Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
Texto en castellano.

Cuento histórico de Navidad

EL ÉXTASIS
Texte en Français.

Por

Gustave Lenôtre
De la Academia francesa

Gustave Lenôtre
Gustave Lenôtre
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Eran variadas las distracciones en el castillo de Compiègne durante las épocas del año en que residía en él la corte de Napoleón III.
Después que habían estado cazando todo el día los hombres, luego que se habían cambiado cuatro o cinco veces de vestido las mujeres, para hacerse ceremoniosas visitas de uno a otro aposento; tras de haberse agotado la gama de lunchs, tés, meriendas, refrigerios, colaciones, y de haberse murmurado de las personas notoriamente malquistas en la corte, los cortesanos vestían para la cena; reuníanse después en el Salón de los Naipes, hasta que el Emperador y la Emperatriz, saliendo de sus habitaciones, se ponían al frente del cortejo y, precediendo a sus invitados, se encaminaban a la Galería de Fiestas, donde se hallaba dispuesta la mesa.
La cena duraba una hora, reloj en mano; el café sé tomaba en la Galería de los Naipes y los cortesanos se dispersaban por los grandes salones que la circundaban. Era la hora “difícil de matar”, como decía un viejo y gruñón montero imperial. Se jugaba a prendas. Luego, cuando el interés languidecía, el Emperador, con toda gravedad, dignábase dar unas vueltas al manubrio de un piano mecánico cuyo repertorio se limitaba a tres piezas: una cuadrilla, un vals y una polka.
Tras la música, se iniciaba la charla general.

La emperatriz, a quien nada interesaba tanto como los relatos de la época revolucionaria o de la epopeya napoleónica, estimulaba a los narradores y lograba infundir aplomo a los más tímidos.
Cierta noche de invierno — las estancias en Compiègne empezaban por Santa Eugenia y duraban hasta Navidad — la soberana, sintiendo que se agotaba la inspiración de sus habituales cuentistas, reparó en el anciano general d’Olonne, que no había abierto la boca en toda la velada:
—Ahora os toca a vos, general — dijo la emperatriz —; contadnos una historia...
—¿Yo? Perdonadme, Majestad, pero no sé ninguna... o, mejor dicho, sólo sé una... aunque tan lejana... tan ingenua...
—Tanto mejor. ¡Son las que más me gustan! ... ¿Cuál es el nombre del héroe?
—Su Majestad me permitirá que no lo revele hasta el fin, si es que logro llegar al fin de mi historia...
—De acuerdo. ¿Es una historia de guerra? ¿De revolución, acaso?
— Si, de guerra...
— ¡Bravo! Son las más bonitas...
—Y también de revolución, puesto que el protagonista de esta aventura era huérfano gracias a Robespierre: un niño, llamado Juan; su padre y su madre fueron detenidos una noche en su castillo del Somme, llevados a Paris y guillotinados. El castillo fue invadido y saqueado por los sans-culottes de Montdidier. Tales sucesos no dejaron huella en la mente del pequeño Juan, pues a la sazón contaba únicamente con siete u ocho meses de edad; pero su abuela materna, la anciana marquesa de Argueil, había conservado una imborrable impresión de aquellos trágicos avatares; medio loca de horror, habla huido llevándose consigo a su nieto. Retrocediendo de etapa en etapa ante los victoriosos ejércitos de la República, la abuela y el huérfano lograron llegar a Austria; segura de hallarse ya al abrigo de los sans-culottes, la marquesa habíase establecido a pocas horas de Brunn, en los confines de la Moravia, donde, reuniendo sus últimos recursos, había adquirido una pequeña hacienda en una aldea denominada Slibowitz.

