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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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EN
TORNO A LOS PROYECTOS DE EVASIÓN
EN FAVOR DE NAPOLEÓN |
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Napoleón
en la isla de Santa
Helena
Pintura anónima
inglesa de la época
copiada de un dibujo
de Martinet. |
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|
Por |
G.
de Bertier de Sauvigny, Henry Contamine,
Adrien Dansette, Paul Ganière,
Guy Godlewski, etc.* |
| Traducción
al castellano por el Instituto Napoleónico
México-Francia ©
Esta página está disponible
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Es
un hecho que numerosos proyectos de evasión
fueron bosquejados aquí y allá.
El duque de Richelieu, ministro de Asuntos extranjeros
de Luis XVIII, se inquieta abiertamente de ello
en su correspondencia con el marqués
de Osmond, su amigo y ministro en la corte de
de Saint James.
En ella denuncia la agitación de ciertos
radicales ingleses, entre los cuales Sir Robert
Wilson y Lord Cochrane y la correspondencia
clandestina que sale de Santa
Helena, transita en Inglaterra
y llega a los medios napoleónicos en
Francia, en Italia, en los Estados Unidos y
en Brasil.
Cada vez que
una comunicación clandestina es descubierta,
cualquiera que sea su naturaleza, de inmediato
se difunden un poco por todos lados las más
fantasiosas noticias, como para enturbiar las
pistas y descreditar a quienes llevan a cabo
las indagaciones. A pesar del riesgo seguro
de hacer el ridículo, los guardias de
Napoleón siguen cada pista, investigan
al menor indicio. Esos grandes nombres que son
Richelieu, Bathurst, Lowe, se libran, por medio
de personas interpuestas y para el mayor gozo
de los humoristas y otros críticos, a
extrañas ocupaciones: esculcar en la
ropa sucia de Longwood, pesar las barricas vacías
que bajan de la meseta, escrutar los rostros
de los jardineros chinos. El más estricto
bloqueo marítimo es mantenido alrededor
de la isla, bloqueo cuyas consecuencias pagan
principalmente los pescadores.
La pesca artesanal es el objeto de una atención
particular.
De hecho, un ruido persistente pretende que
un osado navegador, generalmente estadounidense
(a causa de la marcha superior ya reconocida
a los veleros construidos del otro lado del
Atlántico) se compromete a llevarse de
noche al Emperador, llegado hasta él
disfrazado de marinero, en una barca de pescador,
después de haber dejado la maldita planicie
en una barrica vacía o acaso en las ropas
de un coolie chino.
Este tipo de evasión podía ser
considerado inverosímil para quien conocía
el carácter de Napoleón, pero
en ningún caso por imposible.
Sus carceleros están persuadidos de ello:
a sus ojos, la correspondencia clandestina es
la prueba y debe tratar de todo menos de cuestiones
personales, prueba de ello la ingeniosidad ejercida
para mantenerla en secreto.
| Lowe
cree tener bien dominado al ejército,
a la administración de la isla
y a la población local. Desconfía
en cambio del doctor O’Meara, de
los oficiales de la Marina real y del
personal navegante de la Compañía
de las Indias. Considera como un hecho
adquirido que marinos de todos grados
se hacen cargo de una parte de la correspondencia
secreta, lo cual le lleva a tratarlos
a todos con recelo.
Esos marinos obedecen a un deseo de reparar,
según sus posibilidades, una injusticia
política, haciéndole a un
gran hombre caído en la desdicha
ese favor que el común de los mortales
considera un derecho inalienable: comunicar
con los suyos. Pero es poco probable que
uno solo entre ellos hubiera aceptado
hacer escapar al proscrito.
Lowe lo sabe, pero dos consideraciones
le atormentan.
Primeramente, desconfía de aquellos
entre sus compatriotas que profesan ideas
liberales, los whigs y los radicales.
Los cree capaces de traicionar la política
del gabinete del rey para con el prisionero
de Estado por espíritu de pasión
partisana, mientras los interesados dirían
más bien por respeto a los derechos
del hombre.
En segundo lugar, Lowe teme los perjuicios
de la extraordinaria seducción
que Napoleón ejerce sobre todos
los que se acercan a él. No es
el único en pensar en ello. Es
el leitmotiv de la correspondencia de
Richelieu quien desea ver al personal
de vigilancia ser cambiado muy frecuentemente.
Pero el verdadero peligro debe venir del
exterior.
Para el almirante Malcolm que lo conoce
bien, el mar es sobre todo una magnífica
ruta abierta a todos y llevando a todas
partes.
Es por ello que presta oído a los
ruidos insólitos que llegan del
otro lado del Atlántico, de ese
Nuevo Mundo perpetuamente en gestación,
pues pasan ahí grandes cosas... |
 |
Armand-Emmanuel
de Vignerot du Plessis, duque
de de Richelieu
(1766-1822)
Primer ministro de
Francia (1815-1818). Óleo
de Sir Thomas Lawrence (1769–1830). |
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Son muchos los
que dejan Francia tras la segunda Restauración,
ya sea en dirección de los países
limítrofes, ya sea de América.
La mayoría de ellos esperan poder regresar
a Francia, acechan las noticias, se reúnen,
evocan recuerdos y esperanzas.
Algunos llevan una incesante actividad política,
como los que hacen del « Nain jaune »
(1), impreso en Bélgica, una verdadera
espina en la carne de Richelieu.
En los Estados Unidos, complotan. Los tiempos
son propicios para ello.
Dos grandes empresas excitan la imaginación
y el entusiasmo de los liberales franceses:
la independencia
de las colonias españolas y portuguesa
en América, y la liberación del
Emperador; y muy pronto, se proponen pasar a
la acción.
Para hacer causa
común con ellos, pueden contar con un
número importante de corsarios que el
fin de las guerras y la prohibición de
la trata de negros (2) habían vuelto
peligrosamente disponibles. De esta mezcla explosiva
saldrán los complots que habrían
podido, de haberlos favorecido la suerte, representar
un peligro real para los guardianes Napoleón.
La opinión pública en los Estados
Unidos se inclina netamente a favor de quienes
profesan la democracia y el republicanismo.
La visión heroica de un Napoleón
luchando solo contra todos es sublimada y le
otorga una innegable corriente de simpatía
popular.
Finalmente, hay que notar que las leyes estadounidenses,
no más que hoy en día, no prevén
el delito de intención. Si los conspiradores
son objeto de una vigilancia, su libertad de
acción no puede ser entorpecida mientras
las leyes no sean violadas...

