Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
EN TORNO A LOS PROYECTOS DE EVASIÓN EN FAVOR DE NAPOLEÓN
Napoleón en Santa Helena
Napoleón en la isla de Santa Helena
Pintura anónima inglesa de la época copiada de un dibujo de Martinet.

Por

G. de Bertier de Sauvigny, Henry Contamine, Adrien Dansette, Paul Ganière, Guy Godlewski, etc.*

Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Es un hecho que numerosos proyectos de evasión fueron bosquejados aquí y allá.
El duque de Richelieu, ministro de Asuntos extranjeros de Luis XVIII, se inquieta abiertamente de ello en su correspondencia con el marqués de Osmond, su amigo y ministro en la corte de de Saint James.
En ella denuncia la agitación de ciertos radicales ingleses, entre los cuales Sir Robert Wilson y Lord Cochrane y la correspondencia clandestina que sale de Santa Helena, transita en Inglaterra y llega a los medios napoleónicos en Francia, en Italia, en los Estados Unidos y en Brasil.

Cada vez que una comunicación clandestina es descubierta, cualquiera que sea su naturaleza, de inmediato se difunden un poco por todos lados las más fantasiosas noticias, como para enturbiar las pistas y descreditar a quienes llevan a cabo las indagaciones. A pesar del riesgo seguro de hacer el ridículo, los guardias de Napoleón siguen cada pista, investigan al menor indicio. Esos grandes nombres que son Richelieu, Bathurst, Lowe, se libran, por medio de personas interpuestas y para el mayor gozo de los humoristas y otros críticos, a extrañas ocupaciones: esculcar en la ropa sucia de Longwood, pesar las barricas vacías que bajan de la meseta, escrutar los rostros de los jardineros chinos. El más estricto bloqueo marítimo es mantenido alrededor de la isla, bloqueo cuyas consecuencias pagan principalmente los pescadores.
La pesca artesanal es el objeto de una atención particular.
De hecho, un ruido persistente pretende que un osado navegador, generalmente estadounidense (a causa de la marcha superior ya reconocida a los veleros construidos del otro lado del Atlántico) se compromete a llevarse de noche al Emperador, llegado hasta él disfrazado de marinero, en una barca de pescador, después de haber dejado la maldita planicie en una barrica vacía o acaso en las ropas de un coolie chino.
Este tipo de evasión podía ser considerado inverosímil para quien conocía el carácter de Napoleón, pero en ningún caso por imposible.
Sus carceleros están persuadidos de ello: a sus ojos, la correspondencia clandestina es la prueba y debe tratar de todo menos de cuestiones personales, prueba de ello la ingeniosidad ejercida para mantenerla en secreto.

Lowe cree tener bien dominado al ejército, a la administración de la isla y a la población local. Desconfía en cambio del doctor O’Meara, de los oficiales de la Marina real y del personal navegante de la Compañía de las Indias. Considera como un hecho adquirido que marinos de todos grados se hacen cargo de una parte de la correspondencia secreta, lo cual le lleva a tratarlos a todos con recelo.
Esos marinos obedecen a un deseo de reparar, según sus posibilidades, una injusticia política, haciéndole a un gran hombre caído en la desdicha ese favor que el común de los mortales considera un derecho inalienable: comunicar con los suyos. Pero es poco probable que uno solo entre ellos hubiera aceptado hacer escapar al proscrito.
Lowe lo sabe, pero dos consideraciones le atormentan.
Primeramente, desconfía de aquellos entre sus compatriotas que profesan ideas liberales, los whigs y los radicales. Los cree capaces de traicionar la política del gabinete del rey para con el prisionero de Estado por espíritu de pasión partisana, mientras los interesados dirían más bien por respeto a los derechos del hombre.
En segundo lugar, Lowe teme los perjuicios de la extraordinaria seducción que Napoleón ejerce sobre todos los que se acercan a él. No es el único en pensar en ello. Es el leitmotiv de la correspondencia de Richelieu quien desea ver al personal de vigilancia ser cambiado muy frecuentemente.
Pero el verdadero peligro debe venir del exterior.
Para el almirante Malcolm que lo conoce bien, el mar es sobre todo una magnífica ruta abierta a todos y llevando a todas partes.
Es por ello que presta oído a los ruidos insólitos que llegan del otro lado del Atlántico, de ese Nuevo Mundo perpetuamente en gestación, pues pasan ahí grandes cosas...
Armand-Emmanuel de Vignerot du Plessis, duque de de Richelieu (1766-1822)
Armand-Emmanuel de Vignerot du Plessis, duque de de Richelieu (1766-1822)
Primer ministro de Francia (1815-1818). Óleo de Sir Thomas Lawrence (1769–1830).

Son muchos los que dejan Francia tras la segunda Restauración, ya sea en dirección de los países limítrofes, ya sea de América. La mayoría de ellos esperan poder regresar a Francia, acechan las noticias, se reúnen, evocan recuerdos y esperanzas.
Algunos llevan una incesante actividad política, como los que hacen del « Nain jaune » (1), impreso en Bélgica, una verdadera espina en la carne de Richelieu.
En los Estados Unidos, complotan. Los tiempos son propicios para ello.
Dos grandes empresas excitan la imaginación y el entusiasmo de los liberales franceses: la independencia de las colonias españolas y portuguesa en América, y la liberación del Emperador; y muy pronto, se proponen pasar a la acción.

Para hacer causa común con ellos, pueden contar con un número importante de corsarios que el fin de las guerras y la prohibición de la trata de negros (2) habían vuelto peligrosamente disponibles. De esta mezcla explosiva saldrán los complots que habrían podido, de haberlos favorecido la suerte, representar un peligro real para los guardianes Napoleón.
La opinión pública en los Estados Unidos se inclina netamente a favor de quienes profesan la democracia y el republicanismo. La visión heroica de un Napoleón luchando solo contra todos es sublimada y le otorga una innegable corriente de simpatía popular.
Finalmente, hay que notar que las leyes estadounidenses, no más que hoy en día, no prevén el delito de intención. Si los conspiradores son objeto de una vigilancia, su libertad de acción no puede ser entorpecida mientras las leyes no sean violadas...

Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.

