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Vista
de la fuente del Elefante
tomada del bulevar San Antonio
(hacia
1805-1810)
Estampa
romántica Jean Antoine
Alavoine (1778–1834) |
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Por |
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Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los
Países Hispánicos
Delegada en Cuba
Representante oficial en Alemania y
Suiza |
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| Isis
Wirth |
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Instituto Napoleónico México-Francia
©
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Creo
que Napoleón tenía « buen
gusto », al menos austero y sobrio,
precursor de una cierta modernidad. Su famosa
levita gris, la diseñó él
mismo, sin que le faltara intención
de hacerse reconocer como signo distintivo,
por su simpleza y ausencia de cualquier adorno,
en contraposición con los vistosos
uniformes, dorados y emplumados, de su ejército.
¿Cómo se le pudo ocurrir que
se construyera un elefante gigantesco, en
tanto fuente, en el emplazamiento de la fortaleza
de Bastilla, donde hoy se alza la Ópera
del mismo nombre en París?
El mismo hombre
que caía en cólera formidable
con su adulador « ministro de cultura
» Vivant Denon, en posición de
poder que le arrebató al pintor David
(pero esto es otra historia, o de cómo
los mediocres vencen casi siempre sobre los
artistas, aunque David tenía tanta
alma de funcionario como Denon), porque éste,
para congraciarse con el Emperador, hizo fundir
una estatua que lo representaba desnudo, a
la usanza clásica, coronando el Arco
de Triunfo del Carrusel del Louvre. Cuando
Napoleón se enteró de que su
imagen « clásica » estaba
lista para empinarse allá arriba, estuvo
varios días sin hablarle a Denton,
a quien no le quedó más remedio
que remitir la estatua a los sótanos
del Louvre. Pero como todo se sabía
entonces en Europa, sin Twitter alguno, Wellington,
ni corto ni perezoso, una vez que entró
en París tras Waterloo fue a buscarla
para llevársela a su casa de Londres,
donde en la puerta servía para que
los visitantes dejaran sus paraguas. Razón
tenía Napoleón...
¿Cómo
este hombre, que tenía tanto sentido
para evitar el ridículo, de buenas
a primeras quiso erigir un elefante monumental?
Ciertamente, no se trataba de su gloria ni
de su persona, tan sólo de una función
utilitaria: proveer de agua suficiente a los
habitantes de París.
Pero, ¿por qué un elefante?
Su decreto personal del 9 de febrero de 1810
lo precisa: « Se erigirá en la
plaza de la Bastilla una fuente en forma de
un elefante en bronce, fundida con los cañones
tomados a los españoles rebeldes (esto
está bien, nota mía). El elefante
tendrá arriba una torre, como en los
antiguos, y el agua saldrá de su trompa.
Que se tomen las medidas necesarias para que
el elefante se termine ».
El guataca
Denon aprobó el proyecto, pero no así
el arquitecto Fontaine...
Todo quedó en el modelo, y llegó
la Restauración tras Waterloo, la cual
mandó el proyecto al carajo. Pero para
el pueblo de París, como en el cuento
de Augusto Monterroso, cuando se despertaba,
el elefante de yeso estaba todavía
ahí. Hasta el...1846, cuando se renunció
definitivamente a fundirlo.
Víctor Hugo, eso sí, lo inmortalizó,
como se sabe, en « Los miserables »,
donde el monumental paquidermo le sirve de
refugio a Gavroche. (Tantos se escondían
ahí que el prefecto de París
le tuvo que poner un guardia permanente al
bicho.):
« Il y a vingt ans, on voyait encore
dans l'angle sud-ouest de la place de la Bastille,
près de la gare, un monument bizarre
qui s'est effacé déjà
de la mémoire des Parisiens [...] C’était
un éléphant de quarante pieds
de haut, construit en charpente et en maçonnerie,
portant sur son dos sa tour qui ressemblait
à une maison jadis peint en vert par
un badigeonneur quelconque, maintenant peint
noir par le ciel, la pluie et le temps. Dans
cet angle désert et découvert
de la place, le large front du colosse, sa
trompe, ses défenses, sa tour, sa croupe
énorme. Et ses quatre pieds pareils
à des colonnes faisaient la nuit, sur
le ciel étoilé, une silhouette
surprenante et terrible. On ne savait ce que
cela voulait dire. C'était une sorte
de symbole de la force populaire. C'était
sombre, énigmatique et immense. C'était
on ne sait quel fantôme puissant, visible
et debout à côté du spectre
invisible de la Bastille. » (1)
« ... Su silueta sorprendente y terrible.
No se sabía lo que ello quería
decir ». Ni el propio Víctor
Hugo, gran napoleofílico, lo sabía.
Como yo tampoco, aventuro que Napoleón
pudo haber sido el autor apócrifo (género
al que el Emperador valoró primero
que nadie, él, « el más
gran escritor francés del siglo XIX
», según Sainte-Beuve) del conocido
libro: « Todo lo que usted quiera saber
sobre los elefantes ».
NOTAS:
1) «
hace veinte años, se veía todavía
en el ángulo suroeste de la plaza de
la Bastilla, cerca de la estación,
un monumento bizarro que ya se borró
de la memoria de los parisinos [...] Era un
elefante de cuarenta pies de alto, construido
de carpintería y de enyesado, que llevaba
sobre su espalda su torre que se parecía
a una casa antaño pintado de verde
por un enjalbegador cualquiera, ahora pintado
de negro por el cielo, la lluvia y el tiempo.
En este ángulo desierto y descubierto
de la plaza, la ancha frente del coloso, su
trompa, sus colmillos, su torre, su grupa
enorme. Y sus cuatro pies iguales a columnas
hacían de noche, en el cielo estrellado,
una silueta sorprendente y terrible. No se
sabía lo que aquello quería
decir. Era una suerte de símbolo de
la fuerza popular. Era sombrío, enigmático
e inmenso. Era no se sabe qué fantasma
poderoso, visible y de pie junto al espectro
invisible de la Bastilla ».