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EL
ARQUETIPO DE LA ISLA EN LA CONFIGURACIÓN
DE LA PERSONALIDAD DE NAPOLEÓN |
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Monumento
del Emperador Napoleón
en toga romana
Plaza Foch de Ajaccio, Córcega. |
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Por |
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Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los Países
Hispánicos
Representante oficial en Alemania y Suiza
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| Isis
Wirth |
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Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
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| «
J’ai le pressentiment
qu’un jour cette petite
île étonnera l’Europe
»
(1) |
Jean-Jacques
Rousseau. |
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Napoleón
nace en una isla, se casa con una mujer que también
nació en otra, es enviado en exilio a la
isla de Elba, es vencido por otra, Inglaterra,
y muere en la isla de Santa
Helena. Pese a ser un isleño, el elemento
« agua » fue su enemigo. « C’est
la mer qui m’a vaincu » (2),
podría haber dicho.
En la simbólica
más simplista, es el « agua »
que vence al « fuego », el suyo, sin
duda el más grande que se haya conocido,
el más sagrado de todos.
Y justo es en
Water…loo donde el Águila tuvo que
plegar sus alas. (3)
Sin embargo, «
l’île Napoleón » (4)
que diría Michel Guérin en
su libro homónimo (Actes Sud, 1989), en
vez de perjurar de tal elemento acuático,
o por esta misma razón, fue quien le proporcionó
su triunfo.
En la dimensión
mística, la isla desde la noche de los
tiempos es por definición el centro espiritual
primordial. No todo termina después la
muerte, la isla proyecta el deseo de inmortalidad.
Mircea Eliade advierte en « Le Sacré
et le Profane » (5)
que « une des images exemplaires de la Création
est l’île que soudainement se manifeste
au milieu des flots ». (6)
En
la simbología, designa la figura
que anima el inconsciente, el anima.
Y naturalmente, ocupa en las mitologías
una posición privilegiada, legendaria
y casi siempre ficticia.
Desde Homero,
en la literatura occidental la isla suele
ser el lugar para la transformación
espiritual, emocional, o psicológica
de un personaje, a través de diversos
arquetipos de la misma. Ello se relaciona
con la isla en tanto anima mundi,
advertida por Carl Gustav Jung, que a su
vez remitiría a que en la isla se
buscarían los orígenes, el
principio renovador de la vida.
Desde un
punto de vista metafórico, el naufragio
y la experiencia de la isla podrían
correr paralelamente a lo que Jung llamó
el proceso de « individuación
». Mutatis mutandis, el Individuo
por antonomasia, Napoleón no podía
haber nacido sino en una isla.
Fue también
Jung quien se refirió a la influencia
en la psiquis de lugares y situaciones determinadas.
Sólo en una « región
de peligro » (la cueva, el bosque,
el castillo, la isla y el abismo acuático)
se puede encontrar un « tesoro difícil
de obtener ».
Un lugar
de esa connotación arquetípica
como la isla tiene que inspirar determinadas
características, con o sin poesía.
Ernest Jones,
por su parte, en un estudio titulado «
The Island of Ireland: A Psycho-Analytical
Contribution to Political Psychology »
(7), presentado en
1922 para la British Psycho-Analytical Society,
dijo que la geografía insular influencia
la mentalidad de los isleños en el
nivel de asociaciones inconscientes.
Si bien
podemos utilizar aquí tales herramientas,
es la « mitopoesis » del asunto
lo que puede resultar más acertado
para tratarlo. Justo por el carácter
mítico de Napoleón, por su
permanencia en la memoria individual y colectiva
más allá de la historia. El
propio Napoleón es un arquetipo,
como esos que según Jung dominan
el inconsciente colectivo. Y si los arquetipos
son « un hecho de la realidad psicológica
», el posible de la isla tendría
que haber influido en su personalidad.
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Departamento
de Córsega
Cartel geográfico
descriptivo |
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Napoleón
mismo lo reconocía. Dijo en el «
Memorial de Santa Helena »: « Les
insulaires ont toujours quelque chose d’original,
par leur isolement qui les préserve des
irruptions et du mélange perpétuel
qu’éprouve le continent »
(8). Jung notaba que un
determinado tipo de energía psíquica
florecía en el « aislamiento ».
Isla, o aislamiento, o sea, fuerza.
