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FIDEL CASTRO,
EL « NAPOLEÓNICO » |
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Por |
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Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los
Países Hispánicos
Delegada en Cuba
Representante oficial en Alemania y
Suiza |
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| Isis
Wirth |
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Instituto Napoleónico México-Francia
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De
vez en cuando, o más bien « de
cuando en vez », el Reflexionista en
Jefe le hace un guiño a uno de sus
ídolos, Napoleón Bonaparte,
con el que habría aprendido, por ejemplo,
la denominada (por el « Comandante »)
táctica de convertir « el revés
en victoria ». Napoleón, desde
luego, no la llamaba así, sino acaso
« tourner les choses », siempre
a su favor, incluso a largo plazo, como si
supiera que él saborearía su
victoria lejana en una posteridad desde la
que él « vería »
los acontecimientos suceder en « la
tierra ». Cuando fracasó su política
americana, con el descalabro en Haití,
se desentendió de esa parte del mundo
pero entonces le vendió por un precio
irrisorio la Luisiana francesa a las Trece
Colonias, ya que con ello preveía la
expansión territorial indetenible de
las mismas hacia el Oeste, y calculó
que esa venta era el primer paso para que
los « americanos » pusieran de
rodillas al acerbo enemigo del corso, la «
pérfida
Albión », « 150 años
después », sic del corso. La
cesión de la Luisiana fue en 1803.
150 años después, bien,
calculó mal en sólo tres años:
en 1956 ocurrió la guerra del Canal
de Suez, tras la que Gran Bretaña cedió
definitivamente el bastón de mando
a sus otrora Trece Colonias.
El corso también « calculaba
» a corto plazo. La expedición
a Egipto fue un fracaso militar, pero lo convirtió
en una « victoria cultural » por
los medios de una « propaganda »,
artística y científica. A la
última, la previó, al constituir
una expedición de sabios paralela a
la del ejército: fue el nacimiento
de la egiptología, y un impulso a otras
disciplinas, como la mineralogía. La
primera, fue una reacción mucho más
rápida al revés: propulsó
la moda estilística «retour d’Egypte»,
como si la apropiación visual de lo
egipcíaco significase implícitamente
la « victoria », cuando había
sido todo lo contrario.
El «
Comandante-que-escribe » (también,
en la imitación, el pobre, que ha pretendido
del corso, un escritor), acaba de «
rendirle homenaje »:
« Un factor que contribuyó
a la lucha de América Latina por la
independencia fue la invasión de España
por Napoleón, quien con sus desmedidas
ambiciones contribuyó a crear las condiciones
propicias para el inicio de las luchas por
la independencia de nuestro continente. La
historia de la humanidad es sinuosa y llena
de contradicciones; a su vez, se torna cada
vez más compleja y difícil
».
Tenía que soltarlo, aunque fuera innecesario,
pero es cierto. Y si es cierto que el Cagandante
es quien escribe, la alusión a las
« contradicciones » de la historia,
debería interpretarse así: Napoleón
era « buenísimo », como
« yo », su gran émulo,
a posteriori, en América latina, en
la, sí, desmedida ambición de
Castro I de tratar de inspirarse en un incontournable
para todos como el corso.
Castro quiso decir que a él, en su
megalomanía, la « historia »
lo va a « perdonar » como a Napoleón,
al recurrir a una fraseología marxista
de «condiciones propicias para el inicio
de las luchas por la independencia»,
en lo cual Castro no cree ni en la cabeza
de un guanajo. Aunque el propio Marx, vía
Hegel l – « lèche-cul »
de Napoleón –, y por sí
mismo (pues su primer intento literario fue
un poema por el traslado de las cenizas del
Emperador desde Santa Helena a los Inválidos),
haya visto en las « contradicciones
» del corso el « motor de la historia
».
Lo que no dice Castro en la « Reflexión
» de marras, aunque estoy segura que
lo sabe, es que Simón Bolívar,
buen « napoleónico » entonces,
asistió a la coronación
del corso como emperador en Nôtre-Dame
y más tarde, a su coronación
en Roma como rey. Y, « de pronto »,
el criollo venezolano se «desencantó»
con Napoleón, por su traición
a los « ideales republicanos »,
y se fue a hacer « lo suyo » en
el sur del continente americano, cuando en
realidad el móvil de Bolívar
era, en la mente de su ego, impedirle a Napoleón
que « liberara » a las colonias
españolas: Napoleón será
el emperador de Europa, pero antes de que
se llegue aquí, yo seré el «
emperador » de la América hispana,
pensó Bolívar. Para «
impedirle a tiempo que con esa fuerza más
» se extendiera. ¡Pero si a Napoleón
ya no le interesaba esa parte del mundo, porque
no tenía « remedio »!,
como tuvo que reconocer el propio Bolívar,
años después, en Santa Marta:
« En América latina, lo único
que se puede hacer es emigrar ».
