Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
LA ENTREVISTA DE ERFURT
Napoleón y Alejandro en Erfurt
Grabado de Philippoteaux

Por el doctor

Michel Kerautret
Miembro del Comité histórico del Instituto Napoleónico México-Francia

Dr. Michel Kérautret
Michel Kerautret
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©.
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Del 27 de septiembre al 14 de octubre de 1808, se llevó a cabo en la pequeña ciudad de Erfurt, en Turingia, una reunión que ha quedado como memorable: en torno a los emperadores francés y ruso se habían reunido la mayoría de los soberanos alemanes, no para conformar « un congreso de los príncipes » como a veces se ha escrito, sino para asegurarle una suerte de corte a los dos protagonistas, una « platea de reyes », incluso una « platabanda » según el comentario malicioso de Talleyrand. La mayoría de los que habían asistido a ese brillante espectáculo no fueron más que sus espectadores, a lo mucho los figurantes, los valedores de lo que no era más que un encuentro en la cima, soberbiamente puesto en escena, entre los dos poderosos señores que se habían dividido Europa en Tilsit. Encuentro altamente político, deseado por el uno como por el otro como complemento vuelto necesario de su primera entrevista, quince meses antes, en las orillas del Niemen. Se trataba de poner en claro un cierto número de puntos quedados ambiguos, y de poner al día el contenido de la alianza en un contexto modificado por diversos elementos.

 

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

 

LOS DÍAS SIGUIENTES A TILSIT

En julio de 1807, Napoleón y Alejandro habían no solo hecho la paz, sino también concluido una alianza secreta (1). Se comprometían, en lo inmediato, a ofrecer sus mediaciones respectivas en vista de restablecer la paz general: Alejandro haría presión en ese sentido sobre su aliado inglés del día anterior, y Napoleón sobre su aliado turco; en caso de fracaso, la nueva alianza sería puesta en obra, militarmente incluso. Tilsit no solo marcaba pues un término, era también un punto de partida, que llamaba a otros desarrollos. Por lo demás, Napoleón estaba bien consciente de que habría que asegurar un « seguimiento », así fuera solo para mantener la flama: ciertamente, no ponía en duda la sinceridad de Alejandro, pero podía temer que, un momento subyugado, el zar recayera enseguida bajo la influencia de un entorno hostil a la alianza francesa. Era pues importante para Napoleón estar informado de lo que iba a suceder en Rusia, y si posible orientar la opinión en un sentido favorable. De ahí el envío inmediato de Savary, en espera de la designación de un verdadero embajador.
En los meses que siguieron, todo pareció confirmar a Napoleón que había hecho la buena elección apostando por la alianza rusa. Sin duda las relaciones Savary dan testimonio de la hostilidad persistente de la aristocracia rusa (2). Pero el emperador Alejandro parecía decidido a honrar su palabra: había nombrado un nuevo ministro de Asuntos extranjeros, el conde Roumiantsov, para encarnar su nueva política, y no cesaba de hablar de Napoleón con el mayor afecto. Una correspondencia personal se estableció entre los dos soberanos (3). Se intercambiaron soberbios obsequios, pieles de Rusia contra porcelana de Sèvres, y Napoleón se encargó incluso de hacer las compras para la condesa Narychkin, amante de Alejandro. Luego, en noviembre, Napoleón designó, para suceder a Savary, a un embajador cuidadosamente escogido para complacer al zar: el general Caulaincourt (1773-1827), gran escudero, conocido y apreciado por Alejandro desde una misión que había cumplido en San Petersburgo en 1801 (4). Por medio de esta elección, Napoleón entendía conservar a la diplomacia franco-rusa un carácter muy personal. Pero faltaba traducirla en actos.

El Zar Alejandro I
Emperador de todas las Rusias.
Rey de Polonia, gran duque de Finlandia, grand duque de Lituania. Retrato anónimo anterior a 1825.

