Armas del Emperador Napoleón I.
Honneur et Patrie
Texto en castellano.
EL CAMINO HACIA LA LIBERTAD
Texte en Français.
English version.
La influencia de Napoleón I en la independencia de México
Por el E.S. ENRIQUE F. SADA SANDOVAL
Caballero de la Real Orden de San Miguel del Ala

Ensayo laureado del II Premio Memorial Conde de Las Cases
Ciudad de México, del 2 al 31 de diciembre de 2007.
Instituto Napoleónico México-Francia.
INMF
Instituto Napoleónico México-Francia ©
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
E.S. Enrique F. Sada Sandoval
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Edición Año
TÍTULO DEL ENSAYO
NOMBRE DEL AUTOR ORIGEN FOTO PUNTOS % Evaluación más recurrente.
II 2007 El camino hacia la libertad E.S. Enrique Sada Sandoval  Torreón, Coahuila; México- Premio Memorial Conde de las Cases, México. E.S. Lic. Enrique F. Sada Sandoval. 107 (/128) 83,5 Trabajo destacado, vale 3 puntos.
Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador del INMF.

PRESENTACIÓN
Por el Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado
De la Academia Nacional de Historia y Geografía (UNAM)
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia
Fundador del Premio Memorial Conde de Las Cases

Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe.
« Los pueblos que no reconocen a sus verdaderos bienhechores no son dignos de ser libres, ni lo serán jamás ». Simón Bolívar.

Es para nosotros un honor presentar el siguiente escrito, ensayo laureado de nuestro II Premio Memorial Conde de Las Cases, en su 2ª edición 2007.
Congratulada unánimemente por el jurado internacional, esta valiosa disertación, El Camino hacia la Libertad, reviste por supuesto un interés particular en cuanto a su contenido literal e intrínseco, pero también, sin duda, un valor muy especial al ser señalado en un momento histórico de gran importancia para México, cuando se inician oficialmente los preparativos para la conmemoración del Bicentenario del inicio de la lucha por la Independencia de nuestro país, a celebrarse en 2010.
En este contexto señero, y de cara a la por desgracia inevitable avanzada de desmemoria oficialista que se avecina ineludiblemente, nos parece de particular necesidad, por una parte, aprovechar la coyuntura de estas celebraciones para recalcar firmemente la poderosa influencia que ejercieron el legado napoleónico, y a través de él el ascendiente beneficioso de la generosa Francia, en los hombres y en los eventos que a la larga consumaron nuestra Independencia en 1821, y que dieron origen a nuestro país como nación libre y soberana. Por otro lado, y principalmente, nos es preciso afianzar y reivindicar la gloriosa memoria e imperecedero legado de S.M.I. Don Agustín I, Emperador y libertador de nuestra Patria, objetivo que nuestro texto –estamos convencidos de ello– contribuye brillantemente a alcanzar.
En efecto, hoy cuando nuestro país atraviesa por momentos de una fuerte crisis identitaria, presa de los asaltos continuos de modelos culturales y sociales extranjeros que cuestionan nuestros valores y tradiciones esenciales, resulta primordial esclarecer y difundir la historia escamoteada de nuestro libertador y primer monarca, cuya memoria ha sido enturbiada y mancillada a través de tantas décadas de desinformación, calumnias e iniquidades. En esta labor capital para la recuperación y revivificación de esta parte fundamental de nuestro patrimonio e identidad nacionales, la limpidez histórica, el análisis académico, pero ante todo la expresión libre, son nuestras más sólidas bases en pro de la reivindicación de la Patria a través de la justa retribución de una deuda de honor que todos los mexicanos tenemos para con la memoria del Padre y manumisor de nuestra nación.
Asimismo, gracias a esta unión renovada, y por encima de las ideologías sectarias y divisiones partidistas que sólo han desgarrado a nuestro país durante dos centurias, se podrá cimentar la reconciliación de nuestro pueblo con su pasado más glorioso, un legado y una tradición siempre vivas y hoy encarnadas en la ilustre persona de S.A.I. el Conde Don Maximiliano de Götzen-Iturbide, Príncipe Imperial de México.
Dicho esto, cedamos el paso a nuestro autor no sin antes evocar, puesto que así lo exigen la verdad y la justicia, las últimas palabras que el héroe de Iguala plasmara en sus memorias
: «Cuando instruyáis a vuestros hijos en la historia de la Patria, inspiradles amor por el jefe del Ejército Trigarante (...) quien empleó el mejor tiempo de su vida para que fueseis dichosos».

S.M.I. Don Agustín I
Por la Divina Providencia, Emperador Constitucional de México.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

INTRODUCCIÓN
Armas del Primer Imperio de México

Como ésta es la historia de muchos espíritus de nuestro tiempo,
creemos útil seguir todas sus fases, paso a paso
”.
Víctor Hugo.

El siglo XIX, Siglo de las Luces, visto desde el enfoque de la perspectiva histórica y social, bien puede definirse como el parteaguas que marca el nacimiento de la Edad Moderna. Grandes épicas y sueños resonaron desde un extremo del mundo hasta alcanzar el otro, en mayor o menor medida, ya a través de la pluma, de la espada o del cañón.

Nuevas ideas se gestaron para dar a luz a nuevos hombres, y grandes hombres empuñaron las mismas como una bandera propia, ofrendando su paz y hasta su vida porque estas pudieran traducirse en obra palpable, cuando no perfecta, para uso y goce de presentes y futuros, de propios y aún hasta de extraños.

La Libertad, como la fuente de donde emanan los más nobles principios, se erige soberana, y muy pronto se convierte en el estandarte de aquellas almas pródigas que a pesar de las limitantes propias de su espacio lograron vislumbrar entre la noche de los tiempos un grande y nuevo resplandor.

Lo anterior no es fortuito ni es ajeno a la naturaleza. Cada época se traduce a su vez en una serie de eventos tan finamente eslabonados en donde un escalón precede en orden al siguiente: cada gran paso viene a determinar el próximo, y aún más: por una curiosa subversión, (subversión tan solo en apariencia) cada paso que se da hacia adelante en aras del progreso de las naciones tanto como en el devenir de los pueblos, viene a justificar precisamente toda huella que le antecede para brindarle por igual una mayor plenitud y realce al gran peldaño que le sigue. Así se hace la Historia.

Los hombres son hijos de su tiempo, esta es una verdad irrefutable. Pero a menudo, quienes creen en este axioma suelen olvidar otra verdad tan grande como inseparable de la misma: hay hombres que engendran nuevos tiempos, y en efecto es uno de ellos quien da pie a la realización de este ensayo.

Vencedor, restaurador, reformador y artífice. Genio singular en la palabra tanto como en la acción, estás breves páginas emergen dedicadas a un gran hombre y a su influencia tan viva como palpable en el espíritu de Europa y de América.

S.M.I. el Emperador Don Agustín I de México (1773-1824)

En el Viejo Mundo, levantó a la Nación Francesa sobre los escombros del Antiguo Régimen, revistiéndola con un esplendor que en su momento y aún en día nos resulta increíble. Su mano fue todavía más prodiga, pues no solo se ocupó del engrandecimiento de su Patria sino que alcanzó a las naciones que la hermanaban, plasmando en ellas esa grandeza y noble espíritu que hoy por hoy define a la Europa que conocemos. Creador de instituciones inspiradas en el Siglo de las Luces, tan vigentes aún como lo fueron ayer, vemos que sus triunfos no solo se limitaron al campo del honor y la batalla: también tocaron las artes, las ciencias y el pensamiento de varias generaciones.

En América, en nuestra América, su voz halló eco fértil en la gesta libertaria de los pueblos que después de trescientos años sin el libre uso de la palabra, habían forjado una identidad que por su naturaleza misma requería de autonomía e igualdad para todos los hijos de su suelo. Su imagen y su gloria encontraron también un digno espejo en el corazón de aquellos grandes hombres (Iturbide, Bolívar, San Martín) que por el amor y la gloria de su patria, desafiando al mundo entero, emprendieron heroicamente la lucha por la Independencia, arrollando obstáculos casi insuperables.

En efecto, él forma parte de aquellos pocos gigantes a quienes debemos el mundo moderno tal y como lo conocemos. La sola evocación de su nombre nos define tanto su obra como su persona: Napoleón. I

Quisiera dedicar este esfuerzo a la memoria del genio tutelar de la Nación Francesa quien, dotado de alas de águila, ahora habita en las regiones inmarcesibles; lo mismo que al Libertador de la Nación Mexicana: Don Agustín I de Iturbide.

Dedico también estás páginas a la memoria del Dr. Enrique “Henri” Sada Quiroga, mexicano condecorado con la Médaille de Bronze de la Reconnaissance Française en 1947, quien sin duda inspirado en el gran hombre de Austerlitz y movido por su amor a la Libertad, se unió al esfuerzo de muchos hombres de su tiempo para romper el yugo de la usurpación y la tiranía que laceraba el corazón y la grandeza del pueblo francés durante la ocupación alemana. A él se elevan también, estas palabras.

Torreón, Coahuila-México, D.F.

A 18 de mayo del 2007, en el 203 aniversario
de la proclamación imperial al trono de Francia;
y en el 185 aniversario de la proclamación imperial
al trono de México
.

Placa de la Orden  Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe.

 

LA ERA NAPOLEÓNICA: EUROPA EN LOS ALBORES DEL SIGLO XIX

Quiero que vuestros descendientes conserven mi recuerdo
y digan: es el regenerador de nuestra patria

Napoleón.

Napoleón cruzando los Alpes
Óleo de Jacques-Louis David. Primera versión de Versalles (detalle).

El último tercio del siglo XVIII y el primero del XIX fueron testigos del fin del Antiguo Régimen y de la transición a la edad moderna. Las revoluciones políticas que tuvieron lugar durante ese período terminaron con el absolutismo y lo sustituyeron por nuevas formas orgánicas de gobierno basadas en la igualdad ante la ley, la democracia y la libertad individual. Francia es el ejemplo más claro de la supresión de los modelos ancestrales: asiste al desmoronamiento de sus caducas estructuras feudales y atestigua la caída violenta de su monarquía. Las razones eran naturales y por mucho evidentes.

Legalmente, la sociedad francesa estaba constituida como una monarquía absoluta, encarnada en un rey por “derecho divino”, y un Estado fuertemente centralizado que se sostenía en estamentos fundamentados sobre los privilegios y la desigualdad social donde los únicos beneficiados de este orden eran la nobleza y el clero, ambos poseedores de exenciones; frente a un tercer grupo que estaba constituido por burgueses, artesanos, campesinos y otros colectivos marginales que sumaban la inmensa mayoría. Sobre ese heterogéneo conjunto recaían los impuestos y cargas económicas en los que se sustentaba el Estado.