LOS PRIMEROS COMPLOTS
SON SEÑALADOS EN 1816
El
1° de mayo, Sir Henry Bunbury, subsecretario
de Estado para la Guerra, informa a Lowe lo
que se trama en Bahía entorno al corsario
« Freeblooded Yankee », comandado
por un cierto Sontag y montados por un grupo
de bucaneros emprendedores y determinados, todos
excelentes marinos. Están muy ligados
con el cónsul de los Estados Unidos de
Bahía, eligieron domicilio donde un posadero
italiano cuya esposa viviría en Santa
Helena, no les falta dinero, no tienen más
ocupaciones aparentes que esperar el momento
propicio para un descenso a la isla.
Para ello, dos goletas serán utilizadas:
una será expedida a Tristán da
Cunha, la otra cruzará alrededor de Santa
Helena hasta que Napoleón pueda alcanzarla
por medio de un pequeño barco ultra rápido.
A principios
de junio, cuatro goletas y múltiples
bastimentos ligeros izan velas de Baltimore,
provistos de tripulaciones ordinarias pero habiendo
cargado como lastre piezas de artillería.
Antes de dejar la bahía de Chesapeake,
esta pequeña escuadra se detiene para
embarcar a 300 hombres que la alcanzan a bordo
de chalupas de pilotos costeros. Objetivo al
que se apunta: la liberación de Napoleón.
Se cuenta con una « cooperación
segura » de personas domiciliadas o empleadas
en Santa Helena. Los bastimentos, todos finos
veleros, deben acercarse a la isla de noche
y alejarse de día. Compuestos por hombres
en uniformes británicos, abordarán
la costa en diversos lugares diferentes.
En julio de 1816, el duque de Richelieu transmite
al vizconde Castlereagh, secretario de Estado
encargado de los Asuntos Extranjeros, la información
que tiene del ministro de España en los
Estados Unidos, acerca de proyectos semejantes
atribuidos a un cierto Carpenter, ciudadano
estadounidense, quien arma en el Hudson un velero
reputado muy rápido. Carpenter se habría
presentado ante José Bonaparte con la
certeza de raptar a su hermano de su roca. Naturalmente,
estos informes son transmitidos a Lowe por la
vía más rápida. Habiendo
ya tomado todas las precauciones posibles, no
pide más que algunos pequeños
bastimentos ligeros para reforzar el crucero
alrededor de la isla...
En septiembre, comentando esos ruidos, Richelieu
escribe a su amigo el marqués de Osmond:
« se nos asegura hoy que José Buonaparte,
Grouchy, Clausel, han partido de los Estados
Unidos para ir a México;
espero que sean aprehendidos y ahorcados, lo
cual les curará para siempre de la rabia
de revolucionar ».
Poco después, pide a su embajador en
Londres centrar la atención del gobierno
inglés en el hecho de que piratas estadounidenses
podrían tentar una expedición
contra Santa Helena, bajo el pretexto de la
trata en las costas de África. Y añade:
« En el supuesto que puede hacerse de
alguna empresa para liberar a Buonaparte, ninguna
precaución debe costarnos para prevenirla,
y esa roca en medio del Atlántico es
un punto hacia el cual debemos tener siempre
un catalejo apuntado. Bien se puede decir que
[Napoleón] perdió todo crédito
en Francia, quiero creerlo, pero no estaría
a gusto de que lo pusiéramos a prueba,
y no querría por nada del mundo saberlo
en libertad ».
En el continente, en este fin de año
de 1816, la tensión no cesa de aumentar.
Richelieu, no pudiendo descuidar nada, se alarma
con las declaraciones de un loco internado en
Saint-Malo, porque éste pretendería
saber exactamente cómo el Petit Tondu
(3) sería raptado de su prisión,
y pide una investigación sobre el robo,
o la partida clandestina, de un navío
de contrabandistas, reputado muy rápido,
en escala en Fécamp.
Al haber sido citado el nombre de un amigo del
doctor O’Meara en relación con
este asunto, Richelieu piensa de inmediato en
un golpe de mano contra Santa Helena.
« He aquí un terrible año
pasado », suspira el 26 de diciembre.
« ¿Qué nos traerá
el que va a comenzar? ».
El 15 de febrero
de 1817 llegan a Inglaterra el capitán
Piontkowski, Santini,
Rousseau y Archambault, expulsados de Santa
Helena por razón de economías.
Los dos prisioneros se dirigen de enseguida
a Londres. La célebre « Amonestación
» aparece poco tiempo después.
En cuanto a los otros dos compinches, se embarcan
hacia los Estados Unidos y en mayo, su presencia
donde José es señalada.
Mientras tanto, en Europa, todos se pierden
en conjeturas para saber si sí o no el
« Manuscrito de Santa Helena » es
falso. Muy rápido, Richelieu adquiere
la convicción de que este escrito no
vino de la isla, lo cual por cierto no es tranquilizante.
Al mismo tiempo, la multiplicación de
los mensajes cifrados y de tractos señalados
un poco por todas partes da a pensar en una
vasta conspiración.
Por otro lado, el éxito fulminante en
librería de todo lo que se supone que
viene de la isla-prisión muestra hasta
qué punto los pueblos se interesan en
la suerte del prisionero.
En aquella primavera de 1817, Richelieu comparte
con el gabinete tory otro tema de preocupación.
Lord Cochrane arma con su bolsillo un navío
de guerra de 74 cañones.
Según los informes confidenciales que
Bathurst dirige a Lowe el 12 de mayo, Sir Robert
Wilson y otros oficiales se le unirían.
Esta información da una dimensión
inquietante al asunto y Bathurst recomienda
la mayor vigilancia, pero no cree demasiado
en las oportunidades de éxito de semejante
empresa.
Incluso añade: « para mí
que no habrá tentativa seria de liberar
al general Buonaparte mientras el ejército
aliado esté apostado en las fronteras
de Francia... ». Richelieu no se equivoca
pues al pensar él también en este
plazo temible que será el fin de la ocupación,
y de preguntarse con angustia si los ruidos
de evasiones no están en algo inspirados
por quienes querrían mantener una presencia
extranjera en Francia.
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José
Bonaparte en 1820
Óleo de Charles Willson
Peale (1741-1827). |
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Mientras
se discute en las oficinas de la Santa
Alianza sobre de las intenciones prestadas
a Cochrane, noticias alarmantes y concordantes
llegan de los Estados Unidos de puntos
muy alejados unos de otros.
Archambault y Rousseau llegan ante José,
en Point Breeze, en mayo; en julio, Sir
Charles Bagot, ministro de Gran Bretaña
en Washington, ya está en condiciones
de informar a Lord Castlereagh sobre lo
que se trama entre los franceses refugiados
en Los Estados Unidos. Los dos expulsados
de Santa Helena parecen haber traído
consigo un plano anotado de la isla e
indicaciones muy precisas de boca del
Emperador en cuanto a los medios de forjarse
un nuevo destino. José envía
enseguida noticias a Luciano, quien, inmediatamente,
pide la autorización de dirigirse
a los Estados Unidos, lo cual le es negado,
por supuesto. El embajador de Francia
en Roma, el conde de Blacas, está
al pendiente, en efecto.
