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Instituto
Napoleónico México-Francia - Institut
Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial. |
1808-2008 |
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EL
BICENTENARIO DEL BLASÓN |
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| Su
Majestad Imperial y Real
Napoleón I |
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Emperador
de los franceses, rey
de Italia, protector
de la Confederación
del Rin y mediador de
la Confederación
Suiza.
La corona, cerrada y
encumbrada con un orbe
rematado con una cruz
roseteada, utiliza las
águilas como
arcos, intercalados
entre plumas estilizadas.
El cetro y la mano de
justicia reproducen
los honores de Carlomagno
utilizados durante la
Consagración.
El gran collar de la
Orden de la Legión
de honor rodea al escudo.
El manto de gules, forrado
de armiños al
natural, sembrado de
abejas de oro y franjeado
del mismo, porta un
galón de sarmientos
y de racimos. Los dos
ángulos visibles
del manto muestran dos
estrellas pentagrámicas
de oro. |
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Por
el Barón |
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Philippe
Lamarque
Miembro del Alto Consejo Directivo
del Instituto Napoleónico México-Francia.
Caballero
de la Órden Nacional de las Artes
y de las Letras y oficial de las Palmas
Académicas de Francia.
Recipiendario del Collar de la Orden del
Mérito de Senegal.
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| Philippe
Lamarque |
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Traducción
al castellano por el Instituto Napoleónico
México-Francia © |
El
EMPERADOR NAPOLEÓN
tuvo la voluntad
de reconstituir una élite
para reconocer los méritos
y el valor de aquellos hombres
que forjaron el Imperio.
El Armorial del Primer Imperio
se inscribe en la continuación
de la creación de los
estatutos del 1º de marzo
de 1808, que reglamentan la
atribución de los títulos
y de los mayorazgos. Este
renacimiento preciado es igualmente
la consecuencia de la evolución
de la sociedad. Los creadores
de estos escudos de armas,
a la vez respetando escrupulosamente
las reglas heráldicas
del blasoneo, dejaron libre
curso a su creatividad, nutrida
y enriquecida por la epopeya
napoleónica. Será
bajo la conducción
del Archicanciller Cambacerés,
a la cabeza del « Consejo
del selo de los títulos
», que esta Nobleza
de Imperio se constituya,
con sus Grandes dignatarios
(bajo el signo del Águila)
y todos aquellos personajes
del Imperio, grandes o muy
grandes, ya fueran príncipes,
duques, condes, vizcondes
o príncipes y que todos
plasmaron su nombre en la
Historia |
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En
1804, para la Consagración,
Isabey y Cambacérès dibujan los
escudos de armas imperiales, y luego en 1806,
son los duques y príncipes quienes reciben
los propios.
Las atribuciones son reglamentadas por el decreto
del 1º de marzo de 1808, confirmadas por
las municipalidades por medio del reglamento del
25 de marzo de 1808. Los antiguos títulos
son restablecidos, salvo los de marqués
y de vizconde que permanecen extintos, pero eminentes
juristas como los Guérin deploran que el
de escudero no sea reactivado. En 1808, el ministro
de justicia se dota de un Consejo de los Sellos.
Éste funda un sistema heráldico
que duró siete años solamente, pero
efectuó un trabajo encarnizado, o sea 3
500 actas auténticas.
Paralelamente al Consejo del sello de los títulos,
el Emperador firma más de 900 nominaciones
por decreto. El soberano se preocupa poco por
la heráldica en un primer tiempo. Los mayorazgos
deben permitir a la nueva aristocracia tener su
rango.
