| 24
de diciembre de 1941 |
| LA
ADHESIÓN DE SAN-PEDRO
Y MIQUELÓN A LA
FRANCIA LIBRE |
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| Desfile
de marinos en San Pedro,
enero de 1942. |
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Por
el Señor |
André
Bessière
Héroe
de Guerra
Presidente
del Círculo Austerlitz
Presidente de la Peña de
los Resistentes Deportados Tatuados
del 27 de Abril de 1944
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| Sr.
Bessière |
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Traducción
de la Francósfera México-Francia
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En
el transcurso de su existencia, la hora
de la cuasi unanimidad francesa sonará
tres veces para el general de Gaulle.
Una primera vez en el minúsculo
archipiélago de San Pedro y Miquelón
en diciembre de 1941. La segunda vez,
realización de su vocación
victoriosa, durante la liberación
de Francia, en París, en agosto
de 1944. Finalmente la tercera vez, repetición
del mismo triunfo, a su regreso al poder,
en mayo de 1958.
De estos tres episodios, el más
significativo de la resistencia gaullista
y del renacimiento francés, sin
el cual los otros dos no hubieran podido
tener lugar, es sin duda el de San Pedro
y Miquelón donde, por vez primera
el 25 de diciembre de 1941, una población
de origen exclusivamente francés
lo plebiscita.
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La
catedral de
San Pedro
Arriba a la
derecha, vista
lateral de
la misma.
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Destino
excepcional, el de este microscópico
archipiélago francés
situado a unos veinte kilómetros
de Terranova, a más de
4000 kilómetros de las
costas de Francia, convertido
al azar de los tratados y de las
guerras contra Inglaterra en el
último jirón del
vasto imperio colonial francés
del Nuevo Mundo. Desde esa época,
San Pedro y Miquelón sufre
estrechamente los azares de la
metrópolis. Cuando ésta
es victoriosa, la presencia francesa
se consolida, cuando es vencida,
los británicos se instalan
en él. Todo el siglo XVIII
e inicio del XIX reflejan esos
flujos y reflujos en cuyo transcurso
la pequeña colonia se alinea
con la madre patria lejana y comparte
con ella las vicisitudes tanto
externas como internas.
Este paralelismo impresionante
de destino más allá
de 900 leguas se acentúa
tras la capitulación de
Francia en junio de 1940. Por
iniciativa de Gilbert de Bournat,
gobernador administrador, los
representantes de unos 5000 habitantes
del archipiélago examinan
la nueva situación creada
por la derrota de Francia y la
ocupación de una gran parte
de su territorio. Muy mal informada
de la evolución del régimen
político desde el 17 de
junio, la treintena de personalidades
locales presentes decide enviar
un telegrama al presidente de
la república para asegurar
a Francia el apoyo activo de su
colonia del Atlántico Norte.
Durante
el intercambio de vistas previo
a la redacción del mensaje,
una viva discusión opone
a Gilbert de Bournat al presidente
de los ex-combatientes, negándose
el gobernador categóricamente
a incluir en el texto el deseo
de la población de alistarse
bajo la bandera del general de
Gaulle. Finalmente, después
de numerosas tergiversaciones,
los participantes se ponen de
acuerdo en un libelo. Al término
de la reunión, despidiéndose
cortésmente uno de otro,
los dos hombres, de opiniones
contradictorias ya perfectamente
establecidas, saben que el porvenir
va a enfrentarlos ferozmente uno
contra el otro. Así, a
ejemplo de la Metrópolis,
la división está
igualmente inscrita en la historia
por venir de las islas.
El telegrama que el administrador
dirige la noche misma al Sr. Albert
Lebrun es soberbio de inocencia
política, y de desconocimiento
de los eventos y de las posibilidades
del archipiélago:
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«
Población unánime de
San Pedro y Miquelón lista a todos
los sacrificios, les suplico continuar
lucha contra invasores con ayuda de todas
las colonias francesas y colaboración
fraternal del Imperio Británico.
¡Viva Francia Inmortal! »
Algunos
días después, en Mers-el-Kebir
el 3 de julio de 1940, la agresión
de la flota inglesa contra los navíos
franceses hace temer que las hostilidades
estallen entre la Francia de Pétain
y la Inglaterra de Churchill. Charles
de Gaulle, que evidentemente no permanecería
en territorio británico, contempla,
si las cosas se arruinan, transferirse
a San Pedro y Miquelón. Pero el
gobierno de Vichy, sin duda alertado por
de Bournat, envía un aviso, la
« Ville d’Ys »
para confirmar sus derechos sobre la isla.
