Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
DISCURSO

En ocasión de la restitución histórica de la máscara mortuoria del Emperador Napoleón I al pueblo de México, en el Palacio de Chapultepec

La máscara del Castillo de Chapultepec durante la ceremonia de entrega, en la Sala Siqueiros.
Por el Profesor
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia, INMF
.
El Prof. Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador y director general del Instituto Napoleónico México-Francia .
E. Garzón-Sobrado

Ciudad de México, lunes 25 de julio de 2005

El 25 de julio de 1815, un espectáculo extraordinario e inesperado se presentó a los habitantes de la pequeña localidad de Torbey, Inglaterra, en donde, desde el día anterior, se encontraba anclado el navío inglés Belerofonte, inmortalizado desde entonces por traer entre sus tripulantes al gran y temido « ogro corso »... el EMPERADOR NAPOLEÓN.
En efecto, sólo han pasado once días desde que el Emperador se rindió pronunciando sus inmortales palabras « Vengo, como Temístocles...», y sólo faltan otros catorce más para que emprenda su largo viaje hacia la deportación fatal.
Desde el día 24, los habitantes de la costa, curiosos y anhelantes de ver al hombre que durante 15 años llenó sus pensamientos cotidianos de fascinación y de terror, se han reunido en torno al buque del prisionero, y, el 25, las balsas y embarcaciones diversas son ya tantas, que el mar no se distingue más. En ese bullicio improvisado, surge de repente una silueta fantástica: Napoleón, sin aviso ni señal alguna acaba de aparecer en la cubierta, y se presenta a las miradas estupefactas de tan caótico público. Tras un brevísimo murmullo, casi sordo, Napoleón levanta su sombrero y saluda a la multitud atónita. El espacio es súbitamente desgarrado por un grito lejano, al cual sigue otro más, e inmediatamente las ovaciones son tales, que el Emperador, desconcertado ante un clamor popular tan intenso como inesperado, repite su gesto algunas veces más, antes de desaparecer, frente a las miradas atónitas de los oficiales británicos.
Ese día 25 de julio, Lord Liverpool, el encarnizado enemigo del soberano francés, escribe: « Santa Helena es el lugar del mundo mejor elegido para encerrar a semejante personaje. A tal distancia y en semejante lugar, toda intriga le resultará imposible, y, alejado de Europa, pronto será olvidado ».

Pero hoy, exactamente el mismo día, a 190 años exactos de distancia, lo recordamos aún, y su imagen es tan vívida e intensa como lo fue en aquel tiempo.

Hoy, no son ya los ingleses curiosos del pequeño puerto de Torbey sino los mexicanos, quienes, en este Palacio Imperial de México, nos reunimos en torno a la reliquia famosa con el único fin de contemplar, como aquellos pueblerinos decimonónicos de la lejana Albión, la imagen asombrosa del gran Emperador que se presenta hoy ante nuestros ojos, como fue ya admirada por nuestros propios ancestros en la primera mitad del siglo XIX.
En aquellos días, contrariamente a lo que representa hoy para la mayoría, Napoleón no era sólo una viñeta más o menos épica en un libro de texto escolar, en el mejor de los casos.
Entonces, él formaba parte íntegra de nuestra historia, personaje privilegiado en la fundación de los cimientos mismos de nuestro nacimiento como nación independiente.
Basta sólo recordar que, la crisis Española de 1808, en tiempos de las sórdidas intrigas de la lastimosa tríada compuesta por el Rey Carlos IV, su hijo Fernando VII, y el astuto y venal ministro Manuel Godoy, dio pie a la invasión de España por las fuerzas de un Napoleón molesto, quien desconfiaba viendo a su vecino inmediato convertirse, al desmoronarse, en un eslabón débil en su gran proyecto político continental, pasto para todas las ambiciones y la avidez de Albión.

En este clima cuajado en embrollos confusos, y tras la cesión de la corona española por el rey don Carlos, el Emperador invita a todos los actores de la comedia a alcanzarlo en Bayona, en donde se concretará la instalación de su hermano, quien reinaría a partir de entonces en España y las Indias con el título de José I, en virtud del Tratado de Bayona, firmado el 9 de mayo de ese año.

Dicho documento, aunado a las conspiraciones orquestadas por don Fernando y su séquito, desencadenaría una sangrienta insurrección general en toda España, pero sus consecuencias en tierra americana serán mucho más importantes aún, puesto que la famosa promulgación de la Constitución de Bayona reconocía formalmente la autonomía de las provincias americanas del imperio español.
Esta circunstancia primordial, aunada a la fuerte presión de las ideas nuevas del Siglo XVIII, al precedente entonces muy reciente de la guerra de independencia de los Estados Unidos y sobre todo a la catastrófica situación política en España, darían nacimiento y un gran impulso a los ideales de independencia y a los movimientos de emancipación en Hispano América. Como era de esperarse, sus repercusiones fueron determinantes para que germinara la guerra de Independencia de la Nueva España.