 

LOS PRIMEROS COMPLOTS SON SEÑALADOS EN 1816

El 1° de mayo, Sir Henry Bunbury, subsecretario de Estado para la Guerra, informa a Lowe lo que se trama en Bahía entorno al corsario « Freeblooded Yankee », comandado por un cierto Sontag y montados por un grupo de bucaneros emprendedores y determinados, todos excelentes marinos. Están muy ligados con el cónsul de los Estados Unidos de Bahía, eligieron domicilio donde un posadero italiano cuya esposa viviría en Santa Helena, no les falta dinero, no tienen más ocupaciones aparentes que esperar el momento propicio para un descenso a la isla.
Para ello, dos goletas serán utilizadas: una será expedida a Tristán da Cunha, la otra cruzará alrededor de Santa Helena hasta que Napoleón pueda alcanzarla por medio de un pequeño barco ultra rápido.

A principios de junio, cuatro goletas y múltiples bastimentos ligeros izan velas de Baltimore, provistos de tripulaciones ordinarias pero habiendo cargado como lastre piezas de artillería. Antes de dejar la bahía de Chesapeake, esta pequeña escuadra se detiene para embarcar a 300 hombres que la alcanzan a bordo de chalupas de pilotos costeros. Objetivo al que se apunta: la liberación de Napoleón.
Se cuenta con una « cooperación segura » de personas domiciliadas o empleadas en Santa Helena. Los bastimentos, todos finos veleros, deben acercarse a la isla de noche y alejarse de día. Compuestos por hombres en uniformes británicos, abordarán la costa en diversos lugares diferentes.
En julio de 1816, el duque de Richelieu transmite al vizconde Castlereagh, secretario de Estado encargado de los Asuntos Extranjeros, la información que tiene del ministro de España en los Estados Unidos, acerca de proyectos semejantes atribuidos a un cierto Carpenter, ciudadano estadounidense, quien arma en el Hudson un velero reputado muy rápido. Carpenter se habría presentado ante José Bonaparte con la certeza de raptar a su hermano de su roca. Naturalmente, estos informes son transmitidos a Lowe por la vía más rápida. Habiendo ya tomado todas las precauciones posibles, no pide más que algunos pequeños bastimentos ligeros para reforzar el crucero alrededor de la isla...
En septiembre, comentando esos ruidos, Richelieu escribe a su amigo el marqués de Osmond: « se nos asegura hoy que José Buonaparte, Grouchy, Clausel, han partido de los Estados Unidos para ir a México; espero que sean aprehendidos y ahorcados, lo cual les curará para siempre de la rabia de revolucionar ».
Poco después, pide a su embajador en Londres centrar la atención del gobierno inglés en el hecho de que piratas estadounidenses podrían tentar una expedición contra Santa Helena, bajo el pretexto de la trata en las costas de África. Y añade: « En el supuesto que puede hacerse de alguna empresa para liberar a Buonaparte, ninguna precaución debe costarnos para prevenirla, y esa roca en medio del Atlántico es un punto hacia el cual debemos tener siempre un catalejo apuntado. Bien se puede decir que [Napoleón] perdió todo crédito en Francia, quiero creerlo, pero no estaría a gusto de que lo pusiéramos a prueba, y no querría por nada del mundo saberlo en libertad ».
En el continente, en este fin de año de 1816, la tensión no cesa de aumentar. Richelieu, no pudiendo descuidar nada, se alarma con las declaraciones de un loco internado en Saint-Malo, porque éste pretendería saber exactamente cómo el Petit Tondu (3) sería raptado de su prisión, y pide una investigación sobre el robo, o la partida clandestina, de un navío de contrabandistas, reputado muy rápido, en escala en Fécamp.
Al haber sido citado el nombre de un amigo del doctor O’Meara en relación con este asunto, Richelieu piensa de inmediato en un golpe de mano contra Santa Helena.
« He aquí un terrible año pasado », suspira el 26 de diciembre. « ¿Qué nos traerá el que va a comenzar? ».

El 15 de febrero de 1817 llegan a Inglaterra el capitán Piontkowski, Santini, Rousseau y Archambault, expulsados de Santa Helena por razón de economías.
Los dos prisioneros se dirigen de enseguida a Londres. La célebre « Amonestación » aparece poco tiempo después.
En cuanto a los otros dos compinches, se embarcan hacia los Estados Unidos y en mayo, su presencia donde José es señalada.
Mientras tanto, en Europa, todos se pierden en conjeturas para saber si sí o no el « Manuscrito de Santa Helena » es falso. Muy rápido, Richelieu adquiere la convicción de que este escrito no vino de la isla, lo cual por cierto no es tranquilizante.
Al mismo tiempo, la multiplicación de los mensajes cifrados y de tractos señalados un poco por todas partes da a pensar en una vasta conspiración.
Por otro lado, el éxito fulminante en librería de todo lo que se supone que viene de la isla-prisión muestra hasta qué punto los pueblos se interesan en la suerte del prisionero.
En aquella primavera de 1817, Richelieu comparte con el gabinete tory otro tema de preocupación. Lord Cochrane arma con su bolsillo un navío de guerra de 74 cañones.
Según los informes confidenciales que Bathurst dirige a Lowe el 12 de mayo, Sir Robert Wilson y otros oficiales se le unirían. Esta información da una dimensión inquietante al asunto y Bathurst recomienda la mayor vigilancia, pero no cree demasiado en las oportunidades de éxito de semejante empresa.
Incluso añade: « para mí que no habrá tentativa seria de liberar al general Buonaparte mientras el ejército aliado esté apostado en las fronteras de Francia... ». Richelieu no se equivoca pues al pensar él también en este plazo temible que será el fin de la ocupación, y de preguntarse con angustia si los ruidos de evasiones no están en algo inspirados por quienes querrían mantener una presencia extranjera en Francia.

