Armas del Emperador Napoleón I.
Honneur et Patrie
Texto en castellano.
EL CAMINO HACIA LA LIBERTAD
Texte en Français.
English version.
La influencia de Napoleón I en la independencia de México
Por el E.S. ENRIQUE F. SADA SANDOVAL
Caballero de la Real Orden de San Miguel del Ala

Ensayo laureado del II Premio Memorial Conde de Las Cases
Ciudad de México, del 2 al 31 de diciembre de 2007.
Instituto Napoleónico México-Francia.
INMF
Instituto Napoleónico México-Francia ©
E.S. Enrique F. Sada Sandoval
 
Edición Año
TÍTULO DEL ENSAYO
NOMBRE DEL AUTOR ORIGEN FOTO PUNTOS % Evaluación más recurrente.
II 2007 El camino hacia la libertad E.S. Enrique Sada Sandoval  Torreón, Coahuila; México- Premio Memorial Conde de las Cases, México. E.S. Lic. Enrique F. Sada Sandoval. 107 (/128) 83,5 Trabajo destacado, vale 3 puntos.
Sr. Garzón-Sobrado.

PRESENTACIÓN
Por Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia
Fundador y Director General del Premio Memorial Conde de Las Cases

Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe.
« Los pueblos que no reconocen a sus verdaderos bienhechores no son dignos de ser libres, ni lo serán jamás ». Simón Bolívar

Es para nosotros un honor presentar el siguiente escrito, ensayo laureado de nuestro II Premio Memorial Conde de Las Cases, en su 2ª edición 2007.
Congratulada unánimemente por el jurado internacional, esta valiosa disertación, El Camino hacia la Libertad, reviste por supuesto un interés particular en cuanto a su contenido literal, pero también, sin duda, un valor muy especial al ser señalado en un momento histórico de gran importancia para México, cuando se inician oficialmente los preparativos para la conmemoración del Bicentenario del inicio de la lucha por la Independencia de nuestro país, a celebrarse en 2010.
En este contexto señero, y de cara a la por desgracia inevitable avanzada de desmemoria oficialista que se avecina ineludiblemente, nos parece de particular necesidad, por una parte, aprovechar la coyuntura de estas celebraciones para recalcar firmemente la poderosa influencia que ejercieron el legado Napoleónico, y a través de él el ascendiente beneficioso de la generosa Francia, en los hombres y en los eventos que a la larga consumaron nuestra Independencia en 1821, y que dieron origen a nuestro país en tanto que nación libre y soberana. Por otro lado, y principalmente, nos es preciso afianzar y reivindicar la gloriosa memoria e imperecedero legado de S.M.I. Don Agustín I, Emperador y libertador de nuestra Patria, objetivo que nuestro texto – estamos convencidos de ello – contribuye brillantemente a alcanzar.
En efecto, hoy cuando nuestro país atraviesa por momentos de una fuerte crisis identitaria, presa de los asaltos continuos de modelos culturales y sociales extranjeros que cuestionan nuestros valores y tradiciones esenciales, resulta primordial esclarecer y difundir la historia de nuestro liberador y primer monarca, cuya memoria ha sido enturbiada y mancillada a través de tantas décadas de desinformación e iniquidades. En esta labor capital para la recuperación y revivificación de esta parte fundamental de nuestro patrimonio e identidad nacionales, la limpidez histórica, el análisis académico, pero ante todo la expresión libre, son nuestras más sólidas bases en pro de la reivindicación de la Patria a través de la justa retribución de una deuda de honor que todos los mexicanos tenemos para con la memoria del Padre y manumisor de nuestro país.
Asimismo, gracias a esta unión renovada, y por encima de las ideologías sectarias y divisiones partidistas que solo han desgarrado a nuestro país durante dos centurias, se podrá cimentar la reconciliación de nuestro pueblo con su pasado más glorioso, un legado y una tradición siempre vivas y hoy encarnadas en la ilustre persona de S.A.I. el Conde Don Maximiliano de Götzen-Iturbide, Príncipe Imperial de México.
Esto dicho, cedamos el paso a nuestro autor no sin antes evocar, puesto que así lo exigen la verdad y la justicia, las últimas palabras que el héroe de Iguala plasmara en sus memorias
: «Cuando instruyáis a vuestros hijos en la historia de la Patria, inspiradles amor por el jefe del Ejército Trigarante (...) quien empleó el mejor tiempo de su vida para que fueseis dichosos».

S.M.I. Don Agustín I
Por la Divina Providencia, Emperador Constitucional de México

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

INTRODUCCIÓN
Armas del Primer Imperio de México

Como ésta es la historia de muchos espíritus de nuestro tiempo,
creemos útil seguir todas sus fases, paso a paso
”.
Víctor Hugo.