Pero a la altura de 1789 esta organización había quedado obsoleta, y el aparato administrativo y judicial no funcionaba correctamente. Para muchos se hacía necesaria una profunda reforma a la que, sin embargo, estaban poco dispuestos los estamentos privilegiados. La Ilustración subrayó esas contradicciones, las criticó y denunció, contribuyendo a socavar los cimientos sociales y políticos del Antiguo Régimen.
En esta acción destacaron las teorías de Montesquieu y Rousseau, fundamentadas en los principios de separación de poderes, soberanía nacional e igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Fue así como un 14 de julio de 1789 inicia en Francia un levantamiento que sentaría un precedente entre el mundo antiguo y el mundo moderno: la toma de la Bastilla daría inicio a la Revolución Francesa. Al poco tiempo, los pabellones borbónicos serían sustituidos por una bandera tricolor que, revestida con los colores de la ciudad de París (azul y rojo), y añadiendo el blanco real, ahora encarnaría las garantías que el pueblo libre abrazaba como derechos naturales frente al despotismo: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

 
Antes y después: Napoleón en el puente de Árcole por el Barón Gros, y como Emperador de los franceses, aquí representado en el Trono imperial de Francia, por Jean-Baptiste Ingres.

La Revolución Francesa fue la primera revolución política burguesa del continente europeo. Supuso la implantación del liberalismo, constituyó un golpe decisivo para el absolutismo monárquico y su sustitución por principios como la soberanía nacional, el reparto de poderes y el reconocimiento de las libertades individuales. El abuso del poder real y la tiranía de una nobleza decadente habían causado el estallido de la insurrección. No obstante, esta última traería otras reacciones de naturaleza tan enfrentada como desastrosa a su vez. Francia pasó del exceso del poder al exceso de la libertad que pronto derivó en anarquía y muerte con la instauración del periodo del Terror. No había salida alguna. Ni el presente ni el pasado aseguraban el porvenir: la revolución parecía destinada a tiranizar y devorar por igual al pueblo llano tanto como a sus propios hijos.

Los muy distintos intentos de gobierno que ejercieron el poder desde 1789 hasta 1800, pese a sus grandes errores y fracasos, contribuyeron en algo favorable: la integridad y la independencia de la Nación Francesa se mantuvo a pesar de los embates y amenazas de las potencias europeas que la circunvecindaban y la consideraban un foco de amenaza; el sistema feudal decadente que representaba el ancien régime quedó nulificado y los mejores principios de la Ilustración lograron encontrar amplia difusión en varios lugares. Sin embargo, las instituciones que garantizaran la salvaguarda de los principios y los intereses del pueblo aún estaban por hacerse.

El espíritu de la Libertad recién emanado de la Revolución, atemorizaba por igual a pueblos y soberanos. Pero el miedo habría de hallar su fin en cuanto este mismo espíritu, siguiendo a los batallones franceses, fue abrazado por un hombre que dotado de un genio militar, de un gran talento político natural y de un arrojo sin precedentes, vendría a forjar un nuevo mundo: Napoleón Bonaparte. La epopeya de una nueva era empezaría en la batalla de Árcole, siguiendo con paso acelerado hasta las campañas de Egipto y de vuelta a la Francia que esperaba ansiosa el regreso de aquél en quien el triunfo y la gloria parecían haber hallado su más fiel depositario.

Una vez en el poder por el apoyo del pueblo, Napoleón procedió rápidamente a la abolición de todas las leyes o estamentos arbitrarios; cicatrizó las heridas, recompensó el mérito junto con el valor personal y se ciñó los mejores ideales de la República, llevando a todos los franceses a unirse como pueblo por la elevación y la prosperidad de su Patria. Al hacer su aparición en el escenario, “comprendió que debía de representar ante los ojos de sus compatriotas tanto como a los ojos del resto del mundo el papel de ejecutor testamentario de los mejores principios de la Revolución y de la Ilustración” (1).

El legado napoleónico se materializó en varios planos: en el plano político-social y militar supuso la extensión de las formas revolucionarias, de las libertades civiles (consagradas en el Código Civil de 1804) y la quiebra definitiva de las estructuras feudales. Esa labor se concretó con el nacimiento de una serie de constituciones de signo liberal moderado como la Constitución de Bayona, el ascenso de la burguesía como nueva clase dominante frente a la nobleza y el clero, la introducción del Derecho moderno y la innovación de los ejércitos junto con la táctica militar. Sus realizaciones más notables se concretaron en la creación de una administración local de estructura centralizada, una organización judicial donde los jueces se convirtieron en funcionarios y la reestructuración del aparato burocrático. El corolario de esta política se decanto en su Código Civil que garantizaba la libertad individual, la igualdad ante la ley, la propiedad privada y la libertad económica.

El resultado fue la formación de un extenso imperio en Europa bajo el liderazgo de Francia, organizado y regido personalmente, a través de familiares o militares de confianza, con la colaboración de las clases ilustradas de los países conquistados, en los que se promulgaron constituciones y códigos similares al francés.

El nacionalismo también se vio reforzado. Frente a los vínculos personales en que se sustentaba la lealtad al señor feudal o la sumisión al monarca absoluto, se abrió camino a un nuevo tipo de relación: la del ciudadano libre dentro del marco del estado-nación que conformaba una unidad en torno a elementos comunes como la lengua, la cultura y la historia, donde los límites territoriales albergaban un Estado constituido por una colectividad claramente diferenciada de otras.

La Revolución Francesa intensificó este movimiento como medio de exaltación de la nación frente al absolutismo. Napoleón alentó los nacionalismos: en Italia criticó la presencia de los austriacos y ayudó a crear un reino autónomo en Nápoles bajo Murat. Este tipo de nacionalismo fue argumentado por la mayoría de los protagonistas de la unificación alemana, y a la postre, también sería enarbolado y adoptado en el caso de las naciones hispanoamericanas, y muy en particular el Imperio Mexicano al proclamar su Independencia de la vieja España.

No hay duda de que el Emperador contribuyó más que ningún hombre de su tiempo a apresurar el imperio de la Libertad y la Igualdad, preservando la influencia moral de la Revolución y disminuyendo los temores naturales que la misma podría inspirar. Sin el Consulado y el Imperio, esta hubiera sido simplemente un drama histórico y consecuente que habría dejado marca pero muy pocos frutos reales. Gracias a que Napoleón se erigió sólidamente es que la revolución sobrevivió y se propagó con vida por Europa y América.

Por ello fue que la transición entre la República y el Imperio aunado al restablecimiento del culto religioso, en vez de producir incertidumbre y desconfianza, asentó la paz y la seguridad puesto que correspondía tanto a las necesidades como al anhelo de las mayorías. De este modo vemos como nunca antes se introdujeron tan grandes cambios con tan poco esfuerzo.

En el caso de Napoleón, para proveer a esa falta de estabilidad y de continuidad nacional constantemente amenazada por los intereses de facción o por la vuelta al pasado, fue necesario instaurar un nuevo orden hereditario cuyo poder habría de basarse en el espíritu democrático. No extraña por lo tanto el que un hombre como el haya adquirido tan fácilmente su inmenso ascendente por dos razones: porque era necesario en el orden histórico consecuente y porque nadie como él representaba en su persona los más sanos principios del poder tanto como las mejores ideas de su tiempo. (2)

Los principios sobre los cuales se establecieron las leyes que rigieron al Imperio y a las naciones cubiertas por su manto eran los siguientes: la igualdad civil, en armonía primordial de los principios democráticos; y una jerarquía en armonía con los principios del orden y la estabilidad. Sólo el poder de la familia imperial constituía en ese entonces la única dignidad hereditaria, ningún otro puesto u oficio lo fue durante este periodo. Prevalecía la supremacía del mérito, el valor y la virtud personal, como atestigua la creación de la Orden de la Legión de Honor; de ahí que todos los oficios estaban plenamente al alcance de los ciudadanos sin excepción alguna.

 
La instauración y el reconocimiento de una nueva nobleza fundamentada en el valor, el mérito y la virtud personales fueron obra de la inspiración napoleónica, adoptada por el emperador Agustín I y el Imperio mexicano: La Orden de la Legión de Honor y la Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe; su divisa: Religión, Independencia, Unión.

Si analizamos el espíritu de las leyes que emanaron de la mano de un solo hombre, en un tiempo en que las diferencias eran dirimidas aún por el espíritu de facción más que por la justicia, cuando aún el resto del mundo conocido constituía en sí una amenaza para los principios de la Libertad y la Igualdad, Napoleón proyectaba el establecimiento de un sistema plural, antecesor de nuestras democracias contemporáneas, fundamentado en instituciones efectivas y permanentes, como mejor garantía para las generaciones futuras.

La implantación del sistema napoleónico más allá de Francia consistió en convocar la participación del poder eclesiástico, las magistraturas, las administraciones provinciales, municipales, industriales, académicas, comerciales y hasta militares, de manera que todas las clases que conformaban en sí la sociedad según el caso, se vieran plenamente representadas. (3)

Así pues, la política napoleónica aseguraba la primacía del bien común por sobre los intereses individuales y las ambiciones de facción, fundamentados todos bajo un mismo espíritu que muy pronto hallaría eco en la mentalidad de los pueblos hispanoamericanos en su lucha por la Libertad.


EL OCASO DEL IMPERIO ESPAÑOL

La gloria de Europa se ha extinguido para siempre
Edmund Burke.


Frente al auge de la Francia bajo el Imperio Napoleónico se contrapone en Europa el ocaso del Imperio Español, drama histórico que también habría de constituirse en la causa principal de la Independencia de México y del resto de América. Hay quienes coinciden en fechar este suceso a partir del reinado de Felipe IV, quien empieza a padecer derrotas militares lo mismo que la pérdida de influencia en su propio territorio tras la separación del reino de Portugal. Sin embargo, aún los historiadores más reacios coinciden en señalar que el eclipse del otrora gran imperio donde nunca se ponía el sol, empieza con la implantación de una nueva dinastía: los Borbones.

En la primera imagen, el último de los Austria, Carlos IIEl hechizado(1665-1700), frente al despotismo sin lustre (retratos siguientes): los Borbones Carlos II (1665-1700), Carlos III (1716–1788), Carlos IV (1748-1819), y Fernando VII (1784-1833).

