la ascensión al poder, de las victorias imperiales y la catastrófica caída del EMPERADOR NAPOLEÓN I no son nada menos que espectacular. Ese hijo de la pequeña isla de Córcega, factiblemente el más grande líder militar y político de todos los tiempos, nació el 15 de agosto de 1769 en una empobrecida familia noble de distantes orígenes toscanos. El año anterior, la isla había sido cedida a Francia por la República marítima de Génova; esta anexión por otra potencia extranjera provocó un periodo más de inestabilidad e incertidumbre para sus habitantes, quienes hablaban un burdo dialecto italiano local, clara indicación de su fiera naturaleza. Considerados como un pueblo libre y apasionado, los corsos sentían un fuerte apego a Italia, pero al mismo tiempo un deseo tan fuerte como exacerbado de independencia. En su juventud, el mismo Napoleón se había resistido inicialmente a la cultura francesa, sintiendo que su verdadera lealtad pertenecía a su tierra natal, Córcega. Fue solo cuando hubo sido educado y formado por la más sofisticada y cosmopolita cultura del mundo, y visto dicha cultura estallar en la marea igualitaria de revolución, que se alió irrevocablemente con el destino de su nación de adopción.

Napoleón adoptó la Revolución francesa y sus ideales, y se elevó para convertirse en la joven y brillante estrella ascendente de su establecimiento militar para la edad de treinta años. Deslumbrante estratega social y político, explotó con éxito sus logros militares para izarse a una posición de dominio político y, a la larga elevarse al poder supremo como Primer Cónsul de la joven república, a la que dirigió competentemente y con potestad en dicha función de 1799 a 1804. El año 1802 vio la creación de la primera de las órdenes napoleónicas, la Legión de Honor. La Legión era una primera etapa del regreso final hacia la monarquía, pero en el momento de su fundación fue presentada en una perspectiva toda republicana, a fin de no levantar las sospechas de un público que se oponía profundamente a cualquier noción o institución que recordara incluso vagamente la sociedad feudal y monárquica tan denigrada que había sido abolida por la guadaña niveladora de la revolución.

Incontestablemente, el elemento más innovador de esta nueva orden de caballería es su aspecto ampliamente igualitario. Desde el más humilde soldado hasta el general más célebre, del rico propietario al más paupérrimo granjero, todos los franceses, personalidades militares y civiles confundidas, podían recibir esta condecoración basada únicamente en el nivel y la naturaleza de sus contribuciones al bien público. Aun cuando los servicios y contribuciones de las mujeres no hayan sido reconocidos en aquella época, la creación de la legión de honor constituía sin embargo un hito en la historia de las instituciones públicas de Francia.

Por medio de la creación de esta nueva forma de caballería, Bonaparte buscaba crear a su alrededor una élite que serviría de intercesor entre su futuro trono y las facciones de políticos y de altos funcionarios de la época. Dicha élite le estaría personalmente apegada a través de lazos de la mayor lealtad y gratitud, puesto que sería él quien la habría elevado para compartir la compañía exaltada de esta grandiosa nueva orden. De esta manera, esperaba crear un cuadro vivo de individuos dedicados a su trono y a difundir en el extranjero su renombre, su prestigio y su gloria personal.
Además de instaurar esta importante nueva condecoración, Napoleón creó también una institución aparentada que existe todavía en nuestros días y que jugó un papel importante en la historia de la educación de las mujeres en Francia. Inmediatamente después de su triunfo épico en la batalla de Austerlitz el 2 de diciembre de 1805, un decreto imperial promulgado el 15 de diciembre en el Palacio de Schönbrunn, cerca de Viena, creaba las Casas de educación para las hijas de los miembros de la Legión de honor. Si bien solo las Casas de Saint-Denis y de Saint-Germain-en-Laye sobrevivieron hasta el Siglo XXI, un cierto número de otros sitios sirvieron en el transcurso de los dos últimos siglos para el establecimiento de instituciones dedicadas a la educación de las mujeres bajo la égida de la Legión de Honor. La disciplina impuesta era severa y durante los primeros años de las Casas de educación, el acento estaba netamente puesto en el trabajo manual y la inculcación de sólidos principios religiosos en el corazón y el espíritu de las jóvenes alumnas.

