Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
“Los Amigos del INMF” – “Les Amis de l’INMF”
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
FIDEL CASTRO, EL « NAPOLEÓNICO »

Por

Isis Wirth Armenteros
Delegada en Cuba

Consejera Especial del INMF para los Países Hispánicos

Isis Wirth Armenteros, Consejera Especial para los Países Hispánicos, Delegada en Cuba y Representante Oficial en Alemania y Suiza del Instituto Napoleónico México-Francia.
Isis Wirth
Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.

De vez en cuando, o más bien « de cuando en vez », el Reflexionista en Jefe le hace un guiño a uno de sus ídolos, Napoleón Bonaparte, con el que habría aprendido, por ejemplo, la denominada (por el « Comandante ») táctica de convertir « el revés en victoria ». Napoleón, desde luego, no la llamaba así, sino acaso « tourner les choses », siempre a su favor, incluso a largo plazo, como si supiera que él saborearía su victoria lejana en una posteridad desde la que él « vería » los acontecimientos suceder en « la tierra ». Cuando fracasó su política americana, con el descalabro en Haití, se desentendió de esa parte del mundo pero entonces le vendió por un precio irrisorio la Luisiana francesa a las Trece Colonias, ya que con ello preveía la expansión territorial indetenible de las mismas hacia el Oeste, y calculó que esa venta era el primer paso para que los « americanos » pusieran de rodillas al acerbo enemigo del corso, la « pérfida Albión », « 150 años después », sic del corso. La cesión de la Luisiana fue en 1803. 150 años después, bien, calculó mal en sólo tres años: en 1956 ocurrió la guerra del Canal de Suez, tras la que Gran Bretaña cedió definitivamente el bastón de mando a sus otrora Trece Colonias.
El corso también « calculaba » a corto plazo. La expedición a Egipto fue un fracaso militar, pero lo convirtió en una « victoria cultural » por los medios de una « propaganda », artística y científica. A la última, la previó, al constituir una expedición de sabios paralela a la del ejército: fue el nacimiento de la egiptología, y un impulso a otras disciplinas, como la mineralogía. La primera, fue una reacción mucho más rápida al revés: propulsó la moda estilística «retour d’Egypte», como si la apropiación visual de lo egipcíaco significase implícitamente la « victoria », cuando había sido todo lo contrario.

El « Comandante-que-escribe » (también, en la imitación, el pobre, que ha pretendido del corso, un escritor), acaba de « rendirle homenaje »:
« Un factor que contribuyó a la lucha de América Latina por la independencia fue la invasión de España por Napoleón, quien con sus desmedidas ambiciones contribuyó a crear las condiciones propicias para el inicio de las luchas por la independencia de nuestro continente. La historia de la humanidad es sinuosa y llena de contradicciones; a su vez, se torna cada vez más compleja y difícil ».
Tenía que soltarlo, aunque fuera innecesario, pero es cierto. Y si es cierto que el Cagandante es quien escribe, la alusión a las « contradicciones » de la historia, debería interpretarse así: Napoleón era « buenísimo », como « yo », su gran émulo, a posteriori, en América latina, en la, sí, desmedida ambición de Castro I de tratar de inspirarse en un incontournable para todos como el corso.
Castro quiso decir que a él, en su megalomanía, la « historia » lo va a « perdonar » como a Napoleón, al recurrir a una fraseología marxista de «condiciones propicias para el inicio de las luchas por la independencia», en lo cual Castro no cree ni en la cabeza de un guanajo. Aunque el propio Marx, vía Hegel l – « lèche-cul » de Napoleón –, y por sí mismo (pues su primer intento literario fue un poema por el traslado de las cenizas del Emperador desde Santa Helena a los Inválidos), haya visto en las « contradicciones » del corso el « motor de la historia ».
Lo que no dice Castro en la « Reflexión » de marras, aunque estoy segura que lo sabe, es que Simón Bolívar, buen « napoleónico » entonces, asistió a la coronación del corso como emperador en Nôtre-Dame y más tarde, a su coronación en Roma como rey. Y, « de pronto », el criollo venezolano se «desencantó» con Napoleón, por su traición a los « ideales republicanos », y se fue a hacer « lo suyo » en el sur del continente americano, cuando en realidad el móvil de Bolívar era, en la mente de su ego, impedirle a Napoleón que « liberara » a las colonias españolas: Napoleón será el emperador de Europa, pero antes de que se llegue aquí, yo seré el « emperador » de la América hispana, pensó Bolívar. Para « impedirle a tiempo que con esa fuerza más » se extendiera. ¡Pero si a Napoleón ya no le interesaba esa parte del mundo, porque no tenía « remedio »!, como tuvo que reconocer el propio Bolívar, años después, en Santa Marta: « En América latina, lo único que se puede hacer es emigrar ».
Si Bolívar fracasó en su intento de coronarse, incluso si metafóricamente, emperador de la América hispana, para, en su paranoia, « hacerle daño » a Napoleón, Fidel Castro, menos o más lúcidamente, ha tratado de seguirle los pasos a unas coordenadas históricas que son intrínsecas al poder y a sus designios, hasta en la vertiente equivocada, porque lo que se conviene que es el Mal forma parte de lo mismo.

