El
militar más
condecorado de
Francia, el Coronel
Émile René
Gueguen,
fue un combatiente
emérito
cuyas hazañas
de guerra son
célebres
en todo el ejército
de Francia. Fue
también
un deportista
distinguido, campeón
del mundo de pentatlón
militar en 1950,
creó y
entrenó
al equipo de Francia
de pentatlón
moderno que ganó
una medalla en
los juegos olímpicos
de México,
en 1968.
Nacido en Morlaix,
Bretaña,
Guéguen
tiene 15 años
cuando el ejército
alemán
llega victorioso
a su tierra.
Esta invasión
decidirá
su destino,
pues de inmediato
el joven comienza
acciones de
resistencia
con el movimiento
Libération-Nord.
El 6 de julio
de 1944, Guéguen
es atrapado
en una emboscada
de los felgendarmes,
y es llevado
a la tortura
y a la muerte.
Logra sin embargo
escapar brincando
de un side-car
en pleno movimiento,
entre las ráfagas
de las armas
automáticas
del convoy…
El 10 de diciembre
de 1944, en
Lorient, los
nazis, en su
única
tentativa de
forzar el paso
durante un sitio
de nueve meses,
escogen atacar
la posición
defendida por
el joven teniente
Guéguen,
compuesta por
sus camaradas
del liceo. Increíblemente,
esta sección
de treinta adolescentes
rechazará
todos los asaltos
de los seiscientos
veteranos del
683º batallón
de fusileros-marinos
de la «
Kriegsmarine
», hombres
endurecidos
por cinco años
de guerra y
apoyados por
una poderosa
artillería
que no para
de disparar
sobre la posición
de Guéguen;
se contabilizarán
un millar de
obuses durante
seis horas de
combate. Aún
así,
los nazis perderán
cerca de doscientos
hombres durante
este episodio,
muertos, heridos
y prisioneros.
El Coronel Guéguen
se hallará
igualmente en
Vietnam, donde
del 3 al 8 de
octubre de 1951,
a la cabeza
de famosa 16a
compañía
de paracaidistas,
la más
condecorada
de todo el ejército
francés,
combatió
aislado frente
a miles de «
bodois »
de uno de los
mejores regimientos
de Glap. Durante
esta batalla,
conoció
en múltiples
ocasiones los
mismos riesgos
mortales que
Napoleón
en el puente
de Árcole,
y eso, exactamente
a la misma edad
de 26 años.
« Es
por ello que
sé,
dijo, que
Napoleón
nunca tuvo ambición
a largo plazo.
Quienes frecuentan
los campos de
batalla tienen
justo la ambición
de hacer su
« chamba
» cotidiana
lo mejor posible
pues saben que
el sol puede
levantarse mañana
para otros,
pero no para
ellos.
»
El
29 de abril
de 1958, en
Souk-Ahras,
durante la mayor
batalla campal
de toda la guerra
de Argelia,
el capitán
Guéguen
con su compañía
del 9 RCP compuesta
de noventa llamados
del contingente,
hizo pedazos
a la 4a Faïlek
(300 hombres)
llamado batallón
de choque de
la ALN, que
acababa de destruir
una hora antes
a la tercera
compañía
del capitán
Beaumont, muerto
durante el combate.
El coronel Guéguen
siempre dio
muestras en
combate de un
espíritu
caballeresco
reconocido por
todos sus adversarios,
Alemanes, Vietnamitas
o Argelinos.
Fue uno de los
más jóvenes
condecorados,
caballero, oficial
y enseguida
comendador,
de la Legión
de Honor, siendo
elevado a la
dignidad de
Gran Oficial
de la Legión
de Honor, el
15 de octubre
1996.
Cuando Émile
Guéguen
recibió
dicho nombramiento,
le fueron entregadas
las insignias
aferentes por
el presidente
de Francia en
el Patio de
Honor de los
Inválidos,
el lugar mismo
en que Napoleón
condecoró
a sus Mariscales
el 15 de julio
de 1804. El
coronel Guéguen
recibió
nada menos que
doce cruces
de guerra. Publicó
una obra autobiográfica:
“Volontaire”
(Voluntario),
ediciones Grasset,
París
1986.
