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LISTA
GENERAL DE LAUREADOS DEL PREMIO
MEMORIAL CONDE DE LAS CASES
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PRESENTACIÓN
Por
el Prof. Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador
del Instituto Napoleónico
México-Francia
Fundador y Director
General del Premio Memorial
Conde de Las Cases
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«
Los pueblos que no
reconocen a sus verdaderos
bienhechores no son dignos
de ser libres, ni lo serán
jamás ».
Simón Bolívar |
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Es
para nosotros un honor presentar
el siguiente escrito, ensayo
laureado de nuestro II
Premio Memorial Conde de Las
Cases, en su 2ª edición
2007.
Congratulada unánimemente
por el jurado internacional,
esta valiosa disertación,
El Camino hacia
la Libertad, reviste
por supuesto un interés
particular en cuanto a su contenido
literal, pero también,
sin duda, un valor muy especial
al ser señalado en un
momento histórico de
gran importancia para México,
cuando se inician oficialmente
los preparativos para la conmemoración
del Bicentenario del inicio
de la lucha por la Independencia
de nuestro país, a celebrarse
en 2010.
En este contexto señero,
y de cara a la por desgracia
inevitable avanzada de desmemoria
oficialista que se avecina ineludiblemente,
nos parece de particular necesidad,
por una parte, aprovechar la
coyuntura de estas celebraciones
para recalcar firmemente la
poderosa influencia que ejercieron
el legado Napoleónico,
y a través de él
el ascendiente beneficioso de
la generosa Francia, en los
hombres y en los eventos que
a la larga consumaron nuestra
Independencia en 1821, y que
dieron origen a nuestro país
en tanto que nación libre
y soberana. Por otro lado, y
principalmente, nos es preciso
afianzar y reivindicar la gloriosa
memoria e imperecedero legado
de S.M.I. Don
Agustín I, Emperador
y libertador de nuestra Patria,
objetivo que nuestro texto –
estamos convencidos de ello
– contribuye brillantemente
a alcanzar.
En efecto, hoy cuando nuestro
país atraviesa por momentos
de una fuerte crisis identitaria,
presa de los asaltos continuos
de modelos culturales y sociales
extranjeros que cuestionan nuestros
valores y tradiciones esenciales,
resulta primordial esclarecer
y difundir la historia de nuestro
liberador y primer monarca,
cuya memoria ha sido enturbiada
y mancillada a través
de tantas décadas de
desinformación e iniquidades.
En esta labor capital para la
recuperación y revivificación
de esta parte fundamental de
nuestro patrimonio e identidad
nacionales, la limpidez histórica,
el análisis académico,
pero ante todo la expresión
libre, son nuestras más
sólidas bases en pro
de la reivindicación
de la Patria a través
de la justa retribución
de una deuda de honor que todos
los mexicanos tenemos para con
la memoria del Padre y manumisor
de nuestro país.
Asimismo, gracias a esta unión
renovada, y por encima de las
ideologías sectarias
y divisiones partidistas que
solo han desgarrado a nuestro
país durante dos centurias,
se podrá cimentar la
reconciliación de nuestro
pueblo con su pasado más
glorioso, un legado y una tradición
siempre vivas y hoy encarnadas
en la ilustre persona de S.A.I.
el Conde Don Maximiliano de
Götzen-Iturbide,
Príncipe Imperial
de México.
Esto dicho, cedamos el paso
a nuestro autor no sin antes
evocar, puesto que así
lo exigen la verdad y la justicia,
las últimas palabras
que el héroe de Iguala
plasmara en sus memorias:
«Cuando instruyáis
a vuestros hijos en la historia
de la Patria, inspiradles amor
por el jefe del Ejército
Trigarante (...) quien
empleó el mejor tiempo
de su vida para que fueseis
dichosos».
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S.M.I.
Don Agustín
I
Por la Divina
Providencia, Emperador
Constitucional de
México |
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| Armas
del Primer Imperio de México |
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“Como ésta
es la historia de muchos espíritus de nuestro
tiempo,
creemos útil seguir todas sus fases, paso
a paso”.
Víctor Hugo.
El
siglo XIX, Siglo de las Luces, visto desde el enfoque
de la perspectiva histórica y social, bien
puede definirse como el parteaguas que marca el
nacimiento de la Edad Moderna. Grandes épicas
y sueños resonaron desde un extremo del mundo
hasta alcanzar el otro, en mayor o menor medida,
ya a través de la pluma, de la espada o del
cañón.
Nuevas
ideas se gestaron para dar a luz a nuevos
hombres, y grandes hombres empuñaron
las mismas como una bandera propia, ofrendando
su paz y hasta su vida porque estas pudieran
traducirse en obra palpable, cuando no perfecta,
para uso y goce de presentes y futuros, de
propios y aún hasta de extraños.
La Libertad,
como la fuente de donde emanan los más
nobles principios, se erige soberana, y muy
pronto se convierte en el estandarte de aquellas
almas pródigas que a pesar de las limitantes
propias de su espacio lograron vislumbrar
entre la noche de los tiempos un grande y
nuevo resplandor.
Lo anterior
no es fortuito ni es ajeno a la naturaleza.
Cada época se traduce a su vez en una
serie de eventos tan finamente eslabonados
en donde un escalón precede en orden
al siguiente: cada gran paso viene a determinar
el próximo, y aún más:
por una curiosa subversión, (subversión
tan solo en apariencia) cada paso que se da
hacia adelante en aras del progreso de las
naciones tanto como en el devenir de los pueblos,
viene a justificar precisamente toda huella
que le antecede para brindarle por igual una
mayor plenitud y realce al gran peldaño
que le sigue. Así se hace la Historia.
Los hombres
son hijos de su tiempo, esta es una verdad
irrefutable. Pero a menudo, quienes creen
en este axioma suelen olvidar otra verdad
tan grande como inseparable de la misma: hay
hombres que engendran nuevos tiempos, y en
efecto es uno de ellos quien da pie a la realización
de este ensayo.
Vencedor,
restaurador, reformador y artífice.
Genio singular en la palabra tanto como en
la acción, estás breves páginas
emergen dedicadas a un gran hombre y a su
influencia tan viva como palpable en el espíritu
de Europa y de América.
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| S.M.I.
el Emperador Don Agustín
I de México (1773-1824) |
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En el Viejo Mundo,
levantó a la Nación Francesa sobre
los escombros del Antiguo Régimen, revistiéndola
con un esplendor que en su momento y aún
en día nos resulta increíble. Su mano
fue todavía más prodiga, pues no solo
se ocupó del engrandecimiento de su Patria
sino que alcanzó a las naciones que la hermanaban,
plasmando en ellas esa grandeza y noble espíritu
que hoy por hoy define a la Europa que conocemos.
Creador de instituciones inspiradas en el Siglo
de las Luces, tan vigentes aún como
lo fueron ayer, vemos que sus triunfos no solo se
limitaron al campo del honor y la batalla: también
tocaron las artes, las ciencias y el pensamiento
de varias generaciones.
En América,
en nuestra América, su voz halló eco
fértil en la gesta libertaria de los pueblos
que después de trescientos años sin
el libre uso de la palabra, habían forjado
una identidad que por su naturaleza misma requería
de autonomía e igualdad para todos los hijos
de su suelo. Su imagen y su gloria encontraron también
un digno espejo en el corazón de aquellos
grandes hombres (Iturbide, Bolívar, San Martín)
que por el amor y la gloria de su patria, desafiando
al mundo entero, emprendieron heroicamente la lucha
por la Independencia, arrollando obstáculos
casi insuperables.
En efecto, él forma parte de aquellos pocos
gigantes a quienes debemos el mundo moderno tal
y como lo conocemos. La sola evocación de
su nombre nos define tanto su obra como su persona:
Napoleón. I
Quisiera dedicar
este esfuerzo a la memoria del genio tutelar de
la Nación Francesa quien, dotado de alas
de águila, ahora habita en las regiones inmarcesibles;
lo mismo que al Libertador de la Nación Mexicana:
Don Agustín I de Iturbide.
Dedico también
estás páginas a la memoria del Dr.
Enrique “Henri” Sada Quiroga, mexicano
condecorado con la Médaille de Bronze
de la Reconnaissance Française en 1947,
quien sin duda inspirado en el gran hombre de Austerlitz
y movido por su amor a la Libertad, se unió
al esfuerzo de muchos hombres de su tiempo para
romper el yugo de la usurpación y la tiranía
que laceraba el corazón y la grandeza del
pueblo francés durante la ocupación
alemana. A él se elevan también, estas
palabras.
Torreón,
Coahuila-México, D.F.
A 18 de mayo del
2007, en el 203 aniversario
de la proclamación imperial al trono de Francia;
y en el 185 aniversario de la proclamación
imperial
al trono de México.

| LA
ERA NAPOLEÓNICA: EUROPA EN LOS
ALBORES DEL SIGLO XIX
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“Quiero
que vuestros descendientes conserven mi recuerdo
y digan: es el regenerador de nuestra patria”
Napoleón.
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Napoleón
cruzando los Alpes
Óleo de Jacques-Louis
David. Primera versión de Versalles
(detalle). |
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El
último tercio del siglo XVIII y el primero
del XIX fueron testigos del fin del Antiguo Régimen
y de la transición a la edad moderna. Las
revoluciones políticas que tuvieron lugar
durante ese período terminaron con el absolutismo
y lo sustituyeron por nuevas formas orgánicas
de gobierno basadas en la igualdad ante la ley,
la democracia y la libertad individual. Francia
es el ejemplo más claro de la supresión
de los modelos ancestrales: asiste al desmoronamiento
de sus caducas estructuras feudales y atestigua
la caída violenta de su monarquía.
Las razones eran naturales y por mucho evidentes.
Legalmente, la
sociedad francesa estaba constituida como una monarquía
absoluta, encarnada en un rey por “derecho
divino”, y un Estado fuertemente centralizado
que se sostenía en estamentos fundamentados
sobre los privilegios y la desigualdad social donde
los únicos beneficiados de este orden eran
la nobleza y el clero, ambos poseedores de exenciones;
frente a un tercer grupo que estaba constituido
por burgueses, artesanos, campesinos y otros colectivos
marginales que sumaban la inmensa mayoría.
Sobre ese heterogéneo conjunto recaían
los impuestos y cargas económicas en los
que se sustentaba el Estado.
