
LA MÚSICA DURANTE
EL IMPERIO
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| El
triunfo de Trajano, música
de Lesueur, fue representado por primera vez el
23 de octubre de 1807. Los decorados se inspiraban
en los monumentos principales de Roma; los cuatro
caballos que arrastran el carro del emperador
fueron uno de los elementos de la escenografía
que más contribuyeron al impacto visual
y al éxito de la pieza. |
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Por
JEAN MISTLER
De la Academia Francesa
En
lo que concierne a la música, más aún
que en lo relativo a la literatura, la época napoleónica
aparece como una transición. Hemos señalado
la persistencia, a comienzos del siglo XIX, de las formas
poéticas y dramáticas del XVIII. Este rasgo
es aún más perceptible en las formas musicales,
que no están sometidas a la evolución de la
lengua ni a la de las ideas políticas; además,
la gran lentitud con que se renueva el repertorio opone un
poderoso freno a toda rápida evolución. El programa
de la Ópera, hacia 1809, contaba muchas obras que datan
del período de Luis XIV, e incluso anteriores, cual
Le Devin de Village, estrenada en 1752. De otro lado,
las óperas clásicas de Salieri o de Sacchini
no son sino imitaciones de Gluck, menos el genio. En cuanto
a la Ópera Cómica, casi todos los autores aplaudidos
allí durante el Imperio habían comenzado unos
veinte o treinta años antes: Nina ou la folle par
amour de Dalayrac (con su romanza: Quand le Bien-Aimé
reviendra) data de 1786, y Lucile de Grétry (Où
peut-on être mieux qu'au sein de sa famille?) es
de 1769. En cambio, la carrera de algunos compositores famosos
durante el Imperio continuó después de Waterloo:
La Dame Blanche de Boieldieu triunfó durante
la Restauración; Gossec no murió hasta 1829,
casi centenario; y Cherubini vivió todavía lo
bastante como para no poder entender a Berlioz.
EL TEATRO
LÍRICO
A la música lírica
- ópera, ópera cómica francesa y ópera
italiana (más buffa que seria) - la sociedad
del Imperio dio la mayor importancia. Más importancia
incluso que la sociedad del antiguo régimen; en efecto,
la música religiosa había sufrido un eclipse
casi total por la supresión de cultos durante la Revolución,
y las grandes mansiones donde se hacía música
de cámara estaban ferradas en su mayor parte. La nueva
sociedad que se había formado, compuesta en su mayor
parte de funcionarios y provincianos, se encontraba a gusto
en el teatro. Pero mientras que el Teatro Francés era
frecuentado, y Stendhal, para poder ir a platea, tenía
que enviar a su criado a que hiciera cola tres o cuatro horas
antes, la Ópera habría estado casi vacía
de no ser por las entradas de favor. Un informe de la policía
de 1802, citado por Lanzac de Laborie, indica que en una velada,
de 150 butacas junto a la orquesta, sólo 20 habían
sido adquiridas pagando, y que, en las butacas laterales,
que contenían 200 personas al menos, no había
nadie que hubiese pagado la entrada.
Cuando el Imperio había
en París tres teatros líricos: la Ópera,
la Ópera Cómica y el Teatro Italiano.
La Ópera (Academia
Imperial de Música) estaba instalada, desde 1794, en
la calle de la Loi, en el emplazamiento de la actual plaza
de Louvois. Estuvo ahí hasta su demolición en
1820, después del asesinato del duque de Berry. Edificado
rápidamente y con el menor coste posible por Louis,
el arquitecto del admirable teatro de Burdeos, ese edificio
con 2000 plazas fue considerado siempre como provisional.
La administración de la Ópera experimentó
muchos cambios; y, muy frecuentemente, la insubordinación
del personal y los caprichos de las estrellas indispusieron
a Napoleón, que gruñó en 1807: «
Si esto no termina, les mandaré un buen militar que
los hará marchar a toque de tambor ». En efecto,
el Emperador, aunque poco dotado para la música, daba
gran importancia a la ópera, e iba con bastante frecuencia
a ella. Un detalle lo demuestra. En los Bulletins de la
Grande Armée compara la reina de Prusia a Armida,
y, más tarde, la emperatriz de Austria a Medea. Son
recuerdos del final de las dos obras líricas de Gluck
y Cherubini, que a la sazón estaban en el repertorio.
