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NAPOLEÓN
Y LOS PROTESTANTES: |
| LA
INSTITUCIONALIZACIÓN DEL PLURALISMO
RELIGIOSO |
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| Artículos
orgánicos de los cultos
protestantes |
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Por
el Profesor |
Patrick
Cabanel |
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| Prof.
Cabanel |
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Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
Esta página está disponible
al público de manera gratuita y
puede ser reproducida con fines no lucrativos,
siempre y cuando no sea mutilada, se cite
la fuente completa y su dirección
electrónica. De otra forma, requiere
permiso previo por escrito de la institución.
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El
Doctor Patrick Cabanel,
antiguo miembro del instituto
Universitario de Francia,
es profesor de historia
contemporánea en
la Universidad de Toulouse-Le
Mirail. Dirige el equipo
Diásporas
(CNRS) y la revista del
mismo nombre. Ha publicado
una docena de libros, entre
los cuales Le Dieu de
la République.
Aux sources protestantes
de la laïcité
(1860-1900) («
El Dios de la República.
En las fuentes protestantes
de la laicidad (1860-1900),
Presses universitaires de
Rennes, 2003) ; Les
mots de la laïcité
(« Las palabras
de la laicidad »,
Presses universitaires du
Mirail, 2004), Entre
religions et laïcité.
La voie française:
XIXe-XXIe siècles
(« Entre religiones
y laicidad. La vía
francesa: siglos XIX-XX
», Privat, 2007),
Le tour de la nation
par des enfants. Romans
scolaires et espaces nationaux
(XIXe-XXe siècles)
(« La vuelta
de la nación por
niños. Novelas escolares
y espacios nacionales (siglos
XIX-XX), Belin, 2007).
Ha dirigido especialmente
Un modèle d’intégration.
Juifs et israélites
en France et en Europe XIXe-XXe
siècles («
Un modelo de integración.
Judíos e israelitas
en Francia y en Europa siglos
XIX-XX » Berg
International, 2004) y Une
France en Méditerranée.
Écoles, langue et
culture françaises
XIXe-XXe siècles
(« Una Francia
en el Mediterráneo.
Escuelas y cultura francesas
siglos XIX-XX »,
Créaphis, 2006).
El Instituto Napoleónico
México-Francia desea
extender su agradecimiento
más atento al Profesor
Cabanel por su amable contribución
a nuestras páginas.
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Cuando
Bonaparte, originario de una Córcega
vacía de protestantes, toma el poder,
el día siguiente de Brumario,
y enseguida entabla negociaciones con el Papa
Pío VII en vista de la firma de un Concordato,
los protestantes franceses no conforman más
que una minoría muy modesta – e
incluso muy «tímida», escribirá
Quinet en su Historia de la Revolución
francesa. Las cifras no han dejado de disminuir
desde los años 1560: de 1,5 ó
2 millones de protestantes, se pasó a
aproximadamente 600 000 personas; del 11 % de
la población, a un poco más del
2 %. Estas cifras conciernen a Francia en sus
fronteras de después de 1815, pues es
verdad que las anexiones del periodo revolucionario
e imperial la aumentaron considerablemente (Suiza,
Holanda, Alemania). Retenemos pues la debilidad
de las proporciones, y la historia muy particular
de una minoría que sale en ese instante
de un siglo de persecución, de clandestinidad,
de descrédito social. El edicto de 1787
le ha acordado la tolerancia, pero solo la Revolución
francesa ha autorizado el culto público,
prohibido desde 1685, y proclamado la igualdad
de los franceses ante la ley y la libertad de
religión. Así pues, los protestantes
no representan, en sí mismos, casi nada.
Y se puede pensar que Bonaparte conoce bastante
mal su teología y su eclesiología.
Pero lo esencial
está en otro punto. Tal vez no se atiene
a la organización de sus iglesias, negociada
con Portalis, y que finalmente decepcionó
a los protestantes al privarlos de la organización
sinodal – el sínodo juega un poco
el papel de una asamblea nacional – a
la que estaban habituados. Esta medida, y esta
decepción, interesan sobre todo a la
historia interior del protestantismo, que parece
menos interesante llevar, aquí, que la
de su lugar en la política religiosa
de Napoleón (1).
Pues se trata en efecto de una política
religiosa, y de una visión de conjunto
de la Francia surgida de la Revolución.