Pero a la altura
de 1789 esta organización había quedado
obsoleta, y el aparato administrativo y judicial
no funcionaba correctamente. Para muchos se hacía
necesaria una profunda reforma a la que, sin embargo,
estaban poco dispuestos los estamentos privilegiados.
La Ilustración subrayó esas contradicciones,
las criticó y denunció, contribuyendo
a socavar los cimientos sociales y políticos
del Antiguo Régimen.
En esta acción destacaron las teorías
de Montesquieu y Rousseau, fundamentadas en los
principios de separación de poderes,
soberanía nacional e igualdad de todos
los ciudadanos ante la ley.
Fue así como
un 14 de julio de 1789 inicia en Francia un levantamiento
que sentaría un precedente entre el mundo
antiguo y el mundo moderno: la toma de la Bastilla
daría inicio a la Revolución Francesa.
Al poco tiempo, los pabellones borbónicos
serían sustituidos por una bandera tricolor
que, revestida con los colores de la ciudad de París
(azul y rojo), y añadiendo el blanco real,
ahora encarnaría las garantías que
el pueblo libre abrazaba como derechos naturales
frente al despotismo: Libertad, Igualdad y Fraternidad.
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| Antes
y después: Napoleón
en el puente de Árcole
por el Barón Gros, y como
Emperador de los franceses, aquí
representado en el Trono imperial
de Francia, por Jean-Baptiste
Ingres. |
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La Revolución
Francesa fue la primera revolución política
burguesa del continente europeo. Supuso la implantación
del liberalismo, constituyó un golpe decisivo
para el absolutismo monárquico y su sustitución
por principios como la soberanía nacional,
el reparto de poderes y el reconocimiento de las
libertades individuales. El abuso del poder real
y la tiranía de una nobleza decadente habían
causado el estallido de la insurrección.
No obstante, esta última traería otras
reacciones de naturaleza tan enfrentada como desastrosa
a su vez. Francia pasó del exceso del poder
al exceso de la libertad que pronto derivó
en anarquía y muerte con la instauración
del periodo del Terror. No había salida alguna.
Ni el presente ni el pasado aseguraban el porvenir:
la revolución parecía destinada a
tiranizar y devorar por igual al pueblo llano tanto
como a sus propios hijos.
Los muy distintos
intentos de gobierno que ejercieron el poder desde
1789 hasta 1800, pese a sus grandes errores y fracasos,
contribuyeron en algo favorable: la integridad y
la independencia de la Nación Francesa se
mantuvo a pesar de los embates y amenazas de las
potencias europeas que la circunvecindaban y la
consideraban un foco de amenaza; el sistema feudal
decadente que representaba el ancien régime
quedó nulificado y los mejores principios
de la Ilustración lograron encontrar amplia
difusión en varios lugares. Sin embargo,
las instituciones que garantizaran la salvaguarda
de los principios y los intereses del pueblo aún
estaban por hacerse.
El espíritu
de la Libertad recién emanado de la Revolución,
atemorizaba por igual a pueblos y soberanos. Pero
el miedo habría de hallar su fin en cuanto
este mismo espíritu, siguiendo a los batallones
franceses, fue abrazado por un hombre que dotado
de un genio militar, de un gran talento político
natural y de un arrojo sin precedentes, vendría
a forjar un nuevo mundo: Napoleón Bonaparte.
La epopeya de una nueva era empezaría en
la batalla de Árcole, siguiendo con paso
acelerado hasta las campañas de Egipto y
de vuelta a la Francia que esperaba ansiosa el regreso
de aquél en quien el triunfo y la gloria
parecían haber hallado su más fiel
depositario.
Una vez en el poder
por el apoyo del pueblo, Napoleón procedió
rápidamente a la abolición de todas
las leyes o estamentos arbitrarios; cicatrizó
las heridas, recompensó el mérito
junto con el valor personal y se ciñó
los mejores ideales de la República, llevando
a todos los franceses a unirse como pueblo por la
elevación y la prosperidad de su Patria.
Al hacer su aparición en el escenario, “comprendió
que debía de representar ante los ojos de
sus compatriotas tanto como a los ojos del resto
del mundo el papel de ejecutor testamentario de
los mejores principios de la Revolución y
de la Ilustración” (1).
El legado napoleónico
se materializó en varios planos: en el plano
político-social y militar supuso la extensión
de las formas revolucionarias, de las libertades
civiles (consagradas en el Código Civil de
1804) y la quiebra definitiva de las estructuras
feudales. Esa labor se concretó con el nacimiento
de una serie de constituciones de signo liberal
moderado como la Constitución de Bayona,
el ascenso de la burguesía como nueva clase
dominante frente a la nobleza y el clero, la introducción
del Derecho moderno y la innovación de los
ejércitos junto con la táctica militar.
Sus realizaciones más notables se concretaron
en la creación de una administración
local de estructura centralizada, una organización
judicial donde los jueces se convirtieron en funcionarios
y la reestructuración del aparato burocrático.
El corolario de esta política se decanto
en su Código Civil que garantizaba la
libertad individual, la igualdad ante la ley, la
propiedad privada y la libertad económica.
El resultado fue
la formación de un extenso imperio en Europa
bajo el liderazgo de Francia, organizado y regido
personalmente, a través de familiares o militares
de confianza, con la colaboración de las
clases ilustradas de los países conquistados,
en los que se promulgaron constituciones y códigos
similares al francés.
El nacionalismo
también se vio reforzado. Frente a los vínculos
personales en que se sustentaba la lealtad al señor
feudal o la sumisión al monarca absoluto,
se abrió camino a un nuevo tipo de relación:
la del ciudadano libre dentro del marco del estado-nación
que conformaba una unidad en torno a elementos comunes
como la lengua, la cultura y la
historia, donde los límites territoriales
albergaban un Estado constituido por una colectividad
claramente diferenciada de otras.
La Revolución
Francesa intensificó este movimiento como
medio de exaltación de la nación frente
al absolutismo. Napoleón alentó los
nacionalismos: en Italia criticó la presencia
de los austriacos y ayudó a crear un reino
autónomo en Nápoles bajo Murat. Este
tipo de nacionalismo fue argumentado por la mayoría
de los protagonistas de la unificación alemana,
y a la postre, también sería enarbolado
y adoptado en el caso de las naciones hispanoamericanas,
y muy en particular el Imperio Mexicano al proclamar
su Independencia de la vieja España.
No hay duda de
que el Emperador contribuyó más que
ningún hombre de su tiempo a apresurar el
imperio de la Libertad y la Igualdad,
preservando la influencia moral de la Revolución
y disminuyendo los temores naturales que la misma
podría inspirar. Sin el Consulado y el Imperio,
esta hubiera sido simplemente un drama histórico
y consecuente que habría dejado marca pero
muy pocos frutos reales. Gracias a que Napoleón
se erigió sólidamente es que la revolución
sobrevivió y se propagó con vida por
Europa y América.
Por ello fue que
la transición entre la República y
el Imperio aunado al restablecimiento del culto
religioso, en vez de producir incertidumbre y desconfianza,
asentó la paz y la seguridad puesto que correspondía
tanto a las necesidades como al anhelo de las mayorías.
De este modo vemos como nunca antes se introdujeron
tan grandes cambios con tan poco esfuerzo.
En
el caso de Napoleón, para proveer a
esa falta de estabilidad y de continuidad
nacional constantemente amenazada por los
intereses de facción o por la vuelta
al pasado, fue necesario instaurar un nuevo
orden hereditario cuyo poder habría
de basarse en el espíritu democrático.
No extraña por lo tanto el que un hombre
como el haya adquirido tan fácilmente
su inmenso ascendente por dos razones: porque
era necesario en el orden histórico
consecuente y porque nadie como él
representaba en su persona los más
sanos principios del poder tanto como las
mejores ideas de su tiempo.
(2)
Los principios
sobre los cuales se establecieron las leyes
que rigieron al Imperio y a las naciones cubiertas
por su manto eran los siguientes: la igualdad
civil, en armonía primordial de los
principios democráticos; y una jerarquía
en armonía con los principios del orden
y la estabilidad. Sólo el poder de
la familia imperial constituía en ese
entonces la única dignidad hereditaria,
ningún otro puesto u oficio lo fue
durante este periodo. Prevalecía la
supremacía del mérito, el valor
y la virtud personal, como atestigua la creación
de la Orden
de la Legión de Honor; de
ahí que todos los oficios estaban plenamente
al alcance de los ciudadanos sin excepción
alguna.
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| La
instauración y el reconocimiento
de una nueva nobleza
fundamentada en el valor,
el mérito
y la virtud personales
fueron obra de la inspiración
napoleónica, adoptada por
el emperador Agustín I y
el Imperio mexicano: La Orden
de la Legión de Honor
y la Orden Imperial de Nuestra
Señora de Guadalupe;
su divisa: Religión,
Independencia, Unión.
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Si analizamos el
espíritu de las leyes que emanaron de la
mano de un solo hombre, en un tiempo en que las
diferencias eran dirimidas aún por el espíritu
de facción más que por la justicia,
cuando aún el resto del mundo conocido constituía
en sí una amenaza para los principios de
la Libertad y la Igualdad, Napoleón proyectaba
el establecimiento de un sistema plural, antecesor
de nuestras democracias contemporáneas, fundamentado
en instituciones efectivas y permanentes, como mejor
garantía para las generaciones futuras.
La implantación
del sistema napoleónico más allá
de Francia consistió en convocar la participación
del poder eclesiástico, las magistraturas,
las administraciones provinciales, municipales,
industriales, académicas, comerciales y hasta
militares, de manera que todas las clases que conformaban
en sí la sociedad según el caso, se
vieran plenamente representadas. (3)
Así pues,
la política napoleónica aseguraba
la primacía del bien común por sobre
los intereses individuales y las ambiciones de facción,
fundamentados todos bajo un mismo espíritu
que muy pronto hallaría eco en la mentalidad
de los pueblos hispanoamericanos en su lucha por
la Libertad.
| EL
OCASO DEL IMPERIO ESPAÑOL
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“La gloria
de Europa se ha extinguido para siempre”
Edmund Burke.
Frente al auge de la Francia bajo el Imperio Napoleónico
se contrapone en Europa el ocaso del Imperio Español,
drama histórico que también habría
de constituirse en la causa principal de la Independencia
de México y del resto de América.
Hay quienes coinciden en fechar este suceso a partir
del reinado de Felipe IV, quien empieza a padecer
derrotas militares lo mismo que la pérdida
de influencia en su propio territorio tras la separación
del reino de Portugal. Sin embargo, aún los
historiadores más reacios coinciden en señalar
que el eclipse del otrora gran imperio donde nunca
se ponía el sol, empieza con la implantación
de una nueva dinastía: los Borbones.
