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NAPOLEÓN
Y LOS PROTESTANTES:
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| LA
INSTITUCIONALIZACIÓN
DEL PLURALISMO
RELIGIOSO |
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| Artículos
orgánicos
de
los
cultos
protestantes |
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|
Por
el Profesor |
Patrick
Cabanel |
 |
| Prof.
Cabanel
|
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|
Traducción
del Instituto
Napoleónico
México-Francia
© |
|
El
Doctor
Patrick
Cabanel,
antiguo
miembro
del
instituto
Universitario
de
Francia,
es
profesor
de
historia
contemporánea
en
la
Universidad
de
Toulouse-Le
Mirail.
Dirige
el
equipo
Diásporas
(CNRS)
y
la
revista
del
mismo
nombre.
Ha
publicado
una
docena
de
libros,
entre
los
cuales
Le
Dieu
de
la
République.
Aux
sources
protestantes
de
la
laïcité
(1860-1900)
(«
El
Dios
de
la
República.
En
las
fuentes
protestantes
de
la
laicidad
(1860-1900),
Presses
universitaires
de
Rennes,
2003)
;
Les
mots
de
la
laïcité
(«
Las
palabras
de
la
laicidad
»,
Presses
universitaires
du
Mirail,
2004),
Entre
religions
et
laïcité.
La
voie
française:
XIXe-XXIe
siècles
(«
Entre
religiones
y
laicidad.
La
vía
francesa:
siglos
XIX-XX
»,
Privat,
2007),
Le
tour
de
la
nation
par
des
enfants.
Romans
scolaires
et
espaces
nationaux
(XIXe-XXe
siècles)
(«
La
vuelta
de
la
nación
por
niños.
Novelas
escolares
y
espacios
nacionales
(siglos
XIX-XX),
Belin,
2007).
Ha
dirigido
especialmente
Un
modèle
d’intégration.
Juifs
et
israélites
en
France
et
en
Europe
XIXe-XXe
siècles
(«
Un
modelo
de
integración.
Judíos
e
israelitas
en
Francia
y
en
Europa
siglos
XIX-XX
»
Berg
International,
2004)
y
Une
France
en
Méditerranée.
Écoles,
langue
et
culture
françaises
XIXe-XXe
siècles
(«
Una
Francia
en
el
Mediterráneo.
Escuelas
y
cultura
francesas
siglos
XIX-XX
»,
Créaphis,
2006).
El
Instituto
Napoleónico
México-Francia
desea
extender
su
agradecimiento
más
atento
al
Profesor
Cabanel
por
su
amable
contribución
a
nuestras
páginas.
|
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|
Cuando
Bonaparte, originario
de una Córcega
vacía de protestantes,
toma el poder, el día
siguiente de Brumario,
y enseguida entabla
negociaciones con el
Papa Pío VII
en vista de la firma
de un Concordato, los
protestantes franceses
no conforman más
que una minoría
muy modesta –
e incluso muy «tímida»,
escribirá Quinet
en su Historia de
la Revolución
francesa. Las cifras
no han dejado de disminuir
desde los años
1560: de 1,5 ó
2 millones de protestantes,
se pasó a aproximadamente
600 000 personas; del
11 % de la población,
a un poco más
del 2 %. Estas cifras
conciernen a Francia
en sus fronteras de
después de 1815,
pues es verdad que las
anexiones del periodo
revolucionario e imperial
la aumentaron considerablemente
(Suiza, Holanda, Alemania).
Retenemos pues la debilidad
de las proporciones,
y la historia muy particular
de una minoría
que sale en ese instante
de un siglo de persecución,
de clandestinidad, de
descrédito social.
El edicto de 1787 le
ha acordado la tolerancia,
pero solo la Revolución
francesa ha autorizado
el culto público,
prohibido desde 1685,
y proclamado la igualdad
de los franceses ante
la ley y la libertad
de religión.
Así pues, los
protestantes no representan,
en sí mismos,
casi nada. Y se puede
pensar que Bonaparte
conoce bastante mal
su teología y
su eclesiología.
Pero
lo esencial está
en otro punto. Tal vez
no se atiene a la organización
de sus iglesias, negociada
con Portalis, y que
finalmente decepcionó
a los protestantes al
privarlos de la organización
sinodal – el sínodo
juega un poco el papel
de una asamblea nacional
– a la que estaban
habituados. Esta medida,
y esta decepción,
interesan sobre todo
a la historia interior
del protestantismo,
que parece menos interesante
llevar, aquí,
que la de su lugar en
la política religiosa
de Napoleón (1).
Pues se trata en efecto
de una política
religiosa, y de una
visión de conjunto
de la Francia surgida
de la Revolución.