El siglo XIX, Siglo de las Luces, visto desde el enfoque de la perspectiva histórica y social, bien puede definirse como el parteaguas que marca el nacimiento de la Edad Moderna. Grandes épicas y sueños resonaron desde un extremo del mundo hasta alcanzar el otro, en mayor o menor medida, ya a través de la pluma, de la espada o del cañón.

Nuevas ideas se gestaron para dar a luz a nuevos hombres, y grandes hombres empuñaron las mismas como una bandera propia, ofrendando su paz y hasta su vida porque estas pudieran traducirse en obra palpable, cuando no perfecta, para uso y goce de presentes y futuros, de propios y aún hasta de extraños.

La Libertad, como la fuente de donde emanan los más nobles principios, se erige soberana, y muy pronto se convierte en el estandarte de aquellas almas pródigas que a pesar de las limitantes propias de su espacio lograron vislumbrar entre la noche de los tiempos un grande y nuevo resplandor.

Lo anterior no es fortuito ni es ajeno a la naturaleza. Cada época se traduce a su vez en una serie de eventos tan finamente eslabonados en donde un escalón precede en orden al siguiente: cada gran paso viene a determinar el próximo, y aún más: por una curiosa subversión, (subversión tan solo en apariencia) cada paso que se da hacia adelante en aras del progreso de las naciones tanto como en el devenir de los pueblos, viene a justificar precisamente toda huella que le antecede para brindarle por igual una mayor plenitud y realce al gran peldaño que le sigue. Así se hace la Historia.

Los hombres son hijos de su tiempo, esta es una verdad irrefutable. Pero a menudo, quienes creen en este axioma suelen olvidar otra verdad tan grande como inseparable de la misma: hay hombres que engendran nuevos tiempos, y en efecto es uno de ellos quien da pie a la realización de este ensayo.

Vencedor, restaurador, reformador y artífice. Genio singular en la palabra tanto como en la acción, estás breves páginas emergen dedicadas a un gran hombre y a su influencia tan viva como palpable en el espíritu de Europa y de América.

S.M.I. el Emperador Don Agustín I de México (1773-1824)

En el Viejo Mundo, levantó a la Nación Francesa sobre los escombros del Antiguo Régimen, revistiéndola con un esplendor que en su momento y aún en día nos resulta increíble. Su mano fue todavía más prodiga, pues no solo se ocupó del engrandecimiento de su Patria sino que alcanzó a las naciones que la hermanaban, plasmando en ellas esa grandeza y noble espíritu que hoy por hoy define a la Europa que conocemos. Creador de instituciones inspiradas en el Siglo de las Luces, tan vigentes aún como lo fueron ayer, vemos que sus triunfos no solo se limitaron al campo del honor y la batalla: también tocaron las artes, las ciencias y el pensamiento de varias generaciones.

En América, en nuestra América, su voz halló eco fértil en la gesta libertaria de los pueblos que después de trescientos años sin el libre uso de la palabra, habían forjado una identidad que por su naturaleza misma requería de autonomía e igualdad para todos los hijos de su suelo. Su imagen y su gloria encontraron también un digno espejo en el corazón de aquellos grandes hombres (Iturbide, Bolívar, San Martín) que por el amor y la gloria de su patria, desafiando al mundo entero, emprendieron heroicamente la lucha por la Independencia, arrollando obstáculos casi insuperables.

En efecto, él forma parte de aquellos pocos gigantes a quienes debemos el mundo moderno tal y como lo conocemos. La sola evocación de su nombre nos define tanto su obra como su persona: Napoleón. I

Quisiera dedicar este esfuerzo a la memoria del genio tutelar de la Nación Francesa quien, dotado de alas de águila, ahora habita en las regiones inmarcesibles; lo mismo que al Libertador de la Nación Mexicana: Don Agustín I de Iturbide.

Dedico también estás páginas a la memoria del Dr. Enrique “Henri” Sada Quiroga, mexicano condecorado con la Médaille de Bronze de la Reconnaissance Française en 1947, quien sin duda inspirado en el gran hombre de Austerlitz y movido por su amor a la Libertad, se unió al esfuerzo de muchos hombres de su tiempo para romper el yugo de la usurpación y la tiranía que laceraba el corazón y la grandeza del pueblo francés durante la ocupación alemana. A él se elevan también, estas palabras.

Torreón, Coahuila-México, D.F.

A 18 de mayo del 2007, en el 203 aniversario
de la proclamación imperial al trono de Francia;
y en el 185 aniversario de la proclamación imperial
al trono de México
.

Placa de la Orden  Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe.

 

LA ERA NAPOLEÓNICA: EUROPA EN LOS ALBORES DEL SIGLO XIX

Quiero que vuestros descendientes conserven mi recuerdo
y digan: es el regenerador de nuestra patria

Napoleón.

Napoleón cruzando los Alpes
Óleo de Jacques-Louis David. Primera versión de Versalles (detalle).

