Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
EL ARQUETIPO DE LA ISLA EN LA CONFIGURACIÓN DE LA PERSONALIDAD DE NAPOLEÓN
Monumento del Emperador Napoleón en toga romana
Plaza Foch de Ajaccio, Córcega.

Por

Isis Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los Países Hispánicos
Delegada en Cuba
; Representante oficial en Alemania y Suiza.

Isis Wirth Armenteros, Consejera Especial para los Países Hispánicos, Delegada en Cuba y Representante Oficial en Alemania y Suiza del Instituto Napoleónico México-Francia.
Isis Wirth
Instituto Napoleónico México-Francia ©
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«J’ai le pressentiment qu’un jour cette petite île étonnera l’Europe» (1)
Jean-Jacques Rousseau.

Napoleón nace en una isla, se casa con una mujer que también nació en otra, es enviado en exilio a la isla de Elba, es vencido por otra, Inglaterra, y muere en la isla de Santa Helena. Pese a ser un isleño, el elemento «agua» fue su enemigo. «C’est la mer qui m’a vaincu» (2), podría haber dicho.

En la simbólica más simplista, es el «agua» que vence al «fuego», el suyo, sin duda el más grande que se haya conocido, el más sagrado de todos.

Y justo es en Water…loo donde el Águila tuvo que plegar sus alas. (3)

Sin embargo, «l’île Napoleón» (4) que diría Michel Guérin en su libro homónimo (Actes Sud, 1989), en vez de perjurar de tal elemento acuático, o por esta misma razón, fue quien le proporcionó su triunfo.

En la dimensión mística, la isla desde la noche de los tiempos es por definición el centro espiritual primordial. No todo termina después la muerte, la isla proyecta el deseo de inmortalidad. Mircea Eliade advierte en «Le Sacré et le Profane» (5) que «une des images exemplaires de la Création est l’île que soudainement se manifeste au milieu des flots». (6)

En la simbología, designa la figura que anima el inconsciente, el anima. Y naturalmente, ocupa en las mitologías una posición privilegiada, legendaria y casi siempre ficticia.

Desde Homero, en la literatura occidental la isla suele ser el lugar para la transformación espiritual, emocional, o psicológica de un personaje, a través de diversos arquetipos de la misma. Ello se relaciona con la isla en tanto anima mundi, advertida por Carl Gustav Jung, que a su vez remitiría a que en la isla se buscarían los orígenes, el principio renovador de la vida.

Desde un punto de vista metafórico, el naufragio y la experiencia de la isla podrían correr paralelamente a lo que Jung llamó el proceso de «individuación». Mutatis mutandis, el Individuo por antonomasia, Napoleón no podía haber nacido sino en una isla.

Fue también Jung quien se refirió a la influencia en la psiquis de lugares y situaciones determinadas. Sólo en una «región de peligro» (la cueva, el bosque, el castillo, la isla y el abismo acuático) se puede encontrar un «tesoro difícil de obtener».

Un lugar de esa connotación arquetípica como la isla tiene que inspirar determinadas características, con o sin poesía.

Ernest Jones, por su parte, en un estudio titulado «The Island of Ireland: A Psycho-Analytical Contribution to Political Psychology» (7), presentado en 1922 para la British Psycho-Analytical Society, dijo que la geografía insular influencia la mentalidad de los isleños en el nivel de asociaciones inconscientes.

Si bien podemos utilizar aquí tales herramientas, es la «mitopoesis» del asunto lo que puede resultar más acertado para tratarlo. Justo por el carácter mítico de Napoleón, por su permanencia en la memoria individual y colectiva más allá de la historia. El propio Napoleón es un arquetipo, como esos que según Jung dominan el inconsciente colectivo. Y si los arquetipos son «un hecho de la realidad psicológica», el posible de la isla tendría que haber influido en su personalidad.

Departamento de Córsega
Cartel geográfico descriptivo.

Napoleón mismo lo reconocía. Dijo en el «Memorial de Santa Helena»: «Les insulaires ont toujours quelque chose d’original, par leur isolement qui les préserve des irruptions et du mélange perpétuel qu’éprouve le continent» (8). Jung notaba que un determinado tipo de energía psíquica florecía en el «aislamiento». Isla, o aislamiento, o sea, fuerza.