A partir de ese momento, para de Gaulle
de ninguna manera deberá correr
sangre francesa entre franceses después
del drama de los 1300 muertos de Mers-el-Kebir.
Es el
momento que eligen los gobiernos estadounidense
y canadiense para decretar el bloqueo
del archipiélago. El almirantazgo
francés da la orden a todas las
traineras metropolitanas que pescan en
los bancos de reunirse en el puerto de
San Pedro. Esta decisión, en pleno
periodo de pesca, tiene como efecto el
doblar la población masculina y
plantear un agudo problema de avituallamiento.
A cambio de la garantía de que
ningún navío de las fuerzas
el Eje hará escala en San Pedro,
los Estados Unidos y Canadá autorizan
al gobernador a retener fondos sobre los
haberes de Francia en cada uno de sus
países a fin de permitirle abastecer
las islas: es el statu quo.
Mientras tanto, muchas colonias de África,
las Nuevas Hibrides, Camerún, el
Congo, Chad y Ubangui, así como
las factorías francesas de India
y Tahití, se incorporan a la Francia
Libre, exacerbando los sentimientos patrióticos
de los múltiples partisanos isleños
del general de Gaulle.
Condenando a los cafés del burgo
a cerrar dos horas más temprano
con el fin de evitar toda manifestación
gaullista nocturna, Gilbert de Bournat
levanta a una gran parte de la población
contra él y los incidentes se multiplican.
Informado de los eventos sampedranos,
el Comité terranovense de la Francia
Libre envía, el 13 de septiembre,
a tres delegados que llevan un mensaje
del general a los ex-combatientes, mismo
que el presidente se apresura a comunicar
a sus adherentes convocados en Asamblea
general extraordinaria. Apenas ha terminado
su lectura cuando el auditorio se levanta
espontáneamente para puntuar con
una Marsellesa la solemnidad del instante.
Cuando ha vuelto el silencio el presidente
lee el proyecto de respuesta en forma
de incorporación a la Francia Libre
y al imperio británico que es votado
a unanimidad de los presentes.
En el
otro extremo del Atlántico, en
el momento en que recibe este telegrama,
el general de Gaulle prepara justamente
la liberación de Senegal. Confiando
en el éxito que debe probar a los
Aliados la incorporación a su movimiento
de las poblaciones francesas aún
libres de determinar su elección,
telegrafía al almirante Muselier,
quedado en Londres, que ha llegado el
momento de preparar la toma de esta pequeña
posesión francesa del Atlántico
Norte.
El 23 de septiembre de 1940 comienzan
las operaciones en la rada de Dakar.
Contrariamente a la espera del General,
su cuerpo de desembarco, apoyado por los
navíos británicos, es recibido
a cañonazos y disparos de fusil
por la Marina nacional y las tropas que
han permanecido leales a Vichy. El 25
de septiembre hay que renunciar, la A.O.F
(1) se niega a unirse
a la disidencia: el asunto es fallado
por el jefe de la Francia Libre, de inmediato
considerado responsable del fracaso.
En Vichy, se echan campanas al vuelo…
En Washington, los sarcasmos estallan…
En Londres, cunde la ira y el 18 de octubre
los ingleses dan a conocer su respuesta
negativa al plan de ocupación de
las islas que les había transmitido
el almirante Muselier.
En San Pedro, como consecuencia de este
revés gaullista y de esta reculada
británica, los partisanos de Vichy
levantan la cabeza y de Bournat reprime
vigorosamente todas las manifestaciones
anti petainistas.
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En
el momento en que el andamio todavía
frágil de su movimiento liberador
amenaza con desmoronarse, ¿va
de Gaulle a abandonarse a su fracaso?
¡Es conocerle mal! Lejos de
desalentarse, la adversidad le estimula.
Cuando las resistencias se agravan
y los riesgos se multiplican, da
su plena mesura. Es el hombre de
los partidos extremos, de las situaciones
críticas. Para superarlas,
continua en su impulso ignorando
todas las fuerzas que pudieran hacerle
desviarse de su trayectoria. Jefe
de un embrión de Estado que
no puede existir más que
por los Aliados, no vacila en transtornar
sus intenciones políticas,
comenzando por los Estados Unidos…
El almirante Muselier, cuyo carácter
sin embargo no es de los más
fáciles, será uno
de los primeros en sufrir los efectos.
En junio de 1940, único oficial
general en haberse presentado en
Londres, de Gaulle, que no dispone
más de un capitán
de navío que de un comandante
de aviación, le había
nombrado al doble comando de las
Fuerzas Marítimas Aéreas
Francesas libres.
