EL
ÉXTASIS |
| Cuento
Napoleónico de Navidad |
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| Vivaque
del Emperador Napoleón
en medio de la meseta
de Moravia en el camino
a Olmütz. Cuadro
de Louis Lejeune, 1808. |
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Eran
variadas las distracciones en el castillo
de Compiègne durante las épocas
del año en que residía en
él la corte de Napoleón III.
Después que habían estado
cazando todo el día los hombres,
luego que se habían cambiado cuatro
o cinco veces de vestido las mujeres, para
hacerse ceremoniosas visitas de uno a otro
aposento; tras de haberse agotado la gama
de lunchs, tés, meriendas,
refrigerios, colaciones, y de haberse murmurado
de las personas notoriamente malquistas
en la corte, los cortesanos vestían
para la cena; reuníanse después
en el Salón de los Naipes, hasta
que el Emperador y la Emperatriz, saliendo
de sus habitaciones, se ponían al
frente del cortejo y, precediendo a sus
invitados, se encaminaban a la Galería
de Fiestas, donde se hallaba dispuesta la
mesa.
La cena duraba una hora, reloj en mano;
el café sé tomaba en la Galería
de los Naipes y los cortesanos se dispersaban
por los grandes salones que la circundaban.
Era la hora “difícil de matar”,
como decía un viejo y gruñón
montero imperial. Se jugaba a prendas. Luego,
cuando el interés languidecía,
el Emperador, con toda gravedad, dignábase
dar unas vueltas al manubrio de un piano
mecánico cuyo repertorio se limitaba
a tres piezas: una cuadrilla, un vals y
una polea.
Tras la música, se iniciaba la charla
general.
La Emperatriz,
a quien nada interesaba tanto como los relatos
de la época revolucionaria o de la
epopeya napoleónica, estimulaba a
los narradores y lograba infundir aplomo
a los más tímidos.
Cierta noche de invierno — las estancias
en Compiègne empezaban por Santa
Eugenia y duraban hasta Navidad —
la soberana, sintiendo que se agotaba la
inspiración de sus habituales cuentistas,
reparó en el anciano general De Olonne,
que no había abierto la boca en toda
la velada:
—Ahora os toca a vos, general —
dijo la Emperatriz —; contadnos una
historia...
—¿Yo? Perdonadme, Majestad,
pero no sé ninguna... o, mejor dicho,
sólo sé una... aunque tan
lejana... tan ingenua...
—Tanto mejor. ¡Son las que más
me gustan! ... ¿Cuál es el
nombre del héroe?
—Su Majestad me permitirá que
no lo revele hasta el fin, si es que logro
llegar al fin de mi historia...
—De acuerdo. ¿Es una historia
de guerra? ¿De revolución,
acaso?
— Si, de guerra...
— ¡Bravo! Son las más
bonitas...
—Y también de revolución,
puesto que el protagonista de esta aventura
era huérfano gracias a Robespierre:
un niño, llamado Juan; su padre y
su madre fueron detenidos una noche en su
castillo del Somme, llevados a Paris y guillotinados.
El castillo fue invadido y saqueado por
los sans-culottes de Montdidier.
Tales sucesos no dejaron huella en la mente
del pequeño Juan, pues a la sazón
contaba únicamente con siete u ocho
meses de edad; pero su abuela materna, la
anciana Marquesa de Argueil, había
conservado una imborrable impresión
de aquellos trágicos avatares; medio
loca de horror, habla huido llevándose
consigo a su nieto. Retrocediendo de etapa
en etapa ante los victoriosos ejércitos
de la República, la abuela y el huérfano
lograron llegar a Austria; segura de hallarse
ya al abrigo de los sans-culottes,
la Marquesa habíase establecido a
pocas horas de Brunn, en los confines de
la Moravia, donde, reuniendo sus últimos
recursos, había adquirido una pequeña
hacienda en una aldea denominada Slibowitz.
Allí
creció Juan, entre su desconsolada
abuela y un santo sacerdote, evadido de
las mazmorras de la República. Crióse,
entre merced y señoría, recogiendo,
de la Marquesa, las tradiciones familiares,
y recibiendo lecciones del sacerdote, que
le enseñó algo de latín
y muchos cánticos. Por lo que a la
Historia se refiere, sólo en una
cosa le adoctrinaron: que desde el destronamiento
de los Borbones, Francia había caído
en la última categoría de
las naciones, pues la venganza divina habíala
condenado a desaparecer de la faz de la
tierra; para dar cumplimiento a semejante
decreto de la divina Providencia, el pueblo
francés, antaño tan cortés
y tan elegante, habíase trocado en
una horda de caníbales que se bañaban
en sangre humana y asesinaban indistintamente
a todos aquellos en los que sospechaban
un resto de honradez.
