Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
“Los Amigos del INMF” – “Les Amis de l’INMF”
Instituto Napoleónico México Francia.
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Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
 
Texto en castellano.
PALABRAS DEL EMPERADOR NAPOLEÓN
SOBRE JESUCRISTO Y EL EVANGELIO
Texte en Français.
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« Jesús es luminoso, inmutable, impasible. Lo sublime, dícese, es un rasgo de la divinidad; ¿qué nombre darle a aquel que reúne en sí todos los rasgos de lo sublime? »
Napoleón.

Palabras del Emperador Napoleón al Gran Mariscal Betrand en Santa Helena, referidos por el conde de Montholon:

« Busco en vano en la historia para hallar en ella al semejante de Jesucristo, o lo que sea que se acerque al Evangelio. Ni la historia, ni la humanidad, ni los siglos, ni la naturaleza, me ofrecen nada con lo que yo pueda compararlo y explicarlo. Aquí todo es extraordinario; entre más lo considero, más me aseguro de que no hay nada allí que no esté fuera de la marcha de las cosas y por encima de la mente humana.

Los propios impíos nunca han osado negar la sublimidad del Evangelio, que les inspira una suerte de veneración forzada. ¡Qué dicha procura éste libro a quienes creen! Cuántas maravillas admiran en él a quienes lo han meditado.

Todas las palabras en él están selladas y son solidarias una de la otra como las piedras de un mismo edificio. El espíritu que enlaza las palabras entre sí es un cemento divino que por turnos descubre de él el sentido o lo oculta a la inteligencia. Cada frase tiene un sentido completo, que vuelve a trazar la perfección de la unidad y la profundidad del conjunto; ¡libro único en donde el espíritu (1) halla una belleza moral desconocida hasta entonces, y una idea del infinito superior a ella misma que sugiere la creación! ¿Qué otro que Dios podía producir este tipo, este ideal de perfección, igualmente exclusivo y original, donde nadie puede ni criticar, ni añadir, ni suprimir una sola palabra; libro diferente de todo lo que existe, absolutamente nuevo, sin nada que lo preceda y sin nada que lo siga?...

No veo en Licurgo, Numa, Confucio y Mahoma, más que legisladores que, teniendo el primer papel en el Estado, han buscado la mejor solución del problema social; pero no veo nada allí que denote la divinidad; ellos mismos no elevaron sus pretensiones tan alto.

Es evidente que la posteridad sola ha divinizado a los primeros déspotas, a los héroes, a los príncipes de las naciones y a los instituidores de las primeras repúblicas. Para mí, reconozco a esos dioses y a esos grandes hombres por seres de la misma naturaleza que yo. Su inteligencia, después de todo, no se distingue de la mía más que de una cierta forma. Ellos llenaron un gran papel en su tiempo, como lo hice yo mismo. Nada en ellos anuncia a seres divinos; al contrario, veo numerosas relaciones entre ellos y yo, constato parecidos, flaquezas y errores comunes que los acercan a mí y a la humanidad. Sus facultades son aquellas que poseo yo mismo: no hay diferencia más que en el uso que hicimos de ellas, ellos y yo, según el objetivo diferente que nos hemos propuesto y según el país y las circunstancias…

No es lo mismo en lo referente a Cristo. Todo en Él me asombra; su mente (2) me sobrepasa y su voluntad me confunde. Entre Él y cualquier otra cosa en el mundo, no hay término posible de comparación. Él es verdaderamente un ser aparte; sus ideas y sus sentimientos, la verdad que Él anuncia, su manera de convencer, no se explican ni por la organización humana, ni por la naturaleza de las cosas.

Su nacimiento y la historia de su vida, la profundidad de su dogma, que alcanza verdaderamente la cima de las dificultades, y que es de ellas la más admirable solución; su Evangelio, la singularidad de este ser misterioso, su aparición, su imperio, su marcha a través de los siglos y los reinos: todo es para mí un prodigio, no sé qué misterio insondable, que me hunde en un ensueño del que no puedo salir, misterio que está allí bajo mis ojos, misterio permanente que no puedo negar, y que no puedo explicar tampoco.

Aquí, no veo nada del hombre.

Entre más me adentro, más examino de cerca; todo está por encima de mí, todo permanece grande de una grandeza que me aplasta; y por mucho que reflexione, no me doy cuenta de nada.