Muselier se atribuía inmediatamente
un papel de primer plano en el desarrollo
de la guerra y tomaba decisiones
sin referirlas: como ejemplo, impone
el estatuto de la Marina Francesa
Libre prescribiendo en especial
arbolar la insignia, que se hará
legendaria, de la Cruz de Lorena.
En noviembre de 1941, cuando el
desembarco en el archipiélago
regresa al primer plano de las intenciones
del General, sus relaciones son
todavía oficialmente excelentes.
El proyecto vuelve a subir a la
superficie pues la estación
de radio que posee la pequeña
colonia, difunde y destila a las
Américas las mentiras y los
venenos de Vichy, y se teme que
envíe señales secretas
a los submarinos alemanes que, en
los parajes, están al acecho
de los navíos aliados.
La hora que de Gaulle esperaba desde
el fracaso de Dakar suena cuando
el aviso Ville d’Ys
sale del puerto de San Pedro hacia
la Martinica, donde debe ser desarmado.
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El
almirante Émile
Muselier
(1882-1965)
Creador
de las F.N.F.L. |
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Haciéndose
la operación imposible sin
arriesgar acarrear un combate fratricida,
el general da carta blanca a Muselier
con miras a incorporar las islas.
Oficialmente, el almirante irá
a inspeccionar las seis corvetas
francesas libres destinadas al convoy
del Atlántico Norte, así
como el Surcouf, el mayor
sumergible en servicio en el mundo
que, después de un carenaje
en los Estados Unidos, llega a Halifax.
Muselier se embarca entonces el
23 de noviembre a bordo del Lobelia,
inspecciona sus bastimentos en las
costas de Islandia y, el 29, vuelve
a partir en la corveta Mimosa
hacia San Juan de Terranova. |
Es entonces
cuando a miles de kilómetros de
ahí, las islas Hawái se
convierten en el teatro de un gran giro
de la guerra. El 7 de diciembre de 1941
a las 7:55 hrs., en el momento en que
en el puente de los navíos U.S.
los marinos se preparan a enviar los colores,
las bombas de la primera ola aérea
japonesa caen sobre la base naval estadounidense
de Pearl Harbour. Sorpresa total: después
de cien minutos de un diluvio de fuego
y de acero el balance es pesado: más
de 2400 muertos, cerca de 1200 heridos,
4 navíos enviados al fondo, 14
gravemente dañados, y 190 aviones
destruidos en el suelo.
En la tarde, los Estados Unidos y Gran
Bretaña, pronto seguidos por la
Francia Libre, declaran la guerra a Japón
y, cuatro días más tarde
Alemania e Italia se alistan al lado del
Imperio del Sol Levante.
Enterándose el Almirante Muselier
en el mar de la agresión japonesa,
había pensado que era preferible
pedir el acuerdo de los Estados Unidos,
que se convertían en los aliados
de la Francia libre. De San Juan de Terranova,
a donde había llegado el 9 de diciembre,
se dirige a Ottawa el 15 para consultar
sucesivamente al secretario de estado
canadiense en los asuntos extranjeros
y al ministro de los Estados Unidos. La
posición del primero es favorable
a la operación proyectada, la del
segundo negativa. A la vez que emite reservas
sobre la actitud parcial de los Estados
Unidos, el Almirante se compromete, en
su respuesta al Departamento de Estado,
a no ir más lejos. Enseguida rinde
cuentas a de Gaulle de sus trámites.
La respuesta del general no se hace esperar.
El 18 de diciembre le da la orden formal
de ejecutar sin prevenir a las potencias
extranjeras la operación prevista,
tornada, según sus propios términos,
indispensable para conservar a Francia
su posesión del Atlántico
Norte.
Mientras
tanto en San Pedro, la noticia de la llegada
de Muselier a San Juan se había
propagado como un reguero de pólvora
y los comentarios no cejaban en lo referente
a la inminencia de un desembarco de las
Fuerzas Navales Francesas Libres (F.N.F.L.).
Se esperaba desde hacía largo tiempo
a fin de preservar la colonia de una ocupación
extranjera, aun cuando aliada. Los ruidos
estaban de hecho fundados: temiendo que
San Pedro y Miquelón sirviera de
base a los alemanes, Canadá pensó
seriamente en anexar el archipiélago,
que domina al estuario del Saint-Laurent;
en cuanto a los estadounidenses, no contemplan
otra alternativa más que el statu
quo o la ocupación de las islas
por la U.S. Navy.