José Bonaparte
José Bonaparte en 1820
Óleo de Charles Willson Peale (1741-1827).
Mientras se discute en las oficinas de la Santa Alianza sobre de las intenciones prestadas a Cochrane, noticias alarmantes y concordantes llegan de los Estados Unidos de puntos muy alejados unos de otros.
Archambault y Rousseau llegan ante José, en Point Breeze, en mayo; en julio, Sir Charles Bagot, ministro de Gran Bretaña en Washington, ya está en condiciones de informar a Lord Castlereagh sobre lo que se trama entre los franceses refugiados en Los Estados Unidos. Los dos expulsados de Santa Helena parecen haber traído consigo un plano anotado de la isla e indicaciones muy precisas de boca del Emperador en cuanto a los medios de forjarse un nuevo destino. José envía enseguida noticias a Luciano, quien, inmediatamente, pide la autorización de dirigirse a los Estados Unidos, lo cual le es negado, por supuesto. El embajador de Francia en Roma, el conde de Blacas, está al pendiente, en efecto.
¿De qué se trata? De un vasto plan de conjunto elaborado por Napoleón que comporta, desde el punto de vista estratégico, objetivos políticos de alto vuelo que tienden a restablecer la fortuna de la Casa, y, en el plano táctico, proyectos que permiten alcanzar el objetivo principal y aquellos calificados como secundarios, pero no menos importantes.
Puesto a punto en secreto, este plan parece ser en efecto obra de Napoleón, pues si lo vemos probar en su entorno algunas ideas generales como la creación de un imperio en América del Sur, por ejemplo, las confidencias se detienen allí.
Todo permite pensar que solo Cipriani está al tanto del secreto de sus verdaderos propósitos. No conocemos de dicho plan más que los fragmentos que gozaron de un principio de ejecución.
Poco a poco, se hace la luz sin embargo sobre proyectos que permanecieron muy misteriosos gracias al velo púdico sobre ellos echado tras su fracaso.
Podemos no obstante adivinar sus contornos y es a ello en lo que vamos a aplicarnos enseguida...

La gran visión política, nada menos que la creación, sobre los restos del imperio colonial español de América, de un campo de acción digno del genio político que Napoleón, se reconoce con toda justeza.
Es evidente que el sistema colonial conocido hasta entonces llegaba a su término. Siendo la América Latina de hecho un enorme espacio por tomar, ¿por qué no probaría Napoleón su suerte? ¡Qué manera grandiosa de conservarle a su Casa la posibilidad de reinar de nuevo un día en Francia! Los Estados Unidos e Inglaterra no se comportan diferentemente, queriendo cada uno garantizar su porvenir. ¿Cómo reprochárselos? Napoleón no es el único en ver despuntar la era de los « súper grandes ». Esta visión da nacimiento a la Confederación Napoleónica.
Se apunta a las regiones aún vírgenes de estructuras políticas, como el vasto territorio situado al Oeste del Mississippi y en el norte de México, comprendiendo en especial Texas; o bien aquellas en donde la inestabilidad política presenta un terreno favorable para las maniobras, como México, sublevado contra España, o una parte del Brasil, en disidencia contra Portugal, precisamente ahí donde el continente sudamericano avanza lejos en el Atlántico en dirección de Santa Helena. En lo que se refiere a Texas y a las regiones situadas al oeste del Mississippi, se inspira de la conspiración Burr de 1806-1807.
En cuanto a la América latina, todo el mundo se entromete.
Los puertos de los Estados Unidos hormiguean de armamentos misteriosos financiados tanto por los ingleses como por estadounidenses.
Richelieu, quien no oculta su miedo de esta epidemia de revoluciones republicanas, confiesa su estupefacción de ver a Inglaterra bañar en ello con una hermosa inconsciencia. Pero él también abriga el sueño americano y lamenta no tener los medios de realizar esta política que redoraría el blasón de los Borbones. Hyde de Neuville piensa en ello igualmente y aspira a una nueva presencia francesa en América. A propósito del Champ d’Asile (4), se arriesga a proponer a Richelieu dejar a esos refugiados franceses instalarse en América del Norte, de ser necesario ayudarles, pues, observa, ¡incluso malos franceses son sin embargo franceses! Y serán susceptibles de actuar como franceses, piensa en voz baja. ¡La Luisiana todavía tiene sus nostálgicos!
Apenas elaborado el primer plan táctico, es denunciado en una carta escrita en francés y fechada en Filadelfia el 24 de julio de 1817.
Este plan tiene por objeto raptar al prisionero de Santa-Helena; la operación es puesta bajo el mando de un cierto Raoul. El general Lefèbvre-Desnouettes está encargado de la compra y del armamento de dos goletas; los hermanos Lallemand son responsables del reclutamiento; Annapolis es uno de los puntos de reunión; el coronel Latapie y 32 oficiales se van a Pernambuco a preparar una base operacional. Se fija la cita en las islas de Fernando de Noronha; además de los franceses, más o menos 700 estadounidenses son esperados así como Lord Cochrane con su navío de 74 montado por 200 a 300 oficiales y 800 marinos.
Se cuenta con Sir Robert Wilson y con Cobbett. El general Brayer promete su concurso así como el de todos los franceses refugiados en Buenos Aires.
Una vez su junción operada, estas fuerzas deben primero neutralizar a los bastimentos ingleses alrededor de Santa Helena, luego atacar simultáneamente Jamestown, Sandy Bay y Prosperous Bay.
El ataque de Jamestown será una diversión y tendrá como objeto atraer al mayor número posible de defensores; las tropas que desembarquen en Sandy Bay tratarán entonces de hacerse de las fortificaciones del centro de la isla; finalmente, las fuerzas puestas en tierra en Prosperous Bay tendrán el encargo de raptar a Napoleón y de ponerlo a bordo de un fino velero que pondrá rumbo hacia los Estados Unidos.
Dos coroneles italianos, antiguos oficiales de los cazadores de la infantería ligera deberán raptar al Rey de Roma y conducirlo a los Estados Unidos junto con su padre.

Mapa geográfico de la isla y fuertes de Santa Helena
Dedicada al duque de Kent y Strathearn por el teniente R.P. Read (1815).

 

