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por
el |
Coronel
Émile Guéguen
(1925-2003) |
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| Bonaparte
Primer Cónsul,
por Périn. |
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Traducción
del Instituto napoleónico México-Francia
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| El
Coronel Émile
Guéguen |
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El
militar más condecorado
de Francia, el Coronel
Émile Guéguen,
fue un combatiente emérito
cuyas hazañas de guerra
son célebres en todo el
ejército de Francia.
Siempre dio muestras en combate
de un espíritu caballeresco
reconocido por todos sus adversarios,
Alemanes, Vietnamitas o Argelinos
por igual. Caballero, oficial
y enseguida comendador de la Legión
de Honor, fue elevado a la dignidad
de Gran Oficial de dicha orden
el 15 de octubre 1996.
A partir de 1988
dedicó por completo su
vida a combatir por la imagen
de Francia y la defensa de la
memoria de Napoleón I,
empeñándose en eliminar
las calumnias dirigidas contra
el Emperador. El coronel Guéguen
forjó una sentencia que
gustaba de repetir frecuentemente,
y que se ha convertido en una
verdadera profesión de
fe para muchos napoleónicos
del mundo: « Napoleón
– decía – no
tiene ninguna necesidad de leyenda,
sólo necesita verdad
».
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Veamos
primero en qué condiciones fue confiada
Francia a Napoleón.
Se tiene la costumbre de decir que tomó
el poder organizando el golpe de estado del 18
de brumario (9-10 de noviembre de 1799). Esto
es totalmente falso; fue el abate Sieyès,
miembro del Directorio quien organizó el
golpe de estado. De hecho es absurdo y extravagante
pensar que Napoleón, desembarcando de Egipto
y llegando a París el 17 de octubre de
1799, prácticamente solo y sin muchos amigos
en la capital, hubiera podido llevar a bien, en
tres semanas, el golpe de Estado que salvaría
primero a la República, y luego a Francia.
Sieyès
sabía que la instauración de un
ejecutivo con autoridad férrea era una
necesidad absoluta para sacar a Francia del abismo
en el que la habían abismado diez años
de revolución. La administración
estaba sin reglas, no había nada en las
cajas (el Tesoro del país no contenía
entonces, literalmente, ni lo suficiente para
pagar un pollo NdT). La justicia estaba en perdición,
la enseñanza inexistente, la guerra civil
seguía en Vendée y en Bretaña
y la segunda
coalición
amenazaba las fronteras;
por doquier reinaba la inseguridad: bandas de
bárbaros, de ladrones, de violadores aterrorizaban
las ciudades y los campos, y sus crímenes
quedaban impunes. La moral había caído
al más bajo nivel de la decadencia; Paris
se había convertido en una suerte de Sodoma
donde los perversos, hasta lo más alto
de las clases sociales, desplegaban orgullosamente
sus vicios y su depravación.
El Directorio,
que presidía con Barras, Ducos, Gohier
y Moulin, a causa de sus divisiones, era incapaz
de tomar las decisiones urgentes que se imponían.
Esta impotencia estaba agravada por el hecho que
ya no era posible gobernar con el Consejo de los
Quinientos, en donde el Directorio no era apoyado
por la mayoría de los diputados.
Sieyès
había entonces decidido cambiar la Constitución,
lo cual no podía hacerse más que
por un golpe de Estado, que preparaba desde hacía
muchos meses. Quería remplazar el Directorio
por un Consulado compuesto por un jefe, el Primer
Cónsul, y dos adjuntos, uno para los asuntos
interiores, y otro para la defensa de las fronteras.
Aquí es donde le hacía falta un
general pues, evidentemente, se veía él
mismo ser el Primer Cónsul. Su elección
para su « espada », como él
decía, se había portado sobre el
general Joubert pero éste había
muerto en la batalla de Novi, en Italia, el 15
de agosto de 1799.
Pero veamos el
desarrollo de los eventos desde el desembarque
de Napoleón en Fréjus-Saint Raphael
el 9 de octubre de 1799.
El
abate Emmanuel-Joseph Sieyès
(1748-1836)
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| El
abate Sieyès,
por Louis David |
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Llamado
por Robespierre « el topo de
la Revolución », este
doctrinario entra en las órdenes
y es nombrado cura 1772. Gran vicario
del obispo de Chartres, se hace célebre
tras la publicación de dos
folletos de ideas revolucionarias,
« Ensayo sobre los privilegios
» y « ¿Qué
es el estado llano? » (1789).
