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LISTA
GENERAL DE LAUREADOS DEL PREMIO
MEMORIAL CONDE DE LAS CASES
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PRESENTACIÓN
Por
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador
del Instituto Napoleónico
México-Francia
Fundador y Director
General del Premio Memorial
Conde de Las Cases
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«
Los pueblos que no
reconocen a sus verdaderos
bienhechores no son dignos
de ser libres, ni lo serán
jamás ».
Simón Bolívar |
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Es
para nosotros un honor presentar
el siguiente escrito, ensayo
laureado de nuestro II
Premio Memorial Conde de Las
Cases, en su 2ª edición
2007.
Congratulada unánimemente
por el jurado internacional,
esta valiosa disertación,
El Camino hacia
la Libertad, reviste
por supuesto un interés
particular en cuanto a su contenido
literal, pero también,
sin duda, un valor muy especial
al ser señalado en un
momento histórico de
gran importancia para México,
cuando se inician oficialmente
los preparativos para la conmemoración
del Bicentenario del inicio
de la lucha por la Independencia
de nuestro país, a celebrarse
en 2010.
En este contexto señero,
y de cara a la por desgracia
inevitable avanzada de desmemoria
oficialista que se avecina ineludiblemente,
nos parece de particular necesidad,
por una parte, aprovechar la
coyuntura de estas celebraciones
para recalcar firmemente la
poderosa influencia que ejercieron
el legado Napoleónico,
y a través de él
el ascendiente beneficioso de
la generosa Francia, en los
hombres y en los eventos que
a la larga consumaron nuestra
Independencia en 1821, y que
dieron origen a nuestro país
en tanto que nación libre
y soberana. Por otro lado, y
principalmente, nos es preciso
afianzar y reivindicar la gloriosa
memoria e imperecedero legado
de S.M.I. Don
Agustín I, Emperador
y libertador de nuestra Patria,
objetivo que nuestro texto –
estamos convencidos de ello
– contribuye brillantemente
a alcanzar.
En efecto, hoy cuando nuestro
país atraviesa por momentos
de una fuerte crisis identitaria,
presa de los asaltos continuos
de modelos culturales y sociales
extranjeros que cuestionan nuestros
valores y tradiciones esenciales,
resulta primordial esclarecer
y difundir la historia de nuestro
liberador y primer monarca,
cuya memoria ha sido enturbiada
y mancillada a través
de tantas décadas de
desinformación e iniquidades.
En esta labor capital para la
recuperación y revivificación
de esta parte fundamental de
nuestro patrimonio e identidad
nacionales, la limpidez histórica,
el análisis académico,
pero ante todo la expresión
libre, son nuestras más
sólidas bases en pro
de la reivindicación
de la Patria a través
de la justa retribución
de una deuda de honor que todos
los mexicanos tenemos para con
la memoria del Padre y manumisor
de nuestro país.
Asimismo, gracias a esta unión
renovada, y por encima de las
ideologías sectarias
y divisiones partidistas que
solo han desgarrado a nuestro
país durante dos centurias,
se podrá cimentar la
reconciliación de nuestro
pueblo con su pasado más
glorioso, un legado y una tradición
siempre vivas y hoy encarnadas
en la ilustre persona de S.A.I.
el Conde Don Maximiliano de
Götzen-Iturbide,
Príncipe Imperial de
México.
Esto dicho, cedamos el paso
a nuestro autor no sin antes
evocar, puesto que así
lo exigen la verdad y la justicia,
las últimas palabras
que el héroe de Iguala
plasmara en sus memorias:
«Cuando instruyáis
a vuestros hijos en la historia
de la Patria, inspiradles amor
por el jefe del Ejército
Trigarante (...) quien
empleó el mejor tiempo
de su vida para que fueseis
dichosos».
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S.M.I.
Don Agustín
I
Por la Divina
Providencia, Emperador
Constitucional de
México |
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| Armas
del Primer Imperio de México |
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“Como ésta
es la historia de muchos espíritus de nuestro
tiempo,
creemos útil seguir todas sus fases, paso
a paso”.
Víctor Hugo.
El
siglo XIX, Siglo de las Luces, visto desde el enfoque
de la perspectiva histórica y social, bien
puede definirse como el parteaguas que marca el
nacimiento de la Edad Moderna. Grandes épicas
y sueños resonaron desde un extremo del mundo
hasta alcanzar el otro, en mayor o menor medida,
ya a través de la pluma, de la espada o del
cañón.
Nuevas
ideas se gestaron para dar a luz a nuevos
hombres, y grandes hombres empuñaron
las mismas como una bandera propia, ofrendando
su paz y hasta su vida porque estas pudieran
traducirse en obra palpable, cuando no perfecta,
para uso y goce de presentes y futuros, de
propios y aún hasta de extraños.
La Libertad,
como la fuente de donde emanan los más
nobles principios, se erige soberana, y muy
pronto se convierte en el estandarte de aquellas
almas pródigas que a pesar de las limitantes
propias de su espacio lograron vislumbrar
entre la noche de los tiempos un grande y
nuevo resplandor.