Pensándolo bien, la obra verdadera de
Napoleón, la más durablemente
innovadora, concierne al Concordato,
ciertamente, pero también, – y
sobre todo, en mi perspectiva – a las
dos series de Artículos orgánicos,
77 para el culto católico, 44 para los
cultos protestantes, que lo acompañan,
y de los cuales bien sabemos que conciernen
una decisión unilateral, sin concertación
con el Papa, a quien fueron impuestos.
Por medio de los Orgánicos,
Napoleón trata a la vez tanto
del catolicismo como del protestantismo:
esto no es tan común en la historia religiosa
de Francia. Los textos que pretenden regir nacionalmente
las relaciones el Estado y las religiones no
son numerosos: se cuenta con el Edicto de
Nantes, enseguida con el artículo
10 de la Declaración de los derechos
del hombre y del ciudadano (« Nadie
puede ser inquietado por sus opiniones, incluso
religiosas »), antes de la ley de Separación
de diciembre de 1905. Ésta última
se inscribe a la inversa de los Orgánicos:
el tanto/como se convierte en un ni/ni,
al anunciar la república que no reconoce
ni asalaria ningún culto, pero se trata
siempre de pensar juntos en la diversidad de
las confesiones. Napoleón toma de este
modo todo su lugar en la historia de lo que
sería anacrónico llamar la laicidad
francesa, pero que ya se le parece fuertemente:
la igualdad de facto en el tratamiento de los
Orgánicos es un momento decisivo
de lo que los británicos denominarían
la « desestabilización »
del catolicismo. Éste último es
dado como la religión de la « mayoría
de los franceses »: es mucho, después
de las tormentas revolucionarias; es poco, al
ver la estructura misma de los Orgánicos,
que yuxtaponen en una misma intención
a 98% de católicos y a menos de 2 % de
protestantes.
Es que el protestantismo
goza, por su existencia misma, de una serie
de ventajas coyunturales y tácticas que
pueden resultar importantes, si no decisivas,
en la medida en que el nuevo jefe de Francia
está listo para recurrir a su ejemplo
para restablecer a la paz religiosa. En la gran
negociación con la única iglesia
que cuenta, la católica, desempeñan
en efecto un papel en hueco, de alguna
manera: su presencia basta para evitar la perspectiva
de una confrontación exclusiva, siempre
peligrosa, entre la Iglesia y el Estado.
UNA
TENTACIÓN APARTADA: LA ELECCIÓN
DEL PROTESTANTISMO PARA FRANCIA
Se dispone,
acerca de la actitud de personal de Bonaparte
ante los protestantes, de muchas declaraciones
llenas de una evidente simpatía. Daniel
Robert, el gran historiador recientemente desaparecido,
quien las reunió, juzga « bien
superficiales » esas meras « corteses
mundanidades » (2).
Por mi parte, tendría tendencia a tomarlas
más en serio. Es que, primeramente, muchos
otros hombres de Estado, y no de los menores,
las repetirán en términos bastante
próximos: citemos a Paul Bert, Jules
Ferry, e incluso a Édouard Daladier.
Hay ahí como una pendiente de mentes
interesadas en regular lo mejor que se pueda
las relaciones de la religión y de la
política moderna, es decir uno de los
principales envites de la Francia contemporánea
desde el verano de 1791. ¿Qué
dice de ello Bonaparte? « Se
falló la ocasión (en el
siglo XVI) de establecer,
en Francia, la religión protestante,
no es mi culpa… ». «
Desearíamos que
todo el mundo fuera protestante ».
Tales son las palabras relatadas por el pastor
Rabaut-Dupui en 1801. O incluso: « Habéis
calumniado a los protestantes representándolos
como hombres que enseñan principios contrarios
a los derechos del soberano. Hallé en
los protestantes sujetos fieles […],
no hay uno del que haya
tenido jamás razones para quejarme; me
sirvo de ellos en mi palacio y les permito la
entrada […]
Si no hubiese hallado en la iglesia galicana
y en la doctrina de Benedicto [sic] máximas
análogas a las mías y si el Concordato
no hubiera sido aceptado, me hubiese hecho protestante
y treinta millones de franceses habrían
seguido el día siguiente mi ejemplo
» (3).
Esta declaración,
hecha en Breda frente a católicos, es
de 1810. Bajo su fachada de provocación,
dice sin embargo una cosa importante, acerca
de la cual Napoleón se explicó
en otras ocasiones: conoció la tentación
de hacer pasar a Francia al protestantismo.
