Francósfera México-Francia, el portal de la promoción y de la defensa de la Francofonía en América.
El Listón Rojo.
El Listón Rojo - Le Ruban Rouge.
 
 
CREACIÓN DE LA ORDEN DE LA LEGIÓN DE HONOR
Cordón de la Legión de Honor
Por el Señor
André Bessière
Héroe de Guerra
Presidente del Círculo Austerlitz
Presidente de la Peña de los Resistentes Deportados Tatuados del 27 de Abril de 1944

El Señor Bessière
Traducción de la Francósfera México-Francia

« Incentivé todas las emulaciones, recompensé todos los méritos, y alejé los límites de la gloria »

Napoleón.

 

LA IDEA GERMINA

Egresado 42° de 58 en la promoción de 1784 de la Escuela militar de Briena, el futuro general Bonaparte y Primer Cónsul se había enfurecido por no haber obtenido la cruz de Nuestra Señora del Monte Carmel, reservada tan sólo a los tres primeros. En revancha, habría podido beneficiar de la cruz de San Luis, atribuida desde el reglamento de 1781 a los tenientes después de diez años de servicios, pero no tenía más que ocho de antigüedad cuando la supresión de ésta...
El Primer Cónsul tiene pues el recuerdo de estas condecoraciones e insignias, que nunca tuvo, cuando el 15 de febrero de 1802, al final de una cena íntima en la Malmaison (1) reuniendo a algunos comensales en la sala llamada «del Consejo», evoca la prestigiosa recepción dada el día anterior en las Tullerías donde, pasmoso contraste con sus homólogos franceses que tienen prohibidas las distinciones de honor por la Revolución, los uniformes de los embajadores y militares extranjeros habían brillado con todo el fulgor de los aderezos de sus diversas órdenes nacionales. Sin duda alguna había aprovechado el momento más propicio para exponer enseguida a su auditorio restringido, pero selecto, su opinión acerca de las distinciones honoríficas.
Vehemente y premonitorio, Bonaparte precisa especialmente que si «los hombres están prendados de las distinciones, los franceses más que los demás están literalmente hambrientos de ellas: tal ha sido su espíritu en todos los tiempos. Jamás Luis XIV hubiera podido apoyar la guerra de Sucesión de España con ventaja si no hubiese tenido a su disposición la moneda de la Cruz de San Luis. Este poderoso auxiliar dio a luz prodigios de valor. El dinero no era de valor alguno ante aquella distinción: muchos son los que la hubieran preferido a montones de oro.
- Pues bien, no hay más que restablecer la Cruz de San Luis, replica Monge.
Sigue un silencio molesto que interrumpe el futuro Emperador para quien el tema se ha agotado.
- ¿Si fuéramos al salón para reunirnos con esas damas?»

Orden Real de San Luis
Museo de la Legión de Honor

 

LA IDEA SE AFINA

Dos meses más tarde, el 15 de abril de 1802, siempre en Malmaison, el Primer Cónsul reincide al final de una reunión del consejo privado. Consciente de que había que reconstituir el tejido social desgarrado instaurando una jerarquía de los méritos, y firmemente convencido de que la nación no podía prosperar sin el reconocimiento público de los mejores espíritus que la animan, Bonaparte desarrolla de una manera clara y poderosa la institución de una Orden honorífica apoyándose en la ley del 6 de agosto de 1791 que, suprimiendo las Órdenes de Caballería, se reservaba estatuar si habría una condecoración única que podría ser acordada a las virtudes, a los talentos y a los servicios prestados al Estado. Y afirma que los soldados que no sepan ni leer ni escribir estarán orgullosos de portar la misma condecoración que los hombres más ilustres y éstos atribuirán tanto más valor a esta recompensa cuanto que será la misma para todos.
Y sobre la base de los principios de la creación de una reunión de hombres dedicados al culto del honor y a la defensa de ciertos valores, Bonaparte encarga al Consejero Roederer redactar un proyecto de decreto cuya exposición de los motivos será leída por éste último en la sesión del Consejo de Estado del 4 de mayo de 1802 (14 de floreal del año X).