 

LA PUESTA EN OBRA DE LA ALIANZA: INGLATERRA Y TURQUÍA

Ahora, algunos meses después de Tilsit, la exaltación inicial tiende a dejar su lugar al regreso del realismo. Napoleón lamenta manifiestamente haber dicho un poco demasiado, en lo que se refiere al imperio otomano, mientras que Alejandro comienza a llevar una cuenta más minuciosa de las ventajas y de los inconvenientes de la alianza. Y si cumple bastante exactamente con sus compromisos, es para hacerse con ello un mérito nuevo, y abrirse nuevos créditos, mucho más que para pagar la deuda contractada en Tilsit. Caída la embriaguez, el cálculo retoma sus derechos.
Al día siguiente del bombardeo de Copenhague por los ingleses, en septiembre de 1807, Rusia debía evidentemente declararles la guerra su quería aplicar el tratado (5). Alejandro difirió esta decisión para no arriesgarse a atraer sobre su capital el fuego de la Navy, pero el 7 de noviembre, llegado el invierno, rompió solemnemente con Londres. Napoleón habría pues tenido toda la razón de estar satisfecho si el zar no hubiera, en el mismo movimiento, sacado a flote la cuestión del imperio otomano. Para la parte rusa, parecía natural que en contraparte del compromiso de Rusia contra Inglaterra, Napoleón la dejara agrandarse a expensas de Turquía. Reivindicación bastante embarazosa para el Emperador de los franceses, todavía aliado el día anterior con la Puerta. Ciertamente, en la embriaguez de Tilsit, se había dejado llevar bastante lejos en palabras, pero considerándolo más detenidamente, medía el riesgo que habría en permitir a Rusia tomar el control del Mediterráneo oriental. Por otro lado, no quería desalentar sus esperanzas y arriesgarse a perder los beneficios de la alianza en la lucha contra Inglaterra. La partida se volvía delicada.

En el curso del mes de agosto, Alejandro se había negado a ratificar un armisticio ruso-turco, concluido gracias a la mediación del coronel Guilleminot: lejos de comenzar la evacuación de las provincias otomanas de Moldavia y de Valaquia, conformemente al tratado de Tilsit, hace saber ahora que desea anexarlas (6). Inconcebible a ojos de Napoleón, salvo de contemplar un reparto del imperio otomano todo entero: entonces, si Rusia guardaba las provincias danubianas, Francia tomaría Morea, Albania o Egipto. El asunto no era sencillo sin embargo, y abrir esa caja de Pandora conllevaba el riesgo de poder ser provechosa para Inglaterra en el Mediterráneo. Así pues, Napoleón desplazó los envites: aceptaría que Rusia se quedara en el Danubio, si en compensación, Francia se quedaba en el Oder conservando Silesia en vez de restituirla a Prusia. Así el tratado de Tilsit no sería enmendado en provecho de uno solo, sino que « el aliado de Francia y el aliado de Rusia sufrirían una pérdida igual » (7). Por lo demás se podía esperar que, ante esta eventualidad, Alejandro prefiriera renunciar al Danubio por el momento.

La propuesta no dejó de inquietar al emperador de Rusia. Además de que su honor le prohibía obtener una ventaja que sería pagada por sus desdichados amigos de Königsberg, temía la consolidación de un bulevar francés en el corazón de Europa central, por la reunión de Sajonia, de Silesia y del ducado de Varsovia. Como lo escribe Albert Vandal, « las dos cuestiones que, desde hacia un siglo, habían impedido todo acercamiento durable entre Francia y Rusia, las de Oriente y de Polonia, reaparecían hoy, concurrentemente sacadas a flote, y Napoleón, tratando de resolver la primera por la segunda, no había hecho más que complicarla » (8).

 

