Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
La Libertad de los cultos mantenida por el gobierno
EL CONCORDATO Y LA PAZ RELIGIOSA
Bonaparte restaurador de los cultos
El Emperador Napoleón fue el primer jefe de Estado de Europa en acordar la libertad del culto para todas las religiones. En esta estampa de la época, entre otros representantes de los diferentes credos de Europa, Oriente, Asia y América, distinguimos a un cardenal sosteniendo el santo evangelio y a un rabino las tablas de Moisés. En la mano del Primer Cónsul una pancarta reza “Libertad de culto”.

Por el Coronel

Émile Guéguen
(1925-2003)

Cor. Émile Guéguen
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©.
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Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador de la Francósfera México-Francia.
PRESENTACIÓN
Por el Profesor
Sir Eduardo Garzón-Sobrad
o
De la Academia Nacional de Historia y Geografía (ANHG-UNAM)
Presidente-fundador del INMF.

El militar más condecorado de Francia, el Coronel Émile Guéguen, fue un combatiente emérito cuyas hazañas de guerra son célebres en todo el ejército de Francia. Siempre dio muestras en combate de un espíritu caballeresco reconocido por todos sus adversarios, Alemanes, Vietnamitas o Argelinos por igual. Caballero, oficial y enseguida comendador de la Legión de Honor, fue elevado a la dignidad de Gran Oficial de dicha orden el 15 de octubre 1996.
A partir de 1988 dedicó por completo su vida a combatir por la imagen de Francia y la defensa de la memoria de Napoleón I, empeñándose en eliminar las calumnias dirigidas contra el Emperador. El coronel Guéguen forjó una sentencia que gustaba de repetir frecuentemente, y que se ha convertido en una verdadera profesión de fe para muchos napoleónicos del mundo: « Napoleón – decía – no tiene ninguna necesidad de leyenda, sólo necesita verdad ».

« La alta política, es simple sentido común aplicado a las cosas importantes », tenía la costumbre de decir Napoleón. En cuanto el poder en Francia le es confiado en noviembre de 1799, va a poner en obra esta máxima.

El país, después de diez años de revolución, está en ruinas. Sin embargo Napoleón sabe perfectamente que los franceses no tienen ninguna necesidad de ser estimulados para ponerse de nuevo a trabajar con la mayor energía. Cada quien desea poder trabajar con el mayor ardor para mejorar las condiciones de vida de su familia. Para ello es preciso y basta que la seguridad sea restablecida, y que cada quien pueda cosechar el provecho de su trabajo. Para la dicha de las poblaciones, también se necesita que sea restablecida la total libertad de los cultos religiosos. Como 95% de la población es católica, es primero al restablecimiento de esta religión a lo que aplicará sus esfuerzos.

A primera vista, esto parece muy simple. Se sacan algunos decretos ¡y listo! Pues bien, en absoluto, las más violentas oposiciones estallan de todas partes. Los personajes políticos más influyentes, surgidos de la revolución, son ateos y acusan a Napoleón de querer restablecer las « pasquinadas ridículas ». Entre los oponentes más virulentos, se puede citar al general Moreau, a Fouché, Talleyrand, Grégoire, Delmas, Bernadotte, Brune, Oudinot, Gouvion- Saint-Cyr e incluso a La Fayette.

Los realistas ven escapárseles el medio de presión más poderoso que les quedaba para regresar a ellos a la población, y el Conde de Artois, hermano de Luis XIII, irá hasta tratar al Papa Pío VII de papa criminal por haber aceptado tratar con Napoleón. Es que también se necesitaba de un acuerdo con el Papa para que aceptara ser el soberano pontífice de la iglesia católica romana de Francia. Será el Concordato, «una de las cosas más difíciles que realicé», dirá más tarde Napoleón.
A partir del 29 de noviembre de 1799, Napoleón firma un decreto que pone fin a la deportación de los sacerdotes. El 28 de diciembre de 1799, otro decreto autoriza la apertura de las iglesias el domingo. El 30 de diciembre, los honores fúnebres son rendidos en todas las catedrales e iglesias al Papa Pío VI quien acaba de morir. El 25 de junio de 1800, Bonaparte asiste a un Te Deum en la catedral de Milán, luego se encuentra con el cardenal Martiana. Le expresa su deseo de llegar a un concordato entre el Estado francés y la Santa Sede.
Escena de las masacres de septiembre
Un episodio de una de las matanzas perpetradas por los revolucionarios en el mes de septiembre de 1792. En esta viñeta de la época vemos representada la que tuvo lugar en el patio del hospital de la Pitié-Salpêtrière, París.

He aquí el texto de la carta que Martiana dirigió a Pío VII al término de la entrevista: « Bonaparte me comunicó su ardiente deseo de arreglar las cosas eclesiásticas de Francia, al mismo tiempo que procurar a su país la paz en el exterior. Me rogó encargarme al instante de la negociación entre Vuestra Santidad y él mismo. Sus votos me parecieron verdaderamente sinceros, según las disposiciones y las exigencias muy mesuradas que dignó manifestarme, y la seguridad que me dio de emplear en caso de éxito, todo su poder para que Vuestra Santidad recupere todos sus Estados ».

