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| EL
DÍA MÁS GRANDE
DEL REINO IMPERIAL |
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El
Coronamiento
de la emperatriz
o La Consagración
Jacques-Louis
David, pintado
de 1804 a 1807
(H/t 629 x 979).
Museo del Louvre,
París.
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Por
la Señora |
Danièle
Bessière
Vicepresidente
del
Círculo Austerlitz
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| Sra.
Bessière |
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Traducción
del Instituto Napoleónico
México-Francia |
Dos
siglos después, este evento no
fue pasado por alto el Círculo
Austerlitz.
Prevista
inicialmente para el aniversario del 18
de brumario, la ceremonia de la Consagración
tuvo lugar finalmente el 2 de diciembre.
Aquel famoso 2 de diciembre de 1804, la
preparación del ceremonial fue
larga y costosa. En efecto, antes de pensar
en los fastos que rodearán este
gran día hubo que convencer a Cambacérès
y a Lebrun de trocar su título
de Segundo y Tercer Cónsul contra
los de archicanciller y architesorero
del Imperio, los sueldos fenomenales atribuidos
a sus nuevas funciones ayudándolos
a resignarse a ello. En cuanto al Senado,
si consiente a votar « la heredad
del Consulado », no quiere oír
hablar del título de « Emperador
». Fouché, el hombre de todas
las situaciones, solicitado por Napoleón
Bonaparte todavía Primer Cónsul
utiliza un argumento irresistible: senadores
y tribunos gozarán de una aumentación
de sueldo y su mandato será prolongado
a diez años en vez de cinco.
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La
emperatriz Josefina
Por
el Barón
François
Gérard
(pintado de
1805 a 1808)
Museo de Versalles |
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El
viernes 18 de mayo de 1804, el
Senado vota dócilmente
y redacta el senado-consulto del
28 de floreal que comprende 142
artículos, es decir la
Constitución del año
XII. Acompañados de un
regimiento de coraceros, los senadores
se dirigieron enseguida en cuerpo
a Saint-Cloud para proclamar a
Napoleón Emperador de los
franceses « por la gracia
de Dios y de la constitución
de la república. »
« ¡No te conviertas
en rey, Bonaparte! »
le repite en vano Josefina que
no se siente feliz en las Tullerías
y particularmente en la recámara
que fue la de María Antonieta.
« Me parece que la sombra
de la reina viene a preguntarme
lo que hago en su cama. Hay en
este palacio un olor a rey que
uno no puede respirar impunemente
», dice un día a
su hija Hortensia.
« Madame Mère »
(1) comparte el sentimiento
de Josefina y busca todos los
pretextos posibles para no ir
a París, a donde llegará
finalmente una vez terminada la
ceremonia.
Gracias al talento del pintor
David, figurará sin embargo
en buen lugar en medio de la familia
Bonaparte asistiendo al advenimiento
de Napoleón.
David
e Isabey se vieron confiar la
dirección del espectáculo,
pues la consagración fue
preparada como tal para impresionar
la imaginación de la población.
Los arquitectos Percier y Fontaine
realizaron la decoración
de los arcos de triunfo y de Notre-Dame,
entonces llamada iglesia metropolitana
de París, cuyos muros estaban
revestidos de « N »
coronadas y rematadas del águila.
El conde Philippe de Ségur,
maestro de ceremonias, también
era el encargado de la realización
del Libro de la Consagración
del cual le Moniteur
del 22 de marzo de 1805 anunciaba
la publicación para fines
del año 1806 (2).
Las 31 láminas de este
libro fueron grabadas inspirándose
en los dibujos de Isabey en cuanto
a los retratos y trajes, y en
Charles Percier en lo referente
las alegorías y los ribetes.
A Jean-Baptiste Isabey se le confió
pues la creación y la confección
de los trajes de los participantes
en la ceremonia de la consagración
tal como fueron promulgados por
un decreto tomado por el mismo
Napoleón el 18 de julio
de 1804.
