Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
ERFURT, 2 DE OCTUBRE DE 1808
RELATO POR GOETHE DE SU ENCUENTRO CON EL EMPERADOR NAPOLEÓN EN ERFURT
 
Escena de Las desventuras del joven Werther
Acuarela elegiaca romántica alemana.
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« Señores, inclinaos bien bajo, es demasiado grande para vosotros »
« Napoleón siempre buscó la virtud »
Goethe.

« El 2 [de octubre de 1808].

– El mariscal Lannes y el ministro Maret han, creo, hablado de mí favorablemente. – Yo conocía al primero desde 1806. – Soy mandado llamar para las once de la mañana donde el Emperador. – Un chambelán gordo, el Sr. Pole, me dice que espere. – La muchedumbre se aleja. – Se me presenta a Savary y a Talleyrand. – Soy llamado al gabinete del Emperador.

– En ese momento, Daru se hace anunciar. Es introducido de inmediato. – Eso me hace vacilar. – Soy llamado una segunda vez. Entro – El Emperador está sentado en una gran mesa redonda. Desayuna. A su derecha, a cierta distancia de la mesa, está Talleyrand; a su izquierda, Daru con quien habla de contribuciones. – El Emperador me hace la seña de acercarme. – Permanezco de pie ante él a una distancia conveniente.
– Después de haberme considerado un momento, me dijo: “¿Qué edad tenéis? – Sesenta años. – Estáis bien conservado. ¿Habéis escrito tragedias?” Respondo lo más necesario. –
Daru toma la palabra. Para halagar un poco a los alemanes, a quienes se veía obligado de hacer tanto daño, se había familiarizado un poco con nuestra literatura. Era versado en literatura latina e incluso había traducido a Horacio. Habló de mí más o menos como mis amigos de Berlín lo habrían hecho. Reconocí su manera de ver y su sentimiento. – Añadió que yo había traducido piezas francesas y, por ejemplo, el Mahoma de Voltaire. El Emperador dijo: “No es una buena obra”, y desarrolló con detalle cuán poco conveniente era que el vencedor del mundo hiciese de sí mismo una pintura tan desfavorable.

Goethe y Napoleón I en 1808
« He visto a Napoleón. Es imposible ser más grande », escribiría más tarde el maestro de Fráncfort. Dibujo de Eugène Ernest Hillemacher (1818-1887).

– Enseguida refirió la conversación sobre Werther, que debía haber estudiado a fondo (1). Después de muchas observaciones absolutamente justas, me señaló un cierto pasaje y me dijo: “¿Porqué habéis hecho eso? No es natural”. Y desarrolló su tesis largamente y con una perfecta justeza. (2)
Le escuché, con el rostro sereno, y respondí, con una sonrisa de satisfacción, que ignoraba si jamás alguien me había hecho el mismo reproche, pero que lo encontraba perfectamente fundado, y convine en que se podía reprochar a ese pasaje un defecto de verdad. “Pero, añadí, el poeta es tal vez excusable de recurrir a un artificio que no es fácil descubrir, para producir ciertos efectos, a los cuales no hubiese llagado por una vía simple y natural”.
El Emperador pareció de mi parecer; volvió al drama e hizo reflexiones de un gran sentido, cual hombre que había observado con mucha atención, como un juez criminal, la escena trágica y que había profundamente sentido que el teatro francés se había alejado de la naturaleza y de la verdad.

Llegó a las piezas fatalistas, y las desaprobó. Éstas habían pertenecido a un tiempo de tinieblas. “¿Qué se quiere hoy de nosotros con el destino? decía. El destino, es la política”.

Se volteó de nuevo hacia Daru y le habló de contribuciones. Retrocedí algunos pasos y me encontré cerca de la torrecilla donde había pasado, más de treinta años antes, muchas horas de placer y también de tristeza, y tuve el tiempo remarcar que a mi derecha, hacia la puerta de entrada, se hallaban Berthier, Savary y otro todavía. Talleyrand se había alejado.
Se anuncia al mariscal Soult.
Entra un personaje de alta talla con abundante cabellera. El Emperador lo interroga con un tono juguetón sobre algunos eventos desagradables de Polonia, y tengo tiempo de echar un vistazo a mi alrededor en la sala y de pensar en el pasado. Todavía estaban las antiguas tapicerías. Pero los retratos habían desaparecido. Ahí, había estado suspendido en de la duquesa Amelia, una media máscara negra a mano, todos los demás retratos de gobernadores y de miembros de la familia.

El Emperador se levantó, y vino derecho hacia mí y, por una suerte de maniobra, me separó de las demás personas que formaban la fila donde yo me encontraba. Les daba la espalda a dichas personas y me habló moderando su voz. Me preguntó si yo estaba casado, si tenía hijos y otras cosas relativas a mi persona.
Me hizo preguntas también sobre mis relaciones con la casa de los príncipes, sobre la duquesa Amelia, sobre el príncipe, sobre la princesa. Respondí de una manera natural. Pareció satisfecho, y se tradujo esas respuestas en su lengua, pero en términos un poco más decididos de lo que yo había podido hacerlo.
Debo remarcar también que, en toda nuestra conversación, yo había admirado en él la variedad de formas aprobativas, pues él escuchaba raramente permaneciendo inmóvil. O hacía una seña meditativa con la cabeza y decía: “Si” o “Está bien”, o algo similar; o, si había enunciado alguna idea, añadía las más veces: “¿Qué dice al respecto el señor Goethe?(3)

Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832)
Retrato al óleo de Heinrich Christoph Kolbe (1771-1836).
Aproveché la ocasión de solicitar por medio de un gesto al chambelán si podía retirarme, y, tras su respuesta afirmativa, me despedí enseguida. (4)
El 14. Recibo la cruz de la Legión de Honor. » (5).

NOTAS:
1) El Emperador era un gran admirador del Werther de Goethe, un libro que decía haber leído siete veces aún cuando desaprobaba ciertos aspectos de esta obra en cierto modo destructiva, « apología del suicidio » según las autoridades alemanas que lo habían prohibido. Werther, que Napoleón leía bajo la luna egipcia, le acompañaba a menudo en sus desplazamientos. En 1912, en el pueblo de Dorpat, en Rusia, fue hallado un ejemplar firmado por Napoleón, y en el que figuraba la inscripción de una mano anónima indicando que dicho volumen había sido robado de los equipajes imperiales por un cosaco, durante la campaña de 1812.
2) Acerca de esta anécdota misteriosa, que ha suscitado tanta polémica y ha hecho correr tanta tinta durante doscientos años, Eckermann preguntó a Goethe cuál había sido el pasaje que motivó la desaprobación del Emperador, inquiriendo si acaso sería aquel en el que Werther entrega las pistolas a Carlota, que teme que el joven se suicide. El maestro respondió: « No creo que la posteridad deba conocer cuál fue el momento en que discrepamos el Emperador y yo ».
3) « Qu’en dit monsieur Goethe? ».
4) « He visto a Napoleón. Es imposible ser más grande », escribirá.
5) Toda su vida, Goethe conservó su cruz de la Legión preciosamente. Nunca se separaba de ella, e incluso tras la victoria de los Aliados y en presencia de sus dirigentes no se presentaba ni salía jamás de casa si haberla prendido antes en su solapa. ¿Quién no recuerda su célebre sentencia?: « ¡Dejad tranquilo a mi Emperador! ». Consiguientemente, esta condecoración aparece representada en múltiples retratos de Goethe, como en el caso del célebre óleo de Carl Kolbe, que ilustra nuestro artículo.