Tras la muerte de Carlos II “El hechizado” se cierra el capítulo glorioso de la Casa de los Habsburgo españoles. Por cambios de último momento, la designación testamentaria para la sucesión del reino hispano recae en el Duque de Anjou, a la postre conocido como Felipe V de Borbón, nieto de Luís XIV y primero de dicha dinastía en gobernar ambos mundos. Desde principios del siglo XVII hasta la mitad del mismo, el Imperio Español, salvo sus victorias en el reino de Nápoles, se mantendría en una especie de estatismo frente a sus colonias americanas, mismas que empezarían a dar frutos en las ciencias, en la producción y en las artes para el resto del mundo, patentizando a su vez la gestación de lo que a la postre sería un espíritu propio de identidad frente al español peninsular aún por parte del criollo o español nacido en América. A pesar de que ya eran ciertas diferencias en cuanto a los privilegios que los españoles gozaban frente a los criollos, la situación se haría más grave tras la muerte sin descendencia de Fernando VI, primogénito de Felipe V, y la asunción al trono de su hermanastro: Carlos VII, rey de Nápoles, y ahora rey de España e Indias bajo el nombre de Carlos III.

Después vendrían las mal llamadas “reformas borbónicas” de origen masónico, impulsadas tan desatinadamente por Carlos III y sus ministros no españoles. Dichas reformas restringían económica y socialmente a las colonias americanas, imponiéndoles restricciones productivas y sobrecargas frente a los nativos de la España peninsular. Dichas medidas no fueron bien acogidas, y en algunos casos no se aplicaron, pero generaron desconfianza y recelo entre los súbditos novohispanos porque en ellas resentían cierta injusticia. Pero lo anterior sería solo el preludio de lo porvenir.

La actitud del rey y sus ministros, lejos de enmendarse, habría de empeorar en la Nueva España y el resto de las colonias tras la desafortunada designación de José de Gálvez como Ministro de Indias. Gálvez, como visitador y como ministro, demostró no solo una gran ignorancia respecto a la importancia que representaba el Nuevo Mundo, y más en particular la Nueva España, como principal sostén e impulso del Imperio Español a ambos lados del mar; también manifestó un sumo desprecio hacia quienes habitaban y constituían su población. No extrañe que desde 1765 implantó la política de impedir que los criollos y los mestizos ocuparan puestos importantes en el gobierno virreinal.

Otro de los peores agravios infligidos por Gálvez y los Borbones fue la expulsión de los jesuitas y la supresión de la Compañía de Jesús del resto del Imperio.
Esta medida causó grandes daños y descontento en la población, pues no solo se le desproveía de los auxilios morales y espirituales: también se perdía el noventa por ciento de los educadores de la Nueva España y quedaban abandonadas las misiones tanto como los grandes progresos civilizadores que ya se habían logrado entre los indios bárbaros en las lejanas Provincias Internas y de Oriente.

El bando del entonces virrey Marqués de Croix por el que se ejecutaba la real pragmática de Carlos III no sólo afligió a los novohispanos, también los agravió: “De una vez por venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España que nacieron para callar y obedecer, y no para discutir ni opinar en los asuntos del gobierno”. (4)

Don José de Gálvez y Gallardo (1720-1787)
Marqués de Sonora, ministro y esbirro de Carlos III, enemigo natural de la América Española.

Para finales del siglo XVIII la situación general en las colonias era de inquietud. Diversos factores convergían en una situación que prepararía la guerra de independencia. Tres distintos observadores, especialmente lúcidos, plasmaron su visión en escritos diferentes durante este periodo crítico. En 1783 el Conde de Aranda, embajador de España en Francia, escribió al rey un informe secreto sobre la situación en las colonias después de la independencia norteamericana. Vislumbraba que el aparato político estaba desgastado y que era urgente una radical reforma política si no se quería que España perdiera de manera definitiva su soberanía sobre sus posiciones. También vaticinó que los Estados Unidos se convertirían en una amenaza para el mundo hispánico y en concreto para México.

En 1799 Monseñor Abad y Queipo, obispo de Valladolid, dirigió un informe al rey sobre la situación en Nueva España. Hacía gran hincapié en la abrumadora desigualdad social y económica; hacia notar que urgía una reforma social que hiciera algo por los desposeídos o se seguiría incubando el odio de castas. Por último, en 1806 el barón Alexander Von Humboldt terminó de recopilar los datos para escribir su monumental Ensayo Político sobre el reino de la Nueva España. Aunque se publicó casi quince años después, el diagnóstico fue exacto: México era el país de las grandes desigualdades económicas y de las grandes oportunidades, pero era necesaria una reforma económica que pusiera la bonanza al alcance de la mayoría.

 
Nobles visionarios a favor de la América Española: El Barón Alexander von Humboldt (1769-1859) y el Conde de Aranda (1719-1798).

El primer informe fue descartado por alarmista. El segundo fue atendido pero finalmente nunca se hizo nada concreto. En cuanto al libro de Humboldt, salió a la venta cuando ya México era virtualmente independiente y sólo sirvió para que las potencias se fijaran en el país como apetecible botín. En resumen, el crecimiento económico del siglo XVIII, la desigualdad en la distribución de la riqueza y la inflexibilidad política del régimen causaron que los criollos buscaran sustituir a los peninsulares en el disfrute de los bienes del extenso territorio novohispano, tal y como señala David Brading (5). Como reacción lógica contra el absolutismo borbónico, surgió incontenible en toda la Nueva España lo que se ha dado en llamar el Nacionalismo Criollo, antecesor directo del nacionalismo mexicano. Este nacionalismo tenía como característica un fuerte amor por el territorio novohispano y por su gente, matizado por un espíritu de liberalismo intelectual y económico de carácter autonomista.

Para 1788 la situación empezaría a evidenciar su derrumbe. Carlos IV asume el trono como un monarca débil y más falto de luces que su padre, tanto que permitiría que un advenedizo guardia de corps, Manuel Godoy, amante de su esposa, fuera quien tomara las riendas del poder. Durante su periodo España terminó en una posición desventajosa entre Inglaterra por un lado y la Revolución Francesa y Napoleón por el otro. El resultado de sus políticas fue inevitable: una guerra con Francia y otra con Inglaterra, ambas ruinosas para el reino. Carlos cedió a Inglaterra la isla de Trinidad y perdió la famosa batalla de Trafalgar el 21 de octubre de 1805, en la que el Almirante Nelson arruinó la flota de España y la de Francia.

 
La decadencia borbónica: Manuel Godoy Álvarez de Faría (1767-1851), Príncipe de la Paz”, Ministro principal del rey Carlos III y amante de la mujer de éste último, la reina María Luisa de Parma (1751-1819).

Mientras esto sucedía, la guerra entre Francia y Portugal le ofreció a Napoleón la oportunidad inesperada de implantar los mejores ideales de la Revolución Francesa en suelo hispano tanto como en sus colonias de ultramar. El influjo napoleónico, que construía y moldeaba un poderoso imperio sobre los restos de la Revolución Francesa, añadido a otras circunstancias, desacreditó al mismo Carlos IV tanto como a la dinastía borbónica. Aún sus desavenencias familiares y la corrupción de Godoy y de su régimen, poco a poco fueron sabiéndose en México.

Cabe señalar que para el año de 1810 la Nueva España contaba con una población aproximada de de seis millones de habitantes: un millón de criollos, cuarenta mil españoles peninsulares, tres millones y medio de indios puros, un millón y medio de mestizos y poco menos de medio millón de negros. Para ese entonces ya era más que innegable el malestar general de la población nativa, cuyas causas eran bastantes: Los antiguos reyes y emperadores de la Casa de Austria en España, quienes conquistaron y civilizaron el Nuevo Mundo, siempre habían tratado a América, y en particular a México, como si se tratara de un reino o provincia de la misma España peninsular. Por el contrario, los Borbones, comenzando por Felipe V, desde 1699, la miraban como una colonia y como a tal la trataban.

 

INTERLUDIO: LA VOZ DEL CAPELLÁN DEL DIOS MARTE

Waterloo solo tuvo como efecto
hacer que el trabajo revolucionario continuara por otro lado

Víctor Hugo.

Para hablar de la Libertad como el ideal acariciado por los hombres de la América Española del siglo XIX, o incluso para hablar de la Independencia como emanación natural del espíritu napoleónico, es necesario sentar un precedente y mencionar a un personaje clave. Si un hombre ha de ser considerado el ideólogo de cabecera de Napoleón respecto a la idea de la Independencia de México e Hispanoamérica, tanto como de la necesidad de la misma, este hombre fue Dominique de Pradt.

Su interés por la suerte de las colonias y sobre su futuro potencial fue tan genuino como constante durante toda su vida; ni siquiera esperó a que Europa se interesara por el tema. Desde 1798 Pradt enunciaba en sus obras que las colonias son hijas de las metrópolis y por ello al crecer se emancipan, hecho que debe permitírseles si han llegado a la mayoría de edad.

Tras la publicación de su obra Les trois âges des colonies ou leurs états passé, présent et à venir en 1802, este clérigo de linaje noble llegó a influir en Napoleón y en la mentalidad de su tiempo, traspasando fronteras y mares con sus análisis concienzudos entorno a la suerte de las Américas como naciones independientes y sobre el futuro promisorio que las mismas ofrecerían como tales a Francia y al mundo entero. Al Emperador le simpatizó profundamente la viveza del abate, tanto que decidió nombrarlo su capellán, a quien llamaba “mon petit aumônier” (mi pequeño capellán); y el abate le correspondía auto nombrándose “aumônier du dieu Mars” (capellán del dios Marte) (6).

El capellán del dios Marte: el abate Dominique de Pradt  (1759-1837), precediendo a Francisco Primo Verdad y Ramos (1760-1808), y al virrey José de Iturrigaray y Aróstegui (1742-1815), precursores de la Independencia mexicana.

Uno de los hechos de más interés en la vida del abate fue su participación en las negociaciones de Bayona. El mismo Pradt cuenta en sus Mémoires historiques sur la révolution d’Espagne (1816) que estando en Poitiers lo sorprendió la orden del Emperador para que lo siguiera a Bayona. Afirma que su misión consistió en convencer al Príncipe de Asturias para que abdicara a favor de su padre, y que incluso llegó a sugerir a Napoleón el nombramiento de Fernando VII como emperador de la Nueva España para estimular la Independencia de las colonias.

En lo anterior podemos ver claramente la influencia del abate en Napoleón y el influjo del espíritu napoleónico en la obra del mismo como también se hacen presentes las ideas de Montesquieu en ambos. El autor de El espíritu de las leyes llegó a enunciar que la Independencia de las colonias españolas estaba en el curso inevitable de los acontecimientos. Las Indias y España “son dos potencias que gobierna un mismo soberano, pero las Indias son lo principal mientras España lo accesorio. En vano pretenderá la política subordinar lo principal a lo secundario: no es España la que atrae a las Indias, que son las Indias las que atraen a España” (7).

