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El Listón Rojo.
El Listón Rojo - Le Ruban Rouge.
 
 
24 de diciembre de 1941
LA ADHESIÓN DE SAN-PEDRO Y MIQUELÓN A LA FRANCIA LIBRE
Desfile de marinos en San Pedro, enero de 1942.
Por el Señor
André Bessière
Héroe de Guerra
Presidente del Círculo Austerlitz
Presidente de la Peña de los Resistentes Deportados Tatuados del 27 de Abril de 1944

Sr. Bessière
Traducción de la Francósfera México-Francia

En el transcurso de su existencia, la hora de la cuasi unanimidad francesa sonará tres veces para el general de Gaulle. Una primera vez en el minúsculo archipiélago de San Pedro y Miquelón en diciembre de 1941. La segunda vez, realización de su vocación victoriosa, durante la liberación de Francia, en París, en agosto de 1944. Finalmente la tercera vez, repetición del mismo triunfo, a su regreso al poder, en mayo de 1958.
De estos tres episodios, el más significativo de la resistencia gaullista y del renacimiento francés, sin el cual los otros dos no hubieran podido tener lugar, es sin duda el de San Pedro y Miquelón donde, por vez primera el 25 de diciembre de 1941, una población de origen exclusivamente francés lo plebiscita.

La catedral de San Pedro
Arriba a la derecha, vista lateral de la misma.

Destino excepcional, el de este microscópico archipiélago francés situado a unos veinte kilómetros de Terranova, a más de 4000 kilómetros de las costas de Francia, convertido al azar de los tratados y de las guerras contra Inglaterra en el último jirón del vasto imperio colonial francés del Nuevo Mundo. Desde esa época, San Pedro y Miquelón sufre estrechamente los azares de la metrópolis. Cuando ésta es victoriosa, la presencia francesa se consolida, cuando es vencida, los británicos se instalan en él. Todo el siglo XVIII e inicio del XIX reflejan esos flujos y reflujos en cuyo transcurso la pequeña colonia se alinea con la madre patria lejana y comparte con ella las vicisitudes tanto externas como internas.
Este paralelismo impresionante de destino más allá de 900 leguas se acentúa tras la capitulación de Francia en junio de 1940. Por iniciativa de Gilbert de Bournat, gobernador administrador, los representantes de unos 5000 habitantes del archipiélago examinan la nueva situación creada por la derrota de Francia y la ocupación de una gran parte de su territorio. Muy mal informada de la evolución del régimen político desde el 17 de junio, la treintena de personalidades locales presentes decide enviar un telegrama al presidente de la república para asegurar a Francia el apoyo activo de su colonia del Atlántico Norte.

Durante el intercambio de vistas previo a la redacción del mensaje, una viva discusión opone a Gilbert de Bournat al presidente de los ex-combatientes, negándose el gobernador categóricamente a incluir en el texto el deseo de la población de alistarse bajo la bandera del general de Gaulle. Finalmente, después de numerosas tergiversaciones, los participantes se ponen de acuerdo en un libelo. Al término de la reunión, despidiéndose cortésmente uno de otro, los dos hombres, de opiniones contradictorias ya perfectamente establecidas, saben que el porvenir va a enfrentarlos ferozmente uno contra el otro. Así, a ejemplo de la Metrópolis, la división está igualmente inscrita en la historia por venir de las islas.
El telegrama que el administrador dirige la noche misma al Sr. Albert Lebrun es soberbio de inocencia política, y de desconocimiento de los eventos y de las posibilidades del archipiélago:

« Población unánime de San Pedro y Miquelón lista a todos los sacrificios, les suplico continuar lucha contra invasores con ayuda de todas las colonias francesas y colaboración fraternal del Imperio Británico.
¡Viva Francia Inmortal!
»

Algunos días después, en Mers-el-Kebir el 3 de julio de 1940, la agresión de la flota inglesa contra los navíos franceses hace temer que las hostilidades estallen entre la Francia de Pétain y la Inglaterra de Churchill. Charles de Gaulle, que evidentemente no permanecería en territorio británico, contempla, si las cosas se arruinan, transferirse a San Pedro y Miquelón. Pero el gobierno de Vichy, sin duda alertado por de Bournat, envía un aviso, la « Ville d’Ys » para confirmar sus derechos sobre la isla.
A partir de ese momento, para de Gaulle de ninguna manera deberá correr sangre francesa entre franceses después del drama de los 1300 muertos de Mers-el-Kebir.

