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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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Agradecimiento
y recuerdo
Litografía popular
decimonónica, colección
del Príncipe Víctor
Napoleón. |
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Por
Pierre Labracherie
Traducción
al castellano por el Instituto Napoleónico
México-Francia ©
Esta página está disponible
al público de manera gratuita
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Aquí
la leyenda se hace palpable, casi
se la puede tocar con el dedo. La
encontramos en todos los campos
donde el campesino la degusta como
un vaso de vino peleón fuerte
para « darse ánimo
».
Napoleón goza entonces del
mismo prestigio que el rey en tiempos
pasados: « ¡Si el rey
lo supiera! » gemía
antaño el palurdo cuando
la suerte o un señor lo agobiaba
demasiado duramente. « ¡Si
Napoleón estuviera aquí!
» suspira ahora. Con este
hombre, todo es posible. Así,
el campesino, impresionable y puro,
lo vio por doquier.
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Tras
la caída del Imperio, la sombra de Napoleón
no dejó de planear en los campos. Una
vez la paz de regreso, los heroicos despojos
de la Gran Armada volvieron a su parcela bordeada
de vallas vivas y su jacal tapizado de viejos
grabados a la efigie del «EX».
Durante el año que siguió a la
Restauración, se contentaron de pasar
años sosegados bajo el cetro del «mejor
de los reyes». El recuerdo de las tristes
realidades de la guerra, las hecatombes, las
marchas agotadoras en las nieves de la Berezina,
los oficiales de guarnición que perseguían
a los refractarios a la conscripción
todavía estaban presentes en el alma
campesina.
Los años
pasaron. Los antiguos grognards (1)
comenzaron a soñar con su juventud
atildada de dolores prestigiosos: las victorias,
las entradas triunfales en las ciudades, las
cosechas de gloria. Los sufrimientos se difuminaban
en provecho de la leyenda. El granadero de Austerlitz
de vuelta al campo engendraba el mito del soldado
labrador, esparcido por la imaginería
popular entre 1814 et 1830. Mostraba la distribución
de las águilas, Ulm, Austerlitz, Wagram.
Las novelas de Chatelain magnificaban al veterano
del Imperio, símbolo de la virtud y del
valor, contando sus campañas a las jóvenes
generaciones ávidas de entrar en la carrera.
Béranger anunciaba a los viejos guerreros
Empalidecidos por el sufrimiento,
Que ya no tienen entre sus laureles
De qué beber por Francia,
El regreso de los tiempos mejores.
En fin, estaba
el Otro, el Grande, el amo autoritario, convertido
en el recuerdo de sus soldados en El Pequeño
Cabo, personificación de la gloria
Francesa y protector de la pobre gente.
Para esos soldados-labradores que contaban durante
las veladas los fastos de la epopeya y educaban
al pueblo en el culto bonapartista, Napoleón,
surgido del pueblo, era el rey salido de los
flancos de la Revolución, el hombre que
aseguraba al campesinado la posesión
de los bienes nacionales y que respondía
a la necesidad de justicia de los humildes.
Estaba demostrado, gracias a él, que
cada cual podía ilustrarse por su valor,
un teniente volverse emperador, un pasante de
alguacil, rey de Suecia, un palafrenero, rey
de Nápoles, veinticuatro simples soldados,
mariscales de Imperio.
Él mismo,
después de su regreso de la isla de Elba,
no había ocultado a Benjamín Constant
su predilección por los rurales: «Entre
los campesinos y yo hay la misma naturaleza...
No es como con los privilegiados. La nobleza
me ha servido, se echó en masa a mis
antecámaras; no hay plazas que no haya
aceptado, pedido, solicitado; tuve de los Montmorency,
de los Noailles, de los Beauveau, de los Rohan,
de los Mortemart… pero nunca hubo analogía.
El caballo hacía zalemas, estaba bien
adiestrado pero lo sentía trepidar...
Con el pueblo, es otra cosa; la fibra popular
responde a la mía. Yo salí de
los rangos del pueblo, mi voz actúa sobre
él... Mirad a esos conscriptos, esos
hijos de campesinos; no los halagaba, los trataba
duramente; no por ello me rodeaban menos; no
gritaban menos “Viva el Emperador”...
Es que me ven como su sostén, su salvador
contra los nobles.»
En contraste,
la aristocracia renaciente trataba con desdeño
a los aparecidos (2) de
la Grande Armada de bandoleros del Loira; el
terror blanco desolaba el Sur, el mariscal Ney
era ejecutado. Era cosa fácil a la propaganda
bonapartista estimular el odio de los Borbones.
Se volvió con un fervor aún más
grande hacia el cautivo de Santa
Helena. El culto de la gran memoria no dejó
de crecer. Napoleón resucitaba en la
isla lejana, se erigía como dios del
siglo. Las viñetas de Lorentz que ilustraban
en 1842 «la Historia del Emperador
contada en una granja» (3)
de Balzac, representan ora al sombrerito
negro aureolado en una isla en medio de las
aguas, ora al general Bonaparte montando la
guardia ante el Padre Eterno o balanceado por
un frágil esquife, cruzando el mar. Unas
bolas de cañón austriacas saludan
al Emperador inmóvil bajo la metralla;
un águila con las alas desplegadas vuela
de campanario en campanario sobre el mundo.
LA CACERÍA DE
SEDICIOSOS
La epopeya termina
entonces de apoderarse de Napoleón. Acaso
no profetizó él mismo, según
el Memorial: « Hoy
la persecución acabará de convertirme
en su Mesías [de las verdades
del nuevo orden]. ¡Aún
cuando yo ya no sea, seguiré siendo para
el pueblo, la Estrella! »
En vano el gobierno de la Restauración
se esforzaba por hacer desaparecer el recuerdo
del proscrito de Santa Helena, cada cual a su
manera celebraba su culto, en las barbas de
las autoridades. Los fervientes del Emperador
tenían por armas los objetos simbólicos,
las imágenes, las canciones, los almanaques
esparcidos en los campos y a los que los procuradores
reales daban caza. Los episodios de esta pequeña
guerra se cuentan por cientos y muchos no están
faltos de un toque pintoresco: en 1820, un señor
Placy, fabricante licorista de Lyon, puso etiquetas
« muy reprensibles » sobre botellas
llamadas: Elixir de Santa Helena.