EL RELANCE DEL PROYECTO ORIENTAL

Para salir de este impase, Napoleón regresó entonces a la idea de un reparto del imperio otomano, en una suerte de fuga hacia adelante: más bien un reparto general que una amputación en provecho únicamente de Rusia. Sin embargo no se resignaba más que a regañadientes a esta opción, cuyos riesgos eran manifiestos. A fin de darle un contenido positivo, en la perspectiva de la lucha contra Inglaterra, imagina en enero de 1808 ligar esta operación a un vasto proyecto de expedición franco-rusa con destinación a la India, según un esquema ya contemplado en tiempos de Pablo I. El Emperador tergiversa sin embargo durante varias semanas, temiendo cerrar así la puerta al compromiso que aún espera con Londres. Pero se decide cuando el discurso del trono de Jorge III le quita esa esperanza (9). El 2 de febrero, Napoleón escribe a Alejandro una carta extraordinaria, abriendo inmensas perspectivas (10).
« Ya no es sino por grandes y vastas medidas como podemos llegar a la paz, y consolidar nuestro sistema ». Y despliega para Alejandro un vasto plan de operaciones conjuntas contra Inglaterra, en las que Rusia sería ampliamente pagada por su parte de esfuerzos: que ataque a Suecia, aliada de Londres en el Báltico, y podrá guardar Finlandia; que participe a una expedición común en dirección de la India, Napoleón la dejará acceder al Bósforo. Estos beneficios considerables, que coronarían la obra de Pedro el Grande y de Catalina II, deberían desarmar la hostilidad de la opinión rusa hacia la alianza francesa. Pero para detener los detalles de un plan tan gigantesco, la negociación a distancia ya no basta: los plazos de correo, pero también las distorsiones que los intermediarios – comenzando por Tolstoi, el embajador de Rusia en Francia –, hacían padecer a veces a los hechos y a las declaraciones, tenían como resultado obscurecer las cosas. Napoleón propone entonces una entrevista personal a Alejandro, y eso en muy breve plazo, dejando a su interlocutor el cuidado de fijar el lugar y la fecha – bastará que ponga « el compás sobre el mapa » y elija un punto equidistante de las capitales respectivas. Serán precisos muchos meses aún para que la entrevista se realice, y la orden del día será bien diferente, pero vemos nacer aquí el primer germen.
No es seguro que este ofrecimiento de reparto haya sido enteramente sincero. Tal vez se trataba solamente de hacer una distracción a la cuestión prusiana y de ganar el tiempo necesario para el arreglo del asunto español, que se impone cada vez más a la atención del Emperador. Pero es probable que Napoleón no haya decidido: no excluye nada y guarda todas sus cartas en la mano. En todo caso, su carta fue recibida con alegría por Alejandro. « He aquí el estilo de Tilsit, el Emperador puede contar conmigo », le declara a Caulaincourt. Acepta de inmediato el principio de una entrevista, proponiendo fijarla en Weimar o en Erfurt. Discusiones intensas se entablan enseguida ante sus ojos entre Caulaincourt y Roumiantsov: no escondiendo Rusia su deseo de establecerse en Constantinopla, y Francia no negándose a contemplarlo, uno se imagina diferentes esquemas de reparto (11). Ciertamente, corresponderá a los soberanos decidir, pero Napoleón ya ha alcanzado su objetivo: Alejandro le anuncia el 13 de marzo que « le ofrece un ejército para la expedición de las Indias » y que escribe a los comandantes de su flota que se pongan a sus órdenes en el Mediterráneo (12). Sin esperar, sus tropas han invadido la Finlandia sueca, conformemente a los deseos de Napoleón. Nada se opone pues al encuentro que permitirá pasar a los actos en Oriente, y Alejandro lo contempla para principios de mayo – salvo que se produce entonces en España un evento que transtorna la situación.

 