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| En
la primera imagen, el último
de los Austria, Carlos
II “El hechizado”
(1665-1700),
frente al despotismo sin lustre
(retratos siguientes): los Borbones
Carlos
II (1665-1700), Carlos
III (1716–1788),
Carlos IV (1748-1819),
y Fernando VII
(1784-1833). |
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Tras la muerte de
Carlos II “El hechizado” se cierra el
capítulo glorioso de la Casa de los Habsburgo
españoles. Por cambios de último momento,
la designación testamentaria para la sucesión
del reino hispano recae en el Duque de Anjou, a
la postre conocido como Felipe V de Borbón,
nieto de Luís XIV y primero de dicha dinastía
en gobernar ambos mundos. Desde principios del siglo
XVII hasta la mitad del mismo, el Imperio Español,
salvo sus victorias en el reino de Nápoles,
se mantendría en una especie de estatismo
frente a sus colonias americanas, mismas que empezarían
a dar frutos en las ciencias, en la producción
y en las artes para el resto del mundo, patentizando
a su vez la gestación de lo que a la postre
sería un espíritu propio de identidad
frente al español peninsular aún por
parte del criollo o español nacido en América.
A pesar de que ya eran ciertas diferencias en cuanto
a los privilegios que los españoles gozaban
frente a los criollos, la situación se haría
más grave tras la muerte sin descendencia
de Fernando VI, primogénito de Felipe V,
y la asunción al trono de su hermanastro:
Carlos VII, rey de Nápoles, y ahora rey de
España e Indias bajo el nombre de Carlos
III.
Después
vendrían las mal llamadas “reformas
borbónicas” de origen masónico,
impulsadas tan desatinadamente por Carlos
III y sus ministros no españoles. Dichas
reformas restringían económica
y socialmente a las colonias americanas, imponiéndoles
restricciones productivas y sobrecargas frente
a los nativos de la España peninsular.
Dichas medidas no fueron bien acogidas, y
en algunos casos no se aplicaron, pero generaron
desconfianza y recelo entre los súbditos
novohispanos porque en ellas resentían
cierta injusticia. Pero lo anterior sería
solo el preludio de lo porvenir.
La actitud
del rey y sus ministros, lejos de enmendarse,
habría de empeorar en la Nueva España
y el resto de las colonias tras la desafortunada
designación de José de Gálvez
como Ministro de Indias. Gálvez, como
visitador y como ministro, demostró
no solo una gran ignorancia respecto a la
importancia que representaba el Nuevo Mundo,
y más en particular la Nueva España,
como principal sostén e impulso del
Imperio Español a ambos lados del mar;
también manifestó un sumo desprecio
hacia quienes habitaban y constituían
su población. No extrañe que
desde 1765 implantó la política
de impedir que los criollos y los mestizos
ocuparan puestos importantes en el gobierno
virreinal.
Otro de los
peores agravios infligidos por Gálvez
y los Borbones fue la expulsión de
los jesuitas y la supresión de la Compañía
de Jesús del resto del Imperio.
Esta medida causó grandes daños
y descontento en la población, pues
no solo se le desproveía de los auxilios
morales y espirituales: también se
perdía el noventa por ciento de los
educadores de la Nueva España y quedaban
abandonadas las misiones tanto como los grandes
progresos civilizadores que ya se habían
logrado entre los indios bárbaros en
las lejanas Provincias Internas y de Oriente.
El bando del
entonces virrey Marqués de Croix por
el que se ejecutaba la real pragmática
de Carlos III no sólo afligió
a los novohispanos, también los agravió:
“De una vez por venidero deben saber
los súbditos del gran monarca que ocupa
el trono de España que nacieron
para callar y obedecer, y no para discutir
ni opinar en los asuntos del gobierno”.
(4)
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Don
José de Gálvez y
Gallardo (1720-1787)
Marqués de Sonora,
ministro y esbirro de Carlos III,
enemigo natural de la América
Española. |
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Para finales del
siglo XVIII la situación general en las colonias
era de inquietud. Diversos factores convergían
en una situación que prepararía la
guerra de independencia. Tres distintos observadores,
especialmente lúcidos, plasmaron su visión
en escritos diferentes durante este periodo crítico.
En 1783 el Conde de Aranda, embajador de España
en Francia, escribió al rey un informe secreto
sobre la situación en las colonias después
de la independencia norteamericana. Vislumbraba
que el aparato político estaba desgastado
y que era urgente una radical reforma política
si no se quería que España perdiera
de manera definitiva su soberanía sobre sus
posiciones. También vaticinó que los
Estados Unidos se convertirían en una amenaza
para el mundo hispánico y en concreto para
México.
En 1799 Monseñor
Abad y Queipo, obispo de Valladolid, dirigió
un informe al rey sobre la situación en Nueva
España. Hacía gran hincapié
en la abrumadora desigualdad social y económica;
hacia notar que urgía una reforma social
que hiciera algo por los desposeídos o se
seguiría incubando el odio de castas. Por
último, en 1806 el barón Alexander
Von Humboldt terminó de recopilar los datos
para escribir su monumental Ensayo Político
sobre el reino de la Nueva España. Aunque
se publicó casi quince años después,
el diagnóstico fue exacto: México
era el país de las grandes desigualdades
económicas y de las grandes oportunidades,
pero era necesaria una reforma económica
que pusiera la bonanza al alcance de la mayoría.
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| Nobles
visionarios a favor de la América
Española: El Barón
Alexander von Humboldt (1769-1859)
y el Conde de Aranda (1719-1798). |
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El primer informe
fue descartado por alarmista. El segundo fue atendido
pero finalmente nunca se hizo nada concreto. En
cuanto al libro de Humboldt, salió a la venta
cuando ya México era virtualmente independiente
y sólo sirvió para que las potencias
se fijaran en el país como apetecible botín.
En resumen, el crecimiento económico del
siglo XVIII, la desigualdad en la distribución
de la riqueza y la inflexibilidad política
del régimen causaron que los criollos buscaran
sustituir a los peninsulares en el disfrute de los
bienes del extenso territorio novohispano, tal y
como señala David Brading (5).
Como reacción lógica contra el absolutismo
borbónico, surgió incontenible en
toda la Nueva España lo que se ha dado en
llamar el Nacionalismo Criollo, antecesor
directo del nacionalismo mexicano. Este nacionalismo
tenía como característica un fuerte
amor por el territorio novohispano y por su gente,
matizado por un espíritu de liberalismo intelectual
y económico de carácter autonomista.
Para 1788 la situación
empezaría a evidenciar su derrumbe. Carlos
IV asume el trono como un monarca débil y
más falto de luces que su padre, tanto que
permitiría que un advenedizo guardia de corps,
Manuel Godoy, amante de su esposa, fuera quien tomara
las riendas del poder. Durante su periodo España
terminó en una posición desventajosa
entre Inglaterra por un lado y la Revolución
Francesa y Napoleón por el otro. El resultado
de sus políticas fue inevitable: una guerra
con Francia y otra con Inglaterra, ambas ruinosas
para el reino. Carlos cedió a Inglaterra
la isla de Trinidad y perdió la famosa batalla
de Trafalgar el 21 de octubre de 1805, en la que
el Almirante Nelson arruinó la flota de España
y la de Francia.
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| La
decadencia borbónica:
Manuel Godoy Álvarez
de Faría (1767-1851),
“Príncipe
de la Paz”, Ministro
principal del rey Carlos III y
amante de la mujer
de éste último,
la reina María
Luisa de Parma
(1751-1819). |
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Mientras esto sucedía,
la guerra entre Francia y Portugal le ofreció
a Napoleón la oportunidad inesperada de implantar
los mejores ideales de la Revolución Francesa
en suelo hispano tanto como en sus colonias de ultramar.
El influjo napoleónico, que construía
y moldeaba un poderoso imperio sobre los restos
de la Revolución Francesa, añadido
a otras circunstancias, desacreditó al mismo
Carlos IV tanto como a la dinastía borbónica.
Aún sus desavenencias familiares y la corrupción
de Godoy y de su régimen, poco a poco fueron
sabiéndose en México.
Cabe señalar
que para el año de 1810 la Nueva España
contaba con una población aproximada de de
seis millones de habitantes: un millón de
criollos, cuarenta mil españoles peninsulares,
tres millones y medio de indios puros, un millón
y medio de mestizos y poco menos de medio millón
de negros. Para ese entonces ya era más que
innegable el malestar general de la población
nativa, cuyas causas eran bastantes: Los antiguos
reyes y emperadores de la Casa de Austria en España,
quienes conquistaron y civilizaron el Nuevo Mundo,
siempre habían tratado a América,
y en particular a México, como si se tratara
de un reino o provincia de la misma España
peninsular. Por el contrario, los Borbones, comenzando
por Felipe V, desde 1699, la miraban como una colonia
y como a tal la trataban.
| INTERLUDIO:
LA VOZ DEL CAPELLÁN DEL DIOS
MARTE
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“Waterloo
solo tuvo como efecto
hacer que el trabajo revolucionario continuara por
otro lado”
Víctor Hugo.
Para hablar de
la Libertad como el ideal acariciado por los hombres
de la América Española del siglo XIX,
o incluso para hablar de la Independencia como emanación
natural del espíritu napoleónico,
es necesario sentar un precedente y mencionar a
un personaje clave. Si un hombre ha de ser considerado
el ideólogo de cabecera de Napoleón
respecto a la idea de la Independencia de México
e Hispanoamérica, tanto como de la necesidad
de la misma, este hombre fue Dominique de Pradt.
Su interés
por la suerte de las colonias y sobre su futuro
potencial fue tan genuino como constante durante
toda su vida; ni siquiera esperó a que Europa
se interesara por el tema. Desde 1798 Pradt enunciaba
en sus obras que las colonias son hijas de las metrópolis
y por ello al crecer se emancipan, hecho que debe
permitírseles si han llegado a la mayoría
de edad.
Tras la publicación
de su obra Les trois âges des colonies
ou leurs états passé, présent
et à venir en 1802, este clérigo
de linaje noble llegó a influir en Napoleón
y en la mentalidad de su tiempo, traspasando fronteras
y mares con sus análisis concienzudos entorno
a la suerte de las Américas como naciones
independientes y sobre el futuro promisorio que
las mismas ofrecerían como tales a Francia
y al mundo entero. Al Emperador le simpatizó
profundamente la viveza del abate, tanto que decidió
nombrarlo su capellán, a quien llamaba “mon
petit aumônier” (mi pequeño capellán);
y el abate le correspondía auto nombrándose
“aumônier du dieu Mars” (capellán
del dios Marte) (6).