Una tentación política, por supuesto,
pero no religiosa. Y que no le es propia: una
parte de las élites revolucionarias,
al día siguiente del Terror, la conocieron
igualmente. Se trataba para ellos de acabar
con una revolución violentamente antirreligiosa
y una religión violentamente contrarrevolucionaria,
y de lograr, reconciliando revolución
y religión, reconciliar a Francia consigo
misma. Desde el momento en que no había
qué esperar del catolicismo, al menos
desde el punto de vista republicano o simplemente
moderno, la solución se hallaba tal vez
en otra forma de cristianismo, el protestantismo.
¿No estaba éste último
en los mejores términos con la modernidad
filosófica o política, como lo
mostraba la evolución de las ideas en
Inglaterra, en Escocia, en Suiza, en los países
alemanes? ¿No permitía conciliar
a Dios y a los derechos del hombre, es decir
salvar a unos y otros, cuando el Terror y la
chuanería pretendían aplastar
a uno para salvar mejor al otro, bajo el riesgo
de condenar la paz social? Habría habido,
en esos años turbados, tentativas reales
destinadas a hacer pasar a Francia al protestantismo
bajo la forma, podría pensarse, de una
declaración solemne y de una nueva atribución
de los edificios del culto (4).
Daniel Robert señala diversas declaraciones
que van en ese sentido (5),
y Edgar Quinet ha relatado la petición
hecha, por el miembro de la Convención
Baudot al pastor Jean Bon Saint-André,
miembro del Comité de Salud Pública
(6).
|
El texto
clásico del Memorial de Santa
Helena toma todo su sentido en este
contexto, aún cuando es relatado
por un católico ardiente [el Conde
de Las Cases. NdT].
«
Cuando tomé
el timón de los asuntos, ya tenía
ideas hechas sobre todos los grandes elementos
que cohesionan la sociedad; había
sopesado toda la importancia de la religión,
estaba persuadido, y había resuelto
restablecerla. Pero se creería
difícilmente las resistencias que
tuve que vencer para traer de vuelta al
catolicismo. Se me hubiera seguido con
mucho más gusto si hubiese arbolado
la bandera protestante; esto hasta el
punto que en el Consejo de Estado, donde
tuve grandes dificultades para hacer adoptar
el Concordato, muchos fueron
los que no se rindieron más que
complotando escapar de él. ¡Y
bien! Decíanse unos a otros, hagámonos
protestantes, y esto no nos concernirá.
Es seguro que al desorden al que yo sucedía
que en las ruinas sobre las que me hallaba,
podía escoger entre el catolicismo
y el protestantismo; y es verdad decir
incluso que las disposiciones del momento
empujaban todas a éste último;
pero, además de que yo estaba realmente
apegado a mi religión natal, tenía
los más altos motivos para decidirme.
De proclamar el protestantismo, ¿qué
hubiese obtenido? Hubiera creado en Francia
dos grandes partidos más o menos
iguales, cuando lo que yo quería
era que no los hubiese ya más;
hubiese regresado el furor de las querellas
de religión, cuando las luces del
siglo y mi voluntad tenían por
objetivo hacerlas desaparecer totalmente.
Al desgarrarse esos dos partidos hubiesen
aniquilado a Francia, y la habrían
vuelto esclava de Europa, cuando yo tenía
la ambición de volverla su ama.
Con el catolicismo lograba con mucha más
seguridad todos mis grandes resultados:
en el interior, en casa, el gran número
absorbía al pequeño, y me
prometía a mí mismo tratar
a éste con una igualdad tal, que
pronto no habría más lugar
para conocer la diferencia. En el exterior,
el catolicismo me conservaba al Papa:
y con mi influencia y nuestras fuerzas
en Italia, yo no desesperaba tarde o temprano,
por un medio u otro, de acabar por tener
para mí la dirección de
ese Papa; a partir de ese momento, ¡qué
influencia! ¡Qué palanca
de opinión sobre el resto del mundo!
» (7).
Esta página
muy rica comporta muchas cosas que casi
bastarían para resumir la política
religiosa del Imperio: la religión
como elemento de « cohesionamiento
» de la sociedad; la tentación
inicial |
 |
El
pastor Paul-Henri Marron (1754-1832).