En esta
víspera de Navidad del 24 de diciembre
de 1941, a las seis de la mañana,
la tempestad que hacía estragos
en las islas parece calmada. Solo subsiste
un pequeño cierzo mordiente de
mediana intensidad. El frío sigue
siendo vivo, la nieve chirría bajo
los pasos y de vez en cuando, entre dos
estratos de nubes, la luna hace una aparición
fugitiva.
¿Cómo podría haber
olvidado Joseph Lehuenen (2)
esa mañana? Junto con Paul
Manet, como él marino piloto de
estación, se habían encontrado
en la encalladura a las seis horas precisas.
Dos días antes, habían proyectado
ir a bordo del Gudmundra, un
cargo sueco encallado, para recuperar
unos sacos de yute destinados a confeccionar
cubiertas de lona de protección
para sus doris (3).
Prudentes, los dos hombres deciden esperar
el alba y se calientan pateando la acera
antes de ir a la mar. Cuando despunta
el día se ponen a la obra, llevan
al doris a flote a lo bajo del plan inclinado
y se preparan para poner el motor en marcha
cuando, repentinamente, desembocando del
cabo del Águila, un bastimento
de guerra se acerca del paso a gran velocidad.
Saltando enseguida a tierra, Joseph Lehuenen
interpela a su colega de servicio, al
que apercibe en el extremo del muelle.
Apenas se siente oído, se da vuelta.
Grande es su sorpresa al contar, no uno,
sino tres navíos que se siguen.
Se avienta literalmente en el doris que
su camarada lanza de inmediato para ir
a recoger de paso al otro piloto que les
hace grandes señas y embarca rápidamente.
Una vez el pabellón de pilotaje
izado, la embarcación se apresura.
Es detenida a unos cincuenta metros del
bastimento más cercano que acaba
de detener sus máquinas.
En ese momento, la mirada de los tres
hombres converge hacia un largo huso gris
de dimensiones impresionantes que emerge
más allá de la baliza del
Pequeño San Pedro. No tienen tiempo
de intercambiar sus impresiones sobre
el submarino gigante, intimándoles
un portavoz a ir a colocarse a babor junto
a la corveta y subir a la timonería
por la escalerilla cortada. Es entonces
cuando después de haber visto flotar
en la verja de popa los tres colores de
Francia, notan el pabellón azul
ornado en su centro con la cruz de Lorena
en rojo…
¡Las Fuerzas Francesas libres!
Una vez a bordo, el almirante Muselier
se hace reconocer, presenta a sus oficiales
de estado mayor, y luego a los de la corveta
Mimosa antes de asignar a cada
uno de los pilotos la corveta que debe
guiar. Poco después el Aconit
y la Mimosa se deslizan hacia
el paso para atracar en el muelle de la
Roncière, permaneciendo el Alysse
en la retaguardia, listo para aparejar
para Miquelón una vez que San Pedro
esté alistado. Una vez amarrados
los barcos, la rada retumba con los acentos
de música militar ruidosamente
vertida por los altavoces de los bordos.
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A
la izquierda, la corveta
Mimosa,
en la rada de San Pedro
el 24 de diciembre de
1941. En el doris piloto,
Henri Epaule, Paul Manet
hijo, y Joseph Le Huénen
de pie sobre el banco
trasero. A la derecha,
el Alysse. |
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De regreso
hacia las cuatro de la mañana de
una cena en el consulado estadounidense,
el timbre del teléfono despierta
con un sobresalto al gobernador Gilbert
de Bournat. El ayudante en jefe de gendarmería
le informa que por lo menos tres navíos
de guerra arbolando pabellones de la cruz
de Lorena entran en la rada: ¿Debe
dispararles? El gobernador se contiene
para no responder al gendarme «
¡Imbécil! ¿Con
sus pocos fusiles contra cañones
de marina? » Se contenta con
un « ¡No! »
categórico. Después de haber
colgado el teléfono se viste apresuradamente,
y enseguida invita a su secretario y a
su jefe de gabinete a ir a verle en su
oficina a fin de ayudarle a destruir los
documentos confidenciales.
Mientras tanto, destacamentos de fusileros
marinos ocupan todos los puntos estratégicos
de la isla, central telefónica,
estación de radio, estación
de los cables, sede de gobierno, aduana
y gendarmería, y se apoderan del
arsenal compuesto de dos cañones,
de una decena de fusiles ametralladores
y de un centenar de fusiles.
Poco a poco la pequeña ciudad con
sus casas de madera pintada despierta.
Los magros agrupamientos de tempraneros
se llenan de hombres, de niños
arrebujados, mientras las ventanas y techos
se ornan de banderas tricolores con su
cruz de Lorena.
Pronto todo el mundo quiere ver lo que
pasa.