Se les pedía a las jóvenes damiselas asistir a misa cada mañana y portaban uniformes simples y obscuros que indicaban su estatuto de estudiantes. El mismo Napoleón declaró de manera explícita que esperaba que esta nueva institución produjese «no mujeres agradables, sino mujeres virtuosas, de tal forma que sus cualidades serían las de los modales y del corazón». Esta institución, bajo la supervisión directa del Gran Canciller de la Legión de Honor, fue considerablemente reformada al hilo de los años, pero ha conservado sus estructuras exclusivas y autoritarias, a pesar de una modernización considerable. En nuestros días, sigue siendo una de las más prestigiosas instituciones del Estado francés. La amplitud de criterio y la innovación de sus cursos, combinados a una sólida disciplina moral, fundamentan la reputación internacional de primer nivel de las Casas de Educación en materia de excelencia académica y la responsabilidad cívica.

La creación de la Legión de Honor por Napoleón en 1802 fue un momento de una importancia histórica en la democratización progresiva de las órdenes de mérito francesas, y llevaría directamente al sistema bien equilibrado y vibrante de recompensas de Estado que prevalece en Francia en nuestros días. Después de siglos de prerrequisitos restrictivos, prejuiciados y a menudo secretos para la admisión a las órdenes de caballería y de mérito, la creación de esta gran institución, la primera de su suerte en el mundo moderno, tocó el corazón de millones de ciudadanos franceses, tanto militares como civiles, para los grandes actos de coraje y de sentido del deber, tanto en tiempos de guerra como de paz. La naturaleza durable de esta distinción altamente estimada ha sido ampliamente demostrada en el transcurso de los dos últimos siglos y ha tomado desde hace largo su lugar legítimo como una de las mayores instituciones de Estado modernas.

Medalla de la Legión de Honor
Águila de oro, primer tipo, anverso.

Las condiciones políticas y sociales en Francia en los albores del Siglo XIX, aunque lejos de ser ideales, eran sin embargo y por mucho mejores que las que prevalecían en el país durante la década precedente. Medidas de estabilidad para las instituciones públicas habían sido restauradas tras años de disensiones revolucionarias intestinas y gracias a una serie de importantes victorias contra la coalición legitimista europea. La estrella del joven Primer Cónsul, Napoleón Bonaparte, se elevaba claramente. El escenario estaba puesto para ejecutar el acto siguiente de la obra que se desarrollaba progresivamente en el teatro de la historia de Francia y cuyo actor principal era aquel brillante joven general corso.

La ascensión de Napoleón al poder supremo prefiguraba el alba de una nueva era en Francia y el regreso gradual a una forma monárquica de absolutismo, después de casi trece años de revolución continua. Esos años se caracterizaron por el caudillaje de la chusma, la política sangrienta partisana, el regicidio gratuito y la destrucción total del antiguo orden social. La mano firme de Bonaparte ofrecía una alternativa a todo eso y aunque muchos retoños fanáticos de la revolución se opusieron a él, un número aún mayor le temía y se uniría a él.

Lo que Napoleón comprendió, sin embargo, fue que Francia, una nación que desde la alta Edad Media había sido una monarquía bajo una u otra forma, precisaba aún necesitaba una mano fuerte y autocrática para guiarla hacia el frente y en pos de grandes cosas. Por consiguiente, el 18 de mayo de 1804, el Primer Cónsul Napoleón Bonaparte subió al Trono del Imperio francés y adoptó el talante y título de Napoleón I, Emperador de los franceses, respaldado por un plebiscito que sancionaba esta medida extraordinaria. Su coronación tuvo lugar el 2 de diciembre de 1804, y marcó el inicio de un periodo de diez años en los que Francia fue transformada por la energía y la visión del joven Emperador, que apenas tenía treinta y cinco años de edad en el momento de su elevación.

Lo que seguiría a este paso histórico no sería nada menos que extraordinario, en particular cuando se considera en función del hecho que Francia estaba casi constantemente en guerra contra sus rivales europeos a todo lo largo de dicho periodo. Las instituciones de la nación fueron completamente regeneradas y revitalizadas, y a una distancia de cerca de dos siglos, la poderosa mano del Emperador puede aún ser vista en todas las grandes realizaciones de su reinado. La administración gubernamental fue reorganizada y la filosofía del derecho en Francia fue completamente revigorizada por medio de la creación del Código Civil, ulteriormente llamado Código Napoleón en honor del Emperador, quien jugó un papel clave en su nacimiento. Las escuelas y universidades fueron reestructuradas y modernizadas, y las instituciones estatales artísticas e intelectuales, tales como la Escuela de Bellas Artes y el Instituto de Francia fueron restablecidos y/o fortalecidos.