Las representaciones, tres
o cuatro por semana, comenzaban a las seis, y luego a las
siete de la tarde, para terminar cuando se podía: las
grandes escenografías, la complicación de la
maquinaria exigían interminables entreactos. Ciertos
cuadros causaban sensación: se habló mucho tiempo
de los cuatro caballos blancos que arrastraban el carro del
Emperador en El triunfo de Trajano (1807), y Stendhal
admiraba un bello amanecer en Borgoña, y comparaba
su blanca luz a la decoración del alba en Les Bardes
de Lesueur: « La imitación en la Ópera
es perfecta ».
Las
representaciones apenas valían más que
aquellas de las que J.-J. Rousseau se burlaba medio
siglo antes. Sobre todo el canto era mediocre. He aquí
cómo Fétis, en su Biographie universelle
des Musiciens, mina irreemplazable de documentos,
caracteriza a Láinez, que durante cuarenta años
mantuvo con el mismo éxito su puesto de primer
tenor: « Una voz chillona y temblorosa, carencia
de toda educación musical... sonidos guturales
o nasales mezclados a gritos ». Le reconoce un
único mérito: su neta articulación
y su vigorosa acción dramática. Louis
Nourrit, que sucedió a Láinez y había
sido formado por el admirable cantante de salón
que fue Garat, tenía las cualidades y defectos
contrarios: bello timbre, arte refinado del canto, pero
muy poca presencia en escena. El primer bajo era Henri
Dérivis, cuyos inicios, a los veintitrés
años, causaron sensación en 1803, en el
papel de Zarastro, en La flauta mágica transformada
y «arreglada» en Mystères d'Isis.
Dérivis, « sumo sacerdote nato »,
se decía, triunfó especialmente en La
Vestale de Spontini y sólo fue destronado
cuando la «gran ópera» sustituyó
a la tragedia lírica con Guillermo Tell
y Roberto el diablo. La primera cantante era
la Branchu, inolvidable Dido, también discípula
de Garat. Al frente de la orquesta se hallaba desde
1776 el viejo Jean-Baptiste Rey, fiel heredero de la
gran tradición de Gluck. Cuando murió,
a los setenta y seis años, el director de canto,
Persuis, le sucedió y el carácter difícil
de los cantantes le hizo lamentar a Rey, con frecuencia,
no tratar aún con los instrumentistas. |
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| Ossian
ou les bardes: Cartel del estreno
de Ossian, música de Lesueur, el
10 de julio de 1804. |
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El repertorio de la Ópera
debía enriquecerse cada año, en principio, con
ocho nuevas obras líricas o ballets. Un jurado, formado
por tres compositores, tres escritores y tres artistas de
teatro juzgaba en primer lugar los libretos y seguidamente
las partituras. El Emperador, inc1uso en campaña, se
hacía tener al corriente de las deliberaciones de ese
comité y más de una vez modificó sus
decisiones. La mayoría de las novedades representadas
en la calle de la Loi, durante el reinado de Napoleón
- mucho menos numerosas de lo que se previera en el reglamento
- apenas dejaron un nombre. Los dos éxitos mayores
de la época los lograron Lesueur y Spontini.
Lesueur, que debía
ser maestro de Berlioz, y que escribió más prosa
que música, puede ser considerado como el introductor
del romanticismo en la Ópera con Ossian ou les
Bardes (1804). Ya hemos visto la gran fama que logró
la falacia literaria del escocés Macpherson; la obra
de Lesueur se benefició de ello, por la bien conocida
ley según la cual, en el teatro lírico, los
éxitos importantes, a la larga, son debidos a las partituras,
pero los de público se deben a los libretos. Ningún
ser viviente en la actualidad ha tenido, según creemos,
ocasión de oír una sola página, de Les
Bardes, pero la partitura es de curiosa lectura: Lesueur,
versado en la música religiosa antigua (había
sido maestro de capilla en Nuestra Señora), intentó
hacer revivir en sus coros los modos medievales, pues, en
1809, llegó a pretender, en su Mort d'Adam,
haber encontrado «el carácter de la música
de los patriarcas». Su orquestación, en la medida
que puede juzgarse por la lectura, ofrece efectos nuevos y
un color pintoresco que a veces anuncia a Mendelssohn.
