Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
NAPOLEÓN POR SÍ MISMO

Por

Jean-Louis Sarrailh
Antiguo rector de la Academia de París y presidente del Consejo de la Universidad de la misma.
Cofundador del Instituto de Altos Estudios de América Latina (Institut des hautes études de l’Amérique latine) (1954) y de la Sociedad de Hispanistas Franceses (Société des hispanistes français) (1962).
Miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de Francia.

Jean-Louis Sarrailh
Jean-Louis Sarrailh
(1891-1964)
Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Artículo escrito en colaboración exclusiva para la sección “Lecturas Dominicales” del diario El Tiempo, de Bogotá, Colombia, del 24 de marzo de 1963.

Sobre el fondo tempestuoso de la revolución del 89 y de los 20 años siguientes, se destaca la figura de Napoleón, que hoy, gracias a la antología de sus escritos personales y sus confidencias, podemos conocer directamente, hasta sus repliegues más misteriosos.

Por primera vez tengo el honor insigne de colaborar en El Tiempo, cuyas columnas me abrió generosamente mi amigo el doctor Eduardo Santos, a quien tanto queremos sus amigos franceses, por su inteligencia privilegiada, su cultura humanística excepcional y su gran corazón. Cumpliendo con el deber de hospitalidad quiero dirigir un saludo muy especial a los lectores de El Tiempo, y especialmente a los colombianos distinguidos con los cuales tuve la suerte de trabar relaciones muy afectuosas en las visitas que me hicieron en la Sorbona, o a quienes encontré en varias reuniones internacionales Les aseguro que no los olvida el que firma estas líneas y en cuya benevolencia confía, si leyeren estos artículos periodísticos.

Acaba de publicarse en París, en la Librería Académica Perrin, un libro muy interesante cuyo título es el que encabeza nuestro artículo de hoy (1). Es una antología de textos de Napoleón y palabras suyas recogidas por varios amigos, sobre todo, por sus compañeros en el destierro cruel que sufrió en Santa Elena. Viene esa preciosa colección precedida por un prólogo del ilustre Jules Romains, así como cada capítulo por un comentario explicativo, prólogo y comentario que son páginas de alto valor histórico y psicológico.

No es necesario recordar a los cultos lectores de El Tiempo la fuerte personalidad de Jules Romains y el alto puesto que ocupa en la vida literaria de Francia, de ayer y de hoy. Al autor del celebérrimo « knock » (2), tan universalmente aplaudido por los públicos del mundo entero: al que creó el movimiento del unanimismo, que fue verdadera revolución estética, se debe la bien conocida serie de libros agrupados bajo el título « Los hombres de buena voluntad », que, así como la « Comedia Humana », de Balzac, lo fue de la época de la Restauración, es un panorama de la vida francesa desde principios del siglo actual, no solo de tipos individuales prodigiosamente retratados, sino también de distintas clases sociales y sus reaccione frente a los acontecimientos principales de nuestro tiempo. Esa obra quedará como documento de gran valor, fuertemente construida y mina inagotable de informaciones precisas, lo que no le quita el mérito excepcional de ser novela de primer orden. En ella se advierte claro el anhelo de Jules Romains de ser un verdadero historiador.

¿Qué clase de historiador? Nos lo dice Jules Romains en su libro « Souvenirs et Confidences » (3), de suma utilidad para quien quiera conocer los secretos del escritor: « La novela unanimista – dice – se esfuerza por captar primero la vida y los movimientos de la vida en sí misma, de los grupos que la componen, las corrientes psíquicas que la atraviesan modificándola ».
En lo que se refiere a los personajes que están incorporados en la obra, prosigue Romains, quiere, por el horror que profesa a lo abstracto cuando se trata de sus caracteres, que tengan una « intensa personalidad » y sean « totalmente individuales ». Preocupado hoy por la « historia », ¿qué época mejor que la de Napoleón, podía prestarse a Jules Romains para observar y describir un periodo de tan intensa vida, sacudida por agitaciones y convulsiones constantes, grupos heterogéneos que se mueven alrededor de Napoleón, hombre excepcional, de « intensa personalidad »?

Se ha venido hablando mucho en estos años de « aceleración de la historia ». ¿No es cierto que, desde cuando empezó la Revolución Francesa del 89, hasta la de 1830, se fueron multiplicando acontecimientos dramáticos, se sucedieron unos a otros, sin parar, regímenes constitucionales y políticos, en medio de luchas fratricidas y batallas sangrientas con los enemigos de fuera? Es justo pensar que si se hubiera verificado dicha teoría de la « aceleración, hubiéramos » debido asistir, en el siglo presente, « a una cascada de acontecimientos mucho más torrencial», según dice Romains, que concluye afirmando que la teoría esa no pasa de ser un curioso concepto literario, solo valedero en lo tocante a los desarrollos prodigiosos e increíbles de la ciencia y la técnica, que determinan portentosos progresos materiales pacíficos y constituyen al mismo tiempo espantosa amenaza guerrera. Pero a lo simplemente humano, otras épocas son más intensas y dramáticas. Por creerlo así no es extraño que Jules Romains haya consagrado largas meditaciones a Napoleón, a su ascensión al poder y a su derrumbamiento, tan prodigioso éste como aquella.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