Primero sorpresa al constatar que los
cuellos azules frente a los principales
monumentos y en las calles pertenecen
a las Fuerzas Navales Francesas Libres,
la muchedumbre se entusiasma enseguida
al descubrir la flotilla francesa libre
y el inmenso submarino en torno al cual
se mueven numerosos barquitos y doris
llenos de curiosos.
Cuando el estandarte con la Cruz de Lorena
flota en el edificio de gobierno, el Almirante
Muselier, con el rostro de rasgos demacrados
por la fatiga, saluda largamente desde
la pasarela del Mimosa. En el
muelle, a pesar del frío, las cabezas
se descubren y las aclamaciones surgen:
- ¡Viva Muselier! ¡Viva
De Gaulle! ¡Viva Francia!
Conducido a bordo por el abanderado de
navío Alain Savary, el gobernador
Gilbert de Bournat responde por un estrepitoso
« ¡Viva Pétain!
» a los «¡Viva De
Gaulle!» que le reciben. Se
niega a permanecer a la cabeza de la administración
como se lo pide Muselier.
- ¡Que por eso no quede, está
usted en estado de arresto!, responde
tajante el Almirante que le ordena transmitir
sus poderes al Señor Alain Savary,
debiendo todos los funcionarios permanecer
imperativamente en su puesto.
Dan las diez horas cuando, el Surcouf
habiendo sido traído al fondeadero
como perro de guardia frente a alta mar,
el almirante pone pie en tierra en el
muelle. Avisando al teniente de navío
Pépin Lehalleur, comandante del
Alysse, se da una palmada en
la frente.
- ¡Pépin! Olvidamos incorporar
Miquelón... Apareja de inmediato
y arréglatelas. Regresa tan pronto
como el asunto esté hecho y dame
cuenta...
Muselier puede por fin telegrafiar al
general De Gaulle: « Adhesión
San Pedro efectuada sin incidentes ante
aclamaciones de la población. Adhesión
Miquelón en curso. Detalles siguen
».
Después
de haber salido de San Pedro con a bordo
algunos civiles miqueleneses y dos pilotos
que conocen perfectamente las costas del
archipiélago, hacia las doce y
media de la mañana el Alysse
ancla cerca del pequeño muelle
de carga de la capital de provincia de
Miquelón. El frío es intenso,
una espesa alfombra de nieve recubre el
paisaje. Pépin Lehalleur embarca
con uno de los miquelenses en el youyou
que dos marinos conducen rápidamente
hacia la tierra.
Los autóctonos, envarados en gruesos
abrigos y portando curiosas cachuchas
de tramperos que vienen a su encuentro,
quedan boquiabiertos cuando se enteran
de los eventos de la mañana. Con
un solo correo semanal y sin enlace telefónico
alguno, la isla tiene poco contacto con
el exterior, luego las noticias son raras
y a menudo obsoletas cuando llegan. Misma
sorpresa no fingida por parte del Delegado
especial quien, al terminar su almuerzo,
después de su café, degusta
una copa en familia.
El oficial de marina no se anda por las
ramas:
« Tome sus responsabilidades...
Si está con nosotros le dejo en
funciones hasta nueva orden, si no lo
pongo en estado de arresto y lo conduzco
a San Pedro... Tiene cinco minutos para
decidir... »
Poniendo buena cara ante la mala fortuna,
el funcionario acepta de incorporarse
a Francia Libre.
Pépin Lehalleur coloca los sellos
en el puesto emisor de T.S.F., y luego
se dirige al presbiterio donde no tranquiliza
al cura más que a medias, demasiado
embebido de la propaganda de Vichy para
aceptar sin reserva al nuevo régimen.
Única manifestación de espontaneidad,
el « Viva De Gaulle »
trazado con una hermosa escritura en el
pizarrón negro por la institutriz
de la escuela primaria que visita el oficial
de las F.N.F.L. antes de volver a su bordo.
Cuando encuentra a su segundo en la pasarela,
le resume la situación en una sola
frase.
« Si alguna vez hubiera pensado
al entrar a la escuela naval, hace diez
años, que me vería en la
situación de hacer un golpe de
estado en territorio francés...
¡Qué época, mi viejo
Fontanières! »
La obscuridad
envuelve a San Pedro, al término
de una jornada fértil en eventos:
se anuncia un plebiscito
(4) para escoger entre la causa
de la Francia Libre y la colaboración
con las potencias del Eje que hacen padecer
hambre, humillan y martirizan al país,
consulta a la que se invita a participar
a toda la población masculina a
partir de 18 años, visita del almirante
Muselier al cónsul de los Estados
Unidos y de Canadá así como
al prefecto apostólico Monseñor
Poisson, desembarque de víveres
y de combustible de las corvetas del submarino,
finalmente reunión de los ex-combatientes...