La pequeña vestimenta de
la pareja imperial, hábito
y manto de terciopelo bordados
para Napoleón; vestido
de talle alto ornamentado con
un cherusque y una cola fijada
en la cintura para Josefina, sirve
de modelo para todos los trajes
de los invitados. Solo los colores
y los dibujos de los bordados
serán diferentes.
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| Cortos
pantalones de satín blanco
bordado de estilo Luis XV, cuello
a la moda Enrique IV, manto corto
de terciopelo a la manera de los Valois,
sombrero de plumas inspirado del rey
Sol y medias de seda tendidas sobre
la rodilla parecen recordar los que
portaba Robespierre, hacen del traje
de Napoleón un concentrado
de la Historia de Francia. |
Una vez
superadas las últimas dificultades
que representaban las prelaciones de lugares
en Notre-Dame, las envidias femeninas
para con la futura emperatriz de quien
las hermanas de Napoleón no quieren
sostener cola del manto, el acogimiento
del Papa Pío VII quien ha aceptado
ir a dar una consagración cristiana
a la ceremonia, se yergue repentinamente
un obstáculo imprevisto. El día
anterior a esta jornada tan esperada,
Napoleón debe enfrentarse a la
cólera de Pío VII que se
niega a dar públicamente su bendición
a una concubina. En
efecto, Josefina acaba de revelarle que
sus nupcias con Bonaparte nunca recibieron
la bendición religiosa. Ofuscado
de que la pareja imperial viviese en el
pecado según las leyes de la Iglesia,
el Papa ordena que esta situación
escandalosa sea rectificada. Furioso pero
obligado, Napoleón se dirige al
tío Fesch, medio hermano de la
Madama Letizia y gran capellán
del Imperio ante el cual toma como legítima
esposa a Josefina Rosa Tascher de la Pagerie,
viuda de Beauharnais. Ningún testigo
asiste a esta regularización de
último minuto.
El día
siguiente, domingo 2 de diciembre
de 1804, en una ornada muy fría
y lluviosa, París se alista
para celebrar con un muy gran
fasto la ceremonia de coronación
del nuevo Emperador. Desde las
6 de la mañana, las campanas
de la capital repican para alertar
a la población del excepcional
evento. La isla de la Ciudad ha
sido puesta bajo la alta protección
de seis batallones del ejército
a pie y a caballo. Al mismo tiempo,
el estado mayor del ejército
se dirige a la catedral, seguido
por los altos funcionarios, los
elegidos locales, los prefectos,
los magistrados… A las 8
horas, los senadores, diputados
y otros miembros del Tribunal
supremo los alcanzan. A las 9,
el Papa llega a su vez a la catedral,
aclamado por una muchedumbre en
alborozo.
Esta consagración solemne
se presenta en verdad como un
acto político tanto como
religioso.
En el momento de la consagración,
la Iglesia sale de un periodo
muy tendido con París.
En efecto, el General Bonaparte
en persona dirigió los
ejércitos revolucionarios
que invadieron Italia en 1796
y 1797. En 1801, el concordato
firmado entre Francia y Roma volvió
sin embargo a darle lustre al
catolicismo y el papa no puede,
desde un punto de vista diplomático,
rechazar la invitación
de Napoleón.
Engalanada con las más
flameantes galas, la catedral
de Notre-Dame espera al Emperador.
En su interior, veinticuatro candiles
suspendidos de la bóveda,
los suelos enteramente tapizados,
los muros cubiertos de telas de
terciopelo y de seda ornamentadas
con signos imperiales bordados
de oro conforman un joyero al
trono del Emperador, emplazado
a la entrada de la gran nave,
bajo un arco de triunfo que reposa
sobre ocho columnas. (3)
En el exterior del prestigioso
edificio, la muchedumbre contempla
el gran porche en madera frente
a la fachada principal en el cual
figuran las estatuas de las treinta
y seis primeras ciudades de Francia
invitadas a la consagración,
así como las de Clovis,
primer rey, y Carlomagno, primer
emperador de Francia.