DOS OBSTÁCULOS IMPREVISTOS: ESPAÑA Y AUSTRIA

Mientras relanzaba así el proyecto oriental, Napoleón seguía de cerca lo que pasaba en la península ibérica. La tensión entre los partisanos de Godoy y los del príncipe heredero Fernando habiendo acabado por explotar durante la revuelta de Aranjuez (17-19 de marzo de 1808), todos apelaban al arbitraje de Napoleón, quien parte para Bayona el 2 de abril. Luego el encuentro con Alejandro estaba pospuesto sine die, lo que tenía como resultado paralizar los planes de conquista rusos en el Danubio. El zar concibió por ello un despecho tanto más vivo cuanto que las operaciones de Finlandia se atascaban, y que la interrupción del comercio con Inglaterra comenzaba a afectar la economía rusa. Caulaincourt debe reconocer los efectos muy negativos de este contratiempo para la confianza mutua (13).
Paradójicamente, son las malas acciones y los desengaños de Napoleón en España los que van a mejorar el clima franco-ruso. Al día siguiente de la usurpación de Bayona, el Emperador le informa a Alejandro, y luego le explica largamente, a principios de julio, que no ha hecho más que ceder « a la cuesta irresistible de los eventos ». Por otro lado, Francia no ha ganado nada con ello, «España será más independiente de lo que lo ha sido jamás» (14). Lejos de marcar la menor desaprobación, Alejandro se satisface con estas explicaciones, saluda al « regenerador » de España y reconoce sin discusión al rey José. Pero cuenta hacerse un mérito de esta condescendencia, y abrirse así nuevos créditos que presentar durante la entrevista, a partir de ahora aplazada a septiembre.
Luego, la capitulación de Bailén (20 de julio) abre todavía un poco más su juego. Napoleón se veía en efecto obligado a revisar todos sus planes: ya sea que renunciaba a sus proyectos en España, arriesgándose a librarla a la influencia británica; ya sea que se obstinara, pero debía transferir una parte de su ejército de Alemania hacia la península ibérica. Salvo a quebrantar su prestigio, Napoleón no podía dudar: se decidió a evacuar Prusia, y lo hizo saber a Alejandro. Un elemento de contencioso potencial entre Francia y Rusia se hallaba así eliminado. Pero otro tema delicado hacía irrupción al mismo tiempo.
Austria no había nunca verdaderamente aceptado las consecuencias de sus derrotas de 1800 y 1805, y contaba reclamar un día por su rebajamiento en Alemania y por su expulsión de Italia. Los eventos de España precipitaron sus proyectos de revancha: la deposición de los Borbones mostraba que Napoleón no respetaba ningún límite, y los Habsburgo se creyeron los próximos en la lista. A fines de la primavera de 1808, Austria aumentó de repente sus efectivos militares y multiplicó las maniobras. La noticia de Bailén constituyó un nuevo aliento, y Napoleón, bien informado, midió que no podía adentrarse en el corazón de la península mientras en Alemania lo atacarían por la espalda. ¿Iba a repetir el guión de 1805 y combatir a Austria antes de regresar a España? Creyó poder evitarlo gracias a la alianza rusa, y sugirió a Alejandro ejercer presiones sobre Viena: para comenzar, que reconociera la accesión de su hermano José al trono de los reyes católicos, con el fin de certificar su buena voluntad. Pero Rusia se contentó con advertir a Austria que habría peligro en desafiar a Francia en este estado. Por su lado, Napoleón se esforzaba en tranquilizar a Viena e intimidarla a la vez: el 15 de agosto, durante una recepción del cuerpo diplomático, luego el 25, habló vivamente al embajador Metternich (15). Pero todo quedaba en suspenso, y esta cuestión iba a formar un punto suplementario para la orden del día del encuentro con Alejandro.
Estos diferentes desarrollos volvían la entrevista de los dos emperadores cada vez más urgente. En añadidura, una nueva revolución de palacio sobrevino en Constantinopla, dejando presagiar disturbios en el conjunto del imperio otomano. Alejandro se determinó repentinamente, anunciando a Caulaincourt que partiría el 12 de septiembre de su capital y estaría el 27 en Erfurt (16). Napoleón aceptó la cita y envió enseguida al mariscal Lannes a esperar al zar en el Vístula. (17).
Cuando se decide por fin la entrevista contemplada desde hace meses para tratar sobre la guerra en las Indias y el reparto de Turquía, son pues dos cuestiones nuevas las que se hallan colocadas en el primer plano de las preocupaciones. Los temas iniciales continúan ciertamente formando el fondo del cuadro, pero no tienen la misma urgencia. Para Napoleón, es importante ante todo contener a Austria para acabar con España, y no es sino después que se podrá retomar los proyectos suspendidos. De golpe, se halla en posición de solicitante, con un juego mucho menos brillante que el año precedente en Tilsit: todos los prestigios de que se rodea en Erfurt no podrán cambiar nada a la situación, y esas premisas conducen muy lógicamente a que el encuentro se termine por un fracaso relativo – máxime que el antiguo ministro Talleyrand, que acompaña a Napoleón como gran chambelán y negociador oficioso, lejos de servir al Emperador, va a librarse a un verdadero trabajo de socavación contra la causa que supuestamente debía servir. Francia no está unida en este momento capital.