Así pues los temas de conversación
no faltan en los tres cafés de
la ciudad que sirven gratuitamente bebidas
calientes a los marinos que, no estando
de servicio, gozan de una hora de descanso
para entrar en contacto con la población.
A media noche, de memoria de la catedral
de San Pedro, la misa nunca había
visto tantos uniformes azul marino, el
almirante Muselier, sus oficiales y una
parte de los equipajes celebran el aniversario
del nacimiento de Cristo con la población.
El día siguiente en la mañana,
el plebiscito destinado a demostrar a
la faz del mundo el consentimiento de
sus habitantes a la liberación
del archipiélago ocupa el primer
plano de la actualidad local. Al haber
sido el voto perfectamente libre, son
impresionantes los minutos que siguen
al escrutinio de la proclamación
de los resultados por el capitán
de navío Héron de Villefosse
en la sala archi llena de la alcaldía,
en donde el busto de la república
remplaza desde el día anterior
al del mariscal Pétain.
- Adhesión a Francia libre: ¡651
voces!
- Colaboración con las potencias
del eje: ¡11 voces!
- Abstenciones o boletines nulos: ¡140
voces!
Incluso estorbado por los desbordes de
la turba, Ira Wolfert, el periodista estadounidense
llevado por Muselier, garabatea febrilmente
las cifras en su bloc de notas, y enseguida
redacta los comunicados a la North
American Newspaper Alliance, agencia
de prensa que cubre más de 80 diarios.
Sus títulos de sensación
harán de él durante algunos
días el reportero más célebre
de los Estados Unidos.
Durante la velada, en la modesta sala
de fiestas engalanada, la exaltación
llega a su cénit cuando el Almirante,
enmarcado por los excombatientes portadores
de condecoraciones, después de
haber evocado a Francia
aplastada bajo la bota nazi, la Resistencia
y el significado del plebiscito a ojos
del mundo, lanza un llamado a los voluntarios.
Bajo un trueno de aplausos los veteranos
de 14/18 se inscriben para una milicia
destinada a reforzar la defensa de las
islas, mientras los jóvenes se
alistan en los F.N.F.L. (5)
La jornada se termina por una retirada
con antorchas que recorre la ciudad bajo
los acentos de una estruendosa Marsellesa.
El día siguiente, difundida por
todas las radios estadounidenses, la noticia
de la agencia Exchange Telegraph
estalla como una bomba:
« Los desarrollos del caso de
San Pedro y Miquelón han causado
conmoción en el departamento de
Estado de los Estados Unidos. El Señor
Hull, secretario de Estado en los Asuntos
Extranjeros, ha interrumpido sus vacaciones
de Navidad para volver a su oficina.
»
Tenido alejado de la operación,
el Departamento de Estado, que flirtea
con el gobierno de Vichy, manifiesta un
aviva cólera y amenaza con intervenir
si San Pedro y Miquelón no es inmediatamente
restituido o restaurado en su statu quo.
Otro temor, igualmente preocupante que
la reacción anglosajona, la de
la escuadra vichyista del almirante Robert
estacionada en las Antillas, la cual,
según un mensaje de Londres a Muselier,
se prepararía a aparejar hacia
una destinación desconocida. Inquietudes
a las que viene a añadirse la presencia
de submarinos alemanes señalados
en las aguas territoriales.
Augurando una inminente inversión
de situación, los partisanos de
Vichy vuelven a levantar la cabeza, arrastrados
por Monseñor Poisson quien, súbitamente
« iluminado » por el espíritu
Santo, no reconoce más ni a la
Francia libre ni el voto en su favor.
Les es preciso desengañarse.
Sin duda reconfortado en su fría
determinación por el brillante
éxito del plebiscito en Île-aux-Marins
– Isla de los Marinos –
(sobre 70 inscritos, 63 boletines para
Francia libre) el Almirante decide quedarse
en el lugar, enfrentarse al bloqueo económico
del que está amenazado y defender
su conquista haciendo uso de las armas
de ser necesario. Cuidadoso sin embargo
de no indisponer todavía más
a los Aliados, vuelve a poner sin demora
dos corvetas a su disposición.
Antes de aparejar con destinación
a Saint-John, el 27 de diciembre, el Aconit
y el Alysse embarcan voluntarios
de San Pedro como remplazo de los hombres
de tripulación dejados en tierra
a fin de reforzar la guarnición
de la isla, una isla en plena efervescencia.