Pensándolo bien,
la obra verdadera de
Napoleón, la
más durablemente
innovadora, concierne
al Concordato,
ciertamente, pero también,
– y sobre todo,
en mi perspectiva –
a las dos series de
Artículos
orgánicos,
77 para el culto católico,
44 para los cultos protestantes,
que lo acompañan,
y de los cuales bien
sabemos que conciernen
una decisión
unilateral, sin concertación
con el Papa, a quien
fueron impuestos.
Por medio de los Orgánicos,
Napoleón trata
a la vez tanto
del catolicismo como
del protestantismo:
esto no es tan común
en la historia religiosa
de Francia. Los textos
que pretenden regir
nacionalmente las relaciones
el Estado y las religiones
no son numerosos: se
cuenta con el Edicto
de Nantes, enseguida
con el artículo
10 de la Declaración
de los derechos del
hombre y del ciudadano
(« Nadie
puede ser inquietado
por sus opiniones, incluso
religiosas »),
antes de la ley de Separación
de diciembre de 1905.
Ésta última
se inscribe a la inversa
de los Orgánicos:
el tanto/como
se convierte en un ni/ni,
al anunciar la república
que no reconoce ni asalaria
ningún culto,
pero se trata siempre
de pensar juntos en
la diversidad de las
confesiones. Napoleón
toma de este modo todo
su lugar en la historia
de lo que sería
anacrónico llamar
la laicidad francesa,
pero que ya se le parece
fuertemente: la igualdad
de facto en el tratamiento
de los Orgánicos
es un momento decisivo
de lo que los británicos
denominarían
la « desestabilización
» del catolicismo.
Éste último
es dado como la religión
de la « mayoría
de los franceses »:
es mucho, después
de las tormentas revolucionarias;
es poco, al ver la estructura
misma de los Orgánicos,
que yuxtaponen en una
misma intención
a 98% de católicos
y a menos de 2 % de
protestantes.
Es
que el protestantismo
goza, por su existencia
misma, de una serie
de ventajas coyunturales
y tácticas que
pueden resultar importantes,
si no decisivas, en
la medida en que el
nuevo jefe de Francia
está listo para
recurrir a su ejemplo
para restablecer a la
paz religiosa. En la
gran negociación
con la única
iglesia que cuenta,
la católica,
desempeñan en
efecto un papel en
hueco, de alguna
manera: su presencia
basta para evitar la
perspectiva de una confrontación
exclusiva, siempre peligrosa,
entre la Iglesia y el
Estado.
UNA TENTACIÓN
APARTADA: LA ELECCIÓN
DEL PROTESTANTISMO PARA
FRANCIA
Se
dispone, acerca de la
actitud de personal
de Bonaparte ante los
protestantes, de muchas
declaraciones llenas
de una evidente simpatía.
Daniel Robert, el gran
historiador recientemente
desaparecido, quien
las reunió, juzga
« bien superficiales
» esas meras «
corteses mundanidades
» (2).
Por mi parte, tendría
tendencia a tomarlas
más en serio.
Es que, primeramente,
muchos otros hombres
de Estado, y no de los
menores, las repetirán
en términos bastante
próximos: citemos
a Paul Bert, Jules Ferry,
e incluso a Édouard
Daladier. Hay ahí
como una pendiente de
mentes interesadas en
regular lo mejor que
se pueda las relaciones
de la religión
y de la política
moderna, es decir uno
de los principales envites
de la Francia contemporánea
desde el verano de 1791.
¿Qué dice
de ello Bonaparte? «
Se
falló la ocasión
(en el siglo
XVI) de
establecer, en Francia,
la religión protestante,
no es mi culpa…
». « Desearíamos
que todo el mundo fuera
protestante ».
Tales son las palabras
relatadas por el pastor
Rabaut-Dupui en 1801.
O incluso: « Habéis
calumniado a los protestantes
representándolos
como hombres que enseñan
principios contrarios
a los derechos del soberano.
Hallé en los
protestantes sujetos
fieles […],
no
hay uno del que haya
tenido jamás
razones para quejarme;
me sirvo de ellos en
mi palacio y les permito
la entrada […]
Si no hubiese hallado
en la iglesia galicana
y en la doctrina de
Benedicto [sic]
máximas
análogas a las
mías y si el
Concordato no hubiera
sido aceptado, me hubiese
hecho protestante y
treinta millones de
franceses habrían
seguido el día
siguiente mi ejemplo
» (3).
