Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
DE WATERLOO A LA ISLA DE AIX
Embarque hacia el exilio
Embarque hacia el exilio
El Emperador Napoleón sube a bordo del Belerofonte. Dibujo romántico.

Por el Señor

Jacques L’Azou

Jacques L’Azou
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« Deudo a la historia, ella dirá que un enemigo que durante veinte años le hizo la guerra al pueblo inglés vino libremente en su infortunio a buscar asilo bajo sus leyes ¿Qué prueba más clara podía dar su estima y de su confianza? ¿Pero de qué manera respondió Inglaterra a tal magnanimidad? Fingió tender una mano hospitalaria a ese enemigo y cuando se entregó de buena fe, se le inmoló »
Napoleón, 1815.

El hermoso oficio de librero de viejo me ha permitido, siguiendo las Reconstituciones Históricas, revivir los Cien Días. En la Pentecostés, estábamos en La Ruta Napoleón en Corps, donde el Emperador pasa su última noche antes de enfrentarse a las tropas realistas en la Pradera del Encuentro de Laffrey: «Aventurero en Corps, Príncipe en Grenoble ». El 18 de junio, en Waterloo, participamos en la inauguración del nuevo sitio de la Colina del León con su nueva iluminación y par la fuerza de las cosas el aniversario de la batalla.

Este mes de agosto, la isla de Aix nos permitía descubrir lo que habían sido los últimos instantes de Napoleón en esta tierra de Francia que él adoraba por encima de todo. Es aquí donde Napoleón pasa sus últimos días el 13, 14 y 15 de julio de 1815 antes de sacrificarse por el honor y la grandeza de su leyenda inmortal.

Ahí, en su recámara, frente a su cama, se puede medir la densidad dramática de su último recorrido: ahí se termina La Ruta Napoleón que según el decir de su médico O’Meara, fue uno de sus momentos más felices desde la Consagración. Ahí, uno rehace la batalla de Waterloo cien veces remplazando a Soult por Berthier, a Ney por Davout, a Grouchy por Gérard y las combinaciones son múltiples, ¿no es cierto Drouet D’Erlon?

Hace tres meses, el Emperador, después de Golfo-Juan y Grenoble, estaba en Lyon; hace un mes se ponía en camino hacia Charleroi y Ligny.

¡Qué destino!

Tras Waterloo, de regreso en París el 21 de junio, en el Eliseo Napoleón abdica en favor del rey de Roma. Las Cámaras eligen una Comisión de Gobierno presidida por Fouché y que comprende a Carnot, Caulaincourt, Grenier y Quinette.

Aclamado cotidianamente en el Eliseo, Napoleón, para preparar su partida, se refugia el 25 en la Malmaison, donde tantos recuerdos felices le reconfortan.

Después de los últimos preparativos y los últimos adioses a su madre y a los allegados, el 29 de junio a las 17:30 horas, es la salida hacia Rochefort donde le esperan dos fragatas, la Saale y la Méduse, con el aviso Épervier, para una destinación que puede aun escoger. Napoleón tiene la intención de embarcarse hacia los Estados Unidos. Antes de partir, se han abonado a los principales diarios parisinos que deben ser dirigidos poste restante a Nueva York.

Tocado con un sombrero redondo y en atuendo burgués, acompañado por sus fieles Savary y Bertrand, Napoleón, para no ser reconocido, se pone en marcha en una calesa aislada. Enviado por Fouché, el general Léonard Becker sirve de chaperón. Es el cuñado de Desaix, el héroe de Marengo, y sabrá permanecer complaciente. Todos van en trajes civiles.

El mameluco Alí está en el asiento junto al cochero. Marchand ha puesto 20,000 francos en un pequeño cofre para las necesidades del camino. No hay escolta.
Los demás: Gourgaud, Las Cases, Montholon, Louis Marchand con los bagajes, tienen cita en Rochefort. Esta dispersión es necesaria para evitar esperar en los relevos.

El Emperador Napoleón dibujado del natural el 24 de julio de 1815, a bordo del Belerofonte
Esbozo a lápiz por Nicolas Planat de la Faye (1784-1864)

Por Rocquencourt y Saint-Cyr se llega en la velada a Rambouillet, a donde arriban a las 10 de la noche. Último castillo...