El caso no tiene consecuencias, pero el vendedor
tiene imitadores. En efecto se persigue en Besançon
a un cafetero culpable de vender botellas que
portan una etiqueta que representa a Napoleón.
El procurador del rey es formal: «¡Esto
constituye el delito de provocación por
ataque formal al orden de sucesión al
trono!» Misma historia en Montpellier
donde unos vendedores de limonada venden en
la región el «licor de los
bravos», acompañado de atributos
de un carácter sedicioso; en Lyon de
nuevo donde unos licoristas proponen botellas
cuya etiqueta se orna con una cucarda tricolor
con la inscripción: «Dará
la vuelta al mundo.»
«Sería conveniente», hace
notar en esta ocasión el Procurador real,
«hacer desaparecer de los lugares públicos
emblemas que recuerdan el gobierno del Usurpador
y que se tiene el arte de multiplicar bajo
todas sus formas.»
Bajo todas sus formas, en efecto: en las ciudades
y hasta en las menores aldeas se desata una
marea de objetos simbólicos. El perfil
imperial se dibuja en el pomo de los bastones,
en el fondo de las tabaqueras, sobre la tabaquera
de las pipas. Los tasadores, las placas de chimenea,
las pincitas, los platos muestran el rostro
de César. En Pontgibaud, en la jurisdicción
de Riom, en 1816, es un águila de hojalata
que sirve de veleta lo que el señor Engelvin,
propietario, ha colocado sobre su casa. El adjunto
del alcalde acude con la gendarmería
al lugar y manda quitar e incautar el emblema
temible.
El señor Engelvin se inclina, pero dirige
al adjunto una carta « marcada con el
sello de la ironía y de la pasión
» y en la cual, después de haber
expresado su espanto ante esta ofensiva de la
gendarmería, declara que al haber sido
educado en el otrora Lyceo (sic) Napoleón,
posee tres botones de uniforme «que
portan los tres el águila coronada, pero
bien coronada, coronada hasta el punto de no
confundirse». «Me deshago
de buena gana, añade el gracioso
Engelvin, de esta propiedad que deposito
solemnemente en manos del Sr. Adjunto, a fin
de valer lo que de derecho, es decir los elogios
que merece nuestro celo común: Sr. adjunto
a hacer ejecutar las leyes y yo, a prevenirlas.»
El Tribunal renunció a perseguir al águila
de hojalata y a su propietario.
Si los emblemas bonapartistas
ofenden la vista del gobierno de la
Restauración, los gritos, las
palabras sediciosas hieren sus oídos.
El día siguiente del asesinato
del duque de Berry, el procurador real
del Gard señala que «horribles
palabras» han sido oídas
en muchos lugares. En Privas, un llamado
Martel invoca el nombre del Usurpador
«con loores y lamentos».
En Douai, el señor Toupet-Tanguy,
tirador en el 2º batallón
de Seine-et-Oise, es condenado a un
año de prisión «por
haber proclamado su apego al usurpador
Bonaparte», añadiendo
«que con su sola bayoneta
mataría a dieciocho realistas».
El 17 de mayo de 1820, el teniente de
gendarmería, en residencia en
Cahors, al pasar una revista en Millau,
arranca a dos gendarmes la decoración
del lis y pronuncia « palabras
inconvenientes »: «Tú
eres de la fábrica de 1815: hacíamos
un buen trabajo en aquel tiempo.»
Esta fidelidad al Emperador
era cultivada por los viajeros e comercio
que recorrían los campos, por
los institutores en los pueblos perdidos,
por los artesanos y sobre todo los escritores.
Pero los libros eran raros y caros;
los poemas, las canciones a la gloria
de Napoleón se comunicaban más
fácilmente gracias a los buhoneros
que circulaban por los campos. Una mujer
llamada Marie-Claire Merlin, detenida
con una banda de cantantes ambulantes
por haber vendido una canción
titulada «El nacimiento de
los laureles», contó
que los cantantes se procuraban esas
coplas sediciosas en el faubourg Saint-Denis
y que recorrían los bulevares
y los merenderos antes de propagarlos
en los campos.
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| Este
es un ejemplo de las imágenes
que, transportadas por los
buhoneros, arraigaron intensamente
la leyenda napoleónica
en las ciudades y los campos
de Francia y Europa. Esta
bella obra de Raffet
muestra el interior de una
taberna en Bélgica.
En la mesa común, han
tomado lugar múltiples
militares rodeados de burgueses,
campesinos, mujeres y niños.
Se habla de la vida de los
campos. El viejo cura belga
interviene « ¡Yo
he servido al gran hombre!
». Se le mira con
sorpresa y admiración. |
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A propósito
de ese caso, el Procurador real de Nancy echó
pestes contra esos refranes subversivos «que
tienden a despertar en el espíritu del
pueblo ideas que tenía acerca de la gloria
que se había adquirido Bonaparte por
medio de sus diferentes conquistas y las victorias
obtenidas sobre todas las potencias de Europa.
Esas canciones son peligrosas, menos para el
pueblo que está tranquilo en nuestros
departamentos que para el soldado a quien se
le hace extrañar a un jefe que le daba
la ocasión de señalarse y de avanzar
rápidamente. No hay uno de esos soldados
que no vea con nostalgia el tiempo en que tenía
como perspectiva el grado de general. Lo tiene
aún sin duda actualmente, pero es a tal
grado lejano que tiene pocas esperanzas de alcanzarlo.
