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| El
Pasado, el Presente y el Porvenir,
o Los Tres Estados sucesivos de la
Inglaterra otrora opulenta y próspera,
ahora arruinada por sus armamentos,
mañana reducida por el bloqueo
a la miseria y a la inopia. Serie
de caricaturas de la época
del Imperio. |
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Por |
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Dimitri
Merejkovski
(1866-1941) |
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| D.
Merejkovski |
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Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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| El
extracto que proponemos a continuación
proviene del extraordinario libro
del ruso Dimitri Merejkovsky Vida
de Napoleón;
se trata del primer capítulo
(integral) de la cuarta parte de
dicha obra,
La Tarde. Este texto pertenece
a la edición en castellano
de la casa editorial Espasa-Calpe,
colección “Austral”,
Madrid, 1938. Traducción de
José María Quiroga Plá.
Existen muy numerosas reediciones. |
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EL DUELO
CON INGLATERRA
(1808)
¿Qué
vale más para un pueblo: inmolar para
sí al mundo o inmolarse al mundo, mantenerse
en sí mismo o salir de sí? Cuestión
es ésta que siguen tratando de resolver,
sin haberlo conseguido aún, los destinos
históricos de los pueblos. Desde este
punto de vista, el duelo entre Inglaterra y
Francia, entre la existencia nacional y la existencia
universal, dura todavía.
«Inglaterra
espera que cada cual cumplirá con su
deber». Esta señal, sencilla y
grandiosa, digna de un gran pueblo, fue izada
en el mástil de la fragata Victory
por el almirante Nelson, en el momento de la
batalla de Trafalgar, dada en aguas españolas,
cerca de Cádiz, el 21 de octubre de 1805,
al día siguiente de la capitulación
de Ulm, la primera de las victorias universales
de Napoleón (1). Nelson «cumplió
con su deber», cayó en el combate;
pero al morir, tuvo la dicha de verse vencedor.
La flota franco-española fue aniquilada
por la flota inglesa, y esa victoria dio testimonio
definitivo, a la faz del más temible
enemigo de Inglaterra, de que era a ésta
a quien pertenecía el imperio del mundo.
«Las tormentas
nos han hecho perder unos cuantos barcos, tras
un combate imprudentemente entablado»,
dirá Napoleón, poniendo a mal
tiempo buena cara (2); pero no engañará
a nadie: su flota está hecha polvo, y
todas sus victorias en el continente -Marengo,
Ulm, Austerlitz, Jena, Friedland- son vanas.
Lo mismo que en otro tiempo en Egipto, después
de Abukir, se encuentra, después de Trafalgar,
cogido en Europa como un ratón en una
ratonera.
¿Para qué atravesar y conquistar
toda Europa y todo el Asia hasta la India? El
continente sin el mar es para él una
tumba en la que está enterrado en vida,
o una cárcel eterna.
El bloqueo continental
declarado por el decreto de Berlín del
21 de noviembre de 1806 es la respuesta a Trafalgar.
Todos los puertos europeos quedan cerrados para
la flota inglesa; todos los barcos ingleses
son embargados; todas las mercancías
confisca como botín de guerra; los súbditos
ingleses son detenidos como prisioneros; hasta
las relaciones postales se interrumpen. La finalidad
del bloqueo es hacer que Inglaterra se ahogue
merced a la superproducción de mercancías
que ya no encuentran salida a los mercados exteriores,
hacerla morir de plétora, «como
una persona de temperamento sanguíneo
se muere de un derrame». Hay que «poner
a esos enemigos de las naciones fuera del derecho
común», dice el Moniteur.
«Es una guerra a muerte.»
Se ha pretendido
que, de haber seguido adelante el bloqueo, no
hubiera sido Inglaterra, sino Europa la que
se hubiera ahogado tras la gigantesca muralla
de la China que se extendía desde Arkángel
a Constantinopla (...) el plan no podía
dar resultado sino en el caso imposible de que
todas las potencias de Europa hubiesen podido
entrar lealmente en sus combinaciones. Un solo
puerto que quedase libre lo echaba a perder
todo» (3). Por otra parte, el Gobierno
francés era el primero en abrir brecha
en este cerco del continente entero, al conceder
licencia para aquellos productos que
necesitaba.
(...) Todas
estas objeciones no hacen más que indicar
las dificultades y peligros del bloqueo. Pero
peligro y dificultad no son imposi¬bilidad,
sobre todo para Napoleón. «Lo imposible
no es más que el espantajo de los tímidos
y el refugio de los flojos» (4).
No hay que olvidar que, en el duelo con Inglaterra,
su plan estratégico no fue ejecutado
sino en muy escasa medida, y que no es culpa
suya si la parte principal de ese plan -la conquista
de la cuenca mediterránea como base de
operaciones contra los ingleses- quedó
sin realizar. Si el plan se hubiera llevado
a cabo íntegramente, el águila
napoleónica habría cubierto toda
Europa con la sombra de sus alas: la izquierda
en Gibraltar, la derecha en Constantinopla.