A partir de principios de julio de 1800, Pío VII hizo saber a Martiana que la propuesta le interesaba. Así podían comenzar las negociaciones. El Concordato será firmado un año más tarde después de que numerosas dificultades hayan sido superadas gracias a la firmeza pero también al espíritu de conciliación de Napoleón. Comenzó por hacerse de un amigo en el abate Bernier, quien hasta ahí era el líder de la revuelta de los católicos vendeanos contra las interdicciones del Directorio.

El abate Étienne-Alexandre Bernier
(1762-1806). Jefe vendeano, obispo de Orleáns. Grabado de Philippoteaux.
Napoleón, con la sinceridad y el carisma que eran los rasgos de su carácter no tuvo ninguna dificultad en convencer a Bernier de que debían trabajar juntos, mano a mano, por el mayor bien de las poblaciones. A la vez, esto puso fin a una guerra civil que las represiones atroces de los gobiernos precedentes no habían hecho más que activar.

Enseguida, Bernier, convertido en un aliado, aportó su caución de sacerdote puro y duro, a todo lo largo de las diferentes fases que permitieron alcanzar el acuerdo.

El abate Bernier, contó el Primer Cónsul, asustaba a los cardenales italianos por la violencia de su lógica. « Se diría que se creía en tiempos en que conducía a los vendeanos a la carga contra los azules. Nada era más singular que el contraste de sus modales rudos con las formas educadas y el tono dulzón de los prelados. El cardenal Caprara vino con un aire pasmado a preguntarme si es verdad que el abate Bernier se hizo, durante la guerra de Vendea, un altar para celebrar la misa con los cadáveres republicanos. Le respondí que no sabía nada de eso, pero que era posible ».

« General Primer Cónsul, – exclamó el cardenal azorado, no es un sombrero rojo, sino un gorro rojo lo que le hace falta a ese hombre ».

A fin de cuentas, sus maneras de ser no serán demasiado nocivas para Bernier, quien será nombrado, algunos meses más tarde, obispo de Orleáns.

1a fase: El Cardenal Spina, enviado por el Papa, viene a París.
2a fase: Un proyecto es enviado a Roma con un excelente diplomático llamado Cacault. El asunto se extiende en razón de los retrasos de los ministros del Papa. El 12 de mayo de 1801, Napoleón dirige un ultimátum, pero en el Quirinal nadie quiere ceder.
3a fase: Cacault regresa a París con el secretario de Estado del Papa, el cardenal Consalvi. Es de hecho el 2o personaje en la jerarquía de la Iglesia católica y romana, y recibió del Papa el poder de decisión. Napoleón interviene en persona en el debate, y logra, después de vehementes discusiones, a hacerle aceptar el texto definitivo que será firmado por el Papa el 25 de julio de 1801.

El texto anula los edictos anti-religiosos de la Revolución. El Papado reconoce a la República francesa. Todas las religiones son autorizadas. El Estado y la Iglesia trabajan en perfecto entendimiento. Los sacerdotes reciben indemnizaciones del gobierno.

Pronto, para la mayor alegría de las poblaciones de los campos, se oyó de nuevo sonar el ángelus hasta los pueblos más remotos.

Napoleón no olvidó a los protestantes que se contaban en número de 680,000 o sea 480,000 calvinistas y 200,000 luteranos. Por medio de decretos, volvió a abrir los templos y decidió que los pastores recibirían un salario del Estado.

Su acción no se limitó a la liberación de las religiones cristianas. Hizo de la religión judía, la tercera religión oficial de Francia. El 30 de mayo de 1806, prescribió la reunión en París de una asamblea compuesta por judíos de los más distinguidos, y por rabinos de todas las religiones de Francia, en vista de estudiar y de establecer las formas propias para conferir a los israelitas la calidad política y civil de los franceses, dicho de otra forma, hacer de ellos ciudadanos de pleno derecho.
El sábado 26 de julio de 1806, ciento once representantes de las comunidades judías de Francia y de Italia del norte se reunían en la capilla San-Juan, una dependencia del Hôtel de Ville (ayuntamiento) de París. Habían recibido una declaración del Emperador: « Quiero que todos los hombres que viven en Francia sean iguales y gocen del conjunto de nuestras leyes ». Desde la primera sesión, el banquero bordelés Abraham Furtado es elegido presidente. En su discurso inaugural hace, en términos vibrantes, elogio de Napoleón: « Aquel que ha puesto un término a una sangrienta anarquía y a persecuciones seculares ».