La lectura de las obras del abate por parte de los caudillos americanos más ilustrados como Iturbide, Bolívar, San Martín y Pueyrredón nos indica la importancia que para los patriotas significaba el contar con un aliado y un defensor de su causa nada menos que en la propia Europa. Gracias al espíritu napoleónico y a la presencia ideológica de Pradt, nuestros libertadores se sienten comprendidos y legitimados ante el resto del mundo.

Una idea preponderante entre sus obras es la fe en las constituciones y en la necesidad de instituciones para que el hombre obre y se desarrolle óptimamente. Para Pradt es evidente que España no posee medio alguno para retener sus colonias americanas, ya que se ha convertido en una madre que “extermina a un tiempo en esta lucha… a sus hijos de América por los de Europa… en un solo acto de suicidio y parricidio” (8).

 
Ávidos lectores de Pradt, admiradores de Napoleón I y amigos libertadores: Simón Bolívar y Agustín de Iturbide en 1821.

Una vez conquistada la Independencia de los nuevos países preocupaba a Pradt, lo mismo que a Napoleón, la incapacidad de los americanos para gobernarse, misma que puede derivar en anarquía o una nueva esclavitud tan oprobiosa como la colonial si no se asisten de la experiencia y de las instituciones europeas: “Unos querrán monarquía, otros república, otros jefes absolutos: qué multitud de cosas, cuánta confusión, cuanta sangre y desgracias antes que un arreglo bien cimentado llegue a terminar con todas las dificultades… al exceso de opresión sucede muchas veces, tal vez siempre, el de la libertad y al despotismo de uno el despotismo de todos, que es el peor de todos los despotismos” (9).

Es innegable que por la influencia que ejerció en Hispanoamérica el abate francés, como consejero de Napoleón, también fue un visionario, un precursor y “el profeta” de la emancipación para muchos americanos ilustres. Vemos como Bolívar entabló relaciones cordiales por correspondencia con él; como Chile, el Río de la Plata, la Gran Colombia y otros países lo conocieron y estimaron como un defensor de su causa en suelo europeo y como hombre poseedor del “fuego sagrado” que tanto elogiaba el Emperador.

Sin embargo, fue en México, en el antiguo Virreinato de la Nueva España en donde se puede afirmar con plenitud que se realizaron los designios propios del espíritu napoleónico, y por consiguiente, el pensamiento pradtiano, como reconocía fray Servando Teresa Mier: “En agosto de 1821 el virrey O’Donojú y Agustín de Iturbide firmaron los Tratados de Córdoba. En este nuevo documento se trató, según reza el preámbulo, de desatar sin romper los vínculos que unieron a España y América. Se reconocía la independencia absoluta; el gobierno sería monárquico, constitucional moderado, y se llamaría a Fernando para ocupar el trono. Pradt triunfaba”. (10)

 

EL MOMENTO HISTÓRICO

Fernando, con toda su furia, intentará mantener su cetro,
pero una de estas mañanas, se le escapará de las manos como una anguila
”.
Napoleón.

El Imperio Mexicano
Escudo sobre fondo de motivos alegóricos

La épica que iniciaría con el proceso de la Independencia mexicana fue el reflejo de todos los conflictos y proyectos subyacentes que subsistían en el Viejo Mundo, fundamentalmente, la pugna entre el liberalismo y el absolutismo. Es evidente que el legado del emperador francés, las ideas de Montesquieu y los ideólogos de la Ilustración permearon en el Virreinato a través de las noticias y los libros que eran bien recibidos por criollos y mestizos. Sin embargo, se ha hecho notar que el pensamiento antirreligioso de la Revolución Francesa no fue admitido por los caudillos hispanoamericanos de la independencia, quienes solo adoptaron las ideas políticas. A lo anterior habría que agregar el hecho de la aportación que representó la tradición cristiana-católica y española en el sentido de las ideas fundamentales para la formación de los criterios políticos tales como la igualdad esencial de los seres humanos, la creencia de que cada persona es libre y que su vida no está fatalmente predeterminada, entre muchas otras.

Sin embargo, los males que amenazaban al pueblo mexicano en sus intereses elevados, más morales que materiales, también hicieron temer a la Iglesia. De aquí que los pensadores fueron viendo claramente que la separación de España era el único medio de librarnos de ellos, pues se hallaba la Metrópoli desde principios del siglo XIX en un estado propio de decrepitud tan evidente en los escándalos y abusos en que incurrían la familia real española junto con Godoy, a la par de la corrupción y el descrédito del gobierno real al interior de la misma España y ante los ojos del mundo.

Precisamente porque sacerdotes ilustrados tomaban parte en las juntas donde se discutían los proyectos de emancipación, estos se estrellaban con un obstáculo de orden moral: la rebelión contra la autoridad legítima de los reyes de España, rebelión que suponían necesaria para la única clase de independencia eficaz. Esta cuestión quedaba expresa en el principio de que el rey, como príncipe cristiano que era, “puede obligar á sus súbditos infieles á la observancia de la ley natural” (11). Por suerte, este punto vino a resolverse solo con el transcurso de los acontecimientos, justo cuando y por donde menos se esperaba: por haber dejado de existir la Corona de España.

La descomposición monárquica española está llegando al máximo y las esperanzas nacionalistas se ponen en el príncipe de Asturias. En octubre de 1807 Carlos IV descubre elementos de una conjura y ordena la detención de su hijo. Fernando, acusado de proyectar la muerte de su padre y de haber pedido ayuda a Napoleón, dando pruebas de la bajeza que confirmará su reinado, denuncia a todos sus compañeros de conspiración: incluso a su difunta esposa. El rey perdona a su hijo y en medio de una farsa de juicio, se absuelve a todos los procesados.

Religión, Yndependencia y Unión: Las Tres Garantías del Plan de Iguala, que representan nuestra nacionalidad, hermanadas en esencia con la Francia Napoleónica en 1821. De izquierda a derecha: Pabellón de las Tres Garantías; Águila Imperial de México; Armas del Primer Imperio de México; Águila Imperial de Francia.

Murat esta a las puertas de Madrid y Fernando cree que le traen la corona, pero temeroso de que su padre hable con Napoleón antes que él, se anticipa y se presenta en Bayona donde una vez reunida toda la familia real, incluyendo Godoy, habría de suscitarse uno de los más vergonzosos espectáculos de la historia: en medio de un intercambio de insultos y acusaciones entre padre, madre e hijo, estos le exigen a Napoleón que sea su árbitro para dirimir sus diferencias. Carlos abdica ante Napoleón el 5 de mayo, entregándole los reinos españoles y sus propiedades a cambio del palacio de Compiègne, el castillo de Chambord y una renta vitalicia que no recibiría. Al día siguiente Fernando abdica en Carlos IV, desconociendo la renuncia de éste.

En unas notas viles, el príncipe de Asturias felicita a Napoleón por las repetidas victorias en España firmando al pie como “el más humilde súbdito” de su majestad Imperial y Real, cuya augusta frente corona la Providencia”. Solicita a Napoleón la mano de una sobrina, primogénita de José Bonaparte “para quitarle a un pueblo ciego y furioso el pretexto de continuar cubriendo de sangre la patria”. Si a la postre se llegó a descalificar con el mote de afrancesado a aquellos españoles que apoyaron la ingerencia napoleónica en la península ibérica, bien se puede hablar del mismo Fernando VII como el primer afrancesado de España si atendemos a los hechos y a las frases que este enunciara en su estancia en Valençay. Si sentirse “respetuoso”, “enamorado de Napoleón” y “orgulloso de hallarse bajo su protección” pueden ser palabras consideradas propias de un afrancesamiento político literal, es evidente que el primer afrancesado fue el mismo príncipe de Asturias y futuro rey de España, quien dirigió estas y tantas otras palabras al Emperador hasta el año de 1813. (12)

El Emperador aún sorprendido e indignado, sabía ya de la poca valía moral tanto del padre como del hijo cuando ambos Borbones, de la manera más baja, pusieron la Corona de España a sus pies. Para justificarse, Fernando firmó el 12 de mayo del mismo año un decreto con las siguientes palabras: “Absolviendo a los españoles de sus obligaciones en esta parte (ser súbditos de su persona) y exhortándolos a mantenerse tranquilos, esperando su felicidad de las sabias disposiciones del emperador Napoleón”. (13)

Analizando lo anterior, el rey desligaba a todos sus súbditos del juramento de sumisión que le era debido y solo exhorta sin mandar, el que se sometan a Napoleón. Así Fernando VII, por su actitud, por el hecho de abandonar su trono y hasta por sus propias palabras dejaba a sus pueblos en plena libertad de elegirse su forma y su personal de gobierno. Así las cosas, la Junta Gubernativa que el Emperador dispuso como única, y en tal calidad autorizada por Carlos IV y por Fernando VII, junto con el Consejo de Castilla, el Ayuntamiento de Madrid y hasta la misma ex Santa Inquisición dieron por válidas las renuncias de los Borbones al trono español.

La autoridad quedó reconocida en José I de Bonaparte, hermano de Napoleón, más frente a esta se levantó un hormiguero de juntas regionales autollamadas “de gobierno” que pretendían regir España y América a la vez, disputándose autoridad aún entre ellas mismas y sin ponerse de acuerdo. De aquí bien se podía inferir que el mismo poder que tuvieron los diferentes reinos de España para hacer sus juntas lo tenía también el Nuevo Mundo para formular la suya propia. La llamada “Junta Central” emanada de Sevilla, que con bases tan débiles como cuestionables, se formó para septiembre de 1808, tampoco podía exigir sumisión alguna a las Américas puesto que ninguno de los reinos ultramarinos tomó parte o se vio siquiera representado en la misma. Todavía Napoleón y Murat, al momento de formar sus Cortes y la Constitución de Bayona, habían tenido la atención tanto como la delicadeza de echar mano de un par de americanos para representantes de los reinos ultramarinos, cosa que ni siquiera se procuró en la de Aranjuez. Y todo lo anterior, como era de esperar, se supo en México.

Una opción regeneradora: José I (1768-1844), Rey de España e Indias.

El movimiento juntista de la metrópoli habría de tener resonancia en México. Tras saberse de los acontecimientos en España, el virrey Iturrigaray y el licenciado Primo Verdad entablaron debate con los oidores y miembros del Consulado en México. Francisco Primo Verdad, abogado muy instruido, mexicano de nacimiento y síndico del Ayuntamiento metropolitano expuso en su célebre discurso que la facultad para formar una Junta autónoma se basaba en que habiendo desaparecido el gobierno peninsular, el pueblo como fuente de la soberanía debía reasumirla para depositarla en un gobierno provisional que ocupara el vacío causado por la ausencia, destronamiento voluntario, y al parecer perpetuo de los reyes de España. Apoyaba su tesis también en la Ley de partidas que prevenía sobre la ausencia de un rey.