Lo anterior
no es fortuito ni es ajeno a la naturaleza.
Cada época se traduce a su vez en una
serie de eventos tan finamente eslabonados
en donde un escalón precede en orden
al siguiente: cada gran paso viene a determinar
el próximo, y aún más:
por una curiosa subversión, (subversión
tan solo en apariencia) cada paso que se da
hacia adelante en aras del progreso de las
naciones tanto como en el devenir de los pueblos,
viene a justificar precisamente toda huella
que le antecede para brindarle por igual una
mayor plenitud y realce al gran peldaño
que le sigue. Así se hace la Historia.
Los hombres
son hijos de su tiempo, esta es una verdad
irrefutable. Pero a menudo, quienes creen
en este axioma suelen olvidar otra verdad
tan grande como inseparable de la misma: hay
hombres que engendran nuevos tiempos, y en
efecto es uno de ellos quien da pie a la realización
de este ensayo.
Vencedor,
restaurador, reformador y artífice.
Genio singular en la palabra tanto como en
la acción, estás breves páginas
emergen dedicadas a un gran hombre y a su
influencia tan viva como palpable en el espíritu
de Europa y de América.
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| S.M.I.
el Emperador Don Agustín
I de México (1773-1824) |
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En el Viejo Mundo,
levantó a la Nación Francesa sobre
los escombros del Antiguo Régimen, revistiéndola
con un esplendor que en su momento y aún
en día nos resulta increíble. Su mano
fue todavía más prodiga, pues no solo
se ocupó del engrandecimiento de su Patria
sino que alcanzó a las naciones que la hermanaban,
plasmando en ellas esa grandeza y noble espíritu
que hoy por hoy define a la Europa que conocemos.
Creador de instituciones inspiradas en el Siglo
de las Luces, tan vigentes aún como
lo fueron ayer, vemos que sus triunfos no solo se
limitaron al campo del honor y la batalla: también
tocaron las artes, las ciencias y el pensamiento
de varias generaciones.
En América,
en nuestra América, su voz halló eco
fértil en la gesta libertaria de los pueblos
que después de trescientos años sin
el libre uso de la palabra, habían forjado
una identidad que por su naturaleza misma requería
de autonomía e igualdad para todos los hijos
de su suelo. Su imagen y su gloria encontraron también
un digno espejo en el corazón de aquellos
grandes hombres (Iturbide, Bolívar, San Martín)
que por el amor y la gloria de su patria, desafiando
al mundo entero, emprendieron heroicamente la lucha
por la Independencia, arrollando obstáculos
casi insuperables.
En efecto, él forma parte de aquellos pocos
gigantes a quienes debemos el mundo moderno tal
y como lo conocemos. La sola evocación de
su nombre nos define tanto su obra como su persona:
Napoleón. I
Quisiera dedicar
este esfuerzo a la memoria del genio tutelar de
la Nación Francesa quien, dotado de alas
de águila, ahora habita en las regiones inmarcesibles;
lo mismo que al Libertador de la Nación Mexicana:
Don Agustín I de Iturbide.
Dedico también
estás páginas a la memoria del Dr.
Enrique “Henri” Sada Quiroga, mexicano
condecorado con la Médaille de Bronze
de la Reconnaissance Française en 1947,
quien sin duda inspirado en el gran hombre de Austerlitz
y movido por su amor a la Libertad, se unió
al esfuerzo de muchos hombres de su tiempo para
romper el yugo de la usurpación y la tiranía
que laceraba el corazón y la grandeza del
pueblo francés durante la ocupación
alemana. A él se elevan también, estas
palabras.
Torreón,
Coahuila-México, D.F.
A 18 de mayo del
2007, en el 203 aniversario
de la proclamación imperial al trono de Francia;
y en el 185 aniversario de la proclamación
imperial
al trono de México.

| LA
ERA NAPOLEÓNICA: EUROPA EN LOS
ALBORES DEL SIGLO XIX
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“Quiero
que vuestros descendientes conserven mi recuerdo
y digan: es el regenerador de nuestra patria”
Napoleón.
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Napoleón
cruzando los Alpes
Óleo de Jacques-Louis
David. Primera versión de Versalles
(detalle). |
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El
último tercio del siglo XVIII y el primero
del XIX fueron testigos del fin del Antiguo Régimen
y de la transición a la edad moderna. Las
revoluciones políticas que tuvieron lugar
durante ese período terminaron con el absolutismo
y lo sustituyeron por nuevas formas orgánicas
de gobierno basadas en la igualdad ante la ley,
la democracia y la libertad individual. Francia
es el ejemplo más claro de la supresión
de los modelos ancestrales: asiste al desmoronamiento
de sus caducas estructuras feudales y atestigua
la caída violenta de su monarquía.
Las razones eran naturales y por mucho evidentes.