En el mismo momento el 8º regimiento de húsares prusianos, por orden de Blücher, se apresura para llegara a la Malmaison...

Por Chartes, Chateaudun (pasando cerca de Les Coudreaux, propiedad de Ney), enseguida Vendôme, Tours, Poitiers, el domingo 2 de julio están en Niort en el Albergue A la Boule d’Or («En la Bola de Oro»). Gourgaud y Marchand llegan también, Montholon con un convoy más importante pasa por Angulema.

En Niort, Napoleón pasó con Josefina al regresar de Bayona. Era el 6 de agosto de 1806... Hizo la fortuna de la ciudad poniendo a trabajar sus industrias de proceso de gamuza, en especial en la confección los pantaloncillos de piel de la Caballería.

Dos escuadrones del 2º de Húsares pasan cerca de la posada. A su cabeza, el capitán Voisin reconoce a su Emperador y da la alerta. De inmediato la población acude para aclamarle y se presenta el prefecto Busche, quien le ofrece hospitalidad en la Prefectura en la que Napoleón vuelve a encontrar, éste último domingo, garbo de soberano.

A las cuatro de la mañana, la partida de Niort es desgarradora. Soldados, civiles han dormido en el suelo frente a la reja de la Prefectura.

- «¡No! ¡No os valláis!... ¡Quedaos con nosotros!...»

- «Dejad hijos míos. ¡Ya no soy nada, vamos; ya no soy nada!...»

Vista del castillo de Malmaison, fachada que da al parque
Después de haber abdicado el 22 de junio de 1815 en el palacio del Eliseo, el Emperador pide hospitalidad a la reina Hortensia, llegando a Malmaison el día 25. Recibe ahí a varias personas, entre las cuales a sus hermanos José, Luciano y Jerónimo. También asisten en los días siguientes el banquero Laffite, el tesorero Peyrusse, María Walewska… El 26 se pasea solo en el jardín, luego llama a Hortensia y le dice «con una expresión conmovedora»: «¡Esta pobre Josefina! ¡No puedo acostumbrarme a habitar este lugar sin ella! ¡Siempre me parece verla salir de una alameda y recoger esas plantas que tanto quería! Pobre Josefina». El 29, Napoleón recibe a su madre, doña Leticia, a quien ve por última vez; luego se encierra solo en la recámara de Josefina, y sale de ella con los ojos húmedos. A las 17:00 horas el Emperador sube a la calesa que lo llevará a Rochefort, de ahí a la isla de Aix, luego a la deportación en la isla de Santa Helena. Pintura de Pierre Joseph Petit (1765-1818) .

Atraviesan la Vendea por Mauzé le Mignon, Saint Georges du Bois, Surgères, Muron, regiones que, desecadas por drenajes, se hacen prósperas. Alertadas las tierras interiores, los campesinos que terminan el henaje, sabedores del bien que hicieron esos trabajos durante el Imperio, vienen a través de los almiares de paja para saludarle en los bordes del camino.

Entran a Rochefort, el lunes 3 de julio a las 8 de la mañana. En la Prefectura, como en Niort, Napoleón se siente aún soberano en esta ciudad favorable al Imperio que enriqueció ese puerto con los arsenales, los astilleros, la cordería, la fundición y las murallas.

El Emperador permanecerá allí cinco días esperando a los salvoconductos que deben permitirle dirigirse a los Estados Unidos, pero ni el Prefecto Marítimo François Bonnefoux, de Marmande, ni Pierre Philibert, un veterano de Trafalgar, que comanda la fragata La Saale, los han recibido, y las instrucciones estipulan que es urgente esperar.

François Ponée, que comanda la otra fragata La Méduse, bullicioso oficial bonapartista, está listo para pasarlo por alto, pero al ser menos antiguo en el grado está subordinado al Comandante Philibert.

Durante esos cinco días, las soluciones para partir no faltarán. El Almirante-Conde Pierre Martin, viejo lobo de mar, retirado a Rochefort, todo devoto del Emperador y que ha sido llamado, sugiere un plan que haría embarcar la tropa en la fragata La Bayadère del Comandante Charles Baudin, hijo del antiguo convencional, él también enteramente dedicado. Hay todavía en el puerto navíos mercantes estadounidenses muy rápidos. Luego, es Jean-Victor Besson de Angulema, fiel y valiente marino del Emperador, veterano de la campaña de Rusia. Posee desde su matrimonio en Dinamarca una flotilla mercante y asegura, con su bricbarca Magdalena, poder hacer pasar a Napoleón con su séquito oculto entre los toneles de aguardiente.

