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Vida
de S.M.I. el Emperador
y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia - Institut
Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial. |
PALABRAS
DE UN POETA |
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| PRONUNCIADO
EN LA SESIÓN PÚBLICA DEL
5 DE JUNIO DE 1841 EN EL INSTITUTO DE
FRANCIA |
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Por |
Victor
Hugo |
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| Víctor
Hugo (1802-1885) |
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Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
© |
Al
comienzo de este siglo, Francia era para las naciones
un magnífico espectáculo. Un hombre
la llenaba entonces y la hacía tan grande
que ella llenaba Europa. Ese hombre, salido de
la sombra, hijo de un pobre gentilhombre corso,
producto de dos repúblicas, por su familia
de la república de Florencia, por él
mismo de la república francesa, había
llegado en pocos años a la más alta
realeza que quizás jamás haya asombrado
a la historia. Era príncipe por el genio,
por el destino, y por las acciones. Todo en él
indicaba al poseedor legítimo de un poder
providencial. Había tenido para sí
las tres condiciones supremas, el evento, la aclamación
y la consagración. Una revolución
lo había engendrado, un pueblo lo había
escogido, un Papa lo había coronado. Reyes
y generales, marcados ellos mismos por la fatalidad,
habían reconocido en él, con el
instinto que les daba su sombrío y misterioso
porvenir, al elegido del destino. Era el hombre
al que Alejandro de Rusia, que debía morir
en Taganrog, había dicho: « Estáis
predestinado por el cielo »; al que
Kléber, que debía morir en Egipto,
había dicho: « Sois grande como
el mundo »; al que Desaix, caído
en Marengo, había dicho: « Yo
soy el soldado y vos sois el general »;
al que Valhubert, expirando en Austerlitz, había
dicho: « Voy a morir, pero vos vais
a reinar ».
Su renombre militar
era inmenso, sus conquistas eran colosales. Cada
año reculaba las fronteras de su imperio
incluso más allá de los límites
majestuosos y necesarios que Dios ha dado a Francia.
Había borrado los Alpes como Carlomagno,
y los Pirineos como Louis XIV; había pasado
el Rin como César, y había estado
a punto de cruzar la Mancha como Guillermo el
conquistador. Bajo este hombre, Francia tenía
ciento treinta departamentos; por un lado tocaba
las bocas del Elba, por el otro alcanzaba el Tíber.
¡Era el soberano de cuarenta y cuatro millones
de franceses y el protector de cien millones de
europeos!
En la composición audaz de sus fronteras,
había empleado como materiales dos grandes
ducados soberanos, Saboya y Toscana, y cinco antiguas
repúblicas, Génova, los Estados
romanos, los Estados venecianos, el Valais y las
Provincias-Unidas. Había construido su
Estado en el centro de Europa como una ciudadela,
dándole por bastiones y por fortificaciones
avanzadas diez monarquías que había
hecho entrar a la vez dentro de su imperio y en
su familia. De todos los niños, sus primos
y sus hermanos que habían jugado con él
en el patiecito de la casa natal de Ajaccio, había
hecho cabezas coronadas. Había casado su
hijo adoptivo a una princesa de Baviera y a su
hermano más joven a una princesa de Würtemberg.
En cuanto a él, después de haberle
quitado a Austria el imperio de Alemania, que
él se había más o menos arrogado
bajo el nombre de la Confederación del
Rin, después de haberle tomado el Tirol
para añadirlo a Baviera e Iliria para reunirla
a Francia, había dignado desposar a una
archiduquesa.
Todo
en este hombre era desmesurado y espléndido.
Estaba por encima de Europa como una visión
extraordinaria. Una vez se le vio en medio
de catorce personas soberanas, consagradas
y coronadas, sentado entre el césar
y el zar en un sillón más
elevado que el de ellos. Un día dio
a Talma el espectáculo de una platea
de reyes. No estando entonces más
que en el alba de su poder, se le había
ocurrido la fantasía de tocar al
nombre de Borbón en un rincón
de Italia y de agrandarlo a su manera; de
Luis, duque de Parma, había hecho
un rey de Etruria. En la misma época,
había aprovechado una tregua, poderosamente
impuesta por su influencia y por sus armas,
para hacer dejar a los reyes de la Gran
Bretaña ese título de rey
de Francia que habían usurpado por
cuatrocientos años, y que no han
osado retomar desde entonces, por lo mucho
que entonces les fue bien arrancado. La
revolución había borrado las
flores de lis del escudo de Francia; él
también, las había borrado,
pero del blasón de Inglaterra;
hallando así la forma de hacerles
honor de la misma manera como se les había
hecho afrenta. Por decreto imperial, dividía
Prusia en cuatro departamentos, ponía
las Islas Británicas en estado de
bloqueo, declaraba Ámsterdam tercera
ciudad del Imperio, – Roma no era
más que la segunda, – o bien
afirmaba al mundo que el asa de Braganza
había cesado de reinar.
Cuando pasaba el Rin, los electores de Alemania,
aquellos hombres que habían hecho
emperadores, venían ante él
hasta sus fronteras con la esperanza que
tal vez los hiciera reyes. El antiguo reino
de Gustavo Wasa, falto de heredero y buscando
un amo, le pedía por príncipe
a uno de sus mariscales. El sucesor de Carlos
Quinto, el bisnieto de Luis XIV, el rey
de las Españas y de las Indias, le
pedía por mujer a una de sus hermanas.
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Napoleón
en atuendo de la Consagración
Óleo del Barón Gérard.
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Era
comprendido, regañado y adorado por
sus soldados, viejos
granaderos familiares con su emperador
y con la muerte. El día siguiente
de las batallas, tenía con ellos
de esos grandes diálogos que comentan
soberbiamente las grandes acciones y que
transforman la historia en epopeya. Entraba
en su poder como en su majestad algo de
simple, de brusco y de formidable. No tenía,
como los emperadores de Oriente, al dux
de Venecia por gran escanciador, o, como
los emperadores de Alemania, al duque de
Baviera por gran escudero; pero sucedía
que a veces pusiera bajo arresto al rey
que comandaba su caballería. Entre
dos guerras, surcaba canales, abría
caminos, dotaba teatros, enriquecía
academias, provocaba descubrimientos, fundaba
monumentos grandiosos, o bien redactaba
códigos en un salón de las
Tullerías, y querellaba a sus consejeros
de Estado hasta que hubiera logrado substituir,
en algún texto de ley, las rutinas
del procedimiento, por la razón suprema
e ingenua del genio. En fin, último
rasgo que completa a mi manera de ver la
configuración singular de esta gran
gloria, había entrado tan lejos en
la historia por sus acciones, que podía
decir y que decía: Mi
predecesor el emperador Carlomagno;
y se había por sus alianzas mezclado
tanto a la monarquía que podía
decir y que decía: Mi
tío el rey Luis XVI.
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Este hombre era
prodigioso. Su fortuna, Señores, lo había
superado todo. Como acabo de recordároslo,
los más ilustres príncipes solicitaban
su amistad, las más antiguas razas reales
buscaban su alianza, los más viejos gentilhombres
ambicionaban su servicio. No había una
cabeza, tan alta o tan orgullosa como fuera, que
no saludase aquella frente sobre la cual la mano
de Dios, casi visible, había posado dos
coronas, una que está hecha de oro y que
se llama la realeza, la otra que está hecha
de luz y que se llama genio (…)
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