Legalmente, la
sociedad francesa estaba constituida como una monarquía
absoluta, encarnada en un rey por “derecho
divino”, y un Estado fuertemente centralizado
que se sostenía en estamentos fundamentados
sobre los privilegios y la desigualdad social donde
los únicos beneficiados de este orden eran
la nobleza y el clero, ambos poseedores de exenciones;
frente a un tercer grupo que estaba constituido
por burgueses, artesanos, campesinos y otros colectivos
marginales que sumaban la inmensa mayoría.
Sobre ese heterogéneo conjunto recaían
los impuestos y cargas económicas en los
que se sustentaba el Estado.
Pero a la altura
de 1789 esta organización había quedado
obsoleta, y el aparato administrativo y judicial
no funcionaba correctamente. Para muchos se hacía
necesaria una profunda reforma a la que, sin embargo,
estaban poco dispuestos los estamentos privilegiados.
La Ilustración subrayó esas contradicciones,
las criticó y denunció, contribuyendo
a socavar los cimientos sociales y políticos
del Antiguo Régimen.
En esta acción destacaron las teorías
de Montesquieu y Rousseau, fundamentadas en los
principios de separación de poderes,
soberanía nacional e igualdad de todos
los ciudadanos ante la ley.
Fue así como
un 14 de julio de 1789 inicia en Francia un levantamiento
que sentaría un precedente entre el mundo
antiguo y el mundo moderno: la toma de la Bastilla
daría inicio a la Revolución Francesa.
Al poco tiempo, los pabellones borbónicos
serían sustituidos por una bandera tricolor
que, revestida con los colores de la ciudad de París
(azul y rojo), y añadiendo el blanco real,
ahora encarnaría las garantías que
el pueblo libre abrazaba como derechos naturales
frente al despotismo: Libertad, Igualdad y Fraternidad.
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| Antes
y después: Napoleón
en el puente de Árcole
por el Barón Gros, y como
Emperador de los franceses, aquí
representado en el Trono imperial
de Francia, por Jean-Baptiste
Ingres. |
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La Revolución
Francesa fue la primera revolución política
burguesa del continente europeo. Supuso la implantación
del liberalismo, constituyó un golpe decisivo
para el absolutismo monárquico y su sustitución
por principios como la soberanía nacional,
el reparto de poderes y el reconocimiento de las
libertades individuales. El abuso del poder real
y la tiranía de una nobleza decadente habían
causado el estallido de la insurrección.
No obstante, esta última traería otras
reacciones de naturaleza tan enfrentada como desastrosa
a su vez. Francia pasó del exceso del poder
al exceso de la libertad que pronto derivó
en anarquía y muerte con la instauración
del periodo del Terror. No había salida alguna.
Ni el presente ni el pasado aseguraban el porvenir:
la revolución parecía destinada a
tiranizar y devorar por igual al pueblo llano tanto
como a sus propios hijos.
Los muy distintos
intentos de gobierno que ejercieron el poder desde
1789 hasta 1800, pese a sus grandes errores y fracasos,
contribuyeron en algo favorable: la integridad y
la independencia de la Nación Francesa se
mantuvo a pesar de los embates y amenazas de las
potencias europeas que la circunvecindaban y la
consideraban un foco de amenaza; el sistema feudal
decadente que representaba el ancien régime
quedó nulificado y los mejores principios
de la Ilustración lograron encontrar amplia
difusión en varios lugares. Sin embargo,
las instituciones que garantizaran la salvaguarda
de los principios y los intereses del pueblo aún
estaban por hacerse.
El espíritu
de la Libertad recién emanado de la Revolución,
atemorizaba por igual a pueblos y soberanos. Pero
el miedo habría de hallar su fin en cuanto
este mismo espíritu, siguiendo a los batallones
franceses, fue abrazado por un hombre que dotado
de un genio militar, de un gran talento político
natural y de un arrojo sin precedentes, vendría
a forjar un nuevo mundo: Napoleón Bonaparte.
La epopeya de una nueva era empezaría en
la batalla de Árcole, siguiendo con paso
acelerado hasta las campañas de Egipto y
de vuelta a la Francia que esperaba ansiosa el regreso
de aquél en quien el triunfo y la gloria
parecían haber hallado su más fiel
depositario.
Una vez en el poder
por el apoyo del pueblo, Napoleón procedió
rápidamente a la abolición de todas
las leyes o estamentos arbitrarios; cicatrizó
las heridas, recompensó el mérito
junto con el valor personal y se ciñó
los mejores ideales de la República, llevando
a todos los franceses a unirse como pueblo por la
elevación y la prosperidad de su Patria.
Al hacer su aparición en el escenario, “comprendió
que debía de representar ante los ojos de
sus compatriotas tanto como a los ojos del resto
del mundo el papel de ejecutor testamentario de
los mejores principios de la Revolución y
de la Ilustración” (1).
El legado napoleónico
se materializó en varios planos: en el plano
político-social y militar supuso la extensión
de las formas revolucionarias, de las libertades
civiles (consagradas en el Código Civil de
1804) y la quiebra definitiva de las estructuras
feudales. Esa labor se concretó con el nacimiento
de una serie de constituciones de signo liberal
moderado como la Constitución de Bayona,
el ascenso de la burguesía como nueva clase
dominante frente a la nobleza y el clero, la introducción
del Derecho moderno y la innovación de los
ejércitos junto con la táctica militar.