No obstante lo anterior, los oidores españoles se negaron por no convenir a sus intereses y dejaron como patente una frase tan lesiva al honor de todo nacido en América, que bien resumía los peores sentimientos que albergaban desde aquél viejo apotegma borbónico que espetaba “callar y obedecer”, ahora en los labios del oidor Aguirre: “Si sucumbe la España y un solo gato quedara en ella, a él debían estar sujetos todos los americanos” (14). El sentimiento de estos males había llegado al colmo: el americano, y el mexicano en particular sentía no sólo que el rey de España manda sobre él, sino que cada español lo considera un súbdito y un esclavo.

 

PROYECTOS ULTERIORES:
LA INSURGENCIA Y LA CONFÉDÉRATION NAPOLÉONIENNE

Pues bien, iré a México: ahí encontraré patriotas,
y me pondré a su cabeza para fundar un nuevo imperio
”.
Napoleón.

Mientras Napoleón se encontraba deliberando en Bayona sobre lo improcedente que era la permanencia de los Borbones como monarcas españoles, empezó a poner sus ojos en el Nuevo Mundo.

El Emperador consideraba que una de las grandes glorias de la Francia había consistido en proporcionar la ayuda y el reconocimiento indispensables para que una confederación de colonias inglesas, los Estados Unidos, obtuvieran su Independencia de la Gran Bretaña. Por tanto, el camino a seguir era muy claro: sería también un nuevo gran artífice al otro lado del mar. Haría por las colonias españolas lo mismo que Luís XVI había hecho a favor de las colonias angloamericanas. Para realizar este proyecto, a partir del año de 1809 envió fragatas con agentes franceses a las principales capitales de América para que estableciendo contacto y relaciones pudieran comunicar a los patriotas en cada región que él deseaba liberarlos del despotismo y la decadencia borbónica, para lo cual les ofrecía tropas, materiales y apoyo moral con el fin de que lograran conquistar su Independencia. Los agentes de Napoleón reportaban “gran progreso en México”, sobre todo uno de ellos: el general D’Almivart quien se entrevistó nada menos que con el cura Miguel Hidalgo en “La pequeña Francia”, nombre con el cual se conocía su casa en el pueblo de Dolores en 1809. (15)

 
Gran progreso en México”: el cura de Dolores, Don Miguel Hidalgo, contacto del General Gaëtan Souchet D’Almivart, agente de Napoleón en 1809. A la derecha, el estandarte de la Virgen de Guadalupe que el cura Hidalgo tomó en Atotonilco, adoptándolo como bandera del movimiento insurgente.

Cuando el Emperador parecía tener control absoluto de España y solo la llamada Junta de Cádiz desafiaba el orden establecido, fue cuando anunció públicamente su apoyo a la causa independentista: “Si los pueblos de México y Perú desean permanecer unidos a la madre patria o elevarse a las alturas de la noble independencia, Francia nunca se opondrá a sus deseos mientras no establezcan relaciones con Inglaterra(16). Así lo refrendó en su mensaje del 12 de diciembre de 1809: “está en el orden necesario de los acontecimientos, está en la justicia, está en el interés bien entendido de las potencias(17). El impacto de esta declaración habría de sentirse en México lo mismo que en el resto de América poco antes de 1810. Prueba de ello fueron el estallido nada accidental de todas las revoluciones de independencia.

Lo mismo que los conspiradores autonomistas y afrancesados de México, Allende e Hidalgo creían que “toda la grandeza de España estaba inclinada o por mejor decidida por Bonaparte” y que la península estaba perdida; que las autoridades eran hechura del tiempo de Manuel Godoy y por lo tanto no se podría confiar en ellas (18). Esto no es del todo censurable, si tomamos en cuenta que incluso en la península grandes personajes como Félix Amat, destacado obispo y confesor del mismo Carlos IV justificó teológicamente su toma de partido a favor de Napoleón y de José Bonaparte como rey de España señalando que la mano de Dios había decidido la suerte del trono y que aceptar a José I evitaría “ahora a la España sufrir los horrores de las guerras civiles, las quemas, talas y mortandades que padeció en la introducción de aquella dinastía (borbónica)”. (19)

A partir de entonces, la independencia de las colonias se convirtió en un objetivo estratégico para Napoleón. No obstante el revés en la península ibérica ni el desastre de la campaña en Rusia, la América Española, México muy en lo particular, siguieron siendo una prioridad pues estaba plenamente convencido de que su independencia, que era inevitable, sería “el más importante evento del siglo” y que este mismo evento por sí solo “cambiaría para siempre la política mundial”.

El General Barón Charles Lallemand (1774-1839): Impulsor de la Confédération Napoléonienne en México.

A diferencia de la política maquiavélica que mantenían Inglaterra y los Estados Unidos frente a la Independencia hispanoamericana, Napoleón mantuvo invariable su apoyo a la causa de la Libertad. Su abdicación al trono de Francia en 1814 y su definitiva derrota en Waterloo en 1815 dejó a los insurgentes sin su principal apoyo y patrocinador. Aún derrotado y exiliado, Napoleón no había olvidado su gran sueño americano puesto que tanto en Elba como en Santa Elena llegó a confesar a muchos que aún tenía un “gran proyecto para México”. Entorno a esta opción, el Emperador había expresado que de llegar a México se pondría a la cabeza de sus patriotas para fundar un nuevo imperio.

Cuando Don Luís de Onís, Embajador de España en Estados Unidos, supo que el Emperador había sido confinado a Santa Elena bajo resguardo del gobierno inglés, recibió estas noticias con gran alivio: creyó que el gran hombre depuesto y exiliado no volvería a intervenir con su influencia a favor de la independencia en las colonias españolas. El tiempo habría de mostrarle todo lo contrario. Para agosto de 1815 el diplomático español descubre que el bonapartista general Humbert se había aliado con José Álvarez de Toledo y con Jean Laffite para invadir la provincia de Texas. El plan combinaba una contraofensiva que junto con las fuerzas insurrectas del cura José María Morelos habrían de batir a las fuerzas regulares españolas. A ello habría que añadirle otro acontecer mayor: José Bonaparte, José I, breve Rey de España e Indias, había desembarcado en Nueva York para fijar su residencia y la del resto de la familia imperial en suelo americano. Lo anterior, junto a los rumores constantes de “que vendrían algunos mariscales de Napoleón para ponerse a la cabeza de la conquista de México” serían para Onís el preludio de una larga pesadilla. (20)

Lord Holland, uno de los más fervientes partidarios de la Independencia de la América Española y de los más exaltados bonapartistas ingleses consideraba que la política de no intervención directa por parte del gobierno inglés era antiliberal y contraria a Inglaterra tanto al resto del mundo libre, razón por la cual pretendió junto con Lord Cochrane, corregirla desde el Parlamento. Para entonces Holland había tomado bajo su protección a Francisco Xavier Mina, joven guerrillero español. Los antecedentes revolucionarios de Mina eran impecables: había combatido a las fuerzas francesas en la península ibérica y padeció encierro en Francia hasta la primera abdicación de Napoleón. Al poco tiempo de volver a España, Mina se dio cuenta de que Fernando VII era como gobernante más despótico y peor que José Bonaparte. Perseguido por sus ideas liberales huyó a Francia. Según el propio Emperador, en marzo de 1815, “muchos de los españoles que se habían opuesto más resueltamente a mi invasión, que habían adquirido fama en la resistencia, me llamaron inmediatamente: habían luchado en contra mía, dijeron, como a un tirano; y ahora venían a implorarme que fuera su libertador”. Entre ellos identificó a Mina como uno de los que solicitaron su apoyo para destronar a Fernando VII. (21)

En esos momentos José y sus generales analizaban varias opciones para hacer del sueño americano de Napoleón una realidad palpable. Mina se reunió con José Bonaparte en Filadelfia y recibió su apoyo económico y militar para su expedición. Al partir a Galveston, Mina llevaba a dos de los hombres más cercanos del otrora José I: Noboa, como agente negociador con los insurgentes mexicanos, y Jean Arago, veterano del ejército napoleónico. Los diarios norteamericanos hicieron públicos los proyectos de Mina de hacer la Independencia del Reino de México, razón por la cual el embajador Onís lo puso bajo vigilancia.

 
Bonapartistas y compañeros de armas: El legendario Almirante Lord Thomas Cochrane Conde de Dundonald (1775-1860) y el guerrillero navarro Francisco Xavier Mina (1789-1817) proyectaron, con José Bonaparte, la liberación de Napoleón y el ofrecimiento del trono de un México independiente y poderoso como parte del proyecto de la Confédération Napoléonienne, entre 1815 y 1820.

Para 1817, Napoleón había recibido comunicación secreta de parte de su hermano José, quien le informaba que los insurgentes mexicanos le habían ofrecido la corona de México. Esta noticia alegró el humor del Emperador en su exilio, y le animó aún más la que habría de recibir meses más tarde. Según Montholon, los patriotas mexicanos extendieron el mismo ofrecimiento directamente a Napoleón. “Habían previsto todos los obstáculos que resultaban del cautiverio del Emperador y no habían olvidado nada para asegurarse del éxito de su plan”. (22)

A finales de agosto, Hyde de Neuville, embajador de Luis XVIII en Norteamérica, interceptó correspondencia que implicaba a José Bonaparte en una vasta conspiración para crear la temida Confederación Napoleónica a partir del oeste del Mississipi. El plan era el mismo: poner a José en el trono de México. Temiendo que fuera demasiado tarde, el diplomático expresaba su frustración: “Puedo intentar frustrar las intrigas napoleónicas en el Nuevo Mundo, pero aquellas relacionadas con Santa Elena solo pueden ser frenadas en Europa…dicen que Napoleón se está portando bien pero se niega ver a nadie… Con un oficial naval, nada le impediría encontrarse en una latitud acordada de antemano con algún buque amigo procedente de América… ¿A dónde iremos si este hombre prodigioso llega a un México ya conquistado?”. (23)

Lord Holland (1773–1840), por François-Xavier Fabre (1795)
Político inglés, sobrino de Charles James Fox, fue miembro del partido Whig de oposición desde 1797. Opuesto a la política bélica y meramente mercantil de Inglaterra, trabajó por la emancipación de los católicos y fue partidario de una política de conciliación con la Francia napoleónica, suscribiendo a la visión de Lord Byron para quien la restauración de los borbones representaba « el triunfo de la mansedad sobre el talento ». El 3 de agosto de 1822, dirigió al Parlamento las palabras siguientes, evocando la muerte del Emperador: « Las mismísimas personas que detestaron a este gran hombre han reconocido que desde hacía diez siglos no había aparecido sobre la tierra un personaje más extraordinario. Europa entera llevó el luto del héroe; y quienes contribuyeron a ese gran sacrificio están destinados a las execraciones de las generaciones presentes así como a las de la posteridad ».

