Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
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NAPOLEÓN, EL HOMBRE DE LA PAZ

Por

Paul Silvani

Sr. Paul Silvani
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« Napoleón ya está condenado a la guerra a perpetuidad desde su advenimiento. El desconocimiento, real o fingido, de esta trágica realidad está en el origen de muchos errores de juicio acerca de Napoleón...»

General Michel Franceschi.

Escritor, periodista, ex-director del periódico La Corse y corresponsal del diario Le Monde, Paul Silvani es al día de hoy autor de veintitrés libros que le han hecho merecedor de todos los premios insulares (Premios de Córcega, premio del Memorial, Premio del Libro Corso) así como el premio literario nacional de la Resistencia. En nuestros días es el principal memorialista de Córcega. Este artículo apareció en la publicación semanal La Corse-Votre hebdo del 8 de agosto de 2008.

A principios de junio de 2008 tuvo lugar en el Palacio de los Congresos de Ajaccio el «Congreso de la Sociedad Napoleónica Internacional» durante el cual fueron presentadas y apreciadas una veintena de comunicaciones por especialistas que cuentan entre los más eminentes del mundo. Entre ellos nuestro compatriota el general de cuerpo de armada Michel Francheschi, Consultor Histórico especial de dicha sociedad cultural, desde hace algunos años retirado en Córcega, y que está a la base de la organización del congreso en la ciudad imperial.

Visiblemente feliz de acoger a los congresistas, Michel Franceschi se vio confiar el honor de presentar la primera comunicación sobre el tema «Las masas de granito de la historiografía napoleónica». Más especialmente, se trataba de desarrollar los argumentos de su libro « Napoleón, defensor inmolado de la paz» (Ediciones Económica). Para el autor, y no es el único en afirmarlo, «la historia oficial ha erigido como dogma la imagen de un Napoleón gran capitán sediento de gloria y conquistador insaciable», pero la realidad es sin embargo completamente diferente: «la historia de Napoleón se resume de hecho al implacable enfrentamiento ideológico que opuso al mundo nuevo concebido por la revolución francesa al orden antiguo de la monarquía absolutista amenazado en su existencia».

EL ESPANTO DEMOCRÁTICO

La demostración del general Michel Franceschi es irrefutable: «Hombre de las luces y genial arquitecto, Napoleón nunca persiguió otra gran ambición que la de la refundación sobre las ruinas de la Revolución de una Francia moderna y fuerte, viviendo en seguridad detrás de sus fronteras naturales. Pero, espantadas por el ineluctable contagio de la democracia naciente, los monarcas europeos no cejaron, coalición tras coalición, en imponer por las armas a Francia su regresión al statu quo ante».
De 1800 a 1815, el Primer Cónsul y enseguida el Emperador debió enfrentarse a la bagatela de siete coaliciones. No fue a Italia más que a poner un término a la coalición que había reunido contra Francia a Inglaterra, Austria, Suecia, las Dos Sicilias, Portugal y Prusia. En 1801, Austria vencida firma el tratado de Lunéville y, el año siguiente, Inglaterra el tratado de Amiens. Ese 23 de marzo de 1802 es verdaderamente un gran día para el joven dirigente del país (apenas tiene 33 años) que puede declarar a los franceses: «Después de diez años de guerras, la tenéis por fin toda entera esa paz que habéis merecido por medio de tan largos y generosos esfuerzos. A la gloria de los combates, hagamos suceder una gloria más dulce para los ciudadanos, menos temible para nuestros vecinos. Seamos el lazo y el ejemplo de los pueblos que nos rodean».
Así, para Napoleón Bonaparte, Francia ha «acabado su revolución, la más formidable de Europa». Puede sentarse en el hogar europeo, y Beethoven puede en su honor componer su «Sinfonía heroica». Pero los ingleses no observan las condiciones de la Paz de Amiens, la cual rompen a partir de 1803. Más cerca de nosotros, evacúan la isla de Elba mientras que conservan Malta. Intrigan vanamente para hacer asesinar a Bonaparte. Tras el fracaso de Cadoudal y la eliminación de Enghien, dice al general Soult: «Hay que poner a la República al abrigo de las conmociones».
Gral. Michel Franceschi (Fra); CH; Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico México-Francia.
El General (cr) Michel Franceschi
Consultor Militar Especial del INMF.