Sus realizaciones más notables se concretaron
en la creación de una administración
local de estructura centralizada, una organización
judicial donde los jueces se convirtieron en funcionarios
y la reestructuración del aparato burocrático.
El corolario de esta política se decanto
en su Código Civil que garantizaba la
libertad individual, la igualdad ante la ley, la
propiedad privada y la libertad económica.
El resultado fue
la formación de un extenso imperio en Europa
bajo el liderazgo de Francia, organizado y regido
personalmente, a través de familiares o militares
de confianza, con la colaboración de las
clases ilustradas de los países conquistados,
en los que se promulgaron constituciones y códigos
similares al francés.
El nacionalismo
también se vio reforzado. Frente a los vínculos
personales en que se sustentaba la lealtad al señor
feudal o la sumisión al monarca absoluto,
se abrió camino a un nuevo tipo de relación:
la del ciudadano libre dentro del marco del estado-nación
que conformaba una unidad en torno a elementos comunes
como la lengua, la cultura y la
historia, donde los límites territoriales
albergaban un Estado constituido por una colectividad
claramente diferenciada de otras.
La Revolución
Francesa intensificó este movimiento como
medio de exaltación de la nación frente
al absolutismo. Napoleón alentó los
nacionalismos: en Italia criticó la presencia
de los austriacos y ayudó a crear un reino
autónomo en Nápoles bajo Murat. Este
tipo de nacionalismo fue argumentado por la mayoría
de los protagonistas de la unificación alemana,
y a la postre, también sería enarbolado
y adoptado en el caso de las naciones hispanoamericanas,
y muy en particular el Imperio Mexicano al proclamar
su Independencia de la vieja España.
No hay duda de
que el Emperador contribuyó más que
ningún hombre de su tiempo a apresurar el
imperio de la Libertad y la Igualdad,
preservando la influencia moral de la Revolución
y disminuyendo los temores naturales que la misma
podría inspirar. Sin el Consulado y el Imperio,
esta hubiera sido simplemente un drama histórico
y consecuente que habría dejado marca pero
muy pocos frutos reales. Gracias a que Napoleón
se erigió sólidamente es que la revolución
sobrevivió y se propagó con vida por
Europa y América.
Por ello fue que
la transición entre la República y
el Imperio aunado al restablecimiento del culto
religioso, en vez de producir incertidumbre y desconfianza,
asentó la paz y la seguridad puesto que correspondía
tanto a las necesidades como al anhelo de las mayorías.
De este modo vemos como nunca antes se introdujeron
tan grandes cambios con tan poco esfuerzo.
En
el caso de Napoleón, para proveer a
esa falta de estabilidad y de continuidad
nacional constantemente amenazada por los
intereses de facción o por la vuelta
al pasado, fue necesario instaurar un nuevo
orden hereditario cuyo poder habría
de basarse en el espíritu democrático.
No extraña por lo tanto el que un hombre
como el haya adquirido tan fácilmente
su inmenso ascendente por dos razones: porque
era necesario en el orden histórico
consecuente y porque nadie como él
representaba en su persona los más
sanos principios del poder tanto como las
mejores ideas de su tiempo.
(2)
Los principios
sobre los cuales se establecieron las leyes
que rigieron al Imperio y a las naciones cubiertas
por su manto eran los siguientes: la igualdad
civil, en armonía primordial de los
principios democráticos; y una jerarquía
en armonía con los principios del orden
y la estabilidad. Sólo el poder de
la familia imperial constituía en ese
entonces la única dignidad hereditaria,
ningún otro puesto u oficio lo fue
durante este periodo. Prevalecía la
supremacía del mérito, el valor
y la virtud personal, como atestigua la creación
de la Orden
de la Legión de Honor; de
ahí que todos los oficios estaban plenamente
al alcance de los ciudadanos sin excepción
alguna.
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| La
instauración y el reconocimiento
de una nueva nobleza
fundamentada en el valor,
el mérito
y la virtud personales
fueron obra de la inspiración
napoleónica, adoptada por
el emperador Agustín I y
el Imperio mexicano: La Orden
de la Legión de Honor
y la Orden Imperial de Nuestra
Señora de Guadalupe;
su divisa: Religión,
Independencia, Unión.
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Si analizamos el
espíritu de las leyes que emanaron de la
mano de un solo hombre, en un tiempo en que las
diferencias eran dirimidas aún por el espíritu
de facción más que por la justicia,
cuando aún el resto del mundo conocido constituía
en sí una amenaza para los principios de
la Libertad y la Igualdad, Napoleón proyectaba
el establecimiento de un sistema plural, antecesor
de nuestras democracias contemporáneas, fundamentado
en instituciones efectivas y permanentes, como mejor
garantía para las generaciones futuras.