A partir de
1988, el coronel
Guéguen,
quien radicaba
para entonces
en los Estados
Unidos de América,
dedicó
por completo
su vida a combatir
por la imagen
de Francia y
a defender la
memoria de Napoleón
I, empeñándose
en eliminar
las calumnias
dirigidas contra
el Emperador.
En esa perspectiva,
el coronel Guéguen
forjó
una sentencia
que gustaba
de repetir frecuentemente,
y que se ha
convertido en
una verdadera
profesión
de fe para muchos
napoleónicos
del mundo: «
Napoleón
– decía
– no
tiene ninguna
necesidad de
leyenda, sólo
necesita verdad
».
|
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Marzo
de 1795. General
de 25 años, Napoleón
rechaza categóricamente
el mando del ejército
del Oeste. Será borrado
de los cuadros del ejército
y amenazado con ser guillotinado
por Letourneur, oficial del
Comité de Salud Pública.
Nada puede hacerle cambiar
de decisión. “Nunca
mi espada contra el pueblo”
dice. Vivirá en la
miseria. Su flacura es deplorable,
su tez amarilla, su vestimenta
raída.
18
de abril de 1797.
Napoleón escribe al
Archiduque Carlos de Austria,
a quien acaba de vencer por
completo, para proponerle
una paz que salvaría
los despojos del ejército
austriaco: “¡Vaya
si hemos matado a suficiente
gente y cometido bastantes
males a la triste humanidad!
En cuanto a mí, si
la apertura que tengo el honor
de haceros, puede salvar la
vida de un solo hombre, me
estimaré más
orgulloso de la corona cívica
que habré merecido,
que de la triste gloria que
puede resultar de los éxitos
militares.”
4
de septiembre de 1797.
El gobierno revolucionario
del Directorio quiere conquistarlo
todo. ¡Toda Italia!
Pretende derrocar al emperador
de Austria y remplazar en
Viena la monarquía
de los Habsburgo por una república.
Además de Bélgica,
codicia la orilla izquierda
del Rin hasta su desembocadura.
Tiene miras en Turquía
y Egipto. Es Napoleón
quien lo detiene y exige la
paz, bajo amenaza de renuncia.
Talleyrand hace las veces
de asistente y mediador entre
el gobierno belicista y el
general pacifista.
25
de diciembre de 1799.
El día mismo de su
entrada en funciones como
Primer Cónsul, Napoleón
escribe al rey de Inglaterra
y al emperador de Austria
para rogarles “no
negarse la dicha de dar la
paz al mundo”.
Inglaterra no responde.
En mayo, el ejército
austriaco cruza la frontera
sureste de Francia y penetra
en el Var. Entonces Napoleón
debe dejar su trabajo agotador
de administrador y acudir
a lo más apremiante
para salvar a Francia de la
invasión. Está
agotado por los días
y noches de trabajo, enflaquecido;
su piel apergaminada se ha
vuelto transparente y ha tomado
un tinte macilento; apenas
se mantiene de pie.
Es en estas condiciones como
cruza el San Bernardo y bate
a los austriacos de Melas,
en Marengo, el 14 de junio
de 1800. De esta victoria
deriva la paz de Lunéville
con Austria y la de Amiens
con Inglaterra.
Esta
paz dará al Consulado
un brillo y un esplendor que
atravesarán el siglo,
que harán de él
una época bendita,
una era dorada, uno de esos
momentos privilegiados como
hubo pocos en la historia
de Francia. 1801, 1802, 1803,
1804, es la época afortunada
para Francia mientras que
un año antes, estaba
en el fondo del abismo. Y
Francia se abandona a los
más brillantes sueños,
ha llegado a puerto, ha hallado
la paz.
Napoleón había
cumplido puntualmente con
el encargo. Francia, al aplaudirle,
se aplaudía a sí
misma por haber escogido tan
bien, calculado tan justo,
de haberse confiado al hombre
que colmaba sus deseos.
Paz interior, paz exterior,
grandeza, prosperidad, reposo,
es la recompensa de largos
esfuerzos y el fin de una
pesadilla revolucionaria.
Sensación de felicidad
casi indecible para un pueblo
que, desde hacía diez
años, llevaba una vida
convulsiva en la guerra civil
y la guerra extranjera.