 

LA PREPARACIÓN DEL ENCUENTRO

Charles-Maurice de Talleyrand Périgord (1754-1838)
Charles-Maurice de Talleyrand Périgord (1754-1838)
Litografía (1835) de Antoine Maurin (1793-1860).
No es muy sorprendente que Napoleón, al momento de preparar su cita crucial con Alejandro, haya querido rodearse de consejos ilustrados, tratándose especialmente de las medidas que tomar en relación con Turquía: sabía que la parte rusa haría presión al respecto, y no quería ser tomado desprevenido. Consulta entonces largamente al general Sebastiani, que acababa de regresar de Constantinopla, encarga un estudio profundizado a d’Hauterive. Uno y otro hacen resaltar los inconvenientes de un reparto, y Napoleón se persuade de que no hay que acordar nada más a Rusia que los principados danubianos.
Pero lo más remarcable es que haya acudido también a Talleyrand, quien ya no era ministro desde hacía un año. No solo le pide sus opiniones y le permite tener conocimiento de toda la correspondencia diplomática, sino que le propone que lo acompañe y le encarga redactar un proyecto de convención en lugar y plaza de Champagny, el ministro en título. « Vamos a Erfurt, le habría declarado. Quiero volver de ahí libre de hacer en España lo que quiera. Quiero estar seguro de que Austria estará inquieta y contenida. Y no quiero estar comprometido de una manera precisa con Rusia en lo que concierne a los asuntos del Levante. Preparadme una convención que contente al emperador Alejandro, que esté sobre todo dirigida contra Inglaterra y en la cual yo esté bien a gusto en cuanto a lo demás. Yo os ayudaré, el prestigio no faltará » (18). Napoleón le apostaba pues a la habilidad de Talleyrand para ayudarle a cumplir mejor sus designios. Lo que vendría debía mostrar que era una extraña aberración: el antiguo ministro mantiene las mejores relaciones con Metternich, entonces embajador en París, a quien aconseja para el mayor beneficio de los intereses de Austria. Tal vez Talleyrand piensa sinceramente, en septiembre de 1808, que de cara al riesgo de una nueva aventura en Oriente, la amenaza austriaca puede ejercer un papel disuasivo en el interés general. Como sea, comienza a jugar contra Napoleón incluso antes de haber dejado París: sugiere en efecto a Metternich hacer venir al emperador de Austria en Erfurt « como una molestia » para impedir a Napoleón y a Alejandro acomodarse demasiado bien (19).

Además de esta preparación diplomática e intelectual, el Emperador de los franceses se preocupa igualmente por la « logística ». Es él quien recibe en efecto, pues en Erfurt está en casa: la ciudad, arrebatada a los prusianos en 1806 había quedado desde entonces como una suerte de depósito entre sus manos. Nada parece demasiado hermoso para dar « prestigio » al encuentro. Se hacen trabajos en las calles y en los principales edificios, se vuelve a amueblar el palacio de gobierno, se refresca el teatro. Va sin decir que se concentra a algunos regimientos de bellas tropas, bajo el comando del general Oudinot, nombrado gobernador de la plaza. El gran duque Constantino, experto en cosas militares, debía admirar particularmente al 17º de infantería, al 6º de coraceros y al 8º de húsares. Pero muchas otras unidades tendrán la ocasión de atravesar la ciudad y de ser pasados en revista en el curso de las dos semanas del « congreso ». Para quienes el espectáculo militar no bastaría para estar colmados, Napoleón ha previsto otros divertimentos. « Me hará falta todos los días un espectáculo, había prevenido, quiero pasmar a Alemania por mi magnificencia » (20). Y no se escatima en los gastos: «Esta leva en masa de la tragedia es una galantería muy costosa, relata Metternich. Cada individuo recibe mil escudos para los gastos de viaje, y los primeros sujetos además ocho mil francos de gratificación» (21). Napoleón lleva con él a los mejores actores (y las más bonitas actrices) de la Comedia Francesa, y escoge él mismo el repertorio: únicamente tragedias, comenzando por Cinna, esa pieza política que afecciona particularmente: será ideal para « engrandecer la moral de los alemanes » demasiado inclinados a las ideas melancólicas (22). Corneille, Racine, Voltaire, lo mejor del clasicismo francés, pero ni una sola comedia o drama: el congreso no se divertirá ni llorará, pero será edificado.
Para terminar, Napoleón se presentará él mismo como espectáculo. Llegado a Erfurt el 27 de septiembre, un día antes de su anfitrión, aparece rodeado por brillantes ayudas de campo, escuderos, chambelanes, así como de sus gloriosos mariscales, Soult, Davout, Berthier, Lannes, Mortier, etc. Sobre todo, hallará ahí una verdadera « platea » de reyes y de príncipes alemanes. No había tenido necesidad de lanzar invitaciones: cada uno sentía que había que estar, y que Napoleón se había contentado con conceder el permiso de venir (23). Se trata de quién se precipitará el primero para hacer su corte, reyes de Baviera, de Sajonia, de Wurtemberg, de Westfalia, Príncipe Primado, duques de Sajonia, de Oldenburg, de Mecklenburg, príncipes de Waldeck, de Hohenzollern, etc. Los que no habían podido asistir se habían hecho representar por un miembro de su familia, como los grandes duques de Baden y de Darmstadt e incluso el rey de Prusia. Algunos de ellos se esforzaron en presentar algunas peticiones particulares (24). En cuanto al Emperador de Austria, si no había seguido la sugestión de Talleyrand, había enviado al barón Vincent a saludar a los emperadores – y sobre todo a informarse de lo que se tramaba en la sombra del brillante espectáculo.

