
LA
LIBERACIÓN
La muerte del
Emperador |
| «
En su testamento, el Emperador,
a quien algunos han osado tachar
de insensibilidad, muestra toda
la profundidad de su corazón.
Cuán conmovedores son los
comentarios afables que acompañan
los legados, ya sea que estén
destinados a personajes de rango
elevado o a simples domésticos
como Hubert, Lavigne y Dervieux
que estaban con él en Egipto
veintidós años antes.
Y ese monumento de amor, lo redactó
en medio de dolores agudos, de
vómitos que le forzaban
a suspender lo que trazaba con
tanta nitidez, precisión
y orden. » Louis Marchand. |
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« Louis
Marchand velando al Emperador Napoleón
»
Litografía de la época |
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Por
Louis Marchand (17-18)
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Louis-Joseph
Marchand
Por Jean-Baptiste Mauzaisse. |
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Louis-Joseph
Marchand, (1791-1873) se
incorpora a la Casa Imperial de Francia
en 1811 en calidad de muchacho de
cámara. Muy pronto se distingue
por su inteligencia, su tacto y su
devoción, y se convierte, a
partir de 1814, en el primer valet
de cámara del Emperador Napoleón.
Sin imaginarlo, a partir de entonces
su camino estará inseparablemente
unido al de su señor: exilio
en la isla de Elba, los Cien Días,
Waterloo y finalmente Santa Elena,donde
durante las horas dolorosas se muestra
tan respetuoso, activo y atento como
en el palacio de las Tullerías.
En el momento en que la desgracia
y la defección han hecho que
tantos cortesanos se alejen o traicionen,
Marchand al contrario se esfuerza
de apaciguar el dolor de la deportación.
En su lecho de muerte, el Emperador
le otorga el título de conde
y le nombra depositario de su testamento,
dando así, por medio de este
acto inesperado y altamente simbólico,
una marca conmovedora de la estima
y el agradecimiento que tiene por
el fiel compañero del infortunio.
Sus servicios, según las palabras
mismas del gran proscrito, no fueron
los de un sirviente, sino «
los
de un amigo ». |
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« Instruido
Noverraz de la posición del Emperador y
que éste podía morir sin que le
viese, salió de la cama en la que él
mismo estaba desde hacía un mes; pálido,
enflaquecido por la enfermedad, avanzó
con paso vacilante hasta el lecho del Emperador
quien, avistándole le dijo: « Estás
bien cambiado, hijo mío, ¿ya estás
mejor? - Sí Sire.
– Estoy muy contento
de saberte fuera de peligro, no te fatigues quedándote
de pie, ve a descansar. » Noverraz
se sentía desfallecer; impresionado por
el estado en que veía al Emperador, solo
tuvo tiempo de llegar a la pieza contigua donde
se encontró mal. Cuando recuperó
el sentido, me dijo: « No puedo deciros
lo que sentí al mirar al Emperador, pero
me parecía al hablarme que me atraía
hacia él y que me decía que le siguiese.
» Abundantes lágrimas desahogaron
su alma fuertemente conmovida por el espectáculo
que acababa de presentarse a sus ojos.
Ese mismo día,
hacia las 2 horas, yo estaba solo con
el Emperador cuando suavemente Saint-Denis
vino a avisarme que el abate Vignali pedía
hablar conmigo, fui con él: «el
Emperador, me dijo, me mandó
decir por el conde de Montholon que viniese
a verle, pero necesito estar a solas con
él». El abate vestía
traje burgués y llevaba en ese
mismo traje algo que buscaba disimular
y que no busqué adivinar, pensando
que venía a cumplir con un acto
religioso; mi corazón se estrujó
con fuerza con el pensamiento que todo
estaba perdido. Dejé al abate Vignali
solo con el Emperador, quedándome
en la puerta para prohibir la entrada
a quien pudiera presentarse. El gran mariscal
llegó cuando yo estaba ahí
y se informó de lo que hacía
el Emperador; le conté cómo
el abate Vignali me había pedido
ser introducido y quedarse solo junto
a él, que yo pensaba en ese momento
llevaba a cabo un acto religioso en el
cual el Emperador no quería testigos:
« Voy, me dijo, donde
Montholon, haced que se me avise cuando
Vignali salga. » Una media
hora después aproximadamente, el
abate al salir me dijo: «el
Emperador acaba de recibir la extrema
unción, el estado de su estómago
no permite otro sacramento».