El último tercio del siglo XVIII y el primero del XIX fueron testigos del fin del Antiguo Régimen y de la transición a la edad moderna. Las revoluciones políticas que tuvieron lugar durante ese período terminaron con el absolutismo y lo sustituyeron por nuevas formas orgánicas de gobierno basadas en la igualdad ante la ley, la democracia y la libertad individual. Francia es el ejemplo más claro de la supresión de los modelos ancestrales: asiste al desmoronamiento de sus caducas estructuras feudales y atestigua la caída violenta de su monarquía. Las razones eran naturales y por mucho evidentes.

Legalmente, la sociedad francesa estaba constituida como una monarquía absoluta, encarnada en un rey por “derecho divino”, y un Estado fuertemente centralizado que se sostenía en estamentos fundamentados sobre los privilegios y la desigualdad social donde los únicos beneficiados de este orden eran la nobleza y el clero, ambos poseedores de exenciones; frente a un tercer grupo que estaba constituido por burgueses, artesanos, campesinos y otros colectivos marginales que sumaban la inmensa mayoría. Sobre ese heterogéneo conjunto recaían los impuestos y cargas económicas en los que se sustentaba el Estado.

Pero a la altura de 1789 esta organización había quedado obsoleta, y el aparato administrativo y judicial no funcionaba correctamente. Para muchos se hacía necesaria una profunda reforma a la que, sin embargo, estaban poco dispuestos los estamentos privilegiados. La Ilustración subrayó esas contradicciones, las criticó y denunció, contribuyendo a socavar los cimientos sociales y políticos del Antiguo Régimen.
En esta acción destacaron las teorías de Montesquieu y Rousseau, fundamentadas en los principios de separación de poderes, soberanía nacional e igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Fue así como un 14 de julio de 1789 inicia en Francia un levantamiento que sentaría un precedente entre el mundo antiguo y el mundo moderno: la toma de la Bastilla daría inicio a la Revolución Francesa. Al poco tiempo, los pabellones borbónicos serían sustituidos por una bandera tricolor que, revestida con los colores de la ciudad de París (azul y rojo), y añadiendo el blanco real, ahora encarnaría las garantías que el pueblo libre abrazaba como derechos naturales frente al despotismo: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

 
Antes y después: Napoleón en el puente de Árcole por el Barón Gros, y como Emperador de los franceses, aquí representado en el Trono imperial de Francia, por Jean-Baptiste Ingres.

La Revolución Francesa fue la primera revolución política burguesa del continente europeo. Supuso la implantación del liberalismo, constituyó un golpe decisivo para el absolutismo monárquico y su sustitución por principios como la soberanía nacional, el reparto de poderes y el reconocimiento de las libertades individuales. El abuso del poder real y la tiranía de una nobleza decadente habían causado el estallido de la insurrección. No obstante, esta última traería otras reacciones de naturaleza tan enfrentada como desastrosa a su vez. Francia pasó del exceso del poder al exceso de la libertad que pronto derivó en anarquía y muerte con la instauración del periodo del Terror. No había salida alguna. Ni el presente ni el pasado aseguraban el porvenir: la revolución parecía destinada a tiranizar y devorar por igual al pueblo llano tanto como a sus propios hijos.

Los muy distintos intentos de gobierno que ejercieron el poder desde 1789 hasta 1800, pese a sus grandes errores y fracasos, contribuyeron en algo favorable: la integridad y la independencia de la Nación Francesa se mantuvo a pesar de los embates y amenazas de las potencias europeas que la circunvecindaban y la consideraban un foco de amenaza; el sistema feudal decadente que representaba el ancien régime quedó nulificado y los mejores principios de la Ilustración lograron encontrar amplia difusión en varios lugares. Sin embargo, las instituciones que garantizaran la salvaguarda de los principios y los intereses del pueblo aún estaban por hacerse.

El espíritu de la Libertad recién emanado de la Revolución, atemorizaba por igual a pueblos y soberanos. Pero el miedo habría de hallar su fin en cuanto este mismo espíritu, siguiendo a los batallones franceses, fue abrazado por un hombre que dotado de un genio militar, de un gran talento político natural y de un arrojo sin precedentes, vendría a forjar un nuevo mundo: Napoleón Bonaparte. La epopeya de una nueva era empezaría en la batalla de Árcole, siguiendo con paso acelerado hasta las campañas de Egipto y de vuelta a la Francia que esperaba ansiosa el regreso de aquél en quien el triunfo y la gloria parecían haber hallado su más fiel depositario.