Para nadie que goce de un mínimo de cultura es un misterio la influencia que la figura de Napoleón ejerció sobre los próceres de nuestra independencia, por ejemplo su gran ascendiente en la política y obra del emperador Agustín I, de su influjo en la concepción estratégica y táctica del padre Morelos, así como en el desarrollo teórico de los principios del cura don Miguel Hidalgo, estudiados por Ernesto de la Torre Villar a finales de la década de 1940.
Menos conocido es sin embargo el fervoroso imperio que ejerció Napoleón en la imaginación popular y en la vida política y social mexicana de la época, fascinada por este coloso que, desde el otro lado del mundo, ordenaba la composición de operas sobre temas mexicanos, mientras invitaba abiertamente a nuestros ancestros, durante las sesiones oficiales de las instancias imperiales, a luchar por obtener su independencia.
El mismísimo Napoleón era un fiel seguidor de las operaciones de las fuerzas insurgentes de la Nueva España, y se decía maravillado de la agudeza y penetración que caracterizaban las hazañas de un Morelos, quien por cierto tendría el raro honor de verse personalmente atribuir por el nuevo Carlomagno una de sus inmortales frases célebres.
Tras su caída, y ya durante su exilio, Napoleón pensaba todavía en nuestro país, conjeturando cuál habría sido su destino de haber venido a México; y prisionero, sujeto a mil vejaciones y tormentos morales por parte de su infame carcelero, el cruel Sir Hudson Lowe, Napoleón se comparaba a legendarias figuras cautivas del imperio azteca diciendo:

« ... aún cuando me pusierais sobre los carbones ardientes de Montezuma o de Guatimozín, no sacaríais de mí el oro que no tengo... » (Memorial de Santa Helena, 18 de agosto de 1816).

Muchas son pues las circunstancias que vinculaban al Emperador con nuestros ancestros, y que llevarían a los más audaces a imaginar proyectos fantásticos para salvar al Emperador de su estéril prisión, y traerlo a nuestra tierra generosa disimulado entre la tripulación de algún navío mercante o veloces buques piratas, capaces de engañar a las líneas inglesas de control marítimo…

Mientras tanto, otros más concebían proyectos a penas menos novelescos, y en 1817, durante su exilio en Filadelfia, José Bonaparte, ex-rey de España y hermano del Emperador, se vio presentar repetidos ofrecimientos oficiales de voz del general Francisco Javier Mina proponiéndole la corona de México, misma que le había sido ofrecida ya por algunos aventureros franceses, pero que el desencantado José, sin embargo, siempre rechazó...

Estos son sólo algunos de los múltiples antecedentes que dibujaban el contexto en el cual, años después, a fines de la década de 1830 y ya en un México independiente, los mexicanos recibirían la inesperada y feliz visita del médico personal de Napoleón en Santa Helena, el doctor Francisco Antommarchi.

El doctor Francesco Antommarchi hacia 1836.

Antommarchi, médico y anatomista nacido en Morsiglia, Córcega, en 1789, llegó a la isla de Santa Helena el 20 de septiembre de 1819, enviado por la madre del Emperador, Leticia Ramolino - Madame Mère - y por el tío de éste, el Cardenal Fesch.

El 7 de mayo de 1821, dos días después de la muerte de Napoleón, y por orden previa expresa de éste último, quien deseaba dejar un recuerdo fidedigno de su semblante a su hijo, Napoleón Francisco, llamado el « Aguilucho », Antommarchi asistió al médico irlandés Francis Burton durante el moldeo y obtención de la máscara mortuoria del difunto, llevando enseguida el prototipo a Londres, y de ahí a Francia.

En 1825, publica sus Memorias, Les Derniers Momens, y en 1833, después de modelar algunas partes apócrifas que darían forma definitiva a la máscara, y con el apoyo de Adolfo Thiers, entonces ministro de Trabajos Públicos, puso en venta por suscripción pública una serie de réplicas en yeso y bronce de su pieza original.