Entré donde el
Emperador a quien hallé con los
ojos cerrados, el brazo extendido sobre
la orilla de su cama; puse una rodilla
en el suelo y acerqué mis labios
de su mano sin que sus ojos se abrieran.
Previne a Saint-Denis quien hizo lo mismo,
sin que el Emperador los abriera tampoco.
Seguí quedándome solo de
pie frente a la cama del Emperador comprimiendo
mis sollozos pero dejando correr mis lágrimas.
Saint-Denis vino a prevenirme de que el
Dr. Arnott estaba ahí, fui ante
él; comprendiendo mi dolor que
atribuyó al estado desesperado
del Emperador, me apretó afectuosamente
la mano. Acercándome de la cama
del Emperador, le anuncié suavemente
al Dr. Amott, no dejando ver más
que un rostro tranquilo cuando mi corazón
estaba tan cruelmente desgarrado y me
enseguida eché al lado para dar
rienda suelta a mis lágrimas que
hoy corren aún por aquel que merecía
tan bien nuestros lamentos y nuestra devoción.
El gran mariscal llegó poco después,
el Emperador charló con el doctor
del resultado de la consulta que encontró
bien insignificante y me dijo que le diera
de beber. Habiéndome quedado solo
tras la partida de esos señores,
no me habló del acto religioso
que acababa de consumar.
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El
abate Vignali administra el viático
a Napoleón
Esta rara y romántica litografía
del pintor, ilustrador y grabador
Horace Vernet, data de 1838. Después
de haber comulgado, el Emperador
recibe los últimos sacramentos,
o extrema unción,
en la tarde del 3 de mayo de 1821.
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Como consecuencia
de esta consulta, se me pidió que diera
calomel
al Emperador; dije al gran mariscal
y al conde de Montholon que me hablaron de ello,
que el Emperador me había positivamente
dicho no querer ningún brebaje o poción
que no tuviese su aprobación y que debía
acordarse del enojo del Emperador con el Dr. Antommarchi
en semejante circunstancia. « sí,
sin duda, me dijo el gran mariscal con su
bondad acostumbrada, esto es un último
recurso que se intenta; e1 Emperador está
perdido, no debemos tener que reprocharnos el
no haber hecho todo lo que humanamente se puede
hacer para salvarle. » Alentado por
las últimas palabras del gran mariscal,
diluí ese polvo en agua con un poco de
azúcar cuando el Emperador me pidió
algo de beber, se la presenté como agua
azucarada. Abrió la boca, tragó
difícilmente e incluso quiso, sin lograrlo,
expeler todo; volteándose entonces hacia
mí me dijo con un tono de reproche tan
afectuoso y tan difícil de traducir: «
¿me engañas
también? ». Viendo la
mirada que me lanzaba y en la que matizaba tan
vivamente el dolor del ser, el gran mariscal presente
durante este reproche estuvo conmovido, y me dijo
con un profundo acento del alma: «¡Cuanta
amistad en ese reproche!». Era cierto,
yo estaba trastornado, pues finalmente acababa
de faltar a la promesa que le había hecho
de no administrarle nada sin su permiso; el Emperador
estaba bien mal sin duda, pero tenía todavía
la conciencia de lo que decía y yo hubiera
sido bien desdichado si esas palabras hubiesen
sido las últimas que me fueran dirigidas
por él, me hirieron tanto, que me quedé
con el pensamiento que tal él vez ya no
querría tomar más nada de mí,
cuando media hora después, me pidió
algo de beber y tomó con confianza el agua
enrojecida bien azucarada que le ofrecí:
« Está
bueno, está muy bueno, me dijo
después de haberla bebido. »
Confieso que solo entonces estuve tranquilo acerca
de lo que había hecho, ya que él
mismo ya ni se acordaba.