Esta mente positiva
y práctica se da cuenta, tanto por su educación
como por los contactos llevados de grado o por
la fuerza con Europa, que los honores mantienen
las fidelidades tan seguramente como los bienes
y las gratificaciones. Del Antiguo Régimen,
no quedan más que ruinas. Es preciso reconstituir
un sistema inmediatamente utilizable. Napoleón
guarda sobre todo en la memoria la experiencia
a menudo punzante de su juventud. Le faltó
cruelmente dinero para mantener su tren de vida
y su rango: el Emperador conoce la imperiosa necesidad
del primero. El antiguo subteniente de artillería
impecunioso se acuerda de haber sido rayado de
los cuadros del ejército, a falta de haber
podido presentarse a una revista: entonces estaba
humillado por llevar polainas de cartón
a guisa de botas. No es un caso aislado ni una
particularidad que surge durante la crisis de
los primeros años de la Revolución.
Bajo el Antiguo Régimen, la pequeña
nobleza tiene como único privilegio hacerse
matar en combate, dejando viudas en la miseria,
hijas por casar sin dote, huérfanos obligados
a portar el macuto y el fusil. En el fondo, la
burguesía enriquecida está muy satisfecha
de no pagar el impuesto de la sangre y cuenta
acrecentar su base tributaria por medio de la
ley Jourdan escapando de él por medio de
la redención del sorteo, pero estas consideraciones
rebasan las consideraciones heráldicas.
Una vez vuelto Emperador, preocupado por proteger
a sus fieles, Napoleón instaura, tanto
para los militares como para las élites
de la sociedad civil, un tipo de patrimonio inalienable
y exento de embargo, distinto del patrimonio de
derecho civil, en forma de mayorazgo, asentado
sobre bienes inmobiliarios, territoriales y fondos
del Monte de Milán. Las letras patentes
llevan a la vez la mención del título,
el blasoneo y el inventario del mayorazgo con
su evaluación financiera. En caso de desaparición
del patrimonio ordinario, quedan suficientes bienes
para asegurar la educación de los infantes.
La Banca de Francia garantit la monnaie et de
ce fait la valeur des majorats. Esta medida no
desapareció progresivamente más
que a fines del siglo XIX: en 1892 las referencias
del Sello de Francia son suprimidas por vía
de extinción, remplazadas por abogados
en los Consejos. Son ellos quienes desde entonces
introducen los asuntos en el Consejo de administración
del ministerio de Justicia. El ministerio de las
Finanzas y la Banca de Francia tienen desde ahora
recobrado la integralidad de sus prerrogativas.
Garantizan uno de los aspectos fundamentales del
orden público, al haber el Código
civil destruido el derecho de primogenitura.
Una cierta imagen
de los titulados del Imperio quiere reconocer
entre ellos a los beneficiarios de la promoción
social de los grognards. Es olvidar que
el canciller de la Legión de Honor no es
un militar, sino el sabio Laplace. Entre los impetrantes
de letras patentes y de decretos, los militares
son numerosos pero minoritarios. Los títulos
más importantes son concedidos a los miembros
de la alta sociedad enriquecida por los bienes
nacionales, los suministros de guerras de la revolución
y las especulaciones del Directorio, sin olvidar
gentes más respetables como los sabios
y artistas que, bajo el Antiguo Régimen,
hubiesen sido hechos recipiendarios de la Orden
de San Miguel.
Otra imagen del Imperio deja suponer que el régimen
sirve de « ascensor social » a talentos
nuevamente descubiertos; ahora, los impetrantes
a títulos imperiales son mayoritariamente
surgidos de familias del antiguo Segundo Orden,
cuyos nombres en ciertos casos se remontan a las
Cruzadas. Basta constatar la sincronización
entre el regreso de los emigrados y la codificación
de 1808.
ESCUDOS
Y MAYORAZGOS
Los textos concernientes
a los mayorazgos, muy precisos y abundantes, fueron
estudiados por Guérin & Guérin.
En vista del volumen aplastante de trabajo del
Consejo, organismo financiero que actúa
como un agente de cambio o un oficial ministerial
poseedor de un cargo, controlando los mayorazgos,
la parte heráldica se halla reducida a
la porción congruente. Así pues
Cambacerés dirige el conjunto de la estructura.