 

LA LEY DEL 29 DE FLOREAL AÑO X (19 DE MAYO DE 1802)

Después de tres sesiones agitadas en el transcurso de las cuales el consejero de Estado Berlier profiere, sentencioso, la frase legendaria: «¡La orden propuesta conduce a la aristocracia, las cruces y los listones son las sonajas de la Monarquía!», el Consejo de Estado aprueba el proyecto por 14 voces contra 10 y lo envía al Cuerpo Legislativo donde será presentado por el Primer Cónsul el 25 de floreal del año X.
Votado por 166 voces contra 110 y adoptado el mismo día en el Tribunado por 50 voces contra 38, el proyecto se convierte en la ley del 29 de floreal del año X. (2)

 

LA ORDEN DE LA LEGIÓN DE HONOR

 

La institución de la Legión de Honor no es pues el resultado de una creación espontánea, brotada del cerebro genial del Primer Cónsul, sino el de un largo camino de sus pensamientos, desembocando en un elemento de fusión de la Nación salida victoriosa de trece años de pruebas políticas, sociales, económicas y militares que la habían llevado más de una vez al borde del abismo.
Este elemento de fusión implicaba acordar un lugar de preeminencia a aquellos cuyas virtudes cívicas o heroísmo guerrero habían modelado la faz de una Francia nueva, es decir que el Cónsul vitalicio no quería, según sus propios términos, «que se distinguiera a los hombres en civiles y en militares».
Retrato del Primer Consul
Óleo de Robert Lefèbvre
Al instituir una nueva Orden, Bonaparte, verdadero maestro en psicología, apuntaba igualmente al establecimiento de una escala de distinciones honoríficas susceptibles de ser otorgadas bajo el mismo título a todos los ciudadanos, en vista de hacer surgir en la nación una élite entre las élites, consagrada al culto del Honor y a la defensa de los grandes principios cívicos.
Yendo la institución en contra de los preceptos de la Revolución de los que todavía estaban impregnados un buen número de representantes en las Asambleas del Consulado, la idea no recibe todos los sufragios e imaginamos mal el tumulto desencadenado por el proyecto de esta nueva institución:
No es posible hoy en día, escribirá treinta años más tarde la duquesa de Abrantès, hacerse una idea justa de ello. Esta creación de una orden de Caballería en un país en el que no se camina más que en medio de instituciones republicanas pareció primero una suerte de monstruosidad en una república.
No le dispensan de críticas y burlas. Cuando un importante personaje entra al salón de Madama de Staël, ésta no deja nunca de apostrofarle con un semblante divertido: «¡Y bien! ¿Sois sin duda unos honrados?»
Al término de una cena al que había convidado a unos amigos, el general Moreau, otorga una « cacerola de honor » a su cocinero.
Inmediatamente después de su creación, en plena estación de las flores, los jóvenes de París se divierten decorando su ojal con un clavel rojo que, de lejos, ilusiona un poco, al portar en efecto los simples Legionarios la condecoración de plata, atada a un listón tornasolado rojo, ornamentado con una suerte de nudo o de roseta. Bonaparte, informado, toma muy mal la cosa, yendo hasta querer detener a los que hacen burla de su Orden.
Más lapidario, Bourrienne, confía en sus memorias: «Primero mal acogida, la Legión de Honor se convirtió prontamente en objeto de todos los deseos, de todas las ambiciones».
Cuan significativas son del valor incomparable de la gloriosa falange, desde su origen, las cartas de los valientes soldados que reclaman el honor de acceder a ella. Entre otras la del vencedor de Fleurus, el general Consejero de Estado Jourdan, quien solicita humildemente del Primer Cónsul el 30 de fructidor del año X, el favor de ser admitido o, con fecha del 16 de vendimiario del año 12, la solicitación del ayuda de campo del general Bernadotte, el jefe de brigada Gérard, futuro mariscal de Francia y gran Canciller.
Raros son quienes rechazarán la distinción. Mientras el mariscal de Rochambeau, héroe de la Guerra de Independencia estadounidense pretextará su edad, el marqués de Lafayette, el hombre de los dos mundos, después de haber estado en coqueteos con el Primer Cónsul le hará el feo al Emperador y declinará su propuesta para «evitar el ridículo».

 

ÉTIENNE DE LACÉPÈDE, PRIMER GRAN CANCILLER DE LA LEGIÓN DE HONOR

Para marcar bien el carácter mixto, es decir civil y militar de la Orden, la dignidad de Primer gran Canciller recae sobre el famoso naturalista Étienne de Lacépède, continuador de la obra de Buffon.