Puestos de observación en las alturas
nevadas, cañones en posición
en el Cabo del Águila, en el Cao
Negro así como en el Savoyard,
ametralladora de grueso calibre en Île-aux-Marins,
caminos recorridos por militares de todas
edades en ejercicio, la isla está
en estado de sitio. Los dirigentes de
la asociación de los excombatientes,
alistados con su grado de oficial en las
Fuerzas Francesas Libres, son destinados
al entrenamiento de los fusileros marinos
voluntarios sedentarios con miras a defender
la isla contra un posible desembarco de
marines estadounidenses o de
comandos alemanes.
En cuanto a la población permanecida
civil, el prefecto apostólico trata
de maniobrarla haciendo planear sobre
la ciudad la amenaza de las represalias
del Señor. Las patrañas
cunden: es así como el rumor persistente
de la llegada del Emile Bertin,
poderoso crucero de batalla vichysés,
se acredita a tal punto que el Surcouf
va a atracar cabo al este sobre fondo
de cascajos, torre emergida apuntando
al mar abierto sus dos cañones
de 203 mm. Así se quedará
varios días al acecho de un blanco
que no aparecerá nunca.
Durante
tres semanas en Washington la tensión
va a mantenerse en un paroxismo extremo.
El 14 de enero, antes de su partida para
los E.U.A., el Señor Anthony Eden,
ministro británico de Asuntos Extranjeros,
informa al general de Gaulle que el departamento
de Estado proyecta enviar a San Pedro
un crucero y dos destructores.
- ¿Qué hará en
ese caso?, le pregunta Eden.
- Los navíos de los Aliados
se detendrán en el límite
de las aguas territoriales francesas y
el almirante estadounidense irá
a desayunar donde Muselier quien estará
ciertamente encantado de ello, le
responde de Gaulle.
- ¿Pero si los navíos
rebasan el límite?
- Nuestra gente hará las advertencias
de costumbre.
- ¿Si las pasan por alto?
- Sería una gran desgracia, pues
entonces los nuestros deberían
disparar. Comprendo sus alarmas,
concluye de Gaulle sonriendo al ministro,
pero tengo confianza en las democracias.
La cólera estadounidense comienza
a extinguirse y San Pedro recobra poco
a poco la fisionomía de la época
de la prohibición, cuando el desempleo
era inexistente. En efecto, es nuevamente
un periodo de pleno empleo gracias a las
F.N.F.L. que transforman la isla en base
permanente con almacenes y servicios anexos.
Formadas por instructores llegados de
Inglaterra, las voluntarias femeninas
son asignadas en el lugar mismo a las
secciones de contabilidad, de transmisión
o del cifrado. Incluso se va hasta a crear
un taller de confección de uniformes
colocado bajo la dirección técnica
de Blaise, el mayordomo del almirante
Muselier, sastre de profesión.
Insensiblemente, las negociaciones entabladas
a fin de reglamentar el estatuto de las
islas se difumina detrás de las
preocupaciones a tal grado mucho más
importantes que los aliados evolucionan
hacia una aceptación del hecho
consumado.
El 23 de enero, las últimas frases
del telegrama que dirige el general de
Gaulle al almirante Muselier constituyen
el epílogo de la adhesión
de San Pedro y Miquelón.
«... En total, el asunto (de
San Pedro y Miquelón) cae en una
penumbra confortable.
Le pido encarecidamente no permanecer
en San Pedro hasta el punto de comprometer
su salud. Comparto su deseo de que todo
sea puesto a punto antes de su partida,
pero con la condición formal de
que no caiga seriamente enfermo.
Fieles recuerdos.
Charles de Gaulle ».
Aún
estando minado por la mala bronquitis
contraída durante su travesía
del Atlántico Norte, el almirante
no había escatimado sus esfuerzos.
Sin medios de cara a una potencia considerable,
había ganado la partida el día
en que, parodiando involuntariamente a
Mac-Mahon, su « Estoy, me quedo
» (6) confiado
al periodista Ira Volfert había
desencadenado una ola de entusiasmo en
los Estados Unidos, haciendo retroceder
al departamento de Estado y poniendo y
un punto final a su ira inicial.
Comparativamente
a los gigantescos eventos de la Segunda
Guerra mundial, la operación de
San Pedro y Miquelón parece bien
magra.
Del punto de vista francés, representa
sin embargo un interés histórico
incontestable. Por primera vez, desde
el 18 de junio de 1940 una población
exclusivamente compuesta de franceses
de origen viene a plebiscitar la Francia
libre, prefigurando a la faz del mundo
lo que debería normalmente pasar
cuando Francia estuviera en condiciones
de escoger.