He aquí lo que hace peligrosas estas
cosas. El soldado las canta en los cabarets
a los que los atrae el bajo precio del vino
y no es así como se le inspirará
el apego al rey…» (!)
Pero no están
sólo las canciones para perpetuar el
culto del gran Emperador. Los campesinos reunidos
en torno a la caja del buhonero encuentran en
ésta las estampas heroicas y familiares.
Representan a Napoleón en la apoteosis
de Austerlitz y de Jena pero lo hacen bajar
también de su empíreo para ponerlo
en las escenas íntimas del vivaque. El
dios de la victoria se humaniza y fraterniza
con los soldados. Helo aquí buscando
forzar la consigna de un joven militar en calidad
de centinela que le grita « No se
pasa »; aceptando una patata que
le ofrece un granadero: «Sire, es
la más cocida», o pasando
frente a jóvenes reclutas que le gritan:
«¡Sire, podéis contar
con nosotros como con la joven guardia!».
Pellizca la oreja de sus grognards
llamándolos por su nombre: «¡Te
vi en Lodi!». Se sienta campechanamente
bajo su tienda, frente al magro fuego o bebe
de una cantimplora que le tiende un viejo
de la vieja. (4)
¡« ÉL»
SE ESCAPÓ!
En suma, este
conquistador al que nada resiste y que se une
en la leyenda a los gigantes, los seres fabulosos
cuyas hazañas cuentan los cuentistas,
en la noche, frente a la chimenea de las granjas,
no es un hombre orgulloso y los campesinos lo
aprecian más por ello. El cautivo de
Santa Helena está ahí, siempre
presente. Al menos se aguarda, se espera su
regreso. En los campos aislados donde las noticias
rara vez llegaban, la gente simple, iletradas
las más veces, acogían con una
fe inocente la noticia de la evasión
del Emperador que volvía periódicamente
a los campos. Desde noviembre de 1815, en la
región de Fontainebleau, se detuvo a
dos individuos que creaban una gran agitación
anunciando el regreso de Napoleón. El
Procurador real, describiendo con consternación
el mal estado del espíritu público,
atribuía esas falsas nuevas «a
los viajeros que difunden en las tabernas, en
las ciudades, argumentos que, entre más
ridículos son, más son acogidos
por la credulidad, a oficiales extranjeros de
todas naciones que también han recorrido
los campos, más como espías que
como militares. En fin a los bávaros
que pasaron por Fontainebleau y en el distrito
y que bajo pretexto que habían servido
a Bonaparte, volvieron a embriagar a los militares
franceses con todos los humos de la gloria.
Hubo incluso escenas que fueron llevadas hasta
el escándalo».
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Homenaje
solemne rendido a la vejez por el
Emperador de los franceses
Estampa
popular de la época. |
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En el transcurso
de los años siguientes no fue raro ver
aparecer profetas de buena o de mala fe, anunciando
la gran nueva: en octubre de 1815, el cabo-furriel
Saint-Lambert, llegado a Soligny (Orne) en asueto
ilimitado cuenta al adjunto del alcalde que
jugó en el asunto un papel de provocador
«que se esperaba en París al Rey
de Roma, que en los cuatro días que pasó
en París, lo había visto anunciado
en un cartel; que había visto dos militares
cuyos pasaportes estaban firmados por María
Luisa, que el Emperador de Austria se quedaba
en París para la llegada del Rey de Roma
que estaba en Soissons, que había sido
por traición como Soissons había
sido entregado a los rusos; que el general ruso
había querido hacerle gritar a él
y a sus camaradas «¡Viva el
Rey!», que lo habían gritado
añadiendo: «de Roma».
En enero de 1816, en la comuna rural de Riom,
el señor Louison Delage anuncia que Napoleón
por fin ha desembarcado en Francia a la cabeza
de un ejército considerable y que él,
Delage, se compromete a «¡matar
a treinta Realistas, por su parte!» En
la misma fecha, Mathieu Lugagne, de la ciudad
de Lodève, y Barthélemy Mathieu,
perceptor de la comuna de Octon, son detenidos
«por haber esparcido la espantosa
noticia que la cucarda roja era enarbolada desde
Lyon hasta París».
En ese mismo mes de enero de 1816, Jean Marcheix,
cabaretero en Riom, va a la feria de Saint-Gervais.
Ahí, en la plaza pública, rodeado
por unas quince personas, anuncia el regreso
de Napoleón y brinda detalles impresionantes:
¡el Emperador ya se ha apoderado del fuerte
de Gibraltar, acompañado por el Sr. Forget,
ex-subprefecto en Riom, quien ha sido herido
de un lanzazo y acaba de señalarlo a
sus parientes!
Estas noticias
no habían salido todas de la imaginación
de quienes las propagaban. El Prefecto del Jura
acusaba a la «Gazette de Lausanne»
de publicar esas «informaciones absurdas
y alarmantes» que penetraban bastante
fácilmente en Franco-Condado o incriminaba
también a periódicos alemanes
enviados a Francia a particulares. El Prefecto
de Policía recibió la orden de
impedir en lo posible la entrada al reino de
folletos extranjeros.
¿LIBERADO
POR LOS AMERICANOS?
A partir de
enero de 1817, rumores más extraordinarios
aún se extendieron a través los
campos franceses. ¡Esta vez venían
de América! Napoleón se había
escapado de Santa Helena, liberado por una escuadra
estadounidense bajo las órdenes de Lefebvre
Desnouettes. Se hallaba ahora en los Estados
Unidos con una flota armada de invasión
comandada por los oficiales salidos de Francia.
Iba a desembarcar, a restablecer el Imperio.
¡Ya la bandera tricolor flotaba en Inglaterra!
Hasta hubo un testigo
para confirmar ese sensacional evento.