Tras muchos viajes y diversas situaciones problemáticas tanto de orden profesional como político y personal en las que se vio inmerso, especialmente en Polonia, perseguido y vilipendiado, Antommarchi decide efectuar un cambio radical en su vida y viajar a América, partiendo en un primer tiempo hacia la entonces muy francesa Nueva Orleáns, en los Estados Unidos.
Este viaje no es más que una escala sin embargo, y el galeno, que goza de una enorme celebridad, se embarca esta vez hacia Ibero América, llegando al puerto de Veracruz a principios de junio de 1837.
Ahí, es acogido por un auténtico comité de recepción compuesto por la congregación más heteróclita de la población, totalmente exaltada, y que según los cronistas, lo « colmó de honores y de distinciones ».
Es de notar que su llegada a nuestro país fue un evento extraordinario, y que, como lo escribe el erudito venezolano Arístides Rojas en su famosa «Noticia sobre los objetos históricos que posee Caracas» de 1873, Antommarchi fue el objeto de las ovaciones más vivas y del clamor general, añadiendo que « la prensa y la sociedad lanzaron su nombre sobre las alas del renombre »...

Plaza de Armas de la Ciudad de México en tiempos de la visita del doctor Antommarchi

Unos días más tarde, a su llegada a la Ciudad de México, esperado por un comité numeroso y ovacionado por las masas enardecidas, Antommarchi, el 18 de junio de ese año 1837 – exactamente el 22º aniversario de la batalla de Waterloo – donó al pueblo de México, haciendo entrega de ella en manos de los representantes oficiales del Congreso, una espléndida máscara mortuoria con su sello y firma, misma que, siempre según Rojas, fue «llevada en triunfo» al Ayuntamiento de la Ciudad, coincidiendo esta manifestación con una procesión religiosa que rondaba por la Catedral, ¡y confundiéndose con ella en una única y apoteótica marcha triunfal!

Ya dentro del palacio, siguió un discurso por un cierto M. R. Pacheco quien, en pleno ayuntamiento de la Ciudad de México, describe como sigue el estado de sus conciudadanos:

« En estos rasgos se encuentran marcadas la dignidad y las arrugas de un sufrimiento prolongado. Y no son estas consideraciones las que hacen a este regalo precioso para los mexicanos. Es bien conocido que hemos merecido del Gran Hombre una mención especial en la apertura de las sesiones del Cuerpo Legislativo, en 1812:

Las jóvenes naciones de la América han lanzado un grito de la Independencia;
los deseos del Universo los acompañan en una lucha tan gloriosa
.

Su grandeza le perdió, al escoger Inglaterra para hallar en ella, como Temístocles, un asilo en medio de sus enemigos; y más tarde, cuando estaba sobre la roca de su exilio, se arrepentía de no haber venido a México:

En el Valle de México, Arquímedes hubiese hallado su centro de gravedad;
de ahí, yo podía aún hacer temblar al mundo
»


Tras su estancia en nuestro país, que dedicó principalmente a la visita de hospitales y hospicios, consagrado al tratamiento de enfermos de paludismo, fiebre tifoidea y especialmente de cólera, Antommarchi parte hacia La Habana, Cuba, en julio, y muere el año siguiente en la ciudad de Santiago el 3 de abril de 1838.

Durante su viaje a través de América, el extraño prosector donó una máscara mortuoria a cada país en que fue acogido.

Una de ellas, en bronce color café, tras haber atravesado una serie de aventuras rocambolescas, puede verse hoy religiosamente conservado en el Museo Estatal de Luisiana.

En cuba puede verse otra más, en yeso de aspecto marmóreo, exhibida hasta nuestros días en el magnífico Museo Napoleónico de La Habana, de fama y renombre internacional.

En cuanto a la máscara mexicana, perteneciente al patrimonio nacional, se desvanece lentamente de las vitrinas de museo y de la memoria de nuestros compatriotas hasta desaparecer por completo, probablemente en la década de 1960.

Efectivamente, la máscara del Museo Nacional parece perdida para siempre, y literalmente, no podemos pretender substituirla con la que nos ocupa hoy.
El valor de la primera era incalculable, pues más allá de ser uno de los raros ejemplares de la edición original de la suscripción de 1833, nos fue ante todo otorgada por el hombre que cerró los ojos del gran Emperador en su lecho de muerte, y que dio a conocer al mundo la última expresión de su rostro.

Lo que ofrecemos hoy a nuestro país no es pues la pieza extraviada, sino un símbolo que a pesar de las divergencias materiales e históricas perdura tan fresco y poderoso como el que animaba al objeto original.
Al bronce, metal vistoso y prestigioso, hemos preferido el yeso, material sin duda menos precioso, pero de un valor ciertamente superior, ya que, en toda su simplicidad y su fragilidad no es nada menos que piedra pura, el material más noble de todos, la materia de la fundación y de la duración. Es el yeso además un material delicado, que capta todas las sutilezas y matices, todos los detalles, y que sobre todo permanece en el tiempo, mientras que con éste cambia, envejece como los hombres, y como ellos evoluciona y se transforma, pues goza de vida propia.