El concepto de «isla» implica una relación intensa entre agua y tierra, que habría de marcar el destino de Napoleón. Esta doble visión, esta ambivalencia, también se refleja en las dos grandes constantes que produce lo insular: el exilio y el retorno. Napoleón es un exiliado de su isla, pero retorna a ella, realmente cuando hace que se integre irreversiblemente a Francia, y simbólicamente dos veces: en lo que al mismo tiempo fue un exilio, en Elba, y luego, en la prisión de Santa Helena.

El «adiós a la isla», que como sabemos Napoleón ocurre en 1793 cuando debe huir de Córcega junto a su familia, es recurrente en las manifestaciones arquetípicas, y supone la liberación. Como otro par de la ambivalencia primordial es el rechazo y la aceptación, ostensibles en Napoleón aun si lo segundo haya obrado por la vía inconsciente en general, si bien fue consciente durante sus años corsos.

«Bonaparte, le monde ne vous suffit pas» (9), la frase magnífica y terrible de Kléber en Egipto resume cómo la Isla configuró la personalidad de Napoleón. La trascendencia más alta hubiese estado condicionada por ese metafórico «proceso de individuación» que el límite insular produciría. Se es y no se es del «mundo», tan sólo de un más allá del horizonte, origen y consecución definitiva, como en la islas legendarias, en idéntica medida.

Napoleón es un desapegado. El mundo al que él pertenece, y que Kléber vislumbró en su infinitud, pasa por ese rechazo inicial a su circunstancia insular, presente en el «arquetipo», y por el reconocimiento acaso propio de los insulares en esa forma simbólica del deseo de inmortalidad, de la ausencia de límites justo porque se poseen inmanentemente.

Pese a que él dijo de sí mismo: «Je suis Italien ou Toscan, plutôt que Corse» (10) – lo que a su vez remite al carácter original de la isla –, sería el elemento insular quien mejor lo podría definir desde lo abstracto.

El Emperador Napoleón en la isla de Elba

«Il me semble que les Français, entre tous les peuples, comprennent mal Napoléon parce qu’ils les prennent la plupart du temps pour un des leurs et ne songent à peu près jamais à ses origines», apuntaba Élie Faure en su «Napoleón» (11). El carácter enigmático de Napoleón le debe mucho a la singularidad que le proporcionó la estructura de la isla, esa dualidad que hemos llamado «agua-tierra» y que se transpone en dos mundos, lo cual por ello él trató de equilibrar en varios de sus avatares: sea el mundo «bárbaro» con el latino, sea el continente con, no por casualidad, otra isla, Inglaterra.

«Insular por nacimiento, insular por emulación, insular por necesidad de vivir, insular por necesidad de morir. Ambicioso de reinar sobre todos los mares, el continente le fue siempre un obstáculo. Como un gran navío presa de los hielos, él fue continuamente presa de las tierras, de las que no consigue desprenderse (…) Él hubiera sido ciertamente el dominador del Atlántico y del Mediterráneo, asegurando con sus flotas los viejos reinos y los viejos imperios, y haciendo una isla de toda la tierra, ¡otra isla inmensa como su sueño! Tacete et ululate, qui habitatis in insula, parecía decir con el profeta Isaías, a cada uno de sus pasos y sin fruto alguno», notablemente establecía Léon Bloy en «El alma de Napoleón».

Bloy define casi en una fórmula la insularidad de Napoleón, y la ilumina a partir de esa contradicción «agua-tierra». Es el continente, la tierra sólida, quien se interpone entre Napoleón y el mar, quien finalmente lo vence, a través de Inglaterra. Es una inversión, en efecto, pero por ello más reveladora, de que el poder de Napoleón radicaba en el continente, en tanto la isla de la «Pérfida Albión» era su contrario. Bloy apresa el subconsciente isleño de Napoleón al afirmar que hubiese hecho «una isla de toda la tierra, ¡otra isla inmensa como su sueño!».

De esa manera, Napoleón habría visto a Inglaterra como un apéndice de Francia, del continente, como recordaba Thomas Carlyle. Y no obstante, fue Inglaterra quien lo confinó a morir en el islote de Santa Helena. ¿Una ley de la naturaleza? ¿O la expresión de su propia simbólica?