Primer
pastor de la iglesia reformada de
París. Durante el Terror, fue
arrestado en dos ocasiones por los
revolucionarios y aprisionado por
haber efectuado clandestinamente matrimonios
y bautizos a pesar de la interdicción
del culto religioso. En el momento
de la coronación del Emperador,
Marron le hizo una visita de deferencia
al Papa Pío VII. Bosquejo
de la época al grafito. |
|
del
protestantismo; la dimensión toda
política de la posición
de Bonaparte, a pesar de la breve alusión
a su religión natal; la elección
pragmática de la religión
dominante, el catolicismo; y el prestigio
a nivel internacional del dicho catolicismo,
con la institución pontifical.
Napoleón forma parte de esos hombres
que consideran que Francia goza de demasiada
religión como para privarse de
ella, y demasiado poca para correr el
riesgo de una nueva reformación:
el conjunto se hace luego a favor de la
doble ventaja del catolicismo. |
El Emperador
no soñó con convertirse en un
segundo Enrique VIII, contrariamente a la amenaza
que agitaba frente al cardenal Consalvi, la
víspera de la firma del Concordato
(8). Precisa su pensamiento
en el Memorial: el monarca que podía
escoger el protestantismo para Francia, y tuvo
la falta política de no hacerlo, fue
Francisco I. Su negativa definió la cuestión.
En este contexto, remarcaremos que Napoleón
saluda claramente al luteranismo, « tan
favorable a la supremacía real »,
y no al calvinismo, juzgado demasiado republicano
(9): su perspectiva nunca
es religiosa, siempre política. La alusión
a Enrique VIII, desde ese momento, no es más
que un elemento de presión para obtener
concesiones de parte de los responsables de
la iglesia católica. Esta amenaza fintada
tiene no obstante un resorte profundo, que nos
coloca en el corazón de la historia político-religiosa
de Francia: la existencia de los protestantes
prohíbe, ya sea que lo lamentemos o que
nos felicitemos por ello, un cara a cara exclusivo
entre el Estado y una religión que se
resumiría al catolicismo. Francia contiene
otros cristianos además de los católicos,
y su número infinitesimal, o casi, no
cambia nada al respecto: cada quien debe contar
con ellos, desde el momento en que el Estado
ya no es católico. Daniel Robert estima
que Napoleón instrumentalizó el
protestantismo, « con una ausencia total
de escrúpulos », teniendo en cuenta
la única relación de fuerzas que
contaba a su manera de ver, ante el Papa y los
católicos (10). Pero precisamente, esta
instrumentalización es creadora: es en
el intersticio que ésta maneja donde
emprende instalarse el pluralismo religioso,
que la monarquía del Antiguo Régimen
había tenido tantas dificultades en domar.
LOS ARTÍCULOS
ORGÁNICOS DE 1802: LA IGUALDAD ENTRE
LA RELIGIONES
El protestantismo,
descartado como elección para Francia,
resurge como minoría (« el pequeño
número »), con este programa significativo
en lo que le respecta: « Me
prometía tratar a éste con tal
igualdad, que pronto no habría lugar
para conocer la diferencia ». Otro
pasaje del Memorial se explica al respecto
muy claramente. A título personal, Napoleón
hace profesión durante su reinado de
un agnosticismo político respetuoso,
incluso nostálgico, de la religión,
a la vez que insiste fuertemente en su utilidad
social: « Me servía
de ella como base y raíz. Era a mi manera
de ver el apoyo de la buena moral, de los verdaderos
principios, de las buenas costumbres
». Lo más interesante, en nuestra
argumentación, se centra en las consecuencias
que obtiene de dicho agnosticismo: « No
hay duda alguna, por lo demás,
observaba incluso, que
mi especie de incredulidad fuese, en mi calidad
de emperador, un beneficio para los pueblos;
¿y cómo, de otra manera, podría
haber ejercido una verdadera tolerancia; cómo
hubiese podido favorecer con igualdad a sectas
tan contrarias, si hubiera estado dominado por
una sola? ¿Cómo hubiese podido
conservar la independencia de mi pensamiento
y de mis movimientos, bajo la sugestión
de un confesor que me hubiese gobernado por
medio de los temores del infierno? »
(11).
Esta declaración,
notémoslo, no está lejos de inventar
la laicidad: no todavía en el país
y sus instituciones, pero en la cabeza –
o el alma – de su jefe: no ser de ninguna
iglesia (estar separado de todas) permite a
Napoleón ser todo para todas, un poco
como lo será, más tarde, la escuela
laica. Las frases que preceden a las que acabo
de citar son incluso de un anticlericalismo
que los padres de la Tercera República
no hubieran desaprobado (12).
