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LAS
CIENCIAS BAJO NAPOLEÓN |
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Por |
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Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los
Países Hispánicos
Representante oficial en Alemania y
Suiza
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| Isis
Wirth |
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Instituto Napoleónico México-Francia
© |
A
César Reynel Aguilera, por la inspiración;
a Éufrates del Valle, por el aliento.
Que
Napoleón haya inspirado a muchos dictadores,
a ambos lados del espectro, es un hecho. Parte
de su grandeza apunta a que nadie puede prescindir
de él. Los tiranuelos latinoamericanos
sin duda se han sentido atraídos por
el Corso. Y Paul Johnson señala en
su biografía de Napoleón que
«tiranos pigmeos como Kim II Sung, Castro,
Perón, Mengistu, Saddam Hussein, Ceausescu
y Gadhafi» presentan ecos distintivos
del « prototipo napoleónico ».
En Castro I, un no desconocido admirador del
Águila, es evidente. Algo que tiene
que haber tomado de referencia fue el «
sistema napoleónico de las ciencias
». ¡Pero cuán lejos de
la calidad intelectual del Emperador!
El
teorema de Napoleón en geometría
es bastante célebre, lo habría
enunciado en 1787. « Si uno construye
un triángulo equilátero
a partir de cada lado de un triángulo
cualquiera (todos al exterior o todos
al interior), los centros de esos triángulos
equiláteros forman ellos mismos
un triángulo equilátero
». O sea, hay que demostrar que
el triángulo resultante es también
equilátero.
En
geometría plana, existe, además,
el problema de Napoleón, que
consiste a encontrar el centro de un
círculo dado con solamente un
compás para hacerlo, es decir,
construir tan sólo con el compás
el centro. Fue en la primera campaña
de Italia (1797) donde habría
conocido al matemático Mascheroni,
especialista de la geometría
del compás. De regreso en Francia,
le presenta al Instituto el trabajo
del italiano y propone su problema al
que le ofrece su solución personal.
Laplace le dijo: «Esperábamos
todo de usted, general, salvo lecciones
de geometría».
Si Napoleón
no hubiese sido Napoleón (o el
cursi « destino llamando a la
puerta » beethoveniano), habría
sido un matemático de renombre:
enuncia su teorema dos años antes
de la Revolución francesa…
Aun así, fue elegido miembro
del Instituto en 1797, en la sección
de ciencias físicas y matemáticas
y en 1800 es hecho presidente de la
misma.
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| Diagrama
del Teorema de Napoleón |
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Excepcional
desde pequeño en matemática
e historia (dicen algunos que una manera de
reconocer a los niños superdotados
es que sólo se interesen en estas dos
disciplinas), su capacidad para la abstracción
– que asombraría a sus compañeros
de prisión en Santa
Helena, al leer durante nueve horas solamente
abstrusos textos y continuar luego fresco
– determinó que en tanto militar
fuese artillero y, sin duda, que fuese el
más gran estratega de todos los tiempos.
Espíritu
abstracto que le ha envidiado Castro I, quien
en ese sentido es un mosquito lobotomizado.
Ya que Napoleón,
en tanto « científico »
por derecho propio, impulsó particularmente
las ciencias. Él mismo propuso cuestiones
de física que el Instituto sometía
a los sabios, o uno de sus deberes en tanto
miembro del Instituto fue estudiar un trabajo
de Biot sobre las ecuaciones diferenciales.
Fue Bonaparte quien, al regreso de Egipto,
expuso que un canal podía hacerse entre
el mar Rojo y el Mediterráneo (el hoy
canal de Suez), mostraba fascinado los planes.
Fue Bonaparte quien dio órdenes para
llevar a Francia una piedra encontrada en
el castillo de Rosette, con inscripciones
en griego, en copto y en jeroglíficos.
(La piedra fue confiscada por los ingleses
en Alejandría, y ya sabemos lo que
más tarde Champollion haría
con ella.)