 

FESTIVIDADES Y NEGOCIACIÓN

La crónica ha retenido algunos episodios destacables de esas dos semanas memorables: la conversación de Napoleón con GoetheMonsieur Goethe, sois un hombre »), la visita del campo de batalla de Jena, el baile de Weimar. Algunas fórmulas también: « Cuando era teniente de artillería… », comienza el Emperador frente a sus comensales coronados; « ¡Callaos, rey de Baviera! », habría exclamado también en la mesa, aunque eso sea menos cierto. Se recuerda también el abrazo ostensible de Alejandro a Napoleón, cuando el actor, en la escena, declama este verso de Voltaire: « L’amitié d’un grand homme est un bienfait des dieux » (« La amistad de un gran hombre es un favor de los dioses »).
Es sin embargo otra pieza la que se juega bajo las apariencias de esta fiesta brillante, encadenando los espectáculos y las reuniones mundanas. Detrás de las graciosidades y las protestaciones de amistad, una áspera negociación se ha entablado. Se desarrolla exclusivamente entre los dos emperadores, quienes se reúnen casi cada tarde a solas, en el gabinete de Napoleón – lo cual no les impide consultar por otro lado a sus consejeros respectivos, Talleyrand, Champagny y Caulaincourt para Napoleón, Roumiantsev, Tolstoi y… Talleyrand para Alejandro. El antiguo ministro, arribado un día antes que Napoleón, había aprovechado para abordar directamente al zar: « Sire, ¿qué venís a hacer aquí? Os corresponde a vos salvar a Europa, y no lo lograréis más que oponiéndoos a Napoleón. El pueblo francés es civilizado, su soberano no lo es; el soberano de Rusia es civilizado, su pueblo no lo es; corresponde pues al soberano de Rusia ser el aliado del pueblo francés » (25). Alejandro, primero sorprendido pero interesado, se dejó poco a poco persuadir, al hilo de las conversaciones nocturnas con Talleyrand donde la princesa de Tour y Taxis, de que había que resistir a las demandas de Napoleón.
La principal concernía a Austria. Para pacificar rápidamente a España, Napoleón precisaba saber a Austria contenida a sus espaldas. Presionaba entonces a Alejandro para que se declarase firmemente su aliado contra Viena, a fin de disuadir toda veleidad agresiva de ese lado. Ahora, es en ese punto en el que el zar había sido especialmente llamado a capítulo por Talleyrand. Resistió pues obstinadamente, arriesgándose a exasperar a Napoleón que se dejó ir un día hasta pisotear su sobrero – sin conmover a su interlocutor. Lejos de consentir a amenazar Viena, Alejandro se las arregló para tranquilizarla discretamente. Para la forma, consintió sin embargo que se inscribiera en el texto de la convención final, firmada el 12 de octubre, una cláusula de alianza defensiva contra Austria (artículo 10) (26).
Los demás puntos de la orden del día no habían causado dificultades. La alianza de Tilsit fue renovada contra Inglaterra, y se convinieron algunos principios para la paz futura con « el enemigo común ». Pero ya no era cuestión ahora de operaciones militares que llevar juntos, solo de proponer a Londres una negociación (artículos 1º a 7º, y artículo 12 del tratado). Antes de separarse, los emperadores escribieron juntos una carta al rey Jorge para ese efecto (27).
Tratándose de Turquía, Napoleón se había resignado por adelantado a dejar a Rusia conservar los principados moldo-valacos, lo cual fue sancionado por el artículo 8 del tratado. Sin embargo, se convino que la anexión definitiva sería diferida para salvar las apariencias.