Como consecuencia, Luís de Onís dio aviso a las autoridades virreinales en México tanto como en Cuba, alertándoles oportunamente de la amenaza que para sus intereses representaba aquella expedición de casi un millar de hombres, liderada por los generales más famosos de Napoleón, quienes estaban prontos a invadir el reino de México con el apoyo de José Bonaparte que esperaba ser proclamado rey. (24)

La intervención de Mina en su campaña por libertar México y su actitud había suscitado interrogantes para los historiógrafos académicos puesto que él mismo había expresado “No quiero a los mexicanos ni poco ni mucho” (25). Esta frase encuentra su razón casi dos siglos después: Mina luchaba por hacer la Independencia de México, más que por cuestiones ideológicas, por su lealtad a Napoleón y al gran proyecto de la Conféderation Napoléonienne de José Bonaparte, mismo que compartía con Lord Holland y Lord Cochrane desde Inglaterra.

No extrañe que hombres de Mina como Juan Davis Bradburn, James Wilkinson y gente de Morelos como José Manuel Herrera, fueran de los más fieles partidarios de Iturbide y hombres de su confianza aún después de su abdicación. Bradburn sería el enlace de acercamiento entre Iturbide y Guerrero y llegaría a ser consejero y primer edecán del Emperador de México. Wilkinson sería consejero de asuntos y de colonización, proponiendo un proyecto en donde la Provincia de Coahuila-Tejas sería poblada para protegerla de incursiones norteamericanas, y llamada “Provincia de Yturbide” (26). Don José Manuel Herrera, redactor de la Constitución de Apatzingán y enlace entre Morelos y José Bonaparte, sería Ministro de Relaciones Exteriores del Imperio, partidario de Iturbide hasta su muerte y quien advirtió a tiempo al Libertador sobre las ambiciones expansionistas de los Estados Unidos, quienes a través de Poinsett condicionaban el reconocimiento de México y de Iturbide como Emperador a cambio de la venta o cesión de las Provincias de Texas, Nuevo México y California. Lord Cochrane, por su parte, tuvo el encargo personal de Iturbide para liberar San Juan de Ulúa, último reducto español en suelo mexicano. Pero la muerte del Libertador impidió que este proyecto se realizara. (27)

La expedición de Mina fracasó debido a la imprevisión del mismo. Lo mismo que la expedición bonapartista de José Álvarez de Toledo y la de Mariano Renovales. La diferencia del fracaso con estos dos últimos fue muy sencilla: Toledo y Renovales eran agentes infiltrados del gobierno español. Traicionaron desde antes a José Bonaparte lo mismo que a sus compañeros a cambio de dinero y del perdón de los Borbones españoles a través del mismo Luis de Onís y de Hyde de Neuville. (28)

Nuevamente, a finales de 1818 una nueva expedición liderada por los mismos se preparaba en Galveston a instancias del general Lallemand desde su posición ocupada en Champ d’Asile en las márgenes de la provincia de Texas. De ahí planeaban desembarcar en Tampico, siguiendo la misma ruta que su compañero Francisco Xavier Mina. Onís no descansaba en enviar despachos diplomáticos, convencido de que el verdadero autor de todo esto no era otro que el mismo Napoleón, y no se equivocaba. Desde Santa Elena, ya a través de mensajes cifrados que eran publicados en diarios como el Anti-Gallican en Londres, ya a través de despachos por enviados o admiradores que se acercaban a la isla, entre quienes abundaban los ingleses, el Emperador mantenía una red de comunicaciones que le facilitaba lo mismo dar mensajes que recibirlos junto con noticias de diversas partes del mundo.

Para 1819, varios diarios londinenses anunciaban que a las fuerzas del general Lallemand en México pronto estarían por sumársele las del legendario y liberal Lord Cochrane, el Almirante que al poco tiempo también habría de consolidar la independencia de América del Sur en su campaña libertadora por mar. También se hablaba abiertamente de que los insurgentes mexicanos habían firmado un pacto de unión con las fuerzas napoleónicas de Champ d’Asile para ofrecerle la corona de México a José Bonaparte. (29)

En 1820, Napoleón iba perdiendo la esperanza de su gran proyecto en México y solo se contentaba con leer a Pradt. Los planes de su hermano y del general Lallemand se habían frustrado nuevamente en virtud de una nueva intervención del embajador español en los Estados Unidos. Gracias a la firma del Tratado Adams-Onís, España vendía la Florida a los Estados Unidos y se aliaba con ellos para evitar que esta República apoyara a los insurgentes hispanoamericanos.

 

EL LEGADO EN VIDA

Bonaparte en Europa e Iturbide en América,
son los dos hombres más prodigiosos,
cada uno en su género, que presenta la historia moderna
”.
Simón Bolívar.

El Imperio de México durante el reinado del emperador Don Agustín I
Tras el derrumbe del Imperio, el país, dividido en facciones y partidos antagónicos, cayó en un caos del que ya no se levantará más. Descuidado y mal aprovechado, el territorio inmenso del imperio se vería drásticamante modificado tras las invasiones estadounidenses, en 1836 y 1846-1847, cuando México, agredido en sus fronteras y desgarrado en su seno por la infiltración devastadora de los poderes masónicos, los intereses partidistas y las guerras intestinas, fue vencido, humillado y amputado para siempre.

Para fines de 1820, en contraste con América del Sur, la causa de la independencia mexicana parecía perdida por completo a uno y otro lado del mar. Napoleón ya había renunciado a sus proyectos en parte por lo delicado de su salud y en parte porque esperaba que con su muerte que sabía próxima, su hijo, le petit Napoléon, ocupara el trono de Francia. En México la mayoría de los insurgentes se habían acogido al indulto virreinal y el país se hallaba pacificado. Pero entonces ocurren una serie de sucesos inesperados; una asonada militar en España obliga a Fernando VII a restablecer la Constitución de Cádiz, pero ya con un radical contenido liberal. La noticia fue recogida en México con sentimientos encontrados. Los comerciantes españoles de Veracruz y los masones la apoyaron, pero en general la población vio con malos ojos la constitución por su radical anticlericalismo y por su marcada desigualdad racial y social.

No obstante el cansancio aparente del país, a pesar de la conducta humana y política del virrey de Apodaca, la idea de la Independencia se había generalizado aún más. En la masa del pueblo, era un instinto; en los hombres de cultura era ya un derecho, y por consecuencia, un deber sostener la nacionalidad de su patria. Fue así como entre los muros del templo de la Profesa, en la capital del Virreinato, se fraguó un plan para independizar a México guardándolo como monarquía leal a Fernando VII. Necesitaban un militar de prestigió para encabezar el movimiento y pensaron en un hombre: Don Agustín de Iturbide.

Los planes de Independencia eran ya antiguos en él: como la mayoría de los criollos, estaba de acuerdo en alcanzarla desde que era coronel realista. Incluso Hidalgo, que era su pariente y sabedor de su valía, le ofreció muy joven la banda de teniente general, misma que rehusó por no estar de acuerdo en la falta de planes y en los métodos de los primeros insurgentes a quienes combatió. La desolación, la guerra racial, los asesinatos y el pillaje fueron los únicos resultados visibles de la primera insurrección. Esto explica el por qué una gran cantidad de partidarios de la independencia le retiraron su apoyo y prefirieron apoyar al virrey ante el peligro que suponía para sus vidas, su honor y sus propiedades el paso de una multitud sin cabeza (30). Sin embargo, sería en el heroico asalto al fuerte del Cóporo en 1814 que Iturbide le confiaría al general Vicente Filisola su idea de lograr la Independencia sin derramamiento de sangre, uniendo bajo un mismo pabellón a realistas e insurgentes.

A la izquierda, pabellones y banderas de compañía y de batallón napoleónicos, modelos que sin duda inspiraron a Iturbide en su elaboración de la bandera nacional mexicana.

Lo mismo que Napoleón, Iturbide como general invicto en las luchas contra la anarquía y el bandolerismo, proporcionaba no solo la garantía de una emancipación coronada por el triunfo sino también una independencia consumada en el orden y en el respeto a la vida y las posesiones de todos los mexicanos “por el honor que sabía imprimir en todos y cada uno de sus actos”, según refirió el mismo Vicente Guerrero como motivo por el cual se sujetó a su mando y le reconoció como Jefe, Libertador y Emperador. El mismo Abad y Queipo, visionario como siempre, predecía al virrey Calleja años antes de 1821 que el único hombre capaz de hacer la Independencia de México era Iturbide: “no extrañé que con el tiempo el realice la libertad de su patria”. (31)

Iturbide acudió a la reunión de la Profesa, pero sólo para convencerse de que la reacción anticonstitucional provocaría una nueva y más sangrienta guerra civil entre sus paisanos. La conspiración pronto abortaría, pero Iturbide tomó su nuevo mando como General de los Ejércitos del Sur con un plan propio de independizar a México de España. El mérito del gran genio iturbidista consistió en saber amalgamar los clamores de la Patria sin espíritu sectario o de facción en un plan moderno, realizable, conciliador y pacífico para todos; fundamentado en las siguientes ideas: La Independencia absoluta de España, el establecimiento de un nuevo imperio soberano, la vigencia de un orden constitucional moderno propio y peculiar que estableciera límites al poder y que garantizara los derechos del hombre, la protección de la Religión Católica junto a los derechos de la Iglesia, la Unión de todos los habitantes del nuevo imperio y la más absoluta igualdad jurídica entre sus habitantes, sin importar su origen étnico, económico o social: criollos, españoles, mestizos, indios, castas, negros y asiáticos.

Lo más notable de este plan era su significado político, debido a que, lejos de apartarse o rechazar la senda constitucional, exigía una Constitución propia. Por si esto fuera poco, diseñó por si mismo un proyecto políticamente viable y admirable que conjugaba todas las voluntades y respondía a la aspiración general de paz, con una visión ideológica que admiraba a los polemistas mexicanos de su tiempo: “Con leer a Pradt, que se ha vendido muy bien en la Puebla por párrafos, se advertirá que el serenísimo señor Iturbide supo aprovecharse de su lectura y la de otros de su tamaño, del tiempo, y orden de las cosas; digno por esto de los mayores elogios” (32).

El Libertador de México desplegó una hábil campaña diplomática y epistolar que en seis meses, y sin derramamiento de sangre, obtuvo lo que no habían realizado diez años de guerra civil y desastrosa. El Plan de Iguala estaba tan bien elaborado que logró la adhesión prácticamente de todos los mandos y tropas realistas e insurgentes con los que Iturbide, que aceptó el título de Primer Jefe, formó el Ejército Imperial de las Tres Garantías, naciendo así el Ejército Mexicano.