Estos informes son confirmados por una segunda denunciación.
El 28 de julio, en efecto, un hombre llamado Joshus Wilder viene a entregar a Gilbert Robertson, cónsul de Gran Bretaña en Filadelfia, un voluminoso expediente de correspondencia intercambiada entre un cierto capitán Hawkins y múltiples generales franceses refugiados en Estados Unidos. Una carta de James Caret, secretario de José, indica sin embargo que se niega personalmente a inmiscuirse; Wilder afirma sin embargo que José ha dado su aprobación a la empresa y promete pagar ampliamente en caso de fracaso.
Según Wilder, Hawkins construye él mismo la embarcación que conducirá al Emperador de Santa Helena a bordo del velero más apto para distanciar los bastimentos ingleses. Será larga de 40 pies, construida de cedro y de abedul, recubierta de pieles, y casi dos veces más rápida que cualquier otro bastimento. Indica con precisión los lugares donde barcos de pescadores deben estar ocultos en caso de necesidad, y habla con seguridad de connivencias en el interior de la isla.
Mensajes cifrados deben ser próximamente entregados en el lugar por un hombre seguro enviado a propósito al océano indio, en un navío de la Compañía de las Indias que tenga que hacer escala en Santa Helena. Robertson precisa que Wilder, manifiestamente espía de ocasión, busca abiertamente a sacar dinero de sus informes.
¡Son casi demasiado hermosos para ser ciertos!
Robertson vacila en creerles; su jefe en Washington es tan reticente como él.
Sin embargo, es un Robertson apenado el que toma la pluma el 7 de agosto para informar a Bagot que no tendrá acceso a los demás documentos de Hawkins. Los amigos de éste último, tras haberse enterado de que Wilder había aprovechado su ausencia para robar y vender una parte de sus papeles, han colocado los que quedan en un lugar seguro y prohíben su casa al informador.
Para deshacerse de esta presencia comprometedora y a partir de ahora inútil, el cónsul envía a Wilder a Nueva York a espiar a los franceses quienes, en esa ciudad, se agitan mucho y muy abiertamente.

Y el 25 de agosto, a mil millas de ahí, en Frankfort, en Kentucky, Robert C. Oden, quien se califica de « tory », escribe directamente a Lord Castlereagh a propósito de una « most alarming conspiracy » que tiene por objeto el rescate de Napoleón.
Como consecuencia de unas cartas de Nueva Orleáns recibidas en Frankfort tres días antes, según Oden, cartas que no pudo ver él mismo a causa de su reputación de tory, tropas son levadas y armadas en todo el país. Su destinación sería, dícese, Nueva Orleáns.
El Estado de Kentucky solo reúne dos mil hombres; habría ya igual número de ellos reunidos en Tennessee y en Ohio.
Desde hacía algún tiempo se hablaba de bastimentos en construcción en Nueva Orleáns. Oden está persuadido de que navíos y tropas deben servir para atacar Santa Helena...

Finalmente, en septiembre, Hyde de Neuville recibe el expediente de la Confederación Napoleónica.
¿Por qué medio? ¿No sería acaso de manos de un cierto Roul?
Hyde da a entender a partir del 4 de agosto que se había por fin asegurado los servicios de un espía entre los conjurados y le había dado por nombre Roul.
En lo que concierne al famoso expediente, Hyde pretende primero que los papeles han sido hallados por casualidad en la calle, pero nadie lo cree.
Más tarde, confiesa, muy discretamente, que los obtuvo gracias a las complacencias que se había asegurado.
Sea como sea, no pierde un minuto para informar acerca del contenido de los documentos providenciales, primero a John Quincy Adams, secretario de Estado, luego al presidente, James Monroe, enseguida a los ministros de Gran Bretaña y de España en los Estados Unidos, y naturalmente a su propio gobierno.
El envío es de Lakanal, residente en Lexington en Kentucky, a poca distancia de Frankfort.
Comporta cinco documentos, todos originales de puño y letra de Lakanal, dirigidos al general Clausel, para el conde de Survilliers. Escribiendo a Castlereagh el 6 de octubre de 1817, Bagot afirma que esos documentos no dejan persistir más ninguna duda sobre las verdaderas intenciones de José en cuanto a las posesiones españolas en América; quiere fundar ahí un imperio napoleónico.
Ese objetivo es de hecho muy cuidadosamente oculto, dice, por la cuasi totalidad de los conjurados.
Si Bagot se muestra discreto sobre la manera como los papeles han sido interceptados, explica cómo su autenticidad es establecida por William Lee, antiguo cónsul de los Estados Unidos en Burdeos, vicepresidente de la colonia de Tombigbee.
Lee no tiene más que presentar una carta de Lakanal que tiene en su posesión: es exactamente de la misma escritura que las piezas entregadas a Hyde y plasmada en un papel idéntico.
Si Monroe y Quincy Adams están muy interesados en el expediente que el ministro de Francia les presenta, declaran educadamente que no pueden tomar ninguna acción preventiva, al no existir el delito de intención en su país.
Aseguran a su interlocutor que cuentan vigilar tanto a los conjurados como el desarrollo de la conspiración.
No están sorprendidos en lo más mínimo de enterarse de la llegada en las costas del Mississippi de bandas de aventureros, tanto estadounidenses como franceses. Pero no disponen de ningún medio ni para prevenir dichas aglomeraciones, ni para detener a los hombres una vez reunidos.

Sin embargo, aunque divulgado, el plan se desarrolla. Para dar el pego, y parecer ajeno al complot, José va a pasearse del lado de las cataratas del Niágara desde donde podría sin embargo llegar discretamente y rápidamente al Mississippi.
Los generales Clausel y Lefèbvre-Desnouettes se dirigen a Alabama, en el río Tombigbee.
Los generales Vandamme y Lallemand van en busca de noticias a Washington, inquietos por los movimientos de la fragata « l’Eurydice », incluso por la desaparición de los papeles de Lakanal.

Santa Helena tomada desde el mar
Acuarela de Georges Hutchins Bellasis (1778-1822). Views of Saint Helena, 1815.

 