La Vestale de Spontini,
en 1807, obtuvo un éxito comparable; pero más
duradero, ya que se mantuvo en el repertorio hasta 1860 en
Alemania y se puede oír, de vez en cuando, en Italia.
Esta obra, de escritura muy clásica y que con frecuencia
ha sido comparada a las tragedias de Gluck, no posee ni la
fuerza interna ni el acento dramático de éstas.
La Vestale fijó por bastante tiempo las estructuras
externas de la ópera, con sus coros, su marcha triunfal,
su oración de la heroína, su ballet del acto
tercero y sus espectaculares finales como obligado corolario
de la representación.
La Ópera daba
también conciertos de variado programa, y oratorios.
Por esto, La Creación, de Haydn, figuraba
en el cartel, el 24 de diciembre de 1800, el día
en que la bomba de la calle Saint-Nicaise por poco
pudo dar fin del Primer Cónsul.
Los ballets atraían
a la Ópera, como en la actualidad, a un público
más sensible a las acrobacias que a la música.
En 1803, en la Dansomanie de Méhul,
se vio por vez primera en escena bailar el vals llamado
a la sazón la Walse. Así como
la generación siguiente debía presenciar
el triunfo de las bailarinas, cuando Napoleón,
tres bailarines se repartían los favores del
público: Vestris, Duport y Gardel. La dinastía
de los Vestris comprende el abuelo, el padre y el
hijo.
Una velada comparecieron los tres juntos en escena;
pero ni el primero ni el tercero lograron la reputación
del segundo. Igual que los cantantes «bordaban»,
es decir, introducían ornamentos y vocalizaciones
hasta en los aires más nobles de Gluck, así
los bailarines agregaban piruetas a cada uno de sus
pasos. Naturalmente, cada uno tenía sus partidarios
y las discordias eran las más de las veces
muy enconadas y violentas.
La Ópera Cómica
era una especie de cooperativa en la que se reunieron
en 1801 los artistas de los teatros Favart y Feydeau.
Trabajaban en la sala de la calle Feydeau; estrellas
de la compañía eran el tenor Elleviou,
el barítono Martiny la Dugazon, entre las mujeres.
Ésta, como Martin, dejó su nombre a
su empleo, en Francia. El género de la ópera
cómica, obra lírica alegre con escenas
habladas, como el vodevil con canciones del que nació,
gustaba más que la ópera al público
y el .propio Emperador tarareaba a veces las cancioncillas
de moda. Grétry, Dalayrac, Monsigny, Boieldieu,
Berton, Nicolo-Isouard son los principales representantes
del género; pero la única verdadera
obra maestra que vio nacer Feydeau no se titula ópera
cómica por su mezcla de recitado y canciones;
es un oratorio mejor que una ópera, ya que
no integraba el amor ni las voces femeninas. Nos referimos
al admirable Joseph de Méhul (1807),
que la Ópera Cómica daba aún
antes de 1914 y que contiene voces dignas de Alcestes
y coros comparables a los de La flauta mágica.
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| Dérivis,
bajo de la ópera, en el papel de Zeto (Les
Amazones). |
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| Elleviou,
tenor de la ópera cómica, en el papel
de Richard (Le Roi et le Fermier). |
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La
historia del Teatro Italiano en París no es más
que una serie de quiebras y mudanzas. Si Napoleón
entendía el italiano, no sucedía igual
con el público francés, al que el elevado
precio de las entradas (doble que las de la Ópera)
habría bastado para hacerle desistir. La Montansier,
célebre desde hacía cerca de medio siglo,
primeramente como actriz, luego como mujer de negocios,
tuvo la idea, probablemente estimulada por el primer
cónsul, de hacer regresar a París a los
bufones italianos que se repatriaron cuando la Revolución.