La implantación
del sistema napoleónico más allá
de Francia consistió en convocar la participación
del poder eclesiástico, las magistraturas,
las administraciones provinciales, municipales,
industriales, académicas, comerciales y hasta
militares, de manera que todas las clases que conformaban
en sí la sociedad según el caso, se
vieran plenamente representadas. (3)
Así pues,
la política napoleónica aseguraba
la primacía del bien común por sobre
los intereses individuales y las ambiciones de facción,
fundamentados todos bajo un mismo espíritu
que muy pronto hallaría eco en la mentalidad
de los pueblos hispanoamericanos en su lucha por
la Libertad.
| EL
OCASO DEL IMPERIO ESPAÑOL
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“La gloria
de Europa se ha extinguido para siempre”
Edmund Burke.
Frente al auge de la Francia bajo el Imperio Napoleónico
se contrapone en Europa el ocaso del Imperio Español,
drama histórico que también habría
de constituirse en la causa principal de la Independencia
de México y del resto de América.
Hay quienes coinciden en fechar este suceso a partir
del reinado de Felipe IV, quien empieza a padecer
derrotas militares lo mismo que la pérdida
de influencia en su propio territorio tras la separación
del reino de Portugal. Sin embargo, aún los
historiadores más reacios coinciden en señalar
que el eclipse del otrora gran imperio donde nunca
se ponía el sol, empieza con la implantación
de una nueva dinastía: los Borbones.
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| En
la primera imagen, el último
de los Austria, Carlos
II “El hechizado”
(1665-1700),
frente al despotismo sin lustre
(retratos siguientes): los Borbones
Carlos
II (1665-1700), Carlos
III (1716–1788),
Carlos IV (1748-1819),
y Fernando VII
(1784-1833). |
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Tras la muerte de
Carlos II “El hechizado” se cierra el
capítulo glorioso de la Casa de los Habsburgo
españoles. Por cambios de último momento,
la designación testamentaria para la sucesión
del reino hispano recae en el Duque de Anjou, a
la postre conocido como Felipe V de Borbón,
nieto de Luís XIV y primero de dicha dinastía
en gobernar ambos mundos. Desde principios del siglo
XVII hasta la mitad del mismo, el Imperio Español,
salvo sus victorias en el reino de Nápoles,
se mantendría en una especie de estatismo
frente a sus colonias americanas, mismas que empezarían
a dar frutos en las ciencias, en la producción
y en las artes para el resto del mundo, patentizando
a su vez la gestación de lo que a la postre
sería un espíritu propio de identidad
frente al español peninsular aún por
parte del criollo o español nacido en América.
A pesar de que ya eran ciertas diferencias en cuanto
a los privilegios que los españoles gozaban
frente a los criollos, la situación se haría
más grave tras la muerte sin descendencia
de Fernando VI, primogénito de Felipe V,
y la asunción al trono de su hermanastro:
Carlos VII, rey de Nápoles, y ahora rey de
España e Indias bajo el nombre de Carlos
III.
Después
vendrían las mal llamadas “reformas
borbónicas” de origen masónico,
impulsadas tan desatinadamente por Carlos
III y sus ministros no españoles. Dichas
reformas restringían económica
y socialmente a las colonias americanas, imponiéndoles
restricciones productivas y sobrecargas frente
a los nativos de la España peninsular.
Dichas medidas no fueron bien acogidas, y
en algunos casos no se aplicaron, pero generaron
desconfianza y recelo entre los súbditos
novohispanos porque en ellas resentían
cierta injusticia. Pero lo anterior sería
solo el preludio de lo porvenir.
La actitud
del rey y sus ministros, lejos de enmendarse,
habría de empeorar en la Nueva España
y el resto de las colonias tras la desafortunada
designación de José de Gálvez
como Ministro de Indias. Gálvez, como
visitador y como ministro, demostró
no solo una gran ignorancia respecto a la
importancia que representaba el Nuevo Mundo,
y más en particular la Nueva España,
como principal sostén e impulso del
Imperio Español a ambos lados del mar;
también manifestó un sumo desprecio
hacia quienes habitaban y constituían
su población. No extrañe que
desde 1765 implantó la política
de impedir que los criollos y los mestizos
ocuparan puestos importantes en el gobierno
virreinal.
Otro de los
peores agravios infligidos por Gálvez
y los Borbones fue la expulsión de
los jesuitas y la supresión de la Compañía
de Jesús del resto del Imperio.
Esta medida causó grandes daños
y descontento en la población, pues
no solo se le desproveía de los auxilios
morales y espirituales: también se
perdía el noventa por ciento de los
educadores de la Nueva España y quedaban
abandonadas las misiones tanto como los grandes
progresos civilizadores que ya se habían
logrado entre los indios bárbaros en
las lejanas Provincias Internas y de Oriente.
El bando del
entonces virrey Marqués de Croix por
el que se ejecutaba la real pragmática
de Carlos III no sólo afligió
a los novohispanos, también los agravió:
“De una vez por venidero deben saber
los súbditos del gran monarca que ocupa
el trono de España que nacieron
para callar y obedecer, y no para discutir
ni opinar en los asuntos del gobierno”.