Mientras tanto, en Europa, los bonapartistas y sus amigos despliegan una actividad intensa. Santini multiplica viajes y entrevistas; se le señala por doquier, como a Piontkowski.
José envía mensajes a Luciano, sin duda a otros miembros de la familia.
Los guardianes del orden establecido tratan de seguirle la pista a la correspondencia clandestina y de desmarañar los hilos de los complots.
La familia del Emperador es estrechamente vigilada; afortunadamente, suspira el duque de Richelieu, no sin ironía, no hay inquietud que tener de lado de María Luisa.
« Pero Santa Helena, por Dios, que no se la pierda de vista », escribe a Osmond, « y que vigilancia y guarnición sean frecuentemente relevadas, pues ese diablo de hombre ejerce una seducción sorprendente sobre cuantos se le acercan... ».
La policía francesa tiene mucho que hacer y no se contenta con coger en sus redes a las pobres gentes que cantan « L’amour du retour en France – ou Le petit bonhomme vit encore » (5).
Como prueba, la investigación que lleva a cabo por petición de Richelieu sobre Edward Church, nombrado cónsul de los Estados Unidos en Lorient, de paso en París en 1817. La relación del prefecto de policía menciona que se presume que Church trajo consigo la correspondencia de los franceses que se refugiaron en su país. Pero a falta de pruebas formales, Richelieu le concede su exequátur.
Al principio, la captura parece más importante en el caso de David Parish, inglés, representante de la casa Hope de Amsterdam, y de su amigo, el francés Ramée, arquitecto, establecido en el Estado de Nueva York. Ramée es señalado en Cambrai el 2 de febrero de 1817; Parish desembarca en Calais el 8 de mayo. Parish está, según se dice, encargado de los intereses financieros de José así como de los de los principales refugiados que residen en la región de Filadelfia. Ramée le es todo devoto a Parish pues le debe el restablecimiento de su fortuna.
Los desplazamientos de los dos hombres se vuelven rápidamente sospechosos: se les cree portadores de mensajes y se les sigue de muy cerca con la esperanza de descubrir una pista seria, cuando la noticia llega de parte de Hyde de Neuville: Parish es en realidad un agente secreto de Inglaterra; entonces se cierra el caso en lo que le concierne.
Pero la vigilancia de Ramée es mantenida. Sin duda él lo sabe, pues se muestra muy prudente y permanece continuamente en guardia. Se queda en Givet, su ciudad natal, hasta después de la muerte de Napoleón. Regresa entonces a los Estados Unidos.
Así, la Confederación Napoleónica está bien muerta, traicionada antes de haber vivido.
Los servicios de informes de Su Graciosa Majestad británica están muy bien hechos; los de Luis XVIII lo están apenas menos; y ahí donde hay dinero que obtener, se hallan generalmente hombres para vender.
A los franceses de los Estados Unidos les queda limitar en la medida de lo posible los daños.
José, Clausel, Grouchy, entre otros, pretenden haberse opuesto siempre a esos sueños de insensatos, a esas empresas de locos y de desesperados. ¿Quién puede probar lo contrario?
Se dedican a « blanquear » al mayor número de compatriotas, dejando a su suerte a los que se han comprometido demasiado: los hermanos Lallemand, los generales Rigau, Lefèbvre-Desnouettes, Brayer, el coronel Latapie.
Para cuidar su futuro, así como para disfrazar la derrota sufrida por agentes secretos, José dirá que se vio obligado a renunciar a la idea de liberar a su hermano, cuando supo, con certeza, que el Emperador sería ejecutado infaliblemente, en cuanto se conoció una tentativa de ampliación, que haya estado al corriente o no.
Eso sin duda es cierto...

Los exaltados y los comparsas de esta historia continúan su camino.
Los más moderados se desplazan a las orillas del río Tombigbee, en el norte del antiguo asentamiento francés de Mobile, en una vana tentativa de introducir en el sur de los Estados Unidos, región semi-tropical, la cultura a escala industrial de la viña y del olivo.
Los más aventureros fundan el Campo de Asilo en Texas.
Latapie y sus compañeros trabajan en Pernambuco para crear un enclave independiente, o al menos bajo su control de facto, de donde lanzar un ataque sobre Santa Helena.
Según la relación de Chamberlain, cónsul inglés en Rio de Janeiro, Latapie pretende poder raptar a Napoleón con la ayuda de pequeños barcos de vapor transportados en los parajes de Santa Helena a bordo de veleros rápidos.
Más tarde, se hablarán en Brasil especialmente, de submarinos, incluso de aerostatos.
¡La Leyenda había nacido!
En el Estado de Ohio, en diciembre de 1817, los apostadores públicos y privados creen todavía en las oportunidades de éxito de una tentativa de rescate del cautivo.
Los grandes proyectos de imperio o de dinastía son a partir de ese momento abandonados.
Los complots para liberar a Napoleón, desprovistos de consideraciones políticas, no son sino más fervientes, más puros de alguna manera.
Pero hay que vivir, y las cuestiones materiales retoman sus derechos. Por otro lado, el interés evidente de los gobiernos francés, inglés y estadounidense, más aún que el de España, es ver a los refugiados establecidos, ocupados y en medida de llenar sus necesidades por sus propios medios.
La creación de la « Sociedad francesa de Agricultura y de Manufactura », conocida también bajo el vocablo « Asociación para la cultura de la viña y del olivo », o más simplemente como la « Sociedad de Tombigbee », es entonces seguida con simpatía, y William Lee, antiguo cónsul de los Estados Unidos en Burdeos y cálido partisano de Napoleón, no tiene ninguna dificultad en obtener para la colonia el alto patrocinio de Thomas Jefferson.
El Congreso de los Estados Unidos vota el 3 de marzo de 1817 la atribución, de manera gratuita, de 100 000 acres a la colonia.
En el confluente de los ríos Tombigbee y Black Warrior, algunos colonos se instalan, se esfuerzan por aclimatar la viña y el olivo, se organizan, se dan una administración, fundan el Estado de Marengo, cuyas ciudades principales se llaman Marengo, Árcole, Aigleville.
Ésta última existe todavía bajo el nombre de Demópolis.

Desafortunadamente, todos los interesados que recibieron una dotación del ámbito federal no van a ocuparse personalmente se su propiedad – condición esencial del contrato –, y por consiguiente la pierden por defecto después de algunos años de carencia, como lo indica la ley.
El clima es excesivo, la región propicia para las enfermedades tropicales; los franceses soportan difícilmente el aislamiento y las privaciones. Su situación financiera se hace poco a poco inextricable tras el fracaso de la Confederación Napoleónica, pues muchos de ellos habían invertido en ella dinero que estaba previsto para financiar los primeros años, necesariamente sin cosechas de vino ni de olivas.
En 1825, quedarán escasos rastros de Marengo: sus habitantes se ha dispersado; muchos han regresado a Francia.