Nacido el 26 de diciembre de 1756 en Agen, Étienne de Lacépède había tomado my joven a Buffon como maestro y modelo, manteniendo una correspondencia con el ilustre naturalista quien, al envejecer, le había propuesto en 1785 continuar la parte de su «Histoire Naturelle» que trataba sobre los animales. Ya desde 1788, Lacépède publicaba el primer volumen de su «Historia de los reptiles», que trataba de los cuadrúpedos ovíparos, y el año siguiente el segundo que trataba de las serpientes.
Su popularidad no le había permitido escapar a la tormenta revolucionaria. Saliendo más de una vez de situaciones delicadas había escapado apenas a la guillotina de Robespierre.
Después de termidor, en la Escuela Normal creada por la Convención, la cátedra nueva consagrada a la historia de los reptiles y de los peces (3) le era confiada haciéndole tomar el rango de verdadero sucesor de Buffon, lo cual le abría las puertas del Instituto y de la Academia de Ciencias.
Una vez consumado el 18 de brumario, el nuevo gobierno del Primer Cónsul quiere el apoyo de la opinión y busca un hombre igualmente amado y estimado por los hombres de ciencias, de letras, y por el mundo. Lacépède se ve literalmente propulsado senador en 1799, Presidente del Senado en 1801 y gran Canciller de la Legión de Honor en 1803. Esta institución de la Legión de Honor se le presenta entonces bajo el aspecto más grande y más noble destinado a afirmar el culto del verdadero Honor.
Carga aplastante bajo la dirección del Emperador.
En 1815 dejará la cancillería para ceder la plaza al mariscal MacDonald, volverá a sus trabajos, a la Academia de Ciencias y a su cátedra del Museo.
Víctima de las viruelas Lacépède morirá el 6 de octubre de 1825.
El Conde de Lacépède (1756-1825)

 

EL GRAN CONSEJO DE LA LEGIÓN DE HONOR

Conformado en julio de 1803, el primer gran consejo de la Orden se compone de esta forma:

Presidente:
Bonaparte
Primer Cónsul
Gran Canciller
Lacépède
Sabio naturalista elegido por el Cuerpo legislativo
Gran Tesorero
Dejean
General
Miembros:
Cambacérès
Segundo Cónsul
  Lebrun Tercer Cónsul
José Bonaparte Representando al Consejo de Estado
Luciano Bonaparte Designado por el Tribunado
Kellermann Elegido por el Senado

Podrán ser recibidos en la nueva Orden, los militares que hayan prestado servicios mayores al Estado en las guerras de la libertad, así como, los ciudadanos que, por su saber, su talento, sus virtudes, han contribuido a establecer y a preservar la república, o hecho amar y respetar la justicia de la administración pública.
Los diversos ministerios reciben las instrucciones necesarias a fin de establecer las listas de proposiciones, el número de candidatos estando fijado en 4932 para esta primera promoción, no incluidos los 2318 titulares de armas de honor, miembros de derecho (4)

 

LOS LEGIONARIOS DE DERECHO

Las nominaciones de los «Legionarios de derecho» son ratificadas el 24 de septiembre de 1803. Los hombres de tropa reciben la estrella de plata, los oficiales subalternos la de oro, los oficiales superiores, poco numerosos, el grado de comandante. Esta promoción queda en la historia de la Legión de Honor como la de los humildes pero valientes servidores de la patria, la de quienes combatieron por la república de 1792 a 1800, la de «los obscuros, de los sin grados», pocos habiendo rebasado el grado de capitán.
La idea del Primer Cónsul de otorgar la nueva condecoración a los soldados reconocidos los más dignos y los más bravíos entre los guerreros, hace subir inmediatamente a la Legión de Honor a un nivel de prestigio pero también de deseo inigualado hasta entonces. Por medio de ese gesto altamente simbólico el Primer Cónsul prueba que la Orden que acaba de crear señala una esencia eminentemente democrática, abierto a todos los ciudadanos que, sin distinción de nacimiento, de clase social o de títulos, han contribuido poderosamente a la grandeza del país.

 

