Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
ALGUNOS RASGOS DE LA ACCIÓN FIRME Y PERMANENTE DE NAPOLEÓN EN PRO DE LA PAZ

Por el Coronel

Émile Guéguen
(1925-2003)

Cor. Émile Guéguen
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador de la Francósfera México-Francia.
PRESENTACIÓN
Por el Profesor
Sir Eduardo Garzón-Sobrad
o
De la Academia Nacional de Historia y Geografía (ANHG-UNAM)
Presidente-fundador del INMF.
El militar más condecorado de Francia, el Coronel Émile René Gueguen, fue un combatiente emérito cuyas hazañas de guerra son célebres en todo el ejército de Francia. Fue también un deportista distinguido, campeón del mundo de pentatlón militar en 1950, creó y entrenó al equipo de Francia de pentatlón moderno que ganó una medalla en los juegos olímpicos de México, en 1968..
Nacido en Morlaix, Bretaña, Guéguen tiene 15 años cuando el ejército alemán llega victorioso a su tierra. Esta invasión decidirá su destino, pues de inmediato el joven comienza acciones de resistencia con el movimiento Libération-Nord.
El 6 de julio de 1944, Guéguen es atrapado en una emboscada de los felgendarmes, y es llevado a la tortura y a la muerte. Logra sin embargo escapar brincando de un side-car en pleno movimiento, entre las ráfagas de las armas automáticas del convoy… El 10 de diciembre de 1944, en Lorient, los nazis, en su única tentativa de forzar el paso durante un sitio de nueve meses, escogen atacar la posición defendida por el joven teniente Guéguen, compuesta por sus camaradas del liceo. Increíblemente, esta sección de treinta adolescentes rechazará todos los asaltos de los seiscientos veteranos del 683º batallón de fusileros-marinos de la « Kriegsmarine », hombres endurecidos por cinco años de guerra y apoyados por una poderosa artillería que no para de disparar sobre la posición de Guéguen; se contabilizarán un millar de obuses durante seis horas de combate. Aún así, los nazis perderán cerca de doscientos hombres durante este episodio, muertos, heridos y prisioneros.
El colonel (ret) Émile René Guéguen 
El coronel Guéguen recibiendo la dignidad de Gran Oficial de la Legión de Honor de manos del Presidente de la república francesa, el Sr. Jacques Chirac.
El Coronel Guéguen se hallará igualmente en Vietnam, donde del 3 al 8 de octubre de 1951, a la cabeza de famosa 16a compañía de paracaidistas, la más condecorada de todo el ejército francés, combatió aislado frente a miles de « bodois » de uno de los mejores regimientos de Glap. Durante esta batalla, conoció en múltiples ocasiones los mismos riesgos mortales que Napoleón en el puente de Árcole, y eso, exactamente a la misma edad de 26 años. « Es por ello que sé, dijo, que Napoleón nunca tuvo ambición a largo plazo. Quienes frecuentan los campos de batalla tienen justo la ambición de hacer su « chamba » cotidiana lo mejor posible pues saben que el sol puede levantarse mañana para otros, pero no para ellos. »
El 29 de abril de 1958, en Souk-Ahras, durante la mayor batalla campal de toda la guerra de Argelia, el capitán Guéguen con su compañía del 9 RCP compuesta de noventa llamados del contingente, hizo pedazos a la 4a Faïlek (300 hombres) llamado batallón de choque de la ALN, que acababa de destruir una hora antes a la tercera compañía del capitán Beaumont, muerto durante el combate.
El coronel Guéguen siempre dio muestras en combate de un espíritu caballeresco reconocido por todos sus adversarios, alemanes, vietnamitas o argelinos. Fue uno de los más jóvenes condecorados, caballero, oficial y enseguida comendador, de la Legión de Honor, siendo elevado a la dignidad de Gran Oficial de la Legión de Honor, el 15 de octubre 1996.
Cuando Émile Guéguen recibió dicho nombramiento, le fueron entregadas las insignias aferentes por el presidente de Francia en el Patio de Honor de los Inválidos, el lugar mismo en que el Emperador Napoleón condecoró a sus Mariscales el 15 de julio de 1804. El coronel Guéguen recibió nada menos que doce cruces de guerra. Publicó una obra autobiográfica: Volontaire («Voluntario»), ediciones Grasset, París 1986.
A partir de 1988, el coronel Guéguen, quien radicaba para entonces en los Estados Unidos de América, dedicó por completo su vida a combatir por la imagen de Francia y a defender la memoria de Napoleón I, empeñándose en eliminar las calumnias dirigidas contra el Emperador. En esa perspectiva, el coronel Guéguen forjó una sentencia que gustaba de repetir frecuentemente, y que se ha convertido en una verdadera profesión de fe para muchos napoleónicos del mundo: « Napoleón – decía – no tiene ninguna necesidad de leyenda, sólo necesita verdad ».