Es el momento que eligen los gobiernos estadounidense y canadiense para decretar el bloqueo del archipiélago. El almirantazgo francés da la orden a todas las traineras metropolitanas que pescan en los bancos de reunirse en el puerto de San Pedro. Esta decisión, en pleno periodo de pesca, tiene como efecto el doblar la población masculina y plantear un agudo problema de avituallamiento. A cambio de la garantía de que ningún navío de las fuerzas el Eje hará escala en San Pedro, los Estados Unidos y Canadá autorizan al gobernador a retener fondos sobre los haberes de Francia en cada uno de sus países a fin de permitirle abastecer las islas: es el statu quo.
Mientras tanto, muchas colonias de África, las Nuevas Hibrides, Camerún, el Congo, Chad y Ubangui, así como las factorías francesas de India y Tahití, se incorporan a la Francia Libre, exacerbando los sentimientos patrióticos de los múltiples partisanos isleños del general de Gaulle.
Condenando a los cafés del burgo a cerrar dos horas más temprano con el fin de evitar toda manifestación gaullista nocturna, Gilbert de Bournat levanta a una gran parte de la población contra él y los incidentes se multiplican. Informado de los eventos sampedranos, el Comité terranovense de la Francia Libre envía, el 13 de septiembre, a tres delegados que llevan un mensaje del general a los ex-combatientes, mismo que el presidente se apresura a comunicar a sus adherentes convocados en Asamblea general extraordinaria. Apenas ha terminado su lectura cuando el auditorio se levanta espontáneamente para puntuar con una Marsellesa la solemnidad del instante. Cuando ha vuelto el silencio el presidente lee el proyecto de respuesta en forma de incorporación a la Francia Libre y al imperio británico que es votado a unanimidad de los presentes.

En el otro extremo del Atlántico, en el momento en que recibe este telegrama, el general de Gaulle prepara justamente la liberación de Senegal. Confiando en el éxito que debe probar a los Aliados la incorporación a su movimiento de las poblaciones francesas aún libres de determinar su elección, telegrafía al almirante Muselier, quedado en Londres, que ha llegado el momento de preparar la toma de esta pequeña posesión francesa del Atlántico Norte.
El 23 de septiembre de 1940 comienzan las operaciones en la rada de Dakar. Contrariamente a la espera del General, su cuerpo de desembarco, apoyado por los navíos británicos, es recibido a cañonazos y disparos de fusil por la Marina nacional y las tropas que han permanecido leales a Vichy. El 25 de septiembre hay que renunciar, la A.O.F (1) se niega a unirse a la disidencia: el asunto es fallado por el jefe de la Francia Libre, de inmediato considerado responsable del fracaso.
En Vichy, se echan campanas al vuelo…
En Washington, los sarcasmos estallan…
En Londres, cunde la ira y el 18 de octubre los ingleses dan a conocer su respuesta negativa al plan de ocupación de las islas que les había transmitido el almirante Muselier.
En San Pedro, como consecuencia de este revés gaullista y de esta reculada británica, los partisanos de Vichy levantan la cabeza y de Bournat reprime vigorosamente todas las manifestaciones anti petainistas.