Una vez en el poder por el apoyo del pueblo, Napoleón procedió rápidamente a la abolición de todas las leyes o estamentos arbitrarios; cicatrizó las heridas, recompensó el mérito junto con el valor personal y se ciñó los mejores ideales de la República, llevando a todos los franceses a unirse como pueblo por la elevación y la prosperidad de su Patria. Al hacer su aparición en el escenario, “comprendió que debía de representar ante los ojos de sus compatriotas tanto como a los ojos del resto del mundo el papel de ejecutor testamentario de los mejores principios de la Revolución y de la Ilustración” (1).

El legado napoleónico se materializó en varios planos: en el plano político-social y militar supuso la extensión de las formas revolucionarias, de las libertades civiles (consagradas en el Código Civil de 1804) y la quiebra definitiva de las estructuras feudales. Esa labor se concretó con el nacimiento de una serie de constituciones de signo liberal moderado como la Constitución de Bayona, el ascenso de la burguesía como nueva clase dominante frente a la nobleza y el clero, la introducción del Derecho moderno y la innovación de los ejércitos junto con la táctica militar. Sus realizaciones más notables se concretaron en la creación de una administración local de estructura centralizada, una organización judicial donde los jueces se convirtieron en funcionarios y la reestructuración del aparato burocrático. El corolario de esta política se decanto en su Código Civil que garantizaba la libertad individual, la igualdad ante la ley, la propiedad privada y la libertad económica.

El resultado fue la formación de un extenso imperio en Europa bajo el liderazgo de Francia, organizado y regido personalmente, a través de familiares o militares de confianza, con la colaboración de las clases ilustradas de los países conquistados, en los que se promulgaron constituciones y códigos similares al francés.

El nacionalismo también se vio reforzado. Frente a los vínculos personales en que se sustentaba la lealtad al señor feudal o la sumisión al monarca absoluto, se abrió camino a un nuevo tipo de relación: la del ciudadano libre dentro del marco del estado-nación que conformaba una unidad en torno a elementos comunes como la lengua, la cultura y la historia, donde los límites territoriales albergaban un Estado constituido por una colectividad claramente diferenciada de otras.

La Revolución Francesa intensificó este movimiento como medio de exaltación de la nación frente al absolutismo. Napoleón alentó los nacionalismos: en Italia criticó la presencia de los austriacos y ayudó a crear un reino autónomo en Nápoles bajo Murat. Este tipo de nacionalismo fue argumentado por la mayoría de los protagonistas de la unificación alemana, y a la postre, también sería enarbolado y adoptado en el caso de las naciones hispanoamericanas, y muy en particular el Imperio Mexicano al proclamar su Independencia de la vieja España.

No hay duda de que el Emperador contribuyó más que ningún hombre de su tiempo a apresurar el imperio de la Libertad y la Igualdad, preservando la influencia moral de la Revolución y disminuyendo los temores naturales que la misma podría inspirar. Sin el Consulado y el Imperio, esta hubiera sido simplemente un drama histórico y consecuente que habría dejado marca pero muy pocos frutos reales. Gracias a que Napoleón se erigió sólidamente es que la revolución sobrevivió y se propagó con vida por Europa y América.

Por ello fue que la transición entre la República y el Imperio aunado al restablecimiento del culto religioso, en vez de producir incertidumbre y desconfianza, asentó la paz y la seguridad puesto que correspondía tanto a las necesidades como al anhelo de las mayorías. De este modo vemos como nunca antes se introdujeron tan grandes cambios con tan poco esfuerzo.

En el caso de Napoleón, para proveer a esa falta de estabilidad y de continuidad nacional constantemente amenazada por los intereses de facción o por la vuelta al pasado, fue necesario instaurar un nuevo orden hereditario cuyo poder habría de basarse en el espíritu democrático. No extraña por lo tanto el que un hombre como el haya adquirido tan fácilmente su inmenso ascendente por dos razones: porque era necesario en el orden histórico consecuente y porque nadie como él representaba en su persona los más sanos principios del poder tanto como las mejores ideas de su tiempo. (2)

Los principios sobre los cuales se establecieron las leyes que rigieron al Imperio y a las naciones cubiertas por su manto eran los siguientes: la igualdad civil, en armonía primordial de los principios democráticos; y una jerarquía en armonía con los principios del orden y la estabilidad. Sólo el poder de la familia imperial constituía en ese entonces la única dignidad hereditaria, ningún otro puesto u oficio lo fue durante este periodo. Prevalecía la supremacía del mérito, el valor y la virtud personal, como atestigua la creación de la Orden de la Legión de Honor; de ahí que todos los oficios estaban plenamente al alcance de los ciudadanos sin excepción alguna.

 
La instauración y el reconocimiento de una nueva nobleza fundamentada en el valor, el mérito y la virtud personales fueron obra de la inspiración napoleónica, adoptada por el emperador Agustín I y el Imperio mexicano: La Orden de la Legión de Honor y la Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe; su divisa: Religión, Independencia, Unión.