El coche atalajado
con ocho caballos sale del palacio
de las Tullerías hacia
las 10 horas para dirigirse hasta
el edificio religioso frente al
cual 6 regimientos de granaderos
y de cazadores a pie forman una
valla a todo lo largo de la plaza.
Todas las calles han sido ornamentadas.
Unos 25 coches, 152 caballos y
6 regimientos de caballería
escoltan al cortejo imperial.
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Napoleón
I en el Trono
Imperial
Jean-Auguste-Dominique
Ingres, 1806
(Museo de Los
Inválidos)
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La
carroza esculpida con ornamentos
y armas de sus Majestades y del
Imperio, tirada por 8 caballos,
a la que siguen 13 berlinas que
transportan a los oficiales, las
damas de la Corte y los funcionarios
de la casa « civil »,
se detiene en el obispado para efectuar
un cambio de traje. La pareja imperial
debe en efecto vestir la gran vestimenta
de los ricos mantos de púrpura
sembrados de abejas y ornados con
armiño. El impresionante
manto de la consagración,
de 22 metros de largo y 40 kilos
de peso, no es endosado por Napoleón
hasta su entrada a Notre-Dame, alrededor
de las 11 horas. |
La riqueza
de las joyas y de los bordados que ornan
los trajes de la asistencia concurre al
brillo y al fasto de la consagración.
Magnífico en sus hábitos
sacerdotales, el soberano pontífice
unge a Napoleón y se siente en
su faldistorio frente al altar. Volteándose,
derecho frente a la nave, con un gesto
decidido el Emperador posa él mismo
sobre su cabeza la corona de oro en forma
de rama de laurel igual a la que los antiguos
conquistadores romanos utilizaban para
celebrar sus triunfos.
Con la cabeza inclinada, de rodillas sobre
un cojín de terciopelo, Josefina
rutilante de pedrerías al pie del
altar, espera recibir la corona de manos
de Napoleón I, una corona que hace
de ella una emperatriz.
Puntuada por los cantos religiosos, las
oraciones y la coronación misma,
la celebración dura tres horas.
Napoleón
había queridos esta ceremonia grandiosa,
fue fastuosa. Pero si la solemnidad de
la consagración tuvo una inmensa
repercusión en Francia, más
allá de las fronteras la Europa
conservadora se indignó del lado
“sacrílego” de la ceremonia
y clamaron contra la usurpación.
La apoteosis del imperio costó
la bagatela de cerca de 6 millones (o
sea algo como 30,000 millones de francos)
(4).
La posteridad no conserva del día
más grande del reino imperial más
que la munificencia celebrada por el cuadro
de David en exposición en el museo
de Louvre. Un lienzo que provocó
este breve comentario de parte de Napoleón
I: « No
es pintura, se camina en este cuadro.
»
No obstante, este cuadro al servicio de
una leyenda, acomodándose con la
realidad histórica, representa
más la coronación de la
emperatriz Josefina que la consagración
de Napoleón.
Danièle
Bessière.
NOTAS:
1) La
« Señora Madre », madre
del Emperador.
2) Este lujoso álbum inspirado
e ilustrado en la tradición del
libro de la consagración de Luis
XV y Luis XIV no será publicado
hasta 1815 y costará la suma de
185 000 francos germinal.
3) Mucho se ha dicho, que los magníficos
lienzos, gallardetes e insignias diversas
que adornaban la catedral de París
tenían como propósito cubrir
y esconder las efigies de los santos y
los atributos católicos de la catedral,
lo cual es una difamación completamente
absurda; en realidad cumplían una
doble función: engalanar el recinto,
brindándole a la vez una dimensión
simbólica propia de la ceremonia.
Por otro lado, si algo se cubría
eran los destrozos causados en el santuario
por los revolucionarios, quienes en algún
momento concibieron el proyecto de demoler
y vender en pedazos esta joya universal.
4) O unos 4.550.000 de nuestros euros.
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