En el momento en que el andamio todavía frágil de su movimiento liberador amenaza con desmoronarse, ¿va de Gaulle a abandonarse a su fracaso? ¡Es conocerle mal! Lejos de desalentarse, la adversidad le estimula. Cuando las resistencias se agravan y los riesgos se multiplican, da su plena mesura. Es el hombre de los partidos extremos, de las situaciones críticas. Para superarlas, continua en su impulso ignorando todas las fuerzas que pudieran hacerle desviarse de su trayectoria. Jefe de un embrión de Estado que no puede existir más que por los Aliados, no vacila en transtornar sus intenciones políticas, comenzando por los Estados Unidos…
El almirante Muselier, cuyo carácter sin embargo no es de los más fáciles, será uno de los primeros en sufrir los efectos. En junio de 1940, único oficial general en haberse presentado en Londres, de Gaulle, que no dispone más de un capitán de navío que de un comandante de aviación, le había nombrado al doble comando de las Fuerzas Marítimas Aéreas Francesas libres.
Muselier se atribuía inmediatamente un papel de primer plano en el desarrollo de la guerra y tomaba decisiones sin referirlas: como ejemplo, impone el estatuto de la Marina Francesa Libre prescribiendo en especial arbolar la insignia, que se hará legendaria, de la Cruz de Lorena. En noviembre de 1941, cuando el desembarco en el archipiélago regresa al primer plano de las intenciones del General, sus relaciones son todavía oficialmente excelentes.
El proyecto vuelve a subir a la superficie pues la estación de radio que posee la pequeña colonia, difunde y destila a las Américas las mentiras y los venenos de Vichy, y se teme que envíe señales secretas a los submarinos alemanes que, en los parajes, están al acecho de los navíos aliados.
La hora que de Gaulle esperaba desde el fracaso de Dakar suena cuando el aviso Ville d’Ys sale del puerto de San Pedro hacia la Martinica, donde debe ser desarmado.
El almirante Émile Muselier (1882-1965)
Creador de las F.N.F.L.
Haciéndose la operación imposible sin arriesgar acarrear un combate fratricida, el general da carta blanca a Muselier con miras a incorporar las islas. Oficialmente, el almirante irá a inspeccionar las seis corvetas francesas libres destinadas al convoy del Atlántico Norte, así como el Surcouf, el mayor sumergible en servicio en el mundo que, después de un carenaje en los Estados Unidos, llega a Halifax. Muselier se embarca entonces el 23 de noviembre a bordo del Lobelia, inspecciona sus bastimentos en las costas de Islandia y, el 29, vuelve a partir en la corveta Mimosa hacia San Juan de Terranova.

Es entonces cuando a miles de kilómetros de ahí, las islas Hawái se convierten en el teatro de un gran giro de la guerra. El 7 de diciembre de 1941 a las 7:55 hrs., en el momento en que en el puente de los navíos U.S. los marinos se preparan a enviar los colores, las bombas de la primera ola aérea japonesa caen sobre la base naval estadounidense de Pearl Harbour. Sorpresa total: después de cien minutos de un diluvio de fuego y de acero el balance es pesado: más de 2400 muertos, cerca de 1200 heridos, 4 navíos enviados al fondo, 14 gravemente dañados, y 190 aviones destruidos en el suelo.
En la tarde, los Estados Unidos y Gran Bretaña, pronto seguidos por la Francia Libre, declaran la guerra a Japón y, cuatro días más tarde Alemania e Italia se alistan al lado del Imperio del Sol Levante.

Enterándose el Almirante Muselier en el mar de la agresión japonesa, había pensado que era preferible pedir el acuerdo de los Estados Unidos, que se convertían en los aliados de la Francia libre. De San Juan de Terranova, a donde había llegado el 9 de diciembre, se dirige a Ottawa el 15 para consultar sucesivamente al secretario de estado canadiense en los asuntos extranjeros y al ministro de los Estados Unidos. La posición del primero es favorable a la operación proyectada, la del segundo negativa. A la vez que emite reservas sobre la actitud parcial de los Estados Unidos, el Almirante se compromete, en su respuesta al Departamento de Estado, a no ir más lejos. Enseguida rinde cuentas a de Gaulle de sus trámites. La respuesta del general no se hace esperar. El 18 de diciembre le da la orden formal de ejecutar sin prevenir a las potencias extranjeras la operación prevista, tornada, según sus propios términos, indispensable para conservar a Francia su posesión del Atlántico Norte.

Mientras tanto en San Pedro, la noticia de la llegada de Muselier a San Juan se había propagado como un reguero de pólvora y los comentarios no cejaban en lo referente a la inminencia de un desembarco de las Fuerzas Navales Francesas Libres (F.N.F.L.). Se esperaba desde hacía largo tiempo a fin de preservar la colonia de una ocupación extranjera, aun cuando aliada. Los ruidos estaban de hecho fundados: temiendo que San Pedro y Miquelón sirviera de base a los alemanes, Canadá pensó seriamente en anexar el archipiélago, que domina al estuario del Saint-Laurent; en cuanto a los estadounidenses, no contemplan otra alternativa más que el statu quo o la ocupación de las islas por la U.S. Navy.