Marzo de 1795. General de 25 años, Napoleón rechaza categóricamente el mando del ejército del Oeste. Será borrado de los cuadros del ejército y amenazado con ser guillotinado por Letourneur, oficial del Comité de Salud Pública. Nada puede hacerle cambiar de decisión. “Nunca mi espada contra el pueblo” dice. Vivirá en la miseria. Su flacura es deplorable, su tez amarilla, su vestimenta raída.

18 de abril de 1797. Napoleón escribe al Archiduque Carlos de Austria, a quien acaba de vencer por completo, para proponerle una paz que salvaría los despojos del ejército austriaco: “¡Vaya si hemos matado a suficiente gente y cometido bastantes males a la triste humanidad! En cuanto a mí, si la apertura que tengo el honor de haceros, puede salvar la vida de un solo hombre, me estimaré más orgulloso de la corona cívica que habré merecido, que de la triste gloria que puede resultar de los éxitos militares.

4 de septiembre de 1797. El gobierno revolucionario del Directorio quiere conquistarlo todo. ¡Toda Italia! Pretende derrocar al emperador de Austria y remplazar en Viena la monarquía de los Habsburgo por una república. Además de Bélgica, codicia la orilla izquierda del Rin hasta su desembocadura. Tiene miras en Turquía y Egipto. Es Napoleón quien lo detiene y exige la paz, bajo amenaza de renuncia. Talleyrand hace las veces de asistente y mediador entre el gobierno belicista y el general pacifista.

25 de diciembre de 1799. El día mismo de su entrada en funciones como Primer Cónsul, Napoleón escribe al rey de Inglaterra y al emperador de Austria para rogarles “no negarse la dicha de dar la paz al mundo”. Inglaterra no responde.
En mayo, el ejército austriaco cruza la frontera sureste de Francia y penetra en el Var. Entonces Napoleón debe dejar su trabajo agotador de administrador y acudir a lo más apremiante para salvar a Francia de la invasión. Está agotado por los días y noches de trabajo, enflaquecido; su piel apergaminada se ha vuelto transparente y ha tomado un tinte macilento; apenas se mantiene de pie.
Es en estas condiciones como cruza el San Bernardo y bate a los austriacos de Melas, en Marengo, el 14 de junio de 1800. De esta victoria deriva la paz de Lunéville con Austria y la de Amiens con Inglaterra.

Esta paz dará al Consulado un brillo y un esplendor que atravesarán el siglo, que harán de él una época bendita, una era dorada, uno de esos momentos privilegiados como hubo pocos en la historia de Francia. 1801, 1802, 1803, 1804, es la época afortunada para Francia mientras que un año antes, estaba en el fondo del abismo. Y Francia se abandona a los más brillantes sueños, ha llegado a puerto, ha hallado la paz.
Napoleón había cumplido puntualmente con el encargo. Francia, al aplaudirle, se aplaudía a sí misma por haber escogido tan bien, calculado tan justo, de haberse confiado al hombre que colmaba sus deseos.
Paz interior, paz exterior, grandeza, prosperidad, reposo, es la recompensa de largos esfuerzos y el fin de una pesadilla revolucionaria. Sensación de felicidad casi indecible para un pueblo que, desde hacía diez años, llevaba una vida convulsiva en la guerra civil y la guerra extranjera.
Napoleón hubiera deseado – era entonces su más ardiente deseo - que esta paz durase siempre. Él también, una vez su deber cumplido, hubiese deseado un poco de reposo, un poco de dicha, un poco de esa felicidad por la cual había trabajado tanto para los demás y por la que nunca tuvo tiempo de detenerse para él mismo.