Su Alteza Imperial el Príncipe don Carlos Napoleón

Sin embargo, no satisfechos con esto, y para conferir a nuestra pieza un valor único, y marcar este evento con un sello solemne e imborrable en los anales de las colecciones históricas mexicanas, hemos pedido a nuestro presidente de honor y padrino institucional, S.A.I. el Príncipe don Carlos Napoleón, jefe actual de la Familia Imperial de Francia, nos concediera el privilegio incomparable de dirigir unas cuantas líneas al pueblo de México, especialmente para esta ocasión, dedicadas a cada generación mexicana que desde ahora venga a este recinto para contemplar el rostro de Napoleón, marcado de tanta grandeza y majestad:

 

Mensaje de S.A.I. el Príncipe Charles Napoléon, jefe de la Casa Imperial, al pueblo de México.
en ocasión de la restitución histórica a la Nación de la mascarilla mortuoria del Emperador:


Queridos amigos mexicanos,

La mascarilla mortuoria que tenéis ante vuestros ojos pertenece a un hombre bien vivo en el espíritu del pueblo de Francia.
Este hombre ha construido la Francia moderna sobre los escombros del Antiguo Régimen. No se ha contentado con ganar batallas, él ha inventado instituciones civiles inspiradas del Siglo de las Luces que duran hasta nuestros días y que han sido imitadas en muchos países de Europa y del mundo.
Él forma parte de aquellos pocos gigantes a quienes debemos el mundo moderno. Que su memoria sirva para proseguir la construcción de una humanidad de progreso, de respeto de los pueblos y de paz.

Mayo de 2005, el Príncipe Napoleón.

 

Gracias a estas hermosas líneas, auténtico punto de anclaje de esta máscara en la historiografía y en la museografía mexicanas, de hoy en adelante, cada director de facultad y académico que se desplace con sus estudiantes, como cada simple curioso anodino que quiera descubrir su historia, pero sobre todo cada padre y cada madre que traiga a sus niños a este maravilloso museo, recinto privilegiado de la trascendencia nacional, cada humilde maestro de escuela durante sus visitas escolares, podrá repetir este mensaje a los niñitos sorprendidos, quienes ya no estarán parados frente a una simple efigie de piedra muerta, sino ante una imagen viva y transfigurada por estas palabras que le insuflarán un espíritu.
¡Así, el Emperador, quien fue en su tiempo tan amado en nuestro país, renacerá de las cenizas en las que el olvido generalizado de nuestros contemporáneos lo han sepultado – no por indiferencia sino por mohína ignorancia – para volver a ser una figura de actualidad, viva y evocadora, y lo que es aún mejor, animada y parlante!

Este mensaje, hace que cada mexicano se sienta personal y directamente interpelado por las palabras del príncipe Napoleón, las cuales establecen un lazo directo a través del tiempo y de la historia entre la máscara y los espectadores, dándole así a la reliquia una dimensión, un significado y un valor únicos, al tanto que consagra, a través de las generaciones, su naturaleza definitiva e inmutable de patrimonio nacional común a todos los mexicanos del presente como del futuro a través del Emperador mismo, encarnado en las palabras del Príncipe Imperial, su heredero y representante en este principio de siglo.

La muy típica fuente del chapulín (saltamontes), en el patio principal del palacio de Chapultepec

 

Chapultepec ha sido siempre un sitio privilegiado, sede imperial por tradición natural a lo largo de nuestra historia: aquí se encontraron los palacios del tlatoani Moctezuma, de los virreyes de la Nueva España, del Emperador Agustín I y del Emperador Maximiliano. Hoy, este es el palacio de todos nosotros, mexicanos, que nos hace a todos soberanos de alguna manera: soberanos, en virtud del cetro del saber, del conocimiento de nuestro pasado y de nuestro presente, y por ende de nosotros mismos, ya que consagra nuestra identidad y nuestra perennidad, toda nuestra historia, de la cual forma parte el Emperador Napoleón, protagonista de primer orden en la gestación y el nacimiento de nuestra patria como nación libre.
Por estas breves líneas, esta efigie desde ahora inmortal, S.A.I. el Príncipe don Carlos Napoleón, y estos pocos minutos que compartimos, forman parte, a partir de hoy, de nuestra perennidad.

Palacio de Chapultepec,
veinticinco de julio de 2005.