Pero hay que decidirse rápido, pues Fouché en ese momento no pierde su tiempo, y ahora que el Emperador se ha alejado, toma confianza. Ha hecho nombrar a su amigo Richard, antiguo convencional, prefecto de Charente y ha escrito a Becker:
- « Napoleón debe embarcarse sin demora. No sabéis hasta qué punto la seguridad y la tranquilidad del Estado están comprometidas por estos retrasos. Debéis pues emplear todos los medios de fuerza que fueran necesarios, conservando al mismo tiempo el respeto que se le debe...»

José Bonaparte ha llegado a Rochefort en la noche del 4 al 5 de julio, y logra afretar un navío mercante, un bricbarca que transporta coñac que le llevará a América en treinta y dos días. Pero a Napoleón le repugna esta solución que es una huída vergonzosa. José, su hermano mayor que le ha servido de menor, puede hacerlo pero él, se debe a su grandeza.

El viernes 7 de julio, el General Becker que escoltaba para vigilar, recibe un despacho de la Comisión de Gobierno cuyo tono es sin discusión. El 8 muy temprano en la mañana, rinde cuenta al Emperador de las nuevas instrucciones de Fouché.

Fouché sabe que Rochefort es bonapartista, y tiembla, en el momento en el que está negociando para restaurar a Luis XVIII, con la idea de que Napoleón pueda retomar la cabeza del ejército que se repliega sobre el Loira. Lo quiere en las fragatas, en una buena prisión flotante entre los ingleses y los realistas que poco a poco se vuelven a instalar.

Los ingleses alertados por el mismo Fouché han enviado prestamente al lugar una división compuesta por el navío Belerofonte y las corvetas La Daphne, el Slaney y el Mirmidón. Sir Frederick Maitland capitanea el Belerofonte, navío de 74 cañones, pero que sufrió mucho en Abukir y en Trafalgar. Viejo navío, bastante lento, es apodado por la tripulación poco versada en la mitología, Billy the Ruffian («Billy el rufián»).
Belerofonte es el hijo de Neptuno y el nieto de Sísifo.

Ante esas amenazas, Napoleón, sin plan preciso todavía, decide dirigirse a Fouras, de donde él y su séquito pueden ponerse en seguridad en la isla de Aix o refugiarse en las fragatas.

La isla de Aix, la conoce por haber estado en ella en gira de inspección el 5 de agosto de 1808. Entonces había mandado la construcción de esa Casa del Comandante. No podía imaginar que pasaría en ella sus tres últimos días en tierra de Francia, y que sería hoy el Museo Napoleón.

Museo Napoleónico de la Isla de Aix
Esta es la casa en la que el Emperador se rindió a los ingleses. Perteneciente al servicio de ingeniería marítima, fue clasificada monumento histórico en 1925 y adquirida el año siguiente por el barón Napoleón Gourgaud (1891-1944), bisnieto del general Gaspard Gourgaud (1783-1852), miembro del séquito que acompañó al Emperador de la isla de Aix a Santa Helena. El barón Napoleón Gourgaud adquirió igualmente múltiples objetos y recibió cantidad de donaciones de figuras eminentes de la nobleza de Imperio; gracias a este importante patrimonio inauguró el Museo Napoleónico en la casa del Emperador en 1928, donándolo enseguida al estado en 1933; hoy en día está incorporado al museo de Malmaison, y en sus diversas salas rememora la vida del Emperador y de su leyenda.

Como en el Eliseo y en la Malmaison, los coches del séquito esquivan a la muchedumbre, amasada en la Plaza Colbert aclamando al convoy, mientras el Emperador sale por una puerta oculta, se eclipsa por los jardines y alcanza al convoy en el camino a La Rochela. Tuercen a la izquierda, con dirección a Fouras, una aldea de pescadores. Una pequeña flotilla espera en la ensenada de la Coue: los botes del puerto de Rochefort y los de las fragatas. Pero no hay suficiente calado para que acosten en la orilla y el embarque de toda esa pequeña compañía se hace a espalda de hombre. Napoleón deja su Imperio en hombros de Beau, un marinero pescador grande y fuerte que va llorando... Hay allí treinta pescadores y marinos perturbados. Algunos, durante el Segundo Imperio, relatarán: «llorábamos como niñas...»