Si analizamos el espíritu de las leyes que emanaron de la mano de un solo hombre, en un tiempo en que las diferencias eran dirimidas aún por el espíritu de facción más que por la justicia, cuando aún el resto del mundo conocido constituía en sí una amenaza para los principios de la Libertad y la Igualdad, Napoleón proyectaba el establecimiento de un sistema plural, antecesor de nuestras democracias contemporáneas, fundamentado en instituciones efectivas y permanentes, como mejor garantía para las generaciones futuras.

La implantación del sistema napoleónico más allá de Francia consistió en convocar la participación del poder eclesiástico, las magistraturas, las administraciones provinciales, municipales, industriales, académicas, comerciales y hasta militares, de manera que todas las clases que conformaban en sí la sociedad según el caso, se vieran plenamente representadas. (3)

Así pues, la política napoleónica aseguraba la primacía del bien común por sobre los intereses individuales y las ambiciones de facción, fundamentados todos bajo un mismo espíritu que muy pronto hallaría eco en la mentalidad de los pueblos hispanoamericanos en su lucha por la Libertad.


EL OCASO DEL IMPERIO ESPAÑOL

La gloria de Europa se ha extinguido para siempre
Edmund Burke.


Frente al auge de la Francia bajo el Imperio Napoleónico se contrapone en Europa el ocaso del Imperio Español, drama histórico que también habría de constituirse en la causa principal de la Independencia de México y del resto de América. Hay quienes coinciden en fechar este suceso a partir del reinado de Felipe IV, quien empieza a padecer derrotas militares lo mismo que la pérdida de influencia en su propio territorio tras la separación del reino de Portugal. Sin embargo, aún los historiadores más reacios coinciden en señalar que el eclipse del otrora gran imperio donde nunca se ponía el sol, empieza con la implantación de una nueva dinastía: los Borbones.

En la primera imagen, el último de los Austria, Carlos IIEl hechizado(1665-1700), frente al despotismo sin lustre (retratos siguientes): los Borbones Carlos II (1665-1700), Carlos III (1716–1788), Carlos IV (1748-1819), y Fernando VII (1784-1833).

Tras la muerte de Carlos II “El hechizado” se cierra el capítulo glorioso de la Casa de los Habsburgo españoles. Por cambios de último momento, la designación testamentaria para la sucesión del reino hispano recae en el Duque de Anjou, a la postre conocido como Felipe V de Borbón, nieto de Luís XIV y primero de dicha dinastía en gobernar ambos mundos. Desde principios del siglo XVII hasta la mitad del mismo, el Imperio Español, salvo sus victorias en el reino de Nápoles, se mantendría en una especie de estatismo frente a sus colonias americanas, mismas que empezarían a dar frutos en las ciencias, en la producción y en las artes para el resto del mundo, patentizando a su vez la gestación de lo que a la postre sería un espíritu propio de identidad frente al español peninsular aún por parte del criollo o español nacido en América. A pesar de que ya eran ciertas diferencias en cuanto a los privilegios que los españoles gozaban frente a los criollos, la situación se haría más grave tras la muerte sin descendencia de Fernando VI, primogénito de Felipe V, y la asunción al trono de su hermanastro: Carlos VII, rey de Nápoles, y ahora rey de España e Indias bajo el nombre de Carlos III.

Después vendrían las mal llamadas “reformas borbónicas” de origen masónico, impulsadas tan desatinadamente por Carlos III y sus ministros no españoles. Dichas reformas restringían económica y socialmente a las colonias americanas, imponiéndoles restricciones productivas y sobrecargas frente a los nativos de la España peninsular. Dichas medidas no fueron bien acogidas, y en algunos casos no se aplicaron, pero generaron desconfianza y recelo entre los súbditos novohispanos porque en ellas resentían cierta injusticia. Pero lo anterior sería solo el preludio de lo porvenir.

La actitud del rey y sus ministros, lejos de enmendarse, habría de empeorar en la Nueva España y el resto de las colonias tras la desafortunada designación de José de Gálvez como Ministro de Indias. Gálvez, como visitador y como ministro, demostró no solo una gran ignorancia respecto a la importancia que representaba el Nuevo Mundo, y más en particular la Nueva España, como principal sostén e impulso del Imperio Español a ambos lados del mar; también manifestó un sumo desprecio hacia quienes habitaban y constituían su población. No extrañe que desde 1765 implantó la política de impedir que los criollos y los mestizos ocuparan puestos importantes en el gobierno virreinal.

Otro de los peores agravios infligidos por Gálvez y los Borbones fue la expulsión de los jesuitas y la supresión de la Compañía de Jesús del resto del Imperio.
Esta medida causó grandes daños y descontento en la población, pues no solo se le desproveía de los auxilios morales y espirituales: también se perdía el noventa por ciento de los educadores de la Nueva España y quedaban abandonadas las misiones tanto como los grandes progresos civilizadores que ya se habían logrado entre los indios bárbaros en las lejanas Provincias Internas y de Oriente.