Alquiló la pequeña sala de conciertos
de la calle Victoire, que se llamaba a la sazón
Salle Olympique, y la stagione fue abierta,
en la primavera de 1801, con El matrimonio secreto
de Cimarrosa, en la que Teresa Strinasacchi cantaba
el papel de Carolina. El público acogió
mal la obra, y, en 1802, la Montansier trasladó
su compañía y decorados a la sala Favart,
que estaba libre. Este nuevo local no resultó
más favorable a la empresa, que dio fin a su
actividad en 1804. Picard, director del Teatro Louvois,
dio hospitalidad a los italianos dos veces por semana.
Sobre todo ponían en escena la Ópera buffa
y raramente la seria; pero, al margen del Matrimonio
secreto y de L'Imprésario embarrassé,
las únicas piezas que se mantuvieron más
de una temporada fueron, al parecer, Les Cantatrices
paysannes, Le Philosophe de Campagne,
y, sobre todo, el encantador Barbero de Sevilla
de Paisiello, al que, por desgracia, echó del
repertorio el debido a Rossini.
En 1807, Berton tomó
la dirección de la empresa y montó, en
1809, Las bodas de Fígaro de Mozart,
que París sólo conocía a través
de un arreglo aproximado dado en la Ópera. En
1810, Spontini, y luego Paër, le sucedieron y los
Italianos se instalaron en el Odéon, reconstruido
tras el incendio de 1807; pero la explotación
financiera siempre fue muy precaria y sólo en
1814, en la primera Restauración, fue cuando
el Teatro Italiano, gracias a los prodigiosos éxitos
de la cantante Angelica Catalani, a la vez prima donna
y directora, conoció un éxito más
estable. |
Los Italianos tenían,
con todo, sus fieles, y Stendhal, en 1804, fue diez veces
a ver El matrimonio secreto, que le gustaba tanto
como aborrecía El califa de Bagdad. En 1811
no era menos asiduo a las representaciones de Ópera
buffa del Odéon; verdad es que estaba enamorado
de Angelina Bereytter, que cantaba los papeles secundarios
de soprano y ganaba 3000 francos anuales (los primeros papeles
se pagaban a la sazón de 10 000 a 16 000 francos).
SINFONÍA Y MÚSICA
DE CÁMARA
 |
| Jean-François
Le Sueur (1760-1837) |
Existe, sin embargo, un dominio
musical en el cual la época revolucionaria rompió
con la tradición del antiguo régimen, y en el
que una interesante evolución se produjo durante el
Imperio: el de la música sinfónica. La Revolución
había creado, por iniciativa de Bernard Sarrette, el
primer cuerpo de música militar que existió
en Francia. Esta formación fue primero la de la música
de la Guardia Nacional; después se convirtió
en Escuela de Música de la Comuna de París,
y tomó poco después, por un informe de Marie-Joseph
Chénier, el nombre de Instituto Central de Música;
finalmente, después de haber absorbido la escuela de
canto fundada cuando Luis XVI, el de Conservatorio de Música.
Un cuerpo de 115 profesores enseñaba allí composición,
solfeo, acompañamiento, canto y todos los instrumentos
de cuerdas y de viento. A su frente había un comisario
del Gobierno, Sarrette, y cinco inspectores, Méhul,
Grétry, Gossec, Lesueur y Cherubini. Ya hacia 1770,
Gossec había introducido en la orquesta sinfónica
francesa algunos instrumentos nuevos: el clarinete, la flauta,
la trompeta. Con el Instituto Central de Música, las
maderas y los cobres, notablemente reforzados, prestaron su
timbre marcial y su volumen sonoro a las fiestas de la Revolución,
y Gossec escribió tres sinfonías en las que
empleó instrumentos de viento. De todas las obras de
circunstancia, compuestas para las ceremonias cívicas
celebradas durante la Convención, el Chant du Départ
de Méhul casi es la única que perdura; pero,
a partir del Directorio, el Conservatorio haría mucho
por la difusión en Francia de la música sinfónica.