LAS PRIMERAS PROMOCIONES

Del 24 de septiembre de 1803 al 9 de agosto de 1804, 17 decretos de nominaciones son publicados. Las listas difieren unas de otras tanto por el número como por la composición exclusivamente militar o civil o en partes compuestas. Para este periodo que precede las entregas solemnes de las insignias, 9 172 nominaciones serán pronunciadas, de las cuales 620 civiles. En éstas últimas, algunos militares nombrados a título civil, y, al existir todavía la corporación de éstos últimos a principios de ese Siglo XIX, 13 corsarios entre los cuales el boloñés Bucaille, Cary, Cornu, J.B. Pollet y Duchenne que serán condecorados por el Emperador el 16 de agosto de 1804 en Boloña.
Como ejemplo, la promoción del 14 de junio de 1804, únicamente militar, en la cual, por algunas celebridades, ¡cuántos desconocidos cuyos nombres merecerían la iluminación de la posteridad!
Como el jefe de batallón Aurèle-Jean de Boisserolle, cuyo certificado de Legionario lleva el número 1439. Nacido el 3 de septiembre de 1764, ex de los Guardias de corps de Luis XVI, voluntario de la Guardia nacional, luego del ejército del Sur, el Primer Cónsul lo había escogido para asegurar un enlace con el ejército dejado en Egipto bajo las órdenes de Kléber. Asesinado éste último, de Boisserolle transmite las órdenes el 14 de junio de 1799 a su sucesor el general Menou y toma parte activa en la vida de las tropas de ocupación hasta el 25 de enero de 1801 cuando, embarcado a bordo del Peausilipp, escapa a las setenta velas inglesas que bloquean las costas egipcias, desembarca en Provenza y llega poco después a las Tullerías. Ahí, rinde cuentas de su misión al Primer Cónsul que le nombra jefe de batallón y se acordará de él durante esa promoción de la Legión de Honor.
Como el ayuda de campo del mariscal príncipe Murat, el capitán Exelmans, futuro mariscal y gran Canciller de la Legión de Honor.

Como el capitán Berge que alcanzará al final de su carrera a las más altas dignidades de la Legión de Honor. Nacido en 1779 en la pequeña plaza fuerte de Collioure, a la edad de 14 años durante el sitio de la ciudad pierde a su padre. Recogido por el ingeniero militar Hachette, a quien secundaba durante el sitio, el huérfano a los 15 años como sargento aerostera en la batalla de Fleurus. Apasionado por las matemáticas e instruido por su padre adoptivo, el niño prodigio entra a la Escuela Politécnica de la que sale mayor de la primera promoción a los 16 años. Monge lo nota, lo presenta a Bonaparte quien se lo incorpora. A partir de entonces, participa a los 19 años a la campaña de Egipto, se ilustra en Alejandría, en las Pirámides y en El Cairo. A cargo de una primera misión de la 2o oficina en San Juan de Acre, es el espía y el artillero número 1 del sitio. Se señala igualmente como encargado de una 2a misión en Argel (1801-1802) en como suplente técnico del general Hulin. Capitán a los 20 años, titular de dos sables de honor en Egipto, es hacho oficial de la Legión de Honor sin haber sido caballero a los 25 años. Mayor a los 27 años por su conducta en Jena, es comandante de la Legión de Honor a los 32 años en España, general y barón del Imperio a los 34 años en 1813. Durante la Restauración Carlos X le confirmará en sus títulos, lo nombrará jefe de armada en España y negociador del armisticio de Barcelona. Terminará su carrera después de haber redactado los planes de la expedición de Argel de 1830 (5).
Como el general de brigada Henri Gatien Bertrand, de la Escuela del Ingenieros de Mézières, Legionario desde el 11 de diciembre de 1803, promovido oficial aquel 14 de junio de 1804.
Cruz de la Legión de Honor
Águila de oro del primer tipo, anverso y reverso respectivamente
Como el general Olivier Macoux Rivaud, caballero desde diciembre de 1802, nombrado directamente comandante ese mismo 14 de junio de 1804. Después de haber escalado todos los peldaños de la jerarquía en el transcurso de las guerras de la revolución, dos misiones de confianza exitosas tras la campaña de Italia llevadas a cabo ante el Santo Padre en Roma y del Directorio en parís, lo habían señalado a la atención de Bonaparte quien, Emperador, se había acordado de él.
La promoción del 15 de julio de 1804 presentará, según el equilibrio impuesto por los textos, un carácter civil que abre el camino para la osmosis social deseada por el Emperador. Notamos junto a Fouché el regicida, al ex obispo Talleyrand, los cardenales de Boisgelin y Cambacérès, el explorador Bougainville, el químico Chaptal, el juez Portalis, y algunos generales condecorados en virtud de sus funciones pacíficas como Brune y Ségur, consejeros de Estado, o Ney, ministro plenipotenciario.
Entre los militares se encuentran los padres de la cirugía moderna, Desgenettes, Larrey y Percy. Desgenettes servirá en Polonia, en España y en Rusia, Larrey en la Guardia Imperial y Percy en la Gran Armada.
Ese día André Estienne el «tambor de Árcole» recibirá la estrella de manos del mismo Emperador. Contrariamente a la leyenda confortada por el cuadro de Antoine Jean Gros, el general Bonaparte no había arrebatado el puente de Árcole cargando bandera en mano. Habiendo fracasado su tentativa había dado la orden de pasar el río Alpone a nado. André Estienne se había lanzado entre los primeros y seguía batiendo la carga en el agua gritando «¡Adelante, adelante!». Galvanizado por el ejemplo del joven tambor de 19 años, tiradores, cazadores y granaderos franceses se habían precipitado tras de él, saltando a la otra orilla de la que habían echado a los austriacos. Apodado s partir de entonces «el tambor de Árcole» André Estienne había recibido unas baquetas de honor con mangos y puntas de plata grabadas a su nombre, y luego en 1802 había entrado como tambor a los cazadores a pie de la Guardia Consular. Gloria última, durante la ceremonia de la Consagración, el 2 de diciembre de 1804 en Nuestra Señora de París, André Estienne será el único tambor designado para redoblar el «toque de llamada y tropa», batería prevista para rendir los honores.
Entre las promociones del año 1805, notemos la nominación al grado de caballero de Jean Thurel, el incontestado decano de la Legión de Honor. Nacido en 1699, el más viejo soldado de Europa, con un triple medallón de veteranía que recompensaba setenta y dos años de servicio, fallecerá a los 108 años en 1807.