Su inmensa fortuna lo pone al resguardo de tentaciones
humanas, demasiado humanas. Consagra lo mejor
de su tiempo de preparar los reglamentos de escudos
de armas. En el arte y la ciencia del blasón
tradicional, la nueva doctrina jurídica
halla la expresión estética y metafísica.
Cambacerés, mente eminentemente flexible
y cultivada, también es apasionado de las
cuestiones de liturgia católica, de heráldica,
de simbólica. Doctor in utroque jure
(doctor en derecho civil y en derecho canónico),
también está apasionado por las
demás formas de espiritualidad, así
como ha sido iniciado en todos los ritos masónicos
en los más altos grados. Para él,
el armorial se convierte en un verdadero campo
de juego en el que puede ejercer las facetas de
su espíritu, sin duda uno de los más
brillantes de su tiempo.
El Archicanciller, avezado en todas las finezas
teológicas, conocedor de todas las filosofías
y los corrientes esotéricos de su tiempo,
nostálgico sin complejos de un orden guerrero
en el que las espadas obedecen tanto a la toga
como al báculo no podía sino estar
seducido por los escudos en tanto que puerta abierta
hacia el pleroma.
La Iglesia nunca ha dudado
que el escudo era el doble sobrenatural
del guerrero, de lo contrario no habría
tolerado nunca y aun menos alentado la
atribución de escudos de armas
a los miembros del Primer Orden desde
el siglo XII.
Cambacerés preside el Consejo del
Sello de los títulos adoptando
la manera de un Emperador de China: no
interviene sino muy raramente pero lo
vigila todo. Este organismo de competencias
esencialmente financieras y patrimoniales
trata también reglamentos de escudo
de armas. En un muy breve lapso de tiempo
de ocho años, un organismo de barreras
dúctiles y flexibles se pone en
pie y produce, en el sentido propio del
verbo, una cantidad impresionante de escudos.
Se sirve de ellos para reformar una nueva
élite concediéndole signos
de reconocimiento.
Se consagra esencialmente a las personas
físicas que se convierten en jefes
de nombre y de armas, pero se interesa
también en las colectividades públicas,
en las municipalidades y en los religiosos.
Como el Concordato no restableció
al clero en tanto que orden, lo obispos
se vuelven altos funcionarios. El concilio
de 1810 influye notablemente sobre la
heráldica napoleónica, devolviendo
a ciertos altos prelados un rango comparable
al de los grandes barones de la Consagración
según el ordo de Reims.
Sin embargo, a pesar
de la intensa actividad de este servicio
del ministerio de la Justicia, la codificación
de 1808 queda incompleta sin lo que podríamos
considerar el equivalente de los decretos
de aplicación.
Es cosa hecha en 1812: las creaciones
heráldicas han provisto suficiente
materia al editor Henry Simon y al grabador
Turlure, quienes publican un Armorial
general del Imperio, que contiene las
armas de Su Majestad el Emperador y rey,
de los príncipes de su familia,
de los grandes dignatarios, príncipes,
duques, barones, caballeros y los de las
villas.
Se trata en aquella época del único
documento accesible al público.
Muy incompleto cuando se totaliza el efectivo,
presenta la ventaja concreta de respetar
la etiqueta clasificando a los titulares
primero por rango, enseguida en un orden
sumariamente alfabético según
el rango. Refleja perfectamente la obra
del Consejo. El registro de escudos de
armas sigue un procedimiento (casi) inmutable:
En él, el aspirante a los títulos
es a menudo invitado por un correo del
presidente Cambacerés.
Se provee en el Consejo por un abogado
del Consejo de Estado. ¿Ha heredado
el interesado armas del Antiguo Régimen?
Somete entonces su proposición
al Consejo, el cual las transcribe integralmente
o parcialmente. Si la nueva definición
retoma la forma antigua, recibe enseguida
los aumentos de honores conformes a los
signos de 1808. Si la definición
no retoma de ésta más que
una parte, la tendencia va en sentido
de los aumentos de honores, cuya dialéctica
se coteja con la de las creaciones nuevas.
