Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
LA MUERTE DEL EMPERADOR
LA LIBERACIÓN
« En su testamento, el Emperador, a quien algunos han osado tachar de insensibilidad, muestra toda la profundidad de su corazón. Cuán conmovedores son los comentarios afables que acompañan los legados, ya sea que estén destinados a personajes de rango elevado o a simples domésticos como Hubert, Lavigne y Dervieux que estaban con él en Egipto veintidós años antes. Y ese monumento de amor, lo redactó en medio de dolores agudos, de vómitos que le forzaban a suspender lo que trazaba con tanta nitidez, precisión y orden. » Louis Marchand.
"De qué murió Napoleón", "Cómo murió Napoleón", "Dónde murió Napoleón", "Asesinato de Napoleón"
Muerte de Napoleón.
« Louis Marchand velando al Emperador Napoleón »
Litografía de la época

Por el fiel

Louis Marchand

Louis-Joseph Marchand (1791-1876)
Óleo de Jean-Baptiste Mauzaisse (1784-1844).
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia.
PRESENTACIÓN GENERAL
Por el Profesor
Sir Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia.
Louis-Joseph-Narcisse Marchand, (1791-1873) se incorpora a la Casa Imperial de Francia en 1811 en calidad de muchacho de cámara. Muy pronto se distingue por su inteligencia, su tacto y su devoción, y se convierte, a partir de 1814, en el primer valet de cámara del Emperador Napoleón. Sin imaginarlo, a partir de entonces su camino estará inseparablemente unido al de su señor: exilio en la isla de Elba, los Cien Días, Waterloo y finalmente Santa Elena,donde durante las horas dolorosas se muestra tan respetuoso, activo y atento como en el palacio de las Tullerías.
En el momento en que la desgracia y la defección han hecho que tantos cortesanos se alejen o traicionen, Marchand al contrario se esfuerza por apaciguar el dolor y, pronto, la agonía de la deportación. En su lecho de muerte, el Emperador le otorga el título de conde y le nombra depositario de su testamento, dando así, por medio de este acto inesperado y altamente simbólico, una marca conmovedora de la estima y el agradecimiento que le tiene al fiel compañero del infortunio. Sus servicios, según las palabras mismas del gran proscrito, no fueron los de un sirviente, sino « los de un amigo ».

 

« Instruido Noverraz de la posición del Emperador y que éste podía morir sin que le viese, salió de la cama en la que él mismo estaba desde hacía un mes; pálido, enflaquecido por la enfermedad, avanzó con paso vacilante hasta el lecho del Emperador quien, avistándole le dijo: « Estás bien cambiado, hijo mío, ¿ya estás mejor? - Sí Sire. – Estoy muy contento de saberte fuera de peligro, no te fatigues quedándote de pie, ve a descansar. » Noverraz se sentía desfallecer; impresionado por el estado en que veía al Emperador, solo tuvo tiempo de llegar a la pieza contigua donde se encontró mal. Cuando recuperó el sentido, me dijo: « No puedo deciros lo que sentí al mirar al Emperador, pero me parecía al hablarme que me atraía hacia él y que me decía que le siguiese. » Abundantes lágrimas desahogaron su alma fuertemente conmovida por el espectáculo que acababa de presentarse a sus ojos.

Ese mismo día, hacia las 2 horas, yo estaba solo con el Emperador cuando suavemente Saint-Denis vino a avisarme que el abate Vignali pedía hablar conmigo, fui con él: «el Emperador, me dijo, me mandó decir por el conde de Montholon que viniese a verle, pero necesito estar a solas con él». El abate vestía traje burgués y llevaba en ese mismo traje algo que buscaba disimular y que no busqué adivinar, pensando que venía a cumplir con un acto religioso; mi corazón se estrujó con fuerza con el pensamiento que todo estaba perdido. Dejé al abate Vignali solo con el Emperador, quedándome en la puerta para prohibir la entrada a quien pudiera presentarse. El gran mariscal llegó cuando yo estaba ahí y se informó de lo que hacía el Emperador; le conté cómo el abate Vignali me había pedido ser introducido y quedarse solo junto a él, que yo pensaba en ese momento llevaba a cabo un acto religioso en el cual el Emperador no quería testigos: « Voy, me dijo, donde Montholon, haced que se me avise cuando Vignali salga. » Una media hora después aproximadamente, el abate al salir me dijo: «el Emperador acaba de recibir la extrema unción, el estado de su estómago no permite otro sacramento».

Entré donde el Emperador a quien hallé con los ojos cerrados, el brazo extendido sobre la orilla de su cama; puse una rodilla en el suelo y acerqué mis labios de su mano sin que sus ojos se abrieran. Previne a Saint-Denis quien hizo lo mismo, sin que el Emperador los abriera tampoco. Seguí quedándome solo de pie frente a la cama del Emperador comprimiendo mis sollozos pero dejando correr mis lágrimas. Saint-Denis vino a prevenirme de que el Dr. Arnott estaba ahí, fui ante él; comprendiendo mi dolor que atribuyó al estado desesperado del Emperador, me apretó afectuosamente la mano. Acercándome de la cama del Emperador, le anuncié suavemente al Dr. Amott, no dejando ver más que un rostro tranquilo cuando mi corazón estaba tan cruelmente desgarrado y me enseguida eché al lado para dar rienda suelta a mis lágrimas que hoy corren aún por aquel que merecía tan bien nuestros lamentos y nuestra devoción. El gran mariscal llegó poco después, el Emperador charló con el doctor del resultado de la consulta que encontró bien insignificante y me dijo que le diera de beber. Habiéndome quedado solo tras la partida de esos señores, no me habló del acto religioso que acababa de consumar.