En esta víspera de Navidad del 24 de diciembre de 1941, a las seis de la mañana, la tempestad que hacía estragos en las islas parece calmada. Solo subsiste un pequeño cierzo mordiente de mediana intensidad. El frío sigue siendo vivo, la nieve chirría bajo los pasos y de vez en cuando, entre dos estratos de nubes, la luna hace una aparición fugitiva.
¿Cómo podría haber olvidado Joseph Lehuenen (2) esa mañana? Junto con Paul Manet, como él marino piloto de estación, se habían encontrado en la encalladura a las seis horas precisas. Dos días antes, habían proyectado ir a bordo del Gudmundra, un cargo sueco encallado, para recuperar unos sacos de yute destinados a confeccionar cubiertas de lona de protección para sus doris (3). Prudentes, los dos hombres deciden esperar el alba y se calientan pateando la acera antes de ir a la mar. Cuando despunta el día se ponen a la obra, llevan al doris a flote a lo bajo del plan inclinado y se preparan para poner el motor en marcha cuando, repentinamente, desembocando del cabo del Águila, un bastimento de guerra se acerca del paso a gran velocidad. Saltando enseguida a tierra, Joseph Lehuenen interpela a su colega de servicio, al que apercibe en el extremo del muelle. Apenas se siente oído, se da vuelta. Grande es su sorpresa al contar, no uno, sino tres navíos que se siguen. Se avienta literalmente en el doris que su camarada lanza de inmediato para ir a recoger de paso al otro piloto que les hace grandes señas y embarca rápidamente. Una vez el pabellón de pilotaje izado, la embarcación se apresura. Es detenida a unos cincuenta metros del bastimento más cercano que acaba de detener sus máquinas.
En ese momento, la mirada de los tres hombres converge hacia un largo huso gris de dimensiones impresionantes que emerge más allá de la baliza del Pequeño San Pedro. No tienen tiempo de intercambiar sus impresiones sobre el submarino gigante, intimándoles un portavoz a ir a colocarse a babor junto a la corveta y subir a la timonería por la escalerilla cortada. Es entonces cuando después de haber visto flotar en la verja de popa los tres colores de Francia, notan el pabellón azul ornado en su centro con la cruz de Lorena en rojo…
¡Las Fuerzas Francesas libres!
Una vez a bordo, el almirante Muselier se hace reconocer, presenta a sus oficiales de estado mayor, y luego a los de la corveta Mimosa antes de asignar a cada uno de los pilotos la corveta que debe guiar. Poco después el Aconit y la Mimosa se deslizan hacia el paso para atracar en el muelle de la Roncière, permaneciendo el Alysse en la retaguardia, listo para aparejar para Miquelón una vez que San Pedro esté alistado. Una vez amarrados los barcos, la rada retumba con los acentos de música militar ruidosamente vertida por los altavoces de los bordos.

 
A la izquierda, la corveta Mimosa, en la rada de San Pedro el 24 de diciembre de 1941. En el doris piloto, Henri Epaule, Paul Manet hijo, y Joseph Le Huénen de pie sobre el banco trasero. A la derecha, el Alysse.