Es elegido diputado y contribuye a
transformar los Estados generales
en Asamblea nacional. Posteriormente
se incorpora a la Convención.
Aún cuando es un monárquico
constitucional, se hace miembro del
Club de los jacobinos y vota de manera
oportunista, en 1791, la muerte del
rey Luis XVI. Durante el Terror, trata
de hacerse olvidar y se niega a participar
en los trabajos de la Constitución
de 1795, año de su nominación
a la Academia francesa, expresando
que: « he estudiado profundamente
esas materias y no me entenderíais;
no tengo nada que comunicaros.
»
No obstante, vuelve a ser elegido
en el Consejo de los Quinientos por
la Sarthe, y aunque se muestra muy
discreto, logra hacerse nombrar embajador
en Berlín en 1798, y Director
el año siguiente. Es entonces
cuando concibe la idea de un golpe
de Estado para cambiar el sistema
constitucional en curso, que juzga
aberrante.
Tras la muerte del general Joubert
en Novi, acepta la idea de acudir
al general Bonaparte, propuesto por
Talleyrand. El 19 de Brumario se convierte
en Cónsul provisorio, siendo
puesto de lado de las altas funciones
políticas muy pronto, a causa
de sus ideas juzgadas confusas. A
pesar de ello Sieyès será
enviado al Senado, y recibirá
el título de conde del Imperio
en 1808. Con la Restauración
se termina el ciclo de los honores
y de las responsabilidades políticas.
Sieyès acude a Napoleón
durante los Cien Días, pero
tras Waterloo es exiliado como los
demás regicidas y se refugia
en Bélgica. Será hasta
1830 cuando vuelva a Francia, y fallecerá
en París seis años después.
Poco antes de morir, y ya con sus
facultades muy disminuidas, había
expresado a un joven visitante una
frase que revela a la vez su nostalgia
y su desaliento postreros: «
La Constitución, soy yo
». |
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El destacamento
proveniente de Egipto no fue obligado a sufrir
la cuarentena, aunque nadie ignorase que la peste
había hecho estragos allá n una
parte del ejército. La población,
en su entusiasmo por el regreso de Bonaparte,
exclamaba: « Antes una peste hipotética
que la certeza de la ocupación próxima
por los austriacos ».
A todo lo largo
del camino hasta París, los habitantes
de los campos y de las ciudades acudían
para verle, para aclamarle: « ¡Viva
Bonaparte, viva nuestro salvador, viva el salvador
de la Patria! ». Algunos le recomendaban
apoyar y hacer triunfar su propio partido, en
cuyo caso él respondía invariablemente:
« Nunca
seré de camarilla alguna, pues estoy por
la unión de todos, yo soy del gran partido
del pueblo francés ».
Su intención era efectivamente prestar
sus servicios para participar activamente en el
sobresalto que devolvería a la nación,
su vitalidad, y a los franceses, entusiasmo, gusto
por el trabajo y alegría de vivir. Sabía
perfectamente que los celtas, a quienes los romanos
habían bautizado galos, constituían
la gran masa de la población y que dicha
población tenía calidades excepcionales
de valor en el trabajo, de espíritu de
familia y de probidad. Estaba también muy
apegada a su religión.
« De
igual forma que no hay malas tropas con buenos
jefes, decía,
no hay mal pueblo con un bueno gobierno ».
Para relanzar la máquina, bastaría
dar a cada quien la posibilidad de trabajar
libremente, primero que nada restableciendo
la seguridad y suprimiendo la
explotación por los grandes propietarios.
Habría igualmente que restablecer la libertad
del culto. Bonaparte se sentía
capaz de llevar a bien esta tarea pero, llagando
a parís, no tenía la menor idea
de la manera como podría eventualmente
hacerse útil.
Al llegar a casa,
en la rue la Victoire (« calle
de la Victoria ») tuvo la desagradable sorpresa
de constatar que Josefina no estaba presente.
Había ido a su encuentro pero había
tomado un camino que no era el bueno. A su regreso,
Napoleón le hizo reproches muy vivos acerca
de su infidelidad durante su ausencia. Es cierto
que Josefina había tenido bondades por
un apuesto capitán llamado Hippolyte Charles.
Pero el amor triunfó y desde el día
siguiente todo había vuelto al orden.