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| El
capellán del dios Marte:
el abate Dominique de Pradt
(1759-1837),
precediendo a Francisco Primo
Verdad y Ramos (1760-1808), y
al virrey
José de Iturrigaray y Aróstegui
(1742-1815),
precursores de la Independencia mexicana. |
|
Uno de los hechos
de más interés en la vida del abate
fue su participación en las negociaciones
de Bayona. El mismo Pradt cuenta en sus Mémoires
historiques sur la révolution d’Espagne
(1816) que estando en Poitiers lo sorprendió
la orden del Emperador para que lo siguiera a Bayona.
Afirma que su misión consistió en
convencer al Príncipe de Asturias para que
abdicara a favor de su padre, y que incluso llegó
a sugerir a Napoleón el nombramiento de Fernando
VII como emperador de la Nueva España para
estimular la Independencia de las colonias.
En lo anterior
podemos ver claramente la influencia del abate en
Napoleón y el influjo del espíritu
napoleónico en la obra del mismo como también
se hacen presentes las ideas de Montesquieu en ambos.
El autor de El espíritu de las leyes
llegó a enunciar que la Independencia
de las colonias españolas estaba en el curso
inevitable de los acontecimientos. Las Indias
y España “son dos potencias que gobierna
un mismo soberano, pero las Indias son lo principal
mientras España lo accesorio. En vano pretenderá
la política subordinar lo principal a lo
secundario: no es España la que atrae a las
Indias, que son las Indias las que atraen a España”
(7).
La lectura de las
obras del abate por parte de los caudillos americanos
más ilustrados como Iturbide, Bolívar,
San Martín y Pueyrredón nos indica
la importancia que para los patriotas significaba
el contar con un aliado y un defensor de su causa
nada menos que en la propia Europa. Gracias al espíritu
napoleónico y a la presencia ideológica
de Pradt, nuestros libertadores se sienten comprendidos
y legitimados ante el resto del mundo.
Una idea preponderante
entre sus obras es la fe en las constituciones y
en la necesidad de instituciones para que el hombre
obre y se desarrolle óptimamente. Para Pradt
es evidente que España no posee medio alguno
para retener sus colonias americanas, ya que se
ha convertido en una madre que “extermina
a un tiempo en esta lucha… a sus hijos de
América por los de Europa… en un solo
acto de suicidio y parricidio” (8).
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 |
| Ávidos
lectores de Pradt, admiradores
de Napoleón I y amigos
libertadores: Simón
Bolívar y
Agustín de Iturbide en
1821. |
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Una vez conquistada
la Independencia de los nuevos países preocupaba
a Pradt, lo mismo que a Napoleón, la incapacidad
de los americanos para gobernarse, misma que puede
derivar en anarquía o una nueva esclavitud
tan oprobiosa como la colonial si no se asisten
de la experiencia y de las instituciones europeas:
“Unos querrán monarquía, otros
república, otros jefes absolutos: qué
multitud de cosas, cuánta confusión,
cuanta sangre y desgracias antes que un arreglo
bien cimentado llegue a terminar con todas las dificultades…
al exceso de opresión sucede muchas veces,
tal vez siempre, el de la libertad y al despotismo
de uno el despotismo de todos, que es el peor de
todos los despotismos” (9).
Es innegable que
por la influencia que ejerció en Hispanoamérica
el abate francés, como consejero de Napoleón,
también fue un visionario, un precursor y
“el profeta” de la emancipación
para muchos americanos ilustres. Vemos como Bolívar
entabló relaciones cordiales por correspondencia
con él; como Chile, el Río de la Plata,
la Gran Colombia y otros países lo conocieron
y estimaron como un defensor de su causa en suelo
europeo y como hombre poseedor del “fuego
sagrado” que tanto elogiaba el Emperador.
Sin embargo, fue
en México, en el antiguo Virreinato de la
Nueva España en donde se puede afirmar con
plenitud que se realizaron los designios propios
del espíritu napoleónico, y por consiguiente,
el pensamiento pradtiano, como reconocía
fray Servando Teresa Mier: “En agosto de 1821
el virrey O’Donojú y Agustín
de Iturbide firmaron los Tratados de Córdoba.
En este nuevo documento se trató, según
reza el preámbulo, de desatar sin romper
los vínculos que unieron a España
y América. Se reconocía la independencia
absoluta; el gobierno sería monárquico,
constitucional moderado, y se llamaría a
Fernando para ocupar el trono. Pradt triunfaba”.
(10)
“Fernando,
con toda su furia, intentará mantener su
cetro,
pero una de estas mañanas, se le escapará
de las manos como una anguila”.
Napoleón.
 |
El
Imperio Mexicano
Escudo sobre fondo de motivos
alegóricos |
|
La épica
que iniciaría con el proceso de la Independencia
mexicana fue el reflejo de todos los conflictos
y proyectos subyacentes que subsistían en
el Viejo Mundo, fundamentalmente, la pugna entre
el liberalismo y el absolutismo. Es evidente que
el legado del emperador francés, las ideas
de Montesquieu y los ideólogos de la Ilustración
permearon en el Virreinato a través de las
noticias y los libros que eran bien recibidos por
criollos y mestizos. Sin embargo, se ha hecho notar
que el pensamiento antirreligioso de la Revolución
Francesa no fue admitido por los caudillos hispanoamericanos
de la independencia, quienes solo adoptaron las
ideas políticas. A lo anterior habría
que agregar el hecho de la aportación que
representó la tradición cristiana-católica
y española en el sentido de las ideas fundamentales
para la formación de los criterios políticos
tales como la igualdad esencial de los seres humanos,
la creencia de que cada persona es libre y que su
vida no está fatalmente predeterminada, entre
muchas otras.
Sin embargo, los
males que amenazaban al pueblo mexicano en sus intereses
elevados, más morales que materiales, también
hicieron temer a la Iglesia. De aquí que
los pensadores fueron viendo claramente que la separación
de España era el único medio de librarnos
de ellos, pues se hallaba la Metrópoli desde
principios del siglo XIX en un estado propio de
decrepitud tan evidente en los escándalos
y abusos en que incurrían la familia real
española junto con Godoy, a la par de la
corrupción y el descrédito del gobierno
real al interior de la misma España y ante
los ojos del mundo.
Precisamente porque
sacerdotes ilustrados tomaban parte en las juntas
donde se discutían los proyectos de emancipación,
estos se estrellaban con un obstáculo de
orden moral: la rebelión contra la autoridad
legítima de los reyes de España, rebelión
que suponían necesaria para la única
clase de independencia eficaz. Esta cuestión
quedaba expresa en el principio de que el rey, como
príncipe cristiano que era, “puede
obligar á sus súbditos infieles á
la observancia de la ley natural” (11).
Por suerte, este punto vino a resolverse solo con
el transcurso de los acontecimientos, justo cuando
y por donde menos se esperaba: por haber dejado
de existir la Corona de España.
La descomposición
monárquica española está llegando
al máximo y las esperanzas nacionalistas
se ponen en el príncipe de Asturias. En octubre
de 1807 Carlos IV descubre elementos de una conjura
y ordena la detención de su hijo. Fernando,
acusado de proyectar la muerte de su padre y de
haber pedido ayuda a Napoleón, dando pruebas
de la bajeza que confirmará su reinado, denuncia
a todos sus compañeros de conspiración:
incluso a su difunta esposa. El rey perdona a su
hijo y en medio de una farsa de juicio, se absuelve
a todos los procesados.
 |
| “Religión,
Yndependencia y Unión”:
Las Tres Garantías del
Plan de Iguala, que representan
nuestra nacionalidad, hermanadas
en esencia con la Francia Napoleónica
en 1821. De izquierda a derecha:
Pabellón de las Tres Garantías;
Águila Imperial de México;
Armas del Primer Imperio de México;
Águila Imperial de Francia. |
|
|
Murat esta a las
puertas de Madrid y Fernando cree que le traen la
corona, pero temeroso de que su padre hable con
Napoleón antes que él, se anticipa
y se presenta en Bayona donde una vez reunida toda
la familia real, incluyendo Godoy, habría
de suscitarse uno de los más vergonzosos
espectáculos de la historia: en medio de
un intercambio de insultos y acusaciones entre padre,
madre e hijo, estos le exigen a Napoleón
que sea su árbitro para dirimir sus diferencias.
Carlos abdica ante Napoleón el 5 de mayo,
entregándole los reinos españoles
y sus propiedades a cambio del palacio de Compiègne,
el castillo de Chambord y una renta vitalicia que
no recibiría. Al día siguiente Fernando
abdica en Carlos IV, desconociendo la renuncia de
éste.
En unas notas viles,
el príncipe de Asturias felicita a Napoleón
por las repetidas victorias en España firmando
al pie como “el más humilde súbdito”
de su majestad Imperial y Real, cuya augusta frente
corona la Providencia”. Solicita a Napoleón
la mano de una sobrina, primogénita de José
Bonaparte “para quitarle a un pueblo ciego
y furioso el pretexto de continuar cubriendo de
sangre la patria”. Si a la postre se
llegó a descalificar con el mote de afrancesado
a aquellos españoles que apoyaron la ingerencia
napoleónica en la península ibérica,
bien se puede hablar del mismo Fernando VII como
el primer afrancesado de España si atendemos
a los hechos y a las frases que este enunciara en
su estancia en Valençay. Si sentirse “respetuoso”,
“enamorado de Napoleón”
y “orgulloso de hallarse bajo su protección”
pueden ser palabras consideradas propias de un afrancesamiento
político literal, es evidente que el primer
afrancesado fue el mismo príncipe de Asturias
y futuro rey de España, quien dirigió
estas y tantas otras palabras al Emperador hasta
el año de 1813. (12)
El
Emperador aún sorprendido e indignado,
sabía ya de la poca valía moral
tanto del padre como del hijo cuando ambos
Borbones, de la manera más baja, pusieron
la Corona de España a sus pies. Para
justificarse, Fernando firmó el 12
de mayo del mismo año un decreto con
las siguientes palabras: “Absolviendo
a los españoles de sus obligaciones
en esta parte (ser súbditos de
su persona) y exhortándolos a mantenerse
tranquilos, esperando su felicidad de las
sabias disposiciones del emperador Napoleón”.