Sobre el fondo tempestuoso de la Revolución del 89 y de los 20 años siguientes, se destaca la colosal figura de Napoleón, que hoy, gracias a la antología de sus escritos personales y sus confidencias hechas delante de escasos pero leales amigos, podemos conocer directamente, hasta en sus repliegues más misteriosos.
Desde su primera juventud se nos revela teniendo un altísimo concepto de su dignidad personal. En la escuela de artillería de Brienne, donde se encuentra con compañeros mucho más ricos y de familias más brillantes que los Bonaparte, le duele esa desigualdad – no dice inferioridad – y lo escribe así a su padre, cuando solo tiene doce años: « Si vos o mis protectores no me dais medios para sostenerme más decorosamente en esta casa, llamadme a vuestro lado y que sea enseguida. Estoy harto de ver reírse a unos escolares impertinentes que sólo me ganan por el dinero, porque no hay ni uno sólo que no esté a cien codos debajo de los nobles sentimientos que me animan ». Texto capital que inicia la curva ascendente de lo que llegará a ser orgullo, ambición descomunal, algunos años más tarde, y casi única pasión del cónsul y emperador, si se exceptúa el amor violento y carnal que le inspiró la bella Josefina, a quien escribió, en una carta llena de celos angustiados: « ¿Cuál es, pues tu extraño poder, incomparable Josefina? Uno de tus pensamientos envenena mi vida, desgarra mi corazón… Si acaso reñimos, tú deberías apelar a mi corazón mi conciencia: tú los has seducido, todavía son tuyos »; y termina la carta con el envío de « tres besos, uno sobre tu corazón, otro sobre tu boca, otro sobre tus ojos ». Nunca fue así con su segunda mujer, la emperatriz María Luisa, a quien profesó estima, hasta amistad, amor, no; pasión, como decía Stendhal, no.

Ambición, pues, móvil poderoso, nico [sic] de la vida de Napoleón. Él mismo, bien pronto, había comprendido ese sentimiento que lo dominaba cuando presentó a la Academia de Lyon una memoria sobre la felicidad, tema del concurso de 1790, en un escrito que tuvo muy mala calificación, a pesar de las ideas que le había inspirado Juan Jacobo, a quien entonces admiraba con honda devoción. Se pueden leer allí frases muy significativas: « La ambición que animó a Carlos Quinto, Felipe Segundo, Luis Catorce, es, como todas las pasiones, desordenada, violenta y solo termina con la vida, así como un incendio, favorecido por un vendaval irresistible, no acaba sino después de haberlo consumido todo ». Declaración de juventud, como lo fue también la carta a su pare cuando era apenas un cadete…

Durante el curso de su vida se multiplican las manifestaciones de orgullo y ambición, no solo en su política y sed de conquistas, por ejemplo, en el sueño de apoderarse de Egipto y Asia, como pensaba hacerlo Alejandro el Grande, su modelo eterno, sino en cartas o conversaciones privadas. Una vez llegó a decir un amigo, al hablar de sus hermanos José, al cual había instalado en el trono de España, y Luis, rey de Holanda: « ¿Se olvida usted de que sin mí no serían nada, que solo son grandes porque los hice grandes? No puedo soportar que se les ponga a mi lado, en la misma línea ». Otra vez, con más claridad, si es posible, confiesa Roeder: « Quiero el poder, yo, pero lo quiero como artista, lo quiero como un músico a su violín ». Asegura que « el poder es su querida », pero agrega que para conquistarlo le fue preciso realizar esfuerzos ímprobos: « Aunque me diga usted que el poder me ha venido como de sí mismo, yo sé las penas, vigilias y combinaciones [que] me costó alcanzarlo ».
Así pues, el que de obscuro teniente llegó, por un tiempo, a ser el sucesor de Carlomagno, sintió siempre, a lo largo de su carrera vertiginosa, el aguijón irresistible de la ambición más grande que pueda concebirse.
Pero hasta cierto punto, bien podía justificarla, a sus propios ojos por lo menos. Formidable trabajador, siempre enérgico y seguro de sí mismo, espíritu preciso, que ignoraba las tergiversaciones y ejecutaba en el acto lo que resolvía en el silencio y el secreto de largas meditaciones, todo esto hacía pensar a Napoleón que era en grado máximo superior a los demás hombres. Además se creía poseedor de un genio de origen sobrenatural, tanto militar como literario (y por cierto fue grande orador cuando lanzaba a sus tropas brillantes proclamas, encendidas y exaltadoras), diplomático y estadista. De ese genio acertó un día a decir: « Mi hermano José no es militar. Lo soy yo, porque es el don peculiar que recibí al nacer ». Así, se consideraba como un ser excepcional, a quien la fortuna le había concedido, generosa y misteriosamente, dotes prodigiosas e innatas. Creía en su buena estrella, hasta en los días más sombríos, y ese hombre « fuera de serie », que en el fondo era racionalista, formado a fines del siglo XVIII por el pensamiento de los filósofos, por Rousseau, su primera admiración, reemplazado más tarde por Voltaire, escribió páginas demasiado olvidadas sobre la fe en la ciencia y los progresos materiales que se le deberían en el futuro. Tenía sus puntos y ribetes de supersticioso. También de fatalista.