Todos los pueblos europeos se hubieran lanzado
como otros tantos cuerpos de un mismo ejército
a un su¬premo asalto contra el poderío
británico (5). Y tras Europa Asia; toda
la tierra firme se habría volcado sobre
el mar.
Parece que haya llegado a comunicar ese plan,
a lo menos en parte, a Alejandro, cuando todavía
duraba la luna de miel de Tilsitt. Una carta
de Napoleón, fechada el 2 de febrero
de 1806 deja adivinar de qué hablaban
entonces en voz baja, como dos enamorados.
«Un ejército
de 150.000 hombres, ruso, francés, acaso
un poco, inclusive, austriaco, que se dirigiera
al Asia por Constantinopla, no bien hubiese
llegado al Éufrates haría temblar
a Inglaterra y la pondría a los pies
del continente. Yo puedo hacerlo desde Dalmacia;
Vuestra Majestad, desde el Danubio. Un mes después
de que nos hubiésemos concertado, el
ejército podría estar en el Bósforo.
El golpe repercutiría en las Indias,
e Inglaterra seria sometida...» «Nuestra
estrecha amistad -decía también-
ha situado al universo en una posición
nueva. Vuestra Majestad y yo habríamos
preferido las dulzuras de la paz y pasamos la
vida en medio de nuestros vastos imperios, ocupados
en vivificarlos y hacerlos felices... Los enemigos
del mundo (los ingleses) no quieren que sea
así. Tenemos que ser más grandes,
a pesar nuestro.» (6).
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William
Pitt «
el
Joven
»
El carnicero de Europa |
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(...) Paralelamente
a la expedición de las Indias proyecta
Napoleón una expedición a Egipto,
con miras a alzar a la vez los tres continentes
-Europa, Asia y África-. «Ante
nuestros puertos del mar del Norte y del Adriático
se presentarán al mismo tiempo flotas
y flotillas, y ejecutarán una serie de
demostraciones; Irlanda, trabajada por nuestros
agentes, se agitará, Y ágiles
cruceros, deslizándose por todos los
mares, irán a llevar por doquiera el
terror a las posesiones enemigas. Entonces Inglaterra,
aturdida por tanto choque, sin saber a cuál
responder, agotándose en estériles
esfuerzos, se tambaleará perdida, en
medio de ese “torbellino del mundo”;
acabadas sus fuerzas y, sobre todo, su valor,
cesará de oponerse a los destinos de
Francia, reconocerá a su vencedor y la
paz definitiva surgirá de ese
definitivo derrumbamiento» (7).
«El torbellino
del mundo» es la revolución universal
llevada a cabo por Napoleón; y la «paz
definitiva» es la paz del mundo, el reino
de Dios, adveniat regnum tuum, que
dice el Evangelio, o el «paraíso
terrenal», «la edad de oro»,
redeunt Saturnia regna, según
la profecía mesiánica de Virgilio.
«El emperador
está loco, loco de remate, y nos va a
hacer andar a todos de cabeza, y todo esto va
a acabar en una catástrofe espantosa»,
dice el ministro de Marina, Decrès (8).
Quizá, al leer la carta de Napoleón,
sintiera Alejandro parecida impresión,
añadiendo a este espanto europeo, político,
un temor ruso, místico: «Napoleón
es el Anticristo.»
«La aspiración
al dominio universal es cosa que lleva en su
misma naturaleza; puede ser modificada, contenida,
pero jamás se conseguiría ahogarla»,
dice Metternich. «Mi apreciación
en cuanto al fondo de los proyectos y planes
de Napoleón, no ha variado nunca. La
monstruosa finalidad que consiste en sojuzgar
todo el continente al dominio de uno solo, ha
sido y sigue siendo su mira» (9).
¿Es realmente
así? ¿Está realmente loco
Napoleón? En todo caso no más
que la Revolución y que toda la civilización
europea, lava enfriada, volcán apagado
de la Revolución. De ella heredó
el duelo de Francia con Inglaterra por el imperio
del mundo; de ella, asimismo, recibe el arma
del duelo, el bloqueo continental. El principio
de ese bloqueo fue adoptado, en efecto, desde
1795, por el Comité de Salud Pública
(10).
Napoleón
sabe perfectamente contra quién lucha.
Su primera herida, en el sitio de Tolón,
se la hizo una bayoneta inglesa; la última
-Waterloo, Santa Elena- habrá de recibirla
de Inglaterra, asimismo.
Pero eso no le impide reconocer la fuerza y
la grandeza de sus enemigos: «Los ingleses
son, en realidad, gente de un temple superior
al nuestro... Si llego a haber tenido un ejército
inglés hubiera conquistado el mundo;
habría dado la vuelta a éste sin
que el ejército se desmoralizase. De
haber sido el hombre escogido por los ingleses,
como fui el hombre escogido por los franceses,
en 1815, hubiera podido perder diez batallas
de Waterloo antes de haber perdido un voto en
la Legislatura o un soldado de mis filas. Habría
acabado por ganar la partida» (11).