(13)
Analizando
lo anterior, el rey desligaba a todos sus
súbditos del juramento de sumisión
que le era debido y solo exhorta sin mandar,
el que se sometan a Napoleón. Así
Fernando VII, por su actitud, por el hecho
de abandonar su trono y hasta por sus propias
palabras dejaba a sus pueblos en plena libertad
de elegirse su forma y su personal de gobierno.
Así las cosas, la Junta Gubernativa
que el Emperador dispuso como única,
y en tal calidad autorizada por Carlos IV
y por Fernando VII, junto con el Consejo de
Castilla, el Ayuntamiento de Madrid y hasta
la misma ex Santa Inquisición dieron
por válidas las renuncias de los Borbones
al trono español.
La autoridad
quedó reconocida en José I de
Bonaparte, hermano de Napoleón, más
frente a esta se levantó un hormiguero
de juntas regionales autollamadas “de
gobierno” que pretendían regir
España y América a la vez, disputándose
autoridad aún entre ellas mismas y
sin ponerse de acuerdo. De aquí bien
se podía inferir que el mismo poder
que tuvieron los diferentes reinos de España
para hacer sus juntas lo tenía también
el Nuevo Mundo para formular la suya propia.
La llamada “Junta Central” emanada
de Sevilla, que con bases tan débiles
como cuestionables, se formó para septiembre
de 1808, tampoco podía exigir sumisión
alguna a las Américas puesto que ninguno
de los reinos ultramarinos tomó parte
o se vio siquiera representado en la misma.
Todavía Napoleón y Murat, al
momento de formar sus Cortes y la Constitución
de Bayona, habían tenido la atención
tanto como la delicadeza de echar mano de
un par de americanos para representantes de
los reinos ultramarinos, cosa que ni siquiera
se procuró en la de Aranjuez. Y todo
lo anterior, como era de esperar, se supo
en México.
|
 |
| Una
opción regeneradora:
José I (1768-1844),
Rey de España e Indias. |
|
|
El movimiento juntista
de la metrópoli habría de tener resonancia
en México. Tras saberse de los acontecimientos
en España, el virrey Iturrigaray y el licenciado
Primo Verdad entablaron debate con los oidores y
miembros del Consulado en México. Francisco
Primo Verdad, abogado muy instruido, mexicano de
nacimiento y síndico del Ayuntamiento metropolitano
expuso en su célebre discurso que la facultad
para formar una Junta autónoma se basaba
en que habiendo desaparecido el gobierno peninsular,
el pueblo como fuente de la soberanía debía
reasumirla para depositarla en un gobierno provisional
que ocupara el vacío causado por la ausencia,
destronamiento voluntario, y al parecer perpetuo
de los reyes de España. Apoyaba su tesis
también en la Ley de partidas que prevenía
sobre la ausencia de un rey.
No obstante lo
anterior, los oidores españoles se negaron
por no convenir a sus intereses y dejaron como patente
una frase tan lesiva al honor de todo nacido en
América, que bien resumía los peores
sentimientos que albergaban desde aquél viejo
apotegma borbónico que espetaba “callar
y obedecer”, ahora en los labios del oidor
Aguirre: “Si sucumbe la España
y un solo gato quedara en ella, a él debían
estar sujetos todos los americanos” (14).
El sentimiento de estos males había llegado
al colmo: el americano, y el mexicano en particular
sentía no sólo que el rey de España
manda sobre él, sino que cada español
lo considera un súbdito y un esclavo.
| PROYECTOS
ULTERIORES:
|
| LA
INSURGENCIA Y LA CONFÉDÉRATION
NAPOLÉONIENNE
|
|
“Pues bien,
iré a México: ahí encontraré
patriotas,
y me pondré a su cabeza para fundar un nuevo
imperio”.
Napoleón.
Mientras Napoleón
se encontraba deliberando en Bayona sobre lo improcedente
que era la permanencia de los Borbones como monarcas
españoles, empezó a poner sus ojos
en el Nuevo Mundo.
El Emperador consideraba
que una de las grandes glorias de la Francia había
consistido en proporcionar la ayuda y el reconocimiento
indispensables para que una confederación
de colonias inglesas, los Estados Unidos, obtuvieran
su Independencia de la Gran Bretaña. Por
tanto, el camino a seguir era muy claro: sería
también un nuevo gran artífice al
otro lado del mar. Haría por las colonias
españolas lo mismo que Luís XVI había
hecho a favor de las colonias angloamericanas. Para
realizar este proyecto, a partir del año
de 1809 envió fragatas con agentes franceses
a las principales capitales de América para
que estableciendo contacto y relaciones pudieran
comunicar a los patriotas en cada región
que él deseaba liberarlos del despotismo
y la decadencia borbónica, para lo cual les
ofrecía tropas, materiales y apoyo moral
con el fin de que lograran conquistar su Independencia.
Los agentes de Napoleón reportaban “gran
progreso en México”, sobre todo uno
de ellos: el general D’Almivart quien se entrevistó
nada menos que con el cura Miguel Hidalgo en “La
pequeña Francia”, nombre con el cual
se conocía su casa en el pueblo de Dolores
en 1809. (15)
 |
|
 |
| “Gran
progreso en México”:
el cura de Dolores, Don Miguel
Hidalgo, contacto del General
Gaëtan Souchet D’Almivart,
agente de Napoleón en 1809.
A la derecha, el estandarte de la Virgen
de Guadalupe que el cura Hidalgo
tomó en Atotonilco, adoptándolo
como bandera del movimiento insurgente. |
|
Cuando el Emperador
parecía tener control absoluto de España
y solo la llamada Junta de Cádiz desafiaba
el orden establecido, fue cuando anunció
públicamente su apoyo a la causa independentista:
“Si los
pueblos de México y Perú desean permanecer
unidos a la madre patria o elevarse a las alturas
de la noble independencia, Francia nunca se opondrá
a sus deseos mientras no establezcan relaciones
con Inglaterra” (16).
Así lo refrendó en su mensaje del
12 de diciembre de 1809: “está
en el orden necesario de los acontecimientos, está
en la justicia, está en el interés
bien entendido de las potencias”
(17). El impacto de esta declaración
habría de sentirse en México lo mismo
que en el resto de América poco antes de
1810. Prueba de ello fueron el estallido nada accidental
de todas las revoluciones de independencia.
Lo mismo que los
conspiradores autonomistas y afrancesados de México,
Allende e Hidalgo creían que “toda
la grandeza de España estaba inclinada o
por mejor decidida por Bonaparte” y que
la península estaba perdida; que las autoridades
eran hechura del tiempo de Manuel Godoy y por lo
tanto no se podría confiar en ellas (18).
Esto no es del todo censurable, si tomamos en cuenta
que incluso en la península grandes personajes
como Félix Amat, destacado obispo y confesor
del mismo Carlos IV justificó teológicamente
su toma de partido a favor de Napoleón y
de José Bonaparte como rey de España
señalando que la mano de Dios había
decidido la suerte del trono y que aceptar a José
I evitaría “ahora a la España
sufrir los horrores de las guerras civiles, las
quemas, talas y mortandades que padeció en
la introducción de aquella dinastía
(borbónica)”. (19)
A partir de entonces,
la independencia de las colonias se convirtió
en un objetivo estratégico para Napoleón.
No obstante el revés en la península
ibérica ni el desastre de la campaña
en Rusia, la América Española, México
muy en lo particular, siguieron siendo una prioridad
pues estaba plenamente convencido de que su independencia,
que era inevitable, sería “el más
importante evento del siglo” y que este mismo
evento por sí solo “cambiaría
para siempre la política mundial”.
 |
| El
General
Barón Charles Lallemand
(1774-1839): Impulsor
de la Confédération
Napoléonienne en México. |
|
|
A diferencia
de la política maquiavélica
que mantenían Inglaterra y los Estados
Unidos frente a la Independencia hispanoamericana,
Napoleón mantuvo invariable su apoyo
a la causa de la Libertad. Su abdicación
al trono de Francia en 1814 y su definitiva
derrota en Waterloo en 1815 dejó
a los insurgentes sin su principal apoyo
y patrocinador. Aún derrotado y exiliado,
Napoleón no había olvidado
su gran sueño americano puesto que
tanto en Elba como en Santa Elena llegó
a confesar a muchos que aún tenía
un “gran proyecto para México”.
Entorno a esta opción, el Emperador
había expresado que de llegar a México
se pondría a la cabeza de sus patriotas
para fundar un nuevo imperio.
Cuando
Don Luís de Onís, Embajador
de España en Estados Unidos, supo
que el Emperador había sido confinado
a Santa Elena bajo resguardo del gobierno
inglés, recibió estas noticias
con gran alivio: creyó que el gran
hombre depuesto y exiliado no volvería
a intervenir con su influencia a favor de
la independencia en las colonias españolas.
El tiempo habría de mostrarle todo
lo contrario. Para agosto de 1815 el diplomático
español descubre que el bonapartista
general Humbert se había aliado con
José Álvarez de Toledo y con
Jean Laffite para invadir la provincia de
Texas. El plan combinaba una contraofensiva
que junto con las fuerzas insurrectas del
cura José María Morelos habrían
de batir a las fuerzas regulares españolas.
A ello habría que añadirle
otro acontecer mayor: José Bonaparte,
José I, breve Rey de España
e Indias, había desembarcado en Nueva
York para fijar su residencia y la del resto
de la familia imperial en suelo americano.
Lo anterior, junto a los rumores constantes
de “que vendrían algunos mariscales
de Napoleón para ponerse a la cabeza
de la conquista de México”
serían para Onís el preludio
de una larga pesadilla. (20)
|
Lord Holland, uno
de los más fervientes partidarios de la Independencia
de la América Española y de los más
exaltados bonapartistas ingleses consideraba que
la política de no intervención directa
por parte del gobierno inglés era antiliberal
y contraria a Inglaterra tanto al resto del mundo
libre, razón por la cual pretendió
junto con Lord Cochrane, corregirla desde el Parlamento.
Para entonces Holland había tomado bajo su
protección a Francisco Xavier Mina, joven
guerrillero español. Los antecedentes revolucionarios
de Mina eran impecables: había combatido
a las fuerzas francesas en la península ibérica
y padeció encierro en Francia hasta la primera
abdicación de Napoleón. Al poco tiempo
de volver a España, Mina se dio cuenta de
que Fernando VII era como gobernante más
despótico y peor que José Bonaparte.