Al sur del Fuerte Vauban, el emplazamiento está aún señalado con una estela de granito con esta inscripción:

Aquí, el 8 de julio de 1815
Napoleón I dejó el continente
por el exilio.
El Emperador fue llevado hasta la ballenera
por el marino BEAU
Nativo de Fouras.
Donación del Barón Gourgaud, bisnieto del General Gourgaud

Ahora, el mar está demasiado fuerte. Un bote está a punto de voltearse, Napoleón hace girar de lleno hacia las dos fragatas y se la tripulación se embarca ni sin dificultades a bordo de la Saale y de la Méduse. El séquito de sus fieles se ha incrementado hasta 64 personas, con los bagajes que vigilaba Louis Marchand.
En la Saale, el Emperador es recibido con los mayores honores. Se instala la recámara en la sala del Consejo. Montholon, con el Coronel Planat de la Faye, está a bordo de La Méduse.

Ese mismo día, Luis XVIII hace su entrada a París, rodeado por los Mariscales Victor, Marmont, Macdonald, Oudinot, Gouvion Saint-Cyr, Moncey y Lefebvre.

El día siguiente, domingo 9 de julio, el tiempo está tranquilo. Napoleón se hace conducir a la isla de Aix para una simple visita. Pasa en revista las tropas de marina estacionadas en el Fuerte de la Rada, el 14º regimiento de Marinos de de Guerra, conformados por las tripulaciones 27 y 28, en virtud de un decreto imperial del 26 de abril de 1815. El capitán de navío Coudeuin le sirve de Coronel. Son cerca de 1,500 hombres, muchos de los cuales regresan de una larga cautividad en el infierno de los pontones ingleses, pero listos para hacerse matar por su dios...

Sin embargo, Napoleón no toma ninguna decisión y se permanecerá cinco días en las fragatas esperando quien sabe qué. Cinco días perdidos balanceándose en las olas y en lo vago. Mientras tanto, Luis XVIII se instala en París, y el nuevo prefecto de Charente, el barón Richard llega para tomar sus funciones. Un regicida, prefecto del rey... pero el ministro es él mismo regicida. Luis XVIII tiene necesidad en ese momento de afirmar su trono, los saldos de cuentas, quedarán pendientes para el año próximo...

La ratonera se ha cerrado. Napoleón se encuentra entre Caribde y Scyla, esos dos monstruos fabulosos que guardaban el estrecho de Mesina. Está cogido entre el gobierno real cada vez más hostil y la Royal Navy. El Emperador descarta de todos modos las soluciones de facilidad, que consisten en partir en un barco mercante, sobre todo oculto en un tonel como se le propone…. En la dignidad y el honor, el Emperador persiste en querer dejar Francia con su séquito y permanece tan grande en la victoria como en los reveses.

El lunes 10 de julio, Las Cases y Savary son enviados en el aviso Épervier («Gavilán»), con pabellón blanco, frente al Belerofonte, portadores de una carta del Gran Mariscal Bertrand para preguntar si los salvoconductos habían llegado y, aun cuando ya no hubiese esperanza de obtenerlos, sondear al comandante del crucero inglés. Frederick Maitland hace esperar a los dos emisarios ofreciéndoles un desayuno.

Apercibió a lo lejos al Falmouth, pequeño navío rápido que trae el correo de su superior el almirante Hotham, que se encuentra en el Superb («Soberbio») en Quiberón. Durante el desayuno, Maitland actúa hipócritamente, señalando que no tiene ninguna instrucción precisa y que en ese momento, no conoce el resultado de la batalla de Waterloo. En el saco de correo, hay un pliego que dice «...os corresponde emplear todos los medios propios para interceptar al fugitivo del cual depende la tranquilidad de Europa».

 
Monumento situado al sur del fuerte Vauban
Elevado a la memoria del Emperador Napoleón, tras haber partido el 8 de julio de 1815, en camino al exilio. Fotografías del autor.

Al final del almuerzo, Maitland, apunta a los emisarios «¿Por qué no Inglaterra?».

Inglaterra, respetuosa del individuo, por medio del sistema del Habeas Corpus.