¿El interesado se convierte en
el principio de un nuevo linaje? Puede
someter una proposición, pero el
Consejo le hace comprender que tiene todo
por aprender en el blasoneo.
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Jean-Jacques-Régis
de Cambacérès (1753-1824
)
En marzo de 1808, el
Emperador y rey Napoleón
I restablece por decreto el derecho
a los escudos de armas para la
nobleza bajo el estricto control
del Consejo de Estado con Cambacerés,
presidente del « consejo
del sello » para la atribución
de los títulos reservados
a los barones del consejo de Estado,
a los condes ministros, a los
barones de los cuerpos administrativos
y finalmente a los miembros de
la Casa del Emperador y de las
villas. Óleo sobre lienzo
de Henri-Frédéric
Schopin (1801-1880). |
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LOS
MUEBLES Y SU DEFINICIÓN SIMBÓLICA
Los escudos de
armas napoleónicos, a semejanza de aquellos
abrogados al final del Antiguo Régimen
y de los que siguen siendo válidos en aquella
época en el conjunto del mundo católico,
apostólico y romano, comportan metales,
esmaltes y muebles. U significado puede leerse
en diversos grados que a menudo se encajan: inmediato,
parlante, alegórico, simbólico y
ontológico. Estos emblemas hacen un llamado
a la intuición, que guía la ciencia
heráldica. La lengua universal del blasón,
el francés desde el siglo XII, impone al
estilo una claridad propia su genio. La plástica
se beneficia de ello: el estilo heráldico
a medio camino entre la abstracción y la
figuración se despliega en ella y alcanza
el valor de un lenguaje universal.
Desde las cruzadas hasta 1808, los metales, esmaltes
y muebles vehicularon significaciones variadas
pero que se completan. Cada escudo, en tanto que
imagen de la personalidad de la gente a la que
pertenece cada titular de letras patentes, representa
una Weltanschauung, una visión
del mundo que los muebles sirven para expresar.
Entre la Edad Media y el Imperio, aparecieron:
el evemerismo del Renacimiento, la Reforma seguida
del concilio de Trento, la Ilustración
que desemboca en el Terror. Esta elección
incompleta, lejos de agotar la materia debería
permitir percibir mejor la existencia de una doctrina
metapolítica napoleónica, aunque
ésta parece no haber sido nunca objeto
de una carta fuera de lo heráldico.
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El renacimiento
de un sistema completo consecutivo a una
interdicción total del tiempo de
la Revolución desemboca en un sistema
rígido pero que se suaviza a medida
que toma cuerpo en el transcurso de sus
siete años de validez. ¿Qué
haría pasado si el Imperio se hubiera
prolongado bajo una dinastía de veinte
Napoleón, tantos como Luis? Decenas
de miles de recipiendarios de órdenes
imperiales hubieran podido obtener letras
patentes al cabo de una a dos generaciones.
La pirámide social, reconstitución
de un cursus honorum antiguo, hubiese
podido promover a las decenas de miles de
caballeros de las órdenes imperiales. |
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S.S.
el Papa Pío VII en la Capilla
Sixtina
Pío VII (1742-1823),
una mezcla sutil de rigidez en
los principios y de flexibilidad
en política. De hecho a
partir de 1806, Napoleón
planteó la cuestión
de la legitimidad del Estado pontificio
de la cual el soberano pontífice
creyó escapar pero que
finalmente no será resuelta
más que dos generaciones
más tarde en detrimento
conjunto del Papa y del sucesor
de Napoleón. Exquisita
obra de Jean-Baptiste Ingres (1780-1867).
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Entre
ellos, las categorías de ingresos
de 500, 1000, 2000, 3000 francos parecen
haber sido estudiadas por el Emperador para
estratificar el acceso al rango de caballero
del Imperio, retomando el espíritu
de la antigua práctica ennoblecedora
de la Orden de San Luis. La prudente y deferente
oposición de Cambacerés al
sistema imperial de los títulos inspira
manifiestamente estos escalones, que parecen
peldaños en la plaza del templo masónico.