Esta
declaración,
hecha en Breda frente
a católicos,
es de 1810. Bajo su
fachada de provocación,
dice sin embargo una
cosa importante, acerca
de la cual Napoleón
se explicó en
otras ocasiones: conoció
la tentación
de hacer pasar a Francia
al protestantismo. Una
tentación política,
por supuesto, pero no
religiosa. Y que no
le es propia: una parte
de las élites
revolucionarias, al
día siguiente
del Terror, la conocieron
igualmente. Se trataba
para ellos de acabar
con una revolución
violentamente antirreligiosa
y una religión
violentamente contrarrevolucionaria,
y de lograr, reconciliando
revolución y
religión, reconciliar
a Francia consigo misma.
Desde el momento en
que no había
qué esperar del
catolicismo, al menos
desde el punto de vista
republicano o simplemente
moderno, la solución
se hallaba tal vez en
otra forma de cristianismo,
el protestantismo. ¿No
estaba éste último
en los mejores términos
con la modernidad filosófica
o política, como
lo mostraba la evolución
de las ideas en Inglaterra,
en Escocia, en Suiza,
en los países
alemanes? ¿No
permitía conciliar
a Dios y a los derechos
del hombre, es decir
salvar a unos y otros,
cuando el Terror y la
chuanería pretendían
aplastar a uno para
salvar mejor al otro,
bajo el riesgo de condenar
la paz social? Habría
habido, en esos años
turbados, tentativas
reales destinadas a
hacer pasar a Francia
al protestantismo bajo
la forma, podría
pensarse, de una declaración
solemne y de una nueva
atribución de
los edificios del culto
(4).
Daniel Robert señala
diversas declaraciones
que van en ese sentido
(5),
y Edgar Quinet ha relatado
la petición hecha,
por el miembro de la
Convención Baudot
al pastor Jean Bon Saint-André,
miembro del Comité
de Salud Pública
(6).
|
El
texto clásico
del Memorial
de Santa Helena
toma todo su sentido
en este contexto,
aún cuando
es relatado por
un católico
ardiente [el Conde
de Las Cases.
NdT].
«
Cuando
tomé el
timón de
los asuntos, ya
tenía ideas
hechas sobre todos
los grandes elementos
que cohesionan
la sociedad; había
sopesado toda
la importancia
de la religión,
estaba persuadido,
y había
resuelto restablecerla.
Pero se creería
difícilmente
las resistencias
que tuve que vencer
para traer de
vuelta al catolicismo.
Se me hubiera
seguido con mucho
más gusto
si hubiese arbolado
la bandera protestante;
esto hasta el
punto que en el
Consejo de Estado,
donde tuve grandes
dificultades para
hacer adoptar
el Concordato,
muchos fueron
los que no se
rindieron más
que complotando
escapar de él.
¡Y bien!
Decíanse
unos a otros,
hagámonos
protestantes,
y esto no nos
concernirá.
Es seguro que
al desorden al
que yo sucedía
que en las ruinas
sobre las que
me hallaba, podía
escoger entre
el catolicismo
y el protestantismo;
y es verdad decir
incluso que las
disposiciones
del momento empujaban
todas a éste
último;
pero, además
de que yo estaba
realmente apegado
a mi religión
natal, tenía
los más
altos motivos
para decidirme.
De proclamar el
protestantismo,
¿qué
hubiese obtenido?
Hubiera creado
en Francia dos
grandes partidos
más o menos
iguales, cuando
lo que yo quería
era que no los
hubiese ya más;
hubiese regresado
el furor de las
querellas de religión,
cuando las luces
del siglo y mi
voluntad tenían
por objetivo hacerlas
desaparecer totalmente.
Al desgarrarse
esos dos partidos
hubiesen aniquilado
a Francia, y la
habrían
vuelto esclava
de Europa, cuando
yo tenía
la ambición
de volverla su
ama. Con el catolicismo
lograba con mucha
más seguridad
todos mis grandes
resultados: en
el interior, en
casa, el gran
número
absorbía
al pequeño,
y me prometía
a mí mismo
tratar a éste
con una igualdad
tal, que pronto
no habría
más lugar
para conocer la
diferencia. En
el exterior, el
catolicismo me
conservaba al
Papa: y con mi
influencia y nuestras
fuerzas en Italia,
yo no desesperaba
tarde o temprano,
por un medio u
otro, de acabar
por tener para
mí la dirección
de ese Papa; a
partir de ese
momento, ¡qué
influencia! ¡Qué
palanca de opinión
sobre el resto
del mundo!
» (7).
Esta
página
muy rica comporta
muchas cosas que
casi bastarían
para resumir la
política
religiosa del
Imperio: la religión
como elemento
de « cohesionamiento
» de la
sociedad; la tentación
inicial |
 |
El
pastor Paul-Henri
Marron (1754-1832).
Primer
pastor de
la iglesia
reformada
de París.