Se comprende, desde ese momento, que el Concordato,
negociado y parrafeado, naturalmente, únicamente
con los dirigentes de la iglesia católica,
y que no me interesa directamente aquí,
haya sido publicado muchos meses después
(8 de abril de 1802), provista de artículos
orgánicos que conciernen tanto a las
iglesias calvinista y luterana como a la católica.
Es el regreso a la tradición galicana,
pero es también una innovación,
de larga distención: un mismo texto oficial
trata a la vez del catolicismo, primero en ser
nombrado, como se debe, y del protestantismo.
Es de lamentarse, en este concepto, que los
historiadores no dispongan más que del
adjetivo Concordatorio, que presta a confusión,
para describir un estatuto de las diversas confesiones
cristianas que no sería más feliz
calificar de orgánico. Jean Baubérot
le dio la vuelta a la dificultad introduciendo
la noción de « primer umbral de
seglarización » (13),
que se caracteriza a la vez por el reconocimiento
a las religiones de su utilidad social, y por
la reducción de los antiguos privilegios
del catolicismo: el estado civil sale de su
jurisdicción, y el protestantismo es
puesto a pie de igualdad con él, lo cual
no es evidentemente conforme ni a su relación
de fuerzas, ni al que cada quien mantiene con
la historia nacional.
Los Artículos
orgánicos de los cultos protestantes
tienen una prehistoria, exactamente trazada
por Daniel Robert. Se puede distinguir dos etapas.
Portalis entabla primero consultaciones con
representantes de los cultos luteranos y calvinista,
el alsaciano Metzger para el primero, el holandés
Marron y Rabaut-Dupui, del Gard, para el segundo:
el contacto parece haber sido muy positivo.
De Portalis, podemos recordar que, joven abogado
en el Parlamento de Aix, había publicado
ya desde 1770 una Consultación sobre
la validez de los matrimonios protestantes en
Francia, en una época en que los
matrimonios « al Desierto » (clandestinos)
no eran reconocidos en derecho. En sus primeros
contactos con los representantes de los protestantes,
parece haber propuesto dar a las confesiones
de Augsburgo (luterana) y reformada una sola
y misma organización, que hubiese sido
calcada sobre el modelo luterano. El proyecto
es rápidamente abandonado, y los reformados
logran obtener, sobre el papel, una organización
sinodal más o menos satisfactoria a su
manera de ver. Es el momento en que Bonaparte
se apodera del expediente, y da su fallo en
un sentido mucho menos favorable a la tradición
de los reformados. Dos puntos en el texto final
decepcionaron particularmente a éstos
últimos. La ley del 8 de abril de 1802
no reconoce iglesia, llamada « consistorial
», más que para 6 000 protestantes,
lo cual no corresponde sino muy mal a su diseminación
en el territorio y a su organización
parroquial; por lo demás, suprime de
hecho toda posibilidad de reunión sinodal
(14), cuando la organización
eclesiástica reformada, los sínodos,
regionales y nacionales, son la instancia normal
del gobierno representativo, por no decir democrático,
que la caracteriza.
«
A LOS CRISTIANOS DEL IMPERIO
FRANCÉS:
|
 |
| El
Emperador y Rey S.M. Napoleón
I |
|
«
Luis
XIV no quiso más que una
religión en sus estados,
y proscribió a todos los
que no fueran de la suya: el gran
Napoleón las llama todas;
promete a todas la libertad. El
imperio de la ley, dice, acaba donde
comienza el imperio indefinido de
la consciencia; ni la ley, ni los
príncipes pueden nada contra
esta libertad. La nación
judía misma, desde hace tantos
siglos proscrita y dispersa va a
recibir una existencia civil, política
y religiosa […]. Vosotros
que vivisteis como nosotros bajo
el yugo de la intolerancia, residuo
de tantas generaciones perseguidas,
ved y comprad: ya no es en los desiertos
y en peligro de vuestra vida como
rendís al creador el homenaje
que le es debido […] |
Somos
llamados como los demás ciudadanos
a las funciones públicas;
nuestras propiedades son protegidas;
podemos con seguridad transmitir
nuestras herencias a nuestros hijos
y cada uno de nosotros puede cultivar
en paz su viña y su higuera”
»
Rabaut le Jeune: Annuaire ou
répertoire ecclésiastique
à l’usage des Églises
réformées et protestantes
de l’Empire français
(«Anuario o repertorio
eclesiástico para el uso
de las Iglesias reformadas y protestantes
del Imperio francés»),
París, donde el Sr. Pastor
Rabaut-Pomier, 1807, pp. 5-6. |
|
De hecho, esas
medidas, que hacen imposible el regreso a la
organización reformada desaparecida a
fines del siglo XVII – y resurgida, clandestinamente,
después de 1715 –, no se pretenden
de ninguna manera vejatorias para con el culto
protestante. Se trata de establecer un paralelo
más o menos exacto con el catolicismo,
y de no herir a éste último pareciendo
acordar a los protestantes cosas que se les
negarían a otros. La iglesia consistorial
de 6 000 almas corresponde grosso modo a un
« curato » católico de 8
500 a 9 000 almas en promedio (para los judíos,
la cifra adoptada en 1808, según el mismo
principio, será limitada a 2 000 almas).