Sus discípulos y profesores, tras haber colaborado
en las diversas tentativas de reponer los « Conciertos
espirituales », pronto formaron una nueva orquesta que
dio, con el nombre de «Ejercicios públicos»,
conciertos periódicos. En ellos se ejecutaron por vez
primera en Francia la Primera sinfonía de
Beethoven, el 22 de febrero de 1807, y la Segunda,
el 10 de marzo de 1811. En principio, este conjunto era dirigido
cada año por el primer premio de violín del
certamen anterior, pero pronto uno de esos galardonados, Habeneck,
reveló tales cualidades con la batuta que, con asentimiento
de todos, dirigió regularmente los Ejercicios antes
de convertirse en director titular de la Sociedad de Conciertos
del Conservatorio, cuando su existencia adquirió carácter
oficial en 1828. Con esta falange de instrumentistas, Habeneck
dio entonces ejecuciones de las nueve sinfonías; un
juez tan exigente como Wagner las declaró superiores
a lo que oyera hasta entonces.
|
| Un
piano de estilo Imperio. El piano
mesa fue uno de los muebles más
característicos del estilo Imperio.
Su registro era, por lo general, de cinco
octavas. |
|
|
Debe lamentarse que
la Sociedad, especializándose así en
las obras de Beethoven, desdeñara las cuatro
sinfonías de Méhul, la primera de las
cuales, escrita en 1797, es anterior a las de Beethoven.
Si Francia atribuyera a la música el rango
que merece, esas cuatro obras se tocarían regularmente
en los conciertos.
No podemos extendernos
como sería preciso sobre la música de
cámara, instrumental y vocal. Los cuartetos
de Beethoven, al menos los primeros, fueron dados
a conocer pronto, merced a artistas como Habeneck,
Baillot y Lamare. El piano, que sucedió al
clavecín, con los instrumentos de Erard y de
Pleyel, alsacianos establecidos en París, formaba
parte, durante el Imperio - sobre todo para las jóvenes
-, de toda educación cuidada.
El método de piano compuesto por Ignace Pleyel
con el checo Dussek conoció, como el de Kalkbrenner,
una moda duradera; lo mismo sucedió con el
método de violín de Rode y Baillot,
que estuvo en uso durante medio siglo en toda Europa.
En el canto triunfó
la romanza. Acompañada con arpa por las muchachas
que tenían bellos brazos, o con piano por las
demás, popularizó textos anodinos y
melodías fáciles sobre acordes de arpegios
algo simples. Las romanzas de Garat o de Pauline Duchambge
vieron su éxito contrarrestado sólo
por algunas arias de ópera, y superado por
Plaisir d’amour de Martini, que era
alemán y se llamaba Schwartzendorf.
Jean-Paul-Egidius Martini pasa por haber sido el primero
en publicar romanza s con su acompañamiento
al piano impreso en dos pentagramas bajo el del canto.
Esto es algo difícil de comprobar.
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Como vemos, durante el Imperio,
la música, aparte del concurso que se celebraba en
relación con las fiestas oficiales, desempeñó
un papel bastante frívolo como diversión social.
París, nuevamente convertida en primera capital de
Europa, no tenía los admiradores apasionados que ese
arte poseía en Londres, ni el gran público medio
de Viena o Milán; pero la gloria de Napoleón
y el esplendor de la corte imperial atraían a la ciudad
a muchos compositores extranjeros: Paisiello, Paër, Cherubini,
después de Gluck y Piccini, así como a virtuosos:
castrados cual Crescentini, sopranos como la Grassini, pianistas
de la categoría de Clementi y Dussek, violinistas alemanes,
trompas checos. El Emperador hacía gala de su amor
a la música, al menos, como dijo un día Cherubini,
« la que no impide a su majestad pensar en los negocios
del Estado ». Favoreció a algunos músicos.
Paër recibió, como maestro de capilla de la imperial,
unos honorarios de mariscal; Napoleón le mandó
a Lesueur, tras el estreno de Les Bardes, una tabaquera
de oro con 6000 francos en billetes de banco; atestiguó
menos simpatía a otros compositores; pero no perjudicó
a ninguno. ¿Por qué iba a haberlo hecho, de
otro lado? Como escribió Hoffmann, que dirigía
a la sazón, el pequeño teatro de Bamberg: «
¿Se ha visto alguna vez a la policía prender
a una sonata? ». Victorias y tratados de paz, boda con
María Luisa, nacimiento del rey de Roma, cada una de
tales solemnidades fue concienzudamente celebrada por los
compositores. ¿Debe sorprender que la inspiración
no siempre fuera fiel a esos compromisos oficiales?
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