¿De qué se trata? De un
vasto plan de conjunto elaborado por Napoleón
que comporta, desde el punto de vista
estratégico, objetivos políticos
de alto vuelo que tienden a restablecer
la fortuna de la Casa, y, en el plano
táctico, proyectos que permiten
alcanzar el objetivo principal y aquellos
calificados como secundarios, pero no
menos importantes.
Puesto a punto en secreto, este plan parece
ser en efecto obra de Napoleón,
pues si lo vemos probar en su entorno
algunas ideas generales como la creación
de un imperio en América del Sur,
por ejemplo, las confidencias se detienen
allí.
Todo permite pensar que solo Cipriani
está al tanto del secreto de sus
verdaderos propósitos. No conocemos
de dicho plan más que los fragmentos
que gozaron de un principio de ejecución.
Poco a poco, se hace la luz sin embargo
sobre proyectos que permanecieron muy
misteriosos gracias al velo púdico
sobre ellos echado tras su fracaso.
Podemos no obstante adivinar sus contornos
y es a ello en lo que vamos a aplicarnos
enseguida... |
La gran visión
política, nada menos que la creación,
sobre los restos del imperio colonial español
de América, de un campo de acción
digno del genio político que Napoleón,
se reconoce con toda justeza.
Es evidente que el sistema colonial conocido
hasta entonces llegaba a su término.
Siendo la América
Latina de hecho un enorme espacio por tomar,
¿por qué no probaría Napoleón
su suerte? ¡Qué manera grandiosa
de conservarle a su Casa la posibilidad de reinar
de nuevo un día en Francia! Los Estados
Unidos e Inglaterra no se comportan diferentemente,
queriendo cada uno garantizar su porvenir. ¿Cómo
reprochárselos? Napoleón no es
el único en ver despuntar la era de los
« súper grandes ». Esta visión
da nacimiento a la Confederación
Napoleónica.
Se apunta a las regiones aún vírgenes
de estructuras políticas, como el vasto
territorio situado al Oeste del Mississippi
y en el norte de México, comprendiendo
en especial Texas; o bien aquellas en donde
la inestabilidad política presenta un
terreno favorable para las maniobras, como México,
sublevado contra España, o una parte
del Brasil, en disidencia contra Portugal, precisamente
ahí donde el continente sudamericano
avanza lejos en el Atlántico en dirección
de Santa Helena. En lo que se refiere a Texas
y a las regiones situadas al oeste del Mississippi,
se inspira de la conspiración Burr de
1806-1807.
En cuanto a la América latina, todo el
mundo se entromete.
Los puertos de los Estados Unidos hormiguean
de armamentos misteriosos financiados tanto
por los ingleses como por estadounidenses.
Richelieu, quien no oculta su miedo de esta
epidemia de revoluciones republicanas, confiesa
su estupefacción de ver a Inglaterra
bañar en ello con una hermosa inconsciencia.
Pero él también abriga el sueño
americano y lamenta no tener los medios de realizar
esta política que redoraría el
blasón de los Borbones. Hyde de Neuville
piensa en ello igualmente y aspira a una nueva
presencia francesa en América. A propósito
del Champ d’Asile (4), se arriesga
a proponer a Richelieu dejar a esos refugiados
franceses instalarse en América del Norte,
de ser necesario ayudarles, pues, observa, ¡incluso
malos franceses son sin embargo franceses! Y
serán susceptibles de actuar como franceses,
piensa en voz baja. ¡La Luisiana todavía
tiene sus nostálgicos!
Apenas elaborado el primer plan táctico,
es denunciado en una carta escrita en francés
y fechada en Filadelfia el 24 de julio de 1817.
Este plan tiene por objeto raptar al prisionero
de Santa-Helena; la operación es puesta
bajo el mando de un cierto Raoul. El general
Lefèbvre-Desnouettes está encargado
de la compra y del armamento de dos goletas;
los hermanos Lallemand son responsables del
reclutamiento; Annapolis es uno de los puntos
de reunión; el coronel Latapie y 32 oficiales
se van a Pernambuco a preparar una base operacional.
Se fija la cita en las islas de Fernando de
Noronha; además de los franceses, más
o menos 700 estadounidenses son esperados así
como Lord Cochrane con su navío de 74
montado por 200 a 300 oficiales y 800 marinos.
Se cuenta con Sir Robert Wilson y con Cobbett.
El general Brayer promete su concurso así
como el de todos los franceses refugiados en
Buenos Aires.
Una vez su junción operada, estas fuerzas
deben primero neutralizar a los bastimentos
ingleses alrededor de Santa Helena, luego atacar
simultáneamente Jamestown, Sandy Bay
y Prosperous Bay.
El ataque de Jamestown será una diversión
y tendrá como objeto atraer al mayor
número posible de defensores; las tropas
que desembarquen en Sandy Bay tratarán
entonces de hacerse de las fortificaciones del
centro de la isla; finalmente, las fuerzas puestas
en tierra en Prosperous Bay tendrán el
encargo de raptar a Napoleón y de ponerlo
a bordo de un fino velero que pondrá
rumbo hacia los Estados Unidos.
Dos coroneles italianos, antiguos oficiales
de los cazadores de la infantería ligera
deberán raptar al Rey de Roma y conducirlo
a los Estados Unidos junto con su padre.
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Mapa
geográfico de la isla y fuertes
de Santa Helena
Dedicada al duque de Kent
y Strathearn por el teniente R.P.
Read (1815). |
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Estos informes
son confirmados por una segunda denunciación.
El 28 de julio, en efecto, un hombre llamado
Joshus Wilder viene a entregar a Gilbert Robertson,
cónsul de Gran Bretaña en Filadelfia,
un voluminoso expediente de correspondencia
intercambiada entre un cierto capitán
Hawkins y múltiples generales franceses
refugiados en Estados Unidos. Una carta de James
Caret, secretario de José, indica sin
embargo que se niega personalmente a inmiscuirse;
Wilder afirma sin embargo que José ha
dado su aprobación a la empresa y promete
pagar ampliamente en caso de fracaso.
Según Wilder, Hawkins construye él
mismo la embarcación que conducirá
al Emperador de Santa Helena a bordo del velero
más apto para distanciar los bastimentos
ingleses. Será larga de 40 pies, construida
de cedro y de abedul, recubierta de pieles,
y casi dos veces más rápida que
cualquier otro bastimento. Indica con precisión
los lugares donde barcos de pescadores deben
estar ocultos en caso de necesidad, y habla
con seguridad de connivencias en el interior
de la isla.