La interdicción de los sínodos
es simétrica a la de las asambleas del
clero y reuniones de obispos, a las que el gobierno
teme mucho más. Falsa simetría,
si se considera, desde el interior del mundo
reformado, que el sínodo es el equivalente
no de un concilio regional, sino del obispo
mismo; pero mucho más exacta si se ven
las cosas desde el exterior, lo cual es el punto
de vista de Bonaparte y del Estado moderno.
Rabaut-Dupui, uno de los negociadores protestantes,
parece haberlo comprendido, cuando comenta,
en una carta del 9 de abril de 1802: «Estamos
seguros de las buenas intenciones del gobierno
y de sus disposiciones favorables. […]
Es seguro que el gobierno quiere conservar la
más perfecta igualdad» (15).
Es este esmero de igualdad en el tratamiento
lo que explica un doble ostracismo para con
la desdichada ciudad de Nîmes, conocida
por ser la capital del protestantismo reformado
francés: en 1802, Bonaparte le niega
finalmente una sede episcopal (acordada a Aviñón,
para el Gard y el Vaucluse), a fin de no descontentar
a los protestantes locales; en 1808-1809, el
Emperador la priva de la facultad de teología
que cuenta fundar para los protestantes del
interior, a fin, esta vez, de no contrariar
a los católicos de Nîmes, ¡y
escoge la ciudad de Montauban!
Nîmes
no era más que la más bulliciosa
de aquellas ciudades religiosamente «
mixtas », donde la coexistencia entre
católicos y protestantes, al día
siguiente del periodo revolucionario, resultaba
muy delicada. Bonaparte y Portalis no dejaron
de preocuparse por ello. El artículo
45 de los Orgánicos del culto
católico prohíbe toda ceremonia
exterior del culto ahí donde existan
« templos destinados a diferentes cultos
»: se trata, de alguna manera, de laicizar,
mucho antes de la escuela o del Estado, lo que
la lengua administrativa llama muy justamente
la « vía pública ».
Durante el Imperio, el artículo es aplicado
en París, Nîmes, Ginebra, Estrasburgo,
Colmar y Mulhouse, en el Vigan (Gard), en la
Rochela hasta 1809 (16).
En los demás lugares, su aplicación
es reducida a las cabezas de iglesia consistorial,
y las dichas cabezas colocadas, por una ficción
jurídica, en barrios o comunas de los
suburbios, lo cual permite autorizar las procesiones
en las ciudades; es el caso en Lyon, a partir
del verano de 1803 (17).
Algunos dirigentes protestantes buscaban el
apaciguamiento dejando desarrollarse las procesiones,
mientras que la población de las pequeñas
ciudades del sur, cuya memoria estaba marcada
por las persecuciones del siglo precedente,
mostraba una vigilancia rápidamente acalorada
acerca de la cuestión. La autorización
de las procesiones de la Fiesta-Dios abría
la puerta a incidentes previsibles. ¿Debían
los protestantes descubrirse ante el santo sacramento,
que no pertenecía a su culto? ¿Tenían
que « tender » [tapizar, revestir
la fachada con lienzos y colgaduras ceremoniales.
NdT.] sus casas al paso de la procesión?