Napoleón hubiera deseado
– era entonces su más
ardiente deseo - que esta
paz durase siempre. Él
también, una vez su
deber cumplido, hubiese deseado
un poco de reposo, un poco
de dicha, un poco de esa felicidad
por la cual había trabajado
tanto para los demás
y por la que nunca tuvo tiempo
de detenerse para él
mismo.
El
pueblo inglés, por
su lado, acogió la
paz de Amiens con un entusiasmo
delirante. El general francés
Lauriston, quien llevaba a
Londres los preliminares del
tratado, fue recibido en triunfo
y la muchedumbre desatalajó
su coche para jalarlo con
los brazos “con las
más grandes marcas
de delicias.”
Por desgracia, desde el 16
de mayo de 1803, el francófobo
William Pitt, de regreso al
poder, declara la guerra a
Francia y obra para coaligar
a Europa contra ella.
Enero
de 1805. Un mes después
de su coronación y
consagración como soberano
legítimo del trono
de Francia, Napoleón
dirige cartas a todos los
soberanos de Europa, entre
los cuales el de Inglaterra,
para presentar “las
ventajas de la paz y la estupidez
de la guerra, la estupidez
de la sangre vertida inútilmente.”
Fines
de noviembre de 1805.
Antes de Austerlitz,
Napoleón trata de evitar
la batalla por medio de una
negociación con el
zar de Rusia. Aguarda, espera,
siempre la paz. Son los rusos
quienes atacan con cien mil
hombres... que son aplastados
en menos de cuatro horas.
La tercera coalición,
orquestada por Inglaterra,
es derrotada y Pitt morirá
a los 46 años, víctima
de una cirrosis alcohólica,
murmurando “Mi pobre
reino… en qué
estado te dejo.”
Hubiera podido decir: “…
en qué estado te
puse.”
Enseguida después de
Austerlitz, Napoleón
entrega a los prisioneros
y deja que los despojos del
ejército vencido salgan
apaciblemente de Austria.
Hace el elogio del Zar y le
pide su amistad con miras
a instaurar la paz en Europa.
Le escribe: “¡Mi
corazón sangra! Ojalá
tanta sangre derramada, tantas
desgracias recaigan por fin
sobre los pérfidos
ingleses que son su causa.”
Es bueno, generoso, inteligente,
racional, y no alcanza a comprender
que los soberanos de Europa
no tengan ningún interés
en la vida de sus soldados
y de la felicidad de sus pueblos.
Cada vez que los tiene a su
merced, en vez de aplastarlos,
les perdona… lo cual
les permite rehacer sus fuerzas
para regresar y atacarle de
nuevo poco más tarde.
12
de septiembre de 1806.
Prusia ha declarado la guerra
a Francia y Napoleón
escribe a Federico Guillermo:
“Esta
guerra sería una guerra
sacrílega. Quedo inquebrantable
en mis lazos de alianza con
Vuestra Majestad.”
Prusia responde con un ultimátum
lleno de desprecio. Menos
de quince días después
será aniquilada. Lo
será en Jena
el 14 de octubre de 1806.
El príncipe Luis Fernando,
uno de los instigadores de
la guerra, muere, y el Duque
de Brunswick es gravemente
herido. Es el autor de un
famoso manifiesto que amenazaba
con no dejar en París
piedra sobre piedra.
Cinco días después
de Jena, Napoleón escribe
todavía a Federico
Guillermo: “Será
un eterno motivo de lamento
para mí el que dos
naciones, que por tantas razones
deberían ser amigas,
hayan sido arrastradas a una
lucha tan poco motivada. Yo
quisiera restablecer la antigua
confianza que reinaba entre
nosotros.”
14
de junio de 1807. Friedland.
Napoleón desea la paz
y la amistad del Zar. Le escribe
cuando los dos ejércitos
ya se encuentran cara a cara:
“Es
tiempo de que Europa viva
en reposo, al abrigo de la
maligna influencia de Inglaterra.
¿Por qué esta
guerra? ¿Para qué
matarse unos a otros cuando
nuestros pueblos tienen tanta
estima recíproca, tantas
razones de ser amigos?”
Respuesta del Zar: “Ataque
frontal masivo”.