Esto no impide que, en tres años, el orden ha sido restablecido en Francia, donde se ejerce a partir de entonces «el imperio de la Constitución». El frenesí del gozo que había marcado al Directorio se extinguió y, con él, desaparecieron las «Merveilleuses», que no ocultaban nada de su anatomía bajo las muselinas transparentes, su linón aéreo y sus gazas vaporosas… La duquesa de Abrantès puede describir al héroe: «Pobre, flaco, con sus cabellos cayendo en forma de orejas de perro, pero de mirada y sonrisa admirables». Y Cambacerés degustar los merlos de Córcega que José le hace enviar por correo especial…

El 20 de mayo de 1804, «el gobierno de la República es confiado a un emperador que toma el título de Emperador de los franceses», según los términos mismos del senadoconsulto que será sometido a la aprobación del país y se convertirá en la Constitución del Año XII, adoptada por 3 520 000 contra 2600 no.

Napoleón decide reunir en Boloña un gran ejército destinado a invadir Inglaterra, pero ésta fomenta una nueva coalición que se hundirá en Austerlitz en diciembre de 1805.
Entre tanto, («Italia ha reconocido en mí a su redentor») se ha hecho proclamar rey de este país al que quiere afrancesar.

De 1802 a 1805, Francia conoció años apacibles y el enderezamiento del país no fue una vana palabra. «Quiero echar en el suelo de Francia algunas masas de granito», había dicho Bonaparte. Como prueba: la firma del Concordato con el Vaticano desde 1801 y promulgado en 1802 al mismo tiempo que es festejada la paz de Amiens; la elaboración y la entrada en vigor del Código Civil (Napoleón presidirá personalmente 57 de las 102 sesiones del Consejo de Estado); el refuerzo de la unidad del país por medio de la centralización administrativa y la creación de los prefectos; la reforma de la enseñanza con la creación de los liceos y la fundación de la Universidad; la creación entre otras cosas de la Banca de Francia, del Tribunal de Comercio, de la dirección de aduanas, de las Cámaras de comercio; el desarrollo de la agricultura, de la industria y de los caminos y canales (en Córcega, prescribe la apertura de los caminos de Ajaccio a Bastia y de Bastia a Saint-Florent, la de grandes calles, las plazas Napoleón y Grandval, la construcción del mol y del muelle de Ajaccio, los aligeramientos fiscales llamados decretos de Miot); instituye los cementerios públicos y la numeración de las calles, favorece la cultura en todas sus formas, crea la Legión de Honor… Detendremos aquí la enumeración para citar al general Franceschi:
«¿A esta altura de su carrera, cuál puede ser el espíritu de Napoleón? ¿Puede uno seriamente atribuirle intenciones de conquistas militares, a él, que apenas acaba de cumplir el milagro del restablecimiento de la paz general en Europa? ¡Tendría que sufrir de una aberración mental para jugarse así en los azares de la guerra este logro considerable! Por cierto, está tan acaparado de noche y de día por su obra de refundación interna que no tiene un minuto que dedicarle a otra cosa.
En realidad, dos preocupaciones lancinantes y complementarias ocupan toda entera su mente: la continuación incansable de la reconstrucción de Francia y su preservación ante las terribles amenazas que hace pesar sobre ella la fatal situación belígera de la que es prisionera. Si se mostró un tanto inocente cuando firmó el tratado de Amiens, un año más tarde Bonaparte ya no se hace ninguna ilusión acerca de la hostilidad llena de odio de las monarquías europeas
». Así pues «el principio de prevención de la guerra va a convertirse así en el fundamento inmutable de la política exterior de Francia hasta 1815».

SIEMPRE FUI ATACADO

Como conclusión, así como en el epígrafe, el general Franceschi cita a Napoleón en Santa Helena: «Los hechos hablan por sí mismos. Brillan como el sol (…) ¿de qué podrá atacárseme que un historiador no pueda defenderme? (…) ¿se me acusará de haber amado demasiado la guerra? ¡Él mostrará que siempre fui atacado! ¿De haber querido la monarquía universal? Él hará ver que ésta no fue más que la obra fortuita de las circunstancias, que fueron mis enemigos mismos quienes me condujeron a ella paso a paso…».

Más allá de eso, tal vez convenga rehabilitar en la misma Córcega, la imagen del más grande de los corsos, y de dar la espalda a la definición que había dado de él Pierre Larousse en el «Gran diccionario universal del Siglo XIX»: «Bonaparte. General de la República francesa, nacido en Ajaccio el 15 de agosto de 1769. Muerto en el castillo de Saint-Cloud, cerca de París, el 18 de Brumario del año VIII de la República francesa, una e indivisible (9 de noviembre de 1799)».