Un cierto Vidal, detenido en Auch, declaró
haber asistido a la batalla. Se encontraba,
dijo, en a bordo de una bricbarca inglesa
perteneciente a una pequeña escuadra
que cruzaba frente a Santa Helena. Repentinamente
estalló un vivo cañoneo
y se entabló un combate terrible.
Vidal describía la invasión
de la isla, la masacre de los ingleses,
la liberación de Napoleón.
En cuanto a él, siempre en su
bricbarca, había navegado rumbo
a Inglaterra de donde había sido
rechazado hacia Gibraltar y retenido
como prisionero. Tras lograr escaparse,
había llegado a Cádiz
y había alcanzado Bayona después
de haber atravesado toda España.
Afirmaba haber dejado las aguas de Santa
Helena en el mes de agosto y mostraba
como prueba de ello su hoja de ruta.
El hombre no era forzosamente un impostor.
Sin duda estaba, él también,
poseído por el gran mito. Pero
las autoridades no tienen el sentido
de lo maravilloso. Hasta desdeñaron
hacer comparecer ante la justicia al
narrador del combate de Santa Helena
«en virtud de los cuentos absurdos
que propaló» (!) No por
ello la liberación de Napoleón
continuaba menos su camino.
En noviembre
1817 la mujer de un conductor de la
diligencia de Rouen a Pont-Audemer entregó,
por error, a una dama de esa ciudad,
una carta muy afirmativa. «El
ruido corre –se decía
en ella–, que el Emperador
se ha escapado de la Isla Santa Helena.
Puedo hacerte una fiel relación.
He visto a una persona digna de confianza
que residía ahí, partió
de ahí el pasado 15 de julio,
cuatro días después de
la evacuación de Su Majestad,
en función de la orden que fue
dada a todos los franceses por el gobierno.»
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| En
esta hermosa litografía,
enmarcada nuevamente en un
típico contexto rural
de principios del Siglo XIX,
el dibujante francés
Charlet volvió
a representar al viejo soldado
- en este caso alsaciano -,
maestro de escuela improvisado:
«Lishto, osh int’rrogo...
call’she… Qu’sho
eshcuche un brofundo zilencio,
hablamosh de la crramática
francesha». El
espíritu de este tipo
de institutores, así
como el de los niños
de estas imágenes,
es el que describe Alfred
de Musset en sus Confesiones
de un hijo del siglo. |
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|
¡«Él»
estaba de vuelta! Es nuevamente lo que anunciaba
un buhonero que recorría la región
de Lons-le-Saunier y penetraba en las casas
para suministrar misteriosamente la relación
del regreso de Napoleón. Afirmaba que
el evento había tenido lugar desde hacía
poco tiempo y que las tropas se dirigían
del lado de Bayona. ¡El hombre añadía
que estaba encargado por el Prefecto, así
como otros cuarenta buhoneros, de dar a conocer
la noticia en el departamento!
El eco del extraño
rumor provenía, decían las autoridades,
de los diarios extranjeros, se propagaba también,
con variantes no menos extraordinarias, en la
Somme y en la Vendea.
Así es como en éste último
departamento, en Mareuil, llegó en marzo
de 1818, un desconocido a caballo que fue a
alojarse en la posada del señor Auvynet.
El jinete parecía tener 27 o 28 años
de edad. Estaba bien puesto, era muy distinguido,
de una fisonomía fina y espiritual. Se
quedó aproximadamente una media hora,
preguntó al hostelero si la región
estaba tranquila, si, durante los Cien Días,
las tropas de Napoleón habían
molestado a la población, si tras el
regreso del rey, los vendeanos los habían
insultado, si se ocupaban de los debates sobre
la ley de reclutamiento, etc. Las respuestas
habiéndole parecido satisfactorias, el
misterioso viajero dio a Auvynet hijo un papel
que dijo provenir de una gaceta estadounidense.
Era nuevamente un relato de la evasión
de Napoleón. El cautivo habría
sido liberado por el emperador de Marruecos
que le daba así testimonio de su agradecimiento
por haberle devuelto a su hija, durante la campaña
de Egipto. La operación había
sido dirigida bajo la protección de tres
fragatas estadounidenses y de múltiples
corvetas que, después de haber capturado
dos bricbarcas inglesas, habían hecho
prometer a sus capitanes hacerlos abordar, lo
cual fue hecho. Los generales Grouchy y Savary
quienes se hallaban a bordo lloraron de gozo
en cuanto estuvieron en presencia de Napoleón.
El texto refería entonces las palabras
del Emperador a sus dos oficiales: «Sé
que el cielo os ha enviado; pero aquel que me
ha protegido en los más grandes peligros
o combates nunca me ha abandonado. Europa verá
en mí un nuevo Marius siete veces conocido
por sus valientes hazañas.»
Luego, desenvainando su espada: «Que
el sol brille sobre Francia, esa nación
que no ha cesado en mi corazón de conservar
la más grande estima.» Al
llegar a Filadelfia, Napoleón hizo la
proclama siguiente: «Pueblo estadounidense,
valiente y generoso, no puedo más que
estar agradecido, puesto que habéis atravesado
los mares para lograr mi liberación;
si el gobierno quiere contar mis intenciones,
dentro de poco Gran Bretaña tendrá
cuentas que rendir a los príncipes y
a las naciones que no cesa de querer dominar.»
El general Humbert y el conde Deslons, después
de haber tomado las órdenes de Napoleón,
transmitidas por sus generales, navegaron con
rumbo a la corte de Austria a fin de anunciarle
esta importante noticia y exhortarla a renunciar
a la infame coalición. Están encargados
de hacer entrega a manera de presente de una
joya evaluada en un millón y medio.