El pueblo inglés, por su lado, acogió la paz de Amiens con un entusiasmo delirante. El general francés Lauriston, quien llevaba a Londres los preliminares del tratado, fue recibido en triunfo y la muchedumbre desatalajó su coche para jalarlo con los brazos “con las más grandes marcas de delicias.”
Por desgracia, desde el 16 de mayo de 1803, el francófobo William Pitt, de regreso al poder, declara la guerra a Francia y obra para coaligar a Europa contra ella.

Enero de 1805. Un mes después de su coronación y consagración como soberano legítimo del trono de Francia, Napoleón dirige cartas a todos los soberanos de Europa, entre los cuales el de Inglaterra, para presentar “las ventajas de la paz y la estupidez de la guerra, la estupidez de la sangre vertida inútilmente.”

Fines de noviembre de 1805. Antes de Austerlitz, Napoleón trata de evitar la batalla por medio de una negociación con el zar de Rusia. Aguarda, espera, siempre la paz. Son los rusos quienes atacan con cien mil hombres... que son aplastados en menos de cuatro horas.
La tercera coalición, orquestada por Inglaterra, es derrotada y Pitt morirá a los 46 años, víctima de una cirrosis alcohólica, murmurando “Mi pobre reino… en qué estado te dejo.”
Hubiera podido decir: “… en qué estado te puse.”
Enseguida después de Austerlitz, Napoleón entrega a los prisioneros y deja que los despojos del ejército vencido salgan apaciblemente de Austria. Hace el elogio del Zar y le pide su amistad con miras a instaurar la paz en Europa. Le escribe: “¡Mi corazón sangra! Ojalá tanta sangre derramada, tantas desgracias recaigan por fin sobre los pérfidos ingleses que son su causa.”
Es bueno, generoso, inteligente, racional, y no alcanza a comprender que los soberanos de Europa no tengan ningún interés en la vida de sus soldados y de la felicidad de sus pueblos. Cada vez que los tiene a su merced, en vez de aplastarlos, les perdona… lo cual les permite rehacer sus fuerzas para regresar y atacarle de nuevo poco más tarde.

12 de septiembre de 1806. Prusia ha declarado la guerra a Francia y Napoleón escribe a Federico Guillermo: “Esta guerra sería una guerra sacrílega. Quedo inquebrantable en mis lazos de alianza con Vuestra Majestad.”
Prusia responde con un ultimátum lleno de desprecio. Menos de quince días después será aniquilada. Lo será en Jena el 14 de octubre de 1806. El príncipe Luis Fernando, uno de los instigadores de la guerra, muere, y el Duque de Brunswick es gravemente herido. Es el autor de un famoso manifiesto que amenazaba con no dejar en París piedra sobre piedra.
Cinco días después de Jena, Napoleón escribe todavía a Federico Guillermo: “Será un eterno motivo de lamento para mí el que dos naciones, que por tantas razones deberían ser amigas, hayan sido arrastradas a una lucha tan poco motivada. Yo quisiera restablecer la antigua confianza que reinaba entre nosotros.”