La permanencia de la figura isleña del «exiliado» se extiende dos veces, en Elba y en Santa Helena, solo que, decía Maurice Barrès en «Les Déracinés» (12), «ce personnage d’insulaire mécontent, qu’il faisait de toute bonne foi, lui fut des plus favorables» (13), cuando él fue en suelo francés un «véritable exilé, tandis que Byron et Chateaubriand sont des exilés imaginaires» (14). Y facilita otra clave: «En effet, dès qu’il devint à ses yeux un exilé, il put appliquer son esprit à des réalités» (15).

Barrès también nos aporta lo siguiente, que estimo esclarece lo decisivo de lo «isleño» en el destino de Napoleón: «Il avait été amené à diviniser Rousseau et Paoli, et il s’était résolu de collaborer à leur œuvre, mais il sut voir un jour que, pour rester fidèle à sa nature, à soi-même, il devait s’écarter de ses deux maîtres, se différencier du premier et même combattre le second. Vers sa vingt-deuxième année, il fit ce suprême effort de sa formation psychique. L’apprentissage se terminait. En s’associant à Paoli, qui suivait la Corse entière, il eût manqué à sa destinée. Il retira de ce chef populaire son idéal, pour le réincarner dans la France. (…) Notre pays, jusqu’alors, aux yeux de Bonaparte, avait été l’ennemi (…)». (16)

Para continuar fiel a su naturaleza, desapegada, ese distanciamiento que paradójicamente proporciona lo insular le permitió a Bonaparte el encuentro con la «Fortuna», en el decir de Barrès. Cabría preguntarse, ¿si no hubiese sido Francia, debido a la circunstancia, cuál país se habría beneficiado de tal inversión de los términos?

Si Napoleón, para León Bloy, quiso hacer una isla, inmensa, de toda la tierra, Nietzsche lo vio certeramente restringiéndolo al avatar epocal: en el «Gai Savoir» (17), refiere a la idea de una «Europe maîtresse du monde», «… de ce Napoléon qui voulait, comme on sait, une Europe d’un seul tenant, et cette Europe maîtresse du monde?» (18)

La otra Isla, Inglaterra, contrapuesta al continente europeo, se atravesaría de lleno, con los resultados conocidos. Por ello, quien domina hoy es un vástago de Inglaterra, lo cual sin embargo Napoleón previó, al casi regalarle al vástago – el otro Continente – la Luisiana. Es esta tensión entre las «Islas» la que ha hecho la historia moderna.

Más que una isla, Napoleón es un archipiélago: Córcega, Elba, Santa Helena, Martinica a través de Josefina, y la perenne Inglaterra. Sin que contemos Santo Domingo, o Malta. Como en las leyendas antiguas, la isla primigenia, Córcega, se multiplica en la metáfora de sus espejos.

El «determinismo geográfico» se metamorfoseó en el mito que, a su vez, le dio origen. El eterno retorno y la expansión a partir de éste.

Napoleón sabía que su «isla» Europa podía no ser la verdadera isla a la cual su visión lo guiaba y su voluntad se lo imponía. La verdadera isla resultó ser Inglaterra.

¿Porque «geográficamente» era más grande? En una transposición de medidas, la respuesta sería afirmativa, lo mismo que en el plano histórico. Sin embargo, es la «petite île» a la que se refería Rousseau, Córcega, la que asombró al mundo y la que lo forjó, desde entonces hasta el día de hoy, aun si venció la grande.

Y volveríamos nuevamente a la paradoja de Bloy: fue el continente quien se erigió en obstáculo para Napoleón, más que Inglaterra. Justo por comprenderlo, Napoleón fracasa.

Vista marítima de la isla de Santa Helena, prisión del Emperador Napoleón
Acuarela realizada en 1821 por el artista británico James Wathen (1752-1828).

La isla que Napoleón hubiese querido hacer de toda la tierra, que Nietzsche con precisión llamó «Europe maîtresse du monde», se tropezó con una previa isla, que tenía más ventajas, más consciencia de sí misma, como si conociera en su carne insular, diría Michel Guérin, más avezada, que Europa, el «continente», no era el mundo. Por lo tanto, éste es hoy otro. Entonces y hoy, el asunto, desde luego, es el mismo: el dominio de los mares, del Agua.