El mismo día en que esta noticia era
anunciada en Mareuil, entre el medio día
y la una, un viajero se detuvo donde la Viuda
Ribot, posadera, en la ruta de Bourbon-Vendea,
hacia las cuatro y media. Preguntó si,
en ese cantón, no había Bonapartistas
y le presentó una proclama de Napoleón
diciéndole que reaparecería en
Francia. El escrito era el mismo que el precedente.
Antes de la llegada del viajero a Mareuil, los
mismos ruidos habían sido esparcidos
en Nantes y en Burdeos. Se contaba también
que el rey José se hallaba en Francia,
que acababa de recorrer el departamento de la
Vendea, escoltado por la gendarmería
que lo había acompañado de Bressuire
a La Châtaigneraie.
Las tres personas arrestadas en fueron absueltas;
el tribunal de Fontenay estimó en efecto
que el escrito del que se trataba «era
demasiado absurdo para haber podido propagar
la alarma y despertar el espíritu de
partido».
No por ello
persistió menos el regreso del Emperador,
todavía en 1819, en la región
lyonesa donde la policía buscó,
sin éxito por lo demás, a un antiguo
militar quien, en un cabaret de Villefranche,
anunció, él también, la
liberación de Napoleón. Incluso
propuso a un empleado del telégrafo enrolarse
a su servicio, añadiendo «que ya
eran quince cientos y que esta vez estaban bien
seguros de no fallar su golpe y hacerse amos
de Lyon».
LAS FALSAS
PROCLAMAS
En ciertas regiones
de Francia, no se limitaban a anunciar la llegada
del Emperador. Falsas proclamas eran distribuidas
bajo mano y producían siempre un gran
efecto. Quien leía esos escritos, traídos
por una vía secreta, creía participar
a un misterio sagrado. Creía oír
la palabra del dios invisible que le dictaba
sus acciones y le vertía esperanza. Esos
textos estaban con frecuencia groseramente redactados
pero impresionaban la imaginación de
la gente simple. Así es como en 1816,
el cantón de Espalion fue muy conmovido
al leer una proclama en la que Napoleón
se decaía generalísimo de los
ejércitos otomanos y anunciaba su regreso
a Francia a la cabeza de una armada de 150 000
hombres, ¡Franceses y marroquíes!
Otros boletines
propagados clandestinamente en el Gard se esforzaban
en serenar la opinión acerca de las intenciones
del Emperador:
«Tenéis
razón de llamarme vuestro padre;
no vivo más que por el honor y
la dicha de Francia. Mi regreso disipa
todas vuestras inquietudes, garantiza
la conservación de todas las propiedades;
la igualdad entre todas las clases y los
derechos de los que gozáis desde
hace veinticinco años y por los
cuales habéis todos suspirado,
forman el día de hoy una parte
de vuestra existencia. En todas las circunstancias
en que pueda encontrarme, me acordaré
siempre con gran interés de todo
lo que he visto al atravesar vuestro país.»
|
Firmado:
Napoleón. |
Para
el Emperador, el gran Mariscal hasiendo
(sic) las funciones de mayor-general de
la Grande Armada. |
Firmado:
Bertrand. |
El
departamento de las Deux-Sèvres
fue gratificado con una proclama grandilocuente,
redactada, «en el cuartel general
de Valparaíso». «Napoleón,
generalísimo de los ejércitos
federados de la América»,
prometía a Francia vengarla «de
todas las desdichas que el gobierno inglés
le ha suscitado, desde hace muchos siglos,
para enriquecerse con sus despojos.»
«Franceses, declaraba,
os corresponde no frustrar mis esperanzas:
devolved a mi hijo el trono que le pertenece
y que una familia degenerada llama en
vano su herencia. Acordaos que los Borbones
os han sido traídos de vuelta por
el Extranjero, que os cuestan más
de cuatro millares, la pérdida
de la tercera parte de vuestras provincias,
de vuestros arsenales y de vuestra marina,
que os han ofendido durante más
de dos años y no olvidéis
que os deshonran diariamente al reprocharos
la muerte del último de vuestros
reyes que ellos mismos condujeron al cadalso.
Franceses, ¡América os debe
la libertad! A ella corresponde saldar
su deuda ofreciéndoos una alianza
ofensiva y defensiva para vengar vuestra
injuria y asociaros a un comercio de gloria
y de interés.» |
 |
| Napoleón
tocando a los apestados.
Imagen de Epinal |
|
|
En otra proclama,
Napoleón, intitulado «generalísimo
de los ejércitos federales de la América
meridional», se dirigía «al
pueblo del Nuevo Mundo » y juraba
hacer respetar su independencia. « Bravos
americanos, decía el manifiesto, tenemos
madera y hierro; si se quiere la guerra, la
haremos porque el buen derecho es nuestro. Malhaya
a quienes no querrán vivir en paz con
los vencedores de los ingleses y de los españoles:
Ya nuestras flotas cubren los mares; somos amos
del Perú y de Chile; marchamos hacia
Brasil mientras los ejércitos de los
Estados Unidos atacan a México y a Canadá
después de haber sometido las Floridas.»
En el mes de
agosto de 1819 otra proclama decomisada en la
región lyonesa: esta vez Napoleón
portaba los títulos de «Emperador
de los franceses, rey de Italia, Presidente
de la gran Dieta de África y de América,
general en jefe de Oriente, gran almirante de
Asia, de África y de América».
Era un boletín de victoria felicitando
a los estadounidenses por haber aniquilado la
flota inglesa y asegurando a los franceses que
iban a recobrar su libertad.
Las autoridades
afectaban desdeñar estos llamados fantasiosos,
al tanto que reconocían que eran de una
naturaleza «a despertar en el pueblo
temores adormecidos o a hacer nacer esperanzas
criminales». En verdad, la leyenda
estaba tan enraizada en el corazón de
las provincias que podía permitirse todo:
hasta hacer aparecer falsos Napoleones.