Una última cuestión había suscitado sin embargo ciertas dificultades: la de Prusia. Sin duda ya no era tan aguda desde que Napoleón había anunciado la intención de evacuarla. No obstante, el acuerdo franco-prusiano firmado en París el 8 de septiembre no satisfacía enteramente al emperador de Rusia (28). Además de que Prusia debía pagar una muy pesada contribución, fijada en 140 millones de francos, los franceses continuarían ocupando tres plazas en el Oder, Glogau, Stettin y Küstrin. Pero al respecto, todas las observaciones de Alejandro permanecieron vanas, haciendo Napoleón valer que si Austria no era enteramente disuadida de atacarlo, no podía privarse de semejante ventaja. La posesión de Glogau lo capacitaba para amenazar Bohemia en caso de guerra, y las dos otras plazas lo ayudarían a mantener a Prusia en respeto en caso de que quisiera unirse a Austria. « Por lo demás, añadió, si exigís absolutamente la evacuación, consentiré en ello, pero entonces, en vez de ir a España, voy a terminar de inmediato mi querella con Austria » (29). Evidentemente no era el deseo de Alejandro, y en eso quedó todo, limitándose Napoleón a reducir la contribución a 120 millones.
Cuando los dos emperadores se separaron el 14 de octubre, Napoleón no tenía pues motivo para estar satisfecho, incluso si lo ignoraba todo sobre la traición de Talleyrand. Regresaba a París después de haber « hecho una especie de tratado esencialmente diferente del que tenía en mente viniendo a Erfurt » (30). El amigo de Tilsit se había mostrado netamente menos accesible que antaño, a pesar de las formas de amistad, a las seducciones de su compañero. Las divergencias, intensificadas por la influencia de Talleyrand, se exponían más claramente desde el momento en que la relación de las fuerzas había cambiado. « Estos diablos de asuntos de España me cuestan caro », debe admitir el Emperador (31). Un matrimonio franco-ruso habría probablemente aplanado algunas dificultades: se pensó en ello del lado francés, Napoleón hizo sondear a Alejandro, pero sin abrirse claramente. La idea permaneció un tiempo como suspendida, pero Napoleón no estaba todavía decidido a divorciarse, y la gran duquesa Catalina se encontró casada algunos meses más tarde.
A la hora del balance, no queda más que una alianza de fachada. Lejos de ser intimidada, Austria se ve más bien tranquilizada, incluso alentada a proseguir sus proyectos ofensivos. De resultas, Inglaterra recuperando un aliado continental, las esperanzas de paz general son aniquiladas. Ciertamente, Napoleón no sabe todo lo que se dice entre Rusia y Austria, casi reconciliadas por la mediación de Talleyrand, y cree poder disuadir a ésta última por el solo espectáculo de la alianza que acaba de ser tan brillantemente representada en el teatro de Erfurt. El 14 de octubre, anuncia a Francisco I la partida de cien mil hombres de Alemania y el despido de los contingentes de la Confederación del Rin. « Que Vuestra Majestad se abstenga de todo armamento que pueda darme inquietudes. La mejor política hoy, es la simplicidad y la verdad. Que V. M. me confíe sus inquietudes, yo las disiparé de inmediato ». Pero este lenguaje un tanto condescendiente ya no responde a la realidad de las relaciones políticas. Lejos de confortar el sistema de Tilsit, el encuentro de Erfurt marca « el comienzo del fin » para el episodio insólito comenzado en julio de 1807.