Durante el
Terror, fue
arrestado
en dos ocasiones
por los revolucionarios
y aprisionado
por haber
efectuado
clandestinamente
matrimonios
y bautizos
a pesar de
la interdicción
del culto
religioso.
En el momento
de la coronación
del Emperador,
Marron le
hizo una visita
de deferencia
al Papa Pío
VII. Bosquejo
de la época
al grafito. |
|
del
protestantismo;
la dimensión
toda política
de la posición
de Bonaparte,
a pesar de la
breve alusión
a su religión
natal; la elección
pragmática
de la religión
dominante, el
catolicismo; y
el prestigio a
nivel internacional
del dicho catolicismo,
con la institución
pontifical. Napoleón
forma parte de
esos hombres que
consideran que
Francia goza de
demasiada religión
como para privarse
de ella, y demasiado
poca para correr
el riesgo de una
nueva reformación:
el conjunto se
hace luego a favor
de la doble ventaja
del catolicismo.
|
El Emperador no soñó
con convertirse en un
segundo Enrique VIII,
contrariamente a la
amenaza que agitaba
frente al cardenal Consalvi,
la víspera de
la firma del Concordato
(8).
Precisa su pensamiento
en el Memorial:
el monarca que podía
escoger el protestantismo
para Francia, y tuvo
la falta política
de no hacerlo, fue Francisco
I. Su negativa definió
la cuestión.
En este contexto, remarcaremos
que Napoleón
saluda claramente al
luteranismo, «
tan
favorable a la supremacía
real »,
y no al calvinismo,
juzgado demasiado republicano
(9):
su perspectiva nunca
es religiosa, siempre
política. La
alusión a Enrique
VIII, desde ese momento,
no es más que
un elemento de presión
para obtener concesiones
de parte de los responsables
de la iglesia católica.
Esta amenaza fintada
tiene no obstante un
resorte profundo, que
nos coloca en el corazón
de la historia político-religiosa
de Francia: la existencia
de los protestantes
prohíbe, ya sea
que lo lamentemos o
que nos felicitemos
por ello, un cara a
cara exclusivo entre
el Estado y una religión
que se resumiría
al catolicismo. Francia
contiene otros cristianos
además de los
católicos, y
su número infinitesimal,
o casi, no cambia nada
al respecto: cada quien
debe contar con ellos,
desde el momento en
que el Estado ya no
es católico.
Daniel Robert estima
que Napoleón
instrumentalizó
el protestantismo, «
con una ausencia total
de escrúpulos
», teniendo en
cuenta la única
relación de fuerzas
que contaba a su manera
de ver, ante el Papa
y los católicos
(10). Pero precisamente,
esta instrumentalización
es creadora: es en el
intersticio que ésta
maneja donde emprende
instalarse el pluralismo
religioso, que la monarquía
del Antiguo Régimen
había tenido
tantas dificultades
en domar.
LOS
ARTÍCULOS ORGÁNICOS
DE 1802: LA IGUALDAD
ENTRE LA RELIGIONES
El protestantismo, descartado
como elección
para Francia, resurge
como minoría
(« el pequeño
número »),
con este programa significativo
en lo que le respecta:
« Me
prometía tratar
a éste con tal
igualdad, que pronto
no habría lugar
para conocer la diferencia
». Otro pasaje
del Memorial
se explica al respecto
muy claramente. A título
personal, Napoleón
hace profesión
durante su reinado de
un agnosticismo político
respetuoso, incluso
nostálgico, de
la religión,
a la vez que insiste
fuertemente en su utilidad
social: « Me
servía de ella
como base y raíz.
Era a mi manera de ver
el apoyo de la buena
moral, de los verdaderos
principios, de las buenas
costumbres ».
Lo más interesante,
en nuestra argumentación,
se centra en las consecuencias
que obtiene de dicho
agnosticismo: «
No
hay duda alguna, por
lo demás,
observaba incluso, que
mi especie de incredulidad
fuese, en mi calidad
de emperador, un beneficio
para los pueblos; ¿y
cómo, de otra
manera, podría
haber ejercido una verdadera
tolerancia; cómo
hubiese podido favorecer
con igualdad a sectas
tan contrarias, si hubiera
estado dominado por
una sola? ¿Cómo
hubiese podido conservar
la independencia de
mi pensamiento y de
mis movimientos, bajo
la sugestión
de un confesor que me
hubiese gobernado por
medio de los temores
del infierno?
» (11).
Esta declaración,
notémoslo, no
está lejos de
inventar la laicidad:
no todavía en
el país y sus
instituciones, pero
en la cabeza –
o el alma – de
su jefe: no ser de ninguna
iglesia (estar separado
de todas) permite a
Napoleón ser
todo para todas, un
poco como lo será,
más tarde, la
escuela laica. Las frases
que preceden a las que
acabo de citar son incluso
de un anticlericalismo
que los padres de la
Tercera República
no hubieran desaprobado
(12).