(4)
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Don
José de Gálvez y
Gallardo (1720-1787)
Marqués de Sonora,
ministro y esbirro de Carlos III,
enemigo natural de la América
Española. |
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Para finales del
siglo XVIII la situación general en las colonias
era de inquietud. Diversos factores convergían
en una situación que prepararía la
guerra de independencia. Tres distintos observadores,
especialmente lúcidos, plasmaron su visión
en escritos diferentes durante este periodo crítico.
En 1783 el Conde de Aranda, embajador de España
en Francia, escribió al rey un informe secreto
sobre la situación en las colonias después
de la independencia norteamericana. Vislumbraba
que el aparato político estaba desgastado
y que era urgente una radical reforma política
si no se quería que España perdiera
de manera definitiva su soberanía sobre sus
posiciones. También vaticinó que los
Estados Unidos se convertirían en una amenaza
para el mundo hispánico y en concreto para
México.
En 1799 Monseñor
Abad y Queipo, obispo de Valladolid, dirigió
un informe al rey sobre la situación en Nueva
España. Hacía gran hincapié
en la abrumadora desigualdad social y económica;
hacia notar que urgía una reforma social
que hiciera algo por los desposeídos o se
seguiría incubando el odio de castas. Por
último, en 1806 el barón Alexander
Von Humboldt terminó de recopilar los datos
para escribir su monumental Ensayo Político
sobre el reino de la Nueva España. Aunque
se publicó casi quince años después,
el diagnóstico fue exacto: México
era el país de las grandes desigualdades
económicas y de las grandes oportunidades,
pero era necesaria una reforma económica
que pusiera la bonanza al alcance de la mayoría.
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| Nobles
visionarios a favor de la América
Española: El Barón
Alexander von Humboldt (1769-1859)
y el Conde de Aranda (1719-1798). |
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El primer informe
fue descartado por alarmista. El segundo fue atendido
pero finalmente nunca se hizo nada concreto. En
cuanto al libro de Humboldt, salió a la venta
cuando ya México era virtualmente independiente
y sólo sirvió para que las potencias
se fijaran en el país como apetecible botín.
En resumen, el crecimiento económico del
siglo XVIII, la desigualdad en la distribución
de la riqueza y la inflexibilidad política
del régimen causaron que los criollos buscaran
sustituir a los peninsulares en el disfrute de los
bienes del extenso territorio novohispano, tal y
como señala David Brading (5).
Como reacción lógica contra el absolutismo
borbónico, surgió incontenible en
toda la Nueva España lo que se ha dado en
llamar el Nacionalismo Criollo, antecesor
directo del nacionalismo mexicano. Este nacionalismo
tenía como característica un fuerte
amor por el territorio novohispano y por su gente,
matizado por un espíritu de liberalismo intelectual
y económico de carácter autonomista.
Para 1788 la situación
empezaría a evidenciar su derrumbe. Carlos
IV asume el trono como un monarca débil y
más falto de luces que su padre, tanto que
permitiría que un advenedizo guardia de corps,
Manuel Godoy, amante de su esposa, fuera quien tomara
las riendas del poder. Durante su periodo España
terminó en una posición desventajosa
entre Inglaterra por un lado y la Revolución
Francesa y Napoleón por el otro. El resultado
de sus políticas fue inevitable: una guerra
con Francia y otra con Inglaterra, ambas ruinosas
para el reino. Carlos cedió a Inglaterra
la isla de Trinidad y perdió la famosa batalla
de Trafalgar el 21 de octubre de 1805, en la que
el Almirante Nelson arruinó la flota de España
y la de Francia.
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| La
decadencia borbónica:
Manuel Godoy Álvarez
de Faría (1767-1851),
“Príncipe
de la Paz”, Ministro
principal del rey Carlos III y
amante de la mujer
de éste último,
la reina María
Luisa de Parma
(1751-1819). |
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Mientras esto sucedía,
la guerra entre Francia y Portugal le ofreció
a Napoleón la oportunidad inesperada de implantar
los mejores ideales de la Revolución Francesa
en suelo hispano tanto como en sus colonias de ultramar.
El influjo napoleónico, que construía
y moldeaba un poderoso imperio sobre los restos
de la Revolución Francesa, añadido
a otras circunstancias, desacreditó al mismo
Carlos IV tanto como a la dinastía borbónica.
Aún sus desavenencias familiares y la corrupción
de Godoy y de su régimen, poco a poco fueron
sabiéndose en México.