Cuando Juan salía de casa de su preceptor,
con el espíritu atosigado por los
ahogamientos de Nantes, las deportaciones,
las matanzas de Septiembre y los degüellos
de Lyon o de Cambrai, su abuela renovábale
la misma pesadilla con la narración
de las visitas domiciliarias, las detenciones,
los guillotinamientos, y la sangrienta muerte
de su padre y de su madre... Con su imaginación
de niño, figurábase a Francia
como un inmenso albañal habitado
por una raza de hombres medio desnudos,
velludos, hirsutos, que empuñaban
grandes cuchillos, rechinaban los dientes
y bailaban desordenadas zarabandas alrededor
de la máquina de matar, erigida de
un modo permanente en todas las plazuelas.
Por la noche, estremecíase en su
lecho mientras escuchaba las conversaciones
de la trémula Marquesa y del enjuto
clérigo que, levantando los ojos
y las manos al cielo, se comunicaban las
noticias que traía la gaceta. Así
supo Juan que aquellos endemoniados franceses,
hartos ya de anarquía, habíanse
procurado como jefe a un ogro, de fantástico
y ridículo nombre, un ogro al que
hablan hecho venir de Córcega y,
comparado con el cual, Atila, el azote de
Dios, no había sido sino un plácido
y paternal varón, al decir del sacerdote.
El niño soñaba con él
por la noche y le tenía preocupado
durante todo el día.
« ¿Está muy lejos Francia,
abuela? », le preguntaba Juan para
tranquilizarse.
« Muy lejos, hijo mío, ¡a
Dios gracias! », gemía la pobre
señora.
« Y ¿estáis segura de
que el Ogro no vendrá a buscarnos
aquí? »
« Creo que Dios no lo permitirá.
»
« Huiríamos, ¿verdad,
abuela, si viniese? »
« ¡Ay! ¿Y a dónde
huiríamos, hijito? Si el Ogro de
Córcega llegase hasta aquí,
es que sería dueño de toda
la tierra. Y entonces, y entonces, eso sería
el fin del mundo y nada podríamos
hacer salvo resignarnos... »
*
* *
—
Me he metido en una necia historia, refunfuñó
el general, ahogando una blasfemia que se
perdió entre sus espesos bigotes.
— ¿Por qué, general?
— Pues, en primer lugar, porque no
acaba nunca... Y luego, porque lo que le
ocurrió al nieto de la Marquesa de
Argueil les ha ocurrido a muchos otros:
para el Ogro, era una nadería conquistar
al mundo... Su ruda labor consistió
en ir ganando, uno a uno, a todos estos
espíritus hostiles, blindados de
prevenciones, embotados por las leyendas,
nutridos de odios y calumnias... Y monto
en cólera cuando pienso que sus más
encarnizados enemigos no eran los prusianos,
ni los austriacos, ni los rusos, sino los
franceses, a los que tuvo que vencer sin
otras armas que su prestigio y su gloria...
— ¡Pues,
bien, general! Decidnos cómo triunfó
del joven emigrado cuya infancia acabáis
de evocar.
— ¡Ah! Esto parece un cuento
de viejas... ¡Pero, en fin, puesto
que he comenzado...!
Debo decir a Su Majestad que, al crecer
en edad, la curiosidad iba desalojando al
terror en el alma del pequeño Juan.
Seguía anidando en su corazón
un inmenso miedo, pero su pavor tomaba una
nueva forma; hubiera querido saber cómo
estaban constituidos aquellos monstruos
que, al decir de su abuela, poblaban la
tierra francesa: lo poco que sabía
de su jefe, aquel terrible y sanguinario
tirano ante quien se derrumbaban las murallas
de las fortalezas enemigas y huían
a la desbandada los más aguerridos
ejércitos, le obsesionaba cual esos
espantajos cuya misma fealdad atrae. Todos
los antepasados de mi joven héroe
habían ceñido espada, y su
joven corazón latía al compás
del paso de carga en cuanto se hablaba de
guerra, de soldados y de batallas campales.