Se comprende, desde
ese momento, que el
Concordato,
negociado y parrafeado,
naturalmente, únicamente
con los dirigentes de
la iglesia católica,
y que no me interesa
directamente aquí,
haya sido publicado
muchos meses después
(8 de abril de 1802),
provista de artículos
orgánicos que
conciernen tanto a las
iglesias calvinista
y luterana como a la
católica. Es
el regreso a la tradición
galicana, pero es también
una innovación,
de larga distención:
un mismo texto oficial
trata a la vez del catolicismo,
primero en ser nombrado,
como se debe, y del
protestantismo. Es de
lamentarse, en este
concepto, que los historiadores
no dispongan más
que del adjetivo Concordatorio,
que presta a confusión,
para describir un estatuto
de las diversas confesiones
cristianas que no sería
más feliz calificar
de orgánico.
Jean Baubérot
le dio la vuelta a la
dificultad introduciendo
la noción de
« primer umbral
de seglarización
» (13),
que se caracteriza a
la vez por el reconocimiento
a las religiones de
su utilidad social,
y por la reducción
de los antiguos privilegios
del catolicismo: el
estado civil sale de
su jurisdicción,
y el protestantismo
es puesto a pie de igualdad
con él, lo cual
no es evidentemente
conforme ni a su relación
de fuerzas, ni al que
cada quien mantiene
con la historia nacional.
Los Artículos
orgánicos de
los cultos protestantes
tienen una prehistoria,
exactamente trazada
por Daniel Robert. Se
puede distinguir dos
etapas. Portalis entabla
primero consultaciones
con representantes de
los cultos luteranos
y calvinista, el alsaciano
Metzger para el primero,
el holandés Marron
y Rabaut-Dupui, del
Gard, para el segundo:
el contacto parece haber
sido muy positivo. De
Portalis, podemos recordar
que, joven abogado en
el Parlamento de Aix,
había publicado
ya desde 1770 una Consultación
sobre la validez de
los matrimonios protestantes
en Francia, en
una época en
que los matrimonios
« al Desierto
» (clandestinos)
no eran reconocidos
en derecho. En sus primeros
contactos con los representantes
de los protestantes,
parece haber propuesto
dar a las confesiones
de Augsburgo (luterana)
y reformada una sola
y misma organización,
que hubiese sido calcada
sobre el modelo luterano.
El proyecto es rápidamente
abandonado, y los reformados
logran obtener, sobre
el papel, una organización
sinodal más o
menos satisfactoria
a su manera de ver.
Es el momento en que
Bonaparte se apodera
del expediente, y da
su fallo en un sentido
mucho menos favorable
a la tradición
de los reformados. Dos
puntos en el texto final
decepcionaron particularmente
a éstos últimos.
La ley del 8 de abril
de 1802 no reconoce
iglesia, llamada «
consistorial »,
más que para
6 000 protestantes,
lo cual no corresponde
sino muy mal a su diseminación
en el territorio y a
su organización
parroquial; por lo demás,
suprime de hecho toda
posibilidad de reunión
sinodal (14),
cuando la organización
eclesiástica
reformada, los sínodos,
regionales y nacionales,
son la instancia normal
del gobierno representativo,
por no decir democrático,
que la caracteriza.
«
A
LOS CRISTIANOS
DEL IMPERIO
FRANCÉS:
|
 |
| El
Emperador
y
Rey
S.M.
Napoleón
I |
|
«
Luis
XIV no quiso
más
que una
religión
en sus estados,
y proscribió
a todos
los que
no fueran
de la suya:
el gran
Napoleón
las llama
todas; promete
a todas
la libertad.
El imperio
de la ley,
dice, acaba
donde comienza
el imperio
indefinido
de la consciencia;
ni la ley,
ni los príncipes
pueden nada
contra esta
libertad.
La nación
judía
misma, desde
hace tantos
siglos proscrita
y dispersa
va a recibir
una existencia
civil, política
y religiosa
[…].
Vosotros
que vivisteis
como nosotros
bajo el
yugo de
la intolerancia,
residuo
de tantas
generaciones
perseguidas,
ved y comprad:
ya no es
en los desiertos
y en peligro
de vuestra
vida como
rendís
al creador
el homenaje
que le es
debido […] |
Somos
llamados
como los
demás
ciudadanos
a las funciones
públicas;
nuestras
propiedades
son protegidas;
podemos
con seguridad
transmitir
nuestras
herencias
a nuestros
hijos y
cada uno
de nosotros
puede cultivar
en paz su
viña
y su higuera”
»
Rabaut le
Jeune: Annuaire
ou répertoire
ecclésiastique
à
l’usage
des Églises
réformées
et protestantes
de l’Empire
français
(«Anuario
o repertorio
eclesiástico
para el
uso de las
Iglesias
reformadas
y protestantes
del Imperio
francés»),
París,
donde el
Sr. Pastor
Rabaut-Pomier,
1807, pp.