Allí creció Juan, entre su desconsolada abuela y un santo sacerdote, evadido de las mazmorras de la República. Crióse, entre merced y señoría, recogiendo, de la marquesa, las tradiciones familiares, y recibiendo lecciones del sacerdote, que le enseñó algo de latín y muchos cánticos. Por lo que a la Historia se refiere, sólo en una cosa le adoctrinaron: que desde el destronamiento de los Borbones, Francia había caído en la última categoría de las naciones, pues la venganza divina habíala condenado a desaparecer de la faz de la tierra; para dar cumplimiento a semejante decreto de la divina Providencia, el pueblo francés, antaño tan cortés y tan elegante, habíase trocado en una horda de caníbales que se bañaban en sangre humana y asesinaban indistintamente a todos aquellos en los que sospechaban un resto de honradez.
Cuando Juan salía de casa de su preceptor, con el espíritu atosigado por los ahogamientos de Nantes, las deportaciones, las matanzas de Septiembre y los degüellos de Lyon o de Cambrai, su abuela renovábale la misma pesadilla con la narración de las visitas domiciliarias, las detenciones, los guillotinamientos, y la sangrienta muerte de su padre y de su madre... Con su imaginación de niño, figurábase a Francia como un inmenso albañal habitado por una raza de hombres medio desnudos, velludos, hirsutos, que empuñaban grandes cuchillos, rechinaban los dientes y bailaban desordenadas zarabandas alrededor de la máquina de matar, erigida de un modo permanente en todas las plazuelas.
Por la noche, estremecíase en su lecho mientras escuchaba las conversaciones de la trémula marquesa y del enjuto clérigo que, levantando los ojos y las manos al cielo, se comunicaban las noticias que traía la gaceta. Así supo Juan que aquellos endemoniados franceses, hartos ya de anarquía, habíanse procurado como jefe a un ogro, de fantástico y ridículo nombre, un ogro al que hablan hecho venir de Córcega y, comparado con el cual, Atila, el azote de Dios, no había sido sino un plácido y paternal varón, al decir del sacerdote. El niño soñaba con él por la noche y le tenía preocupado durante todo el día.
« ¿Está muy lejos Francia, abuela? », le preguntaba Juan para tranquilizarse.
« Muy lejos, hijo mío, ¡a Dios gracias! », gemía la pobre señora.
« Y ¿estáis segura de que el Ogro no vendrá a buscarnos aquí? »
« Creo que Dios no lo permitirá. »
« Huiríamos, ¿verdad, abuela, si viniese? »
« ¡Ay! ¿Y a dónde huiríamos, hijito? Si el Ogro de Córcega llegase hasta aquí, es que sería dueño de toda la tierra. Y entonces, y entonces, eso sería el fin del mundo y nada podríamos hacer salvo resignarnos... »

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— Me he metido en una necia historia, refunfuñó el general, ahogando una blasfemia que se perdió entre sus espesos bigotes.
— ¿Por qué, general?
— Pues, en primer lugar, porque no acaba nunca... Y luego, porque lo que le ocurrió al nieto de la marquesa de Argueil les ha ocurrido a muchos otros: para el Ogro, era una nadería conquistar al mundo... Su ruda labor consistió en ir ganando, uno a uno, a todos estos espíritus hostiles, blindados de prevenciones, embotados por las leyendas, nutridos de odios y calumnias... Y monto en cólera cuando pienso que sus más encarnizados enemigos no eran los prusianos, ni los austriacos, ni los rusos, sino los franceses, a los que tuvo que vencer sin otras armas que su prestigio y su gloria...
— ¡Pues, bien, general! Decidnos cómo triunfó del joven emigrado cuya infancia acabáis de evocar.
— ¡Ah! Esto parece un cuento de viejas... ¡Pero, en fin, puesto que he comenzado...!
Debo decir a Su Majestad que, al crecer en edad, la curiosidad iba desalojando al terror en el alma del pequeño Juan. Seguía anidando en su corazón un inmenso miedo, pero su pavor tomaba una nueva forma; hubiera querido saber cómo estaban constituidos aquellos monstruos que, al decir de su abuela, poblaban la tierra francesa: lo poco que sabía de su jefe, aquel terrible y sanguinario tirano ante quien se derrumbaban las murallas de las fortalezas enemigas y huían a la desbandada los más aguerridos ejércitos, le obsesionaba cual esos espantajos cuya misma fealdad atrae. Todos los antepasados de mi joven héroe habían ceñido espada, y su joven corazón latía al compás del paso de carga en cuanto se hablaba de guerra, de soldados y de batallas campales.