Pero el toque
está, precisamente, en que no podía
ser el hombre escogido por Inglaterra, ser nacional;
sólo podía serio de Francia, Ser
universal. «Inglaterra confía
en que cada cual cumplirá con su deber.»
Francia está convencida de que cada cual
morirá por su honor. ¿Qué
es más grande, el deber o el honor? ¿El
deber para con la patria o el honor ante el
mundo? ¿Qué vale más para
un pueblo: inmolar a sí el mundo o inmolarse
al mundo, mantenerse en sí mismo o salir
de sí? Cuestión es ésta
que siguen tratando de resolver, sin haberlo
conseguido aún, los destinos históricos
de los pueblos. Desde este punto de vista, el
duelo entre Inglaterra y Francia, entre la existencia
nacional y la existencia universal, dura todavía.
Inglaterra,
una isla, limitada en sí misma, en sí
misma concentrada, sigue encerrada en sí
misma; la Francia revolucionaria, y luego la
Francia imperial, no cesa de rebasar sus propios
limites, de salir de sí misma, de aspirar
a la universalidad. Acaso no haya nadie que
tenga tanto amor a la libertad como los ingleses;
pero a la libertad sólo para
ellos. Inglaterra es el más
liberal y el más conservador, el menos
revolucionario de todos los Estados europeos.
Ha hecho su propia revolución nacional
muy pronto, y la revolución universal
es la cosa que más sin cuidado le trae.
«Yo soy la Revolución» (12),
dice Napoleón, y lo repetirá en
una fórmula todavía más
incisiva, más revolucionaria: «El
Imperio es la Revolución» (13).
«Yo soy la Reacción; Inglaterra
es la Reacción», hubiera podido
declarar ante la Revolución francesa,
universal, cada inglés, desde el primer
lord del Almirantazgo hasta el último
ciudadano de la City.
Pero resulta que se produjo un enorme
equívoco: «Inglaterra
pasó a ser el hogar de la libertad»,
su baluarte contra Napoleón, el subyugador.
«La buena suerte de las naciones ha querido
que se hallase defendido por una barrera que
no han podido cruzar las armas de Bonaparte.
Unas cuantas leguas de mar han protegido a la
civilización del. mundo» (14).
Que se haya creído semejante cosa en
el salón de madame de Rémusat,
no tiene nada de extraño; lo que ya es
más asombroso es que el
mundo entero lo haya creído y que parezca
creerlo todavía.
Napoleón,
el «déspota monstruoso» está
detrás de Francia; pero ¿quién
está detrás de Inglaterra? Lord
Pitt, el Parlamento, la City, business,
y acaso, también, los bergantes, la plutocracia,
¿Qué es más terrible: un
solo «déspota» grande, un
«Robespierre a caballo», o un millón
de bergantes ramplones?
Todo se trastrocó,
como si el diablo hubiese embarullado las cartas
de aquel juego de tramposos. Francia -la Revolución-
se convirtió en la Reacción; Inglaterra
-la Reacción- pasó a ser la Revolución;
la libertad se trocó en esclavitud,
y la esclavitud en libertad; el pasado
se hizo porvenir; el porvenir, pasado. Hubiérase
dicho, en verdad, que toda la tierra firme se
habla volcado sobre el mar, y que ya no había
ni mar ni tierra, que había venido un
nuevo diluvio y que ahora imperaba el caos –el
caos en los espíritus, solamente, ya
que en realidad todo persevera o quiere perseverar
en su ser de antes-. Pero no es posible; el
caos de los espíritus engendra el caos
de las cosas. Ya hemos visto su primer brote:
la guerra universal; acaso veamos también
el segundo: la revolución universal.
Contra ese caos inminente es contra lo que lucha
Napoleón, y es ese caos el que le vence...
Notas:
(1) Lacour-Gayet,
Napoléon, sa vie, son œuvre,
son temps (“Napoleón, su vida,
su obra, su tiempo”) Paris, Hachette,
página 239.
(2) Lacour-Gayet, página 240.
(3) Bourrienne, Mémoires (“Memorias”)
IV, páginas 166-171.
(4) Houssaye, 1815, I, página
616.
(5) Vandal, Napoléon et Alexandre
I, I, página 260.
(6) Vandal, L’Avènement de
Bonaparte (“El advenimiento de Bonaparte”)
I, páginas 242-243.
(7) Vandal, I, página 263.
(8) Marmont, Mémoires (“Memorias”)
III, página 337.
(9) Taine, Les origines de la France contemporaine
(“Los orígenes de la Francia contemporánea”)
página 124; Metternich, Mémoires
(“Memorias”), II, páginas
378-404.
(10) Vandal, II, página 440.
(11) Gourgaud, Journal inédit
(“Diario inédito”), París,
E. Flammarion, I, página 33, nota.
(12) Mme. de Rémusat, Mémoires
(“Memorias”) I, página 338.
(13) Houssaye, 1815, I, página
512.
(14) Mme. de Rémusat, III, página
221.