Su religión es un secreto por sí sólo y proviene de una inteligencia que ciertamente no es una inteligencia de hombre. Hay en ella una originalidad profunda que crea una serie de palabras y de máximas desconocidas. Jesús no toma nada a ninguna de nuestras ciencias. No hallamos absolutamente más que en Él sólo la imitación o el ejemplo de su vida. Tampoco es un filósofo, puesto que procede por medio de milagros; y, desde el comienzo, sus discípulos son sus adoradores. Los persuade mucho más por un llamado al sentimiento que por un despliegue fastuoso de método y de lógica; así no les impone ni lo estudios preliminares, no el conocimiento de las letras. Toda su religión consiste en creer...

¡Es una cosa bien extraordinaria que después de dieciocho siglos Jesucristo sea aún amado!... Ningún hombre, por muy grande que sea, ha sido amado por más largo tiempo que su vida. Hoy en día ¿quién ama a César, a Alejandro? No, los grandes hombres no son amados más allá de la tumba. Yo conozco de hombres, y digo: no, Jesucristo no es un hombre, y he allí por qué, dieciocho siglos después, se le ama todavía.

« Cristo de los Ultrajes » 
Punzante imagen de Nuestro Señor proveniente de la capilla personal del Emperador Napoleón en Longwood House, isla de Santa Helena.
En sus memorias, el fiel mameluco Alí relata que « el Emperador, tras haberse enterado de que el Gran Mariscal [Bertrand] tenía un cuadro, dibujo de una cabeza de Cristo (Ecce Homo), de tamaño natural, se lo mandó pedir y lo hizo colocar sobre el tabernáculo ».

¿Es esta la invención de un hombre? No; es al contrario una marcha extraña, una confianza sobrehumana, una realidad inexplicable. Y esta loca promesa, esta predicción de un miserable crucificado se ha cumplido literalmente. No fueron ni un día ni una batalla los que decidieron; fue una guerra, un largo combate de trescientos años, comenzado por los apóstoles, mantenido por sus sucesores y por la oleada sucesiva de las generaciones cristianas.

Restablecimiento del culto católico en Francia
Rodeado de los dos santos patronos de Francia, la Virgen María, que sostiene en santo Cáliz, la Eucaristía y el ancla de la Fe, de la Esperanza y de la Salvación, y el Arcángel Miguel, que fustiga y echa en el pozo del inferno al apóstata impío y ateo, el Primer Cónsul Bonaparte –así ataviado con los atributos alegóricos de la victoria y de la fe cristianas sobre el mal– endereza la religión católica, significada por la Cruz del Gólgota, devolviendo el culto al pueblo francés arrodillado en plegaria ante Jesucristo.
Grabado de la época anunciando la misa de Pascua del 18 de abril de 1802, y que comporta la sentencia « Desplegó la fuerza de su brazo; derribó a los soberbios disipando sus designios ». (Cántico de la Santa Virgen, Lucas 1:51).

En esta guerra, todos los reyes y todas las fuerzas de la tierra se hallan de un lado; y del otro, no veo un ejército, sino una energía misteriosa, algunos hombres diseminados por aquí y por allá en todas las partes del orbe, no teniendo otra señal de reunión que una fe común en el misterio de la Cruz.

Durante trescientos años el pensamiento lucha contra la brutalidad de las sensaciones, la conciencia contra el despotismo, el alma contra el cuerpo, la virtud contra todos los vicios. La sangre de los cristianos fluye a raudales. Mueren besando la mano de quien les mata. Sólo el alma protesta mientras el cuerpo se entrega a todas las torturas. Por doquier los cristianos sucumben y por doquier son ellos quienes triunfan.

¿Concebís a un muerto haciendo conquistas con una armada fiel y toda devota a su memoria? ¿Concebís a un fantasma que tiene soldados sin sueldo, sin esperanza por éste mundo, y que les inspira la perseverancia y el apoyo de todos los géneros de privaciones? ¡Ay! El cuerpo de Turena estaba aún caliente y su ejército ya se marchaba frente a Montecucculi. Y a mí, mis armadas me olvidan todo vivo, como el ejército cartaginés lo hizo con Aníbal.

He allí nuestro poder, el de los grandes hombres: una sola batalla perdida nos abate, y la adversidad nos quita a nuestros amigos. Cristo habla, y en adelante las generaciones le pertenecen por medio de vínculos más estrechos, más íntimos que los de la sangre, por una unión más sagrada, más imperiosa que cualquier tipo de unión habida. Él enciende la flama de un amor que hace morir el amor de sí, que prevalece por sobre todo otro amor. ¿En este milagro de su voluntad cómo no reconocer el Verbo creador del mundo?