El General Barón Charles Lallemand (1774-1839) Impulsor de la Confédération Napoléonienne en México.
Conducidos por los hermanos Lallemand y por el general Rigau, las gentes del Campo de Asilo se establecen en las orillas del río Trinidad, no lejos de las grandes metrópolis tejanas actuales que son Houston y Galveston.
Apoyada por sociedades masónicas entre las cuales figuraba la del general Charles Lallemand, la Asociación fraternal europea, afiliada a los Amigos de la Libertad en Francia, esta empresa responde a las aspiraciones del romanticismo naciente.
Eso no basta; también se necesita dinero. Al haber tenido el general Henri Lallemand la viveza de casarse con la sobrina del rico banquero de Filadelfia, Stephen Girard, se supone que éste último asegure el financiamiento de la operación.
Los Lallemand creen tener el acuerdo tácito del gobierno estadounidense, pero descuidan imprudentemente el del gobierno de Fernando VII de España. Se fija una cita ya sea en Nueva Orleáns, ya sea en la isla de Galveston, base del célebre pirata Jean Lafitte.
El general Rigau comanda al primer contingente llegado en enero de 1818 a bordo de la goleta «Huntress», propiedad de Lafitte.
Un segundo grupo se presenta en marzo, procedente de Nueva Orleáns, bajo el mando de los hermanos Lallemand. Henri se vuelve a ir de inmediato a Filadelfia para buscar un tercer convoy. Los primeros en llegar se habían instalado provisionalmente en las proximidades de Campeachy, la ciudad de Lafitte, pero una semana después, la colonia se mueve hacia el interior con el objetivo de ocupar las tierras que se había reservado.
Esto no deja de conllevar incidentes, ni peligros, pero se instala mal que bien y se organiza militarmente.
Lallemand se ocupa más en mantener el fervor napoleónico que de poner la colonia en estado de vivir y de resistir a los agresores eventuales. Se habla a menudo de Santa Helena.
En esta parte de Texas, la Naturaleza es más ingrata, más caprichosa sobre todo que en Tombigbee.
El clima es ahí más caliente y más húmedo, con diferencias extremas.
Además, están los indios. Si las tribus sedentarias de la región son relativamente apacibles, cosa es muy diferente con las tribus nómadas y guerreras, como los Comanches.
Más raramente, indios antropófagos, los Carancahaws, siembran el terror en la parte meridional del valle del Mississippi.
Dos cazadores del Campo de Asilo, Fallot y Albert, tienen la mala suerte de hallarse en el camino de esos temibles caníbales.
Los sorprenden agasajándose con unos misioneros españoles. Tratando de salvar a esos desdichados, los dos franceses son capturados a su vez y devorados.
Sus restos son descubiertos unos días más tarde por sus compañeros enviados en su búsqueda.
Este evento provoca una gran inquietud en la colonia.
Luego, sobreviene el periodo de las lluvias con inundaciones catastróficas.
La colonia se había instalado demasiado cerca del río y debe sufrir los efectos de las crecidas a repetición.
Al elegir la vía de la facilidad, sus miembros habían cometido un error que no podía sino contribuir a su perdición.

En Washington, en París, en Londres, y por supuesto en Santa Helena, la primera cuestión que se plantea es la de saber si hay un Bonaparte en el asunto. Conocida muy pronto, la respuesta es negativa.
Pero Onis, embajador de España en Washington, no es el único en preguntarse si el Campo de Asilo no sería de hecho una primera etapa en la creación de la Confederación Napoleónica – sin la Familia con la esperanza de acoger un día al propio Napoleón.
En agosto, España actúa. Tropas españolas provenientes de San Antonio, sede del gobierno provincial, llegan a acampar a proximidad del Campo de Asilo.
Su comandante, el capitán Suárez, intima a Lallemand la orden de su rey Fernando VII de evacuar su territorio.
Para sorpresa general, Lallemand entabla negociaciones y consulta a los colonos. No se pelearía pues; de hecho, ya era demasiado tarde.
Se toma la decisión muy democráticamente, a la mayoría, de retirarse de Texas y, a falta de algo mejor, los colonos regresan por donde vinieron para ocupar su primer campo en Galveston.
¿Por qué este desenlace sorprendente?
Lallemand debe haberse dado cuenta de que su causa estaba perdida; de que no tenía ninguna oportunidad de lograr un golpe de mano en Santa Helena con los hombres que atrajo a sí. Ahora, es justamente eso lo que le interesa, cuando sus compañero ignoran todo de su proyecto.
No tiene ninguna razón para pensar que lo seguirían al fin del mundo con pleno conocimiento de causa.
¿Sabe por otro lado que el pirata Jean Lafitte, tan servicial con los vagabundos de la gloria, es en realidad un espía a cuenta de España?
Tantas coincidencias, tantos obstáculos indican otra mano que no es la del destino.

La pequeña colonia se retira entonces a la isla de Galveston donde un agente estadounidense, George Graham, la encuentra a fines de agosto. Enviado por órdenes de presidente Monroe, sabe desde el primer vistazo que el Campo de Asilo no es un peligro para nadie. Prosigue sin embargo con su indagación, tanto acerca de Lafitte como de los franceses.
Lallemand se ofrece para acompañarlo a Nueva Orleáns y parte con él el 30 de agosto, dejando el mando a Rigau.
Pocos días después, un emisario del virrey de México trae la orden de expulsión, al estar también la isla de Galveston en territorio español.
Luego la naturaleza misma pone un punto final a la aventura.
Un ciclón barre con la costa a fines de septiembre, destruyéndolo todo a su paso. Galveston lo recibe de lleno y es sumergida por un verdadero maremoto.
En la isla, solo la casa de Lafitte queda en pie. La mayoría de los navíos han naufragado. Para los colonos, las pérdidas materiales son irreversibles; se estiman felices de estar vivos.
Lafitte tiene entonces uno de sus muy raros gestos desinteresados: pone a disposición de los franceses una captura reciente, milagrosamente escapada al desastre. Así, enfermos, heridos, mujeres y niños son llevados a Nueva Orleáns, donde son acogidos y atendidos bondadosamente.
El general Rigau, a pesar de su estado de herido muy grave, tan dolorosamente lisiado que se le llama el Mártir de la gloria, se pone a la cabeza de los hombres que no han podido hallar un lugar a bordo y, en cinco semanas de duras pruebas, los conduce a pie hasta Nueva Orleáns.
Algunos colonos se separan de los demás y se establecen unos en Alejandría, en el río Colorado en Luisiana, los demás cerca de la Sabina, donde los indios Nacogdoches en Texas. Ahí tienen descendencia y se convierten en parte integral del pueblo estadounidense.
El bravo e íntegro Rigau acompaña, algunos meses después, a un centenar de supervivientes a Tombigbee, donde han elegido instalarse. Rigau regresa a Nueva Orleáns donde muere en la pobreza en 1820.