Si Bolívar fracasó en su intento
de coronarse, incluso si metafóricamente,
emperador de la América hispana, para,
en su paranoia, « hacerle daño
» a Napoleón, Fidel Castro, menos
o más lúcidamente, ha tratado
de seguirle los pasos a unas coordenadas históricas
que son intrínsecas al poder y a sus
designios, hasta en la vertiente equivocada,
porque lo que se conviene que es el Mal forma
parte de lo mismo.
No es pues
nada casual que « nuestro » cubano
Castro reivindique al venezolano y «
napoleónico » Bolívar,
en la figura del payaso pero peligroso Hugo
Chávez, « bolivariano »,
como se ha proclamado, pero petrolero y territorial.
Napoleón, doscientos años atrás,
fue en el mundo el « instrumento »
de un destino, como él mismo reconocía
– y desconocía –, en virtud
del «alumbramiento de algo nuevo»,
voilà et hélas, Karl Marx, que
un otro Dios te maldiga en tu « dialéctica
» robada a Jorge Guillermo Federico
Hegel.
Pero todo
esto es « historia », aun si todavía
actual, por obra y gracia, entre otros, de
tercos y astutos sobrevivientes como Castro
I, aunque en escala menor, pero aun más
devastadora en los que nos concierne a nosotros,
los cubanos, la « última carta
de la baraja » de la historia moderna,
desde la Revolución francesa hasta
la « cubana », en una insignificante
isla convertida por el que dice firmar las
« Reflexiones » en el infierno
sobre la tierra.
En lo que
el incontournable corso, hijo de
la Revolución francesa, ha contribuido
sobremanera, según los estudios prácticos
del Cagandante, es a proporcionarle a éste
la teoría del « revés-que-es-victoria
». Y no tanto el reclamo « bolivariano
» de la independencia de América
latina, aunque sea cierto que se debió
indirectamente a Napoleón, como sabe
cualquiera, y del mismo modo, los movimientos
nacionales de liberación en Europa
en el siglo XIX.
Castro I, como Bolívar, pero con probabilidad
con más éxito « ideológico
» que éste y, por el contrario,
con mucha menos fanfarria victoriosa en lo
militar (otro ridículo amago napoleónico
del cubano, del que se burlaba, como recordarán,
un tal Arnaldo Ochoa...), hubiese tratado,
de haber vivido entonces y asistir, embelesado
como el venezolano, a la coronación
en Nôtre-Dame, de « zafarse »
de la impronta que considerarían «
napoleónica », allende el mar
Atlántico.
Curioso pero acaso complementario, el que
Castro I se haya reclamado « continuador
» de José Martí, quien
con su « para impedir que con esa fuerza
más se extiendan sobre nuestras tierras
de América », se refería
no al « Napoleón » de Bolívar
sino al « imperialismo » del Norte
« revuelto y brutal », en lo que
era sino, por parte del « Apóstol
», un reflejo del pensamiento estratégico
anti-americano de un tal... Napoleón
III, debido a una necesidad histórica
« imperial » de lo « necesario
anti-anglosajón », ¿cómo
la guerra del mismo adjetivo en el cubano
del siglo XIX?
Martí
no « inventó » ningún
pensamiento « anti-imperialista »
respecto de los EE.UU, sino que se hizo eco
(muy « original » – nuestro
Pepe que es «nuestro vino» –
como casi todo chez les Cubains) de los diseños
que emanaban, en lo que hoy se diría
« escala global », del sobrino
del corso, Napoleón III.
El corso tiró ya antes la toalla con
los « anglosajones », y luego
se la tiraron en Waterloo (pero « convirtió
el revés en victoria », y de
qué manera, con el Memorial de Santa
Helena, que lo hizo el segundo Cristo de la
historia); el sobrino (que no era para nada
« Napoleón el pequeño
», contrariamente a lo acuñado
por Víctor Hugo) trató de revertir
« les choses » enfocándose,
con otra visión, en « los americanos
».
Y se encontró
« el Pequeño », en otra
isla, muy lejana de la mediterránea
de su padre y su tío, con un escribano
epígono en un tal José Martí,
según la frase que nos ha hecho tragar
la propaganda castrista: « Cuanto hice
hasta hoy es para eso... »
Y aquí lo dejo.