Lo alcanzado
por las ideas (incluso las prácticas,
fue el inventor de los bomberos y propició
la creación del azúcar de remolacha)
que Napoleón inspiró ha quizás
motivado a Castro I a tratar de imitarlo,
con los resultados conocidos, entre ellos,
las vacas enanas.
Si hay un
padre de la egiptología, ese es Napoleón
Bonaparte. Convirtió la expedición
militar a Egipto en científica al mismo
tiempo. Su trascendencia fue considerable,
hasta el día de hoy. Una de las razones
por las que Napoleón atrae tanto es
que lo provocado por él se extiende
a numerosos campos: desde los expertos militares,
naturalmente, hasta los mineralogistas; en
lo último, se remite a esa expedición
de Egipto. La monumental « Descripción
de Egipto » que él encargó
continúa siendo una referencia.
Desde luego,
fue la Revolución francesa quien le
confirió a las ciencias una dimensión
política (sobre la base de su desarrollo
en el siglo XVIII), para servirse de ellas,
« ganar la confianza del pueblo y preparar
sus victorias ». La madre de todas las
revoluciones luego se transmutaría
en consecuencia en sus hijas en tal aspecto,
como en otros. Pero en el caso del período
napoleónico, hermano más que
hijo, aun si porque no le quedó más
remedio al Águila, el genio personal
de ésta condujo a que fuese una época
de esplendor cierto para las ciencias.
Fue Napoleón
quien estimuló las investigaciones
sobre la electricidad de Volta; creó
un premio destinado a « fijar la atención
de los físicos sobre esta parte de
la disciplina que es en mi opinión
el camino de grandes descubrimientos ».
Cubrió
con honores a Laplace (su teoría del
cálculo de probabilidades le fue entregada
a Napoleón en medio de la desastrosa
campaña de Rusia en 1812, y el emperador
enseguida le testimonió su satisfacción),
a Berthollet, a Cuvier, a Montgolfier («
la invención de la máquina más
importante »). Si bien instituciones
como la Escuela Politécnica remiten
al fin de la Convención y el Directorio,
fue bajo el Consulado y el Imperio donde se
afirman.
Justo Gay-Lussac,
en la Escuela Politécnica, establece
en 1802 su ley. Más tarde, durante
el Imperio, Biot y Fourier llegan a la ley
de la conducción térmica.
En 1803 Berthollet
publica su « Ensayo de estática
química », cuyos presupuestos
habían sido meditados en la campaña
de Egipto.
El álgebra,
el análisis matemático, la astronomía
(Laplace le dedica al primer cónsul
su « Mecánica celeste »,
a lo que Napoleón responde que sólo
la fuerza de las circunstancias lo mantenían
alejado de las ciencias), la geometría,
la mecánica analítica y la óptica
conocieron adelantos decisivos. En 1813 Niepce
hizo los primeros descubrimientos que condujeron
a la fotografía.
No podría
dejar de mencionar, entre otras conquistas
de esta era de florecimiento, la exploración
de la América del Sur, entre 1799 y
1804, por Alexander von Humboldt, el «
segundo descubridor », y Bonpland, quien
era intendente de la Malmaison, la residencia
de Napoleón y Josefina.
Pero la visión
del Águila, tan certera, por ejemplo
con la electricidad, falló en algo:
la navegación a vapor. Robert Fulton
le propone el submarino (para invadir a Inglaterra,
por supuesto) y el barco a vapor. No le encontró
aplicaciones prácticas a ese «
carro de agua movido
por el fuego ».
Si el proyecto
napoleónico de las ciencias fue fecundo,
cuyo ritmo abrió las puertas a la ciencia
contemporánea, lo fue por el sustrato
« revolucionario » que lo propició,
en tanto instrumento que le podía ser
útil. Las ciencias dejaron de ser meramente
especulativas para convertirse en un transformador
económico y social, mal que me pese
la jerigonza marxista. Que Napoleón
haya sido un apasionado de las ciencias, unido
a su singularidad, fue un catalizador insospechado.
Este espejo, abridor de múltiples polos
de la modernidad, luego ha querido ser retomado
por esos « otros », estructural
o conscientemente.