La entidad simbólica de la Isla, en tanto resolución del binomio «agua- tierra» (después de todo, los continentes no son sino las islas más grandes en un planeta cuyo 70 % es agua) podría, desde este punto de vista, ser una llave del pasado y, en consecuencia, del presente.

La «isla Napoleón», según el acertado título de Guérin, resume los simbolismos de estas coordenadas naturales e históricas, en lo que concierne a la modernidad. Aquí radica la potencia fecundadora del mito del Emperador: son dos arquetipos que se unen, en su origen, su destino y su realización.

«L’amour du pays natal suivit chez Napoléon sa marche ordinaire. Bonaparte, en 1788, écrivait, à propos de M. de Sussy, que la Corse offrait un printemps perpétuel; il ne parla plus de son île quand il fut heureux; il avait même de l’antipathie pour elle; elle lui rappelait un berceau trop étroit. Mais à Sainte-Hélène sa patrie lui revint en mémoire» (19), escribe Chateaubriand en «Mémoires d’outre tombe» (20), y cita a continuación el «Memorial de Santa Helena»: «La Corse avait mille charmes pour Napoléon; il en détaillait les plus grands traits, la coupe hardie de sa structure physique. Tout y était meilleur, disait-il; il n’y avait pas jusqu’ à l’odeur du sol même: elle lui eût suffi pour le deviner les yeux fermés; il ne l’avait retrouvée nulle part» (21).

Es, sin duda, esa ambivalencia «arquetípica» de lo insular, entre el rechazo y la aceptación, y viceversa. Entre pérdida y sentimiento de posesión: Córcega, su patria, su isla, la de este hombre sin patria.

«¡Estuvo solo, en fin, consigo mismo principalmente, donde erraba tal como un leproso intocable en un palacio inmenso y desierto! ¡Para siempre solo, como la Montaña y el Océano!», aduce Bloy. Es decir, la Isla sola.

¿Por qué Napoleón tras la abdicación de Fontainebleau pudo haber ido en exilio a Córcega y sin embargo no le dio instrucciones a Caulaincourt para que presionara con el zar Alejando por ello? En su lugar, fue a Elba, como sabemos. La idea fija que habita en Napoleón es la de la isla en tanto construcción psicológica: por lo tanto, no podía retornar a la suya natal. Era demasiado tarde. La sustituye por otra. El período de los Cien Días es la nueva posibilidad de hacerse otra isla inmensa, para que, tras Waterloo, Inglaterra decida enviarlo a otra, de hecho una roca en medio del océano que ya se ha convertido en su enemigo. Y así se cierra este movimiento cíclico.

En este terreno de mitos y símbolos (vale el recordar que el mito expresa una verdad que suele ser inaccesible sólo por medio de la contradicción, lo cual los griegos sabían muy bien), han sido naturalmente los poetas quienes mejor han apresado el asunto.

Víctor Hugo, en su oda «Les deux îles», clama:

«Il est deux îles dont un Monde
Sépare les deux Océans,
Et qui de loin dominent l’onde
Comme des têtes de géants.

(…)

Ces îles où le flot se broie
Entre des écueils décharnés,
Sont comme deux vaisseaux de proie,
D’une ancre éternelle enchaînés.
La mains qui de ces noirs rivages
Disposa les sites sauvages,
Et d’effroi les voulut couvrir,
Les fit si terribles peut-être,
Pour que Bonaparte y pût naître,
Et Napoléon y mourir!

(…)

La foudre remonta! – Renversé de son aire,
Il tomba, tout fumant de cent coups de tonnerre.
Les rois punirent leur tyran.
On l’exposa vivant sur un roc solitaire;
Et le géant captif fut remis par la terre
A la garde de l’Océan». (22)

El mito de Napoleón permanece aún sin acabar, de ahí la fascinación que ejerce. No es un mito construido como los griegos, donde la resolución se ofrece dentro de la paradoja en sí misma. La isla figura en el nacimiento del mito, esa imagen ejemplar de la Creación, advertida por Mircea Eliade. Pueda acaso esta aproximación ancestral pero cierta verter alguna luz sobre lo inacabado del mito de Napoleón. «S’il perdit un Empire, il aura deux patries» (23), decía Víctor Hugo en la oda citada. No perdió un imperio, sino que ganó esa Isla eterna y antigua.