De regreso hacia las cuatro de la mañana de una cena en el consulado estadounidense, el timbre del teléfono despierta con un sobresalto al gobernador Gilbert de Bournat. El ayudante en jefe de gendarmería le informa que por lo menos tres navíos de guerra arbolando pabellones de la cruz de Lorena entran en la rada: ¿Debe dispararles? El gobernador se contiene para no responder al gendarme « ¡Imbécil! ¿Con sus pocos fusiles contra cañones de marina? » Se contenta con un « ¡No! » categórico. Después de haber colgado el teléfono se viste apresuradamente, y enseguida invita a su secretario y a su jefe de gabinete a ir a verle en su oficina a fin de ayudarle a destruir los documentos confidenciales.
Mientras tanto, destacamentos de fusileros marinos ocupan todos los puntos estratégicos de la isla, central telefónica, estación de radio, estación de los cables, sede de gobierno, aduana y gendarmería, y se apoderan del arsenal compuesto de dos cañones, de una decena de fusiles ametralladores y de un centenar de fusiles.
Poco a poco la pequeña ciudad con sus casas de madera pintada despierta. Los magros agrupamientos de tempraneros se llenan de hombres, de niños arrebujados, mientras las ventanas y techos se ornan de banderas tricolores con su cruz de Lorena.
Pronto todo el mundo quiere ver lo que pasa.
Primero sorpresa al constatar que los cuellos azules frente a los principales monumentos y en las calles pertenecen a las Fuerzas Navales Francesas Libres, la muchedumbre se entusiasma enseguida al descubrir la flotilla francesa libre y el inmenso submarino en torno al cual se mueven numerosos barquitos y doris llenos de curiosos.
Cuando el estandarte con la Cruz de Lorena flota en el edificio de gobierno, el Almirante Muselier, con el rostro de rasgos demacrados por la fatiga, saluda largamente desde la pasarela del Mimosa. En el muelle, a pesar del frío, las cabezas se descubren y las aclamaciones surgen:
- ¡Viva Muselier! ¡Viva De Gaulle! ¡Viva Francia!
Conducido a bordo por el abanderado de navío Alain Savary, el gobernador Gilbert de Bournat responde por un estrepitoso « ¡Viva Pétain! » a los «¡Viva De Gaulle!» que le reciben. Se niega a permanecer a la cabeza de la administración como se lo pide Muselier.
- ¡Que por eso no quede, está usted en estado de arresto!, responde tajante el Almirante que le ordena transmitir sus poderes al Señor Alain Savary, debiendo todos los funcionarios permanecer imperativamente en su puesto.
Dan las diez horas cuando, el Surcouf habiendo sido traído al fondeadero como perro de guardia frente a alta mar, el almirante pone pie en tierra en el muelle. Avisando al teniente de navío Pépin Lehalleur, comandante del Alysse, se da una palmada en la frente.
- ¡Pépin! Olvidamos incorporar Miquelón... Apareja de inmediato y arréglatelas. Regresa tan pronto como el asunto esté hecho y dame cuenta...
Muselier puede por fin telegrafiar al general De Gaulle: « Adhesión San Pedro efectuada sin incidentes ante aclamaciones de la población. Adhesión Miquelón en curso. Detalles siguen ».

Vista de San Pedro

Después de haber salido de San Pedro con a bordo algunos civiles miqueleneses y dos pilotos que conocen perfectamente las costas del archipiélago, hacia las doce y media de la mañana el Alysse ancla cerca del pequeño muelle de carga de la capital de provincia de Miquelón. El frío es intenso, una espesa alfombra de nieve recubre el paisaje. Pépin Lehalleur embarca con uno de los miquelenses en el youyou que dos marinos conducen rápidamente hacia la tierra.
Los autóctonos, envarados en gruesos abrigos y portando curiosas cachuchas de tramperos que vienen a su encuentro, quedan boquiabiertos cuando se enteran de los eventos de la mañana. Con un solo correo semanal y sin enlace telefónico alguno, la isla tiene poco contacto con el exterior, luego las noticias son raras y a menudo obsoletas cuando llegan. Misma sorpresa no fingida por parte del Delegado especial quien, al terminar su almuerzo, después de su café, degusta una copa en familia.
El oficial de marina no se anda por las ramas:
« Tome sus responsabilidades... Si está con nosotros le dejo en funciones hasta nueva orden, si no lo pongo en estado de arresto y lo conduzco a San Pedro... Tiene cinco minutos para decidir... »
Poniendo buena cara ante la mala fortuna, el funcionario acepta de incorporarse a Francia Libre.
Pépin Lehalleur coloca los sellos en el puesto emisor de T.S.F., y luego se dirige al presbiterio donde no tranquiliza al cura más que a medias, demasiado embebido de la propaganda de Vichy para aceptar sin reserva al nuevo régimen.
Única manifestación de espontaneidad, el « Viva De Gaulle » trazado con una hermosa escritura en el pizarrón negro por la institutriz de la escuela primaria que visita el oficial de las F.N.F.L. antes de volver a su bordo. Cuando encuentra a su segundo en la pasarela, le resume la situación en una sola frase.
« Si alguna vez hubiera pensado al entrar a la escuela naval, hace diez años, que me vería en la situación de hacer un golpe de estado en territorio francés... ¡Qué época, mi viejo Fontanières! »

