Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
5 DE MAYO DE 2010
NAPOLEÓN, UN INMORTAL
 
  Bonaparte en Egipto
Óleo de
Jean-Léon Gérome (1824-1904)

Por

Isis Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los Países Hispánicos

Delegada en Cuba

Representante oficial en Alemania y Suiza

Isis Wirth Armenteros, Consejera Especial para los Países Hispánicos, Delegada en Cuba y Representante Oficial en Alemania y Suiza del Instituto Napoleónico México-Francia.
Isis Wirth
Instituto Napoleónico México-Francia ©
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No lo digo porque hoy, 5 de mayo, sea el aniversario de su muerte. No vaya a ser que no me tomen en serio, sino que desde hace varias semanas, quizás hasta más de un mes, estoy por escribir del asunto, hasta que me puse como « deadline » el día de hoy.
Se envuelve en la leyenda, una más entre las napoleónicas, pero ésta es la más escurridiza: la posible noche que Napoleón, en Egipto, habría pasado dentro de la Pirámide de Keops.

Con menos visos mitológicos, los que afirmarían – más bien, sugerirían, que el Corso nunca dejó pistas – que era masón, lo ennoblecerían aún más señalando su iniciación en el interior de tal pirámide.
Yo, en lo que refiere a este tema « egipcio » – incontournable chez Napoleón, que hizo secretamente de Isis la « santa » patrona de París –, intentaría recordar algunas impresiones sensoriales. ¿Por qué la bufanda de seda que le regaló Paulina a su hermano, para que la usara en Egipto, parecía flotar fuera de su vitrina, una tarde en la Malmaison? Más nunca la volví a ver en esa residencia (la de Josefina), donde todavía el fantasma de Napoleón ronda, además de en sus habitaciones privadas del castillo de Fontainebleau.

El novelista español Javier Sierra, a partir de la mítica noche que Napoleón habría pasado dentro de la pirámide, elucida – no diría que « imagina » del todo, aunque sí en parte – en su « El secreto egipcio de Napoleón » (Random House Mondadori, Barcelona, 2002, 2006, 2008, que es un bestseller), que me obsequió mi querida Zoé Valdés, que en Egipto el Corso accedió a la inmortalidad.
Las armas de la imaginación son más inmortales que las de esos antiguos egipcios, de los que nunca se sabrá del todo quiénes fueron, ni de dónde vinieron, como los judíos, relacionados con ellos.
Esas armas, fueron más poderosas que las propias en sí del « dios de los ejércitos », ¡con perdón!: Napoleón. Derrotado, al fin, continuó imponiéndose.
Napoleón, en Egipto, comprendió lo mismo, « ¿40 siglos después? », que sus otrora habitantes, en su búsqueda de la vida eterna (metamorfosis de casi todas las religiones): se vive en la mente. ¿En cuál? La respuesta sería, en dependencia, diferente, según ciertos ocultistas, o algunos herméticos.
Pero lo importante, para esa misma « imaginación », según Javier Sierra, no es que Napoleón lo haya « comprendido » sino que fue elegido para ello, una vez que detectaron, incluso antes de desembarcar en Egipto, su potencial « místico » y « vital » – como la del propio Jesús, el Cristo, en su estancia en Egipto, que el novelista más que apuntar, recrea con un otro hálito; y tampoco es casualidad que el personaje más conocido después de Jesús sea Napoleón.

¿Quiénes lo « detectaron »? Al mismo tiempo, dos « sectas » rivales, supervivientes – aun si « musulmanizadas » a la fuerza, hipócrita como de costumbre – desde la noche egipcia de los tiempos: la de Seth, que no era tan malo como nos ha hecho creer la religión egipcia – y con perdón de mi « tocaya » –; y la de Osiris. (Ah, quien dio su dinero para restituir la Malmaison, se llamaba Osiris.)
Esas dos « sectas » contrapuestas del saber egipcio, van a fajarse en la novela de Javier Sierra para poseer « el secreto de Napoleón », inmanente en él, aunque no del todo inconsciente, que el Corso habría sido « todo » menos ignorante, por la intuición que poseía, y las « cosas que veía », como su «estrella» en el firmamento. (Nadie la vislumbraba, excepto él, y eso que era un matemático, y ateo, consumado, amén de amigo de astrónomos, a los que encumbraba. El día en que no la vio más, poco antes de que los ingleses lo mandaran en prisión a Santa Helena, dijo: « Es mi fin ».)
Sierra introduce como tercer elemento en la lucha por apoderarse de Napoleón en tanto « motor de la historia » – para los marxistas, pues para todos los egipcios en pugna es el « inmortal » – a los cristianos coptos. Lo hace en la manera que más les incumbe a éstos, a partir de la racionalidad griega a la que remiten: habría que « estudiar » el fenómeno, especialmente si tiene relación con Jesús.
El cuarto elemento, son... los propios masones... en el ejército de Napoleón. Si Napoleón se esmeraba en confundir o dejar en la ambigüedad su no pertenencia a la masonería, por el contrario casi todos a su alrededor, y también en la familia, eran masones. Éstos, no pueden el no permitirse perder su parte del « pastel » místico-eterno, pues para eso han trabajado, también desde la noche de los tiempos, y en la misma línea de transmisión egipcia.
En todo caso, lo cierto es que fue a partir de Egipto que Napoleón supo que podía devenir « inmortal », incluso si por « necesidad histórica », que este concepto marxista vía Hegel – cuyo « fin de la historia » es el propio Napoleón – es lo que los egipcios en pugna en la novela reconocen como «elegido».

Javier Sierra ha construido narrativamente una magnífica metáfora del secreto más codiciado de la esencia humana, erigido sobre la propia base de la pirámide en cuyo interior habría descansado Napoleón, ya muerto en vida y en su propia « muerte », entre la noche del 12 al 13 de agosto de 1799, para, tras salir de ella, validarse como « inmortal ». En efecto, poco tiempo después le vendía el cajetín a Egipto, dejaba a Kléber al mando, para que los jihadistas lo mataran – al no poseer la habilidad demagógica del Corso con la que ponía a dormir a los musulmanes –, y se hacía con el poder en Francia.
Al imaginar la concreta « inmortalidad de Napoleón », un muy conocedor Sierra de arcanos y relaciones « ocultas » (todas sus referencias esotéricas son pasmosas y certeras, y en cómo desbroza su « mapa ») no ha imitado nada, contradiciendo a T.S. Eliot, sino que ha seguido al propio Corso, como éste acaso a su vez entendió a los egipcios pretéritos: « La imaginación es el señor del mundo ».