El bando del entonces virrey Marqués de Croix por el que se ejecutaba la real pragmática de Carlos III no sólo afligió a los novohispanos, también los agravió: “De una vez por venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España que nacieron para callar y obedecer, y no para discutir ni opinar en los asuntos del gobierno”. (4)

Don José de Gálvez y Gallardo (1720-1787)
Marqués de Sonora, ministro y esbirro de Carlos III, enemigo natural de la América Española.

Para finales del siglo XVIII la situación general en las colonias era de inquietud. Diversos factores convergían en una situación que prepararía la guerra de independencia. Tres distintos observadores, especialmente lúcidos, plasmaron su visión en escritos diferentes durante este periodo crítico. En 1783 el Conde de Aranda, embajador de España en Francia, escribió al rey un informe secreto sobre la situación en las colonias después de la independencia norteamericana. Vislumbraba que el aparato político estaba desgastado y que era urgente una radical reforma política si no se quería que España perdiera de manera definitiva su soberanía sobre sus posiciones. También vaticinó que los Estados Unidos se convertirían en una amenaza para el mundo hispánico y en concreto para México.

En 1799 Monseñor Abad y Queipo, obispo de Valladolid, dirigió un informe al rey sobre la situación en Nueva España. Hacía gran hincapié en la abrumadora desigualdad social y económica; hacia notar que urgía una reforma social que hiciera algo por los desposeídos o se seguiría incubando el odio de castas. Por último, en 1806 el barón Alexander Von Humboldt terminó de recopilar los datos para escribir su monumental Ensayo Político sobre el reino de la Nueva España. Aunque se publicó casi quince años después, el diagnóstico fue exacto: México era el país de las grandes desigualdades económicas y de las grandes oportunidades, pero era necesaria una reforma económica que pusiera la bonanza al alcance de la mayoría.

 
Nobles visionarios a favor de la América Española: El Barón Alexander von Humboldt (1769-1859) y el Conde de Aranda (1719-1798).

El primer informe fue descartado por alarmista. El segundo fue atendido pero finalmente nunca se hizo nada concreto. En cuanto al libro de Humboldt, salió a la venta cuando ya México era virtualmente independiente y sólo sirvió para que las potencias se fijaran en el país como apetecible botín. En resumen, el crecimiento económico del siglo XVIII, la desigualdad en la distribución de la riqueza y la inflexibilidad política del régimen causaron que los criollos buscaran sustituir a los peninsulares en el disfrute de los bienes del extenso territorio novohispano, tal y como señala David Brading (5). Como reacción lógica contra el absolutismo borbónico, surgió incontenible en toda la Nueva España lo que se ha dado en llamar el Nacionalismo Criollo, antecesor directo del nacionalismo mexicano. Este nacionalismo tenía como característica un fuerte amor por el territorio novohispano y por su gente, matizado por un espíritu de liberalismo intelectual y económico de carácter autonomista.

Para 1788 la situación empezaría a evidenciar su derrumbe. Carlos IV asume el trono como un monarca débil y más falto de luces que su padre, tanto que permitiría que un advenedizo guardia de corps, Manuel Godoy, amante de su esposa, fuera quien tomara las riendas del poder. Durante su periodo España terminó en una posición desventajosa entre Inglaterra por un lado y la Revolución Francesa y Napoleón por el otro. El resultado de sus políticas fue inevitable: una guerra con Francia y otra con Inglaterra, ambas ruinosas para el reino. Carlos cedió a Inglaterra la isla de Trinidad y perdió la famosa batalla de Trafalgar el 21 de octubre de 1805, en la que el Almirante Nelson arruinó la flota de España y la de Francia.

 
La decadencia borbónica: Manuel Godoy Álvarez de Faría (1767-1851), Príncipe de la Paz”, Ministro principal del rey Carlos III y amante de la mujer de éste último, la reina María Luisa de Parma (1751-1819).

Mientras esto sucedía, la guerra entre Francia y Portugal le ofreció a Napoleón la oportunidad inesperada de implantar los mejores ideales de la Revolución Francesa en suelo hispano tanto como en sus colonias de ultramar. El influjo napoleónico, que construía y moldeaba un poderoso imperio sobre los restos de la Revolución Francesa, añadido a otras circunstancias, desacreditó al mismo Carlos IV tanto como a la dinastía borbónica. Aún sus desavenencias familiares y la corrupción de Godoy y de su régimen, poco a poco fueron sabiéndose en México.