En este realista, enemigo en principio de toda mística, la idea de suerte llegó a tener su carácter místico. Dice justamente Jules Romains: « Estaba convencido de que potencias obscuras, que no se encargaba de definir, no lo abandonarían », y de que sucedería siempre lo que debía ocurrir. Un fatalismo de tipo árabe venía a apoyar en las horas angustiosas una superstición a lo italiano, heredada quizás del ambiente familiar. Así lo confirman las frases suyas: « acostumbrado a las balas en las batallas, y sabiendo cuán inútil es querer preservarse de ellas, me abandonaba a mi sino… Después, cuando llegué al mando supremo, tuve que creerme todavía en medio de las batallas; las conspiraciones eran balas. Seguí mi derrotero. Me abandoné a mi estrella, dejando a la policía el cuidado de las precauciones ». ¿No es eso, por cierto, lo que algunos dictadores contemporáneos deben pensar cuando sus vidas están expuestas a los atentados de sus adversarios?
Otro rasgo característico de Napoleón, es lo que se podría llamar su grande habilidad política, y que también contribuye a explicar su ascensión fulminante al poder supremo, tanto como la ambición, su motor constante. Supo siempre adaptarse a las circunstancias, tan variadas y antinómicas y modificar su comportamiento, humano y político, según lo exigía el momento. Si en su juventud admiraba ruidosamente a Paoli, campeón de la independencia de Córcega, luego más tarde lo abandonó y hasta lo llenó de improperios, cuando, dueño de Francia, no podía permitir una actitud separatista en su compatriota. Tuvo igual cambio de actitud con su protector, el poderoso Barras, el cual le había ascendido, de capitán a general de brigada, en el momento del sitio de Toulon. De él, en Santa Elena, dijo que era « de la mayor inmoralidad, perdido de vicios, sinvergüenza ». Después de haber sido partidario incondicional de la Revolución y gran admirador de Robespierre y Marat durante la época del Terror, no vaciló en agregarse a los hombres de la reacción termidoriana, y habiendo comprendido que el país entero deseaba paz y orden, se volvió el campeón decidido de esa nueva política. « Tenía – escribe el autor de la Antología –, mucho respeto por el triunfo, muy poco por las causas perdidas ».

Jules Romains (1885-1972)
Fundador de movimiento unanimista y, exiliado en México, del Instituto Francés de América Latina (IFAL). Miembro de la Academia francesa (1946).

Nadie mejor que él supo halagar a la opinión pública, al mismo tiempo que una propaganda bien dirigida enaltecía sus méritos de gran general, triunfador sobre reyes y emperadores; de jefe de gobierno que no dejó de trabajar por la felicidad y la reconciliación de los franceses. Repitió sin tregua, y mandó repetir por sus representantes, que todo marchaba muy bien desde cuando dirigía el país con firmeza y energía: « El gobierno es fuerte, mi pulso es firme, los funcionarios saben que no dejo sueltas las riendas… Los ciudadanos, todos, todas las propiedades, son protegidos igualmente… Ya no hay vejaciones, ni odios, ni partidos, merced a mí ». « Algunos – dice – no se dieron cuenta de lo que soy. No quise ser nunca el hombre de un partido cualquiera… He sido rey del pueblo, he gobernado por él, por su interés… Por eso me quiere el pueblo francés ».

¿Ilusión o habilidad de cuantos Césares hubo en el mundo y quisieron convencer a sus pueblos de que son indispensables para asegurar su grandeza y su prosperidad? »
Por lo que hemos entresacado de los escritos y palabras de Napoleón, se podría inferir cuánto se afanarían para tomarlo como modelo los que después les arrebataron la libertad a los ciudadanos, que transformaron en súbditos; los dictadores que, en lo que va del siglo, quisieron, costare lo que costare, imponer su poder absoluto a la nación. « No hay más autoridad que la mía », decía Napoleón. Fácil es repetirlo por los imitadores, que también, como él, bien pueden afirmar que no convienen « constituciones », ni « cuerpos deliberativos », ni « cuerpo legislativo », ni « partidos »; todo eso en discursos vehementes, apasionados e irónicos.
Pero parecerse a Napoleón es difícil, imposible probablemente, según la historia reciente lo demuestra ampliamente. Solo se le puede « copiar », y el retrato suyo, en sus imitadores, se vuelve caricatura o falsificación.

NOTAS

1) Napoléon par lui-même, de Jules Romains. París, Librairie Académique Perrin, 1963.
2) Knock ou le triomphe de la médecine (1923).
3) Souvenirs et confidences d’un écrivain. Jules Romains. Fayard, 1958.