5-6. |
|
De
hecho, esas medidas,
que hacen imposible
el regreso a la organización
reformada desaparecida
a fines del siglo XVII
– y resurgida,
clandestinamente, después
de 1715 –, no
se pretenden de ninguna
manera vejatorias para
con el culto protestante.
Se trata de establecer
un paralelo más
o menos exacto con el
catolicismo, y de no
herir a éste
último pareciendo
acordar a los protestantes
cosas que se les negarían
a otros. La iglesia
consistorial de 6 000
almas corresponde grosso
modo a un « curato
» católico
de 8 500 a 9 000 almas
en promedio (para los
judíos, la cifra
adoptada en 1808, según
el mismo principio,
será limitada
a 2 000 almas). La interdicción
de los sínodos
es simétrica
a la de las asambleas
del clero y reuniones
de obispos, a las que
el gobierno teme mucho
más. Falsa simetría,
si se considera, desde
el interior del mundo
reformado, que el sínodo
es el equivalente no
de un concilio regional,
sino del obispo mismo;
pero mucho más
exacta si se ven las
cosas desde el exterior,
lo cual es el punto
de vista de Bonaparte
y del Estado moderno.
Rabaut-Dupui, uno de
los negociadores protestantes,
parece haberlo comprendido,
cuando comenta, en una
carta del 9 de abril
de 1802: «Estamos
seguros de las buenas
intenciones del gobierno
y de sus disposiciones
favorables. […]
Es seguro que el gobierno
quiere conservar la
más perfecta
igualdad» (15).
Es este esmero de igualdad
en el tratamiento lo
que explica un doble
ostracismo para con
la desdichada ciudad
de Nîmes, conocida
por ser la capital del
protestantismo reformado
francés: en 1802,
Bonaparte le niega finalmente
una sede episcopal (acordada
a Aviñón,
para el Gard y el Vaucluse),
a fin de no descontentar
a los protestantes locales;
en 1808-1809, el Emperador
la priva de la facultad
de teología que
cuenta fundar para los
protestantes del interior,
a fin, esta vez, de
no contrariar a los
católicos de
Nîmes, ¡y
escoge la ciudad de
Montauban!
Nîmes no era más
que la más bulliciosa
de aquellas ciudades
religiosamente «
mixtas », donde
la coexistencia entre
católicos y protestantes,
al día siguiente
del periodo revolucionario,
resultaba muy delicada.
Bonaparte y Portalis
no dejaron de preocuparse
por ello. El artículo
45 de los Orgánicos
del culto católico
prohíbe toda
ceremonia exterior del
culto ahí donde
existan « templos
destinados a diferentes
cultos »: se trata,
de alguna manera, de
laicizar, mucho antes
de la escuela o del
Estado, lo que la lengua
administrativa llama
muy justamente la «
vía pública
». Durante el
Imperio, el artículo
es aplicado en París,
Nîmes, Ginebra,
Estrasburgo, Colmar
y Mulhouse, en el Vigan
(Gard), en la Rochela
hasta 1809 (16).
En los demás
lugares, su aplicación
es reducida a las cabezas
de iglesia consistorial,
y las dichas cabezas
colocadas, por una ficción
jurídica, en
barrios o comunas de
los suburbios, lo cual
permite autorizar las
procesiones en las ciudades;
es el caso en Lyon,
a partir del verano
de 1803 (17).
Algunos dirigentes protestantes
buscaban el apaciguamiento
dejando desarrollarse
las procesiones, mientras
que la población
de las pequeñas
ciudades del sur, cuya
memoria estaba marcada
por las persecuciones
del siglo precedente,
mostraba una vigilancia
rápidamente acalorada
acerca de la cuestión.
La autorización
de las procesiones de
la Fiesta-Dios abría
la puerta a incidentes
previsibles. ¿Debían
los protestantes descubrirse
ante el santo sacramento,
que no pertenecía
a su culto? ¿Tenían
que « tender »
[tapizar, revestir la
fachada con lienzos
y colgaduras ceremoniales.
NdT.] sus casas al paso
de la procesión?