El concepto de
« isla » implica una relación
intensa entre agua y tierra, que habría
de marcar el destino de Napoleón. Esta
doble visión, esta ambivalencia, también
se refleja en las dos grandes constantes que produce
lo insular: el exilio y el retorno. Napoleón
es un exiliado de su isla, pero retorna a ella,
realmente cuando hace que se integre irreversiblemente
a Francia, y simbólicamente dos veces:
en lo que al mismo tiempo fue un exilio, en Elba,
y luego, en la prisión de Santa Helena.
El « adiós
a la isla », que como sabemos Napoleón
ocurre en 1793 cuando debe huir de Córcega
junto a su familia, es recurrente en las manifestaciones
arquetípicas, y supone la liberación.
Como otro par de la ambivalencia primordial es
el rechazo y la aceptación, ostensibles
en Napoleón aun si lo segundo haya obrado
por la vía inconsciente en general, si
bien fue consciente durante sus años corsos.
« Bonaparte,
le monde ne vous suffit pas » (9),
la frase magnífica y terrible de Kléber
en Egipto
resume cómo la Isla configuró la
personalidad de Napoleón. La trascendencia
más alta hubiese estado condicionada por
ese metafórico « proceso de individuación
» que el límite insular produciría.
Se es y no se es del « mundo », tan
sólo de un más allá del horizonte,
origen y consecución definitiva, como en
la islas legendarias, en idéntica medida.
Napoleón
es un desapegado. El mundo al que él pertenece,
y que Kléber vislumbró en su infinitud,
pasa por ese rechazo inicial a su circunstancia
insular, presente en el « arquetipo »,
y por el reconocimiento acaso propio de los insulares
en esa forma simbólica del deseo de inmortalidad,
de la ausencia de límites justo porque
se poseen inmanentemente.
Pese a que él
dijo de sí mismo: « Je
suis Italien ou Toscan, plutôt que Corse
» (10) – lo
que a su vez remite al carácter original
de la isla –, sería el elemento insular
quien mejor lo podría definir desde lo
abstracto.
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| El
Emperador Napoleón en la
isla de Elba |
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«
Il me semble que les Français,
entre tous les peuples, comprennent mal
Napoléon parce qu’ils les
prennent la plupart du temps pour un des
leurs et ne songent à peu près
jamais à ses origines »,
apuntaba Élie Faure en su «
Napoleón » (11).
El carácter enigmático de
Napoleón le debe mucho a la singularidad
que le proporcionó la estructura
de la isla, esa dualidad que hemos llamado
« agua-tierra » y que se transpone
en dos mundos, lo cual por ello él
trató de equilibrar en varios de
sus avatares: sea el mundo « bárbaro
» con el latino, sea el continente
con, no por casualidad, otra isla, Inglaterra.
«
Insular por nacimiento, insular por emulación,
insular por necesidad de vivir, insular
por necesidad de morir. Ambicioso de reinar
sobre todos los mares, el continente le
fue siempre un obstáculo. Como
un gran navío presa de los hielos,
él fue continuamente presa de las
tierras, de las que no consigue desprenderse
(…) Él hubiera sido ciertamente
el dominador del Atlántico y del
Mediterráneo, asegurando con sus
flotas los viejos reinos y los viejos
imperios, y haciendo una isla de toda
la tierra, ¡otra isla inmensa como
su sueño! Tacete et ululate,
qui habitatis in insula, parecía
decir con el profeta Isaías, a
cada uno de sus pasos y sin fruto alguno
», notablemente establecía
Léon Bloy en « El
alma de Napoleón ».
Bloy define
casi en una fórmula la insularidad
de Napoleón, y la ilumina a partir
de esa contradicción « agua-tierra
». Es el continente, la tierra sólida,
quien se interpone entre Napoleón
y el mar, quien finalmente lo vence, a
través de Inglaterra. Es una inversión,
en efecto, pero por ello más reveladora,
de que el poder de Napoleón radicaba
en el continente, en tanto la isla de
la « Pérfida
Albión » era su contrario.
Bloy apresa el subconsciente isleño
de Napoleón al afirmar que hubiese
hecho « una isla de toda la tierra,
¡otra isla inmensa como su sueño!
».
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De esa manera,
Napoleón habría visto a Inglaterra
como un apéndice de Francia, del continente,
como recordaba Thomas Carlyle. Y no obstante,
fue Inglaterra quien lo confinó a morir
en el islote de Santa Helena. ¿Una ley
de la naturaleza? ¿O la expresión
de su propia simbólica?