Tampoco el campo de la espiritualidad fue descuidado por Napoleón, quien restableció el viejo calendario Gregoriano y puso en obra la construcción de puentes de diálogo con los líderes de los diversos credos del Imperio. Una política de acercamiento fue llevada a cabo con la Iglesia Católica Romana, se les permitió a las congregaciones protestantes venerar libremente y un Gran Sanedrín de los líderes rabínicos de la época fue convocado en París bajo los auspicios del Emperador, el primero desde los tiempos de la antigüedad.

Habiendo consolidado su poder en los confines de la patria francesa y en los territorios y principados que había conquistado o anexado al hilo de los años, el Emperador extendió rápidamente su influencia monárquica en la zona constituida por los diversos Estados italianos de la época. Menos de cuatro meses después de su coronación como Emperador de los franceses, Napoleón era proclamado rey de Italia, añadiendo así una dignidad real italiana a la dignidad imperial francesa. De esta manera, reafirmaba su adhesión a la tradición carolingia de un imperio europeo unificado.

Primera distribución de la Legión de Honor, instituida por el Emperador, el 15 de julio de 1804 en la capilla de los Inválidos
El Emperador Napoleón hace entrega de la insignia de caballero al gran matemático Gaspard Monge. Cuadro de Jean-Baptiste Debret (1768–1848).

El 23 de mayo de 1805, ante una imponente muchedumbre reunida en la catedral de Milán, Napoleón colocaba sobre su propia cabeza la Corona de Hierro de Lombardía, que había sido forjada en el año de gracia 591 utilizando un clavo de la Verdadera Cruz. Esta corona que representa un lazo tangible con la gran herencia del Santo Imperio romano había sido portada por una serie de grandes emperadores europeos, entre los cuales el mismo Carlomagno, así como Carlos V, y era el símbolo poderoso de la transferencia de autoridad a la persona de Napoleón. Al elevar la corona hacia su propia frente, el nuevo rey de Italia pronunció la antigua fórmula de sucesión legítima a la dignidad real: « DIO ME LA DIEDE, GUAI A CHI LA TOCCA! » («¡Dios me la dio, guay a quien la toca!»). En concomitancia con este importante evento, creó otra orden de caballería: la Orden de la Corona de Hierro, que será otorgada a los soldados, administradores, funcionarios judiciales, artistas e intelectuales que hayan ayudado al apaciguamiento completo y al florecimiento de Italia bajo su mando.

A esta orden seguirían dos más, la Orden Imperial de las tres Toisones de de Oro y la Orden Imperial de la Reunión, pensadas ambas para recompensar una amplia paleta de servicios al Imperio tanto por naturales franceses como por los sujetos extranjeros. Aunque éstas dos instituciones caballerescas fueron más bien creaciones con de corta vida, ambas permanecieron en la imaginación pública, y la Orden Imperial de la Reunión serviría más tarde como uno de los elementos inspiradores para la moderna Orden Nacional del Mérito de la Quinta República francesa.

Aunque claramente inspirado de la creación histórica del Santo Imperio Romano por Carlomagno en el año 800 D.C., según el historiador Frédéric Bluche Napoleón no deseaba subir simplemente al trono del ahora decrépito coloso. «Estaría fuera de discusión para un soldado advenedizo reclamar la corona del Santo Imperio Romano», escribe Blucher. «Crearía un Nuevo imperio de Occidente, uno que se substituiría a las ruinas de su predecesor y lo remplazaría en la mente de los observadores del equilibrio europeo. Yendo aun más lejos, restauraría la idea en su forma más plena, ligada al imperialismo geográfico del Imperio Universal». Incluso el establecimiento de reinos dependientes y principados bajo el dominio de sus hermanos y hermanas era una manifestación moderna de la noción carolingia del Emperador como «soberano de Europa», y respetado desde el antiguo sistema de la Edad Media, con su cuidadosamente hilado tejido de dominación, dependencia y obligación feudal.