El 24 de febrero de 1821 una bandera tricolor diseñada por Iturbide, muy similar a las banderas napoleónicas, (encarnando los colores blanco, verde y rojo, con modificación posterior en el orden más la inclusión del águila imperial mexicana) dotada de tres franjas en diagonal y una estrella de seis picos en cada una, ondeó representando desde entonces las Tres Garantías consagradas en el Plan de Iguala, mismas que fueron juradas aquél día, y sobre las que se fundaba el nuevo país: El verde es la Independencia, el blanco la pureza de la Religión Católica y el rojo la Unión de todos; insurgentes y realistas, mexicanos y españoles, blancos, castas e indios.

Acta de Independencia del Imperio de México

Los argumentos para justificar la Independencia los planteó Iturbide en términos muy conciliadores, mismos que revelan un bagaje filosófico propio tanto como la influencia de Napoleón y de Pradt: “Las naciones que se llaman grandes en la extensión del globo, fueron dominadas por otras; y hasta que sus luces no les permitieron fijar su propia opinión, no se emanciparon [pero una vez] aumentadas las poblaciones y sus luces,… los daños que origina la distancia del centro de su unidad, y que ya la rama es igual al tronco; la opinión pública y la general de todos los pueblos, es la de la Independencia absoluta de la España y de toda otra nación(33).

 
Don Juan O’Donojú (1762 -1821), último virrey de la Nueva España, firma los Tratados de Córdoba con el Primer Jefe del Ejército Imperial de las Tres Garantías: Don Agustín de Iturbide.

Cuando en agosto de 1821 el nuevo virrey Juan de O'Donojú llegó a Veracruz, aceptó el hecho consumado y firmó con Iturbide los Tratados de Córdoba, mismos que reconocían la Independencia.

El 27 de septiembre fue el día más feliz y glorioso en la historia nacional. El Ejército Trigarante hizo su entrada triunfal en la capital entre la alegría de la población y el 28 de septiembre se proclamó formalmente el Acta de Independencia del Imperio Mexicano. Fue así como el pronóstico de Humboldt, el sueño de Napoleón y el deseo de Pradt tomaban realidad: Un imperio, el Imperio Mexicano, establecería sus límites desde Oregon, el Mississipi y las Antillas hasta llegar a Panamá. Tres años más tarde, en sus memorias, el Libertador de México recordaba aún con orgullo: “Seis meses bastaron para desatar el apretado nudo que ligaba a los dos mundos. Sin sangre, sin incendios, sin robos, ni depredaciones, sin desgracias y de una vez sin lloros y sin duelos, mi patria fue libre y transformada de colonia en grande imperio(34).

 
Entrada pacífica y festiva de Iturbide con el Ejército Trigarante en la capital el 27 de Septiembre de 1821: Día de la Independencia del Imperio Mexicano.

El hecho de que México se constituyera como Imperio debe subrayarse. El sistema de gobierno previsto y aceptado por todos fue la Monarquía Constitucional, pero el monarca adquirió el título de Emperador tal y como ocurrió en Brasil. Las enormes dimensiones del territorio eran argumento válido para justificar la denominación así como la indudable influencia de Napoleón el Grande quien en 1804 estableció y elevó a la Nación Francesa como Imperio monárquico constitucional. Desde su iniciativa se abrieron las posibilidades para establecer imperios nacionales a lo largo y ancho de todo el mundo occidental. Por último, la Capitanía General del reino de Guatemala declaró su independencia y manifestó su voluntad de unirse al naciente Imperio Mexicano el 2 de enero de 1822, incorporándose Guatemala, Nicaragua, Honduras, Costa Rica y El Salvador.

En los planes de Iturbide se vislumbra incluso la incorporación de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, para construir un Imperio inmenso de cuatro millones de kilómetros cuadrados, el cual sería dueño del control del Golfo de México y del mar Caribe, además de una extensísima costa en el Pacífico, desde el norte de California hasta Panamá. Con gran visión, Iturbide mantuvo comunicación seguida con aquellas provincias para fortalecer una unión que paralizara el desmembramiento y pusiera un freno al ya por entonces franco expansionismo estadounidense.

Los primeros informes recibidos por los Estados Unidos sobre la Independencia de México y su autor fueron transmitidos fielmente al Secretario de Estado por el agente extraordinario James Smith Wilcox. A pesar de ser un agente al servicio de su gobierno, Wilcox se empeñó en narrar como testigo presencial la situación que se vivía en el Imperio sin prejuicios ni engaños (cosa que no harían los que habrían de sucederle en tal labor) para que su país reconociera inmediatamente al Gobierno de México: “Señor, el amor a mi país, fuente de cada sentimiento noble y de toda acción generosa, me inducen a comunicarme con usted, para información del Presidente, y tomando en cuenta el beneficio que puede resultar al gobierno y a los ciudadanos de los Estados Unidos, de las siguientes noticias circunstanciales y exactas de la feliz rebelión que últimamente se ha desarrollado en este reino de la Nueva España; la cual con la bendición de Dios, ha terminado en la más completa y absoluta emancipación debido a la intrepidez, valentía y esfuerzo de su patriótico jefe, el general don Agustín de Iturbide” (35). Como testigo presencial de los hechos que además conoció al primer Ministro de Relaciones Exteriores de México, Wilcox se muestra emotivo en su informe; elogiando la manera pacífica y patriótica del movimiento llega a exclamar para sorpresa de sus jefes: “Más crece mi admiración y más me siento tentado a exclamar que América ha producido dos de los más grandes héroes que han existido: Washington e Iturbide” (36).
Alegoría de la coronación de S.M.I. el Emperador Don Agustín I, celebrada en la Catedral de México el 21 de Julio de 1822.

Después de tan grande elogio para gloria de México y temor de los Estados Unidos, Wilcox refiere la alegría del pueblo mexicano respecto a su Libertador y la reticencia de este para aceptar la corona que le ofrecían ya desde un principio. Termina el informe con el anexo de una copia traducida al inglés de los Tratados de Córdoba donde se sellaba la Independencia de México.

A lo anterior hay que añadir que frente al concepto de nobleza propia del Antiguo Régimen, Iturbide estableció la primacía de una nueva nobleza reconocida no por la herencia sino por el mérito y la virtud personal. Para ello, el 21 de febrero de 1822, instituyó la Nacional y Distinguida Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe, distinción con la que se reafirmaba la identidad nacional y se cumplía con el espíritu de la justicia, otorgando reconocimiento debido y premiando el valor individual de los mexicanos.

Agustín I fue proclamado emperador la noche del 18 de Mayo de 1822, mismo día de la proclamación imperial de Napoleón el Grande. Como él, el Libertador de México contaba con tres legitimidades irrefutables: Constitucional, Pontifical, y Popular. En nuestras imágenes vemos a Napoleón I durante su coronación como Rey de Italia, por Appiani; a la derecha, Agustín I en manto imperial. En este cuadro como en tantos otros de factura mexicana observamos la evidente influencia napoleónica en la inspiración de los artistas de la época.

La gesta libertaria concluiría una noche de mayo de 1822: cuando se supo que las Cortes españolas desconocían la Independencia de México al rechazar los Tratados de Córdoba y ante el desprecio de Fernando VII. Aunado a la prohibición que éste hiciera a sus parientes de aceptar la corona mexicana, mientras Metternich extendía la misma prohibición a la Casa de Austria, la historia dio un giro justo e insospechado. El pueblo y el ejército, unidos como nunca habrían de hacerlo después, acudieron al Palacio de Iturbide la noche del 18 de mayo repitiendo el mismo grito que en Puebla habían clamado las masas desde 2 de agosto de 1821: “Viva Agustín Primero, Emperador de México”.

El Congreso se reunió a deliberar, y por mayoría tuvo a bien nombrar al Libertador como primer Emperador Constitucional de México. Días más tarde la decisión sería ratificada, esta vez por unanimidad, siendo el 21 de julio de 1822 cuando en medio del fausto y la alegría de una nación agradecida, sería coronado como Agustín Primero, por la Divina Providencia, Emperador Constitucional de México. Iturbide, al igual que Napoleón, nunca tuvo el deseo personal ni la necesidad de ceñirse la corona del Imperio Mexicano; la rechazó desde siempre. Sin embargo, esta le fue impuesta por el pueblo en virtud de la misma razón que asienta Francisco Bulnes junto a otros tantos historiadores nacionales y extranjeros: “Iturbide fue emperador por la voluntad unánime del pueblo…Era el orgullo nacional hecho carne”. (37)

Las palabras que Iturbide pronunciara en su célebre arenga cívica del 27 de Septiembre de 1821 tomaban mayor sentido al momento de su coronación. Eran una esperanza pero al mismo tiempo una advertencia, en el más puro estilo de la despedida de Fontainebleau: “Mexicanos: ya estáis en el caso de saludar a la Patria Independiente, tal y como os anuncié en Iguala… Ya sabéis el modo de ser libres; a vosotros toca señalar el ser felices”.

 

EPÍLOGO ANECDÓTICO: EL LEGADO VIVO

Debemos obedecer nuestro destino;
todo está escrito en los cielos
”.
Napoleón.

 
Armas del Empire Français (1804), precediendo a las del Imperio Mexicano (1821).

La voz terrible que resonó en Dolores, como mencionara Lucas Alamán, fue apagada por el grito noble del genio que proclamó la verdadera Libertad en Iguala: Iturbide, siguiendo a Napoleón como el espíritu dominante de su tiempo, garantizó la igualdad de todos los mexicanos bajo la Ley, suprimió la esclavitud y la desigualdad racial, estableció una división de poderes cuando fácilmente pudo retener el poder en su persona, sentó las bases de una democracia a través del plebiscito o la consulta interna a las provincias cuando nunca habían sido tomadas en cuenta, propuso un atinado sistema electoral para las mismas sentando bases que solo el espíritu de facción posterior a su muerte se han negado a ver en México, no siendo así en el extranjero. Además, instauró una monarquía constitucional moderada, adelantándose en esto y en todo lo anterior a la Europa y aún a la misma España que se presumía liberal.

Lorenzo de Zavala hace justicia al referir que el anhelo de Iturbide, lo mismo que Bolívar: “fue proponerse por modelo al extraordinario hombre que acababa de desaparecer en Santa Elena(38). Si alguien en México fue capaz de concebir y realizar una política de acuerdo con el momento histórico y los legítimos intereses de los pueblos hispanoamericanos es el Héroe de Iguala. William Spence Robertson, que como estadounidense no es precisamente apologista del Libertador-Emperador de México, llega a confesar que éste tiene títulos para ocupar un lugar entre los hombres públicos más destacados de su época, y lo pone a la altura de la galaxia de sus contemporáneos: John Quincy Adams, James Monroe, Metternich, Simón Bolívar, George Canning, José de San Martín, Chateaubriand, el Zar Aleandro I y por supuesto, el mismo Napoleón. (39)

 
Hermanamiento de época entre México y Francia: Agustín I Libertador, y Napoleón I el Grande en su gabinete de trabajo, por Jacques-Louis David.