Mensajes cifrados deben ser próximamente
entregados en el lugar por un hombre seguro
enviado a propósito al océano
indio, en un navío de la Compañía
de las Indias que tenga que hacer escala en
Santa Helena. Robertson precisa que Wilder,
manifiestamente espía de ocasión,
busca abiertamente a sacar dinero de sus informes.
¡Son casi demasiado hermosos para ser
ciertos!
Robertson vacila en creerles; su jefe en Washington
es tan reticente como él.
Sin embargo, es un Robertson apenado el que
toma la pluma el 7 de agosto para informar a
Bagot que no tendrá acceso a los demás
documentos de Hawkins. Los amigos de éste
último, tras haberse enterado de que
Wilder había aprovechado su ausencia
para robar y vender una parte de sus papeles,
han colocado los que quedan en un lugar seguro
y prohíben su casa al informador.
Para deshacerse de esta presencia comprometedora
y a partir de ahora inútil, el cónsul
envía a Wilder a Nueva York a espiar
a los franceses quienes, en esa ciudad, se agitan
mucho y muy abiertamente.
Y el 25 de agosto,
a mil millas de ahí, en Frankfort, en
Kentucky, Robert C. Oden, quien se califica
de « tory », escribe directamente
a Lord Castlereagh a propósito de una
« most alarming conspiracy » que
tiene por objeto el rescate de Napoleón.
Como consecuencia de unas cartas de Nueva Orleáns
recibidas en Frankfort tres días antes,
según Oden, cartas que no pudo ver él
mismo a causa de su reputación de tory,
tropas son levadas y armadas en todo el país.
Su destinación sería, dícese,
Nueva Orleáns.
El Estado de Kentucky solo reúne dos
mil hombres; habría ya igual número
de ellos reunidos en Tennessee y en Ohio.
Desde hacía algún tiempo se hablaba
de bastimentos en construcción en Nueva
Orleáns. Oden está persuadido
de que navíos y tropas deben servir para
atacar Santa Helena...
Finalmente,
en septiembre, Hyde de Neuville recibe el expediente
de la Confederación Napoleónica.
¿Por qué medio? ¿No sería
acaso de manos de un cierto Roul?
Hyde da a entender a partir del 4 de agosto
que se había por fin asegurado los servicios
de un espía entre los conjurados y le
había dado por nombre Roul.
En lo que concierne al famoso expediente, Hyde
pretende primero que los papeles han sido hallados
por casualidad en la calle, pero nadie lo cree.
Más tarde, confiesa, muy discretamente,
que los obtuvo gracias a las complacencias que
se había asegurado.
Sea como sea, no pierde un minuto para informar
acerca del contenido de los documentos providenciales,
primero a John Quincy Adams, secretario de Estado,
luego al presidente, James Monroe, enseguida
a los ministros de Gran Bretaña y de
España en los Estados Unidos, y naturalmente
a su propio gobierno.
El envío es de Lakanal, residente en
Lexington en Kentucky, a poca distancia de Frankfort.
Comporta cinco documentos, todos originales
de puño y letra de Lakanal, dirigidos
al general Clausel, para el conde de Survilliers.
Escribiendo a Castlereagh el 6 de octubre de
1817, Bagot afirma que esos documentos no dejan
persistir más ninguna duda sobre las
verdaderas intenciones de José en cuanto
a las posesiones españolas en América;
quiere fundar ahí un imperio napoleónico.
Ese objetivo es de hecho muy cuidadosamente
oculto, dice, por la cuasi totalidad de los
conjurados.
Si Bagot se muestra discreto sobre la manera
como los papeles han sido interceptados, explica
cómo su autenticidad es establecida por
William Lee, antiguo cónsul de los Estados
Unidos en Burdeos, vicepresidente de la colonia
de Tombigbee.
Lee no tiene más que presentar una carta
de Lakanal que tiene en su posesión:
es exactamente de la misma escritura que las
piezas entregadas a Hyde y plasmada en un papel
idéntico.
Si Monroe y Quincy Adams están muy interesados
en el expediente que el ministro de Francia
les presenta, declaran educadamente que no pueden
tomar ninguna acción preventiva, al no
existir el delito de intención en su
país.
Aseguran a su interlocutor que cuentan vigilar
tanto a los conjurados como el desarrollo de
la conspiración.
No están sorprendidos en lo más
mínimo de enterarse de la llegada en
las costas del Mississippi de bandas de aventureros,
tanto estadounidenses como franceses. Pero no
disponen de ningún medio ni para prevenir
dichas aglomeraciones, ni para detener a los
hombres una vez reunidos.
Sin embargo,
aunque divulgado, el plan se desarrolla. Para
dar el pego, y parecer ajeno al complot, José
va a pasearse del lado de las cataratas del
Niágara desde donde podría sin
embargo llegar discretamente y rápidamente
al Mississippi.
Los generales Clausel y Lefèbvre-Desnouettes
se dirigen a Alabama, en el río Tombigbee.
Los generales Vandamme y Lallemand van en busca
de noticias a Washington, inquietos por los
movimientos de la fragata « l’Eurydice
», incluso por la desaparición
de los papeles de Lakanal.
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Santa Helena tomada desde
el mar
Acuarela de Georges Hutchins
Bellasis (1778-1822). Views of Saint
Helena, 1815. |
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Mientras tanto,
en Europa, los bonapartistas y sus amigos despliegan
una actividad intensa. Santini multiplica viajes
y entrevistas; se le señala por doquier,
como a Piontkowski.
José envía mensajes a Luciano,
sin duda a otros miembros de la familia.
Los guardianes del orden establecido tratan
de seguirle la pista a la correspondencia clandestina
y de desmarañar los hilos de los complots.
La familia del Emperador es estrechamente vigilada;
afortunadamente, suspira el duque de Richelieu,
no sin ironía, no hay inquietud que tener
de lado de María Luisa.
« Pero Santa Helena, por Dios, que no
se la pierda de vista », escribe a Osmond,
« y que vigilancia y guarnición
sean frecuentemente relevadas, pues ese diablo
de hombre ejerce una seducción sorprendente
sobre cuantos se le acercan... ».
La policía francesa tiene mucho que hacer
y no se contenta con coger en sus redes a las
pobres gentes que cantan « L’amour
du retour en France – ou Le petit bonhomme
vit encore » (5).
Como prueba, la investigación que lleva
a cabo por petición de Richelieu sobre
Edward Church, nombrado cónsul de los
Estados Unidos en Lorient, de paso en París
en 1817. La relación del prefecto de
policía menciona que se presume que Church
trajo consigo la correspondencia de los franceses
que se refugiaron en su país. Pero a
falta de pruebas formales, Richelieu le concede
su exequátur.