La permanencia
de la figura isleña del « exiliado
» se extiende dos veces, en Elba y en Santa
Helena, solo que, decía Maurice Barrès
en « Les Déracinés »
(12), « ce personnage
d’insulaire mécontent, qu’il
faisait de toute bonne foi, lui fut des plus favorables
» (13), cuando él
fue en suelo francés un « véritable
exilé, tandis que Byron et Chateaubriand
sont des exilés imaginaires » (14).
Y facilita otra clave: « En effet, dès
qu’il devint à ses yeux un exilé,
il put appliquer son esprit à des réalités
» (15).
Barrès
también nos aporta lo siguiente, que estimo
esclarece lo decisivo de lo « isleño
» en el destino de Napoleón: «
Il avait été amené à
diviniser Rousseau et Paoli, et il s’était
résolu de collaborer à leur œuvre,
mais il sut voir un jour que, pour rester fidèle
à sa nature, à soi-même, il
devait s’écarter de ses deux maîtres,
se différencier du premier et même
combattre le second. Vers sa vingt-deuxième
année, il fit ce suprême effort de
sa formation psychique. L’apprentissage
se terminait. En s’associant à Paoli,
qui suivait la Corse entière, il eût
manqué à sa destinée. Il
retira de ce chef populaire son idéal,
pour le réincarner dans la France. (…)
Notre pays, jusqu’alors, aux yeux de Bonaparte,
avait été l’ennemi (…)
». (16)
Para continuar
fiel a su naturaleza, desapegada, ese distanciamiento
que paradójicamente proporciona lo insular
le permitió a Bonaparte el encuentro con
la « Fortuna », en el decir de Barrès.
Cabría preguntarse, ¿si no hubiese
sido Francia, debido a la circunstancia, cuál
país se habría beneficiado de tal
inversión de los términos?
Si Napoleón,
para León Bloy, quiso hacer una isla, inmensa,
de toda la tierra, Nietzsche lo vio certeramente
restringiéndolo al avatar epocal: en el
« Gai Savoir » (17),
refiere a la idea de una « Europe maîtresse
du monde », « … de ce Napoléon
qui voulait, comme on sait, une Europe d’un
seul tenant, et cette Europe maîtresse du
monde? » (18)
La otra Isla,
Inglaterra, contrapuesta al continente europeo,
se atravesaría de lleno, con los resultados
conocidos. Por ello, quien domina hoy es un vástago
de Inglaterra, lo cual sin embargo Napoleón
previó, al casi regalarle al vástago
– el otro Continente – la Luisiana.
Es esta tensión entre las « Islas
» la que ha hecho la historia moderna.
Más que
una isla, Napoleón es un archipiélago:
Córcega, Elba, Santa Helena, Martinica
a través de Josefina, y la perenne Inglaterra.
Sin que contemos Santo Domingo, o Malta. Como
en las leyendas antiguas, la isla primigenia,
Córcega, se multiplica en la metáfora
de sus espejos.
El « determinismo
geográfico » se metamorfoseó
en el mito que, a su vez, le dio origen. El eterno
retorno y la expansión a partir de éste.
Napoleón
sabía que su « isla » Europa
podía no ser la verdadera isla a la cual
su visión lo guiaba y su voluntad se lo
imponía. La verdadera isla resultó
ser Inglaterra.
¿Porque
« geográficamente » era más
grande? En una transposición de medidas,
la respuesta sería afirmativa, lo mismo
que en el plano histórico. Sin embargo,
es la « petite île » a la que
se refería Rousseau, Córcega, la
que asombró al mundo y la que lo forjó,
desde entonces hasta el día de hoy, aun
si venció la grande.
Y volveríamos
nuevamente a la paradoja de Bloy: fue el continente
quien se erigió en obstáculo para
Napoleón, más que Inglaterra. Justo
por comprenderlo, Napoleón fracasa.
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Vista
marítima de la isla de Santa
Helena, prisión del Emperador
Napoleón
Acuarela realizada en 1821
por el artista británico James
Wathen (1752-1828). |
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La isla que Napoleón
hubiese querido hacer de toda la tierra, que Nietzsche
con precisión llamó « Europe
maîtresse du monde », se tropezó
con una previa isla, que tenía más
ventajas, más consciencia de sí
misma, como si conociera en su carne insular,
diría Michel Guérin, más
avezada, que Europa, el « continente »,
no era el mundo. Por lo tanto, éste es
hoy otro. Entonces y hoy, el asunto, desde luego,
es el mismo: el dominio de los mares, del Agua.