A su llegada a Nueva Orleáns, los supervivientes son interrogados por el cónsul de Francia, Guillemin.
En su reporte a Hyde de Neuville, se declara convencido de que Lallemand ha actuado solo y de que el fracaso de su empresa deriva de la negativa de participación de José y de los demás oficiales generales, lo cual como consecuencia ha determinado a muchos grandes financieros a negarle su apoyo.
Guillemin define así los objetivos reales de Lallemand: conquista de Texas, luego de México, finalmente liberación del Emperador.
Uno se imagina qué agitaciones debieron recorrer las cancillerías a la lectura de lo que hubiera podido ocurrir...
Richelieu atraviesa de nuevo meses de angustias intensas. De fuentes diferentes, los informes afluyen acerca de las esperanzas bonapartistas.
De Inglaterra, de Río de Janeiro, de la costa de los Estados Unidos, de Nueva Orleáns, cada paso de los partisanos de Napoleón es notificado.
Una fragata de Río de Janeiro hace escala en Santa-Helena; correspondencias clandestinas entre la isla y Brasil son descubiertas, filibusteros recorren los mares, aparecen en el Atlántico Sur, lanzan un ataque rápido contra Madagascar y entran en las aguas estadounidenses a pesar de las fuertes escuadras basadas en el cabo de Buena Esperanza. Todo eso inquieta a los Aliados.
El interés suscitado por el regreso a Europa de los Las Cases, padre e hijo, había apenas recaído cuando el general Gourgaud entra en escena, con sus declaraciones estrepitosas sobre las enfermedades fingidas de Napoleón y sobre las numerosas posibilidades que ya se le habían presentado para escaparse.
Para Richelieu, la llegada de Gourgaud « es un evento tan embarazoso como desagradable », y no sabe en realidad por qué volvió, ni si riñó realmente con los demás residentes de Longwood, ni qué crédito puede otorgarse a sus afirmaciones.
Para ver claro, por otro lado no puede confiarse a su comisario en Santa-Helena. « Confieso, le escribe a Osmond, que no tengo mucha fe en la penetración del Sr. de Montchenu ».
Todo bien sopesado, en Inglaterra como en Francia, estamos de acuerdo en estimar que el prisionero pretende estar enfermo para no ser visto más que por el doctor O’Meara, y que complots de liberación han sido en efecto urdidos, con complicidades in situ; y sin duda existen todavía.
Si la intención de Gourgaud era enloquecer a los gobiernos, lo logró. Pero al mismo tiempo le hace un muy mal favor al Emperador.
O’Meara es llamado de vuelta, las medidas de vigilancia son reforzadas y a partir de ese momento la evasión del cautivo se vuelve todavía más imposible que antes.
Más grave aún en el plano humano, es el hecho de que desde ahora se tendrá por seguro que Napoleón no tiene más que molestias de salud imaginarias.
Por consiguiente, su martirio comienza en 1818.

Mapa geográfico de la isla y fuertes de Santa Helena
Detalle de la reimpresión de 1817 que muestra el lugar de residencia del Emperador Napoleón, así como el de la artillería asignada a su guardia. Teniente R.P. Read.

 

O’Meara es repatriado a Inglaterra y eliminado de las listas de la marina, pero no guarda silencio.
Defendiéndose, justifica el comportamiento de su antiguo enfermo, y sus declaraciones estremecen a muchas mentes.
Los whigs acuden en su ayuda y el tratamiento infligido al prisionero de Santa Helena es debatido en la plaza pública.
Richelieu se pregunta a su vez si no se procede de manera equivocada. Según su costumbre, se abre a su amigo Osmond: « El duque de Wellington no piensa que la manera de guardar a Napoleón sea la que convendría. Pretende que acabará por excitar el interés y la piedad en su favor, sin procurar más seguridad ».
Lo que el duque preveía ya se había producido. Pero el destino se apresura; el tiempo de las conjuraciones casi ha pasado. El proyector de la actualidad pasa del golfo de México a las costas brasileñas y argentinas.
Brayer y Latapie, Cochrane y Wilson, toman el relevo de sus camaradas en América del Norte.
Al mismo tiempo que hacen la revolución en América del Sur, voltean su mirada hacia Santa Helena. Proyectos de expediciones so capa de guerras de independencia, de pirateo, de trata clandestina de negros son elaboradas, y luego se desmoronan como arena entre los dedos cada vez que se trata de pasar a los actos.
Veleros rápidos son señalados a veces en los parajes de Santa Helena; hacen incursiones en zona prohibida como para probar sus defensas, luego desaparecen.
Los marinos, tan habituados a lo maravilloso que lo ven por doquier como a un viejo amigo, dan a esos navíos apenas entrevistos el nombre del célebre navío fantasma el « Flying Dutchman » (6).
El nombre de Jean Lafitte es pronunciado a menudo a propósito de los proyectos de evasión a partir de 1817. Ciertamente ha sido presentido más de un vez, y hemos visto de qué manera estuvo en relación con la gente del Campo de Asilo.
Lafitte fue lo suficientemente inteligente como para rodear su vida con un velo de misterio impenetrable hasta hoy.
Lo que parece seguro, es que la prosperidad de Campeachy resultaba esencialmente de la introducción ilegal de negros a todo el Sur de los Estados Unidos, y que Lafitte era retribuido por España como agente de información.
En este último empleo, habría sido singularmente eficiente y discreto.
Es gracias a él como España pudo desbaratar cantidad de conspiraciones contra su autoridad en México. Entre ellas se hallaban las que tendían a asegurarle una nueva carrera al Hombre de Santa Helena.
Lafitte es un fuera de la ley por elección deliberada, por la ganancia. Su ambición primera es durar, amasando a la vez la mayor cantidad posible de dinero.
Dominique Youx y Louis Aury son hombres de otro temple.
Antiguos corsarios de Santo Domingo, al ya no poder armar bajo pabellón francés, a falta de puerto, rentan sus servicios ahí donde algo pase. Sin embargo salvajemente apegados a su calidad de franceses, son por definición en aquella época, anglófobos.
Es con esta mentalidad como, durante la batalla de Nueva Orleáns, en enero de 1815, se encuentran en el mismo lado que Lafitte, es decir contra las tropas de asalto inglesas, en este caso pues haciendo causa común con los estadounidenses. Esta batalla termina la guerra anglo-americana de 1812, dejando a nuestros corsarios de nuevo en el desempleo.
Las insurrecciones en América latina llegan a tiempo para concederles un empleo a su gusto, y es en con entusiasmo como se unen a los «independientes».
Ambos, así como los demás veteranos de Santo Domingo, Joly y Dominique Diron en particular, son fervientes bonapartistas.
Así en Francia se enciende la alarma a propósito del empleo que podrían reservar a sus fuerzas navales. El conde de Molé, entonces Ministro de la Marina y de las Colonias, redacta una relación en ese sentido fechado el 11 de febrero de 1818. Confirma la aparición de una nueva raza de filibusteros, excelentes marinos, que disponen de un buen material y de tripulaciones numerosas, bien entrenadas, ardientes en combate.
Los informes que llegan a la marina concuerdan para atribuir a ciertos filibusteros el plan de liberar al prisionero de Santa-Helena. En su estado presente, el ministro lo afirma, la marina francesa se encuentra imposibilitada para actuar, en la isla-prisión o en sus alrededores. De hecho, como podemos leerlo en dicho reporte, « es conveniente no atenuar las obligaciones de Inglaterra por medio del reparto de las posibilidades contribuyendo a una vigilancia de la que está exclusivamente encargada por los tratados ».
En junio de 1818, el ministro está en condiciones de dar nuevas precisiones sobre las fuerzas navales de los « independientes »: cuentan con 27 bastimentos armados en guerra, bricbarcas y goletas, en su mayoría. El comandante en jefe de esta flota es Brion, un rico armador de origen holandés, que llevó consigo 7 bastimentos que componen su propia escuadra. Aury tiene 16 corsarios bajo sus órdenes, Joly (de Le Havre) tiene 3 y Bernard (de La Rochelle) conserva toda su autoridad en su « Sans-Soucis ».