14 de junio de 1807. Friedland.
Napoleón desea la paz y la amistad del Zar. Le escribe cuando los dos ejércitos ya se encuentran cara a cara: “Es tiempo de que Europa viva en reposo, al abrigo de la maligna influencia de Inglaterra. ¿Por qué esta guerra? ¿Para qué matarse unos a otros cuando nuestros pueblos tienen tanta estima recíproca, tantas razones de ser amigos?
Respuesta del Zar: “Ataque frontal masivo”. Pero tras el aplastamiento de su ejército y cincuenta mil muertos más tarde, Alejandro se tornará dócil como un cordero y dejará estallar su alegría cuando Napoleón lo perdone y acepte entrevistarse con él en una balsa atada en el centro del Niemen.
Ahí es donde se sitúa el famoso abrazo entre los dos emperadores. Algunos días más tarde, en Tilsit, el Zar jurará una amistad eterna a Napoleón de quien dirá: “Nada amé más que a ese hombre. El poder mágico de su mirada y la sonrisa del alma, que tiene en los labios y en los ojos, me conmovieron por completo. El gran hombre del siglo, el temible capitán es amable, acariciante, magnánimo. Es persuasivo porque es sincero.”

Todo está en esta última frase del Zar. Napoleón es sincero, siempre fue sincero en sus deseos de paz general y definitiva. Los tiranos sanguinarios están enfrente, en Inglaterra, en Austria, en Prusia y en Rusia.
Bajo la tienda de Tilsit, Napoleón invita igualmente al triste Federico Guillermo y a la demasiado bella reina Luisa. Ellos también quedarán seducidos. Ahora, tiene bajo su encanto y su prestigio al heredero de la Gran Catalina, Semirámis del Norte, y al de Federico el Grande, famoso rey de Prusia, amigo de Voltaire.
Juntos, redactan un informe: “Sobre la conducta que debemos adoptar para hacerle comprender por fin a Inglaterra todas las ventajas que obtendría de la paz.”
Respuestas de Inglaterra a los ofrecimientos de paz y de amistad:

------------1- El 2 de septiembre de 1807 – Destruye Copenhague por medio del fuego de la artillería pesada de la Navy. Dinamarca es un país neutro.
En Copenhague, muchos miles de mujeres y de niños son estrellados, despanzurrados, despedazados, triturados bajo los escombros, mientras los oficiales de la Navy brindan por el rey cada vez que un cañonazo da sobre poblaciones sin la menor defensa.

------------2- El 11 de noviembre de 1807 – Por medio del decreto de Londres, Albión obliga a los navíos de los países neutros a pasar por los puertos ingleses para pagar un impuesto y comprar mercancías, so pena de ser declarados susceptibles de ser incautados.
Actitud arbitraria evidente de los tiranos de los mares que pronto costará a cuatro mil marinos de comercio de los Estados Unidos pudrirse en los pontones británicos.

Fines de 1807. Napoleón escribirá todavía al Zar Alejandro: “Acabaremos con Inglaterra, pacificaremos al mundo y la paz de Tilsit será el punto de partida hacia la felicidad de la humanidad.”

En 1810. Después de su matrimonio con María Luisa de Austria, hace nuevas ofertas de paz a Inglaterra por el intermediario del banquero Labouchère. Los ingleses rechazan una vez más.

A principios de 1811. Napoleón consagra un tiempo cada día a su esposa que está a punto de dar a luz al Rey de Roma; ya no trabaja más que doce horas al día y entonces se le dice que está enamorado de la pantufla de María Luisa.
En Santa Helena, evocando esta época, dirá: “ ¿Acaso no me era permitido, a mí también, librarme a algunos momentos de dicha?
Estas simples palabras ilustran mejor que largos discursos lo que fue la vida de Napoleón. Se entregó por entero a la pesada tarea que le confió el pueblo francés, sin preocuparse lo menos del mundo de su felicidad personal.
En todos los territorios de Europa, bajo la autoridad de Napoleón, se asistió a la puesta en marcha de una administración cuya eficacia social y el sentido cívico ya no tienen que demostrarse.
Napoleón hizo aprovechar a los pueblos el genio de sus concepciones, de su maravillosa capacidad de organización y de su inigualable espíritu de tolerancia.
El emperador decía:
- « “Fue mostrándome católico como llevé la paz a Bretaña y en Vendea.”
- “Fue haciéndome italiano como me gané los espíritus en Italia.”
- “Fue haciéndome musulmán como me establecí en Egipto.”
- “Si gobernara al pueblo judío, restablecería el Templo de Salomón” »