Acababa
de cumplir los doce años de edad,
en el mes de diciembre de 1805; era el chiquillo
más ingenuo y más dócil
que pueda imaginarse, y, sin embargo, desde
hacia algunos meses, su espíritu
estaba alerta: sin rebozo alguno, las personas
mayores habían hablado en su presencia
de los acontecimientos que trastornaban
a Europa; sabia que los franceses habían
invadido Alemania y avanzado hasta Viena.
Incluso la misma aldea de Slibowitz, donde
Juan residía, había sido ocupada
durante muchas semanas por un cuerpo de
soldados rusos, que desde el Cáucaso
habían acudido al encuentro de los
invasores. Juan había recorrido los
vivaques, había admirado a los barbudos
cosacos, y se había maravillado del
machismo de su rudeza y de su indisciplina.
Una tarde, habían montado sobre sus
pequeños caballos y se habían
alejado blandiendo sus lanzas y profiriendo
ruidosos hurras. Iban a batirse contra Bonaparte,
y, efectivamente, al día siguiente,
desde los primeros albores del amanecer,
oyóse a lo lejos, hacia el lado de
Brunn, el retumbar de los cañones
que no dejaron de tronar hasta el atardecer.
Nadie durmió aquella noche en el
burgo: todos aguardaban noticias. Hacia
las dos de la madrugada, los cosacos atravesaron
el pueblo como un torbellino, huyendo a
la desbandada, y ya no volvieron a aparecer;
un herido, asistido en casa del burgomaestre
y al que interrogaron sobre lo ocurrido,
limitase a repetir obstinadamente éstas
dos únicas palabras Der Teufel...
Der Teufel... (¡El diablo, el
diablo!...). Días más tarde
se supo que los franceses habían
quedado vencedores y que el Emperador de
Austria imploraba merced...
La Marquesa
de Argueil, persuadida de que iba a reaparecer
la guillotina, temblaba de emoción
y de espanto; el sacerdote preparaba su
equipaje. Por lo que a Juan se refiere,
sentase consternado y satisfecho al mismo
tiempo: le inquietaba profundamente saber
que el Ogro estaba tan cerca de él,
y sentíase muy orgulloso, empero,
al pensar que aquellos robustos cosacos,
a los que nada amedrentaba, habían
sido tan prestamente derrotados por las
tropas francesas. ¿Cuál sería
el continente de aquellos héroes?
¿Qué terrorífico rostro
tendrían, pues? ¿Con qué
rayo iban armados? Y en su impaciencia hubiera
querido ver, aunque sólo fuera en
estampa, aunque sólo fuera en forma
de juguetes, a aquellos terribles hombres
que conquistaban a Europa de aquel modo,
a tambor batiente. Pero la única
estampa que poseía era el romance
del Judío errante, comprado
semanas antes a un buhonero, y su único
juguete bélico consistía en
un pequeño castillo de madera, defendido
por unos soldados turcos de cartón,
que el sacerdote le había traído
de Olmútz el día de su santo.
Su curiosidad fue, pues, aumentando hasta
llegar a Navidad, y la víspera tomó
una resolución: mientras la Marquesa
se componía para asistir a la misa
del gallo, el niño, antes de acostarse,
puso sus zapatos ante la chimenea y, junto
a ellos, en lugar muy visible, dejó
una hoja de papel en la que había
escrito con su más hermosa letra:
Niño Jesús, tráeme
soldados franceses. Ya porque confiara
en que el Niño Jesús se tomaría
el trabajo de pasar por allí para
operar aquel milagro, o más bien
porque creyera hábil aquella discreta
manera de dar a conocer a su abuela el deseo
que no se atrevía a manifestarle
más francamente, acostóse
muy esperanzado, y se durmió.
Debo decir que, al regresar de los oficios
divinos, hacia las cinco de la madrugada,
a la anciana Marquesa ni siquiera se le
ocurrió dirigir la mirada hacia el
lado de la chimenea: acababa de saber que
se acercaba el Ogro y que sus descubiertas
habían sido vistas, a la caída
de la tarde, en las boscosas alturas que
dominan a Slibowitz. Llegóse al lecho
de Juan, dispuesto en una alcoba que se
abría en el fondo de la única
sala de que estaba compuesta la planta baja
de la casa, murmuró dos o tres veces:
¡Pobre chiquillo! con tono
de tierna compasión, y se dispuso
a subir a su habitación. Ya había
subido algunos peldaños de la escalera,
cuando se produjo una gran baraúnda
en la calle: patear de caballos, voces de
mando, ruido de armas, y, luego, premiosos
golpes a la puerta de la casa.