Muerte de Napoleón religioso
Esta romántica litografía del pintor, ilustrador y grabador Horace Vernet, data de 1838. Tras haberse confesado y comulgado, el Emperador recibe del abate Vignali los últimos sacramentos, o extremaunción, en la tarde del 3 de mayo de 1821.

Como consecuencia de esta consulta, se me pidió que diera calomel al Emperador; dije al gran mariscal y al conde de Montholon que me hablaron de ello, que el Emperador me había positivamente dicho no querer ningún brebaje o poción que no tuviese su aprobación y que debía acordarse del enojo del Emperador con el Dr. Antommarchi en semejante circunstancia. « sí, sin duda, me dijo el gran mariscal con su bondad acostumbrada, esto es un último recurso que se intenta; e1 Emperador está perdido, no debemos tener que reprocharnos el no haber hecho todo lo que humanamente se puede hacer para salvarle. » Alentado por las últimas palabras del gran mariscal, diluí ese polvo en agua con un poco de azúcar cuando el Emperador me pidió algo de beber, se la presenté como agua azucarada. Abrió la boca, tragó difícilmente e incluso quiso, sin lograrlo, expeler todo; volteándose entonces hacia mí me dijo con un tono de reproche tan afectuoso y tan difícil de traducir: « ¿tú me engañas también? ». Viendo la mirada que me lanzaba y en la que matizaba tan vivamente el dolor del ser, el gran mariscal presente durante este reproche estuvo conmovido, y me dijo con un profundo acento del alma: «¡Cuanta amistad en ese reproche!». Era cierto, yo estaba trastornado, pues finalmente acababa de faltar a la promesa que le había hecho de no administrarle nada sin su permiso; el Emperador estaba bien mal sin duda, pero tenía todavía la conciencia de lo que decía y yo hubiera sido bien desdichado si esas palabras hubiesen sido las últimas que me fueran dirigidas por él, me hirieron tanto, que me quedé con el pensamiento que tal él vez ya no querría tomar más nada de mí, cuando media hora después, me pidió algo de beber y tomó con confianza el agua enrojecida bien azucarada que le ofrecí: « Está bueno, está muy bueno, me dijo después de haberla bebido. »
Confieso que sólo entonces estuve tranquilo acerca de lo que había hecho, ya que él mismo ya ni se acordaba.
Los pies del Emperador estaban constantemente envueltos en toallas calientes para devolverles el calor y el conde Bertrand y el conde de Montholon velaron toda la noche. La señora mariscala vino un instante a ver al Emperador y pasó la jornada en la biblioteca en donde una mesa fue servida para la cena. Los servidores que no tenían acceso a la recámara del Emperador, esperaban con ansiedad las noticias que Saint-Denis o yo les dábamos al salir.

El 4 de mayo, el Emperador se niega a todos los socorros que le son ofrecidos; continúa bebiendo agua y vino bien azucarados o agua azucarada con flor de naranjo, es la única bebida que parece serle agradable; cada vez que se la ofrezco, me responde por estas palabras: « Está muy bueno, hijo mío. » Devuelve a menudo lo que toma, el hipo se hace frecuente. Hace un esfuerzo por levantarse, el Dr. Antommarchi quiere oponerse. Pero él lo rechaza y parece contrariado de la violencia que le es hecha, y demanda que se le deje tranquilo. En la tarde, un hipo se establece y se prolonga hasta muy entrada la velada. De vez en cuando, el conde de Montholon le ofrece de beber; hacia las 10, parece adormecido bajo su mosquitero que está bajado. Permaneciendo junto a su lecho, vigilo sus menores movimientos, mientras que los dos médicos, el conde de Montholon y el gran mariscal charlan suavemente entre ellos junto a la chimenea. El Emperador hace un esfuerzo para vomitar, levanté enseguida el mosquitero para presentarle una pequeña bandeja de plata en la que volvió una materia negruzca, después de lo cual su cabeza volvió a caer sobre la almohada. El hipo que se presentaba a intervalos se hace mucho más repetido, el delirio se apoderó del Emperador; pronunció muchas palabras inarticuladas que fueron traducidas por Francia,... mi hijo,... ejército... Se puede concluir con una perfecta seguridad que sus últimas preocupaciones y su último pensamiento fueron para Francia, para su hijo y para la armada. Fueron las últimas palabras que oiríamos. Este estado continuó hasta las 4 de la mañana, las vesicatorias aplicadas en las piernas no tienen efecto.