Pero tras el aplastamiento
de su ejército y cincuenta
mil muertos más tarde,
Alejandro se tornará
dócil como un cordero
y dejará estallar su
alegría cuando Napoleón
lo perdone y acepte entrevistarse
con él en una balsa
atada en el centro del Niemen.
Ahí es donde se sitúa
el famoso abrazo entre los
dos emperadores. Algunos días
más tarde, en Tilsit,
el Zar jurará una amistad
eterna a Napoleón de
quien dirá: “Nada
amé más que
a ese hombre. El poder mágico
de su mirada y la sonrisa
del alma, que tiene en los
labios y en los ojos, me conmovieron
por completo. El gran hombre
del siglo, el temible capitán
es amable, acariciante, magnánimo.
Es persuasivo porque es sincero.”
Todo
está en esta última
frase del Zar. Napoleón
es sincero, siempre fue sincero
en sus deseos de paz general
y definitiva. Los tiranos
sanguinarios están
enfrente, en Inglaterra, en
Austria, en Prusia y en Rusia.
Bajo la tienda de Tilsit,
Napoleón invita igualmente
al triste Federico Guillermo
y a la demasiado bella reina
Luisa. Ellos también
quedarán seducidos.
Ahora, tiene bajo su encanto
y su prestigio al heredero
de la Gran Catalina, Semirámis
del Norte, y al de Federico
el Grande, famoso rey de Prusia,
amigo de Voltaire.
Juntos, redactan un informe:
“Sobre la
conducta que debemos adoptar
para hacerle comprender por
fin a Inglaterra todas las
ventajas que obtendría
de la paz.”
Respuestas de Inglaterra a
los ofrecimientos de paz y
de amistad:
------------1-
El 2 de septiembre de 1807
– Destruye Copenhague
por medio del fuego de la
artillería pesada de
la Navy. Dinamarca
es un país neutro.
En Copenhague, muchos miles
de mujeres y de niños
son estrellados, despanzurrados,
despedazados, triturados bajo
los escombros, mientras los
oficiales de la Navy
brindan por el rey cada vez
que un cañonazo da
sobre poblaciones sin la menor
defensa.
------------2-
El 11 de noviembre de 1807
– Por medio del decreto
de Londres, Albión
obliga a los navíos
de los países neutros
a pasar por los puertos ingleses
para pagar un impuesto y comprar
mercancías, so pena
de ser declarados susceptibles
de ser incautados.
Actitud arbitraria evidente
de los tiranos de los mares
que pronto costará
a cuatro mil marinos de comercio
de los Estados Unidos pudrirse
en los pontones británicos.
Fines
de 1807. Napoleón
escribirá todavía
al Zar Alejandro: “Acabaremos
con Inglaterra, pacificaremos
al mundo y la paz de Tilsit
será el punto de partida
hacia la felicidad de la humanidad.”
En
1810. Después
de su matrimonio con María
Luisa de Austria, hace nuevas
ofertas de paz a Inglaterra
por el intermediario del banquero
Labouchère. Los ingleses
rechazan una vez más.
A
principios de 1811.
Napoleón consagra un
tiempo cada día a su
esposa que está a punto
de dar a luz al Rey de Roma;
ya no trabaja más que
doce horas al día y
entonces se le dice que está
enamorado de la
pantufla de María Luisa.
En Santa Helena, evocando
esta época, dirá:
“ ¿Acaso
no me era permitido, a mí
también, librarme a
algunos momentos de dicha?”
Estas simples palabras ilustran
mejor que largos discursos
lo que fue la vida de Napoleón.
Se entregó por entero
a la pesada tarea que le confió
el pueblo francés,
sin preocuparse lo menos del
mundo de su felicidad personal.
En todos los territorios de
Europa, bajo la autoridad
de Napoleón, se asistió
a la puesta en marcha de una
administración cuya
eficacia social y el sentido
cívico ya no tienen
que demostrarse.
Napoleón hizo aprovechar
a los pueblos el genio de
sus concepciones, de su maravillosa
capacidad de organización
y de su inigualable espíritu
de tolerancia.
El emperador decía:
- «
“Fue mostrándome
católico como llevé
la paz a Bretaña y
en Vendea.”