A la Marquesa
le faltaron fuerzas para desmayarse: se
encomendó a Dios y fue a abrir la
puerta; en el umbral, algunos hombres, la
mayoría de los cuales le parecieron
de gigantesca estatura, se hallaban de pie,
con grandes capotes con esclavina y cubiertos
con dorados bicornios; otros, formando un
grupo que había permanecido a caballo,
cerraban la calle del pueblo... La Marquesa
retrocedió y los hombres entraron
como Pedro por su casa... Uno de ellos,
el más pequeño, se adelantó
hacia ella y, con voz suave, le dijo:
« Perdonadnos, buena anciana; en dos
momentos estaremos listos. »
Los demás ya habían arrimado
la mesa junto a la chimenea, habían
acercado un candelabro y habían desplegado
grandes mapas.
« Mirad, Sire », dijo uno de
ellos.
El que la había llamado « buena
anciana » se inclinó sobre
la mesa, con el entrecejo fruncido, y la
Marquesa comprendió inmediatamente
que era él... ¡el Ogro!...
¡Buonaparte! Iba muy
sencillamente vestido con un abrigo gris
ribeteado de pieles; sus compañeros,
luego de quitarse los capotes, aparecieron
galoneados de pies a cabeza, cubiertos de
bordados, de cintas y de estrellas. La Marquesa,
que se había desplomado sobre los
peldaños de la escalera, disponíase
a morir cristianamente y recitaba la oración
de los agonizantes...
El Emperador levantó la cabeza.
« Está bien »; dijo.
Los oficiales, dócilmente, plegaron
de nuevo los mapas; el hombrecillo se acercó
al mortecino fuego, sentóse en un
escabel, agarró las tenacillas y
atizó nerviosamente el rescoldo.
Luego apoyó la frente en sus manos
y permaneció pensativo, con la mirada
fija. Los ayudantes de campo, tras él,
manteníanse de pie, inmóviles,
aguardando sus órdenes.
*
* *
Aquel silencio
se prolongó: el Emperador parecía
absorto en una profunda meditación;
la Marquesa, agotadas ya sus fuerzas,sentíase
desfallecer, cuando vio que el Ogro se movía.
« Ha llegado el momento », se
dijo la dama.
Bonaparte se inclinaba, con la mirada fija
en la hoja de papel puesta de través
ante los zapatos. Cogióla y a media
voz leyó: « Niño
Jesús, tráeme Soldados franceses...
» El Emperador alzó la frente.
« ¿Qué es esto? »,
dijo.
Luego añadió llamando:
« ¡Berthier! »
Uno de los generales de la escolta se le
acercó.
« ¿En qué día
estamos? ¿Acaso es hoy Navidad? »
« Si, Sire. »
« ¡Anda! Hoy es Navidad... ¿Quién
vive en esta casa? ¿Franceses?...»
Se levantó, con el papel en la mano,
y se acercó a la Marquesa.
« ¿Habláis francés,
buena mujer? »
« Si... — balbució la
dama —; ¡misericordia! »
El Emperador iba y venía por la estancia;
así llegó junto al lecho en
que dormía Juan.
« ¿Este es el niño que
ha escrito el deseo?... ¿También
es francés ?... »
« Sí... — repitió
la Marquesa, reuniendo sus últimas
fuerzas —; ¡misericordia para
él, cuando menos! ... »
El Emperador no la escuchaba; hablase inclinado
sobre la pequeña cama y contemplaba
como dormía el niño.
« Sacadlo de la cama, sin despertarle,
si es posible; y arropadlo bien, para que
no tenga frío... »
Luego, volviéndose hacia la Marquesa,
le dijo: « Me lo llevo conmigo; se
os devolverá en seguida... »
« ¡Señor! », exclamó
la abuela sollozando...