A las 4 de la mañana, la calma sucede a la agitación. Es la calma del valor y de la resignación; el ojo del Emperador permanece fijo, la boca está tendida, algunas gotas de agua azucarada introducidas por el conde de Montholon vuelven a elevar el pulso, un suspiro se escapa de su noble pecho, renacemos a la esperanza, ¡pero ay! No era más que la dilatación del alma dejando la envoltura terrestre para elevarse hacia la eternidad.

  Napoleón una hora antes de su inhumación
Esta conmovedora representación del Emperador yaciente, en exposición en la capilla ardiente de Longwood House, fue realizada por el pintor francés Jean-Baptiste Mauzaisse (1784-1844) directamente bajo las directivas de Louis Marchand, su amigo personal. Le vemos de hecho representado a la izquierda, detrás de la cortina. En primer plano, el abate Vignali desempeñando el servicio religioso. En otros aspectos, el atuendo e insignias imperiales son descritas en detalle, pues Marchand fue el responsable de vestir el cuerpo de Napoleón para su funeral. En cuanto al rostro del difunto, se inspira en la legendaria máscara mortuoria de Napoleón. En efecto, un ejemplar de ésta, perteneciente a la colección privada de Marchand, fue facilitada al artista, deseoso de plasmar la escena con gran realismo.

A las 6, las persianas están abiertas, y el gran mariscal manda prevenir a la condesa Bertrand del estado del Emperador; ella llega a las 7, un sillón le es avanzado al pie del lecho donde se sienta todo el día. Los franceses incorporados al servicio del Emperador cuyas funciones no dan acceso al interior entran a las 8; dominan el dolor que los oprime; el alma helada por el silencio de un cuarto de muerte, se forman en torno al lecho que nosotros ya rodeábamos; Noverraz, aunque débil, todavía quiere recibir el último suspiro del Emperador.
Nuestros ojos fijos sobre esa cabeza augusta, no se separan más de ella más que para buscar leer en las miradas del Dr. Antommarchi, si alguna esperanza queda todavía. Es en vano, la despiadada muerte está ahí. De vez en cuando, por medio de una esponja humectada con agua azucarada, el conde Montholon aplaca la sed del Emperador que ya no tiene la fuerza de tragar de otra manera, sus labios sin movimiento se encuentran refrescados; lo que no entra es enjugado por el conde de Montholon con un pañuelo de batista.

A las 5 de la tarde, el cañón de retreta se deja oír, el sol desaparece en olas de luz. Es también el momento en el que el gran hombre que dominó al mundo con su genio, va a envolverse en su gloria inmortal. La ansiedad del Dr. Antommarchi redobla; esa mano, que guiaba la victoria y cuyas pulsaciones cuenta, se ha helado; el Dr. Arnott, con los ojos sobre su reloj cuenta los intervalos de un suspiro a otro quince segundos, luego treinta, luego un minuto transcurre, esperamos todavía, pero en vano.

¡El Emperador no es más!

Los ojos se abren súbitamente, el Dr. Antommarchi colocado cerca de la cabeza del Emperador, siguiendo en su cuello los últimos latidos del pulso, se los cierra enseguida, los labios están decolorados, la boca está débilmente contraída; en este estado, el rostro está tranquilo y sereno, una suave impresión se deja notar. En ese instante, nuestros sollozos estallan con tanta más fuerza cuanto que habían estado comprimidos; el gran mariscal se acercó a la cama, puso una rodilla en el suelo y besó la mano del Emperador, el conde de Montholon y todas las personas presentes con el mismo respeto religioso se acercaron y posaron un beso sobre esa mano benefactora para todos, que la muerte acababa de helar.
La Señora condesa Bertrand mandó llamar a sus hijos para que ellos también besasen la mano que desde hacía seis años les había prodigado tantas caricias; la escena de desolación que se produjo frente a ellos no permitió a sus jóvenes corazones soportar una emoción tan viva; el mayor se desmayó e hizo falta sacarlos de ese lugar de dolor. La Señora Saint-Denis quiso también que su pequeña hija, de apenas un año de edad, imprimiese sus labios sobre la mano que ya había extendido sus bondades sobre ella, pronosticándole la felicidad; la tomé de sus brazos y con una rodilla en el suelo la acerqué a la mano del Emperador que sus labios tocaron sin que resultara ninguna emoción enojosa.
El capitán Crokat acompañado por el Dr. Amott que había ido a prevenirle de la muerte del Emperador entra para constatar la hora; su andar se resiente del trastorno de su alma, se retira con respeto y parece presentar excusas por la obligación en la que se encuentra de llenar esta misión. Poco después, dos médicos ingleses entran, se aproximan con respeto a la víctima y regresaron a certificar a Sir Hudson Lowe la relación del Dr. Arnott.

Así pereció el Emperador Napoleón, legando el oprobio de su muerte a la casa reinante de Inglaterra, dejando a la posteridad el deber de vengarle del sicario empleado en su guarda, rodeado de amigos y de algunos sirvientes fieles y devotos, pero exiliado lejos de esos objetos de afecto que el hombre busca en sus últimos momentos: una madre, una mujer, un hijo.

Ver también en este sitio: El último combate: la muerte del Emperador, por Louis-Étienne Saint-Denis, el mameluco Alí.