 

EL JURAMENTO

Juramento durante la ceremonia de distribución de la Legión de Honor, en el campo de Boloña.

Una carta de aviso que anunciaba su nominación al nuevo Legionario, llamado caballero a partir de 1808, le es dirigida por el gran Canciller. Hace las veces de certificado y prescribe al nuevo miembro a prestar el juramento previsto por el decreto del 19 de mayo de 1802 (6), respetando la fórmula establecida por Roederer.
«Juro, por mi honor, dedicarme al servicio de la república, a la conservación de su territorio en su integridad, a la defensa de su gobierno, de sus leyes y de las propiedades que han consagrado; combatir por todos los medios que la justicia, la razón y las leyes autorizan, toda empresa que tienda a restablecer el régimen feudal, reproducir los títulos y calidades que eran atributo de éste, en fin de concurrir con todo mi poder a la conservación de la libertad y de la igualdad».
De 1804 a 1811, la palabra «Imperio», remplazará al de «República», luego «para con el Emperador y su dinastía» tras el nacimiento del rey de Roma a partir de 1812.

 

CREACIÓN Y PORTE DE LAS INSIGNIAS

Entre tanto, el 18 de mayo de 1804, un senadoconsulto orgánico había decidido confiar el gobierno de la república a un emperador en la persona de Napoleón Bonaparte. Ciento cuarenta dos artículos regulan la organización de la nueva monarquía, restableciendo el artículo 48 el mariscalato.
Desde el día siguiente 19 de mayo, 18 mariscales son nombrados, entre los cuales cuatro senadores. Otras promociones intervendrán de 1807 a 1815 llevando a 25 el número de los mariscales en el transcurso del Primer Imperio. En ocasión de esta primera promoción el Emperador de los franceses precisará a los nuevos mariscales de Imperio, igualmente promovidos grandes oficiales de la Legión de Honor, que esta dignidad que os confiero, puramente civil, no os da ningún derecho de mando en el campo de batalla.
Napoleón esperará a ser proclamado emperador para fijar, por decreto imperial del 11 de julio de 1804 (22 de Mesidor del año XII), la forma de la condecoración.
El 30 de enero de 1805, creará la «gran condecoración» en forma de «gran Águila», dignidad superior que completa la jerarquía de la Orden y permitirá, según las palabras del Emperador de «lazar a nuestras instituciones las instituciones de los diferentes Estados de Europa».
Con la realización de una insignia, Napoleón habrá llenado plenamente uno de los objetivos que se había fijado: devolver a Francia una institución capaz de rivalizar con las Órdenes de los demás países europeos. La estrella de la Legión de Honor se portará exclusivamente en el ojal del atuendo, solo el metal, oro o plata, distinguiendo los grados de los Legionarios.
Dotaciones son atribuidas a cada grado: a los grandes oficiales les son asignados 5000 F, 2000 a los comandantes, 1000 a los oficiales y 250 a los simples Legionarios.
En el ejército, los mariscales obtienen naturalmente el más alto grado, los oficiales generales, marina incluida, el de comandante, los coroneles y capitanes de navíos el de oficial, los diversos otros el de Legionario.