- “Fue haciéndome
italiano como me gané
los espíritus en Italia.”
- “Fue haciéndome
musulmán como me establecí
en Egipto.”
- “Si gobernara al pueblo
judío, restablecería
el Templo de Salomón”
»
Aquí, para los que
se atreven a compararlo a
Hitler, busquemos en la Enciclopedia
Judaica:
- « Napoleón
proclamó la emancipación
de nuestro pueblo en toda
Italia, donde fue saludado
como el salvador. Por medio
de un juego de palabras, pronto
ya no se le conocía
más que con mote afectuoso
de “Helek Tov”
(la buena parte).
- Fue él quien permitió
la organización del
Gran Sanedrín en París,
en 1807.
- La suma de los beneficios
de Napoleón para con
nuestro pueblo fue tal que
las autoridades austriacas
temieron que lo considerásemos
“el Mesías esperado
desde hace tanto” ».
¡Entonces, seamos serios!
¿La solución
final? ¿El holocausto?
Convocado por decreto del
23 de agosto de 1806, el Gran
Sanedrín se reunió
del 9 de febrero al 9 de marzo
de 1807. Al final de la última
reunión, Napoleón
fue proclamado el «
Ciro » de los tiempos
modernos. Fue calurosamente
glorificado por todos los
representantes unánimes.
Resulta
evidente que Napoleón
era un hombre de paz, lo cual
no impedirá a sus detractores
seguirle buscando más
“piojos en la cabeza”.
Dirán“¿Y
su nepotismo? ¿Y la
guerra de España? ¿Y
la campaña de Rusia?”
¡Pues bien! Hablemos
de ello:
Nepotismo
Es
seguro que más hubiera
valido para Napoleón
no tener hermanos. Su espíritu
de familia, su gentileza natural,
su deseo de hacer feliz a
su madre Letizia, a quien
adoraba, le llevaron a cometer
errores en su búsqueda
de la paz.
Creyó que sus hermanos
podían, como él
mismo, tener aptitudes de
mando y ayudarle en la obra
inmensa que había emprendido
a fin de hacer frente a los
ataques incesantes de Inglaterra
y liberar de la servidumbre
a todos los pueblos de Europa.
Ahora, José
resultó ser celoso
e incapaz. Con su cuñado
Bernadotte (habían
desposado respectivamente
a
Julie y a Désirée
Clary), llegó incluso
hasta a complotar contra Napoleón
(asunto del Te-Deum de Notre-Dame
en 1802).
Napoleón, no solo perdonó
a ambos sino que además,
hizo de José un rey
e España y de un rey
de Suecia; Rey de Suecia,
al que encontró en
las filas enemigas de Francia
en la batalla de Leipzich
en 1813.
Luciano,
el que tenía más
clase, pasó la mayor
parte de su tiempo combatiéndolo,
antes de pedirle perdón
y de proponerle su ayuda...
después de Waterloo.
Luis, a quien
Napoleón había
educado e instruido con su
magro sueldo de teniente,
era un depresivo sin voluntad
ni energía cuyo único
mérito fue ser el padre
de Napoleón III.
Jerónimo
tenía dieciséis
años en 1800. Era el
más pequeño,
el niño consentido.
En un principio, se mostró
interesado sobre todo por
los honores, el bello sexo
y la felicidad de vivir, y
no fue hasta el final del
Imperio que dio pruebas de
un valor seguro.
LA
GUERRA DE ESPAÑA
El
Almirante Villeneuve, mediocre,
incompetente, pusilánime,
es el gran responsable de
la caída final del
Imperio. En el momento del
campo de Boloña, Napoleón
le había ordenado presentarse
en el Canal de la Mancha con
sus escuadras para garantizarle
el libre paso durante tan
solo veinticuatro horas…
y se acababa con Inglaterra.
Pero Villeneuve, de regreso
de un crucero de decepción
en el Caribe, fue a refugiarse
a Cádiz, de donde no
salió más que
para sufrir la vergonzosa
derrota de Trafalgar.