Asegurándose sin asestar un golpe
la posesión de un territorio francés,
donde la situación estratégica
y la existencia de una estación
de radio provocaban la envidia de sus
aliados y de sus enemigos, el general
de Gaulle alcanzaba su objetivo más
inmediato: volver a imponer su personalidad
muy deteriorada desde el asunto de Dakar.
A más largo plazo, esa tenacidad
de de Gaulle, ese éxito obtenido
sobre sus adversarios, aunque aliados,
refuerzan su confianza en su destino y
manifiestan la firmeza de sus intenciones,
su encarnizamiento en esperar y utilizar
las circunstancias favorables. Prueban
finalmente que ninguna fuerza puede hacerlo
desviarse del partido que ha escogido.
Si nada grave se produce, las consecuencias
fueron serias y lo seguirán siendo
por largo tiempo. La desconfianza que
los Estados Unidos concibieron desde ese
momento por el general, el rencor que
le guardaron, son el origen de los esfuerzos
que multiplicaron para hallar en Weygand,
en de la Laurencie, en Giraud o en Darlan,
a otro representante calificado de Francia.
Así como su rechazo, hasta julio
de 1944, de reconocer la Francia libre
y de admitir a sus representantes en las
conferencias aliadas, resultarán
en gran medida de la inquebrantable y
altamente valiente actitud del que se
había erigido contra ellos para
conservarle a Francia su más antigua
colonia: ese minúsculo archipiélago
en el cielo inclemente de San Pedro y
Miquelón…
En
forma de epílogo...
Llamado
como refuerzo en el Pacífico, el
gran submarino Surcouf, comandado
por el capitán de fragata Blaison,
apareja el 15 de enero de 1942. No llegará
nunca a su destinación: seguido
de cerca en el mar de las Antillas por
un cargo estadounidense, el S.S Thompson
Lykes, en la noche del 18 al 19 de
febrero de 1942, será perdido bienes
y personas sin dejar sobreviviente alguno
de los 126 hombres de la tripulación.
El 8 de febrero de 1942, en convoy en
aguas de Irlanda, un torpedo golpea al
Alysse capitaneado por el teniente
de navío Pépin Lehalleur:
35 marinos perecen en la explosión
entre los cuales 17 originarios de San
Pedro embarcados el 27 de diciembre precedente.
El 9 de junio, el Mimosa es tocado
de muerte por el submarino U 124 mientras
estaba en protección de retaguardia
de un convoy. El comandante, capitán
de corveta Birot y 65 hombres son reportados
desaparecidos, entre ellos los 5 sampedranos
embarcados el 27 de diciembre anterior.
De los cuatro bastimentos que participaron
en la liberación del archipiélago
de San Pedro y Miquelón solo el
Aconit seguirá a flote.
Comandado por el teniente de navío
Jean Levasseur, seguirá navegando
y cazando hasta el armisticio, cuando
será citado a la orden de las Fuerzas
Francesas Libres.
NOTAS:
1) África
Occidental Francesa.
2) Futuro alcalde de San Pedro que tendrá
el honor de recibir al general de Gaulle,
Presidente de la república en 1967.
3) « Doris »: barquilla de
pesca en Terranova.
4) La consultación se llevará
a cabo de manera separada en cada una
de las tres aglomeraciones del archipiélago:
el día siguiente en San Pedro,
el 26 en la Isla de los Marinos y el 28
en Miquelón.
5) Habrá 375 alistados voluntarios
San Pedro y Miqueloneses:
- 36 antes de la llegada de los F.N.F.L.
el 24/12/41,
- 91 del 26 al 31/12/1941
- 240 en el transcurso del año
1942
- 8 en el transcurso del año 1943
- 51 alistados voluntarios en las auxiliares
femeninas de los F.N.F.L.
6) « J’y suis, j’y
reste ».
Fuentes
bibliográficas:
BESSIERE André,
L’engrenage, (« El
engranaje », Buchet-Chastel
1991 réédition 1997)
LEHUENEN Joseph, Ephéméride
des îles de Saint-Pierre et Miquelon,
(« Efemérides de las
islas San Pedro y Miquelón
»; Acadie 1970).
Archivos
del Museo de San Pedro y de la Asociación
de los ex-combatientes de San Pedro y
Miquelón.
Entrevistas
con MM.:
LEHUENEN Joseph, antiguo
piloto del puerto y ex alcalde de San
Pedro.
LEPAPE Eugène, marino sampedrano
F.N.F.L. sobreviviente del Alysse.
PEPIN LEHALLEUR, contralmirante y ex comandante
del Alysse.