Perseguido por sus ideas liberales huyó a
Francia. Según el propio Emperador, en marzo
de 1815, “muchos de los españoles
que se habían opuesto más resueltamente
a mi invasión, que habían adquirido
fama en la resistencia, me llamaron inmediatamente:
habían luchado en contra mía, dijeron,
como a un tirano; y ahora venían a implorarme
que fuera su libertador”. Entre ellos
identificó a Mina como uno de los que solicitaron
su apoyo para destronar a Fernando VII. (21)
En esos momentos
José y sus generales analizaban varias opciones
para hacer del sueño americano de Napoleón
una realidad palpable. Mina se reunió con
José Bonaparte en Filadelfia y recibió
su apoyo económico y militar para su expedición.
Al partir a Galveston, Mina llevaba a dos de los
hombres más cercanos del otrora José
I: Noboa, como agente negociador con los insurgentes
mexicanos, y Jean Arago, veterano del ejército
napoleónico. Los diarios norteamericanos
hicieron públicos los proyectos de Mina de
hacer la Independencia del Reino de México,
razón por la cual el embajador Onís
lo puso bajo vigilancia.
 |
|
 |
Bonapartistas
y compañeros de armas:
El legendario Almirante Lord
Thomas Cochrane Conde
de Dundonald (1775-1860) y
el guerrillero navarro Francisco
Xavier Mina (1789-1817)
proyectaron, con José
Bonaparte, la liberación
de Napoleón y el ofrecimiento
del trono de un México
independiente y poderoso como
parte del proyecto de la Confédération
Napoléonienne,
entre 1815 y 1820. |
|
|
Para 1817, Napoleón
había recibido comunicación secreta
de parte de su hermano José, quien le informaba
que los insurgentes mexicanos le habían ofrecido
la corona de México. Esta noticia alegró
el humor del Emperador en su exilio, y le animó
aún más la que habría de recibir
meses más tarde. Según Montholon,
los patriotas mexicanos extendieron el mismo ofrecimiento
directamente a Napoleón. “Habían
previsto todos los obstáculos que resultaban
del cautiverio del Emperador y no habían
olvidado nada para asegurarse del éxito de
su plan”. (22)
A finales de agosto,
Hyde de Neuville, embajador de Luis XVIII en Norteamérica,
interceptó correspondencia que implicaba
a José Bonaparte en una vasta conspiración
para crear la temida Confederación Napoleónica
a partir del oeste del Mississipi. El plan era el
mismo: poner a José en el trono de México.
Temiendo que fuera demasiado tarde, el diplomático
expresaba su frustración: “Puedo intentar
frustrar las intrigas napoleónicas en el
Nuevo Mundo, pero aquellas relacionadas con Santa
Elena solo pueden ser frenadas en Europa…dicen
que Napoleón se está portando bien
pero se niega ver a nadie… Con un oficial
naval, nada le impediría encontrarse en una
latitud acordada de antemano con algún buque
amigo procedente de América… ¿A
dónde iremos si este hombre prodigioso llega
a un México ya conquistado?”. (23)
 |
| Lord
Holland (1773–1840),
por François-Xavier
Fabre (1795) |
Político
inglés, sobrino de Charles
James Fox, fue miembro del partido
Whig de oposición desde
1797. Opuesto a la política
bélica y meramente mercantil
de Inglaterra, trabajó
por la emancipación de
los católicos y fue partidario
de una política de conciliación
con la Francia napoleónica,
suscribiendo a la visión
de Lord Byron para quien la restauración
de los borbones representaba «
el triunfo de la mansedad
sobre el talento ».
El 3 de agosto de 1822, dirigió
al Parlamento las palabras siguientes,
evocando la muerte del Emperador:
« Las mismísimas
personas que detestaron a este
gran hombre han reconocido que
desde hacía diez siglos
no había aparecido sobre
la tierra un personaje más
extraordinario. Europa entera
llevó el luto del héroe;
y quienes contribuyeron a ese
gran sacrificio están
destinados a las execraciones
de las generaciones presentes
así como a las de la posteridad
». |
|
|
Como consecuencia,
Luís de Onís dio aviso a las
autoridades virreinales en México
tanto como en Cuba, alertándoles
oportunamente de la amenaza que para sus
intereses representaba aquella expedición
de casi un millar de hombres, liderada por
los generales más famosos de Napoleón,
quienes estaban prontos a invadir el reino
de México con el apoyo de José
Bonaparte que esperaba ser proclamado rey.
(24)
La intervención
de Mina en su campaña por libertar
México y su actitud había
suscitado interrogantes para los historiógrafos
académicos puesto que él mismo
había expresado “No quiero
a los mexicanos ni poco ni mucho”
(25). Esta frase encuentra
su razón casi dos siglos después:
Mina luchaba por hacer la Independencia
de México, más que por cuestiones
ideológicas, por su lealtad a Napoleón
y al gran proyecto de la Conféderation
Napoléonienne de José
Bonaparte, mismo que compartía con
Lord Holland y Lord
Cochrane desde Inglaterra.
No extrañe
que hombres de Mina como Juan Davis Bradburn,
James Wilkinson y gente de Morelos como
José Manuel Herrera, fueran de los
más fieles partidarios de Iturbide
y hombres de su confianza aún después
de su abdicación. Bradburn sería
el enlace de acercamiento entre Iturbide
y Guerrero y llegaría a ser consejero
y primer edecán del Emperador de
México. Wilkinson sería consejero
de asuntos y de colonización, proponiendo
un proyecto en donde la Provincia de Coahuila-Tejas
sería poblada para protegerla de
incursiones norteamericanas, y llamada “Provincia
de Yturbide” (26).
Don José Manuel Herrera, redactor
de la Constitución de Apatzingán
y enlace entre Morelos y José Bonaparte,
sería Ministro de Relaciones Exteriores
del Imperio, partidario de Iturbide hasta
su muerte y quien advirtió a tiempo
al Libertador sobre las ambiciones expansionistas
de los Estados Unidos, quienes a través
de Poinsett condicionaban el reconocimiento
de México y de Iturbide como Emperador
a cambio de la venta o cesión de
las Provincias de Texas, Nuevo México
y California. Lord Cochrane, por su parte,
tuvo el encargo personal de Iturbide para
liberar San Juan de Ulúa, último
reducto español en suelo mexicano.
Pero la muerte del Libertador impidió
que este proyecto se realizara. (27)
La expedición
de Mina fracasó debido a la imprevisión
del mismo. Lo mismo que la expedición
bonapartista de José Álvarez
de Toledo y la de Mariano Renovales. La
diferencia del fracaso con estos dos últimos
fue muy sencilla: Toledo y Renovales eran
agentes infiltrados del gobierno español.
Traicionaron desde antes a José Bonaparte
lo mismo que a sus compañeros a cambio
de dinero y del perdón de los Borbones
españoles a través del mismo
Luis de Onís y de Hyde de Neuville.
(28)
|
Nuevamente, a finales
de 1818 una nueva expedición liderada por
los mismos se preparaba en Galveston a instancias
del general Lallemand desde su posición ocupada
en Champ d’Asile en las márgenes de
la provincia de Texas. De ahí planeaban desembarcar
en Tampico, siguiendo la misma ruta que su compañero
Francisco Xavier Mina. Onís no descansaba
en enviar despachos diplomáticos, convencido
de que el verdadero autor de todo esto no era otro
que el mismo Napoleón, y no se equivocaba.
Desde Santa Elena, ya a través de mensajes
cifrados que eran publicados en diarios como el
Anti-Gallican en Londres, ya a través
de despachos por enviados o admiradores que se acercaban
a la isla, entre quienes abundaban los ingleses,
el Emperador mantenía una red de comunicaciones
que le facilitaba lo mismo dar mensajes que recibirlos
junto con noticias de diversas partes del mundo.
Para 1819, varios
diarios londinenses anunciaban que a las fuerzas
del general Lallemand en México pronto estarían
por sumársele las del legendario y liberal
Lord Cochrane, el Almirante que al poco tiempo también
habría de consolidar la independencia de
América del Sur en su campaña libertadora
por mar. También se hablaba abiertamente
de que los insurgentes mexicanos habían firmado
un pacto de unión con las fuerzas napoleónicas
de Champ d’Asile para ofrecerle la corona
de México a José Bonaparte. (29)
En 1820, Napoleón
iba perdiendo la esperanza de su gran proyecto en
México y solo se contentaba con leer a Pradt.
Los planes de su hermano y del general Lallemand
se habían frustrado nuevamente en virtud
de una nueva intervención del embajador español
en los Estados Unidos. Gracias a la firma del Tratado
Adams-Onís, España vendía la
Florida a los Estados Unidos y se aliaba con ellos
para evitar que esta República apoyara a
los insurgentes hispanoamericanos.
“Bonaparte
en Europa e Iturbide en América,
son los dos hombres más prodigiosos,
cada uno en su género, que presenta la historia
moderna”.
Simón Bolívar.
 |
El
Imperio de México durante
el reinado del emperador Don Agustín
I
Tras el derrumbe del Imperio,
el país, dividido en facciones
y partidos antagónicos, cayó
en un caos del que ya no se levantará
más. Descuidado y mal aprovechado,
el territorio inmenso del imperio se vería
drásticamante modificado tras las
invasiones estadounidenses, en 1836 y
1846-1847, cuando México, agredido
en sus fronteras y desgarrado en su seno
por los intereses partidistas y las guerras
intestinas, fue vencido, humillado y amputado
para siempre. |
|
Para fines de 1820,
en contraste con América del Sur, la causa
de la independencia mexicana parecía perdida
por completo a uno y otro lado del mar. Napoleón
ya había renunciado a sus proyectos en parte
por lo delicado de su salud y en parte porque esperaba
que con su muerte que sabía próxima,
su hijo, le petit Napoléon, ocupara
el trono de Francia. En México la mayoría
de los insurgentes se habían acogido al indulto
virreinal y el país se hallaba pacificado.
Pero entonces ocurren una serie de sucesos inesperados;
una asonada militar en España obliga a Fernando
VII a restablecer la Constitución de Cádiz,
pero ya con un radical contenido liberal. La noticia
fue recogida en México con sentimientos encontrados.
Los comerciantes españoles de Veracruz y
los masones la apoyaron, pero en general la población
vio con malos ojos la constitución por su
radical anticlericalismo y por su marcada desigualdad
racial y social.