Isis Wirth.

NOTAS:

1) «Tengo el presentimiento de que un día esta pequeña isla sorprenderá al mundo».
2) «Fue el mar lo que me venció».
3) Water, «agua» en inglés.
4) «La isla Napoleón».
5) «Lo sagrado y lo profano»
6) «Una de las imágenes ejemplares de la Creación es la isla que repentinamente se manifiesta en medio de las olas».
7) «La isla de Irlanda: una contribución psicoanalítica a la psicología política»
8) «Los insulares siempre tienen algo de original, por su aislamiento que les preserva de las irrupciones y de la mezcla perpetua que conoce el continente»
9) «Bonaparte, el mundo no os basta».
10) «Soy italiano o toscano, más bien que corso».
11) «Me parece que los franceses, entre todos los pueblos, comprenden mal a Napoleón porque le toman las más veces por uno de los suyos y no piensan casi nunca en sus orígenes».
12) «Los desarraigados», de Maurice Barrès (1862–1923). Paris, Fasquelle, 1897.
13) «Este personaje de insular descontento, que él hacía de completa buena fe, le fue de los más desfavorables»
14) «Verdadero exiliado, mientras que Byron y Chateaubriand son exiliados imaginarios».
15) «En efecto, en cuanto se convirtió a sus ojos en un exiliado, pudo aplicar su espíritu a realidades»
16) «Había sido llevado a divinizar a Rousseau y a Paoli, y se había decidido a colaborar en su obra, pero supo ver un día que, para permanecer fiel a su naturaleza, a sí mismo, debía alejarse de sus dos maestros, diferenciarse del primero e incluso combatir al segundo. Hacia su vigesimosegundo año, hizo ese supremo esfuerzo de su formación psíquica. El aprendizaje se terminaba. Asociándose a Paoli, a quien seguía toda Córcega, hubiese fallado su destino. Retiró de aquel jefe popular su ideal, para reencarnarlo en Francia. (…) Nuestro país, hasta entonces, a ojos de Bonaparte, había sido el enemigo (…)».
17) «Die Fröhliche Wissenschaft» - «La gaya ciencia», 1882.
18) «Europa señora del mundo», «… de ese Napoleón que quería, como es sabido, una Europa de una sola pieza, y esa Europa señora del mundo».
19) «El amor del país natal siguió en Napoléon su marcha ordinaria. Bonaparte, en 1788, escribía, a propósito del Sr. de Sussy, que Córcega brindaba una primavera perpetua; ya no habló más de su isla cuando fue dichoso; tenía incluso antipatía por ella; le recordaba una cuna demasiado estrecha. Pero en Santa Helena su patria volvió a su memoria».
20) «Memorias de ultratumba», 1848.
21) «Córcega tenía mil encantos para Napoleón; detallaba de ella sus más grandes atractivos, el corte audaz de su estructura física. Todo ahí era mejor, decía; hasta el olor del suelo mismo: le hubiese bastado para adivinarla con los ojos cerrados; no lo había vuelto a encontrar en ninguna parte».
22) «Las dos islas»
«Hay dos islas de las que un Mundo
Separa los dos Océanos,
Y que de lejos dominan la onda
Como cabezas de gigantes.
(…)
Esas islas en las que la ola se muele
Entre escollos descarnados,
Son como dos navíos de presa,
Con un ancla eterna encadenados.
Las manos que de esas negras orillas
Dispuso los sitios salvajes,
Y de espanto las quiso cubrir,
Las hizo tan terribles tal vez,
Para que Bonaparte pudiese nacer en ellas,
¡Y en ellas Napoleón morir!
(…)
¡El relámpago remontó! – Derrumbado de su área,
Él cayó, todo humeante de cien golpes de trueno.
Los reyes castigaron a su tirano.
Se le expuso vivo sobre una roca solitaria;
Y el gigante cautivo fue devuelto por la tierra
A la guardia del Océano».
23) «Si bien perdió un Imperio, tendrá dos patrias».