 

NOTAS:

1) Texto de los tratados franco-rusos del 7 de julio de 1807 en Michel Kerautret, Les grands traités de l’empire (1804-1810), París, Nouveau Monde/Fundación Napoleón, 2004, p.277-290.
2) Albert Vandal, Napoléon et Alexandre 1er. L'alliance russe sous le Premier Empire, París, Plon, 1891, tomo 1, p.122-126. Cf. Thierry Lentz, Savary le séide de Napoléon, Fayard, 2001, p.171-173.
3) Estas cartas han sido publicadas por Serge Tatischeff, Alexandre 1er et Napoléon d’après leur correspondance inédite (1801-1812), París, 1891.
4) Caulaincourt se hizo rogar un poco, por razones personales, pero Napoleón lo declaró indispensable: « Hace falta un militar, un hombre que pueda ir a las paradas, un hombre que, por su edad, sus formas, sus gustos, su franqueza, pueda placer al emperador Alejandro. Me es preciso un hombre bien nacido, cuyas formas agraden a la corte. Seréis general o ayuda de campo cuando haga falta, embajador cuando sea necesario. La paz general está en Petersburgo, hay que partir ». Mémoires du général de Caulaincourt, editadas por Jean Hanoteau, París, Plon, 1933, tomo 1, p.241-242.
5) Cartas de Napoleón a Alejandro de los días 28 de septiembre y 7 de noviembre. Correspondance de Napoléon 1er, París, Plon, tomo 16, 1864, n°13 191 y 13 339.
6) Despacho de Savary del 18 de noviembre de 1807. Cf. Albert Vandal, op. cit., p.170.
7) Instrucción de Napoleón a Caulaincourt, 12 de noviembre de 1807. Albert Vandal, op. cit., p.509.
8) Ibid., p.218-219.
9) Está publicado en el Moniteur del 2 de febrero.
10) Correspondance de Napoléon 1er, tomo 16, p.586. Cf. Michel Kerautret, op. cit., p.358-361.
11) Albert Vandal, op. cit., p.284-300.
12) S. Tatischeff, op. cit., p.372.
13) Relación a Napoléon del 22 de mayo. Albert Vandal, op. cit., p.328.
14) Cartas de Napoleón a Alejandro de los días 3 de junio y 8 julio de 1808. Correspondance de Napoléon 1er, tomo 17, n°14 059 y n°14 170.
15) Mémoires laissés par le prince de Metternich, París, Plon, 1880-1881, tomo 1, p.63-64 ; tomo 2, p.194-198 y p.207-213.
16) Despacho de Caulaincourt del 22 de agosto de 1808. Cf. Albert Vandal, op. cit., p.379-380.
17) Carta de Napoléon a Alejandro del 7 de septiembre de 1808. Correspondance de Napoléon 1er, tome 17, n°14 304.
18) Charles-Maurice de Talleyrand, Mémoires (1754-1815), edición Couchoud, París, Plon, 1982, p. 442-443.
19) Mémoires de Metternich, op. cit., tomo 2, p.223.
20) Talleyrand, Mémoires, op. cit., p.439.
21) Mémoires de Metternich, op. cit., tomo 2, p.227.
22) Talleyrand, Mémoires, op. cit., p.439.
23) Cf. por ejemplo las cartas dirigidas a los reyes de Baviera y de Wurtemberg el 27 de septiembre. Correspondance de Napoléon 1er, tomo 17, n°14 349 y 14 350.
24) Algunos ejemplos en Albert Vandal, op. cit., p.415.
25) Relatado por Metternich según las confidencias de Talleyrand. Mémoires de Metternich, op. cit., tomo 2, p.248.
26) Para el texto de la convención franco-rusa del 12 de octubre, Michel Kerautret, op. cit., p.424-428.
27) Correspondance de Napoléon 1er, tomo 17, n°14 373.
28) Texto en Michel Kérautret, op. cit., p.417-423.
29) Albert Vandal, op. cit., p.440.
30) Talleyrand, Mémoires, op. cit., p.478.
31) Relatado por Caulaincourt, Mémoires, op. cit., p.273.

 

Ver también en este sitio:

El Congreso de Erfurt

Cronología del Congreso de Erfurt