Inglaterra, donde éste afirma, el Emperador no tendría que temer ningún maltrato. Montholon añade en sus Memorias que el comandante inglés afirmó «que recibiría a Napoleón a bordo de su nave y le conduciría a Inglaterra si lo deseaba».

Maitland terminaba su carta al Gran Mariscal así: «Como respuesta, tengo el honor de informaros que no puedo deciros cuales son las intenciones de mi gobierno. No obstante, al estar nuestros dos países en estado de guerra, de ello resulta que no puedo dejar pasar ningún navío que quiera dejar Rochefort, no más que ningún navío de comercio que lleve a un pasajero tan importante como el Emperador, sin la autorización de mi jefe que está actualmente en la bahía de Quiberón.»

El comandante Maitland expedita por medio del mismo Falmouth, un mensaje a su superior el Almirante Hotham para prevenirle que «Buonaparte sí está ahí...»

Caída la noche, el Belerofonte va a acoderarse en la rada de los Basques, teniendo bajo sus fuegos a la Saale y la Méduse.

El comandante Philibert ha recibido órdenes secretas del ministro Decrès, de no aparejar sin los salvoconductos, y Napoleón se entera por los diarios que acaban de llegar de París, que Luis XVIII ha hecho su entrada a la capital.

Ya no se está seguro en la Saale, el jueves 13, se toma la decisión de refugiarse en la isla de Aix.

Despedida del Emperador Napoleón
El 15 de julio de 1815, a las dos de la madrugada, Napoleón, luciendo su uniforme verde de coronel de los cazadores de la Guardia, sube a bordo del bricbarca l'Épervier, ante los lamentos y el llanto amargo de la comitiva. Esta imagen evoca el momento punzante en que el Emperador se despide del general Becker diciendo: «... regresad a la isla de Aix. No es debido que pueda decirse que Francia me libró a los ingleses». Grabado de J.J. Baugean.

Instalado en la casa del comandante de Plaza, Napoleón ocupará la pieza grande de la planta baja, pues tiene cuatro salidas y en ese momento su seguridad está más que amenazada.

El único partido que tomar para no ser entregado o detenido por la policía francesa, es la carta inglesa. Como Paoli quien se había refugiado en Inglaterra, ya en la isla de Elba donde era visitado cotidianamente por turistas ingleses, Napoleón había dado parte de su intención de dirigirse a Inglaterra si las cosas se ponían mal.

Durante esas jornadas de inactividad, el clan Bertrand, Las Cases, Savary impelen a esta solución. Madama Bertrand es de origen irlandés y tiene familia en Gran Bretaña. Las Cases ha vivido todo el tiempo de la emigración en Inglaterra y rememora los buenos recuerdos. De todas formas Prusia está fuera de discusión pues Blücher le ahorcaría alto y corto. En Rusia, desde el incendio de Moscú, no hay que esperar un acogimiento favorable. En Austria, desde la relación de María Luisa con el general Neipperg, sería ridículo, no queda más que Inglaterra.

¿Qué hay más prestigioso que librarse a sí mismo a su peor enemigo?

Se tergiversa, pues es aún tentador de ir a América, Nueva York o Caracas o México, como José que acaba de tomar su lugar en un bricbarca estadounidense, el Commerce. Por sus funciones de Gran Maestre de la orden masónica, llegó a un arreglo con François Pelletreau, negociante y venerable de la logia de Rochefort. José va a despedirse de su hermano en la isla pues Napoleón no puede decidirse a huir.

El viernes 14 de julio, Las Cases y el general Gourgaud deben hacer entrega de una carta al príncipe regente; pues el rey Jorge III, que se ha vuelto loco, no reina más, y su hijo, el príncipe de Gales, confitado al Oporto, asegura el ínterin.

El borrador de esta carta está en el Museo Napoleón de la isla de Aix y es muy conmovedor por supuesto leer estas palabras que muestran la grandeza del soberano caído, el acto último y el más humillante de un destino deslumbrante:

« Alteza Real,

Confrontado a las facciones que dividen a mi país, y a la enemistad de las mayores potencias de Europa, he terminado mi carrera política y vengo, como Temístocles, a buscar amparo en el hogar del pueblo británico.
Me pongo bajo la protección de sus leyes, que reclamo de Vuestra Alteza Real, como del más poderoso, del más constante y más generoso de mis enemigos.