Las ideas del archicanciller sobre la educación,
resultantes del Émile, que
obligan moralmente al educador a transmitir
al menos aquello de cual es poseedor, impulsan
al maestro a aumentar el capital educativo.
Los ingresos deben pues servir para educar
a las generaciones sucesivas antes del acceso
a las letras patentes, surtidos con escudos
de armas que deben ser portados dignamente.
Fuera de toda consideración política,
un heraldista no puede sino deplorar la
abdicación de Napoleón, la
cual reduce la creación de escudos,
sobre todo cuando ésta restablecía
su derecho a los escudos de armas a gentes
provenientes del tercer estado (clase media).
No olvidemos que bajo el Antiguo Régimen,
la inmensa mayoría de los escudos
de armas pertenecía al tercero, que
fue privado de ellos por la Revolución.
En contraparte, las creaciones de Cambacerés,
de una extraordinaria dinámica, debida
sin duda al encuentro de un perfecto respeto
de la tradición que reanuda con sus
raíces cristianas y de una resurgencia
del corpus tradicional en la masonería,
tenían la promesa de un destino que
escapara a las manos de su creador. |
Durante
la Restauración, hubiera sido comprensible
que estas actas auténticas y legales
fueran abolidas, pero el rey decidió
prorrogar su validez. Así como los
descendientes de los antiguos linajes recuperaron
naturalmente la forma ancestral de los blasoneos
de sus gentes, igualmente los nuevos titulados
recibieron la autorización de conservar
los propios, con la excepción no
obstante de los antiguos senadores llamados
a ocupar un escaño en la cámara
de los Pares de Francia. |
LA
DOCUMENTACIÓN DESPUÉS DE 1815
Émile Campardon
estableció en 1889, en provecho de la sociedad
de historia de la Revolución, la Lista
de los miembros de la nobleza imperial, en
un in-octavo de 189 páginas, en
el cual cada reseña comporta un apellido,
un nombre, la naturaleza jurídica y la
fecha de titular adjunta al mayorazgo.
Campardon se abstiene de indicar los reglamentos
de escudo de armas, mientras Simon introduce la
dimensión heráldica en la orden
de la etiqueta. Entre 1894 y 1897 aparece la obra
del vizconde Révérend: El armorial
del Primer Imperio, título, mayorazgos
y escudos de armas concedidas por Napoleón
I. Contiene las reseñas que el título
anuncia, más precisiones muy útiles
para los genealogistas. De un punto de vista estrictamente
heráldico, la obra se dirige a conocedores
bastante hábiles en la lectura de las definiciones,
dificultad incrementada por los neologismos. Révérend
colaboró con el conde Eugène Villeroy.
Hicieron publicar en 1904 a muy bajo tiraje una
gran recopilación en color: El álbum
de los escudos de armas concedidos por letras
patentes de Napoleón I, 1808-1815,
hoy en día casi imposible de inencontrable.
La obra de Révérend
de 1897 fue seguida por una reedición prefaceado
por Jean Tulard del Instituto de Francia en 1974,
pero sin el cuaderno de ilustración. Hubo
que esperar hasta 1999 para que las Éditions
du Gui publicasen L’héráldique
Napoleónienne – « La heráldica
Napoleónica » – libro laureado
del Gran premio 2000 de la Academia francesa y
del II Premio Memorial Conde de Las Cases, a fin
de que la comunidad científica, los bibliófilos
coleccionistas y los amantes ilustrados dispusieran
por fin de una herramienta capaz de satisfacer
su curiosidad. Rápidamente agotado, este
libro fue enseguida objeto de un colofón.
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EL
INSTITUTO NAPOLEÓNICO
MÉXICO-FRANCIA
RECOMIENDA: |
| EL
ARMORIAL
DEL PRIMER
IMPERIO
|
| Obra
galardonada por la
Academia francesa,
y el Premio
Memorial Conde de
Las Cases |
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