Cabe señalar
que para el año de 1810 la Nueva España
contaba con una población aproximada de de
seis millones de habitantes: un millón de
criollos, cuarenta mil españoles peninsulares,
tres millones y medio de indios puros, un millón
y medio de mestizos y poco menos de medio millón
de negros. Para ese entonces ya era más que
innegable el malestar general de la población
nativa, cuyas causas eran bastantes: Los antiguos
reyes y emperadores de la Casa de Austria en España,
quienes conquistaron y civilizaron el Nuevo Mundo,
siempre habían tratado a América,
y en particular a México, como si se tratara
de un reino o provincia de la misma España
peninsular. Por el contrario, los Borbones, comenzando
por Felipe V, desde 1699, la miraban como una colonia
y como a tal la trataban.
| INTERLUDIO:
LA VOZ DEL CAPELLÁN DEL DIOS
MARTE
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“Waterloo
solo tuvo como efecto
hacer que el trabajo revolucionario continuara por
otro lado”
Víctor Hugo.
Para hablar de
la Libertad como el ideal acariciado por los hombres
de la América Española del siglo XIX,
o incluso para hablar de la Independencia como emanación
natural del espíritu napoleónico,
es necesario sentar un precedente y mencionar a
un personaje clave. Si un hombre ha de ser considerado
el ideólogo de cabecera de Napoleón
respecto a la idea de la Independencia de México
e Hispanoamérica, tanto como de la necesidad
de la misma, este hombre fue Dominique de Pradt.
Su interés
por la suerte de las colonias y sobre su futuro
potencial fue tan genuino como constante durante
toda su vida; ni siquiera esperó a que Europa
se interesara por el tema. Desde 1798 Pradt enunciaba
en sus obras que las colonias son hijas de las metrópolis
y por ello al crecer se emancipan, hecho que debe
permitírseles si han llegado a la mayoría
de edad.
Tras la publicación
de su obra Les trois âges des colonies
ou leurs états passé, présent
et à venir en 1802, este clérigo
de linaje noble llegó a influir en Napoleón
y en la mentalidad de su tiempo, traspasando fronteras
y mares con sus análisis concienzudos entorno
a la suerte de las Américas como naciones
independientes y sobre el futuro promisorio que
las mismas ofrecerían como tales a Francia
y al mundo entero. Al Emperador le simpatizó
profundamente la viveza del abate, tanto que decidió
nombrarlo su capellán, a quien llamaba “mon
petit aumônier” (mi pequeño capellán);
y el abate le correspondía auto nombrándose
“aumônier du dieu Mars” (capellán
del dios Marte) (6).
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| El
capellán del dios Marte:
el abate Dominique de Pradt
(1759-1837),
precediendo a Francisco Primo
Verdad y Ramos (1760-1808), y
al virrey
José de Iturrigaray y Aróstegui
(1742-1815),
precursores de la Independencia mexicana. |
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Uno de los hechos
de más interés en la vida del abate
fue su participación en las negociaciones
de Bayona. El mismo Pradt cuenta en sus Mémoires
historiques sur la révolution d’Espagne
(1816) que estando en Poitiers lo sorprendió
la orden del Emperador para que lo siguiera a Bayona.
Afirma que su misión consistió en
convencer al Príncipe de Asturias para que
abdicara a favor de su padre, y que incluso llegó
a sugerir a Napoleón el nombramiento de Fernando
VII como emperador de la Nueva España para
estimular la Independencia de las colonias.
En lo anterior
podemos ver claramente la influencia del abate en
Napoleón y el influjo del espíritu
napoleónico en la obra del mismo como también
se hacen presentes las ideas de Montesquieu en ambos.
El autor de El espíritu de las leyes
llegó a enunciar que la Independencia
de las colonias españolas estaba en el curso
inevitable de los acontecimientos. Las Indias
y España “son dos potencias que gobierna
un mismo soberano, pero las Indias son lo principal
mientras España lo accesorio. En vano pretenderá
la política subordinar lo principal a lo
secundario: no es España la que atrae a las
Indias, que son las Indias las que atraen a España”
(7).
La lectura de las
obras del abate por parte de los caudillos americanos
más ilustrados como Iturbide, Bolívar,
San Martín y Pueyrredón nos indica
la importancia que para los patriotas significaba
el contar con un aliado y un defensor de su causa
nada menos que en la propia Europa. Gracias al espíritu
napoleónico y a la presencia ideológica
de Pradt, nuestros libertadores se sienten comprendidos
y legitimados ante el resto del mundo.
Una idea preponderante
entre sus obras es la fe en las constituciones y
en la necesidad de instituciones para que el hombre
obre y se desarrolle óptimamente. Para Pradt
es evidente que España no posee medio alguno
para retener sus colonias americanas, ya que se
ha convertido en una madre que “extermina
a un tiempo en esta lucha… a sus hijos de
América por los de Europa… en un solo
acto de suicidio y parricidio” (8).
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| Ávidos
lectores de Pradt, admiradores
de Napoleón I y amigos
libertadores: Simón
Bolívar y
Agustín de Iturbide en
1821. |
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Una vez conquistada
la Independencia de los nuevos países preocupaba
a Pradt, lo mismo que a Napoleón, la incapacidad
de los americanos para gobernarse, misma que puede
derivar en anarquía o una nueva esclavitud
tan oprobiosa como la colonial si no se asisten
de la experiencia y de las instituciones europeas:
“Unos querrán monarquía, otros
república, otros jefes absolutos: qué
multitud de cosas, cuánta confusión,
cuanta sangre y desgracias antes que un arreglo
bien cimentado llegue a terminar con todas las dificultades…
al exceso de opresión sucede muchas veces,
tal vez siempre, el de la libertad y al despotismo
de uno el despotismo de todos, que es el peor de
todos los despotismos” (9).
