KLÉBER,
VÍCTIMA DE LA JIHAD
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El
asesinato de Kléber
Óleo proveniente del
taller de Jean-Antoine Gros
(1771-1835) |
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Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los Países
Hispánicos
Representante oficial en Alemania y Suiza
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| Isis
Wirth |
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Traducción
al castellano por el Instituto Napoleónico
México-Francia © |
« ¡Jihad,
Jihad! », gritan los musulmanes
de Egipto
tras que unas conversaciones de paz con el general
Kléber, al mando del ejército francés
de Oriente luego de que el general Bonaparte se
la dejó en la uña, fracasaran. A
los convencidos de que las hostilidades debían
cesar, se les acusa de «apóstatas»,
de haberse convertido a la fe cristiana (y dizque
los franceses esos eran tremendos ateos y anti-cristianos).
Bonaparte, apenas
llegar a Egipto, había olido el asunto.
Expresa que no podían verlos sino como
a San Luis, el gran cruzado. Pero añade:
« Bah, si fueran ellos
quienes vinieran a nuestros países, sería
para imponer sus creencias ».
Percibió el peligro, mas, voluntarioso
como era (creía que podía doblegar
a los elementos, le daba lo mismo el calor de
Egipto que el frío de Rusia, y si en Egipto
no había caballos, ¡pues a montar
a los soldados en dromedarios!) insistió
hasta donde pudo en la ocupación de Egipto.
A la proclamación
de esa Jihad, le siguieron 33 días de combate
encarnizado entre franceses y mamelucos y otomanos,
aliados para la ocasión. Ganaron los franceses,
y Kléber, « en nombre del solo Dios,
grande y misericordioso », otorga el perdón
a los « jihadistas ».
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Monumento
del General Kléber
Al pie de esta estatua
situada en Estrasburgo, ciudad
natal de Jean-Baptiste Kléber
(1753-1800), descansan los restos
del Nestor del ejército,
como Napoleón le llamara.
Larrey lo habría momificado
a la usanza egipcia, que el médico
aprendió sur place.
Obra de Philippe Grass (1801-1876). |
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El 27
de abril de 1800, Kléber entra
a El Cairo. No sabe que le quedan menos
de dos meses de vida. Se reúne
con los ulemas: « Cuando vinimos
a vuestro país, consideramos a
los hombres que se dedican a las ciencias
religiosas como los más inteligentes,
los guías y el modelo del pueblo.
Nos hicieron creer que el pueblo los escuchaba
y los seguía para hacer el bien
y evitar el mal. Pero, cuando llegaron
los otomanos (o sea, los turcos, contra
quienes se dirigía la invasión
de los franceses, y no contra los egipcios;
nota mía) ustedes los acogieron
con alegría. Vuestra hipocresía
devino manifiesta ».
Para castigar a los hipócritas,
les carga un impuesto, extendido a todos,
con la excepción de los pobres
y los cristianos, que no habían
participado en la revuelta. Kléber
comete el error de encargar a los cristianos,
bajo la dirección de un «
moallem » Yaacoub, el recolectar
el dinero. Según los musulmanes,
esos cristianos (coptos y sirios) «
querían destruir el Islam ».
Kléber
le confía al « moallem »
Yaacoub una legión copta, compuesta
de un millar de hombres, y una guardia
de 30 franceses. Por la primera
vez cristianos aborígenes tienen
poder sobre los musulmanes. La
ocupación francesa ha ido demasiado
lejos.
Un joven
de 24 años, Solimán, originario
de Aleppo (Siria), había estudiado
en la mezquita Al-Azhar, de El Cairo (los
franceses llamaban a estas mezquitas,
« universidades », de la misma
manera que Kléber, en la cita arriba,
se refiere a « ciencias religiosas
»: éste fue el primer gran
« choque de civilizaciones »
del periodo contemporáneo, los
europeos trataban de componer las cosas
con sus términos). Dos de sus «
profesores » en la « universidad
», jeques en la gran mezquita, lo
habrían iniciado en la Jihad. De
regreso en Alepo, fue contactado por dos
agentes « islamistas » quienes
lo convencieron de volver a El Cairo para
asesinar a Kléber, « enemigo
de los musulmanes ». A cambio, le
prometieron intervenir en favor de su
padre, un negociante en problemas con
las autoridades de Alepo.