 

LA PRIMERA ENTREGA DE LAS INSIGNIAS

Distribucíon de las primeras medallas de la Legión de Honor
En la iglesia de Los Inválidos, el 15 de julio de 1804

La primera entrega de insignias, en el Templo de Marte, (la Capilla San Luis de Los Inválidos) fijada para el 15 de julio de 1804, un domingo para asociar al pueblo de París, da al Emperador la ocasión de inaugurar el despliegue de los fastos del cortejo imperial, para Josefina, su primera salida de emperatriz.
Según el protocolo, el gobernador de Los Inválidos recibe al Emperador en la reja de entrada. Detalle picante, el gobernador que presenta simbólicamente al Emperador las llaves del Hotel es el Serrurier (7).
El carácter parcialmente religioso de la ceremonia desagrada soberanamente a ciertos invitados. El general Augereau acompaña a Napoleón hasta la puerta de la iglesia y se queda deliberadamente afuera, seguido en su gesto por unos sesenta oficiales entre los cuales Fournier-Sarlovèze, futuro brigadier y «más mal sujeto del ejército» quien accederá algunos años más tarde a la dignidad de gran oficial por su bravía en España.
En su discurso de inauguración, la elocuencia del gran Canciller Lacépède alcanza el nivel de las proclamas militares del Emperador para insistir en el papel federador de la Legión de Honor, imagen de una Francia nueva.
Napoleón hace entrega él mismo de las insignias de su grado a los primeros condecorados civiles así como a los militares, comenzando por los que han sido seleccionados en la fila. Un inmenso clamor: «¡Viva el Emperador!» sigue al juramento prestado por el conjunto de los recipiendarios. Solo el general Augereau no responderá al llamado de su nombre, pero no rechazará ni el mariscalato ni a la dignidad de gran águila el 9 de febrero de 1805.

El capitán Coignet relata, en sus célebres «Cuadernos», la solemnidad con la que tuvo lugar la inauguración de la nueva Orden Nacional:
La ceremonia tuvo lugar en el Domo de Los Inválidos. He aquí cómo estábamos colocados: a la derecha entrado, en gradas hasta arriba, estaba la Guardia; los soldados del ejército estaban a la izquierda en gradas iguales, y los inválidos estaban al fondo, hasta el plafón. El cuerpo de los oficiales ocupaba el estrado. Toda la capilla estaba llena.

El Emperador se presenta; el más grande silencio reina en la capilla (8); cruza todo el cuerpo de oficiales y va a colocarse a la derecha, en el fondo, en su trono; Josefina estaba en frente, a la izquierda, en un palco; Eugenio al pie del trono sostenía una almohadilla guarnecida de alfileres y Murat tenía una barquilla (era el casco de Bayard) llena de cruces. La ceremonia comienza por los grandes dignatarios que fueron llamados por su rango de orden. Después de que todas las grandes cruces fueron distribuidas, se hizo llevar una cruz a Josefina, en su palco, sobre un plato que Murat y Eugenio le presentaron.
Entonces, se llamó a “¡Jean-Roch Coignet!” Yo estaba en la segunda grada; pasaba frente a mis camaradas y llegaba al estrado y al pie del trono... “No se pasa...” Murat le dijo “Mi príncipe, todos los legionarios son iguales, se le llama, puede pasar.”
Subo los escalones del trono, me presento derecho como una estaca ante el Cónsul que me dijo que yo era un bravo defensor de la patria y que había dado pruebas de ello. Con estas palabras, “Acepta la cruz de tu Cónsul”, retiro mi mano derecha que estaba pegada a mi gorra de granadero y tomo mi cruz por el listón. No sabiendo qué hacer con él bajé los escalones del trono retrogradando, pero el Cónsul me hizo volver a subir junto a él, tomó mi cruz, la pasó en mi ojal y la fijo con un alfiler tomado en la almohadilla de Beauharnais, y volví a bajar atravesando todo ese estado mayor que ocupaba el estrado. Me encontré a mi coronel, el Sr. Lepreux, y a mi comandante, Merle, quienes esperaban su condecoración.
No podía avanzar por lo mucho que era apretujado por la muchedumbre que quería ver mi cruz. Las bellas damas que podían acercárseme para tocar mi cruz me pedían permiso para besarme; vi la hora en que iba a servir de patena para todas esas damas y señores que se hallaban en mi camino. Llegué al puente de la Revolución, donde encontraba a mi antiguo regimiento, que formaba la cerca en el puente. Las felicitaciones llovían de todos lados; finalmente, estrechado de todas partes, acabé por entrar en el jardín de la Tullerías, donde tuve mucha dificultad en volver a mi caserna. Al llegar a la puerta, el faccionario porta las armas. Me volteo para ver si no había un oficial cerca de mí, estaba todo solo. Voy cerca del faccionario, le digo “¿Conque es por mí que portáis las armas?” – “Si, me dice, tenemos la consigna de presentar las armas a los Legionarios”.
Tomé su mano y la apreté fuertemente.
Mi teniente, que me había visto decorado el primero, no me había perdido de vista y se había apoderado de mí. Me dijo atentamente: “No me dejaréis en toda la velada, vamos a ver las iluminaciones y de ahí, iremos al Palais-Royal a bebernos nuestra media taza…”
Nos paseamos en el jardín durante una hora. Me llevó al café Borel, al extremo del Palais-Royal y me hizo bajar en una gran bodega donde había mucha gente. Ahí, ambos fuimos rodeados. El dueño del café vino cerca de mi teniente y le dijo “voy a serviros lo que deseáis, los miembros de la Legión de Honor se regalan gratis.”
¡Cuán bella fue esa velada para mí que no había visto nada semejante!
(9)