Aquí, para los que se atreven a compararlo a Hitler, busquemos en la Enciclopedia Judáica:
- « Napoleón proclamó la emancipación de nuestro pueblo en toda Italia, donde fue saludado como el salvador. Por medio de un juego de palabras, pronto ya no se le conocía más que con mote afectuoso de “Helek Tov” (la buena parte).
- Fue él quien permitió la organización del Gran Sanedrín en París, en 1807.
- La suma de los beneficios de Napoleón para con nuestro pueblo fue tal que las autoridades austriacas temieron que lo considerásemos “el Mesías esperado desde hace tanto”
».
¡Entonces, seamos serios! ¿La solución final? ¿El holocausto?
Convocado por decreto del 23 de agosto de 1806, el Gran Sanedrín se reunió del 9 de febrero al 9 de marzo de 1807. Al final de la última reunión, Napoleón fue proclamado el « Ciro » de los tiempos modernos. Fue calurosamente glorificado por todos los representantes unánimes.

Resulta evidente que Napoleón era un hombre de paz, lo cual no impedirá a sus detractores seguirle buscando más “piojos en la cabeza”.
Dirán“¿Y su nepotismo? ¿Y la guerra de España? ¿Y la campaña de Rusia?”
¡Pues bien! Hablemos de ello:

Nepotismo

Es seguro que más hubiera valido para Napoleón no tener hermanos. Su espíritu de familia, su gentileza natural, su deseo de hacer feliz a su madre Letizia, a quien adoraba, le llevaron a cometer errores en su búsqueda de la paz.
Creyó que sus hermanos podían, como él mismo, tener aptitudes de mando y ayudarle en la obra inmensa que había emprendido a fin de hacer frente a los ataques incesantes de Inglaterra y liberar de la servidumbre a todos los pueblos de Europa.
Ahora, José resultó ser celoso e incapaz. Con su cuñado Bernadotte (habían desposado respectivamente a
Julie y a Désirée Clary), llegó incluso hasta a complotar contra Napoleón (asunto del Te-Deum de Notre-Dame en 1802).
Napoleón, no solo perdonó a ambos sino que además, hizo de José un rey e España y de un rey de Suecia; Rey de Suecia, al que encontró en las filas enemigas de Francia en la batalla de Leipzich en 1813.
Luciano, el que tenía más clase, pasó la mayor parte de su tiempo combatiéndolo, antes de pedirle perdón y de proponerle su ayuda... después de Waterloo.
Luis, a quien Napoleón había educado e instruido con su magro sueldo de teniente, era un depresivo sin voluntad ni energía cuyo único mérito fue ser el padre de Napoleón III.
Jerónimo tenía dieciséis años en 1800. Era el más pequeño, el niño consentido. En un principio, se mostró interesado sobre todo por los honores, el bello sexo y la felicidad de vivir, y no fue hasta el final del Imperio que dio pruebas de un valor seguro.

LA GUERRA DE ESPAÑA

El Almirante Villeneuve, mediocre, incompetente, pusilánime, es el gran responsable de la caída final del Imperio. En el momento del campo de Boloña, Napoleón le había ordenado presentarse en el Canal de la Mancha con sus escuadras para garantizarle el libre paso durante tan solo veinticuatro horas… y se acababa con Inglaterra. Pero Villeneuve, de regreso de un crucero de decepción en el Caribe, fue a refugiarse a Cádiz, de donde no salió más que para sufrir la vergonzosa derrota de Trafalgar.