UN NAPOLEÓN
BIEN PARTICULAR
En el
mes de junio de 1817 un tal Charney
comenzó a circular en el departamento
de la Mayenne anunciando el regreso
de Napoleón. El hombre era un
simple estafador, pero esta declaración
y sobre todo las que siguieron, lograron,
dicen las relaciones oficiales, «a
abusar de la credulidad de muchas personas
y a fomentar la agitación que
se dejó sentir en el departamento
durante el mes de julio pasado».
El 9 de julio se fue a hospedarse a
Saint-Paul, donde el señor Faguet
que tenía una posada. Se hizo
inscribir en su registro bajo el nombre
de Pommier de Nantua, pero confió
misteriosamente al hostelero que no
era otro que Napoleón I. Faguet
no dudó un solo instante. Dio
a Charney su más bella recámara
y le hizo llevar su merienda.
El
pseudo-Emperador se cenaba confortablemente
cuando el mesonero apareció,
precediendo a Métrillot, el campanero,
ferviente bonapartista, y le hizo la
señal de que avanzara:
- Venid, mi buen viejo, deseabais
ver al Emperador, y bien, lo veis frente
a vuestros ojos.
El
campanero cayó de rodillas ante
Charney, quien lo levantó noblemente
diciéndole que era un hombre
y nada más que otro. En eso Faguet
se llevó al admirador conmovido
y desfalleciente diciéndole con
un aire bien satisfecho: «¡Y
bien, lo habéis visto esta vez!»
El posadero, cada vez más convencido
de que hospedaba al Emperador, lo llevó
el día siguiente cerca de Saint-Paul.
Se dirigieron a la posada donde Charney
se hizo pasar nuevamente por Napoleón,
anunciando que sus armadas volverían
pronto a Francia. Mientras hablaba,
tenía la precaución de
dejar percibir un listón rojo
que llevaba al pecho bajo su camisa.
Lo que le importaba a los campesinos
no era tanto la gran política
sino las cosechas. Se quejaron ante
el pretendido Napoleón del alto
precio del grano. «No es mi
culpa, respondió, he
enviado todo lo que era preciso para
alimentar a Francia durante el año.
El aumento de los precios se debe a
los transportes, pero las cosas irán
mejor enseguida.» En eso,
Charney anunció que se iba por
el rumbo de Carrouges a alcanzar a sus
postas. Agregó que Napoleón
II iba a subir al trono y que él
sería su teniente general. Alguien
pidió ver su corona. Charney
respondió que los sacramentos
se oponían a ello y con eso dejó
ahí plantados a los curiosos.
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De
vez en cuando, Napoleón
recorría
la capital, no desdeñando
detenerse aquí
y allá para
charlar con los
parisinos. Un día,
fue interpelado
por una vendedora
de legumbres que
le dijo que hiciera
cesar la guerra.
« Cada
quien su oficio,
le respondió
el Emperador;
vended vuestras
legumbres, madre,
y dejadme a mí
hacer política.
» |
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El 20 del mismo
mes, se presentó donde Pierre Valencot,
cultivador en Rancé, y fue acogido y
«tratado como un rey».
Durante su estancia, Charney abrevaba a su crédula
hospedera con relatos abracadabrantes. Según
él, el emperador de Marruecos, el rey
de Persia y el emperador de los turcos debían
próximamente llegar con sus tropas, para
ponerlo en el trono. Esos importantes personajes,
afirmaba gravemente, visitarían las chozas
donde él se había quedado, se
prosternarían ante los lechos donde había
pernoctado. Los cuartos habitados por él
serían decorados e iluminados. ¡Charney
no dejaba de anunciar que la buena gente que
había tenido la dicha de alojarle recibirían
fuertes recompensas! Asombró una noche
a la mujer Valencot mostrándole una estrella
fugaz y declarando que ese astro era el suyo,
que no lo dejaba nunca y venía a colocarse
sobre su cabeza.
Después de haberse repantigado a costas
de sus anfitriones por muchos días, Charney
retomó el camino no sin haberse hecho
entregar una suma de doscientos francos y amplias
provisiones alimenticias.
El 31, se hallaba en Bourg donde compró
un sombrerito de tres cuernos con trencilla
de plata y flor de lis, tras lo cual se topó
con un joven tambor de la 2ª legión
del Loira y lo invitó a cenar. El falso
Napoleón, hay que decirlo, era un discípulo
de Coridón (5).
Recurriendo a su prestigio imperial, sobornó
al ingenuo militar atónito, festejó
con él y lo dejó el día
siguiente después de haberle obsequiado
un pantalón de «nanquineto»
(6) y un chaleco azul.
Charney tomó enseguida el vehículo
público de Bourg a Macon y se valió
nuevamente de los mismos discursos napoleónicos.
Aclamado por los viajeros, les regaló
a todos refrescos e hizo distribuir dinero a
los pobres que se encontraba en el camino. Pero
el dinero de la mujer Valencot comenzaba a agotarse.
Charney se escondió un cierto tiempo
en un arrabal de Saint Macon. Fue ahí
donde un cierto Berthelon, estafado por él,
reconoció y denunció al falso
Napoleón, que fue llevado a prisión.
DIVINIZADO
COMO CÉSAR AUGUSTO
 |
| El
bravo granadero tiende su cantimplora
al Emperador: « Después
de vos, Sire », le dice.
Luego, una súbita inquietud
le abruma: « ¡Cómo
se le va a subir! ». Estampa
popular. |
|
Una
vez muerto el Emperador, el pueblo se
negó a creerlo. El genio visionario
de Balzac mostró en «El
médico rural» (7),
la pasión napoleónica
que animaba a la legión de soldados
campesinos. En 1829, Gondrin, único
sobreviviente de los pontoneros de la
Berezina, de regreso a su tierra natal,
sin una medalla, sin una pensión,
cree que el cautivo de Santa Helena
sigue vivo aún. Goguelat, el
cartero, otro antiguo grognard, cuenta
durante la velada, en una granja, a
los campesinos atentos, la epopeya imperial
y les dice: «Ah, pues sí,
muerto, se ve bien que no le conocen».