Así lo entendía
la Iglesia, y los primeros
incidentes estallan
en 1805 y 1806, en el
Poitou, el Tarn, el
Tarn-et-Garonne o en
Normandía. En
Champdeniers (Deux-Sèvres),
dos protestantes que
se negaron a «
tender » son condenados
a una multa de tres
días de trabajo
por el tribunal de policía;
en La Rochela y en Bolbec
otros protestantes son
obligados a arrodillarse;
en Montauban, dos jóvenes
que no se descubrieron
son insultados, abofeteados,
y luego enviados a prisión
por el comisario de
policía (el alcalde
los hizo liberar). En
1806, Rabaut-Dupui y
Rabaut-Pomier, su hermano,
prepararon un proyecto
de decreto destinado
a hacer cesar todo incidente,
y que llegaba pasablemente
lejos en el camino de
las concesiones: el
texto habría
impuesto a todo ciudadano
ceder el paso a un cortejo
religioso y de permanecer
descubierto y de pie
en su presencia; autorizaba
además a las
autoridades locales
a hacer « tender
» las casas de
los protestantes que
se negasen a hacerlo
ellos mismos, pero sin
poder reclamarles el
pago de gastos de «
colgadura ». El
proyecto no tuvo continuación,
y la situación
se agravaría
con la restauración
de la monarquía
legitimista, hasta un
apaciguamiento durable,
intervenido a fines
de 1818.
La Restauración,
de facto, habría
bastado para mostrar
a los protestantes,
si acaso lo hubiesen
olvidado, lo que habían
ganado con la pacificación
religiosa, y con la
armonización
jurídica entre
las confesiones, querida
por Bonaparte, y lo
que se arriesgaban a
perder con el regreso
de la monarquía
legitimista. La población
católica de Nîmes
y del resto del Gard
no se equivocó:
el Terror Blanco del
verano de 1815, que
no podríamos
hacer mejor que comparar
a un pogromo, apunta
en los protestantes
a partisanos de la Revolución
y del Imperio difuntos.
Fuera sin embargo de
los memoriales oficiales
al Primer Cónsul
y luego al Emperador,
que no están
desprovistas de adulación,
los protestantes no
manifestaron un entusiasmo
particular en relación
al Imperio. Pero bastó
que se les acordase
lo que el Antiguo Régimen
les había tan
obstinadamente negado,
1685 a 1787, para que
se ligue un lazo muy
particular entre su
minoría y el
Estado moderno. Se debe
leer al respecto el
Discurso sobre la organización
de los cultos, pronunciado
por Portalis en el momento
de la aprobación
del Concordato por las
asambleas: « En
la Revolución,
dice, el espíritu
de libertad trajo el
espíritu de justicia
y los protestantes,
devueltos a su patria
y a su culto, volvieron
a ser lo que habían
sido, lo que nunca hubieran
debido dejar de ser,
nuestros conciudadanos
y nuestros hermanos.
La protección
del Estado les es garantizada
en todos los aspectos
como a los católicos
». Portalis añade
incluso un alegato en
favor del pluralismo
religioso que parece
calcar casi palabra
por palabra al que había
redactado Pierre Bayle
en 1686 (18);
pero mientras el filósofo
protestante Bayle escribía
el día siguiente
de la revocación
del edicto de Nantes,
y desde el exilio, el
católico Portalis
dirige la política
religiosa de Francia.
« Lo esencial
para el orden público
y para las costumbres
no es que todos los
hombres tengan la misma
religión, sino
que cada hombre esté
apegado a la suya. […]
Se notó que donde
existen diversas religiones
igualmente autorizadas,
cada uno en su culto
se mantiene más
en guardia, y teme hacer
acciones que deshonrarían
a su iglesia, y la expondrían
al desprecio o a las
censuras del público.
Se observó, además,
que quienes viven en
las religiones rivales
o toleradas son ordinariamente
más celosos de
hacerse útiles
para su patria que los
que viven en la calma
y los honores de una
religión dominante
» (19).
Esta última frase
no es nada más
que el programa que
parecen haberse propuesto
los protestantes –
y los judíos
– en la Francia
del siglo XIX, «
celoso » de servir
a un país y a
un Estado que, con los
Artículos orgánicos,
habían dejado
de considerarlos como
inferiores a los católicos.
A distancia, la apuesta
de Portalis y de Bonaparte,
y de sus interlocutores
protestantes, se impone
por su doble éxito,
en favor de une minoría,
en favor del país
todo entero, que va
a recoger los frutos
de un pluralismo religioso
e intelectual reasumido
(20).
NOTAS:
(1) Sobre los efectos
interiores de los Artículos
orgánicos, ver
André Encrevé,
«Un protestantisme
reconnu et sous contrôle
», («Un
protestantismo reconocido
y bajo control»)
Notre Histoire,
n° 189, junio de
2001, pp. 30-32.
