Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
LA SORPRENDENTE HISTORIA DE LA FIESTA DE
SAN NAPOLEÓN
San Napoleón, patrón de los guerreros
Estampa popular de la época.

Por

Jacques-Philippe de Champagnac

Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Quizás sus vacaciones le darán la ocasión de visitar la venerable iglesia románica de San Hilario en Melle (Deux-Sèvres) y la antigua iglesia abacial Santa Cruz en Quimperlé (Finisterre), bella también, aunque restaurada sin mesura. Estos dos santuarios presentan la muy curiosa particularidad de haber estado en un momento puestas bajo el vocablo de san Napoleón.

San Napoleón… singular nombre de bautizo. Algunos estiman que se trata en realidad de un sobrenombre, de un apodo a veces, que designaba desde la Edad Media, en Italia, a los habitantes de Nápoles que habían dejado su ciudad. Se decía, por ejemplo, en Roma o en Génova: Mario Napoleone, Mario el napolitano. Esta habitud parece haber entrado en las costumbres en Córcega en el siglo XVI. Sin embargo, posteriormente, vuelto un nombre, Napoleone, – Napoléon en su forma francesa – seguía teniendo un uso restringido. Entonces, ¿por qué razón el futuro emperador fue llamado así?
Fue su joven madre de diecinueve años quien lo decidió, dícese, en recuerdo de un tío abuelo que llevaba ese nombre y había desaparecido el año precedente. Había, como Carlos Bonaparte, combatido la presencia francesa en la isla.

 

PORTALIS PROPONE EL 15 DE AGOSTO

Jean-Étienne-Marie Portalis (1746 -1807)
Ministro de los Cultos del 11 de julio de 1804 al 25 de agosto de 1807.
Grabado (detalle) de Henri-Félix-Emmanuel Philippoteaux (1815–1884).
Después de que Napoleón, el 18 de mayo de 1804, hubiera recibido del Senado, hábilmente maniobrado por Fouché, la dignidad imperial, se preocuparon a partir de los meses siguientes – para situar mejor la orientación conservadora del régimen – en crear una gran fiesta que colocase los destinos del orden nuevo bajo la protección de una suerte de santo patrón.
San Napoleón representado en la Iglesia del Chesnay
Este hermoso vitral fue donado en 1882 al recinto por la Sra. Furtado Hein, esposa del nieto del Mariscal Ney. Fotografía de Olivier Chauvelin.
¿Idea primigenia del Emperador o de Portalis, ese jurisconsulto que, después de haber sido presidente del Consejo de los Ancianos y el principal redactor del Código civil, se había vuelto ministro de los Cultos?
Napoleón, al parecer, pensó primero en « otro » emperador, Carlomagno, pero la canonización del gran hombre de las cinco esposas, aun cuando no hubiese sido anulado desde el siglo XII, no era menos la obra de un antipapa, Pascual III, quien habría querido darle gusto a Federico I Barbarroja. Y además el día de San Carlomagno se celebra el 28 de enero. Una muy mala fecha: «Es preciso que la estación favorezca el desarrollo de las solemnidades para que puedan ser verdaderamente solemnes» (1) (« galimatías » extraño en la pluma de un jurista), escribía Portalis en su reporte al Emperador el 12 de febrero de 1806, relación en la que parecía interesarse únicamente en el día de la ceremonia. Proponía el 15 de agosto. Ciertamente, estaba la Asunción y el voto de Luis XIII: « ¿Qué importa?, afirmaba el ministro, ¿qué importa? Al contrario hay que relacionar a una fiesta ya instituida la fiesta que se quiere instituir ». Seguía sin preocuparse de una fútil elegancia de escritura. Y continuaba: « Hay que borrar antiguos recuerdos por recuerdos recientes y gloriosos, a fin de que la fiestas del Antiguo Régimen no hagan palidecer con su resplandor las del nuevo y que estos últimos sirvan para hacer olvidar a la realeza ».
No mencionaba el argumento más importante y en el cual había evidentemente pensado desde el principio: el 15 de agosto marcaba el aniversario del nacimiento de su amo:
– Propongo, concluía, en un gran arresto de halago, y siempre en su estilo muy particular, propongo pues ese día a Vuestra Majestad Imperial y Real como el que hay que escoger para que se vuelva la señal del pacto que la Victoria ha concluido con «vuestros» ejércitos.
Se tenía el día, pero todavía no el santo. Portalis no había osado llevar el halago hasta designar al santo patrón del Emperador. Éste se encargó de ello. Decidió, desde el 19 de febrero, que la fiesta del 15 de agosto sería también la de san Napoleón.
Fue entonces cuando las dificultades comenzaron. ¡San Napoleón!... ¿Pero había existido, y cuándo? Se buscó, se buscó, se buscó. Se mandó llamar, por supuesto, a la Iglesia que, muy dispuesta en su conjunto a satisfacer al régimen, consultó en vano las acta sanctorum, los menologios griegos, el gran y pequeño martirologio romano. Nada, no se encontró nada. Ni el menor rastro, de algún san Napoleón.

El Emperador se impacientaba. Fue entonces cuando el legado del Papa, Caprara, salvó la situación. Era muy hábil. Había concluido el Concordato de 1801 y había, en 1805, en Milán, consagrado a Napoleón rey de Italia. Caprara redactó un extraordinario documento en el cual afirmó al fin haber descubierto en el martirologio establecido por san Jerónimo a fines del siglo IV – martirologio que no obstante había sido cuidadosamente consultado – a un cierto Neopolus (2) que quien había muerto en Alejandría en 291, horrorosamente martirizado durante las sangrientas persecuciones del emperador romano Diocleciano. Aquel Neopolus era por añadidura – al menos todo podía dejarlo suponer – un jefe militar.