Mientras
que el recuerdo de Napoleón revive
en la imaginación de los escritores,
de los artistas, de los poetas, los
relatos orales corren en los menores
caseríos a los que han vuelto
los combatientes de las grandes guerras.
«Hay, dice Edgard Quinet,
una historia inasequible que no
está escrita en ninguna parte,
que se renueva y se transforma en la
boca de cada narrador. Los campesinos,
no sólo en Francia sino en el
mundo entero, ven en él a un
mago, un genio, un dios. Lo reverencian
al igual que un santo, le profesan un
culto».
|
 |
| Altar
en China dedicado al Emperador
Napoleón. Dibujo popular. |
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|
Una litografía
de 1833 representa a un viejo soldado convertido
en labrador que dice a un abate, mostrándole
el retrato del Emperador: «mirad, veis,
Señor Cura, para mí, helo ahí,
el Padre Eterno.». El mismo nombre del
ídolo basta para conjurar la mala suerte.
A Henri Heine, un pobre tullido le pide caridad
«en nombre de Napoleón».
En tiempos de la epidemia de cólera,
los bonapartistas, cuenta nuevamente Henri Heine,
le aconsejaban para curarse mirar la columna
Vendôme. Dayot, el autor de «Napoleón
contado por la imagen», viajaba en 1886
por Extremadura. Al entrar a la cabaña
de un leñador, vio, colgado en el muro,
junto a un retrato de Raspail, un grabado inglés
que reproducía de manera bastante imperfecta
a Bonaparte. Preguntó quién era
el personaje representado. «Napoleón»,
respondieron el leñador y su mujer, con
una voz trémula, alzando el dedo hacia
el cielo. «Esta palabra fue dicha con
una entonación en la que había
a la vez admiración, odio y terror.»
En Boloña, un
pescador percibe el 30 de julio de 1830
la bandera tricolor que flota en el
muelle. «Bien sabía,
exclama, que no estaba muerto.»
Allende, en los otros puntos de la tierra,
el culto Napoleónico no deja
de crecer. Su retrato decora la casa
de los campesinos húngaros; está
esparcido en Asia; Léon Gozlan,
al visitar la Patagonia en 1829, cuenta
que un cacique que poseía un
mal retrato del Emperador le dirigió
estas palabras memorables: «Permite
que te bese ya que has visto a ese semidiós.»
«Él volverá»,
decía el campesino de la Restauración.
«Él volverá»,
repetía el campesino de 1848.
¡Había vuelto! El hijo
del Emperador había muerto en
Viena, pero el sobrino, Luis Napoleón
Bonaparte, resucitaba de lo lindo el
recuerdo el recuerdo del águila
y movilizaba la leyenda en su provecho.
Su candidatura a la presidencia de la
República dio lugar a una propaganda
desenfrenada. Se divulga a profusión
imágenes que representan al príncipe
ora solo, ora con el tío que
lo designa a Francia como su heredero.
Se prende al guardapolvo rural medallas
a su efigie y sobre las cuales el campesino
lanza una mirada murmurando: «¡Si
él estuviera aquí!»
En Santa Helena, aseguran
los Bonapartistas, el Emperador lamentaba
amargamente no haber podido realizar
el sueño de Enrique IV: el guiso
de gallina cada domingo, un pequeño
desahogo, la prosperidad, la tranquilidad
para todos. Será al sobrino a
quien corresponderá proseguir
esta obra. Es digno de ella. ¿No
profesaba, desde muy niño, una
verdadera adoración por su tío?
Se cuenta que el día siguiente
de Waterloo, cuando Napoleón
fue a la Malmaison a decirle adiós
a la reina Hortensia, hubo que arrancar
a Luis de los brazos del Emperador.
¡Se aseguraba, que gritaba, al
llorar, que quería ir a tirar
el cañón como el rey de
Roma!
|
 |
| «
Mirad; ¿veis, Señor
Cura? Para mí, ay s’tá…
l’Padre Eterno »
(Litografía de Bellangé,
1833). |
|
|
La sombra de
Napoleón apoyaba, a cambio, la candidatura
del sobrino. Felicitaba a la nación de
haberlo elegido representante del pueblo y la
estimulaba a llevarlo a la presidencia. «Ningún
hombre vale, aseguraba un folleto de un
tiraje de 40,000 ejemplares por un tal Besuchet,
antiguo oficial del Imperio, el sobrino
del Emperador, el nieto de la buena Josefina,
el escritor que tanto se ha ocupado del pueblo...
El Emperador, su tío, quiso la felicidad
de Francia por medio de la gloria; él
querrá la gloria de Francia por medio
de la felicidad.»
Luis Napoleón Bonaparte se presentaba
en efecto como el restaurador de la paz, del
orden y de la prosperidad. Prometía el
bienestar, la disminución de los impuestos,
el libre comercio. Gracias a él, la idea
napoleónica se hacía social, industrial,
agrícola, humanitaria. Napoleón,
era la abolición de la miseria.
¡NAPOLEÓN
HA MUERTO, VIVA NAPOLEÓN!
Alocados por
la propaganda de los conservadores que les predecían
que los « rojos », los «compartientes»
(8) iban a invadir los
campos y a apoderarse de sus tierras, exasperados
por la contribución extraordinaria de
los 45 céntimos, decretada por el gobierno
provisorio, los campesinos se lanzan con tanto
más apresuramiento a los brazos del salvador.
La crisis económica, el antagonismo de
los partidos acabaron de separar al mundo rural
de la República de 1848 que no les aportaba
satisfacción inmediata. Sentían
una necesidad de unidad en el poder y de fuerza
en la autoridad que se formulaban en un nombre:
Luis Napoleón Bonaparte. Cavaignac, Ledru-Rollin
les parecían demasiado infeudados a la
lucha política. Luis Napoleón
se elevaría por arriba de los partidos.