(2) « A interlocutores
protestantes, [Bonaparte]
brindó —
Primer Cónsul
— palabras amables
a las que probablemente
no hay que atribuir
más importancia
que a corteses mundanidades
[…] » Daniel
Robert, en « Les
Églises réformées
en France, 1800 1830
», (« Las
iglesias reformadas
en Francia, 1800-1830
») París,
Presses Universitaires
de France, 1961, p.
49.
(3) Citado por D. Robert,
« Les Églises
réformées
en Francia (1800-1830)
», PUF, 1961,
p. 49, nota 3.
(4) Numerosas iglesias
y capillas conventuales,
por lo demás,
fueron atribuidas entonces
al culto protestante,
y le permanecen hoy
adquiridas, especialmente
en las ciudades.
(5) D. Robert, op.
cit., pp. 43-44
y 49-50 (nota 4).
(6) E. Quinet, «
La Révolution
», ediciones Cl.
Lefort, Belin, 1986
[1865], pp. 482-483.
(7) Las Cases, «
Mémorial
de Sainte-Hélène
», tomo II, Garnier,
1961, pp. 180-181.
(8) Cf. las «
Mémoires
de Consalvi »
(« Memorias
de Consalvi »,
edición Crétineau-Joly,
París, 1864),
citadas por D. Robert,
op. cit., p. 51, nota
3.
(9) « Francisco
I estaba colocado verdaderamente
para adoptar el protestantismo
a su nacimiento, y declararse
su jefe en Europa. […]
Si Francisco I hubiese
abrazado el luteranismo,
tan favorable a la supremacía
real, le hubiera ahorrado
a Francia las terribles
convulsiones religiosas
traídas más
tarde por los calvinistas,
cuyo perjuicio, todo
republicano, estuvo
a punto de derrocar
al trono y de disolver
nuestra bella monarquía.
Por desgracia, Francisco
I no comprendió
nada de todo eso, pues
no podría dar
sus escrúpulos
por excusa, él
que se alió con
los turcos y los trajo
en medio de nosotros.
Muy simplemente es que
no veía tan lejos.
¡Tontería
del tiempo! ¡Inteligencia
feudal! Francisco I,
después de todo,
no era más que
un héroe de torneo,
un hermoso de salón,
uno de esos grandes
hombres pigmeos »,
ibíd., I,
p. 181.
(10) D. Robert, op.
cit., p. 51.
(11) Mémorial
de Sainte-Hélène,
op. cit., I, p. 779.
(12) « Me rodee
de curas que me repetían
sin cesar que su reino
no es el de este mundo,
y se apoderan de todo
lo que pueden. El Papa
es el jefe de esta religión
del cielo, y no se ocupa
más que de la
tierra », ibid.
(13) Ver en especial
« Vers un
nouveau pacte laïque?
» (« ¿Hacia
un nuevo pacto laico?
»), Seuil, 1990.
(14) Sínodos
son efectivamente acordados
a los reformados, a
razón de uno
por cinco iglesias consistoriales,
pero el artículo
31 de los Orgánicos
precisa que no podrán
reunirse « más
que cuando se haya reportado
el permiso del gobierno
».
(15) Citado por D. Robert,
op. cit., pp.
75-76, según
Boulay de la Meurthe,
« Documents
relatifs à la
négociation du
Concordat »,
(« Documentos
relativos a la negociación
del Concordato
») 6 vol., 1891-1897
(vol. V, p. 427-8).
En agosto o septiembre
de 1804, Rabaut-Dupui
vuelve sobre la cuestión
de los sínodos:
« Esta negativa
no debe ser interpretada
para mal contra los
protestantes, está
ligada a otras vistas
políticas en
las cuales no están
comprendidos más
que accidentalmente
» (citado ibíd.,
p. 74, nota 3).
(16) Esta lista, incompleta,
y que reposa en parte
sobre suputaciones,
es brindada por Daniel
Robert, op. cit.,
p. 98.
(16) La circular que
reduce la aplicación
del artículo
45 a las cabezas de
Iglesia consistorial
es del 20 de abril de
1803.
(18) En el Comentario
filosófico sobre
las palabras de Jesucristo
« Contrains-les-d’entrer
» (« Constríñelos
a entrar »),
reeditado bajo el título
« De la tolérance
» (« De
la tolerancia »),
Presses-Pocket, 1992.
Es posible que Portalis
haya leído este
texto, o compulsado
el Diccionario crítico
de Bayle, muy difundido
en el siglo XVIII.
(19) Citado por Marceau
Long, Jean-Claude Monier,
« Portalis.
L’esprit de justice
» («
Portalis. El espíritu
de justicia »),
Michalon, 1997, pp.
65- 66.
(20) Con reticencias
en contra de los protestantes
hasta fines de los años
1870, luego en contra
de los católicos
durante la Tercera República
(hasta 1914).