« ¡De los bordes del Tíber a los del Vístula, de las orillas del Tajo a las del Danubio, de la antigua Córcira a la isla de Rügen, de la ciudad donde reinó Carlos Quinto, a la ciudad antigua de los Césares, a aquella donde estuvo la sede del Imperio de los Germanos, el mismo día, a la misma hora, el bronce tonando en los aires ha anunciado la Fiesta de Napoleón!
El mismo día, a la misma hora, el himno de la Victoria y del Agradecimiento a retumbado en cien mil Templos consagrados al Señor.
Cien pueblos diversos se han reunido al pie de los Altares para celebrar el nacimiento de aquel al que el universo admira, por quien el Dios de los destinos cambia y rehace, agranda o estrecha, destruye o conserva los Estados y sus banderas, y sus Jefes y sus Leyes.
¡La Tierra cuenta la gloria de Napoleón como los Cielos cuentan la del Señor!... »
Le Journal des curés (« El Diario de los curas ») de los días 15 y 16 de agosto de 1809.

 

CÓMO NEOPOLUS SE VOLVIÓ NAPOLEÓN

« Neopolus, escribía el legado, Néopolus, según la manera de pronunciar que se introdujo en Italia en la Edad Media, fue llamado Napoleo, luego, en italiano moderno, Napoleone. Fue ilustre por su nacimiento y por el rango que ocupaba, pero más ilustre aún por la firmeza inquebrantable con la cual confesó a Jesucristo, en medio de los tormentos. Quedado medio muerto tras haber sufrido los más crueles suplicios y echado en prisión, murió de sus heridas y, mártir de Jesucristo, se durmió en la paz del Señor».
Capara había «bien hecho las cosas ».
Notemos que a la muerte del legado, cuatro años más tarde, Napoleón ordenó que fuera inhumado en la iglesia Santa Genoveva – antiguo Panteón devuelto al culto –, ¡esa iglesia que Portalis, en su arrebato, había propuesto colocar bajo el doble vocablo de la patrona de París y de san Napoleón!

Y llegó el 15 de agosto de 1806, el gran día de la primera celebración del día de san Napoleón, con solemnes procesiones en toda las ciudades, en las que participaron los cuerpos constituidos, todas las autoridades militares y civiles, en París los embajadores, los ministros, los mariscales, el Senado, el Tribunado, rodeando y siguiendo la bandea del mártir de Alejandría, según las prescripciones de Portalis. Éste constató, en un nuevo gran arrobo de lirismo y en términos decididamente muy personales, que « la religión sola puede consagrar la solemnidades y perpetuarlas ». Y escribirá el año siguiente, poco antes de su muerte: « esta nueva fiesta se ha vuelto, por así decirlo, antigua ». Remarquemos que era, desde hacía unos meses, miembro de la Academia francesa.

San Napoleón. Tuvo sus altares, sus estatuas, sus estatuillas, sus grabados, sus cuadros ecuestres representándolo en combate, con la cabeza aureolada. Se llevó a veces la servil adulación hasta darle un parecido con el Emperador. Se proyectó la edificación en el futuro barrio de la Bolsa en París, de una iglesia dedicada a su culto. Tuvo sus imágenes, sus imágenes piadosas como «patrón de los guerreros», sus cánticos, su plegaria:

San Napoleón
Estatua en madera polícroma situada en la iglesia San Andrés de Argent sur Sauldre, Córcega.
 
O Dios fuerte y poderoso, protector de los ejércitos que combaten en Vuestro nombre por la conservación de Vuestra Iglesia, haced que lo ejemplos y las instrucciones que nos ha dejado el glorioso San Napoleón nos hagan triunfar sobre los enemigos que tratasen de turbarnos en el tranquilo ejercicio de Vuestros santos misterios y que buscaran disminuir la fe de los fieles que Vos dignáis iluminar y proteger. Por Nuestro Señor Jesucristo, Así sea.
 

El culto del mártir de Alejandría y la celebración de su fiesta no sobrevivieron evidentemente al Imperio. La ordenanza real del 16 de julio de 1814 los suprimió. Los volvemos a encontrar con Napoleón III quien los adoptó sin ningún entusiasmo, para desaparecer definitivamente en 1870. Ya no hay día de san Napoleón...

Decreto Imperial concerniente a la fiesta de San Napoleón y a la del restablecimiento de la religión católica en Francia
«Napoleón, Emperador de los franceses, rey de Italia;
Sobre el reporte de nuestro ministro de los cultos;
Hemos decretado y decretamos lo que sigue:
Título I°
Artículo Primero
La fiesta de san Napoleón y la del restablecimiento de la religión católica en Francia, serán celebradas, en toda la extensión del Imperio, el 15 de agosto de cada año, día de la Asunción, y época de la conclusión del Concordato.
II
Habrá dicho día una procesión fuera de la iglesia en todas las comunas donde el ejercicio externo del culto está autorizado; en las demás, la procesión tendrá lugar en el interior de la iglesia».

NOTAS:
1) Redundancia en el texto original.
2) Mártir egipcio capturado y brutalmente torturado durante la Gran Persecución del emperador Diocleciano, Neópolo es evocado en el Martirologio romano como sigue: « En Roma los santos mártires Saturnino, Neopolo, Germano, y Celestino, los cuales después de haber sufrido muchos tormentos, al final murieron en prisión ». El Martirologio Jeronimiano sitúa en cambo el martirio de Neópolo en Alejandría, Egipto. El santo moriría de sus heridas mientras era llevado a su prisión.