
DISCURSO En ocasión de la restitución histórica de la máscara mortuoria del Emperador Napoleón I al pueblo de México, en el Palacio de Chapultepec
Ciudad de México, lunes 25 de julio de 2005 El
25 de julio de 1815, un espectáculo extraordinario e inesperado
se presentó a los habitantes de la pequeña localidad
de Torbey, Inglaterra, en donde, desde el día anterior, se
encontraba anclado el navío inglés Belerofonte,
inmortalizado desde entonces por traer entre sus tripulantes al
gran y temido “ogro corso”... el EMPERADOR
NAPOLEÓN. Hoy, exactamente el mismo día, a 190 años exactos de distancia, lo recordamos aún y su imagen es tan vívida e intensa como lo fue en aquel tiempo. Hoy, no son ya los ingleses curiosos
del pequeño puerto de Torbey sino los mexicanos, quienes,
en este Palacio Imperial de México, nos reunimos en torno
a la reliquia famosa con el único fin de contemplar, como
aquellos pueblerinos decimonónicos de la lejana Albión,
la imagen asombrosa del gran Emperador que se presenta hoy ante
nuestros ojos, como fue ya admirada por nuestros propios ancestros
en la primera mitad del siglo XIX. En este clima rico en embrollos caóticos, y tras la cesión de la corona española por el rey Carlos, el Emperador invita a todos los actores de la comedia a alcanzarlo en Bayona, en donde se concretará la instalación de su hermano, quien reinaría a partir de entonces en España y las Indias con el título de José I, en virtud del Tratado de Bayona, firmado el 9 de mayo de ese año. Dicho documento, aunado a las conspiraciones
orquestadas por Don Fernando y su séquito, desencadenaría
una sangrienta insurrección general en toda España,
pero sus consecuencias en tierra americana serán mucho más
importantes aún, puesto que la famosa promulgación
de la Constitución de Bayona reconocía formalmente
la autonomía de las provincias americanas del imperio español.
Para nadie es un misterio la influencia que
la figura de Napoleón ejerció sobre los próceres
de nuestra independencia, por ejemplo su gran ascendiente en la
política y obra del Emperador Agustín I, de su influjo
en la concepción estratégica y táctica del
Padre Morelos, así como en el desarrollo teórico de
los principios del Cura Don Miguel Hidalgo, estudiados por Ernesto
de la Torre Villar a finales de la década de 1940. “... aún cuando me pusierais sobre los carbones ardientes de Montezuma o de Guatimozín, no sacaríais de mí el oro que no tengo...” (Memorial, 18 de agosto de 1816). Muchas son pues las circunstancias que unían al Emperador con nuestros ancestros, y que llevarían a los más excéntricos a imaginar proyectos fantásticos para salvar al Emperador de su estéril prisión, y traerlo a nuestra tierra generosa disimulado entre la tripulación de algún navío mercante o veloces buques piratas, capaces de engañar a las líneas inglesas de control marítimo… Mientras tanto, otros más concebían proyectos a penas menos novelescos, y en 1817, durante su exilio en Filadelfia, José Bonaparte, ex-rey de España y hermano del Emperador, se vio presentar repetidos ofrecimientos oficiales de voz del General Francisco Javier Mina proponiéndole la corona de México, misma que le había sido ofrecida ya por algunos aventureros franceses, que el desencantado José sin embargo, siempre rechazó... Estos son sólo algunos de los múltiples antecedentes que dibujaban el contexto en el cual, años después, a fines de la década de 1830 y ya en un México independiente, los mexicanos recibirían la inesperada y feliz visita del médico personal de Napoleón en Santa Elena, el Doctor Francisco Antommarchi.
Antommarchi, médico y anatomista nacido en Morsiglia, Córcega, en 1789, llegó a la isla de Santa Elena el 20 de septiembre de 1819, enviado por la madre del Emperador, Leticia Ramolino - Mme Mère - y por el tío de éste, el Cardenal Fesch. El 7 de mayo de 1821, dos días después de la muerte de Napoleón, y por orden previa expresa de éste, quien deseaba dejar un recuerdo fidedigno de su semblante a su hijo, Napoleón Francisco, llamado el “Aguilucho”, Antommarchi asistió al médico irlandés Francis Burton durante el moldeo y obtención de la máscara mortuoria del difunto, llevando enseguida el prototipo a Francia. En 1825, publica sus Memorias, Les Derniers Momens, y en 1833, después de modelar algunas partes apócrifas que darían forma definitiva a la máscara, y con el apoyo de Adolfo Thiers, entonces ministro de Trabajos Públicos, puso en venta por suscripción pública réplicas en yeso y bronce de su pieza original. Tras muchos viajes y diversas situaciones
problemáticas tanto de orden profesional como político
en las que se vio inmerso, especialmente en Polonia, perseguido
y vilipendiado, Antommarchi decide hacer un cambio radical en su
vida y viajar a América, partiendo en un primer tiempo hacia
la entonces muy francesa Nueva Orleáns, en los Estados Unidos.