La entidad simbólica
de la Isla, en tanto resolución del binomio
« agua- tierra » (después de
todo, los continentes no son sino las islas más
grandes en un planeta cuyo 70 % es agua) podría,
desde este punto de vista, ser una llave del pasado
y, en consecuencia, del presente.
La « isla
Napoleón », según el acertado
título de Guérin, resume los simbolismos
de estas coordenadas naturales e históricas,
en lo que concierne a la modernidad. Aquí
radica la potencia fecundadora del mito del Emperador:
son dos arquetipos que se unen, en su origen,
su destino y su realización.
« L’amour
du pays natal suivit chez Napoléon sa marche
ordinaire. Bonaparte, en 1788, écrivait,
à propos de M. de Sussy, que la Corse
offrait un printemps perpétuel; il
ne parla plus de son île quand il fut heureux;
il avait même de l’antipathie pour
elle; elle lui rappelait un berceau trop étroit.
Mais à Sainte-Hélène sa patrie
lui revint en mémoire » (19),
escribe Chateaubriand en « Mémoires
d’outre tombe » (20),
y cita a continuación el « Memorial
de Santa Helena »: « La Corse avait
mille charmes pour Napoléon; il en détaillait
les plus grands traits, la coupe hardie de sa
structure physique. Tout y était meilleur,
disait-il; il n’y avait pas jusqu’
à l’odeur du sol même: elle
lui eût suffi pour le deviner les yeux fermés;
il ne l’avait retrouvée nulle part
» (21).
Es, sin duda,
esa ambivalencia « arquetípica »
de lo insular, entre el rechazo y la aceptación,
y viceversa. Entre pérdida y sentimiento
de posesión: Córcega, su patria,
su isla, la de este hombre sin patria.
« ¡Estuvo
solo, en fin, consigo mismo principalmente, donde
erraba tal como un leproso intocable en un palacio
inmenso y desierto! ¡Para siempre solo,
como la Montaña y el Océano! »,
aduce Bloy. Es decir, la Isla sola.
¿Por qué
Napoleón tras la abdicación de Fontainebleau
pudo haber ido en exilio a Córcega y sin
embargo no le dio instrucciones a Caulaincourt
para que presionara con el zar Alejando por ello?
En su lugar, fue a Elba, como sabemos. La idea
fija que habita en Napoleón es la de la
isla en tanto construcción psicológica:
por lo tanto, no podía retornar a la suya
natal. Era demasiado tarde. La sustituye por otra.
El período de los Cien Días es la
nueva posibilidad de hacerse otra isla inmensa,
para que, tras Waterloo, Inglaterra decida enviarlo
a otra, de hecho una roca en medio del océano
que ya se ha convertido en su enemigo. Y así
se cierra este movimiento cíclico.
En este terreno
de mitos y símbolos (vale el recordar que
el mito expresa una verdad que suele ser inaccesible
sólo por medio de la contradicción,
lo cual los griegos sabían muy bien), han
sido naturalmente los poetas quienes mejor han
apresado el asunto.
Víctor
Hugo, en su oda « Les deux îles
», clama:
« Il est
deux îles dont un Monde
Sépare les deux Océans,
Et qui de loin dominent l’onde
Comme des têtes de géants.
(…)
Ces îles
où le flot se broie
Entre des écueils décharnés,
Sont comme deux vaisseaux de proie,
D’une ancre éternelle enchaînés.
La mains qui de ces noirs rivages
Disposa les sites sauvages,
Et d’effroi les voulut couvrir,
Les fit si terribles peut-être,
Pour que Bonaparte y pût naître,
Et Napoléon y mourir!
(…)
La foudre remonta!
–Renversé de son aire,
Il tomba, tout fumant de cent coups de tonnerre.
Les rois punirent leur tyran.
On l’exposa vivant sur un roc solitaire;
Et le géant captif fut remis par la terre
A la garde de l’Océan ». (22)
El mito de Napoleón
permanece aún sin acabar, de ahí
la fascinación que ejerce. No es un mito
construido como los griegos, donde la resolución
se ofrece dentro de la paradoja en sí misma.