Luego Napoleón decide reunir al Gran Sanedrín a partir del año siguiente. De emanación esencialmente religiosa, el Gran Sanedrín es el consejo supremo de la nación judía. Esta asamblea había gobernado Israel de 170 A.C. a 70 D.C. Poco después de la victoria de Jena, el Emperador dirige de Posen, el 29 de noviembre de 1806, una nota de ocho páginas en la que traza los grandes rasgos del estatutos que debe otorgarse a los judíos.
El Gran Sanedrín se reunió solemnemente el 9 de febrero de 1807 para una sesión de un mes. El ceremonial es calcado del del Estado hebreo de hace dos mil años. La capilla San Juan es dotada esta vez de una vasta mesa en semicírculo alrededor de la cual se instalan los setenta y uno, como en el templo de Jerusalém. Comentando las disposiciones determinadas en el transcurso de los trabajos, el viejo rabino Sinzheim declaró en su elocución de clausura: « Tú Napoleón, tú el bien amado, tú el ídolo de Francia y de Italia, el consolador del género humano, el apoyo de los afligidos, el padre de todos los pueblos, el elegido del Señor, Israel te erige un templo en su corazón. Dispón, sí, dispón enteramente de la vida y de los sentimientos de quienes acabas de poner en las filas de tus hijos haciéndolos participar en todas las prerrogativas de tus sujetos más fieles». Al final de la última reunión, Napoleón fue proclamado el « Ciro » de los tiempos modernos (aquel rey de Persia, Ciro el Grande, originó la primera restauración de Israel). Fue calurosamente glorificado por todos los representantes unánimes.
El decreto de 1806, había liberado a los judíos de su aislamiento. El Gran Sanedrín de 1807, haciendo del judaísmo un tercer culto oficial, los ligaba estrechamente con su patria nueva. Las resoluciones del Sanedrín de forman así una suerte de concordato que sigue siendo, aun hoy en día, la base orgánica del judaísmo francés. Las medidas tomadas por el Emperador en favor de los judíos no dejaron de inquietar a las viejas cortes de Europa, en particular las de Londres, Moscú y Viena. Metternich, embajador de Austria en París escribió a su emperador: « Todos los judíos ven en Napoleón a su mesías ».
De hecho, los judíos de Francia y del Imperio le estaban tan reconocidos, que compusieron una plegaria en su honor. Esta plegaria figuraba en los misales de todas las sinagogas del Imperio. Como consecuencia, todos los fieles la conocían y la recitaban frecuentemente:

Plegaria de los hijos de Israel
Ciudadanos de Francia y de Italia
por el éxito y la prosperidad de nuestro Señor
el Emperador, el Rey Napoleón el Grande
(Que su gloria centellee)

Compuesta en el mes de Mar-Hechran, año 5567 (1807)
Salmos 20, 21, 27, 147

Imploro al Eterno, creador del cielo, de la tierra y de todo lo que en ellos vive. Tu as establecido todas las fronteras del mundo y fijado a cada pueblo su lenguaje. Tú has dado a los reyes el cetro del poder para que gobiernen con equidad, justicia y rectitud a fin de que cada uno, en su lugar, pueda vivir en paz.

Qué bienaventurados somos, cuan agradable es nuestra suerte desde que colocaste a Napoleón el Grande en los tronos de Francia y de Italia. Ningún otro hombre es tan digno de reinar, ni merece tantos honores y gratitud; él dirige a los pueblos con una autoridad benefactora y toda la bondad de su corazón.

Cuando los reyes de la tierra le han librado batalla, tú, Dios, le has prodigado tus beneficios, lo has protegido, le has permitido someter a sus enemigos. Le han pedido misericordia y él, en su generosidad, se las ha acordado.

Ahora, nuevamente, los reyes se han ligado para traicionar los tratados y remplazar la paz por la sangre de la guerra. Ejércitos se han juntado para combatir al Emperador; he aquí a los enemigos que avanzan y que nuestro amo con su poderosa armada se prepara a rechazar la agresión.

¡Oh Dios! Amo de la grandeza, de la fuerza, del poder y de la belleza, te imploramos mantenerte cerca de él. Ayúdale, sostenle, protégele y sálvale de todo mal. Dile « Yo soy tu salvador » y dale tu luz y tu verdad para guiarle.

Por piedad, desbarata los complots de todos sus enemigos. Que en las decisiones del Emperador aparezca tu esplendor. Refuerza y consolida sus legiones y a sus aliados, que todos sus movimientos estén marcados de inteligencia y de éxito.

Dale la victoria y obliga a sus enemigos a inclinarse ante él y a pedirle la paz. Esta paz, él se las concederá pues no desea sino la paz entre todas las naciones.

Dios de clemencia, Amo de la paz, implanta en el corazón de los reyes de la tierra sentimientos pacíficos para el mayor bien de toda la humanidad. No permitas a la espada venir donde nosotros a derramar la sangre de nuestros hermanos. Haz que todas las naciones vivan en la paz y la prosperidad eterna.

Amén.