Los pies del Emperador estaban constantemente
envueltos en toallas calientes para devolverles
el calor y el conde Bertrand y el conde de Montholon
velaron toda la noche. La señora mariscala
vino un instante a ver al Emperador y pasó
la jornada en la biblioteca en donde una mesa
fue servida para la cena. Los servidores que no
tenían acceso a la recámara del
Emperador, esperaban con ansiedad las noticias
que Saint-Denis o yo les dábamos al salir.
El 4 de mayo,
el Emperador se niega a todos los socorros que
le son ofrecidos; continúa bebiendo agua
y vino bien azucarados o agua azucarada con flor
de naranjo, es la única bebida que parece
serle agradable; cada vez que se la ofrezco, me
responde por estas palabras: « Está
muy bueno, hijo mío. »
Devuelve a menudo lo que toma, el hipo se hace
frecuente. Hace un esfuerzo por levantarse, el
Dr. Antommarchi quiere oponerse. Pero él
lo rechaza y parece contrariado de la violencia
que le es hecha, y demanda que se le deje tranquilo.
En la tarde, un hipo se establece y se prolonga
hasta muy entrada la velada. De vez en cuando,
el conde de Montholon le ofrece de beber; hacia
las 10, parece adormecido bajo su mosquitero que
está bajado. Permaneciendo junto a su lecho,
vigilo sus menores movimientos, mientras que los
dos médicos, el conde de Montholon y el
gran mariscal charlan suavemente entre ellos junto
a la chimenea. El Emperador hace un esfuerzo para
vomitar, levanté enseguida el mosquitero
para presentarle una pequeña bandeja de
plata en la que volvió una materia negruzca,
después de lo cual su cabeza volvió
a caer sobre la almohada. El hipo que se presentaba
a intervalos se hace mucho más repetido,
el delirio se apoderó del Emperador; pronunció
muchas palabras inarticuladas que fueron traducidas
por Francia,...
mi hijo,...
ejército...
Se puede concluir con una perfecta seguridad que
sus últimas preocupaciones su último
pensamiento fueron para Francia, para su hijo
y para la armada. Fueron las últimas palabras
que oiríamos. Este estado continuó
hasta las 4 de la mañana, las vesicatorias
aplicadas en las piernas no tienen efecto.
A las 4 de la
mañana, la calma sucede a la agitación.
Es la calma del valor y de la resignación;
el ojo del Emperador permanece fijo, la boca está
tendida, algunas gotas de agua azucarada introducidas
por el conde de Montholon vuelven a elevar el
pulso, un suspiro se escapa de su noble pecho,
renacemos a la esperanza, ¡pero ay! No era
más que la dilatación del alma dejando
la envoltura terrestre para elevarse hacia la
eternidad.
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« Napoleón
una hora antes de su inhumación
», por Jean-Baptiste Mauzaisse.
Esta conmovedora representación
del Emperador yaciente, en exposición
en la capilla ardiente de Longwood House,
fue realizada por el pintor francés
Jean-Baptiste Mausaisse (1784-1844)
directamente bajo las directivas de
Louis Marchand, su amigo personal. Le
vemos de hecho representado a la izquierda,
detrás de la cortina. En primer
plano, el abate Vignali desempeñando
el servicio religioso. En otros aspectos,
el atuendo e insignias imperiales son
descritas en detalle, pues Marchand
fue el responsable de vestir el cuerpo
de Napoleón para su funeral.
En cuanto al rostro del difunto, se
inspira en la legendaria máscara
mortuoria de Napoleón.