Él
protegería al campesino: su nombre
deslumbraba a toda una parte de la población
que veía en él al continuador
de un tiempo de prosperidad y de gloria.
En su simplicidad, muchos campesinos
dudaban todavía que el gran Napoleón
hubiera muerto. Se preparaban a votar
por su sobrino porque era un Bonaparte.
Los postillones que se cruzaban en los
caminos se preguntaban: «¿Napoleón,
no es cierto?». Los aplausos que
saludaban un discurso de Emile Ollivier,
de gira en el Aube, eran interrumpidos
por un grito vigoroso: «¡Viva
Napoleón!».
El mismo grito repercutido por todos
los periódicos del « Partido
del Orden » retumbaba en todas
las comunas. Se lo repetía de
pueblo en pueblo, de granja en granja,
de choza en choza. Es al grito de «¡Viva
el Emperador!» que la población
rural, en múltiples regiones,
se negaba a pagar el impuesto. Su regreso
era predicho por los sonámbulos
y los organistas quienes cantaban:
Napoleón,
vuelve a tu patria,
Napoleón, sé buen republicano...
Ya se
le veía; ¡ahí estaba!
En las ferias, en los mercados, circularon
de nuevo ruidos extraordinarios. En
Lisieux, en Chartres, en Santas, voceadores
de diarios anunciaron que Napoleón
marchaba sobre París a la cabeza
de un ejército de cuarenta mil
hombres. Se distribuyó en las
Ardenas proclamas y llamados a las armas.
En el Finisterre, se divulgó
la noticia de que Cavaignac había
muerto y que Napoleón era presidente
de la República.
El hombre
de Austerlitz había salvado a
Francia de la anarquía durante
la primera revolución. El sobrino
del gran hombre daría, con su
nombre mágico, con su fortuna
personal, la seguridad al pueblo de
que lo preservaría de la miseria.
Emisarios
recorrían los campos, entraban
a las granjas y las posadas y hacían
magníficas. El príncipe
reembolsaría los 45 céntimos
de sus fondos personales y, de ser necesario,
haría a los ingleses pagarlos.
Iría incluso hasta suprimir los
impuestos durante muchos años
y los viejos soldados gozarían,
gracias a él, de rentas vitalicias.
Silenciosamente, con empecinamiento,
el pueblo de los campos se agrupaba
alrededor de Luis Napoleón, «candidato
de los campesinos»... «Un
sólo nombre, escribía
Luis Blanc, habla a su recuerdo,
un solo nombre abra a su pensamiento
horizontes lejanos y tiene poder sobre
su alma... Un feo grabado suspendido
en los muros de su choza es para ellos
toda la política, toda la poesía,
toda la historia...»
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En esta fotografía
que data de 1982 vemos, detrás
de una ventana opacada por
la escarcha y marcada con
la inscripción N,
a una campesina de la antigua
Checoslovaquia, mostrando
la foto de su difunto esposo.
Un ancestro de éste
último combatió
junto a Napoleón en
el cercano poblado de Austerlitz,
en 1805, tras lo cual se instaló
en la región con su
novia francesa e inició
una humilde dinastía
de granjeros y herreros. Como
en el caso de aquel agricultor,
el recuerdo del Emperador
es fielmente perpetuado por
esta viuda, y subsiste en
aquellas tierras lejanas a
través de los siglos
gracias al amor de los leales
campesinos locales. |
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El manifiesto
lanzado por Luis Napoleón la víspera
de las elecciones acarreó a los últimos
vacilantes. El príncipe se convertía
en un mito. Después de tantos días
de miseria, aparecía como el salvador.
El escrutinio tuvo lugar los días 10
y 11 de diciembre. Las rutas de Francia eran
surcadas por guardapolvos que, en columnas estrechas
dirigidas por el alcalde y el cura, precedidas
de banderas y tambores, se encaminaban hacia
la cabeza de distrito del cantón. «La
furia francesa, -declaraba el «Journal
des Débats» del 23 de diciembre-,
parecía haberse transportado de los campos
de batalla a las salas de elección. »
La gente campesina, al llevar a Luis Napoleón
a la Presidencia de la República respondía
al voto de Persigny quien escribía en
L’Occident français: «El
tiempo ha llegado de anunciar en toda la tierra
ese evangelio imperial que no tuvo apostolado.»
Pierre Labracherie.
NOTAS:
1) Grognards,
es decir, algo así como « gruñentes
» (que se la pasan rezongando); así
se les llamaba a los veteranos de la Grande
Armada.
2) Revenants, en el texto original.
Expresión especial que tiene a la vez
el doble significado « que vuelven »
y « los resucitados ».
3) L’Histoire de l’Empereur
racontée dans une grange.
4) Un veterano de la Vieja Guardia.
5) Personaje de la 2ª Égloga de
Virgilio, Coridón era un pastor que,
para lograr seducir a un joven esclavo, se presenta
de la manera más favorable posible haciendo
para ello gala de sus dotes líricas,
escasos y rurales bienes, así como e
su aspecto físico agraciado.
6) El impostor Charney se equivoca queriendo
emplear un término específico;
nanquín sería el término
correcto.
7) Le médecin de campagne, novela de
Honorato de Balzac, 1833.
8) Les partageux era un término
despectivo para evocar a los intelectuales socialistas
de la época. Esos ideólogos,
según una expresión anterior del
mismo Napoleón, generalmente beneficiarios
de múltiples bienes y cuantiosas rentas,
predicaban sin embargo desde los sillones de
terciopelo, mármoles y telas finas de
sus confortables salones burgueses, la supresión
de las clases sociales y la total repartición
de los bienes. Como vemos, esta es una tradición
que se ha conservado hasta nuestros días.
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