Cabe señalar que para el año de 1810 la Nueva España contaba con una población aproximada de de seis millones de habitantes: un millón de criollos, cuarenta mil españoles peninsulares, tres millones y medio de indios puros, un millón y medio de mestizos y poco menos de medio millón de negros. Para ese entonces ya era más que innegable el malestar general de la población nativa, cuyas causas eran bastantes: Los antiguos reyes y emperadores de la Casa de Austria en España, quienes conquistaron y civilizaron el Nuevo Mundo, siempre habían tratado a América, y en particular a México, como si se tratara de un reino o provincia de la misma España peninsular. Por el contrario, los Borbones, comenzando por Felipe V, desde 1699, la miraban como una colonia y como a tal la trataban.

 

INTERLUDIO: LA VOZ DEL CAPELLÁN DEL DIOS MARTE

Waterloo solo tuvo como efecto
hacer que el trabajo revolucionario continuara por otro lado

Víctor Hugo.

Para hablar de la Libertad como el ideal acariciado por los hombres de la América Española del siglo XIX, o incluso para hablar de la Independencia como emanación natural del espíritu napoleónico, es necesario sentar un precedente y mencionar a un personaje clave. Si un hombre ha de ser considerado el ideólogo de cabecera de Napoleón respecto a la idea de la Independencia de México e Hispanoamérica, tanto como de la necesidad de la misma, este hombre fue Dominique de Pradt.

Su interés por la suerte de las colonias y sobre su futuro potencial fue tan genuino como constante durante toda su vida; ni siquiera esperó a que Europa se interesara por el tema. Desde 1798 Pradt enunciaba en sus obras que las colonias son hijas de las metrópolis y por ello al crecer se emancipan, hecho que debe permitírseles si han llegado a la mayoría de edad.

Tras la publicación de su obra Les trois âges des colonies ou leurs états passé, présent et à venir en 1802, este clérigo de linaje noble llegó a influir en Napoleón y en la mentalidad de su tiempo, traspasando fronteras y mares con sus análisis concienzudos entorno a la suerte de las Américas como naciones independientes y sobre el futuro promisorio que las mismas ofrecerían como tales a Francia y al mundo entero. Al Emperador le simpatizó profundamente la viveza del abate, tanto que decidió nombrarlo su capellán, a quien llamaba “mon petit aumônier” (mi pequeño capellán); y el abate le correspondía auto nombrándose “aumônier du dieu Mars” (capellán del dios Marte) (6).

El capellán del dios Marte: el abate Dominique de Pradt  (1759-1837), precediendo a Francisco Primo Verdad y Ramos (1760-1808), y al virrey José de Iturrigaray y Aróstegui (1742-1815), precursores de la Independencia mexicana.

Uno de los hechos de más interés en la vida del abate fue su participación en las negociaciones de Bayona. El mismo Pradt cuenta en sus Mémoires historiques sur la révolution d’Espagne (1816) que estando en Poitiers lo sorprendió la orden del Emperador para que lo siguiera a Bayona. Afirma que su misión consistió en convencer al Príncipe de Asturias para que abdicara a favor de su padre, y que incluso llegó a sugerir a Napoleón el nombramiento de Fernando VII como emperador de la Nueva España para estimular la Independencia de las colonias.

En lo anterior podemos ver claramente la influencia del abate en Napoleón y el influjo del espíritu napoleónico en la obra del mismo como también se hacen presentes las ideas de Montesquieu en ambos. El autor de El espíritu de las leyes llegó a enunciar que la Independencia de las colonias españolas estaba en el curso inevitable de los acontecimientos. Las Indias y España “son dos potencias que gobierna un mismo soberano, pero las Indias son lo principal mientras España lo accesorio. En vano pretenderá la política subordinar lo principal a lo secundario: no es España la que atrae a las Indias, que son las Indias las que atraen a España” (7).

La lectura de las obras del abate por parte de los caudillos americanos más ilustrados como Iturbide, Bolívar, San Martín y Pueyrredón nos indica la importancia que para los patriotas significaba el contar con un aliado y un defensor de su causa nada menos que en la propia Europa. Gracias al espíritu napoleónico y a la presencia ideológica de Pradt, nuestros libertadores se sienten comprendidos y legitimados ante el resto del mundo.

Una idea preponderante entre sus obras es la fe en las constituciones y en la necesidad de instituciones para que el hombre obre y se desarrolle óptimamente. Para Pradt es evidente que España no posee medio alguno para retener sus colonias americanas, ya que se ha convertido en una madre que “extermina a un tiempo en esta lucha… a sus hijos de América por los de Europa… en un solo acto de suicidio y parricidio” (8).

 
Ávidos lectores de Pradt, admiradores de Napoleón I y amigos libertadores: Simón Bolívar y Agustín de Iturbide en 1821.