En efecto, un ejemplar de ésta,
perteneciente a la colección
privada de Marchand, fue facilitada
al artista, deseoso de plasmar la escena
con gran realismo. |
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A las 6, las persianas
están abiertas, y el gran mariscal manda
prevenir a la condesa Bertrand del estado del
Emperador; ella llega a las 7, un sillón
le es avanzado al pie del lecho donde se sienta
todo el día. Los franceses incorporados
al servicio del Emperador cuyas funciones no dan
acceso al interior entran a las 8; dominan el
dolor que los oprime; el alma helada por el silencio
de un cuarto de muerte, se forman en torno al
lecho que nosotros ya rodeábamos; Noverraz,
aunque débil, todavía quiere recibir
el último suspiro del Emperador.
Nuestros ojos fijos sobre esa cabeza augusta,
no se separan más de ella más que
para buscar leer en las miradas del Dr. Antommarchi,
si alguna esperanza queda todavía. Es en
vano, la despiadada muerte está ahí.
De vez en cuando, por medio de una esponja humectada
con agua azucarada, el conde Montholon aplaca
la sed del Emperador que ya no tiene la fuerza
de tragar de otra manera, sus labios sin movimiento
se encuentran refrescados; lo que no entra es
enjugado por el conde de Montholon con un pañuelo
de batista.
A las 5 de la
tarde, el cañón de retreta se deja
oír, el sol desaparece en olas de luz.
Es también el momento en el que el gran
hombre que dominó al mundo con su genio,
va a envolverse en su gloria inmortal. La ansiedad
del Dr. Antommarchi redobla; esa mano, que guiaba
la victoria y cuyas pulsaciones cuenta, se ha
helado; el Dr. Arnott, con los ojos sobre su reloj
cuenta los intervalos de un suspiro a otro quince
segundos, luego treinta, luego un minuto transcurre,
esperamos todavía, pero en vano.
¡El Emperador
no es más!
Los ojos se abren
súbitamente, el Dr. Antommarchi colocado
cerca de la cabeza del Emperador, siguiendo en
su cuello los últimos latidos del pulso,
se los cierra enseguida, los labios están
decolorados, la boca está débilmente
contraída; en este estado, el rostro está
tranquilo y sereno, una suave impresión
se deja notar. En ese instante, nuestros sollozos
estallan con tanta más fuerza cuanto que
habían estado comprimidos; el gran mariscal
se acercó a la cama, puso una rodilla en
el suelo y besó la mano del Emperador,
el conde de Montholon y todas las personas presentes
con el mismo respeto religioso se acercaron y
posaron un beso sobre esa mano benefactora para
todos, que la muerte acababa de helar.
La Señora condesa Bertrand mandó
llamar a sus hijos para que ellos también
besasen la mano que desde hacía seis años
les había prodigado tantas caricias; la
escena de desolación que se produjo frente
a ellos no permitió a sus jóvenes
corazones soportar una emoción tan viva;
el mayor se desmayó e hizo falta sacarlos
de ese lugar de dolor. La Señora Saint-Denis
quiso también que su pequeña hija,
de apenas un año de edad, imprimiese sus
labios sobre la mano que ya había extendido
sus bondades sobre ella, pronosticándole
la felicidad; la tomé de sus brazos y con
una rodilla en el suelo la acerqué a la
mano del Emperador que sus labios tocaron sin
que resultara ninguna emoción enojosa.
El capitán Crokat acompañado por
el Dr. Amott que había ido a prevenirle
de la muerte del Emperador entra para constatar
la hora; su andar se resiente del trastorno de
su alma, se retira con respeto y parece presentar
excusas por la obligación en la que se
encuentra de llenar esta misión. Poco después,
dos médicos ingleses entran, se aproximan
con respeto a la víctima y regresaron a
certificar a Sir Hudson Lowe la relación
del Dr. Arnott.
Así pereció
el Emperador Napoleón, legando el oprobio
de su muerte a la casa reinante de Inglaterra,
dejando a la posteridad el deber de vengarle del
sicario empleado en su guarda, rodeado de amigos
y de algunos sirvientes fieles y devotos, pero
exiliado lejos de esos objetos de afecto que el
hombre busca en sus últimos momentos: una
madre, una mujer, un hijo.
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