Conforme el Águila Imperial continuó su pasmoso vuelo a través de los cielos de la Europa de principios del Siglo XIX, la visión napoleónica de un continente unido y políticamente estable bajo la hegemonía francesa se acercó aún más al reino de lo realísticamente alcanzable. El Emperador constantemente miraba al pasado para inspirarse, no de las torpes, ineficaces y fundamentalmente no equitativas estructuras del Viejo régimen de los Borbones, sino al magnífico espectáculo del imperio carolingio en su cénit. Bajo la visionaria y casi profética tutela del gran Carlomagno, el Sacro Imperio Romano se había vuelto una realidad, y su poderoso nuevo conjunto de principados y reinos, bajo el ojo atento de su iletrado pero palpablemente brillante líder, fue reconocido nada menos que por el papa León III como Estado sucesor del gran Imperio Romano de la antigüedad. La coronación de Carlomagno por el papa León, que tuvo lugar en Roma el 25 de diciembre de del año 800, es uno de los eventos creadores de la historia moderna europea, y tuvo un eco poderoso más de 1,000 años después con la coronación de Napoleón en la catedral de Nuestra Señora de País, con la bendición del papa Pío VII, quien había sido llevado a París expresamente con ese propósito.

Para 1811, después de una década de incansable esfuerzos, el imperio de Napoleón estaba en su cénit, comprendiendo en su seno a Francia y los múltiples estados conquistados durante la Revolución, así como la Confederación del Rin, la Confederación suiza, el Gran ducado de Varsovia, el Reino de Italia, los Países Bajos y los Estados Pontificios. En 1810 había contraído nupcias dinásticas con la archiduquesa austriaca María Luisa, un gesto que él consideró marcar su entrada oficial a la exaltada compañía de los soberanos hereditarios de Europa. En 1811, María Luisa había dado a luz a su hijo y heredero, majestuosamente titulado Rey de Roma. Así pues, sus pensamientos estaban claramente orientados hacia la consolidación de su legado monárquico, así como al forjamiento de un Nuevo imperio europeo basado en el antiguo modelo carolingio. Durante ese periodo, el Emperador se encontraba en su punto más visionario, eligiendo cuidadosamente la conjunción pivote para asentar los fundamentos administrativos e inspiradores de lo que esperaba sería su creación milenaria.

En 1812, sin embargo, la Gran Armada de Napoleón incursionó precipitadamente en las tierras interiores rusas, pero pronto se encontró atrapada en un paraje extraño e inhóspito cuyos habitantes preferían quemar sus pueblos a ras antes que someterse a las fuerzas del conquistador imperial. Con sus tropas absolutamente diezmadas por una combinación de una tenaz guerrilla y los estragos incesantes y despiadados del invierno ruso, el Emperador derrotado se vio obligado a entablar la retirada, separándose a la larga de su desbaratado ejército para volver precipitadamente a París a través de la nieve.

Para la primavera de 1814, Napoleón había abdicado y había sido exiliado a la isla de Elba, que por el próximo año sería su pequeño dominio insular. Al regreso de Napoleón al poder en 1815, y a lo largo de los Cien Días de su ascendencia final, peleó una batalla desesperada para mantener su posición en un continente que se había vuelto decididamente contra él.

Durante los días de su Segundo exilio en la isla de Santa Helena, después de su derrota decisiva en la batalla de Waterloo el 18 de junio de 1815, Napoleón empezó a tejer los que se ha vuelto conocido como la leyenda napoleónica. Fue en Santa Helena, una posesión británica aislada y golpeada por los vientos que se encuentra en el corazón del Atlántico sur, a miles de millas de su amada Francia, que el Emperador empezó a abrirse a los fieles acompañantes y compatriotas a los que se había permitido acompañarlo hasta ahí. El más notable entre ellos era el Conde Emmanuel de Las Cases, un miembro de la nobleza real y napoleónica que será recordado por siempre como biógrafo y como secretario de su imperial señor, y que publicaría un libro con las reminiscencias de Napoleón conocido como el Memorial de Santa Helena.

El Emperador Napoleón dictando sus memorias en Santa Helena

A propósito de sus planes para un Gran Imperio que debía extenderse a todo lo largo y ancho de Europa, Napoleón indicó que deseó establecer los mismos principios, el mismo sistema por doquier. «Un código europeo», declare, «un tribunal de justicia europeo, con plenos poderes para enderezar toda mala decisión, como se enderezan en casa las de nuestros tribunales. Dinero del mismo valor pero con diferentes monedas, el mismo peso, las mismas medidas, las mismas leyes, etc.
De esa manera Europa se hubiera convertido pronto en un solo pueblo, y todo aquel que viajara se hubiese encontrado en casa por doquier…
»
Más tarde, ese mismo día, el Emperador se explayó aun más acerca de sus planes para un Imperio unido de Europa:

«Uno de mis grandes planes era el de la reunión, la concentración de esas mismas naciones geográficas que habían sido desunidas y fragmentadas por la revolución y la política. Estaban dispersas en Europa, más de treinta millones de franceses, quince millones de españoles, quince millones de italianos, y treinta millones de alemanes; y era mi intención incorporar cada uno de esos pueblos en una nación...»