Unos días más tarde, a su llegada a la Ciudad de México, esperado por un comité numeroso y ovacionado por las masas enardecidas, Antommarchi, el 18 de junio de ese año 1837 – exactamente el 22º aniversario de la batalla de Waterloo - donó al pueblo de México, entregándola en manos de los representantes oficiales del Congreso, una espléndida máscara mortuoria con su sello y firma, misma que, siempre según Rojas, fue “llevada en triunfo” al Ayuntamiento de la Ciudad, coincidiendo esta manifestación con una procesión religiosa que rondaba por la Catedral, y confundiéndose con ella en una única y apoteótica marcha triunfal! Ya dentro del palacio, siguió un discurso por un cierto M. R. Pacheco quien, en pleno ayuntamiento de la Ciudad de México, describe como sigue el estado de sus conciudadanos: « En estos rasgos se encuentran marcadas la dignidad y las arrugas de un sufrimiento prolongado. Y no son estas consideraciones las que hacen a este regalo precioso para los mexicanos. Es bien conocido que hemos merecido del Gran Hombre una mención especial en la apertura de las sesiones del Cuerpo Legislativo, en 1812: "Las jóvenes naciones
de la América han lanzado un grito de la Independencia; Su grandeza le perdió, al escoger Inglaterra para hallar en ella, como Temístocles, un asilo en medio de sus enemigos; y más tarde, cuando estaba sobre la roca de su exilio, se arrepentía de no haber venido a México: “En el Valle de México,
Arquímedes hubiese hallado su centro de gravedad;
Durante su viaje a través de América, el Dr. Antommarchi donó una máscara mortuoria a cada país en que fue acogido. Una de ellas, en bronce color café, tras haber atravesado una serie de aventuras rocambolescas, puede verse hoy en el Museo Estatal de Luisiana. En cuba puede verse otra más, en yeso de aspecto marmóreo, exhibida hasta nuestros días en el magnífico Museo Napoleónico de La Habana, de fama y renombre internacional. En cuanto a la máscara mexicana, perteneciente al patrimonio nacional, se desvanece lentamente de la memoria de nuestros compatriotas hasta desaparecer, probablemente en la década de los '60. La máscara del Museo Nacional
parece perdida para siempre, y literalmente, no podemos pretender
substituirla con la que nos ocupa hoy. Lo que ofrecemos hoy a nuestro país
no es pues la pieza extraviada, sino un símbolo que a pesar
de las divergencias materiales e históricas perdura tan fresco
y poderoso como el que animaba al objeto original.
Sin embargo, no satisfechos con esto, y para conferir a nuestra pieza un valor único, y marcar este evento con un sello solemne e imborrable en los anales de las colecciones históricas mexicanas, hemos pedido a nuestro presidente de honor y padrino institucional, S.A.I. el Príncipe Carlos Napoleón, jefe actual de la Familia Imperial de Francia, nos concediera el privilegio incomparable de dirigir unas cuantas líneas al pueblo de México, especialmente para esta ocasión, dedicadas a cada generación mexicana que venga a desde ahora a este recinto para contemplar el rostro de Napoleón, marcado de tanta grandeza y majestad:
Gracias a estas hermosas líneas,
auténtico punto de anclaje de esta máscara en la historiografía
y en la museografía mexicanas, de hoy en adelante, cada director
de facultad y académico que se desplace con sus estudiantes,
como cada simple curioso anodino que quiera descubrir su historia,
pero sobre todo cada padre y cada madre que traiga a sus niños
a este maravilloso museo, recinto privilegiado de la trascendencia
nacional, cada humilde maestro de escuela durante sus visitas escolares,
podrá repetir este mensaje a los niñitos sorprendidos,
quienes ya no estarán parados frente a una simple efigie
de piedra muerta, sino ante una imagen viva y transfigurada por
estas palabras que le insuflarán un espíritu. Este mensaje, hace que cada mexicano se sienta personal y directamente interpelado por las palabras del príncipe Napoleón, las cuales establecen un lazo directo a través del tiempo y de la historia entre la máscara y los espectadores, dándole así a la reliquia una dimensión, un significado y un valor únicos, al tanto que consagra, a través de las generaciones, su naturaleza definitiva e inmutable de patrimonio nacional común a todos los mexicanos del presente como del futuro a través del Emperador mismo, encarnado en las palabras del Príncipe Imperial, su heredero y representante en este principio de siglo.
Chapultepec ha sido siempre un sitio
privilegiado, sede imperial por tradición natural a lo largo
de nuestra historia: Aquí se encontraron los palacios del
tlatoani Moctezuma, de los virreyes de la Nueva España, del
Emperador Agustín I, y del Emperador Maximiliano. Hoy, este
es el palacio de todos nosotros, mexicanos, que nos hace a todos
soberanos de alguna manera: soberanos, en virtud del cetro del saber,
del conocimiento de nuestro pasado y de nuestro presente, y por
ende de nosotros mismos, ya que consagra nuestra identidad y nuestra
perennidad, toda nuestra historia, de la cual forma parte el Emperador
Napoleón, protagonista de primer orden en la gestación
y el nacimiento de nuestra patria como nación libre.
Veinticinco de julio de 2005,
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