Al principio, la captura parece más importante
en el caso de David Parish, inglés, representante
de la casa Hope de Amsterdam, y de su amigo,
el francés Ramée, arquitecto,
establecido en el Estado de Nueva York. Ramée
es señalado en Cambrai el 2 de febrero
de 1817; Parish desembarca en Calais el 8 de
mayo. Parish está, según se dice,
encargado de los intereses financieros de José
así como de los de los principales refugiados
que residen en la región de Filadelfia.
Ramée le es todo devoto a Parish pues
le debe el restablecimiento de su fortuna.
Los desplazamientos de los dos hombres se vuelven
rápidamente sospechosos: se les cree
portadores de mensajes y se les sigue de muy
cerca con la esperanza de descubrir una pista
seria, cuando la noticia llega de parte de Hyde
de Neuville: Parish es en realidad un agente
secreto de Inglaterra; entonces se cierra el
caso en lo que le concierne.
Pero la vigilancia de Ramée es mantenida.
Sin duda él lo sabe, pues se muestra
muy prudente y permanece continuamente en guardia.
Se queda en Givet, su ciudad natal, hasta después
de la muerte de Napoleón. Regresa entonces
a los Estados Unidos.
Así, la Confederación Napoleónica
está bien muerta, traicionada antes de
haber vivido.
Los servicios de informes de Su Graciosa Majestad
británica están muy bien hechos;
los de Luis XVIII lo están apenas menos;
y ahí donde hay dinero que obtener, se
hallan generalmente hombres para vender.
A los franceses de los Estados Unidos les queda
limitar en la medida de lo posible los daños.
José, Clausel, Grouchy, entre otros,
pretenden haberse opuesto siempre a esos sueños
de insensatos, a esas empresas de locos y de
desesperados. ¿Quién puede probar
lo contrario?
Se dedican a « blanquear » al mayor
número de compatriotas, dejando a su
suerte a los que se han comprometido demasiado:
los hermanos Lallemand, los generales Rigau,
Lefèbvre-Desnouettes, Brayer, el coronel
Latapie.
Para cuidar su futuro, así como para
disfrazar la derrota sufrida por agentes secretos,
José dirá que se vio obligado
a renunciar a la idea de liberar a su hermano,
cuando supo, con certeza, que el Emperador sería
ejecutado infaliblemente, en cuanto se conoció
una tentativa de ampliación, que haya
estado al corriente o no.
Eso sin duda es cierto...
Los exaltados
y los comparsas de esta historia continúan
su camino.
Los más moderados se desplazan a las
orillas del río Tombigbee, en el norte
del antiguo asentamiento francés de Mobile,
en una vana tentativa de introducir en el sur
de los Estados Unidos, región semi-tropical,
la cultura a escala industrial de la viña
y del olivo.
Los más aventureros fundan el Campo de
Asilo en Texas.
Latapie y sus compañeros trabajan en
Pernambuco para crear un enclave independiente,
o al menos bajo su control de facto, de donde
lanzar un ataque sobre Santa Helena.
Según la relación de Chamberlain,
cónsul inglés en Rio de Janeiro,
Latapie pretende poder raptar a Napoleón
con la ayuda de pequeños barcos de vapor
transportados en los parajes de Santa Helena
a bordo de veleros rápidos.
Más tarde, se hablarán en Brasil
especialmente, de submarinos, incluso de aerostatos.
¡La Leyenda
había nacido!
En el Estado de Ohio, en diciembre de 1817,
los apostadores públicos y privados creen
todavía en las oportunidades de éxito
de una tentativa de rescate del cautivo.
Los grandes proyectos de imperio o de dinastía
son a partir de ese momento abandonados.
Los complots para liberar a Napoleón,
desprovistos de consideraciones políticas,
no son sino más fervientes, más
puros de alguna manera.
Pero hay que vivir, y las cuestiones materiales
retoman sus derechos. Por otro lado, el interés
evidente de los gobiernos francés, inglés
y estadounidense, más aún que
el de España, es ver a los refugiados
establecidos, ocupados y en medida de llenar
sus necesidades por sus propios medios.
La creación de la « Sociedad francesa
de Agricultura y de Manufactura », conocida
también bajo el vocablo « Asociación
para la cultura de la viña y del olivo
», o más simplemente como la «
Sociedad de Tombigbee », es entonces seguida
con simpatía, y William Lee, antiguo
cónsul de los Estados Unidos en Burdeos
y cálido partisano de Napoleón,
no tiene ninguna dificultad en obtener para
la colonia el alto patrocinio de Thomas Jefferson.
El Congreso de los Estados Unidos vota el 3
de marzo de 1817 la atribución, de manera
gratuita, de 100 000 acres a la colonia.
En el confluente de los ríos Tombigbee
y Black Warrior, algunos colonos se instalan,
se esfuerzan por aclimatar la viña y
el olivo, se organizan, se dan una administración,
fundan el Estado de Marengo, cuyas ciudades
principales se llaman Marengo, Árcole,
Aigleville.
Ésta última existe todavía
bajo el nombre de Demópolis.
Desafortunadamente,
todos los interesados que recibieron una dotación
del ámbito federal no van a ocuparse
personalmente se su propiedad – condición
esencial del contrato –, y por consiguiente
la pierden por defecto después de algunos
años de carencia, como lo indica la ley.
El clima es excesivo, la región propicia
para las enfermedades tropicales; los franceses
soportan difícilmente el aislamiento
y las privaciones. Su situación financiera
se hace poco a poco inextricable tras el fracaso
de la Confederación Napoleónica,
pues muchos de ellos habían invertido
en ella dinero que estaba previsto para financiar
los primeros años, necesariamente sin
cosechas de vino ni de olivas.
En 1825, quedarán escasos rastros de
Marengo: sus habitantes se ha dispersado; muchos
han regresado a Francia.
 |
| El
General
Barón Charles Lallemand (1774-1839)
Impulsor de la Confédération
Napoléonienne en México. |
|
Conducidos
por los hermanos Lallemand y por el general
Rigau, las gentes del Campo de Asilo se
establecen en las orillas del río
Trinidad, no lejos de las grandes metrópolis
tejanas actuales que son Houston y Galveston.
Apoyada por sociedades masónicas
entre las cuales figuraba la del general
Charles Lallemand, la Asociación
fraternal europea, afiliada a los Amigos
de la Libertad en Francia, esta empresa
responde a las aspiraciones del romanticismo
naciente.
Eso no basta; también se necesita
dinero. Al haber tenido el general Henri
Lallemand la viveza de casarse con la
sobrina del rico banquero de Filadelfia,
Stephen Girard, se supone que éste
último asegure el financiamiento
de la operación.