Vivaque de Napoleón I en la víspera de la batalla de Austerlitz, en medio de la meseta de Moravia en la ruta a Olmütz
Cuadro (1808) de Louis-François, barón Lejeune (1775-1848).

Acababa de cumplir los doce años de edad, en el mes de diciembre de 1805; era el chiquillo más ingenuo y más dócil que pueda imaginarse, y, sin embargo, desde hacia algunos meses, su espíritu estaba alerta: sin rebozo alguno, las personas mayores habían hablado en su presencia de los acontecimientos que trastornaban a Europa; sabia que los franceses habían invadido Alemania y avanzado hasta Viena. Incluso la misma aldea de Slibowitz, donde Juan residía, había sido ocupada durante muchas semanas por un cuerpo de soldados rusos, que desde el Cáucaso habían acudido al encuentro de los invasores. Juan había recorrido los vivaques, había admirado a los barbudos cosacos, y se había maravillado del machismo de su rudeza y de su indisciplina. Una tarde, habían montado sobre sus pequeños caballos y se habían alejado blandiendo sus lanzas y profiriendo ruidosos ¡hurras! Iban a batirse contra Bonaparte, y, efectivamente, al día siguiente, desde los primeros albores del amanecer, oyóse a lo lejos, hacia el lado de Brunn, el retumbar de los cañones que no dejaron de tronar hasta el atardecer.
Nadie durmió aquella noche en el burgo: todos aguardaban noticias. Hacia las dos de la madrugada, los cosacos atravesaron el pueblo como un torbellino, huyendo a la desbandada, y ya no volvieron a aparecer; un herido, asistido en casa del burgomaestre y al que interrogaron sobre lo ocurrido, limitase a repetir obstinadamente éstas dos únicas palabras Der Teufel... Der Teufel... (¡El diablo, el diablo!...). Días más tarde se supo que los franceses habían quedado vencedores y que el emperador de Austria imploraba merced...

La marquesa de Argueil, persuadida de que iba a reaparecer la guillotina, temblaba de emoción y de espanto; el sacerdote preparaba su equipaje. Por lo que a Juan se refiere, sentase consternado y satisfecho al mismo tiempo: le inquietaba profundamente saber que el Ogro estaba tan cerca de él, y sentíase muy orgulloso, empero, al pensar que aquellos robustos cosacos, a los que nada amedrentaba, habían sido tan prestamente derrotados por las tropas francesas. ¿Cuál sería el continente de aquellos héroes? ¿Qué terrorífico rostro tendrían, pues? ¿Con qué rayo iban armados? Y en su impaciencia hubiera querido ver, aunque sólo fuera en estampa, aunque sólo fuera en forma de juguetes, a aquellos terribles hombres que conquistaban a Europa de aquel modo, a tambor batiente. Pero la única estampa que poseía era el romance del Judío errante, comprado semanas antes a un buhonero, y su único juguete bélico consistía en un pequeño castillo de madera, defendido por unos soldados turcos de cartón, que el sacerdote le había traído de Olmútz el día de su santo. Su curiosidad fue, pues, aumentando hasta llegar a Navidad, y la víspera tomó una resolución: mientras la marquesa se componía para asistir a la misa del gallo, el niño, antes de acostarse, puso sus zapatos ante la chimenea y, junto a ellos, en lugar muy visible, dejó una hoja de papel en la que había escrito con su más hermosa letra: Niño Jesús, tráeme soldados franceses. Ya porque confiara en que el Niño Jesús se tomaría el trabajo de pasar por allí para operar aquel milagro, o más bien porque creyera hábil aquella discreta manera de dar a conocer a su abuela el deseo que no se atrevía a manifestarle más francamente, acostóse muy esperanzado, y se durmió.
Debo decir que, al regresar de los oficios divinos, hacia las cinco de la madrugada, a la anciana marquesa ni siquiera se le ocurrió dirigir la mirada hacia el lado de la chimenea: acababa de saber que se acercaba el Ogro y que sus descubiertas habían sido vistas, a la caída de la tarde, en las boscosas alturas que dominan a Slibowitz. Llegóse al lecho de Juan, dispuesto en una alcoba que se abría en el fondo de la única sala de que estaba compuesta la planta baja de la casa, murmuró dos o tres veces: « ¡Pobre chiquillo! » con tono de tierna compasión, y se dispuso a subir a su habitación. Ya había subido algunos peldaños de la escalera, cuando se produjo una gran baraúnda en la calle: patear de caballos, voces de mando, ruido de armas, y, luego, premiosos golpes a la puerta de la casa.