Teniendo Inglaterra el dominio de los mares, ya no era posible invadirla y, para tratar de empujarla de alguna manera a firmar la paz, Napoleón decidió prohibirle los puertos de Europa. Además, tenía la esperanza con el tiempo de poder reconstruir una flota capaz de rivalizar con la Navy. Por todas estas razones, era preciso que España fuera un aliado fuerte y seguro.
Ahora, España, gobernada por Manuel Godoy, amante de la Reina María Luisa, estaba en completa decrepitud. El Rey Carlos IV, débil y físicamente desfavorecido como lo retrató Goya, hacía como que no veía. Para completar el cuadro, el Príncipe Fernando, heredero de la Corona, complotaba contra su padre y contra Godoy, a quien odiaba. Después de muchas dudas, Napoleón llegó a la conclusión de que había que poner de lado a ese cuarteto para dar a España un gobierno capaz de restaurar la grandeza y el poder que habían sido suyos durante los siglos precedentes.
Fue un error que reconoció. Debió establecer a Fernando sobre el trono, era el deseo del pueblo español, en vez de poner en él a su hermano José.

LA CAMPAÑA DE RUSIA

Napoleón no atacó a Rusia, fue el Zar Alejandro quien, después de haber traicionado los acuerdos de Tilsit abriendo los puertos a Inglaterra, abrió las hostilidades.
Prevenido por los polacos, los únicos aliados fieles de Francia, que el Zar (éste había solicitado su apoyo) llevaba a cabo preparativos acelerados para atacarlo, Napoleón pidió de inmediato a Lauriston, su embajador en San Petersburgo, hacer saber que deseaba una negociación y sobre todo no la guerra.
Alejandro hace oídos sordos a toda oferta de paz y cuando Napoleón debe decidirse, en último recurso, a movilizar a su armada, espera hasta el último momento que el despliegue de sus fuerzas – seiscientos mil hombres de toda Europa – estimulará mejores sentimientos en el Zar.
Cuando Alejandro toma la iniciativa de un ultimátum, que ordena a Napoleón retirarse atrás del Elba, el Emperador intenta un último esfuerzo de paz.
Le escribe: “deseo evitar la guerra, me mantengo constante en los sentimientos que nos unían en Tilsit y en Erfurt...”
Entre tanto, el 17 de abril de 1812, había dirigido una nueva oferta de paz a Inglaterra proponiendo la evacuación por las tropas inglesas y francesas de España, de Portugal y de Sicilia. Castlereagh ni siquiera responde.
El 24 de junio de 1812, Napoleón atraviesa el Niemen y se dirige a Vilna, donde se queda dieciocho días para esperar la respuesta del Zar a un nuevo ofrecimiento de paz. El 7 de septiembre de 1812, tras la victoria de Borodino – La Moskova – se niega a explotar el éxito y a aniquilar al ejército ruso únicamente para probar a Alejandro su deseo de entendimiento, su deseo de humanidad. No quería agobiar al Zar, a quien creía ecónomo y atento por la vida de sus soldados, como lo era él mismo. Este ejército, al que hubiera podido fácilmente destruir, lo volverá a encontrar pronto durante la retirada. El dicho francés “ton bon cœur te perdra” (tu buen corazón te perderá) nunca fue más verdadero que aplicado a Napoleón.
Enseguida, si se quedó treinta y cinco días en Moscú, es otra vez más y siempre para tratar de obtener la paz. El tiempo perdido, por grandeza de alma, en Vilna y en Moscú, es la única causa del sufrimiento de la Grande Armada, expuesta a los rigores del invierno.
Finalmente, después de Waterloo, si se entregó a los ingleses en vez de partir a los Estados Unidos como tenía la posibilidad de hacerlo, es porque pensó que ese gesto incitaría a Inglaterra y a sus aliados a tener más clemencia para con Francia.
Hasta el final, Napoleón dio todo al pueblo francés y no hay que sorprenderse de encontrar solamente sentimientos de veneración y de respeto en torno a su tumba, bajo el domo de los Inválidos, en París.