LA SEGUNDA ENTREGA DE LAS INSIGNIAS

La segunda ceremonia, destinada a los valientes del ejército, se lleva a cabo el 16 de agosto de 1804 en el campo de Boloña frente al enemigo que se prepara para la invasión de Inglaterra.
Ante 100,000 hombres, casi todos veteranos de las guerras de la República, unos 2,000 oficiales, suboficiales y soldados de los ejércitos de tierra y de mar, reciben la insignia ya famosa de manos del Emperador, quien, sentado en el sillón de Dagoberto, toma las condecoraciones en piezas de armaduras de Du Guesclin y de Bayard, afirmando así su voluntad de vincular el presente con el pasado y esperando de los Legionarios las mismas virtudes y la misma grandeza que habían vuelto a aquellos héroes legendarios.
Promovido el 22 de junio de 1804, François Vaudeville, sargento de caballería en el 1er Regimiento de Dragones, soldado de méritos excepcionales cuyo coraje era tan célebre que Napoleón había insistido en condecorarle el primero en el campo de Boloña el 16 de agosto siguiente. Nada había preparado a François Vaudeville para la carrera de las armas: había terminado sus humanidades en Saint-Nicolas de Port con la intención bien determinada de convertirse en sacerdote. La Revolución había interrumpido brutalmente la carrera eclesiástica del joven clérigo que se había alistado el 10 de marzo de 1993 en el 1er Regimiento de Dragones quedándose en guarnición en Nancy. A partir de entonces había conquistado sus galones a punta de sable durante las campañas de la Revolución y del Consulado, campañas en cuyo transcurso su heroísmo se había hecho legendario. (10)

Intronizado en un inmenso pódium decorado con armas, armaduras cortinajes y banderas, el Emperador Napoleón es aclamado por 120,000 dignatarios, oficiales, soldados y civiles ante la mirada de los navíos ingleses, que disparan cañonazos en la lejanía. La música es magnífica, y será retomada el día de la entrada del Emperador a Nuestra Señora de París. Cuadro anónimo, Museo Napoleónico de Roma.

La narración de esta grandiosa manifestación por el historiador Emile Marco de Saint-Hilaire toma, por su vivacidad y su sentido del detalle, una forma periodística excepcional con muchos momentos fuertes entre los cuales el del juramento.
Un redoble general de todos los tambores resonó al pie del trono, dio la señal a los Legionarios de que avanzaran con sus banderas al centro de la arena para preparar su juramento. El mismo Napoleón pronunció la fórmula.
- ¿Juráis defender, en peligro de vuestra vida, el Honor del nombre francés, a vuestra patria, a vuestro Emperador?
¡Lo juramos! Dicen extendiendo el brazo.
- ¿Lo juráis? Repitió de nuevo Napoleón.
- ¡Si! ¡Sí! ¡Sí!
Y todos agitan el aire con su gorra y su sombrero prorrumpiendo:
- ¡Viva el Emperador!... ¡Viva el Emperador!
Napoleón se voltea hacia el grupo compacto y dorado que le rodeaba; le dirige un signo, inspira una toma de rapé, y dice:
- ¡Vamos señores, comencemos!
La distribución de las cruces se hace enseguida.
Un ayuda de campo del Emperador llama al titular; éste, al llegar, se detiene al pie del trono, saluda, sube la escalera de la derecha, es recibido por el gran Canciller que le hace entrega de su certificado. El page, colocado entre el trébede y el Emperador, toma la condecoración en uno de los cascos y la presenta Napoleón quien la prende él mismo en el pecho del valiente. En ese instante, más de 800 tambores baten un redoble; cuando el condecorado desciende del trono pasando ante el brillante estado mayor que ha permanecido abajo, son apretones de mano y abrazos a no acabar nunca, al son de las fanfarrias ejecutadas por 1200 trompetas.
Esta ceremonia es larga: comenzada a las 10 y media horas de la mañana, se termina a más de las tres de la tarde porque el Emperador, al dar la cruz, acompañaba casi siempre esta acción con algunas palabras de elogio.
Sucedía a veces que el Legionario estaba tan conmovido, tan turbado al acercarse al Emperador, que la escena se hacía burlesca.