A la marquesa le faltaron fuerzas para desmayarse: se encomendó a Dios y fue a abrir la puerta; en el umbral, algunos hombres, la mayoría de los cuales le parecieron de gigantesca estatura, se hallaban de pie, con grandes capotes con esclavina y cubiertos con dorados bicornios; otros, formando un grupo que había permanecido a caballo, cerraban la calle del pueblo... La marquesa retrocedió y los hombres entraron como Pedro por su casa... Uno de ellos, el más pequeño, se adelantó hacia ella y, con voz suave, le dijo:
« Perdonadnos, buena anciana; en dos momentos estaremos listos. »
Los demás ya habían arrimado la mesa junto a la chimenea, habían acercado un candelabro y habían desplegado grandes mapas.
« Mirad, Sire », dijo uno de ellos.
El que la había llamado « buena anciana » se inclinó sobre la mesa, con el entrecejo fruncido, y la marquesa comprendió inmediatamente que era él... ¡el Ogro!... ¡Bonaparte! Iba muy sencillamente vestido con un abrigo gris ribeteado de pieles; sus compañeros, luego de quitarse los capotes, aparecieron galoneados de pies a cabeza, cubiertos de bordados, de cintas y de estrellas. La marquesa, que se había desplomado sobre los peldaños de la escalera, disponíase a morir cristianamente y recitaba la oración de los agonizantes...
El Emperador levantó la cabeza.
« Está bien »; dijo.
Los oficiales, dócilmente, plegaron de nuevo los mapas; el hombrecillo se acercó al mortecino fuego, sentóse en un escabel, agarró las tenacillas y atizó nerviosamente el rescoldo. Luego apoyó la frente en sus manos y permaneció pensativo, con la mirada fija. Los ayudantes de campo, tras él, manteníanse de pie, inmóviles, aguardando sus órdenes.

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Aquel silencio se prolongó: el Emperador parecía absorto en una profunda meditación; la marquesa, agotadas ya sus fuerzas,sentíase desfallecer, cuando vio que el Ogro se movía. « Ha llegado el momento », se dijo la dama.
Bonaparte se inclinaba, con la mirada fija en la hoja de papel puesta de través ante los zapatos. Cogióla y a media voz leyó: « Niño Jesús, tráeme Soldados franceses... » El Emperador alzó la frente.
« ¿Qué es esto? », dijo.
Luego añadió llamando:
« ¡Berthier! »
Uno de los generales de la escolta se le acercó.
« ¿En qué día estamos? ¿Acaso es hoy Navidad? »
« Si, Sire. »
« ¡Anda! Hoy es Navidad... ¿Quién vive en esta casa? ¿Franceses?...»
Se levantó, con el papel en la mano, y se acercó a la marquesa.
« ¿Habláis francés, buena mujer? »
« Si... — balbució la dama —; ¡misericordia! »
El Emperador iba y venía por la estancia; así llegó junto al lecho en que dormía Juan.
« ¿Este es el niño que ha escrito el deseo?... ¿También es francés ?... »
« Sí... — repitió la marquesa, reuniendo sus últimas fuerzas —; ¡misericordia para él, cuando menos! ... »
El Emperador no la escuchaba; hablase inclinado sobre la pequeña cama y contemplaba como dormía el niño.
« Sacadlo de la cama, sin despertarle, si es posible; y arropadlo bien, para que no tenga frío... »
Luego, volviéndose hacia la marquesa, le dijo: « Me lo llevo conmigo; se os devolverá en seguida... »
« ¡Señor! », exclamó la abuela sollozando...
Pero ya Berthier había sacado a Juan de su lecho y lo envolvía en las mantas. El Emperador, en el umbral de la casa, montó en su caballo que le tenía por la brida un mameluco. Apuntaba el día poniendo lívido el cielo: la anciana marquesa, paralizada por el terror, vio con sus ojos anegados en llanto cómo el ayudante de campo levantaba al pequeño Juan y lo presentaba a Bonaparte, que, con voz muy dulce, casi tierna, repetía:
« Con cuidado, con cuidado, no vayamos a despertarle. »
Lo colocó ante él, sobre el purpúreo terciopelo de su silla, y, apoyando la cabeza del niño contra su pecho, desapareció en el alba gris, seguido de su escolta.