La obscuridad envuelve a San Pedro, al término de una jornada fértil en eventos: se anuncia un plebiscito (4) para escoger entre la causa de la Francia Libre y la colaboración con las potencias del Eje que hacen padecer hambre, humillan y martirizan al país, consulta a la que se invita a participar a toda la población masculina a partir de 18 años, visita del almirante Muselier al cónsul de los Estados Unidos y de Canadá así como al prefecto apostólico Monseñor Poisson, desembarque de víveres y de combustible de las corvetas del submarino, finalmente reunión de los ex-combatientes... Así pues los temas de conversación no faltan en los tres cafés de la ciudad que sirven gratuitamente bebidas calientes a los marinos que, no estando de servicio, gozan de una hora de descanso para entrar en contacto con la población.
A media noche, de memoria de la catedral de San Pedro, la misa nunca había visto tantos uniformes azul marino, el almirante Muselier, sus oficiales y una parte de los equipajes celebran el aniversario del nacimiento de Cristo con la población.
El día siguiente en la mañana, el plebiscito destinado a demostrar a la faz del mundo el consentimiento de sus habitantes a la liberación del archipiélago ocupa el primer plano de la actualidad local. Al haber sido el voto perfectamente libre, son impresionantes los minutos que siguen al escrutinio de la proclamación de los resultados por el capitán de navío Héron de Villefosse en la sala archi llena de la alcaldía, en donde el busto de la república remplaza desde el día anterior al del mariscal Pétain.
- Adhesión a Francia libre: ¡651 voces!
- Colaboración con las potencias del eje: ¡11 voces!
- Abstenciones o boletines nulos: ¡140 voces!
Incluso estorbado por los desbordes de la turba, Ira Wolfert, el periodista estadounidense llevado por Muselier, garabatea febrilmente las cifras en su bloc de notas, y enseguida redacta los comunicados a la North American Newspaper Alliance, agencia de prensa que cubre más de 80 diarios. Sus títulos de sensación harán de él durante algunos días el reportero más célebre de los Estados Unidos.
Durante la velada, en la modesta sala de fiestas engalanada, la exaltación llega a su cénit cuando el Almirante, enmarcado por los excombatientes portadores de condecoraciones, después de haber evocado a Francia aplastada bajo la bota nazi, la Resistencia y el significado del plebiscito a ojos del mundo, lanza un llamado a los voluntarios.
Bajo un trueno de aplausos los veteranos de 14/18 se inscriben para una milicia destinada a reforzar la defensa de las islas, mientras los jóvenes se alistan en los F.N.F.L. (5) La jornada se termina por una retirada con antorchas que recorre la ciudad bajo los acentos de una estruendosa Marsellesa.
El día siguiente, difundida por todas las radios estadounidenses, la noticia de la agencia Exchange Telegraph estalla como una bomba:
« Los desarrollos del caso de San Pedro y Miquelón han causado conmoción en el departamento de Estado de los Estados Unidos. El Señor Hull, secretario de Estado en los Asuntos Extranjeros, ha interrumpido sus vacaciones de Navidad para volver a su oficina. »
Tenido alejado de la operación, el Departamento de Estado, que flirtea con el gobierno de Vichy, manifiesta un aviva cólera y amenaza con intervenir si San Pedro y Miquelón no es inmediatamente restituido o restaurado en su statu quo.
Otro temor, igualmente preocupante que la reacción anglosajona, la de la escuadra vichyista del almirante Robert estacionada en las Antillas, la cual, según un mensaje de Londres a Muselier, se prepararía a aparejar hacia una destinación desconocida. Inquietudes a las que viene a añadirse la presencia de submarinos alemanes señalados en las aguas territoriales.
Augurando una inminente inversión de situación, los partisanos de Vichy vuelven a levantar la cabeza, arrastrados por Monseñor Poisson quien, súbitamente « iluminado » por el espíritu Santo, no reconoce más ni a la Francia libre ni el voto en su favor.
Les es preciso desengañarse.
Sin duda reconfortado en su fría determinación por el brillante éxito del plebiscito en Île-aux-Marins – Isla de los Marinos – (sobre 70 inscritos, 63 boletines para Francia libre) el Almirante decide quedarse en el lugar, enfrentarse al bloqueo económico del que está amenazado y defender su conquista haciendo uso de las armas de ser necesario. Cuidadoso sin embargo de no indisponer todavía más a los Aliados, vuelve a poner sin demora dos corvetas a su disposición.
Antes de aparejar con destinación a Saint-John, el 27 de diciembre, el Aconit y el Alysse embarcan voluntarios de San Pedro como remplazo de los hombres de tripulación dejados en tierra a fin de reforzar la guarnición de la isla, una isla en plena efervescencia.
Puestos de observación en las alturas nevadas, cañones en posición en el Cabo del Águila, en el Cao Negro así como en el Savoyard, ametralladora de grueso calibre en Île-aux-Marins, caminos recorridos por militares de todas edades en ejercicio, la isla está en estado de sitio. Los dirigentes de la asociación de los excombatientes, alistados con su grado de oficial en las Fuerzas Francesas Libres, son destinados al entrenamiento de los fusileros marinos voluntarios sedentarios con miras a defender la isla contra un posible desembarco de marines estadounidenses o de comandos alemanes.
En cuanto a la población permanecida civil, el prefecto apostólico trata de maniobrarla haciendo planear sobre la ciudad la amenaza de las represalias del Señor. Las patrañas cunden: es así como el rumor persistente de la llegada del Emile Bertin, poderoso crucero de batalla vichysés, se acredita a tal punto que el Surcouf va a atracar cabo al este sobre fondo de cascajos, torre emergida apuntando al mar abierto sus dos cañones de 203 mm. Así se quedará varios días al acecho de un blanco que no aparecerá nunca.