Como prueba de
la inseguridad de los caminos, podemos también
señalar que el coche que transportaba los
bagajes de Napoleón había sido atacado
y desvalijado, lo que hizo decir al mameluco Roustam
que los beduinos franceses bien valían
los beduinos egipcios.
El 19 de octubre
de 1799, Bonaparte es invitado por el Directorio
a hacer una relación de la campaña
de Egipto. La entrevista dura tres horas y si
los Directores le prodigan algunas felicitaciones,
su acogida no tiene nada de comparable con el
regocijo popular que acompaña todos sus
desplazamientos. El 22 de octubre, se presenta
nuevamente en el Luxemburgo. Esta vez, el Directorio
recibe a todos los miembros del Instituto. Bonaparte
es muy solicitado, cada uno quiere participar
en una charla con él; él por su
parte, evita halagar a los Directores y prefiere
la compañía de sus colegas del Instituto.
El
conde Pierre-Roger Ducos (1747-1816)
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Abogado
y procurador en Dax, es recordado
por ser uno de los redactores del
cuaderno de quejas del estado llano.
Miembro de la Convención y
encargado del Comité de asistencia
pública, tiene el muy dudoso
« honor » de votar la
muerte del rey Luis XVI. Mostrandose
enseguida muy prudente, trata de hacerse
notar lo menos posible y se ausenta
los días 31 de mayo y 2 de
junio (9 Termidor). Miembro del Consejo
de los Ancianos, es eliminado después
del golpe de Estado de Fructidor;
en 1798 su reelección es anulada,
y se retira a las Landes recobrando
sus funciones de presidente del tribunal
criminal.
El 18 de junio de 1799, Barras, quien
lo juzga manejable y poco
peligroso, manda por él y hace
que se le elija Director tomando el
lugar de Merlin de Thionville, y presidiendo
el cuerpo directivo con el mismo Barras,
Gohier, y Moulin. Sin embargo, Barras
lo había juzgado mal. Ducos
le traiciona, pues ya ha montado el
plan de un golpe de Estado con el
abate Sieyès, a quien informa
todas las maniobras de los directores,
y en particular las suyas.
Ducos renuncia entonces junto con
Sieyès, y favorece el golpe
del 18 de Brumario. Es nombrado tercer
cónsul provisorio, tras lo
cual se encuentra en el Senado. Más
tarde, habiendo votado por el establecimiento
del Imperio y la restauración
de la monarquía, recibirá
muchos honores. No obstante, Napoleón
no se engañaba, y declaraba
de él: «Ese enano
de Ducos, ese lisiado de Ducos, un
hombre limitado y fácil».
Como de costumbre, no se equivocaba
en su juicio. Al llegar los días
difíciles, Ducos será
uno de los 68 senadores que votará
la deposición del Emperador,
y buscará aliarse con Luis
XVIII, lo cual no le salvará
de ser excluido de su senaduría
por el rey... Ducos acude entonces
a Napoleón, durante los Cien
Días, quien le perdona y hace
que se le incorpore a la Cámara
de los Pares el 1º de junio de
1815.
Después de Waterloo la Restauración
le condena al exilio en su calidad
de regicida relapso. Ducos huye entonces
a Austria, pero el camino a Viena
sufre un grave accidente y muere poco
después en una taberna, en
Ulm. |
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| Pierre-Roger
Ducos |
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El 24 de octubre
el destino bascula. Sieyès y Ducos llegan
en la madrugada a la rue de la Victoire.
Vienen a proponer a Bonaparte ayudarles a lograr
el golpe de Estado que estiman indispensable para
el salvamento de Francia y de la República.
« Nos es precisa una nueva Constitución,
dicen, con un ejecutivo poderoso ».
Esto entra perfectamente en las miras de Bonaparte
que da enseguida su acuerdo. Sieyès precisa
entonces los detalles de la organización
que ha previsto, tanto para el golpe de Estado
como para la Constitución. Bonaparte no
hace ninguna objeción y se contenta con
precisar que el pueblo tendrá que ser consultado
sobre la validez de la nueva Constitución.
El 8 de noviembre
de 1799, Sieyès, después de haber
confiado a Bonaparte el mando de las tropas de
París, dio la orden a los diputados y senadores
de reunirse el día siguiente en Saint-Cloud,
bajo pretexto de oponerse a un falaz complot jacobino.