Napoleón ».

Mientras tanto, en la isla de Aix, Napoleón pasa una tarde tranquila, aliviado por la decisión tomada. Dicta sus últimos mensajes y envía sus últimas órdenes financieras, luego va a pasearse a la playa, caminando hacia el varec, a lo largo del mar. Va a conversar con algunos pescadores y a jalarles la oreja a algunos bravos del 14° de Marina, en el Fuerte de la Rada. Todos son antiguos prisioneros de los pontones ingleses y, fanáticos del Emperador a pesar de su cautiverio, le ponen en guardia contra los Goddons... (1)

Esa noche del 14 al 15 de julio, todo el mundo se afana para preparar la partida, salvo Napoleón siempre impasible. Se duerme apaciblemente, cuando se le va a despertar a la una de la mañana. El nuevo prefecto Richard ha llegado de Rochefort. Antiguo convencional, agiotista, chanchullero, amigo personal de Fouché, ha ordenado «echarse sobre el rebelde». Tiene una oportunidad de centuplicar su fortuna...

El prefecto marítimo Bonnefoux juega al más astuto y temporiza con una mentira indicando que el Emperador se ha embarcado en la Saale y es inalcanzable a causa de las corrientes desfavorables; hay que esperar la marea saliente. Ahora, el mar en ese instante está quieto, pero la jerga de la gente de mar puede tener razón de los civiles.

Hacen falta cuatro días de diligencia para llegar de París; Richard está agotado y, por consejo de Bonnefoux, toma un poco de reposo en espera de que la marea sea propicia, luego se duerme.

El prefecto marítimo aprovecha para hacerse llevar a la Saale donde despierta al comandante Philibert:

«Os traigo las últimas instrucciones del ministerio. Tomaréis conocimiento de ellas mañana temprano... »

Para mayor seguridad, manda a Aix a un oficial para prevenir al general Becker que hay que acelerar el movimiento.

Hacia las dos de la mañana, un bote lleva al Emperador al bricbarca Épervier, anclado cerca del peñón de Enet. El capitán Jourdan de La Passardière le recibe en el portalón. Napoleón envía de vuelta a tierra al general Becker: «General Becker, regresad a la isla de Aix. No es debido que pueda decirse que Francia me libró a los ingleses».

15 de julio, a las 3 de la mañana, Napoleón bebe un café cerca del cabrestante. Una guiñada le hace derramar algunas gotas y «las manchas que éstas hicieron fueron respetadas por los hombres de la tripulación mientras duró mi mando», escribirá el capitán Jourdan de La Passardière.

El Emperador Napoleón embarcándose a bordo del Belerofonte, navío inglés, el 15 de julio de 1815, a las 6 horas.
Así dejaba el Emperador el suelo de Francia, que no volvería a pisar nunca más. El 17 de octubre siguiente, deportado por el gobierno inglés, desembarcó en la isla de Santa Helena, sombrío peñasco que se convertiría en su prisión y tumba.

El viento es tenue y el bricbarca no avanza. Del Belerofonte, Maitland envía un bote comandado por su segundo Andrew Mott, pues ha visto al Superb en el horizonte y no quiere dejarse rebasar por su superior el Almirante Hotham. A fuerza de remos, Mott acosta al Epervier.

« ¡Pues bien, embarquémonos! »

En medio de terribles «¡Viva el Emperador!» gritados por cien hombres cuyo corazón sangra, Napoleón se inclina hacia el mar, toma un poco de agua en el hueco de su mano y la echa tres veces sobre el casco del Epervier...

En el Belerofonte, «Billy the Ruffian», una guardia se alinea en la parte trasera. El contramaestre, silbato en mano, se tiene listo para rendir los honores. El bote se acerca en silencio. Cuando Mott sube la escalerilla, Maitland le lanza: «¿You got him? » (2)

El 23 de julio, a la altura de Ouessant, en su catalejo de Austerlitz, Napoleón mira a Francia una última vez...

NOTAS:

1) Palabra con la que en Francia, desde la batalla de Azincourt, en 1415, se designa a coloquialmente a los ingleses. Al oír a éstos proferir continuamente la expresión «God dam», los franceses la transformaron fonéticamente en el vocablo «goddon», de ahí el apodo.
2) ¿Lo tenéis?