Vista aérea de Miquelón

Durante tres semanas en Washington la tensión va a mantenerse en un paroxismo extremo. El 14 de enero, antes de su partida para los E.U.A., el Señor Anthony Eden, ministro británico de Asuntos Extranjeros, informa al general de Gaulle que el departamento de Estado proyecta enviar a San Pedro un crucero y dos destructores.
- ¿Qué hará en ese caso?, le pregunta Eden.
- Los navíos de los Aliados se detendrán en el límite de las aguas territoriales francesas y el almirante estadounidense irá a desayunar donde Muselier quien estará ciertamente encantado de ello, le responde de Gaulle.
- ¿Pero si los navíos rebasan el límite?
- Nuestra gente hará las advertencias de costumbre.
- ¿Si las pasan por alto?
- Sería una gran desgracia, pues entonces los nuestros deberían disparar. Comprendo sus alarmas
, concluye de Gaulle sonriendo al ministro, pero tengo confianza en las democracias.
La cólera estadounidense comienza a extinguirse y San Pedro recobra poco a poco la fisionomía de la época de la prohibición, cuando el desempleo era inexistente. En efecto, es nuevamente un periodo de pleno empleo gracias a las F.N.F.L. que transforman la isla en base permanente con almacenes y servicios anexos. Formadas por instructores llegados de Inglaterra, las voluntarias femeninas son asignadas en el lugar mismo a las secciones de contabilidad, de transmisión o del cifrado. Incluso se va hasta a crear un taller de confección de uniformes colocado bajo la dirección técnica de Blaise, el mayordomo del almirante Muselier, sastre de profesión.
Insensiblemente, las negociaciones entabladas a fin de reglamentar el estatuto de las islas se difumina detrás de las preocupaciones a tal grado mucho más importantes que los aliados evolucionan hacia una aceptación del hecho consumado.
El 23 de enero, las últimas frases del telegrama que dirige el general de Gaulle al almirante Muselier constituyen el epílogo de la adhesión de San Pedro y Miquelón.
«... En total, el asunto (de San Pedro y Miquelón) cae en una penumbra confortable.
Le pido encarecidamente no permanecer en San Pedro hasta el punto de comprometer su salud. Comparto su deseo de que todo sea puesto a punto antes de su partida, pero con la condición formal de que no caiga seriamente enfermo.
Fieles recuerdos.
Charles de Gaulle
».

Aún estando minado por la mala bronquitis contraída durante su travesía del Atlántico Norte, el almirante no había escatimado sus esfuerzos. Sin medios de cara a una potencia considerable, había ganado la partida el día en que, parodiando involuntariamente a Mac-Mahon, su « Estoy, me quedo » (6) confiado al periodista Ira Volfert había desencadenado una ola de entusiasmo en los Estados Unidos, haciendo retroceder al departamento de Estado y poniendo y un punto final a su ira inicial.