El 9, expidió a Barras bajo escolta a su
propiedad en el campo y confió al general
Moreau vigilancia de Gohier y Moulin. Sieyès
había también manifestado la intención
de detener a cuarenta diputados jacobinos entre
los más excitados, pero Bonaparte supo
convencerle de no hacer nada de eso, pues hubiera
manchado una operación que no apuntaba
más que al amparo de la República.
En Saint-Cloud
los Ancianos se reúnen en el Salón
de Marte y los Quinientos en la orangerie.
La apertura de la sesión de los Consejos
tiene lugar el 10 a las 13:30 hrs. El diputado
Gaudin, que forma parte del complot, describe
la situación catastrófica en la
que se encuentra el país y la necesidad
de modificar la Constitución. De inmediato,
el jacobino Delbrel se alza contra esta proposición
y hace circular una petición que demanda
a los diputados jurar que defendían la
Constitución. Algunos firman, otros no,
las discusiones y los insultos fluyen a rienda
suelta y pronto la orangerie está
en el mayor desorden a pesar de los llamados a
la calma del presidente Luciano Bonaparte.
A las 15:30 hrs.,
el presidente de los Ancianos, Lemercier, indica
que acaba de recibir la demisión de los
tres Directores Sieyès, Ducos et Barras.
A las 16:00 hrs., Bonaparte
entra en la orangerie para tratar
de calmar los ímpetus y de volver
a un debate tranquilo y serio. Es acogido
por las vociferaciones de los jacobinos.
Éstos se le dejan ir encima con
las manos, algunos creyeron ver puñales,
y entonces Sieyès pide a Murat
hacer evacuar la sala (« Sáquelos
de la sala », exclama con toda
calma NdT.). Los diputados salen corriendo
por las puertas y ventanas.
A las
20:00 hrs, Sieyès ha logrado reunir
de nuevo en la orangerie aproximadamente
a trescientos diputados. Luciano Bonaparte
hace que los trabajos se reinicien. A
las 23:00 hrs., el diputado Chazal hace
una propuesta que es aceptada: «
El Directorio es suprimido y remplazado
por un Consulado de tres miembros. Los
tres cónsules provisorios son Sieyès,
Ducos y Bonaparte. El cuerpo legislativo
es puesto en suspenso hasta el 20 de febrero
de 1800 ».
A la
media noche, los tres cónsules
prestan juramento de fidelidad a la soberanía
del pueblo después de que el presidente
Luciano Bonaparte les ha declarado: «
Ciudadanos cónsules, el más
grande pueblo de la tierra os confía
sus destinos ».
Cuando
los tres cónsules se reunieron,
el 11 de noviembre, para decidir las medidas
más apremiantes, resultó
evidentemente de manera inmediata que
Bonaparte, en todos los ámbitos,
dominaba los debates de pies a cabeza.
Ducos dijo a Sieyès: « Nuestro
reinado ha terminado. La experiencia debe
iluminarnos; ya no estamos en estado de
comandar. Es claro que la nación
debe ser mandada por Bonaparte. No podéis
nada contra ello; esta elección
está acorde a los peligros; hoy
en día no hay salvación
más que en él. Debemos secundarle
con todos nuestros medios ».
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Luciano
Bonaparte, futuro príncipe
de Canino
Pintura de François-Xavier Favre |
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Entonces fue el
mismo Sieyès quien decidió confiar
a Bonaparte las responsabilidades de Primer Cónsul.
Para justificar su elección, dijo simplemente:
«Sabe todo, hace todo, puede todo».
El pueblo fue llamado a pronunciarse sobre la
validez de la nueva Constitución y la designación
de los cónsules. Resultado del voto: 3,011,007
sí, 1,562 no.
Bonaparte, desde
su nominación, se puso a trabajar veinte
horas al día, o sea ciento cuarenta horas
por semana. Acostado a las veinte horas, de pie
a la media noche, es un régimen que se
impuso durante los cinco primeros meses del Consulado.
E hizo milagros que nunca se reprodujeron en ningún
país del mundo. En 1802, Francia era de
nuevo próspera, estaba en orden y en paz.
Los franceses, unidos, habían vuelto a
encontrar el entusiasmo la esperanza, el gusto
del trabajo y la felicidad de vivir. Fue la «
era dorada » del Consulado. Napoleón
hubiera querido que esa época durase por
siempre. Hubiese deseado que todas las naciones
de Europa y en particular Inglaterra y Francia
trabajaran en paz, tomadas de la mano para mejorar
las condiciones de vida de las poblaciones.