Los Lallemand creen tener el acuerdo tácito
del gobierno estadounidense, pero descuidan
imprudentemente el del gobierno de Fernando
VII de España. Se fija una cita
ya sea en Nueva Orleáns, ya sea
en la isla de Galveston, base del célebre
pirata Jean Lafitte.
El general Rigau comanda al primer contingente
llegado en enero de 1818 a bordo de la
goleta «Huntress», propiedad
de Lafitte.
Un segundo grupo se presenta en marzo,
procedente de Nueva Orleáns, bajo
el mando de los hermanos Lallemand. Henri
se vuelve a ir de inmediato a Filadelfia
para buscar un tercer convoy. Los primeros
en llegar se habían instalado provisionalmente
en las proximidades de Campeachy, la ciudad
de Lafitte, pero una semana después,
la colonia se mueve hacia el interior
con el objetivo de ocupar las tierras
que se había reservado.
Esto no deja de conllevar incidentes,
ni peligros, pero se instala mal que bien
y se organiza militarmente. |
Lallemand
se ocupa más en mantener el fervor
napoleónico que de poner la colonia
en estado de vivir y de resistir a los
agresores eventuales. Se habla a menudo
de Santa Helena.
En esta parte de Texas, la Naturaleza
es más ingrata, más caprichosa
sobre todo que en Tombigbee.
El clima es ahí más caliente
y más húmedo, con diferencias
extremas.
Además, están los indios.
Si las tribus sedentarias de la región
son relativamente apacibles, cosa es muy
diferente con las tribus nómadas
y guerreras, como los Comanches.
Más raramente, indios antropófagos,
los Carancahaws, siembran el terror en
la parte meridional del valle del Mississippi.
Dos cazadores del Campo de Asilo, Fallot
y Albert, tienen la mala suerte de hallarse
en el camino de esos temibles caníbales.
Los sorprenden agasajándose con
unos misioneros españoles. Tratando
de salvar a esos desdichados, los dos
franceses son capturados a su vez y devorados.
Sus restos son descubiertos unos días
más tarde por sus compañeros
enviados en su búsqueda.
Este evento provoca una gran inquietud
en la colonia.
Luego, sobreviene el periodo de las lluvias
con inundaciones catastróficas.
La colonia se había instalado demasiado
cerca del río y debe sufrir los
efectos de las crecidas a repetición.
Al elegir la vía de la facilidad,
sus miembros habían cometido un
error que no podía sino contribuir
a su perdición. |
En Washington,
en París, en Londres, y por supuesto
en Santa Helena, la primera cuestión
que se plantea es la de saber si hay un Bonaparte
en el asunto. Conocida muy pronto, la respuesta
es negativa.
Pero Onis, embajador de España en Washington,
no es el único en preguntarse si el Campo
de Asilo no sería de hecho una primera
etapa en la creación de la Confederación
Napoleónica – sin la Familia con
la esperanza de acoger un día al propio
Napoleón.
En agosto, España actúa. Tropas
españolas provenientes de San Antonio,
sede del gobierno provincial, llegan a acampar
a proximidad del Campo de Asilo.
Su comandante, el capitán Suárez,
intima a Lallemand la orden de su rey Fernando
VII de evacuar su territorio.
Para sorpresa general, Lallemand entabla negociaciones
y consulta a los colonos. No se pelearía
pues; de hecho, ya era demasiado tarde.
Se toma la decisión muy democráticamente,
a la mayoría, de retirarse de Texas y,
a falta de algo mejor, los colonos regresan
por donde vinieron para ocupar su primer campo
en Galveston.
¿Por qué este desenlace sorprendente?
Lallemand debe haberse dado cuenta de que su
causa estaba perdida; de que no tenía
ninguna oportunidad de lograr un golpe de mano
en Santa Helena con los hombres que atrajo a
sí. Ahora, es justamente eso lo que le
interesa, cuando sus compañero ignoran
todo de su proyecto.
No tiene ninguna razón para pensar que
lo seguirían al fin del mundo con pleno
conocimiento de causa.
¿Sabe por otro lado que el pirata Jean
Lafitte, tan servicial con los vagabundos de
la gloria, es en realidad un espía a
cuenta de España?
Tantas coincidencias, tantos obstáculos
indican otra mano que no es la del destino.
La pequeña
colonia se retira entonces a la isla de Galveston
donde un agente estadounidense, George Graham,
la encuentra a fines de agosto. Enviado por
órdenes de presidente Monroe, sabe desde
el primer vistazo que el Campo de Asilo no es
un peligro para nadie. Prosigue sin embargo
con su indagación, tanto acerca de Lafitte
como de los franceses.
Lallemand se ofrece para acompañarlo
a Nueva Orleáns y parte con él
el 30 de agosto, dejando el mando a Rigau.
Pocos días después, un emisario
del virrey de México trae la orden de
expulsión, al estar también la
isla de Galveston en territorio español.
Luego la naturaleza misma pone un punto final
a la aventura.
Un ciclón barre con la costa a fines
de septiembre, destruyéndolo todo a su
paso. Galveston lo recibe de lleno y es sumergida
por un verdadero maremoto.
En la isla, solo la casa de Lafitte queda en
pie. La mayoría de los navíos
han naufragado. Para los colonos, las pérdidas
materiales son irreversibles; se estiman felices
de estar vivos.
Lafitte tiene entonces uno de sus muy raros
gestos desinteresados: pone a disposición
de los franceses una captura reciente, milagrosamente
escapada al desastre. Así, enfermos,
heridos, mujeres y niños son llevados
a Nueva Orleáns, donde son acogidos y
atendidos bondadosamente.
El general Rigau, a pesar de su estado de herido
muy grave, tan dolorosamente lisiado que se
le llama el Mártir de la gloria, se pone
a la cabeza de los hombres que no han podido
hallar un lugar a bordo y, en cinco semanas
de duras pruebas, los conduce a pie hasta Nueva
Orleáns.
Algunos colonos se separan de los demás
y se establecen unos en Alejandría, en
el río Colorado en Luisiana, los demás
cerca de la Sabina, donde los indios Nacogdoches
en Texas. Ahí tienen descendencia y se
convierten en parte integral del pueblo estadounidense.
El bravo e íntegro Rigau acompaña,
algunos meses después, a un centenar
de supervivientes a Tombigbee, donde han elegido
instalarse. Rigau regresa a Nueva Orleáns
donde muere en la pobreza en 1820.
A su llegada
a Nueva Orleáns, los supervivientes son
interrogados por el cónsul de Francia,
Guillemin.
En su reporte a Hyde de Neuville, se declara
convencido de que Lallemand ha actuado solo
y de que el fracaso de su empresa deriva de
la negativa de participación de José
y de los demás oficiales generales, lo
cual como consecuencia ha determinado a muchos
grandes financieros a negarle su apoyo.