No obstante el
cansancio aparente del país, a pesar de la
conducta humana y política del virrey de
Apodaca, la idea de la Independencia se había
generalizado aún más. En la masa del
pueblo, era un instinto; en los hombres de cultura
era ya un derecho, y por consecuencia, un deber
sostener la nacionalidad de su patria. Fue así
como entre los muros del templo de la Profesa, en
la capital del Virreinato, se fraguó un plan
para independizar a México guardándolo
como monarquía leal a Fernando VII. Necesitaban
un militar de prestigió para encabezar el
movimiento y pensaron en un hombre: Don Agustín
de Iturbide.
Los planes de Independencia
eran ya antiguos en él: como la mayoría
de los criollos, estaba de acuerdo en alcanzarla
desde que era coronel realista. Incluso Hidalgo,
que era su pariente y sabedor de su valía,
le ofreció muy joven la banda de teniente
general, misma que rehusó por no estar de
acuerdo en la falta de planes y en los métodos
de los primeros insurgentes a quienes combatió.
La desolación, la guerra racial, los asesinatos
y el pillaje fueron los únicos resultados
visibles de la primera insurrección. Esto
explica el por qué una gran cantidad de partidarios
de la independencia le retiraron su apoyo y prefirieron
apoyar al virrey ante el peligro que suponía
para sus vidas, su honor y sus propiedades el paso
de una multitud sin cabeza (30).
Sin embargo, sería en el heroico asalto al
fuerte del Cóporo en 1814 que Iturbide le
confiaría al general Vicente Filisola su
idea de lograr la Independencia sin derramamiento
de sangre, uniendo bajo un mismo pabellón
a realistas e insurgentes.
 |
| A
la izquierda, pabellones
y banderas de compañía
y de batallón napoleónicos,
modelos que sin duda inspiraron
a Iturbide en su elaboración
de la bandera nacional
mexicana. |
|
|
Lo mismo que Napoleón,
Iturbide como general invicto en las luchas contra
la anarquía y el bandolerismo, proporcionaba
no solo la garantía de una emancipación
coronada por el triunfo sino también una
independencia consumada en el orden y en el respeto
a la vida y las posesiones de todos los mexicanos
“por el honor que sabía imprimir
en todos y cada uno de sus actos”, según
refirió el mismo Vicente Guerrero como motivo
por el cual se sujetó a su mando y le reconoció
como Jefe, Libertador y Emperador. El mismo Abad
y Queipo, visionario como siempre, predecía
al virrey Calleja años antes de 1821 que
el único hombre capaz de hacer la Independencia
de México era Iturbide: “no extrañé
que con el tiempo el realice la libertad de su patria”.
(31)
Iturbide acudió
a la reunión de la Profesa, pero sólo
para convencerse de que la reacción anticonstitucional
provocaría una nueva y más sangrienta
guerra civil entre sus paisanos. La conspiración
pronto abortaría, pero Iturbide tomó
su nuevo mando como General de los Ejércitos
del Sur con un plan propio de independizar a México
de España. El mérito del gran genio
iturbidista consistió en saber amalgamar
los clamores de la Patria sin espíritu sectario
o de facción en un plan moderno, realizable,
conciliador y pacífico para todos; fundamentado
en las siguientes ideas: La Independencia absoluta
de España, el establecimiento de un nuevo
imperio soberano, la vigencia de un orden constitucional
moderno propio y peculiar que estableciera límites
al poder y que garantizara los derechos del hombre,
la protección de la Religión Católica
junto a los derechos de la Iglesia, la Unión
de todos los habitantes del nuevo imperio y la más
absoluta igualdad jurídica entre sus habitantes,
sin importar su origen étnico, económico
o social: criollos, españoles, mestizos,
indios, castas, negros y asiáticos.
Lo
más notable de este plan era su significado
político, debido a que, lejos de apartarse
o rechazar la senda constitucional, exigía
una Constitución propia. Por si esto
fuera poco, diseñó por si mismo
un proyecto políticamente viable y
admirable que conjugaba todas las voluntades
y respondía a la aspiración
general de paz, con una visión ideológica
que admiraba a los polemistas mexicanos de
su tiempo: “Con leer a Pradt, que se
ha vendido muy bien en la Puebla por párrafos,
se advertirá que el serenísimo
señor Iturbide supo aprovecharse de
su lectura y la de otros de su tamaño,
del tiempo, y orden de las cosas; digno por
esto de los mayores elogios” (32).
El Libertador
de México desplegó una hábil
campaña diplomática y epistolar
que en seis meses, y sin derramamiento de
sangre, obtuvo lo que no habían realizado
diez años de guerra civil y desastrosa.
El Plan de Iguala estaba tan bien elaborado
que logró la adhesión prácticamente
de todos los mandos y tropas realistas e insurgentes
con los que Iturbide, que aceptó el
título de Primer Jefe,
formó el Ejército
Imperial de las Tres Garantías,
naciendo así el Ejército Mexicano.
El 24 de febrero
de 1821 una bandera tricolor diseñada
por Iturbide, muy similar a las banderas napoleónicas,
(encarnando los colores blanco, verde y rojo,
con modificación posterior en el orden
más la inclusión del águila
imperial mexicana) dotada de tres franjas
en diagonal y una estrella de seis picos en
cada una, ondeó representando desde
entonces las Tres Garantías consagradas
en el Plan de Iguala, mismas que fueron juradas
aquél día, y sobre las que se
fundaba el nuevo país: El verde es
la Independencia, el blanco
la pureza de la Religión Católica
y el rojo la Unión
de todos; insurgentes y realistas, mexicanos
y españoles, blancos, castas e indios.
|
 |
| Acta
de Independencia del Imperio de
México |
|
|
Los argumentos para
justificar la Independencia los planteó Iturbide
en términos muy conciliadores, mismos que
revelan un bagaje filosófico propio tanto
como la influencia de Napoleón y de Pradt:
“Las naciones que se llaman grandes en
la extensión del globo, fueron dominadas
por otras; y hasta que sus luces no les permitieron
fijar su propia opinión, no se emanciparon…
[pero una vez] aumentadas las poblaciones
y sus luces,… los daños que
origina la distancia del centro de su unidad, y
que ya la rama es igual al tronco; la opinión
pública y la general de todos los pueblos,
es la de la Independencia absoluta de la España
y de toda otra nación” (33).
 |
|
 |
| Don
Juan O’Donojú
(1762 -1821), último
virrey de la Nueva España,
firma los Tratados de Córdoba
con el Primer Jefe del Ejército
Imperial de las Tres Garantías:
Don Agustín de
Iturbide. |
|
|
Cuando en agosto
de 1821 el nuevo virrey Juan de O'Donojú
llegó a Veracruz, aceptó el hecho
consumado y firmó con Iturbide los Tratados
de Córdoba, mismos que reconocían
la Independencia.
El 27 de septiembre
fue el día más feliz y glorioso en
la historia nacional. El Ejército Trigarante
hizo su entrada triunfal en la capital entre la
alegría de la población y el 28 de
septiembre se proclamó formalmente el Acta
de Independencia del Imperio Mexicano. Fue
así como el pronóstico de Humboldt,
el sueño de Napoleón y el deseo de
Pradt tomaban realidad: Un imperio, el Imperio Mexicano,
establecería sus límites desde Oregon,
el Mississipi y las Antillas hasta llegar a Panamá.
Tres años más tarde, en sus memorias,
el Libertador de México recordaba aún
con orgullo: “Seis meses bastaron
para desatar el apretado nudo que ligaba a los dos
mundos. Sin sangre, sin incendios, sin robos, ni
depredaciones, sin desgracias y de una vez sin lloros
y sin duelos, mi patria fue libre y transformada
de colonia en grande imperio”
(34).
 |
|
 |
| Entrada
pacífica y festiva de Iturbide
con el Ejército Trigarante
en la capital el 27
de Septiembre de 1821: Día
de la Independencia del Imperio
Mexicano. |
|
|
El hecho de que
México se constituyera como Imperio debe
subrayarse. El sistema de gobierno previsto y aceptado
por todos fue la Monarquía Constitucional,
pero el monarca adquirió el título
de Emperador tal y como ocurrió en Brasil.
Las enormes dimensiones del territorio eran argumento
válido para justificar la denominación
así como la indudable influencia de Napoleón
el Grande quien en 1804 estableció y elevó
a la Nación Francesa como Imperio monárquico
constitucional. Desde su iniciativa se abrieron
las posibilidades para establecer imperios nacionales
a lo largo y ancho de todo el mundo occidental.
Por último, la Capitanía General del
reino de Guatemala declaró su independencia
y manifestó su voluntad de unirse al naciente
Imperio Mexicano el 2 de enero de 1822, incorporándose
Guatemala, Nicaragua, Honduras, Costa Rica y El
Salvador.
En los planes de
Iturbide se vislumbra incluso la incorporación
de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, para construir
un Imperio inmenso de cuatro millones de kilómetros
cuadrados, el cual sería dueño del
control del Golfo de México y del mar Caribe,
además de una extensísima costa en
el Pacífico, desde el norte de California
hasta Panamá. Con gran visión, Iturbide
mantuvo comunicación seguida con aquellas
provincias para fortalecer una unión que
paralizara el desmembramiento y pusiera un freno
al ya por entonces franco expansionismo estadounidense.
Los
primeros informes recibidos por los Estados
Unidos sobre la Independencia de México
y su autor fueron transmitidos fielmente al
Secretario de Estado por el agente extraordinario
James Smith Wilcox. A pesar de ser un agente
al servicio de su gobierno, Wilcox se empeñó
en narrar como testigo presencial la situación
que se vivía en el Imperio sin prejuicios
ni engaños (cosa que no harían
los que habrían de sucederle en tal
labor) para que su país reconociera
inmediatamente al Gobierno de México:
“Señor, el amor a mi país,
fuente de cada sentimiento noble y de toda
acción generosa, me inducen a comunicarme
con usted, para información del Presidente,
y tomando en cuenta el beneficio que puede
resultar al gobierno y a los ciudadanos de
los Estados Unidos, de las siguientes noticias
circunstanciales y exactas de la feliz rebelión
que últimamente se ha desarrollado
en este reino de la Nueva España; la
cual con la bendición de Dios, ha terminado
en la más completa y absoluta emancipación
debido a la intrepidez, valentía y
esfuerzo de su patriótico jefe, el
general don Agustín de Iturbide”
(35). Como testigo presencial de los hechos
que además conoció al primer
Ministro de Relaciones Exteriores de México,
Wilcox se muestra emotivo en su informe; elogiando
la manera pacífica y patriótica
del movimiento llega a exclamar para sorpresa
de sus jefes: “Más crece
mi admiración y más me siento
tentado a exclamar que América ha producido
dos de los más grandes héroes
que han existido: Washington e Iturbide”
(36). |
 |
| Alegoría
de la coronación
de S.M.I. el Emperador Don Agustín
I, celebrada en la Catedral
de México el 21 de Julio
de 1822. |
|
|
Después de
tan grande elogio para gloria de México y
temor de los Estados Unidos, Wilcox refiere la alegría
del pueblo mexicano respecto a su Libertador y la
reticencia de este para aceptar la corona que le
ofrecían ya desde un principio. Termina el
informe con el anexo de una copia traducida al inglés
de los Tratados de Córdoba donde se sellaba
la Independencia de México.