Antes de arribar a El Cairo, Solimán
tuvo que pasar por Gaza, para recibir
dinero e instrucciones de la « célula
islamista » local. Cuando llegó
a la capital de Egipto, se alojó
en la casa de uno de sus «profesores»,
y algunos de los jóvenes ahí
intentaron disuadirlo del proyecto de
asesinar al general francés, pues
no era sino un acto suicida. Hoy es con
bombas, entonces Solimán tenía
sólo un puñal.
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Solimán
se acerca a Kléber en la tarde del 14 de
junio de 1800, en el jardín de su residencia,
tras un almuerzo con miembros del Instituto de
Egipto. Hace el gesto de intentar besarle la mano
y saca el puñal, que hunde varias veces
en el pecho del comandante en jefe (francés).
El proceso efectuado por los europeos declaró
sin embargo no culpable al « profesor »
de la « universidad », pero sí
lo hizo con tres jeques, cómplices, que
fueron decapitados. Y cerraron la « mezquita-universidad
» durante más de un año.
Un cronista musulmán,
bastante cultivado, no pudo reprimir su admiración
por el proceso, que los franceses hubiesen podido
ejecutar sumariamente, y sin embargo hicieron
encuestas, interrogaron, deliberaron: «
Es digno de interés como esas gentes tienen
tanto cuidado y tanta precisión, esas gentes,
que no profesan ninguna religión, se basan
solamente en su juicio sobre la razón del
conocimiento ». Lo inusitado para el historiador
era que « no profesaran ninguna religión
» y pudieran ser tan escrupulosos, justo
porque la muerte de Kléber obedeció
a la religión.
Pudiera ser paradójico, sin embargo es
de una coherencia histórica sin falla:
el primer gran « choque de civilizaciones
», que ya apuntaba, entre el Islam y Occidente,
se produjo con revolucionarios « franceses
ateos ».
Ahora, fue Bonaparte,
motor al fin y al cabo, quien, malgré
lui, vislumbró la « conexión
cruzada ». La modernidad racional tenía
que inaugurarse, en el mundo que le era más
extraño, alejado y contrario, con este
enfrentamiento. Hoy continúa sin resolverse,
del mismo modo en que « la Revolución
francesa no se ha acabado todavía ».
El tribunal condenó
a Solimán a ser empalado, según
la ley local, para que los buitres se lo comieran.
Cuando le clavan el palo al « jihadista
», pronuncia: « Allah akhbar »,
desde luego.
Acaso los franceses no tenían el que haberle
concedido a las costumbres aborígenes una
ejecución tan bárbara. ¿Es
que no llevaron la guillotina con ellos o se quedó
en uno de sus barcos que Nelson hundió
en Abukir? O ya se estaban aplatanando: «
Se deben aplicar las penas que son ordinarias
en Egipto, habida cuenta que la inmensidad del
crimen comporta una pena que tiene que golpear
la imaginación ». A esto hoy se le
llamaría comprensión de la «diversidad
cultural».
Larrey, el cirujano
en jefe del ejército, y luego de la Guardia
Imperial, el hombre más virtuoso que haya
conocido Napoleón, y a quien hasta el inepto
de Wellington respetaría en la batalla
de Waterloo, al verlo asistir a los heridos en
medio del fuego, disecó el cadáver
de Solimán. Lo llevó a París,
al Museo nacional de historia natural. Los frenólogos
estudiaron el cráneo del asesino: «
Las jorobas del fanatismo religioso son en efecto
muy pronunciadas ».
Hoy ya no existen
frenolólogos, hasta donde sé, y
si continuasen sus análisis, no podrían
hallar los salientes craneales del fanatismo religioso
en los restos de los suicidas islamistas, que
se hacen despedazar en los aires, protegiéndose
tan sólo el pene, con mucho cuidado en
varias capas de papel aluminio, para poder penetrar
a las 72 vírgenes en el paraíso.