Guillemin define así los objetivos reales
de Lallemand: conquista de Texas, luego de México,
finalmente liberación del Emperador.
Uno se imagina qué agitaciones debieron
recorrer las cancillerías a la lectura
de lo que hubiera podido ocurrir...
Richelieu atraviesa de nuevo meses de angustias
intensas. De fuentes diferentes, los informes
afluyen acerca de las esperanzas bonapartistas.
De Inglaterra, de Río de Janeiro, de
la costa de los Estados Unidos, de Nueva Orleáns,
cada paso de los partisanos de Napoleón
es notificado.
Una fragata de Río de Janeiro hace escala
en Santa-Helena; correspondencias clandestinas
entre la isla y Brasil son descubiertas, filibusteros
recorren los mares, aparecen en el Atlántico
Sur, lanzan un ataque rápido contra Madagascar
y entran en las aguas estadounidenses a pesar
de las fuertes escuadras basadas en el cabo
de Buena Esperanza. Todo eso inquieta a los
Aliados.
El interés suscitado por el regreso a
Europa de los Las
Cases, padre e hijo, había apenas
recaído cuando el general Gourgaud entra
en escena, con sus declaraciones estrepitosas
sobre las enfermedades fingidas de Napoleón
y sobre las numerosas posibilidades que ya se
le habían presentado para escaparse.
Para Richelieu, la llegada de Gourgaud «
es un evento tan embarazoso como desagradable
», y no sabe en realidad por qué
volvió, ni si riñó realmente
con los demás residentes de Longwood,
ni qué crédito puede otorgarse
a sus afirmaciones.
Para ver claro, por otro lado no puede confiarse
a su comisario en Santa-Helena. « Confieso,
le escribe a Osmond, que no tengo mucha fe en
la penetración del Sr. de Montchenu ».
Todo bien sopesado, en Inglaterra como en Francia,
estamos de acuerdo en estimar que el prisionero
pretende estar enfermo para no ser visto más
que por el doctor O’Meara, y que complots
de liberación han sido en efecto urdidos,
con complicidades in situ; y sin duda existen
todavía.
Si la intención de Gourgaud era enloquecer
a los gobiernos, lo logró. Pero al mismo
tiempo le hace un muy mal favor al Emperador.
O’Meara es llamado de vuelta, las medidas
de vigilancia son reforzadas y a partir de ese
momento la evasión del cautivo se vuelve
todavía más imposible que antes.
Más grave aún en el plano humano,
es el hecho de que desde ahora se tendrá
por seguro que Napoleón no tiene más
que molestias de salud imaginarias.
Por consiguiente, su martirio comienza en 1818.
 |
Mapa
geográfico de la isla y fuertes
de Santa Helena
Detalle de la reimpresión
de 1817 que muestra el lugar de residencia
del Emperador Napoleón, así
como el de la artillería asignada
a su guardia. Teniente R.P. Read. |
|
O’Meara
es repatriado a Inglaterra y eliminado de las
listas de la marina, pero no guarda silencio.
Defendiéndose, justifica el comportamiento
de su antiguo enfermo, y sus declaraciones estremecen
a muchas mentes.
Los whigs acuden en su ayuda y el tratamiento
infligido al prisionero de Santa Helena es debatido
en la plaza pública.
Richelieu se pregunta a su vez si no se procede
de manera equivocada. Según su costumbre,
se abre a su amigo Osmond: « El duque
de Wellington no piensa que la manera de guardar
a Napoleón sea la que convendría.
Pretende que acabará por excitar el interés
y la piedad en su favor, sin procurar más
seguridad ».
Lo que el duque preveía ya se había
producido. Pero el destino se apresura; el tiempo
de las conjuraciones casi ha pasado. El proyector
de la actualidad pasa del golfo de México
a las costas brasileñas y argentinas.
Brayer y Latapie, Cochrane y Wilson, toman el
relevo de sus camaradas en América del
Norte.
Al mismo tiempo que hacen la revolución
en América del Sur, voltean su mirada
hacia Santa Helena. Proyectos de expediciones
so capa de guerras de independencia, de pirateo,
de trata clandestina de negros son elaboradas,
y luego se desmoronan como arena entre los dedos
cada vez que se trata de pasar a los actos.
Veleros rápidos son señalados
a veces en los parajes de Santa Helena; hacen
incursiones en zona prohibida como para probar
sus defensas, luego desaparecen.
Los marinos, tan habituados a lo maravilloso
que lo ven por doquier como a un viejo amigo,
dan a esos navíos apenas entrevistos
el nombre del célebre navío fantasma
el « Flying Dutchman » (6).
El nombre de Jean Lafitte es pronunciado a menudo
a propósito de los proyectos de evasión
a partir de 1817. Ciertamente ha sido presentido
más de un vez, y hemos visto de qué
manera estuvo en relación con la gente
del Campo de Asilo.
Lafitte fue lo suficientemente inteligente como
para rodear su vida con un velo de misterio
impenetrable hasta hoy.
Lo que parece seguro, es que la prosperidad
de Campeachy resultaba esencialmente de la introducción
ilegal de negros a todo el Sur de los Estados
Unidos, y que Lafitte era retribuido por España
como agente de información.
En este último empleo, habría
sido singularmente eficiente y discreto.
Es gracias a él como España pudo
desbaratar cantidad de conspiraciones contra
su autoridad en México. Entre ellas se
hallaban las que tendían a asegurarle
una nueva carrera al Hombre de Santa Helena.
Lafitte es un fuera de la ley por elección
deliberada, por la ganancia. Su ambición
primera es durar, amasando a la vez la mayor
cantidad posible de dinero.
Dominique Youx y Louis Aury son hombres de otro
temple.
Antiguos corsarios de Santo Domingo, al ya no
poder armar bajo pabellón francés,
a falta de puerto, rentan sus servicios ahí
donde algo pase. Sin embargo salvajemente apegados
a su calidad de franceses, son por definición
en aquella época, anglófobos.
Es con esta mentalidad como, durante la batalla
de Nueva Orleáns, en enero de 1815, se
encuentran en el mismo lado que Lafitte, es
decir contra las tropas de asalto inglesas,
en este caso pues haciendo causa común
con los estadounidenses. Esta batalla termina
la guerra anglo-americana de 1812, dejando a
nuestros corsarios de nuevo en el desempleo.
Las insurrecciones en América latina
llegan a tiempo para concederles un empleo a
su gusto, y es en con entusiasmo como se unen
a los «independientes».
Ambos, así como los demás veteranos
de Santo Domingo, Joly y Dominique Diron en
particular, son fervientes bonapartistas.
