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El Listón Rojo.
El Listón Rojo - Le Ruban Rouge.
 
 
INTRODUCCIÓN AL ANÁLISIS DE LOS VALORES
Por el Señor
Roger Duchesne
Ex-secretario del Círculo Austerlitz.
Caballero de la Legión de Honor
Recipiendario de la Medalla Militar
Cruz de Guerra, Cruz del Combatiente Voluntario

El Sr. Duchesne
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia

Lo más lejos que remontemos en el pasado del hombre, quedamos impresionados por el hecho de que éste, a través de todas las épocas, ha tratado por medio de leyes orales o escritas, de los consejos, incluso de avisos, de los más viejos a los más jóvenes, de hacer surgir lo que llamaría pretiles morales, por el bien del individuo, representando así una de las formas morales de protección primitiva.

No hablemos de la Prehistoria de la que nada sabemos en lo que concierne a este problema. Es probablemente cierto que los pequeños grupos humanos de aquella difícil época mantenían reflexiones sobre la autoridad y las responsabilidades del jefe de clan. Podemos constatar este hecho en las sociedades primitivas de la Amazonia, por ejemplo.
Más tarde, a nivel del neolítico, periodo « fasto » en el que nuestros ancestros van a inventar una forma de vida nueva, leyes orales ligadas a las tradiciones ancestrales serán aplicadas para balancear entre lo que hay que hacer, o no hacer, a saber el deseo de apropiación por medio de la astucia o la fuerza, que se opondrá al deseo de conservación para el interés general o particular.

Por su naturaleza el hombre inclina hacia el mal, buscando a armonizarse con lo que está prohibido. Por ejemplo, robar es más fácil de realizar que resistir a la tentación. Así pues hay que invertir esta tendencia obligándola a enderezarse hacia el polo contrario, es decir el bien. Se llegará a ello codificando ciertos valores estimados necesarios para realizar el arte de vivir sin problemas mayores.
Así es como a la aurora de la constitución de los estados que se produjo en el Medio Oriente, constatamos en lo que es la cuna de la más antigua civilización, en donde van a hacer eclosión feroces conquistadores -los Asirio-babilonios- que aparecen las pruebas formales del deseo de codificación de la vida del hombre a través del famoso código de Hamurabi, en forma de 282 artículos. En suma, la edición jurídica del Dalloz por adelantado.
Este texto permite admirar, entre otras cosas, la perfección de la reflexión real para codificar y unificar la administración y la justicia. Antes de ese soberano perfeccionista, toda la ley era oral. A partir de ese periodo de la historia, las leyes « destinadas a ser eternas » serán grabadas en la piedra. ¡Malhaya a quien las transgreda, los Dioses estarán contra él!!!

Después de muchos milenarios de balbuceos en la utilización de las leyes, acaece la luz que surge de la pequeña Grecia, cuna y madre de nuestra civilización, gracias a la cual nos convertimos en seres que sabemos razonar transformándonos en los hijos de una filosofía a base de moral. Esta moral, de la cual el Larousse dice que es « el conjunto de reglas de conducta consideradas como buenas de manera absoluta o derivando de una cierta concepción de la vida ».
En el establecimiento de la moral, al principio con los griegos, hallamos a Sócrates (470 a 399 antes de J.C.) quien iniciará Platón (427 a 348 A.C.) quien, él mismo, enseñará a Aristóteles (344 a 322 A.C.). A través de estos tres hombres que nos ha legado la antigüedad se inscribe la trilogía del sentido de los valores de los cuales medimos, dos mil años después, los beneficios para templar nuestras acciones negativas.

Sócrates fue el fundador de la filosofía moral y considerada por Kant como el ideal de la razón.
Platón idealiza la ciudad perfecta que viene después del desmoronamiento político y moral de Atenas. En esta nueva ciudad todo está regulado por leyes perfectas para ayudar a los ciudadanos a bien vivir entre ellos.
Aristóteles razona sobre la libertad del hombre y las virtudes necesarias para bien vivir.
Después de ellos vinieron Plotino, neoplatónico, y enseguida Epitecto, estoico, deseoso de orientar al hombre sobre una conducta a base de placer.

Obligatoriamente el hombre se refiere a la sociedad, como la mayoría de los agrupamientos de animales. De ahí la búsqueda, por el buen entendimiento, de una codificación de las reglas de conducta, representadas por valores morales, conforme a cada ser, por el bien del conjunto, que se funde justamente en esas reglas, que permiten a todos vivir armoniosamente respetando a su prójimo.

El valor moral se juzga por el mismo rasero del individuo o de la sociedad en la que vive. Llegamos así al ideal de perfección, como bien supremo, pero nunca alcanzado. Su desmoronamiento es cíclico en toda sociedad organizada y siempre ligada a los eventos y a una época. Se puede decir banalmente que sigue la curva en forma de dientes de sierra de los eventos históricos.

Los valores morales molestan siempre a quienes los niegan, o los infringen, de ahí la necesidad para éstos últimos de combatirlos. La base del valor moral es ya sea étnica, ya sea religiosa, o ambas, y diferente según las razas, de ahí las naciones. Así un japonés defiende su honor por medio del Harakiri, el europeo de antes del Siglo XIX por el duelo, el Apache por el asesinato, etc.

Ciertos eventos llevan a un límite total de intolerancia. Así, después de mayo de 1968, fue de buen tono ridiculizar a la familia, al refinamiento de la moda, al ejército, a la policía, a la religión, a la cortesía y toda forma de autoridad presentando como conveniente lo que antaño se rechazaba, ejemplo el incesto, la homosexualidad, la vulgaridad de lenguaje o vestimentario, la desconsideración, etc.

En lo que concierne a las religiones, constatamos en ese caso también que tratan desde los albores de la civilización de regular la suerte del hombre. Más tarde, será lo mismo con el judaísmo, el brahmanismo, el budismo, el cristianismo y enseguida el islamismo. Cada creador de estas religiones, Moisés, Brahma, Buda, Jesucristo o Mahoma, fueron stricto senso « hombres de leyes inspirados » quienes, a partir de los « dioses del cielo », trataron de templar el lado malo del hombre, por medio de la amenaza de castigos futuros, incluso inmediatos, provenientes « de lo Alto ».

 
Círculo Austerlitz: "Honneur et Patrie".