Una vez conquistada la Independencia de los nuevos países preocupaba a Pradt, lo mismo que a Napoleón, la incapacidad de los americanos para gobernarse, misma que puede derivar en anarquía o una nueva esclavitud tan oprobiosa como la colonial si no se asisten de la experiencia y de las instituciones europeas: “Unos querrán monarquía, otros república, otros jefes absolutos: qué multitud de cosas, cuánta confusión, cuanta sangre y desgracias antes que un arreglo bien cimentado llegue a terminar con todas las dificultades… al exceso de opresión sucede muchas veces, tal vez siempre, el de la libertad y al despotismo de uno el despotismo de todos, que es el peor de todos los despotismos” (9).

Es innegable que por la influencia que ejerció en Hispanoamérica el abate francés, como consejero de Napoleón, también fue un visionario, un precursor y “el profeta” de la emancipación para muchos americanos ilustres. Vemos como Bolívar entabló relaciones cordiales por correspondencia con él; como Chile, el Río de la Plata, la Gran Colombia y otros países lo conocieron y estimaron como un defensor de su causa en suelo europeo y como hombre poseedor del “fuego sagrado” que tanto elogiaba el Emperador.

Sin embargo, fue en México, en el antiguo Virreinato de la Nueva España en donde se puede afirmar con plenitud que se realizaron los designios propios del espíritu napoleónico, y por consiguiente, el pensamiento pradtiano, como reconocía fray Servando Teresa Mier: “En agosto de 1821 el virrey O’Donojú y Agustín de Iturbide firmaron los Tratados de Córdoba. En este nuevo documento se trató, según reza el preámbulo, de desatar sin romper los vínculos que unieron a España y América. Se reconocía la independencia absoluta; el gobierno sería monárquico, constitucional moderado, y se llamaría a Fernando para ocupar el trono. Pradt triunfaba”. (10)

 

EL MOMENTO HISTÓRICO

Fernando, con toda su furia, intentará mantener su cetro,
pero una de estas mañanas, se le escapará de las manos como una anguila
”.
Napoleón.

El Imperio Mexicano
Escudo sobre fondo de motivos alegóricos

La épica que iniciaría con el proceso de la Independencia mexicana fue el reflejo de todos los conflictos y proyectos subyacentes que subsistían en el Viejo Mundo, fundamentalmente, la pugna entre el liberalismo y el absolutismo. Es evidente que el legado del emperador francés, las ideas de Montesquieu y los ideólogos de la Ilustración permearon en el Virreinato a través de las noticias y los libros que eran bien recibidos por criollos y mestizos. Sin embargo, se ha hecho notar que el pensamiento antirreligioso de la Revolución Francesa no fue admitido por los caudillos hispanoamericanos de la independencia, quienes solo adoptaron las ideas políticas. A lo anterior habría que agregar el hecho de la aportación que representó la tradición cristiana-católica y española en el sentido de las ideas fundamentales para la formación de los criterios políticos tales como la igualdad esencial de los seres humanos, la creencia de que cada persona es libre y que su vida no está fatalmente predeterminada, entre muchas otras.

Sin embargo, los males que amenazaban al pueblo mexicano en sus intereses elevados, más morales que materiales, también hicieron temer a la Iglesia. De aquí que los pensadores fueron viendo claramente que la separación de España era el único medio de librarnos de ellos, pues se hallaba la Metrópoli desde principios del siglo XIX en un estado propio de decrepitud tan evidente en los escándalos y abusos en que incurrían la familia real española junto con Godoy, a la par de la corrupción y el descrédito del gobierno real al interior de la misma España y ante los ojos del mundo.

Precisamente porque sacerdotes ilustrados tomaban parte en las juntas donde se discutían los proyectos de emancipación, estos se estrellaban con un obstáculo de orden moral: la rebelión contra la autoridad legítima de los reyes de España, rebelión que suponían necesaria para la única clase de independencia eficaz. Esta cuestión quedaba expresa en el principio de que el rey, como príncipe cristiano que era, “puede obligar á sus súbditos infieles á la observancia de la ley natural” (11). Por suerte, este punto vino a resolverse solo con el transcurso de los acontecimientos, justo cuando y por donde menos se esperaba: por haber dejado de existir la Corona de España.

La descomposición monárquica española está llegando al máximo y las esperanzas nacionalistas se ponen en el príncipe de Asturias. En octubre de 1807 Carlos IV descubre elementos de una conjura y ordena la detención de su hijo. Fernando, acusado de proyectar la muerte de su padre y de haber pedido ayuda a Napoleón, dando pruebas de la bajeza que confirmará su reinado, denuncia a todos sus compañeros de conspiración: incluso a su difunta esposa. El rey perdona a su hijo y en medio de una farsa de juicio, se absuelve a todos los procesados.

Religión, Yndependencia y Unión: Las Tres Garantías del Plan de Iguala, que representan nuestra nacionalidad, hermanadas en esencia con la Francia Napoleónica en 1821. De izquierda a derecha: Pabellón de las Tres Garantías; Águila Imperial de México; Armas del Primer Imperio de México; Águila Imperial de Francia.