In Memorial Ben Weider (1924-2008).

 

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México.
Francia.
Memorial Ben Weider de los recipiendarios de la Medalla de Honor de la Sociedad Napoleónica Internacional .
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
BEN WEIDER HA PARTIDO

Por

Isis Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los Países Hispánicos

Delegada en Cuba

Representante oficial en Alemania y Suiza

Isis Wirth Armenteros, Consejera Especial para los Países Hispánicos, Delegada en Cuba y Representante Oficial en Alemania y Suiza del Instituto Napoleónico México-Francia.
Isis Wirth
Instituto Napoleónico México-Francia ©
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El pasado 17 de octubre, cuando yo arribaba a París, falleció en el Hospital General Judío de Montreal el doctor Ben Weider, a los 84 años.

Un gran hombre de negocios canadiense, él estuvo en el origen del desarrollo del fisicoculturismo en el mundo, y sin duda fue quien “hizo” a Arnold Schwarzenegger, hoy gobernador de California como se sabe.
Había recibido la Orden de Canadá, y de manos de Jacques Chirac, el grado de Chevalier de la Legión de Honor.

Autor de numerosos libros y artículos, presidente fundador de la Sociedad Napoleónica Internacional, la pasión de Ben Weider era Napoleón, un culto en el que había sido iniciado por su padre. El objetivo de su vida fue colocar en su sitio verdadero la memoria del Emperador, desenmascarando falsedades y otros entuertos, muchos de los cuales —no todos— remiten a la “leyenda negra” de Napoléon, ya construida en vida de éste por los ingleses. Sobre todo, el objetivo de su vida fue demostrar científicamente, para lo cual no escatimó su dinero y mucho menos su tiempo, el envenenamiento por arsénico de Napoleón en Santa Helena. Lo logró. (Pueden leer aquí: “La última prueba”.)

Ben Weider en Longwood House, junto con sus hijos Louis^, Eric < y Mark>
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Sociedad Napoleónica Internacional
Ello le produjo la animadversión encarnizada de ciertos medios napoleónicos franceses, debido a dos razones. Una, no es “políticamente correcto”, en nombre de un designio enrevesado, el que Napoleón haya sido envenenado, con perdón de la cacofonía.
La segunda, Ben Weider, aun si Quebecois —ah, “vive le Quebec libre”, ¿recuerdan a de Gaulle?— no era francés. ¿Cómo un no-francés justo va a ocuparse de lo que está “interdit” *, que Napoleón hubiese sido asesinado? Olvidan a Mickiewicz: “Franceses, Napoleón no es de ustedes”. (Personalmente, moi, Cubaine, pocas cosas han provocado mi sonrisa más velada que el que me hayan dicho, en français: “¿cómo es posible que te intereses por Napoleón?”, aun si admirativamente.) ¿Cuándo comprenderán que la cierta “excepción francesa” es Napoleón?

La primera vez que leí a Ben Weider fue en su recuento de la peregrinación a Santa Helena. Había llevado a sus tres hijos, entonces pequeños. Fueron a Southampton, en Inglaterra, a tomar el “Royal Mail Santa Helena”, el barco que es el único medio de conexión —y aprovisionamiento— de la isla donde Napoleón murió con el mundo. Años después, cuando fue el turno de mi peregrinación, aunque no en ese “Royal Mail”, cada palabra de Ben Weider me resonaba sin cesar.
Creería saber que el Emperador, donde quiera que esté, le habrá acaso dicho ya a Ben Weider que no se equivocó en la principal faena de su vida.

Puede descansar en paz, la de los bravos.

P.D.: Leer “La muerte de un gigante”.

* Prohibido.