Bajo su reinado, Napoleón asentó que «cada día el pueblo se anclaba más firmemente en la unidad de los principios y de las leyes; y también en la unidad de pensamiento y de sentimiento, ese cimiento seguro e infalible de concentración humana».

Finalmente, el Emperador hizo una predicción que hoy puede también parecer profética, puesto que vivimos en la era de una Europa unida con una moneda fuerte y dinámica, un continente que ha resistido a dos Guerras Mundiales y a un sufrimiento inconmensurable en el difícil camino hacia la unificación.

«Todos los eventos llevarán a esta concentración, tarde o temprano, por la fuerza de las cosas. La impulsión está dada; y creo que desde mi caída y la destrucción de mi sistema, ningún equilibrio puede posiblemente ser instaurado en Europa sin la concentración y la confederación de las principales naciones».

Serán necesarios ciento ochenta y tres años para que el sueño de Napoleón de una Europa unida se realice, pero el poder y la perspicacidad de su visión son incontestables, e imprimen mayor peso a la leyenda de su maestría en los ámbitos de la organización, la política y la diplomacia.

La cultura del Honor, el servicio y la emulación que fue alentada por el Imperio Napoleónico nunca se ha difuminado de la consciencia colectiva de la nación francesa, y más de doscientos años después de la creación de la Legión de Honor, miles de franceses, hombres y mujeres, se sienten estimulados a realizar esfuerzos siempre más grandes, a la vez públicos y privados, en busca de esta altamente preciada marca de distinción. La Revolución francesa y la era Napoleónica que le sucedió quebrantaron para siempre un mundo en el cual el nacimiento nobiliario, la riqueza, el poder y los lazos familiares habían reinado como únicas consideraciones para tener acceso a la élite de los círculos de poder e influencia en el Estado. En su lugar, y en gran medida como resultado de la influencia formativa y meritocrática de las grandes instituciones napoleónicas, emerge una nación en la que el servicio honorable, el sacrificio propio y la devoción constante al bien público son recompensados por las más nobles formas de reconocimiento que pueden ser otorgadas a un individuo en el mundo moderno.

Casi dos siglos después de su muerte, la amplitud y la magnitud de la visión militar, social y política de Napoleón I continúa asombrando a aquellos entre nosotros que nos consagramos al estudio de su legado personal como regente. Sus estructuras gubernamentales, modeladas según instituciones fundadas durante las más gloriosas épocas de la historia francesa y europea, eran al mismo tiempo las creaciones distintivas de un líder brillante y sucesoras modernas naturales de aquellas instituciones mismas. Se podría argumentar de manera razonable que estas creaciones napoleónicas sirvieron a la vez para redefinir y para revigorizar la noción misma de servicio al bien común, y que cada una, en su manera, representó una importante etapa, aún cuando desde nuestro punto de vista contemporáneo imponía a veces un alto en la vía de la democratización de las sociedades modernas de toda Europa.

El vuelo del Águila corsa, hijo de una pequeña pero orgullosa raza insular, fue increíblemente brillante y trágicamente breve, pero el recuerdo de sus hazañas y su relevancia permanente en el mundo moderno perduran como las piedras de ángulo indisputables sobre las cuales su gloriosa leyenda ha sido erigida en los ya casi dos siglos transcurridos desde que ocupó el Trono del Imperio francés.

Uno de sus mayores legados a la historia es su resurrección y revivificación de la tradición de la caballería que había florecido en Francia por más de un milenio, y que había dado forma a la vez a su destino y a sus valores desde la Era de Carlomagno.

De las cuatro órdenes Napoleónicas de caballería, sólo una subsiste hoy en día, pero el poder y la visión asociados a su fundación continúan inspirando a los estudiantes de historia, y portando un testimonio perpetuo del efímero milagro que fue el Grand Empire, precursor de la actual Unión Europea. De haber tenido éxito Napoleón en su búsqueda de una Europa unida según el modelo carolingio, la historia tal como la conocemos ahora bien podría haber sido muy diferente, y el acaecer de dos siglos de derramamiento de sangre, destrucción y sufrimiento indecible, podrían no haber ensombrecido las páginas de la historia humana.