En Buenos-Aires, en Pernambuco, en Río de Janeiro, otros bonapartistas arman corsarios.
Fournier, comandando el « Toop-man » de Buenos-Aires, es señalado en aguas de Cádiz en septiembre de 1817. Continua desplegando una gran actividad, así como muchas otras más difíciles de identificar ahora.
El general Brayer, Latapie, el general holandés Dick van Hogendorp, animan a los grupos de partisanos del Emperador.
Madama de Ranchoup, la bella Pauline Fourès de la expedición de Egipto, tiene su salón en Río de Janeiro donde complots contra Santa Helena son, dícese, preparados.
Hay un va y viene incesante entre sus diferentes grupos, pero si sus esfuerzos en favor de la independencia de los países sudamericanos dan sus frutos, aquellos en dirección de Santa Helena quedan estériles.
La esperanza sigue siendo viva en Nueva Orleáns. El banquero y alcalde de la ciudad, Nicolas Girod, hace construir una bella casa en la esquina de las calles de Chartres y de Saint-Louis para albergar al ilustre proscrito. Dominique Youx, vuelto un ciudadano honorable y respetado de Nueva Orleáns, construye una hermosa fragata, ultra-rápida, con la cual rescatará por fin – lo afirma con confianza – a Napoleón. En el momento de su lanzamiento, le da el nombre de « Séraphine ».
Casa de Nicolas Girod o Napoleon House
Chartres Street n° 500-506 y St. Louis Street, en Nueva Orleáns, EE.UU. Fotografía de 1934.
En Buenos-Aires, en Pernambuco, en Río de Janeiro, otros bonapartistas arman corsarios.
Fournier, comandando el « Toop-man » de Buenos-Aires, es señalado en aguas de Cádiz en septiembre de 1817. Continua desplegando una gran
Tres días antes de la fecha anunciada para que el barco zarpase, la noticia de la muerte de Napoleón llega a Nueva Orleáns...
Consumada la tragedia, ¿debemos decir a propósito de los proyectos de liberación de Napoleón que no son más que ilusiones?
No lo pensamos.
Que los complots no hayan podido materializarse no prueba en nada que no hayan existido.
La creación de una Confederación Napoleónica no es una idea inconcebible.
Los proyectos de ataques contra Santa Helena que apuntaban o bien al rescate del prisionero, o bien a una distracción que permitiera su evasión, no son más desrazonables que el ataque de Capri en octubre de 1808 por la cual el general Lamarque, en nombre de Murat, rey de Nápoles, arrebata al coronel Huson Lowe y a sus Royal Corsican Rangers esa isla reputada inexpugnable.
De hecho, planes de ataque de Santa Helena existían desde hacía mucho tiempo en las carteras de varios estados mayores; John Paul Jones había presentado al Congreso estadounidense, y enseguida a la marina de Luis XVI, planes detallados para la destrucción de las pesquerías inglesas en esa isla. Así pues, a pesar de la supervisión inglesa, la liberación por la fuerza está, en última instancia, en el orden posible de las cosas.
Pero esto es una constatación puramente académica, pues en ningún momento las defensas inglesas son realmente puestas a prueba.
Los complots son de alguna manera matados en el huevo, víctimas primero de servicios secretos muy eficaces.
En segundo lugar, a los conjurados les falta un jefe ingenioso y hombres de primer plano.
Finalmente, desconocen y subestiman al Nuevo Mundo, su naturaleza salvaje, su inmensidad.
Aguantar, tener éxito en condiciones tan nuevas para un europeo, supone una mentalidad sin regreso. Ahora, a pesar de algunos sueños grandiosos de imperio americano, los conjurados aspiran al contrario a un regreso hacia el pasado, en el tiempo y en el espacio, a una Francia imperial en la que volvieran a encontrar su gloria de antaño.
Las ideas que defienden mal que bien son sin embargo las del porvenir y del progreso, las que dominarán los siglos XIX y XX.
Esos mismos hombres, que en un sentido miran hacia atrás, también tienen los ojos fijos en el porvenir.
Esperan de las técnicas nuevas los medios de liberar a aquel que los ha tan profundamente marcado. El submarino, el barco de vapor, apenas inventados, son estudiados para saber cómo utilizarlos para rescatar a Napoleón de su roca, así como la vía de los aires.
No tenían la culpa más que de estar adelantados a su época.
Lo que podría haber sido no sucedió pues.
Pero eso no impidió a la leyenda del Águila emprender su vuelo...

NOTAS

* Extracto del libro Sainte-Hélène, terre d’exil (« Santa Helena, tierra de exilio »), del Dr. Paul Ganière; Tallandier, 1971.
1) El Enano amarillo.
2) El Emperador Napoleón prohibió la trata de negros durante los Cien Días, en 1815, de manera a abolir la esclavitud a plazo por extinción.
3) « El Rapadito », apodo cariñoso dado a Napoleón.
4) « Campo de Asilo »
5) « El amor del retorno a Francia – o El hombrecito aún vive »)
6) « El Holandés errante ».