Comparativamente a los gigantescos eventos de la Segunda Guerra mundial, la operación de San Pedro y Miquelón parece bien magra.
Del punto de vista francés, representa sin embargo un interés histórico incontestable. Por primera vez, desde el 18 de junio de 1940 una población exclusivamente compuesta de franceses de origen viene a plebiscitar la Francia libre, prefigurando a la faz del mundo lo que debería normalmente pasar cuando Francia estuviera en condiciones de escoger.
Asegurándose sin asestar un golpe la posesión de un territorio francés, donde la situación estratégica y la existencia de una estación de radio provocaban la envidia de sus aliados y de sus enemigos, el general de Gaulle alcanzaba su objetivo más inmediato: volver a imponer su personalidad muy deteriorada desde el asunto de Dakar.
A más largo plazo, esa tenacidad de de Gaulle, ese éxito obtenido sobre sus adversarios, aunque aliados, refuerzan su confianza en su destino y manifiestan la firmeza de sus intenciones, su encarnizamiento en esperar y utilizar las circunstancias favorables. Prueban finalmente que ninguna fuerza puede hacerlo desviarse del partido que ha escogido.
Si nada grave se produce, las consecuencias fueron serias y lo seguirán siendo por largo tiempo. La desconfianza que los Estados Unidos concibieron desde ese momento por el general, el rencor que le guardaron, son el origen de los esfuerzos que multiplicaron para hallar en Weygand, en de la Laurencie, en Giraud o en Darlan, a otro representante calificado de Francia. Así como su rechazo, hasta julio de 1944, de reconocer la Francia libre y de admitir a sus representantes en las conferencias aliadas, resultarán en gran medida de la inquebrantable y altamente valiente actitud del que se había erigido contra ellos para conservarle a Francia su más antigua colonia: ese minúsculo archipiélago en el cielo inclemente de San Pedro y Miquelón…

En forma de epílogo...

Llamado como refuerzo en el Pacífico, el gran submarino Surcouf, comandado por el capitán de fragata Blaison, apareja el 15 de enero de 1942. No llegará nunca a su destinación: seguido de cerca en el mar de las Antillas por un cargo estadounidense, el S.S Thompson Lykes, en la noche del 18 al 19 de febrero de 1942, será perdido bienes y personas sin dejar sobreviviente alguno de los 126 hombres de la tripulación.
El 8 de febrero de 1942, en convoy en aguas de Irlanda, un torpedo golpea al Alysse capitaneado por el teniente de navío Pépin Lehalleur: 35 marinos perecen en la explosión entre los cuales 17 originarios de San Pedro embarcados el 27 de diciembre precedente.
El 9 de junio, el Mimosa es tocado de muerte por el submarino U 124 mientras estaba en protección de retaguardia de un convoy. El comandante, capitán de corveta Birot y 65 hombres son reportados desaparecidos, entre ellos los 5 sampedranos embarcados el 27 de diciembre anterior.
De los cuatro bastimentos que participaron en la liberación del archipiélago de San Pedro y Miquelón solo el Aconit seguirá a flote. Comandado por el teniente de navío Jean Levasseur, seguirá navegando y cazando hasta el armisticio, cuando será citado a la orden de las Fuerzas Francesas Libres.

 

NOTAS:

1) África Occidental Francesa.
2) Futuro alcalde de San Pedro que tendrá el honor de recibir al general de Gaulle, Presidente de la república en 1967.
3) « Doris »: barquilla de pesca en Terranova.
4) La consultación se llevará a cabo de manera separada en cada una de las tres aglomeraciones del archipiélago: el día siguiente en San Pedro, el 26 en la Isla de los Marinos y el 28 en Miquelón.
5) Habrá 375 alistados voluntarios San Pedro y Miqueloneses:
- 36 antes de la llegada de los F.N.F.L. el 24/12/41,
- 91 del 26 al 31/12/1941
- 240 en el transcurso del año 1942
- 8 en el transcurso del año 1943
- 51 alistados voluntarios en las auxiliares femeninas de los F.N.F.L.
6) « J’y suis, j’y reste ».

Fuentes bibliográficas:
BESSIERE André, L’engrenage, (« El engranaje », Buchet-Chastel 1991 réédition 1997)
LEHUENEN Joseph, Ephéméride des îles de Saint-Pierre et Miquelon, (« Efemérides de las islas San Pedro y Miquelón »; Acadie 1970).

Archivos del Museo de San Pedro y de la Asociación de los ex-combatientes de San Pedro y Miquelón.

Entrevistas con MM.:
LEHUENEN Joseph, antiguo piloto del puerto y ex alcalde de San Pedro.
LEPAPE Eugène, marino sampedrano F.N.F.L. sobreviviente del Alysse.
PEPIN LEHALLEUR, contralmirante y ex comandante del Alysse.

 
Círculo Austerlitz: "Honneur et Patrie".