Así lo entendía la Iglesia, y
los primeros incidentes estallan en 1805 y 1806,
en el Poitou, el Tarn, el Tarn-et-Garonne o
en Normandía. En Champdeniers (Deux-Sèvres),
dos protestantes que se negaron a « tender
» son condenados a una multa de tres días
de trabajo por el tribunal de policía;
en La Rochela y en Bolbec otros protestantes
son obligados a arrodillarse; en Montauban,
dos jóvenes que no se descubrieron son
insultados, abofeteados, y luego enviados a
prisión por el comisario de policía
(el alcalde los hizo liberar). En 1806, Rabaut-Dupui
y Rabaut-Pomier, su hermano, prepararon un proyecto
de decreto destinado a hacer cesar todo incidente,
y que llegaba pasablemente lejos en el camino
de las concesiones: el texto habría impuesto
a todo ciudadano ceder el paso a un cortejo
religioso y de permanecer descubierto y de pie
en su presencia; autorizaba además a
las autoridades locales a hacer « tender
» las casas de los protestantes que se
negasen a hacerlo ellos mismos, pero sin poder
reclamarles el pago de gastos de « colgadura
». El proyecto no tuvo continuación,
y la situación se agravaría con
la restauración de la monarquía
legitimista, hasta un apaciguamiento durable,
intervenido a fines de 1818.
La Restauración,
de facto, habría bastado para mostrar
a los protestantes, si acaso lo hubiesen olvidado,
lo que habían ganado con la pacificación
religiosa, y con la armonización jurídica
entre las confesiones, querida por Bonaparte,
y lo que se arriesgaban a perder con el regreso
de la monarquía legitimista. La población
católica de Nîmes y del resto del
Gard no se equivocó: el Terror Blanco
del verano de 1815, que no podríamos
hacer mejor que comparar a un pogromo, apunta
en los protestantes a partisanos de la Revolución
y del Imperio difuntos. Fuera sin embargo de
los memoriales oficiales al Primer Cónsul
y luego al Emperador, que no están desprovistas
de adulación, los protestantes no manifestaron
un entusiasmo particular en relación
al Imperio. Pero bastó que se les acordase
lo que el Antiguo Régimen les había
tan obstinadamente negado, 1685 a 1787, para
que se ligue un lazo muy particular entre su
minoría y el Estado moderno. Se debe
leer al respecto el Discurso sobre la organización
de los cultos, pronunciado por Portalis en el
momento de la aprobación del Concordato
por las asambleas: « En la Revolución,
dice, el espíritu de libertad trajo el
espíritu de justicia y los protestantes,
devueltos a su patria y a su culto, volvieron
a ser lo que habían sido, lo que nunca
hubieran debido dejar de ser, nuestros conciudadanos
y nuestros hermanos. La protección del
Estado les es garantizada en todos los aspectos
como a los católicos ». Portalis
añade incluso un alegato en favor del
pluralismo religioso que parece calcar casi
palabra por palabra al que había redactado
Pierre Bayle en 1686 (18);
pero mientras el filósofo protestante
Bayle escribía el día siguiente
de la revocación del edicto de Nantes,
y desde el exilio, el católico Portalis
dirige la política religiosa de Francia.
« Lo
esencial para el orden público y para
las costumbres no es que todos los hombres tengan
la misma religión, sino que cada hombre
esté apegado a la suya. […] Se
notó que donde existen diversas religiones
igualmente autorizadas, cada uno en su culto
se mantiene más en guardia, y teme hacer
acciones que deshonrarían a su iglesia,
y la expondrían al desprecio o a las
censuras del público. Se observó,
además, que quienes viven en las religiones
rivales o toleradas son ordinariamente más
celosos de hacerse útiles para su patria
que los que viven en la calma y los honores
de una religión dominante » (19).
Esta última
frase no es nada más que el programa
que parecen haberse propuesto los protestantes
– y los judíos – en la Francia
del siglo XIX, « celoso » de servir
a un país y a un Estado que, con los
Artículos orgánicos, habían
dejado de considerarlos como inferiores a los
católicos. A distancia, la apuesta de
Portalis y de Bonaparte, y de sus interlocutores
protestantes, se impone por su doble éxito,
en favor de une minoría, en favor del
país todo entero, que va a recoger los
frutos de un pluralismo religioso e intelectual
reasumido (20).
NOTAS:
(1) Sobre los
efectos interiores de los Artículos orgánicos,
ver André Encrevé, «Un
protestantisme reconnu et sous contrôle
», («Un protestantismo
reconocido y bajo control») Notre
Histoire, n° 189, junio de 2001, pp.
30-32.
(2) « A interlocutores protestantes, [Bonaparte]
brindó — Primer Cónsul —
palabras amables a las que probablemente no
hay que atribuir más importancia que
a corteses mundanidades […] » Daniel
Robert, en « Les Églises réformées
en France, 1800 1830 », («
Las iglesias reformadas en Francia, 1800-1830
») París, Presses Universitaires
de France, 1961, p. 49.