Es innegable que
por la influencia que ejerció en Hispanoamérica
el abate francés, como consejero de Napoleón,
también fue un visionario, un precursor y
“el profeta” de la emancipación
para muchos americanos ilustres. Vemos como Bolívar
entabló relaciones cordiales por correspondencia
con él; como Chile, el Río de la Plata,
la Gran Colombia y otros países lo conocieron
y estimaron como un defensor de su causa en suelo
europeo y como hombre poseedor del “fuego
sagrado” que tanto elogiaba el Emperador.
Sin embargo, fue
en México, en el antiguo Virreinato de la
Nueva España en donde se puede afirmar con
plenitud que se realizaron los designios propios
del espíritu napoleónico, y por consiguiente,
el pensamiento pradtiano, como reconocía
fray Servando Teresa Mier: “En agosto de 1821
el virrey O’Donojú y Agustín
de Iturbide firmaron los Tratados de Córdoba.
En este nuevo documento se trató, según
reza el preámbulo, de desatar sin romper
los vínculos que unieron a España
y América. Se reconocía la independencia
absoluta; el gobierno sería monárquico,
constitucional moderado, y se llamaría a
Fernando para ocupar el trono. Pradt triunfaba”.
(10)
“Fernando,
con toda su furia, intentará mantener su
cetro,
pero una de estas mañanas, se le escapará
de las manos como una anguila”.
Napoleón.
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El
Imperio Mexicano
Escudo sobre fondo de motivos
alegóricos |
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La épica
que iniciaría con el proceso de la Independencia
mexicana fue el reflejo de todos los conflictos
y proyectos subyacentes que subsistían en
el Viejo Mundo, fundamentalmente, la pugna entre
el liberalismo y el absolutismo. Es evidente que
el legado del emperador francés, las ideas
de Montesquieu y los ideólogos de la Ilustración
permearon en el Virreinato a través de las
noticias y los libros que eran bien recibidos por
criollos y mestizos. Sin embargo, se ha hecho notar
que el pensamiento antirreligioso de la Revolución
Francesa no fue admitido por los caudillos hispanoamericanos
de la independencia, quienes solo adoptaron las
ideas políticas. A lo anterior habría
que agregar el hecho de la aportación que
representó la tradición cristiana-católica
y española en el sentido de las ideas fundamentales
para la formación de los criterios políticos
tales como la igualdad esencial de los seres humanos,
la creencia de que cada persona es libre y que su
vida no está fatalmente predeterminada, entre
muchas otras.
Sin embargo, los
males que amenazaban al pueblo mexicano en sus intereses
elevados, más morales que materiales, también
hicieron temer a la Iglesia. De aquí que
los pensadores fueron viendo claramente que la separación
de España era el único medio de librarnos
de ellos, pues se hallaba la Metrópoli desde
principios del siglo XIX en un estado propio de
decrepitud tan evidente en los escándalos
y abusos en que incurrían la familia real
española junto con Godoy, a la par de la
corrupción y el descrédito del gobierno
real al interior de la misma España y ante
los ojos del mundo.
Precisamente porque
sacerdotes ilustrados tomaban parte en las juntas
donde se discutían los proyectos de emancipación,
estos se estrellaban con un obstáculo de
orden moral: la rebelión contra la autoridad
legítima de los reyes de España, rebelión
que suponían necesaria para la única
clase de independencia eficaz. Esta cuestión
quedaba expresa en el principio de que el rey, como
príncipe cristiano que era, “puede
obligar á sus súbditos infieles á
la observancia de la ley natural” (11).
Por suerte, este punto vino a resolverse solo con
el transcurso de los acontecimientos, justo cuando
y por donde menos se esperaba: por haber dejado
de existir la Corona de España.
La descomposición
monárquica española está llegando
al máximo y las esperanzas nacionalistas
se ponen en el príncipe de Asturias. En octubre
de 1807 Carlos IV descubre elementos de una conjura
y ordena la detención de su hijo. Fernando,
acusado de proyectar la muerte de su padre y de
haber pedido ayuda a Napoleón, dando pruebas
de la bajeza que confirmará su reinado, denuncia
a todos sus compañeros de conspiración:
incluso a su difunta esposa. El rey perdona a su
hijo y en medio de una farsa de juicio, se absuelve
a todos los procesados.
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| “Religión,
Yndependencia y Unión”:
Las Tres Garantías del
Plan de Iguala, que representan
nuestra nacionalidad, hermanadas
en esencia con la Francia Napoleónica
en 1821. De izquierda a derecha:
Pabellón de las Tres Garantías;
Águila Imperial de México;
Armas del Primer Imperio de México;
Águila Imperial de Francia. |
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