Su manejo de la diplomacia a través de su persona o incluso a través de la palabra escrita queda asentado maravillosamente en sus Tres Garantías, en la elaboración del Plan de Iguala y en la firma de los Tratados de Córdoba al grado que causaron la admiración entre los hombres de su tiempo. Sin duda habrían maravillado y alegrado a Napoleón en Santa Elena tanto como a los historiadores académicos de hoy. (40)

Se ha querido comparar a Napoleón con Luís XIV lo mismo que a Iturbide con Napoleón para escatimarle mérito a ambos. Sin embargo, dicha comparación lejos de menguar la gloria de uno y otro en realidad contribuye a darles aún mayor realce. Napoleón e Iturbide crearon desde la nada: forjaron un nuevo orden, crearon instituciones y un sistema propio sin heredarlo de nadie, construyeron sobre las ruinas, edificaron sobre escombros y apagaron las cenizas que aún ardían, imprimiendo su gloria y su sello personal tanto en la obra de sus manos como en quienes colaboraron en la erección de la misma.

Por ello, los Estados Unidos, a diferencia de Inglaterra y el resto de América, no celebraron la obra y el genio del Libertador de México: la vieron con temor y desafecto. Iturbide les recordaba a Napoleón en todos los sentidos, según se desprende de las conversaciones entre Thomas Jefferson y el Presidente James Monroe, pues sabían que un hombre así ya como Primer Jefe, Regente o Emperador sería no solo un estorbo para los planes expansionistas que tenían sobre México y Cuba; también les parecía una amenaza a su integridad territorial y a su sistema de gobierno. (41)

El Imperio napoleónico, más aún, la era napoleónica, fue la era de las gestas de liberación. Asimismo, reflejó la lucha encarnizada entre la permanencia de lo peor del sistema feudal europeo y los mejores ideales de la Ilustración. El Antiguo Régimen prevaleció por sobre el hombre que se atrevió a borrarlo, pero su victoria fue efímera: aún desde una roca que fue cárcel y cadalso, aún después de muerto, el espíritu visionario de un solo hombre había triunfado en verdad, pues había herido de muerte al despotismo y la tiranía, señalando el camino a seguir para los pueblos. La Libertad no pudo ser borrada. Aún en el exilio Napoleón estaba convencido de que después de su muerte los ideales democráticos de la Revolución Francesa triunfarían y que su nombre sería el símbolo mismo de la lucha por los derechos del hombre. Quienes fueron sus vencedores no evitaron la propagación de sus ideas y su recuerdo; quienes fueron sus seguidores lo mismo en el Viejo como en el Nuevo Mundo, adoptaron sus instituciones, sus símbolos, y arroparon el espíritu de las mismas aún después de que el sol se pusiera sobre Santa Elena, por ser ellas las mejores garantías de orden, de paz y de progreso aún en nuestros días.

El Emperador Napoleón I.

NOTAS:

1) Luis Napoleón III. Ideas Napoleónicas. Editorial Austral/Espasa-Calpe. Buenos Aires, 1947, página 22.
2) Cuando el pueblo francés proclamó emperador a Napoleón, Francia estaba tan fatigada por los desórdenes y los cambios sucesivos por lo que la gran mayoría no dudó en investir a quien era la cabeza del Estado con la dignidad del poder hereditario. El mismo Napoleón no tenía siquiera la necesidad de ambicionarlo. En la misma extensión en que la opinión pública solicitara en primer término la disminución del poder ejecutivo, cuando lo consideraba hostil, se esforzó por aumentarlo cuando tuvo la satisfacción comprobada de que el poder ejecutivo en este caso era tutelar y reparador.
3) Una vez aplicado este sistema, funcionó óptimamente en países como Italia y Suiza, pero falló al ser aplicado en suelo español.
4) Guadalupe Jiménez Codinach. México: su tiempo de nacer. (1750-1821) Fondo Editorial Banamex, México, 2001, pp. 33-35.
5) David Brading. Auge y ocaso del Imperio español. (Traducción) Editorial Clío, México, 1995, p. 12.
6) En la ceremonia de coronación de Napoleón como Emperador aparece el abate como maestro de ceremonias mientras que también, como espectador de dicho acontecimiento, aparece nada menos que Simón Bolívar. En honor a esta ocasión en particular Napoleón le concedió a su capellán el título de Barón del Imperio con una pensión de 50,000 francos. Dos meses después, le hizo nombrar obispo de Poitiers. Para el año de 1805 Pradt acompañó al Emperador a Italia y ofició en Milán la misa de coronación de Napoleón como Rey de aquél país.
7) Montesquieu. Del espíritu de las leyes. México. Editorial Porrúa. 1994, p. 250.
8) Guadalupe Jiménez Codinach. México en 1821: El abate Pradt y el Plan de Iguala. Ediciones Caballito/ Universidad Iberoamericana. México, 1984. pp. 70 y 71.
9) En esta frase en lo particular, Pradt no hace más que citar directamente al gran hombre exiliado en Santa Elena, al referir: “Si hay algo peor que la tiranía de un solo hombre, es la tiranía de muchos”.
10) Fray Servando Teresa de Mier, Prólogo y notas de Edmundo O’Gorman, México, UNAM, 1945, p. XXXVIII.
11) Instrucciones Catequistas de la Doctrina Cristiana. R.P. Fr Antonio de Jesús María, Definidor general, Misionero Apostólico, y Escritor general en su Religión de Trinitarios Descalzos. Madrid: Imprenta de Repullés, Plazuela del Ángel. 1818. pp 110 y 111.
2) Luís Ruora Aulinas. El drama de los afrancesados. ¿Patriotas o traidores?. Clío, 2007.pp 67-72.
3) Mariano Cuevas. Historia de la Nación Mexicana. Editorial Porrúa, 1987, p 391.
4) Cuevas, Ibídem, p. 395.
5) Jacques Houdaille, Gaëtan Souchet D’Alvimart: the alleged envoy of Napoleon to Mexico, 1807-1809.
The Americas, Vol. 16, No. 2 (Oct., 1959), pp. 109-131.
6) Le Moniteur Universel, París, diciembre 14, 1809.
7) Carlos Alvear Acevedo. Historia de México. Editorial Jus. 1994, pp. 209-211.
18) Causa instruida contra el Generalísimo D. Ignacio de Allende y Unzaga, 10 de mayo-29 de junio de 1811. Documentos históricos mexicanos, Colección Genaro García, INHERM, V: 60-61.
19) Luís Ruora Aulinas, op cit, p. 71.
20) “La Conféderation Napoléonienne. El Desempeño de los conspiradores militares y las sociedades secretas en la Independencia de México” Guadalupe Jiménez Codinach en La revolución de independencia. Lecturas de historia mexicana. (Compilación de Virginia Guerrea). México: El Colegio de México, 1995, pp. 130-155.
2 ) Barry O’Meara, A Voice Of Saint-Helena, Vol. I, p. 211. London, 4th Edition, 1822.
22) Montholon. History of the Captivity, Vol II. , pp. 471-472.
23) Emilio Ocampo, La última campaña del Emperador, Editorial Claridad, Buenos Aires, 2007. páginas 198 y 199.
24) Archivo General de Indias; Estado, 31 (50).
25) Cuevas, op cit, p. 473.
26) Herbert E. Bolton General James Wilkinson as Advisor to Emperor Iturbide. The Hispanic American Historical Review, Vol. 1, No. 2 (May, 1918), pp. 163-180.
27) Rafael Heliodoro Valle. Iturbide: Varón de Dios. Artes de México, No. 146, año XVIII, 1971, p. 95.
28) Parte de virrey Apodaca, Conde de Venadito, sobre la situación de las Provincias Internas y proyectos de extranjeros contra ellas. 1819. Archivo General de Indias, Estado, 33(34).
29) La última campaña del Emperador, p. 343.
30) Enrique Sada Sandoval. Iturbide: ¿Libertador de México? Acequias. Universidad Iberoamericana. México. Año 5, Otoño 2001, No. 17, pp. 56-57.
3 ) De dicha referencia de Abad y Queipo con Calleja, se menciona de este último que una vez embarcado en Veracruz rumbo a Cádiz se le oyó decir que “el único capaz de llevar a cabo la Independencia de la Nueva España era el coronel Iturbide”. Y años más tarde, cuando supo que Iturbide encabezaba el movimiento libertador, dio por perdida la causa del rey. Mariano Cuevas. El Libertador: Documentos selectos de Don Agustín de Iturbide. Editorial Patria, México, 1947, p. 25.
32) Fray Juan de Quatemoctzin Rosillo de Mier, Manifiesto sobre la inutilidad de los provinciales de las religiones en América, Puebla, Imprenta de D. Pedro de la Rosa, 1821.
33) Jaime del Arenal Fenochio. Agustín de Iturbide. Colección: Grandes protagonistas de la Historia Mexicana. Editorial Planeta DeAgostini. México. 2002, p. 77.
34) S.M.I. Don Agustín I de Iturbide. A statement of some of the principal events in the public life of Agustín de Iturbide, written by himself. With a preface by the translator, and an appendix of documents. London: John Murray, Albermarle-Street. MDCCCXXIV, pp. 17 y 18.
35) James Smith Wilkox to the Secretary of State of the United States of America, Mexico, October 25, 1821. American State Papers, Index to Foreign Relations, Vol. VI.
36) Ibidem.
37) Enrique Sada Sandoval., op cit, p 58.
38) Enrique González Pedrero. País de un solo hombre: El México de Santa Anna. Vol. I: La Ronda de los contrarios. Fondo de Cultura Económica, México, 1993, p. 167.
39) William Spence Robertson. Iturbide of Mexico. Durham, N.C. Duke University Press, 1952, p. 314.
40) Entre estos figuran Timothy E. Anna, Brian Hamnett, Nettie Lee Benson, Jaime del Arenal Fenochio, Guadalupe Jiménez Codinach y Juan Balansó, entre muchos otros.
41) Por ello mismo, se reservaban el tutelaje del continente americano como coto de su exclusividad, conspirando en México contra el Emperador tal y como lo habían hecho previamente en Argentina y Chile contra el Libertador José de San Martín; tal como lo harían con Bolívar: el otro gran Libertador, admirador de Iturbide y émulo de Napoleón, a quien también llevarían a su propia muerte, no sin antes hacerlo presenciar la muerte en vida de su gloria: la Gran Colombia.