Así en Francia se enciende la alarma
a propósito del empleo que podrían
reservar a sus fuerzas navales. El conde de
Molé, entonces Ministro de la Marina
y de las Colonias, redacta una relación
en ese sentido fechado el 11 de febrero de 1818.
Confirma la aparición de una nueva raza
de filibusteros, excelentes marinos, que disponen
de un buen material y de tripulaciones numerosas,
bien entrenadas, ardientes en combate.
Los informes que llegan a la marina concuerdan
para atribuir a ciertos filibusteros el plan
de liberar al prisionero de Santa-Helena. En
su estado presente, el ministro lo afirma, la
marina francesa se encuentra imposibilitada
para actuar, en la isla-prisión o en
sus alrededores. De hecho, como podemos leerlo
en dicho reporte, « es conveniente no
atenuar las obligaciones de Inglaterra por medio
del reparto de las posibilidades contribuyendo
a una vigilancia de la que está exclusivamente
encargada por los tratados ».
En junio de 1818, el ministro
está en condiciones de dar nuevas precisiones
sobre las fuerzas navales de los « independientes
»: cuentan con 27 bastimentos armados
en guerra, bricbarcas y goletas, en su mayoría.
El comandante en jefe de esta flota es Brion,
un rico armador de origen holandés, que
llevó consigo 7 bastimentos que componen
su propia escuadra. Aury tiene 16 corsarios
bajo sus órdenes, Joly (de Le Havre)
tiene 3 y Bernard (de La Rochelle) conserva
toda su autoridad en su « Sans-Soucis
».
En
Buenos-Aires, en Pernambuco, en Río
de Janeiro, otros bonapartistas arman
corsarios.
Fournier, comandando el « Toop-man
» de Buenos-Aires, es señalado
en aguas de Cádiz en septiembre
de 1817. Continua desplegando una gran
actividad, así como muchas otras
más difíciles de identificar
ahora.
El general Brayer, Latapie, el general
holandés Dick van Hogendorp, animan
a los grupos de partisanos del Emperador.
Madama de Ranchoup, la bella Pauline Fourès
de la expedición
de Egipto, tiene su salón en
Río de Janeiro donde complots contra
Santa Helena son, dícese, preparados.
Hay un va y viene incesante entre sus
diferentes grupos, pero si sus esfuerzos
en favor de la independencia de los países
sudamericanos dan sus frutos, aquellos
en dirección de Santa Helena quedan
estériles.
La esperanza sigue siendo viva en Nueva
Orleáns. El banquero y alcalde
de la ciudad, Nicolas Girod, hace construir
una bella casa en la esquina de las calles
de Chartres y de Saint-Louis para albergar
al ilustre proscrito. Dominique Youx,
vuelto un ciudadano honorable y respetado
de Nueva Orleáns, construye una
hermosa fragata, ultra-rápida,
con la cual rescatará por fin –
lo afirma con confianza – a Napoleón.
En el momento de su lanzamiento, le da
el nombre de « Séraphine
». |
 |
Casa
de Nicolas Girod o Napoleon
House
Chartres Street n°
500-506 y St. Louis Street,
en Nueva Orleáns, EE.UU.
Fotografía de 1934. |
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En
Buenos-Aires, en Pernambuco, en Río
de Janeiro, otros bonapartistas arman
corsarios.
Fournier, comandando el « Toop-man
» de Buenos-Aires, es señalado
en aguas de Cádiz en septiembre
de 1817. Continua desplegando una gran
Tres días antes de la fecha anunciada
para que el barco zarpase, la noticia
de la muerte de Napoleón llega
a Nueva Orleáns...
Consumada la tragedia, ¿debemos
decir a propósito de los proyectos
de liberación de Napoleón
que no son más que ilusiones?
No lo pensamos.
Que los complots no hayan podido materializarse
no prueba en nada que no hayan existido.
La creación de una Confederación
Napoleónica no es una idea inconcebible.
Los proyectos de ataques contra Santa
Helena que apuntaban o bien al rescate
del prisionero, o bien a una distracción
que permitiera su evasión, no son
más desrazonables que el ataque
de Capri en octubre de 1808 por la cual
el general Lamarque, en nombre de Murat,
rey de Nápoles, arrebata al coronel
Huson Lowe y a sus Royal Corsican Rangers
esa isla reputada inexpugnable.
De hecho, planes de ataque de Santa Helena
existían desde hacía mucho
tiempo en las carteras de varios estados
mayores; John Paul Jones había
presentado al Congreso estadounidense,
y enseguida a la marina de Luis XVI, planes
detallados para la destrucción
de las pesquerías inglesas en esa
isla. Así pues, a pesar de la supervisión
inglesa, la liberación por la fuerza
está, en última instancia,
en el orden posible de las cosas.
Pero esto es una constatación puramente
académica, pues en ningún
momento las defensas inglesas son realmente
puestas a prueba.
Los complots son de alguna manera matados
en el huevo, víctimas primero de
servicios secretos muy eficaces.
En segundo lugar, a los conjurados les
falta un jefe ingenioso y hombres de primer
plano.
Finalmente, desconocen y subestiman al
Nuevo Mundo, su naturaleza salvaje, su
inmensidad.
Aguantar, tener éxito en condiciones
tan nuevas para un europeo, supone una
mentalidad sin regreso. Ahora, a pesar
de algunos sueños grandiosos de
imperio americano, los conjurados aspiran
al contrario a un regreso hacia el pasado,
en el tiempo y en el espacio, a una Francia
imperial en la que volvieran a encontrar
su gloria de antaño.
Las ideas que defienden mal que bien son
sin embargo las del porvenir y del progreso,
las que dominarán los siglos XIX
y XX.
Esos mismos hombres, que en un sentido
miran hacia atrás, también
tienen los ojos fijos en el porvenir.
Esperan de las técnicas nuevas
los medios de liberar a aquel que los
ha tan profundamente marcado. El submarino,
el barco de vapor, apenas inventados,
son estudiados para saber cómo
utilizarlos para rescatar a Napoleón
de su roca, así como la vía
de los aires.
No tenían la culpa más que
de estar adelantados a su época.
Lo que podría haber sido no sucedió
pues.
Pero eso no impidió a la leyenda
del Águila emprender su vuelo... |
NOTAS
* Extracto
del libro Sainte-Hélène, terre
d’exil (« Santa Helena, tierra
de exilio »), del Dr. Paul Ganière;
Tallandier, 1971.
1) El Enano amarillo.
2) El Emperador Napoleón prohibió
la trata de negros durante los Cien Días,
en 1815, de manera a abolir la esclavitud a
plazo por extinción.
3) « El Rapadito », apodo cariñoso
dado a Napoleón.
4) « Campo de Asilo »
5) « El amor del retorno a Francia –
o El hombrecito aún vive »)
6) « El Holandés errante ».
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