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DE
JOSEFINA, CUANDO ERA BEAUHARNAIS
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La
emperatriz Josefina
Acuarela de Jean-Baptiste
Isabey (1767–1855) |
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Por |
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Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los
Países Hispánicos
Delegada en Cuba
Representante oficial en Alemania y
Suiza |
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| Isis
Wirth |
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Instituto Napoleónico México-Francia
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Curiosamente,
el principio de la relación de Josefina
Bonaparte con su primer esposo, el vizconde
Alexandre de Beauharnais, fue similar en ciertos
aspectos a la que luego tuvo con el segundo,
Napoleón. Ambos, se apasionaron locamente
con ella, para pasar a los celos devastadores,
y en poco tiempo, a la indiferencia, y luego,
a la amistad. ¿Qué mujer era
la martiniquesa, capaz de provocar esos extremos?
Si bien su arte amatorio,
del Ancien Régime, era reputado (hasta
la propia Pauline Bonaparte quizás
tuvo que aprender algo de ella...), probablemente
quien a su vez mucho le enseñó
en el asunto fue Teresa Tallien, a quien no
obstante conoció cuando estaba ya separada
del Beauharnais, pero aún a tiempo
antes de encontrarse con el general Buonaparte,
beneficiario, sin duda, de las enseñanzas
de la Tallien.
El Beauharnais era también
un hombre raro... políticamente. El
noble se adhirió completamente, y de
corazón, sin oportunismo alguno, a
los principios de igualdad de los sans-culottes
del « pueblo », lo cual no fue
el caso de su esposa, noble también.
Fue gracias al vizconde que Josefina pudo
escapar a muchos peligros durante la Revolución,
tanto por sus consejos como por los contactos
que el esposo tenía en el Tribunal
Revolucionario, cuyo presidente le informó
que Josefina había enviado a los dos
hijos de ambos, Eugène y Hortense,
camino de Londres. El castigo para el delito
de emigración era la muerte. El vizconde
los pudo detener a tiempo.
(Para « embarajar », Josefina
había puesto a Eugène y a Hortense
a aprender oficios del « pueblo »,
como el de carpintero, pero ya la madre no
podía más con el maltrato a
sus hijos, pichones de « nobles ».)
Pero todo el sincero patriotismo revolucionario
del vizconde, y sus servicios como general
a la causa, de nada le sirvieron cuando llegó
el Terror. Bastaba ser noble para ser llevado
a la guillotina. Tampoco fue de utilidad que
Beauharnais renunciara a su grado de general,
y se retirara a su propiedad. Allá
lo fueron a buscar, para pasarlo por la cuchilla.
Mientras el vizconde estaba
aún en su castillo en el campo, en
tanto « sospechoso », el Comité
de Defensa de la Revolución del barrio
de Josefina en París se presentó
en su casa para hacer un registro, a la búsqueda
de pruebas de la « traición »
del esposo. No las encontraron, y la cogieron
con Josefina. Pese a que ésta, aconsejada
por el esposo, multiplicaba los actos de patriotismo
en el barrio, donando ropa y dinero para las
viudas y los huérfanos de los mártires
de la Revolución, el Comité
Revolucionario le exigió un certificado
de adhesión a la Revolución,
lo cual era imposible de obtener, para una
persona de su origen, en ese barrio donde
ella vivía, por lo cual muchos nobles
se trasladaban una semana a vivir en una vecindad
de las afueras, en Croissy, donde el alcalde,
un ex-cura, los falsificaba.
Josefina se fue allá, y regresó
a París con el precioso documento,
el garante de la supervivencia. Tampoco le
sirvió de mucho, pues los del Comité
conocían de las simpatías por
los nobles del benevolente ex-cura. Mandaron
al « pueblo » a manifestar debajo
del balcón de Josefina, en, sí,
eso mismo, un acto de repudio.
Tras ello, arrestaron a la criolla y la enviaron
a la cárcel en el antiguo convento
de Carmes, junto con el esposo. Estar en Carmes
significaba ineluctablemente pasar por la
cuchilla.
El Beauharnais fue guillotinado
el 22 de julio de 1794.
Cinco días más tarde, caía
Robespierre. Josefina se salvó de milagro.
Salió el 6 de agosto de la cárcel,
donde permaneció más de tres
meses.
Cierto, la viuda fue alegre, aunque fue la
defensa de la memoria del esposo lo que le
propició el encuentro con otro general,
Buonaparte. Pero esto es otra historia.