La isla figura en el nacimiento del mito, esa
imagen ejemplar de la Creación, advertida
por Mircea Eliade. Pueda acaso esta aproximación
ancestral pero cierta verter alguna luz sobre
lo inacabado del mito de Napoleón. «
S’il perdit un Empire, il aura deux patries
» (23), decía
Víctor Hugo en la oda citada. No perdió
un imperio, sino que ganó esa Isla eterna
y antigua.
Isis Wirth.
NOTAS:
1) « Tengo
el presentimiento de que un día esta pequeña
isla sorprenderá al mundo ».
2) « Fue el mar lo que me venció
».
3) Water, « agua » en inglés.
4) « La isla Napoleón ».
5) « Lo sagrado y lo profano »
6) « Una de las imágenes ejemplares
de la Creación es la isla que repentinamente
se manifiesta en medio de las olas ».
7) « La isla de Irlanda: una contribución
psicoanalítica a la psicología política
»
8) « Los insulares siempre tienen algo de
original, por su aislamiento que les preserva
de las irrupciones y de la mezcla perpetua que
conoce el continente »
9) « Bonaparte, el mundo no os basta ».
10) « Soy italiano o toscano, más
bien que corso ».
11) « Me parece que los franceses, entre
todos los pueblos, comprenden mal a Napoleón
porque le toman las más veces por uno de
los suyos y no piensan casi nunca en sus orígenes
».
12) « Los desarraigados »,
de Maurice Barrès (1862–1923). Paris,
Fasquelle, 1897.
13) « Este personaje de insular descontento,
que él hacía de completa buena fe,
le fue de los más desfavorables »
14) « Verdadero exiliado, mientras que Byron
y Chateaubriand son exiliados imaginarios ».
15) « En efecto, en cuanto se convirtió
a sus ojos en un exiliado, pudo aplicar su espíritu
a realidades »
16) « Había sido llevado a divinizar
a Rousseau y a Paoli, y se había decidido
a colaborar en su obra, pero supo ver un día
que, para permanecer fiel a su naturaleza, a sí
mismo, debía alejarse de sus dos maestros,
diferenciarse del primero e incluso combatir al
segundo. Hacia su vigesimosegundo año,
hizo ese supremo esfuerzo de su formación
psíquica. El aprendizaje se terminaba.
Asociándose a Paoli, a quien seguía
toda Córcega, hubiese fallado su destino.
Retiró de aquel jefe popular su ideal,
para reencarnarlo en Francia. (…) Nuestro
país, hasta entonces, a ojos de Bonaparte,
había sido el enemigo (…) ».
17) « Die Fröhliche Wissenschaft »
- « La gaya ciencia », 1882.
18) « Europa señora del mundo »,
« … de ese Napoleón que quería,
como es sabido, una Europa de una sola pieza,
y esa Europa señora del mundo ».
19) « El amor del país natal siguió
en Napoléon su marcha ordinaria. Bonaparte,
en 1788, escribía, a propósito del
Sr. de Sussy, que Córcega brindaba
una primavera perpetua; ya no habló
más de su isla cuando fue dichoso; tenía
incluso antipatía por ella; le recordaba
una cuna demasiado estrecha. Pero en Santa Helena
su patria volvió a su memoria».
20) « Memorias de ultratumba », 1848.
21) « Córcega tenía mil encantos
para Napoleón; detallaba de ella sus más
grandes atractivos, el corte audaz de su estructura
física. Todo ahí era mejor, decía;
hasta el olor del suelo mismo: le hubiese bastado
para adivinarla con los ojos cerrados; no lo había
vuelto a encontrar en ninguna parte ».
22) « Las dos islas »
« Hay dos islas de las que un Mundo
Separa los dos Océanos,
Y que de lejos dominan la onda
Como cabezas de gigantes.
(…)
Esas islas en las que la ola se muele
Entre escollos descarnados,
Son como dos navíos de presa,
Con un ancla eterna encadenados.
Las manos que de esas negras orillas
Dispuso los sitios salvajes,
Y de espanto las quiso cubrir,
Las hizo tan terribles tal vez,
Para que Bonaparte pudiese nacer en ellas,
¡Y en ellas Napoleón morir!
(…)
¡El relámpago remontó! –
Derrumbado de su área,
Él cayó, todo humeante de cien golpes
de trueno.
Los reyes castigaron a su tirano.
Se le expuso vivo sobre una roca solitaria;
Y el gigante cautivo fue devuelto por la tierra
A la guardia del Océano ».
23) « Si bien perdió un Imperio,
tendrá dos patrias ».