No es pues nada casual que « nuestro » cubano Castro reivindique al venezolano y « napoleónico » Bolívar, en la figura del payaso pero peligroso Hugo Chávez, « bolivariano », como se ha proclamado, pero petrolero y territorial.
Napoleón, doscientos años atrás, fue en el mundo el « instrumento » de un destino, como él mismo reconocía – y desconocía –, en virtud del «alumbramiento de algo nuevo», voilà et hélas, Karl Marx, que un otro Dios te maldiga en tu « dialéctica » robada a Jorge Guillermo Federico Hegel.

Pero todo esto es « historia », aun si todavía actual, por obra y gracia, entre otros, de tercos y astutos sobrevivientes como Castro I, aunque en escala menor, pero aun más devastadora en los que nos concierne a nosotros, los cubanos, la « última carta de la baraja » de la historia moderna, desde la Revolución francesa hasta la « cubana », en una insignificante isla convertida por el que dice firmar las « Reflexiones » en el infierno sobre la tierra.

En lo que el incontournable corso, hijo de la Revolución francesa, ha contribuido sobremanera, según los estudios prácticos del Cagandante, es a proporcionarle a éste la teoría del « revés-que-es-victoria ». Y no tanto el reclamo « bolivariano » de la independencia de América latina, aunque sea cierto que se debió indirectamente a Napoleón, como sabe cualquiera, y del mismo modo, los movimientos nacionales de liberación en Europa en el siglo XIX.
Castro I, como Bolívar, pero con probabilidad con más éxito « ideológico » que éste y, por el contrario, con mucha menos fanfarria victoriosa en lo militar (otro ridículo amago napoleónico del cubano, del que se burlaba, como recordarán, un tal Arnaldo Ochoa...), hubiese tratado, de haber vivido entonces y asistir, embelesado como el venezolano, a la coronación en Nôtre-Dame, de « zafarse » de la impronta que considerarían « napoleónica », allende el mar Atlántico.
Curioso pero acaso complementario, el que Castro I se haya reclamado « continuador » de José Martí, quien con su « para impedir que con esa fuerza más se extiendan sobre nuestras tierras de América », se refería no al « Napoleón » de Bolívar sino al « imperialismo » del Norte « revuelto y brutal », en lo que era sino, por parte del « Apóstol », un reflejo del pensamiento estratégico anti-americano de un tal... Napoleón III, debido a una necesidad histórica « imperial » de lo « necesario anti-anglosajón », ¿cómo la guerra del mismo adjetivo en el cubano del siglo XIX?

Martí no « inventó » ningún pensamiento « anti-imperialista » respecto de los EE.UU, sino que se hizo eco (muy « original » – nuestro Pepe que es «nuestro vino» – como casi todo chez les Cubains) de los diseños que emanaban, en lo que hoy se diría « escala global », del sobrino del corso, Napoleón III.
El corso tiró ya antes la toalla con los « anglosajones », y luego se la tiraron en Waterloo (pero « convirtió el revés en victoria », y de qué manera, con el Memorial de Santa Helena, que lo hizo el segundo Cristo de la historia); el sobrino (que no era para nada « Napoleón el pequeño », contrariamente a lo acuñado por Víctor Hugo) trató de revertir « les choses » enfocándose, con otra visión, en « los americanos ».

Y se encontró « el Pequeño », en otra isla, muy lejana de la mediterránea de su padre y su tío, con un escribano epígono en un tal José Martí, según la frase que nos ha hecho tragar la propaganda castrista: « Cuanto hice hasta hoy es para eso... »
Y aquí lo dejo.