Los fundadores de religiones ni siquiera tuvieron la idea de éste amor místico, que es la esencia del cristianismo bajo el bello nombre de caridad: es que no evitaban arrojarse contra un escollo, es que, en semejante operación, hacerse amar, el hombre porta en sí mismo el sentimiento profundo de su impotencia.

Asimismo el gran milagro de Cristo, indiscutiblemente, es el reino de la caridad. Sólo Él ha logrado elevar el corazón de los hombres hasta lo invisible, hasta el sacrificio del tiempo; Él sólo, creando esa inmolación, ha creado un vínculo entre el Cielo y la tierra. Todos aquellos que creen sinceramente en Él sienten ese amor admirable, sobrenatural, superior: fenómeno inexplicable, imposible para la razón y para las fuerzas del hombre; fuego sagrado dado a la tierra por este nuevo Prometeo, cuyo tiempo, ese gran destructor, no puede ni desgastar la fuerza ni limitar la duración. Yo, Napoleón, es lo que admiro más, porque pensé en ello a menudo, y es lo que me prueba absolutamente la divinidad de Cristo.

He apasionado a multitudes, que morían por mí; pero al fin hacía falta mi presencia, la electricidad de mi mirada, mi acento, una palabra mía: entonces encendía el fuego sagrado en los corazones. Ciertamente, poseo el secreto de ese poder mágico que arrebata las mentes (3), pero no sabría comunicarlo a nadie. Ninguno de mis generales lo ha recibido ni lo adivinó de mí; no tengo más el secreto de eternizar mi nombre y mi amor en los corazones, y de operar en ellos prodigios sin el recurso de la materia.

Ahora que estoy en Santa Helena, ahora que estoy solo, clavado en esta roca, ¿quién batalla y conquista imperios para mí? ¿Dónde están los cortesanos de mi infortunio? ¿Se piensa en mí? ¿Quién se mueve por mí en Europa? ¿Quién me permaneció fiel? ¿Dónde están mis amigos? ¡Sí, dos o tres, que vuestra fidelidad inmortaliza, compartís, consoláis mi exilio!

Sí, nuestra existencia ha brillado con todo el resplandor de la diadema y de la soberanía; y la vuestra Bertrand, reflejaba ese destello, como el domo de Los Inválidos, dorado por nosotros, refleja los rayos del sol. Pero los reveses vinieron: el oro poco a poco se borró; la lluvia de la desdicha y de los ultrajes, con los que se me abreva cada día, se lleva de él las últimas parcelas. Ya no somos más que plomo, general Bertrand, y pronto seré de la tierra. ¡Tal es el destino de los grandes hombres! ¡El de César, de Alejandro!

¡Y se nos olvida! ¡Y el nombre de un conquistador, como el de un emperador, ya no es más que un tema de colegio! Nuestras hazañas caen bajo la férula de un pedante, que nos loa o nos insulta. ¡Cuántos juicios diversos se permiten sobre el gran Luis XIV! Apenas muerto, el propio gran rey fue dejado solo en el aislamiento de su recámara de Versalles, descuidado por sus cortesanos, ¡y quizás objeto de burla! Ya no era su amo: era un cadáver, un féretro, una fosa, y el horror de una inminente descomposición.

Un movimiento más, he allí mi suerte y lo que me sucederá a mí mismo. Asesinado por la oligarquía inglesa, muero antes de tiempo, y mi cadáver va a ser devuelto a la tierra para convertirse allí en alimento de los gusanos. He allí el destino muy próximo del gran Napoleón.

¡Qué abismo entre mi miseria profunda y el reino eterno de Cristo, predicado, ensalzado, amado, adorado, viviente en todo el universo! ¿Es eso morir? ¿No es más bien vivir? ¡He allí la muerte de Cristo! ¡He allí la de un Dios! ».

El Emperador se calló, y como el general Bertrand guardaba igualmente silencio: « no comprendéis, retomó el Emperador, que Jesucristo es Dios; ¡pues bien! ¡Me equivoqué en haceros general! ».

Notas
1) Esprit, en el original, término que en francés se puede referir a la mente o/y al espíritu.
2) Ver nota 1.
3) Ver nota 1.

Instituto Napoleónico México-Francia.