Teniendo
Inglaterra el dominio de los
mares, ya no era posible invadirla
y, para tratar de empujarla
de alguna manera a firmar
la paz, Napoleón decidió
prohibirle los puertos de
Europa. Además, tenía
la esperanza con el tiempo
de poder reconstruir una flota
capaz de rivalizar con la
Navy. Por todas estas
razones, era preciso que España
fuera un aliado fuerte y seguro.
Ahora, España, gobernada
por Manuel Godoy, amante de
la Reina María Luisa,
estaba en completa decrepitud.
El Rey Carlos IV, débil
y físicamente desfavorecido
como lo retrató Goya,
hacía como que no veía.
Para completar el cuadro,
el Príncipe Fernando,
heredero de la Corona, complotaba
contra su padre y contra Godoy,
a quien odiaba. Después
de muchas dudas, Napoleón
llegó a la conclusión
de que había que poner
de lado a ese cuarteto para
dar a España un gobierno
capaz de restaurar la grandeza
y el poder que habían
sido suyos durante los siglos
precedentes.
Fue un error que reconoció.
Debió establecer a
Fernando sobre el trono, era
el deseo del pueblo español,
en vez de poner en él
a su hermano José.
LA
CAMPAÑA DE RUSIA
Napoleón
no atacó a Rusia, fue
el Zar Alejandro quien, después
de haber traicionado los acuerdos
de Tilsit abriendo los puertos
a Inglaterra, abrió
las hostilidades.
Prevenido por los polacos,
los únicos aliados
fieles de Francia, que el
Zar (éste había
solicitado su apoyo) llevaba
a cabo preparativos acelerados
para atacarlo, Napoleón
pidió de inmediato
a Lauriston, su embajador
en San Petersburgo, hacer
saber que deseaba una negociación
y sobre todo no la
guerra.
Alejandro hace oídos
sordos a toda oferta de paz
y cuando Napoleón debe
decidirse, en último
recurso, a movilizar a su
armada, espera hasta el último
momento que el despliegue
de sus fuerzas – seiscientos
mil hombres de toda Europa
– estimulará
mejores sentimientos en el
Zar.
Cuando Alejandro toma la iniciativa
de un ultimátum, que
ordena a Napoleón retirarse
atrás del Elba, el
Emperador intenta un último
esfuerzo de paz.
Le escribe: “deseo
evitar la guerra, me mantengo
constante en los sentimientos
que nos unían en Tilsit
y en Erfurt...”
Entre tanto, el 17
de abril de 1812,
había dirigido una
nueva oferta de paz a Inglaterra
proponiendo la evacuación
por las tropas inglesas y
francesas de España,
de Portugal y de Sicilia.
Castlereagh ni siquiera responde.
El 24 de junio de
1812, Napoleón
atraviesa el Niemen y se dirige
a Vilna, donde se queda dieciocho
días para esperar la
respuesta del Zar a un nuevo
ofrecimiento de paz. El 7
de septiembre de 1812,
tras la victoria de Borodino
– La Moskova –
se niega a explotar
el éxito y a aniquilar
al ejército ruso
únicamente para probar
a Alejandro su deseo de entendimiento,
su deseo de humanidad. No
quería agobiar al Zar,
a quien creía ecónomo
y atento por la vida de sus
soldados, como lo era él
mismo. Este ejército,
al que hubiera podido fácilmente
destruir, lo volverá
a encontrar pronto durante
la retirada. El dicho francés
“ton bon cœur
te perdra”
(tu buen corazón
te perderá) nunca
fue más verdadero que
aplicado a Napoleón.
Enseguida, si se quedó
treinta y cinco días
en Moscú, es otra vez
más y siempre para
tratar de obtener la paz.
El tiempo perdido, por grandeza
de alma, en Vilna y en Moscú,
es la única causa del
sufrimiento de la Grande Armada,
expuesta a los rigores del
invierno.
Finalmente, después
de Waterloo, si se entregó
a los ingleses en vez de partir
a los Estados Unidos como
tenía la posibilidad
de hacerlo, es porque pensó
que ese gesto incitaría
a Inglaterra y a sus aliados
a tener más clemencia
para con Francia.
Hasta el final, Napoleón
dio todo al pueblo francés
y no hay que sorprenderse
de encontrar solamente sentimientos
de veneración y de
respeto en torno a su tumba,
bajo el domo de los Inválidos,
en París.