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5
DE MAYO DE 2010 |
| NAPOLEÓN,
UN INMORTAL |
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Bonaparte
en Egipto
Óleo
de
Jean-Léon Gérome
(1824-1904) |
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Por |
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Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los
Países Hispánicos
Delegada en Cuba
Representante oficial en Alemania y
Suiza |
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| Isis
Wirth |
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Instituto Napoleónico México-Francia
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No
lo digo porque hoy, 5 de mayo, sea el aniversario
de su muerte. No vaya a ser que no me tomen
en serio, sino que desde hace varias semanas,
quizás hasta más de un mes,
estoy por escribir del asunto, hasta que me
puse como « deadline » el día
de hoy.
Se envuelve en la leyenda, una más
entre las napoleónicas, pero ésta
es la más escurridiza: la posible noche
que Napoleón, en Egipto, habría
pasado dentro de la Pirámide de Keops.
Con menos
visos mitológicos, los que afirmarían
– más bien, sugerirían,
que el Corso nunca dejó pistas –
que era masón, lo ennoblecerían
aún más señalando su
iniciación en el interior de tal pirámide.
Yo, en lo que refiere a este tema «
egipcio » – incontournable
chez Napoleón, que hizo secretamente
de Isis la « santa » patrona de
París –, intentaría recordar
algunas impresiones sensoriales. ¿Por
qué la bufanda de seda que le regaló
Paulina a su hermano, para que la usara en
Egipto, parecía flotar fuera de su
vitrina, una tarde en la Malmaison? Más
nunca la volví a ver en esa residencia
(la de Josefina), donde todavía el
fantasma de Napoleón ronda, además
de en sus habitaciones privadas del castillo
de Fontainebleau.
El novelista
español Javier Sierra, a partir de
la mítica noche que Napoleón
habría pasado dentro de la pirámide,
elucida – no diría que «
imagina » del todo, aunque sí
en parte – en su « El secreto
egipcio de Napoleón » (Random
House Mondadori, Barcelona, 2002, 2006, 2008,
que es un bestseller), que me obsequió
mi querida Zoé Valdés, que en
Egipto el Corso accedió a la inmortalidad.
Las armas de la imaginación son más
inmortales que las de esos antiguos egipcios,
de los que nunca se sabrá del todo
quiénes fueron, ni de dónde
vinieron, como los judíos, relacionados
con ellos.
Esas armas, fueron más poderosas que
las propias en sí del « dios
de los ejércitos », ¡con
perdón!: Napoleón. Derrotado,
al fin, continuó imponiéndose.
Napoleón, en Egipto, comprendió
lo mismo, « ¿40 siglos después?
», que sus otrora habitantes, en su
búsqueda de la vida eterna (metamorfosis
de casi todas las religiones): se vive en
la mente. ¿En cuál? La respuesta
sería, en dependencia, diferente, según
ciertos ocultistas, o algunos herméticos.
Pero lo importante, para esa misma «
imaginación », según Javier
Sierra, no es que Napoleón lo haya
« comprendido » sino que fue elegido
para ello, una vez que detectaron, incluso
antes de desembarcar en Egipto, su potencial
« místico » y « vital
» – como la del propio Jesús,
el Cristo, en su estancia en Egipto, que el
novelista más que apuntar, recrea con
un otro hálito; y tampoco es casualidad
que el personaje más conocido después
de Jesús sea Napoleón.
¿Quiénes
lo « detectaron »? Al mismo tiempo,
dos « sectas » rivales, supervivientes
– aun si « musulmanizadas »
a la fuerza, hipócrita como de costumbre
– desde la noche egipcia de los tiempos:
la de Seth, que no era tan malo como nos ha
hecho creer la religión egipcia –
y con perdón de mi « tocaya »
–; y la de Osiris. (Ah, quien dio su
dinero para restituir la Malmaison, se llamaba
Osiris.)
Esas dos « sectas » contrapuestas
del saber egipcio, van a fajarse en la novela
de Javier Sierra para poseer « el secreto
de Napoleón », inmanente en él,
aunque no del todo inconsciente, que el Corso
habría sido « todo » menos
ignorante, por la intuición que poseía,
y las « cosas que veía »,
como su «estrella» en el firmamento.
(Nadie la vislumbraba, excepto él,
y eso que era un matemático, y ateo,
consumado, amén de amigo de astrónomos,
a los que encumbraba. El día en que
no la vio más, poco antes de que los
ingleses lo mandaran en prisión a Santa
Helena, dijo: « Es mi fin ».)
Sierra introduce como tercer elemento en la
lucha por apoderarse de Napoleón en
tanto « motor de la historia »
– para los marxistas, pues para todos
los egipcios en pugna es el « inmortal
» – a los cristianos coptos. Lo
hace en la manera que más les incumbe
a éstos, a partir de la racionalidad
griega a la que remiten: habría que
« estudiar » el fenómeno,
especialmente si tiene relación con
Jesús.
El cuarto elemento, son... los propios masones...
en el ejército de Napoleón.
Si Napoleón se esmeraba en confundir
o dejar en la ambigüedad su no pertenencia
a la masonería, por el contrario casi
todos a su alrededor, y también en
la familia, eran masones. Éstos, no
pueden el no permitirse perder su parte del
« pastel » místico-eterno,
pues para eso han trabajado, también
desde la noche de los tiempos, y en la misma
línea de transmisión egipcia.
En todo caso, lo cierto es que fue a partir
de Egipto que Napoleón supo que podía
devenir « inmortal », incluso
si por « necesidad histórica
», que este concepto marxista vía
Hegel – cuyo « fin de la historia
» es el propio Napoleón –
es lo que los egipcios en pugna en la novela
reconocen como «elegido».
Javier Sierra
ha construido narrativamente una magnífica
metáfora del secreto más codiciado
de la esencia humana, erigido sobre la propia
base de la pirámide en cuyo interior
habría descansado Napoleón,
ya muerto en vida y en su propia « muerte
», entre la noche del 12 al 13 de agosto
de 1799, para, tras salir de ella, validarse
como « inmortal ». En efecto,
poco tiempo después le vendía
el cajetín a Egipto, dejaba a Kléber
al mando, para que los jihadistas
lo mataran – al no poseer la habilidad
demagógica del Corso con la que ponía
a dormir a los musulmanes –, y se hacía
con el poder en Francia.
Al imaginar la concreta « inmortalidad
de Napoleón », un muy conocedor
Sierra de arcanos y relaciones « ocultas
» (todas sus referencias esotéricas
son pasmosas y certeras, y en cómo
desbroza su « mapa ») no ha imitado
nada, contradiciendo a T.S. Eliot, sino que
ha seguido al propio Corso, como éste
acaso a su vez entendió a los egipcios
pretéritos: « La imaginación
es el señor del mundo ».