(3) Citado por D. Robert, « Les Églises
réformées en Francia (1800-1830)
», PUF, 1961, p. 49, nota 3.
(4) Numerosas iglesias y capillas conventuales,
por lo demás, fueron atribuidas entonces
al culto protestante, y le permanecen hoy adquiridas,
especialmente en las ciudades.
(5) D. Robert, op. cit., pp. 43-44
y 49-50 (nota 4).
(6) E. Quinet, « La Révolution
», ediciones Cl. Lefort, Belin, 1986 [1865],
pp. 482-483.
(7) Las Cases, « Mémorial de
Sainte-Hélène », tomo
II, Garnier, 1961, pp. 180-181.
(8) Cf. las « Mémoires de Consalvi
» (« Memorias de Consalvi
», edición Crétineau-Joly,
París, 1864), citadas por D. Robert,
op. cit., p. 51, nota 3.
(9) « Francisco I estaba colocado verdaderamente
para adoptar el protestantismo a su nacimiento,
y declararse su jefe en Europa. […] Si
Francisco I hubiese abrazado el luteranismo,
tan favorable a la supremacía real, le
hubiera ahorrado a Francia las terribles convulsiones
religiosas traídas más tarde por
los calvinistas, cuyo perjuicio, todo republicano,
estuvo a punto de derrocar al trono y de disolver
nuestra bella monarquía. Por desgracia,
Francisco I no comprendió nada de todo
eso, pues no podría dar sus escrúpulos
por excusa, él que se alió con
los turcos y los trajo en medio de nosotros.
Muy simplemente es que no veía tan lejos.
¡Tontería del tiempo! ¡Inteligencia
feudal! Francisco I, después de todo,
no era más que un héroe de torneo,
un hermoso de salón, uno de esos grandes
hombres pigmeos », ibíd.,
I, p. 181.
(10) D. Robert, op. cit., p. 51.
(11) Mémorial de Sainte-Hélène,
op. cit., I, p. 779.
(12) « Me rodee de curas que me repetían
sin cesar que su reino no es el de este mundo,
y se apoderan de todo lo que pueden. El Papa
es el jefe de esta religión del cielo,
y no se ocupa más que de la tierra »,
ibid.
(13) Ver en especial « Vers un nouveau
pacte laïque? » (« ¿Hacia
un nuevo pacto laico? »), Seuil,
1990.
(14) Sínodos son efectivamente acordados
a los reformados, a razón de uno por
cinco iglesias consistoriales, pero el artículo
31 de los Orgánicos precisa que no podrán
reunirse « más que cuando se haya
reportado el permiso del gobierno ».
(15) Citado por D. Robert, op. cit.,
pp. 75-76, según Boulay de la Meurthe,
« Documents relatifs à la négociation
du Concordat », (« Documentos
relativos a la negociación del Concordato
») 6 vol., 1891-1897 (vol. V, p. 427-8).
En agosto o septiembre de 1804, Rabaut-Dupui
vuelve sobre la cuestión de los sínodos:
« Esta negativa no debe ser interpretada
para mal contra los protestantes, está
ligada a otras vistas políticas en las
cuales no están comprendidos más
que accidentalmente » (citado ibíd.,
p. 74, nota 3).
(16) Esta lista, incompleta, y que reposa en
parte sobre suputaciones, es brindada por Daniel
Robert, op. cit., p. 98.
(16) La circular que reduce la aplicación
del artículo 45 a las cabezas de Iglesia
consistorial es del 20 de abril de 1803.
(18) En el Comentario filosófico sobre
las palabras de Jesucristo « Contrains-les-d’entrer
» (« Constríñelos
a entrar »), reeditado bajo el título
« De la tolérance »
(« De la tolerancia »),
Presses-Pocket, 1992. Es posible que Portalis
haya leído este texto, o compulsado el
Diccionario crítico de Bayle, muy difundido
en el siglo XVIII.
(19) Citado por Marceau Long, Jean-Claude Monier,
« Portalis. L’esprit de justice
» (« Portalis. El espíritu
de justicia »), Michalon, 1997, pp.
65- 66.
(20) Con reticencias en contra de los protestantes
hasta fines de los años 1870, luego en
contra de los católicos durante la Tercera
República (hasta 1914).