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Cuando Juan, más tarde, evocaba las impresiones de aquella mañana, se acordaba de haber abierto los ojos y de haberlos vuelto a cerrar inmediatamente, cargados de sueño. Su rostro se hallaba hundido en las pieles, tenía calor, sentíase bien, parecíale que lo mecían, y que alguien, inclinado sobre su cuerpo, repetía en voz muy baja:
« ¡Duerme, chiquito, duerme! »
Luego, oyó de repente un ruido como de trueno, abrió los ojos, pasmado... Sentíase llevado, a galope tendido de un caballo, en brazos de un hombre que, sujetándolo por la cintura, le miraba sonriente y repetía:
« ¡No te asustes!... Has pedido al Niño Jesús soldados franceses... ¡Ahí los tienes! »
Y en la llanura, hasta perderse de vista, alineábanse maravillosos regimientos: oscuras líneas de granaderos, tocados con su colbac, a los que seguían las líneas más claras de los cazadores; luego los dragones, formados sobre sus caballos que saludaban con la cabeza; tras ellos aparecían los lanceros cuyos rosados gallardetes estrémezclanse agitados por el viento de la mañana... Y, a medida que el señor avanzaba, del fondo de las filas surgía el rítmico rugido de los tambores redoblando “Aux champs”, el fragor de las charangas victoriosas, los formidables gritos de todo el ejército aclamando a su Emperador; a lo lejos, retumbaba solemnemente el cañón, brillaban las bayonetas balo el sol naciente, mientras él, embriagado, dilatadas las narices, sonrientes los labios, radiante la frente, estrechaba al niño en sus brazos y, de vez en cuando, decía: « ¡Mira!, qué hermoso es... ¿Verdad que es hermoso?... »

« El general d’Olonne se enjugó los ojos, callóse un momento y prosiguió:
— Cuando después de terminada la revista el Emperador me devolvió a las manos de...
— ¡Cómo, general! ¿El pequeño Juan érais vos?
— Sí, yo era, Majestad..., y regresé a Slibowitz en el estado de un ser a quien Dios hubiera entreabierto la puerta del cielo; dos días más tarde, pasaba a formar parte del cuerpo de pajes y emprendía el camino de París... Así comenzó mi carrera.
—¿Y la marquesa?
—Mi pobre abuela me había creído muerto, devorado por el Ogro... Cuando regresé a casa, la encontré preparando sus vestidos de luto; consideraba un milagro que me hubiera librado de la crueldad del monstruo... que, por otra parte, muy pronto hizo borrar su nombre de la lista de emigrados y le devolvió todas las propiedades de nuestra familia...
— ¿De suerte que...?
— De suerte que el Emperador no tuvo otra admiradora más ferviente, ni otra súbdita más fiel; cuando volvieron los Borbones, en 1814, quería emigrar de nuevo, asegurando que no podía vivir en una Francia donde ya no mandaba Napoleón...
— ¿Se concilió empero con la Restauración?
— ¡Nunca! Cuando Luis XVIII le hizo insinuaciones y la invitó a las recepciones de las Tullerías, mi abuela le respondió: « Una mujer a quien el Emperador hizo el honor de llamarla buena anciana no irá a que la traten de marquesa unos advenedizos que lo combatieron... »
Y, con el tono de un hombre para quien el presente ya no ofrece atractivo alguno, el general d’Olonne añadió melancólicamente:
— ¡Tales eran, no obstante, las sorpresas que el Niño Jesús traía en aquel entonces a los pequeños franceses!


Gustave Lenôtre (1857 - 1935), Légendes de Noël, Mame, 1940.

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