Pero ya Berthier había sacado a Juan
de su lecho y lo envolvía en las
mantas. El Emperador, en el umbral de la
casa, montó en su caballo que le
tenía por la brida un mameluco. Apuntaba
el día poniendo lívido el
cielo: la anciana Marquesa, paralizada por
el terror, vio con sus ojos anegados en
llanto cómo el ayudante de campo
levantaba al pequeño Juan y lo presentaba
a Bonaparte, que, con voz muy dulce, casi
tierna, repetía:
« Con cuidado, con cuidado, no vayamos
a despertarle. »
Lo colocó ante él, sobre el
purpúreo terciopelo de su silla,
y, apoyando la cabeza del niño contra
su pecho, desapareció en el alba
gris, seguido de su escolta.
*
* *
Cuando
Juan, más tarde, evocaba las impresiones
de aquella mañana, se acordaba de
haber abierto los ojos y de haberlos vuelto
a cerrar inmediatamente, cargados de sueño.
Su rostro se hallaba hundido en las pieles,
tenía calor, sentíase bien,
parecíale que lo mecían, y
que alguien, inclinado sobre su cuerpo,
repetía en voz muy baja:
« ¡Duerme, chiquito, duerme!
»
Luego, oyó de repente un ruido como
de trueno, abrió los ojos, pasmado...
Sentíase llevado, a galope tendido
de un caballo, en brazos de un hombre que,
sujetándolo por la cintura, le miraba
sonriente y repetía:
« ¡No te asustes!... Has pedido
al Niño Jesús soldados franceses...
¡Ahí los tienes! »
Y en la llanura, hasta perderse de vista,
alineábanse maravillosos regimientos:
oscuras líneas de granaderos, tocados
con su colbac, a los que seguían
las líneas más claras de los
cazadores; luego los dragones, formados
sobre sus caballos que saludaban con la
cabeza; tras ellos aparecían los
lanceros cuyos rosados gallardetes estrémezclanse
agitados por el viento de la mañana...
Y, a medida que el señor avanzaba,
del fondo de las filas surgía el
rítmico rugido de los tambores redoblando
a pleno aire, el fragor de las charangas
victoriosas, los formidables gritos de todo
el ejército aclamando a su Emperador;
a lo lejos, retumbaba solemnemente el cañón,
brillaban las bayonetas balo el sol naciente,
mientras él, embriagado, dilatadas
las narices, sonrientes los labios, radiante
la frente, estrechaba al niño en
sus brazos y, de vez en cuando, decía:
« ¡Mira!, qué hermoso
es... ¿Verdad que es hermoso?...
»
«
El general De Olonne se enjugó los
ojos, callóse un momento y prosiguió:
— Cuando después de terminada
la revista el Emperador me devolvió
a las manos de...
— ¡Cómo, general! ¿El
pequeño Juan érais vos?
— Sí, yo era, Majestad...,
y regresé a Slibowitz en el estado
de un ser a quien Dios hubiera entreabierto
la puerta del cielo; dos días más
tarde, pasaba a formar parte del cuerpo
de pajes y emprendía el camino de
París... Así comenzó
mi carrera.
—¿Y la Marquesa?
—Mi pobre abuela me había creído
muerto, devorado por el Ogro... Cuando regresé
a casa, la encontré preparando sus
vestidos de luto; consideraba un milagro
que me hubiera librado de la crueldad del
monstruo... que, por otra parte, muy pronto
hizo borrar su nombre de la lista de emigrados
y le devolvió todas las propiedades
de nuestra familia...
— ¿De suerte que...?
— De suerte que el Emperador no tuvo
otra admiradora más ferviente, ni
otra súbdita más fiel; cuando
volvieron los Borbones, en 1814, quería
emigrar de nuevo, asegurando que no podía
vivir en una Francia donde ya no mandaba
Napoleón...
— ¿Se concilió empero
con la Restauración?
— ¡Nunca! Cuando Luis XVIII
le hizo insinuaciones y la invitó
a las recepciones de las Tullerías,
mi abuela le respondió: « Una
mujer a quien el Emperador hizo el honor
de llamarla buena anciana no irá
a que la traten de Marquesa unos advenedizos
que lo combatieron... »
Y, con el tono de un hombre para quien el
presente ya no ofrece atractivo alguno,
el general De Olonne añadió
melancólicamente:
— ¡Tales eran, no obstante,
las sorpresas que el Niño Jesús
traía en aquel entonces a los pequeños
franceses!
Gustave Lenôtre (1857 - 1935), Légendes
de Noël, Mame, 1940.