Perdidos en esta masa de hombreras, doce civiles reciben la cruz entre los cuales tres magistrados: el Procurador general imperial Michel, de la audiencia Territorial de Douai, el Presidente Bonbers, del Tribunal de Justicia criminal de Pas-de-Calais, el Gobernador Hazot del Tribunal de Justicia criminal de Pas-de-Calais, y el alcalde de Dunkerque, Jean-Marie Emmery, Primer alcalde condecorado con la Legión de Honor.
Esta jornada, cuya repercusión será universal, marca verdaderamente la entrada de la Legión de Honor en la vida de la Nación.

 

LOS CIVILES EN LA LEGIÓN DE HONOR

La orden de Legión de Honor es tanto mejor acogida por la opinión pública, que no escatima su entusiasmo para con el Emperador, cuanto que el primer gran Canciller nombrado es un civil.
Los civiles sin embargo no reciben la cruz más que en débiles proporciones, siendo los financieros singularmente honrados:
Gaudin, ministro de Finanzas es uno de los primeros en ser nombrado. Con su colega Barbé-Marbois, ministro del Tesoro, es promovido gran oficial en junio de 1804 y gran águila en 1805. En la diversidad de los puestos que habían ocupado, habían, uno como el otro, en un periodo entre todos difícil, dado el ejemplo de la continuidad de acción de los grandes funcionarios. Gaudin, denunciado sin cesar durante la Revolución, hacía frente obstinadamente en interés del Tesoro, incluso cuando su despacho había sido invadido por la turba desencadenada. En fructidor del año V Barbé-Marbois había sido deportado a Guyana.
Un poco menos pintoresco, Mollien, sucesor de Barbé-Marbois en el Tesoro, recibe él también el gran cordón de la Legión de Honor. Este hombre fundamentalmente honesto no se enriquecerá jamás.
Napoleón abre esencialmente la Orden a aquellos cuyos títulos y el prestigio que les es atribuido designan a su atención, a ejemplo de Tronchet, el más grande jurista de su tiempo. Tomará pues sus Legionarios en las Asambleas y primero en el Consejo de Estado con sus más de 50 miembros condecorados de los cuales una decena se hacen dignatarios, entre ellos Cambacérès, Français de Nantes, Merlin de Douai, y, no olvidado por el Emperador agradecido, el senador futuro conde de Imperio Roger Ducos, el ex Cónsul que había contribuido, con Siéyès, a su accesión al poder los días 18 y 19 de brumario del año VIII.
Es de notar la nominación al grado de caballero y al título de miembro de la Convención y de los Quinientos, de Jean-Baptiste Drouet, hijo del jefe de correos de Sainte-Ménéhould quien, el 22 de junio de 1791 en Varennes, en Argonne, puso fin al desatino de Luis XVI. Jean-Baptiste Drouet terminará su carrera como subprefecto de Imperio.
El cuerpo de los funcionarios, sobre el cual reposan las bases de la nueva Francia, se ve relativamente favorecido. Fouché a la cabeza por supuesto, luego al lado de los prefectos de policía Pasquier y del Sena Frochot, más de 150 prefectos se convierten en caballeros, oficiales o comandantes, así como 133 alcaldes, de los cuales casi todos los de París, de las grandes ciudades de Francia y de los territorios anexados.
Las Relaciones exteriores, hoy los « Asuntos extranjeros » son igualmente aventajados con unos sesenta Legionarios de todos los grados como Bourgoin, d’Ornano, Mercy d’Argenteau y Mathieu de Lesseps.
Los directores de las grandes administraciones figuran en este palmarés con Guillemot en las Manufacturas, Marcel en la Imprenta Nacional, Lavallette en los Correos y Museos.

Primera distribución de la Legión de Honor, instituida por el Emperador, el 15 de julio de 1804 en la capilla de los Inválidos
El 15 de julio de 1804, en el patio de honor de Los Inválidos, el Emperador Napoleón condecoró a sus mariscales, los altos dignatarios civiles del Imperio, y también al grognard Jean-Roch Coignet. Aquí, hace entrega de las insignias de caballero al gran matemático Gaspard Monge. Cuadro de Jean-Baptiste Debret.

La Legión de Honor se abre de también a los talentos: entre los 620 civiles recibidos el 15 de julio de 1804 algunos nombres resplandecen con un brillo particular:
Los d