A lo anterior hay
que añadir que frente al concepto de nobleza
propia del Antiguo Régimen, Iturbide estableció
la primacía de una nueva nobleza reconocida
no por la herencia sino por el mérito y la
virtud personal. Para ello, el 21 de febrero de
1822, instituyó la Nacional y
Distinguida Orden Imperial de Nuestra Señora
de Guadalupe, distinción con
la que se reafirmaba la identidad nacional y se
cumplía con el espíritu de la justicia,
otorgando reconocimiento debido y premiando el valor
individual de los mexicanos.
 |
 |
| Agustín
I fue proclamado emperador la
noche del 18 de Mayo de 1822, mismo día
de la proclamación imperial de
Napoleón el Grande. Como él,
el Libertador de México contaba
con tres legitimidades
irrefutables: Constitucional,
Pontifical, y Popular.
En nuestras imágenes vemos a Napoleón
I durante su coronación
como Rey de Italia, por Appiani; a la
derecha, Agustín I
en manto imperial. En este cuadro como
en tantos otros de factura mexicana observamos
la evidente influencia napoleónica
en la inspiración de los artistas
de la época. |
|
La gesta libertaria
concluiría una noche de mayo de 1822: cuando
se supo que las Cortes españolas desconocían
la Independencia de México al rechazar los
Tratados de Córdoba y ante el desprecio de
Fernando VII. Aunado a la prohibición que
éste hiciera a sus parientes de aceptar la
corona mexicana, mientras Metternich extendía
la misma prohibición a la Casa de Austria,
la historia dio un giro justo e insospechado. El
pueblo y el ejército, unidos como nunca habrían
de hacerlo después, acudieron al Palacio
de Iturbide la noche del 18 de mayo repitiendo el
mismo grito que en Puebla habían clamado
las masas desde 2 de agosto de 1821: “Viva
Agustín Primero, Emperador de México”.
El Congreso se reunió
a deliberar, y por mayoría tuvo a bien nombrar
al Libertador como primer Emperador Constitucional
de México. Días más tarde la
decisión sería ratificada, esta vez
por unanimidad, siendo el 21 de julio de 1822 cuando
en medio del fausto y la alegría de una nación
agradecida, sería coronado como Agustín
Primero, por la Divina Providencia, Emperador Constitucional
de México. Iturbide, al igual que Napoleón,
nunca tuvo el deseo personal ni la necesidad de
ceñirse la corona del Imperio Mexicano; la
rechazó desde siempre. Sin embargo, esta
le fue impuesta por el pueblo en virtud de la misma
razón que asienta Francisco Bulnes junto
a otros tantos historiadores nacionales y extranjeros:
“Iturbide fue emperador por la voluntad unánime
del pueblo…Era el orgullo nacional hecho carne”.
(37)
Las palabras que
Iturbide pronunciara en su célebre arenga
cívica del 27 de Septiembre de 1821 tomaban
mayor sentido al momento de su coronación.
Eran una esperanza pero al mismo tiempo una advertencia,
en el más puro estilo de la despedida de
Fontainebleau: “Mexicanos: ya estáis
en el caso de saludar a la Patria Independiente,
tal y como os anuncié en Iguala… Ya
sabéis el modo de ser libres; a vosotros
toca señalar el ser felices”.
| EPÍLOGO
ANECDÓTICO: EL LEGADO VIVO
|
|
“Debemos
obedecer nuestro destino;
todo está escrito en los cielos”.
Napoleón.
 |
|
 |
| Armas
del Empire Français
(1804), precediendo a las del
Imperio Mexicano
(1821). |
|
|
La voz terrible
que resonó en Dolores, como mencionara Lucas
Alamán, fue apagada por el grito noble del
genio que proclamó la verdadera Libertad
en Iguala: Iturbide, siguiendo a Napoleón
como el espíritu dominante de su tiempo,
garantizó la igualdad de todos los mexicanos
bajo la Ley, suprimió la esclavitud y la
desigualdad racial, estableció una división
de poderes cuando fácilmente pudo retener
el poder en su persona, sentó las bases de
una democracia a través del plebiscito o
la consulta interna a las provincias cuando nunca
habían sido tomadas en cuenta, propuso un
atinado sistema electoral para las mismas sentando
bases que solo el espíritu de facción
posterior a su muerte se han negado a ver en México,
no siendo así en el extranjero. Además,
instauró una monarquía constitucional
moderada, adelantándose en esto y en todo
lo anterior a la Europa y aún a la misma
España que se presumía liberal.
Lorenzo de Zavala
hace justicia al referir que el anhelo de Iturbide,
lo mismo que Bolívar: “fue proponerse
por modelo al extraordinario hombre que acababa
de desaparecer en Santa Elena” (38).
Si alguien en México fue capaz de concebir
y realizar una política de acuerdo con el
momento histórico y los legítimos
intereses de los pueblos hispanoamericanos es el
Héroe de Iguala. William Spence Robertson,
que como estadounidense no es precisamente apologista
del Libertador-Emperador de México, llega
a confesar que éste tiene títulos
para ocupar un lugar entre los hombres públicos
más destacados de su época, y lo pone
a la altura de la galaxia de sus contemporáneos:
John Quincy Adams, James Monroe, Metternich, Simón
Bolívar, George Canning, José de San
Martín, Chateaubriand, el Zar Aleandro I
y por supuesto, el mismo Napoleón. (39)
 |
|
 |
| Hermanamiento
de época entre México
y Francia: Agustín
I Libertador, y Napoleón
I el Grande en su gabinete
de trabajo, por Jacques-Louis David. |
|
Su manejo de la
diplomacia a través de su persona o incluso
a través de la palabra escrita queda asentado
maravillosamente en sus Tres Garantías, en
la elaboración del Plan de Iguala y en la
firma de los Tratados de Córdoba al grado
que causaron la admiración entre los hombres
de su tiempo. Sin duda habrían maravillado
y alegrado a Napoleón en Santa Elena tanto
como a los historiadores académicos de hoy.
(40)
Se ha querido comparar
a Napoleón con Luís XIV lo mismo que
a Iturbide con Napoleón para escatimarle
mérito a ambos. Sin embargo, dicha comparación
lejos de menguar la gloria de uno y otro en realidad
contribuye a darles aún mayor realce. Napoleón
e Iturbide crearon desde la nada: forjaron un nuevo
orden, crearon instituciones y un sistema propio
sin heredarlo de nadie, construyeron sobre las ruinas,
edificaron sobre escombros y apagaron las cenizas
que aún ardían, imprimiendo su gloria
y su sello personal tanto en la obra de sus manos
como en quienes colaboraron en la erección
de la misma.
Por ello, los Estados
Unidos, a diferencia de Inglaterra y el resto de
América, no celebraron la obra y el genio
del Libertador de México: la vieron con temor
y desafecto. Iturbide les recordaba a Napoleón
en todos los sentidos, según se desprende
de las conversaciones entre Thomas Jefferson y el
Presidente James Monroe, pues sabían que
un hombre así ya como Primer Jefe, Regente
o Emperador sería no solo un estorbo para
los planes expansionistas que tenían sobre
México y Cuba; también les parecía
una amenaza a su integridad territorial y a su sistema
de gobierno. (41)
El Imperio napoleónico,
más aún, la era napoleónica,
fue la era de las gestas de liberación. Asimismo,
reflejó la lucha encarnizada entre la permanencia
de lo peor del sistema feudal europeo y los mejores
ideales de la Ilustración. El Antiguo Régimen
prevaleció por sobre el hombre que se atrevió
a borrarlo, pero su victoria fue efímera:
aún desde una roca que fue cárcel
y cadalso, aún después de muerto,
el espíritu visionario de un solo hombre
había triunfado en verdad, pues había
herido de muerte al despotismo y la tiranía,
señalando el camino a seguir para los pueblos.
La Libertad no pudo ser borrada. Aún en el
exilio Napoleón estaba convencido de que
después de su muerte los ideales democráticos
de la Revolución Francesa triunfarían
y que su nombre sería el símbolo mismo
de la lucha por los derechos del hombre. Quienes
fueron sus vencedores no evitaron la propagación
de sus ideas y su recuerdo; quienes fueron sus seguidores
lo mismo en el Viejo como en el Nuevo Mundo, adoptaron
sus instituciones, sus símbolos, y arroparon
el espíritu de las mismas aún después
de que el sol se pusiera sobre Santa Elena, por
ser ellas las mejores garantías de orden,
de paz y de progreso aún en nuestros días.

NOTAS:
1) Luis Napoleón
III. Ideas Napoleónicas. Editorial
Austral/Espasa-Calpe. Buenos Aires, 1947, página
22.
2) Cuando el pueblo francés proclamó
emperador a Napoleón, Francia estaba tan
fatigada por los desórdenes y los cambios
sucesivos por lo que la gran mayoría no dudó
en investir a quien era la cabeza del Estado con
la dignidad del poder hereditario. El mismo Napoleón
no tenía siquiera la necesidad de ambicionarlo.
En la misma extensión en que la opinión
pública solicitara en primer término
la disminución del poder ejecutivo, cuando
lo consideraba hostil, se esforzó por aumentarlo
cuando tuvo la satisfacción comprobada de
que el poder ejecutivo en este caso era tutelar
y reparador.
3) Una vez aplicado este sistema, funcionó
óptimamente en países como Italia
y Suiza, pero falló al ser aplicado en suelo
español.
4) Guadalupe Jiménez Codinach. México:
su tiempo de nacer. (1750-1821) Fondo Editorial
Banamex, México, 2001, pp. 33-35.
5) David Brading. Auge y ocaso del Imperio español.
(Traducción) Editorial Clío, México,
1995, p. 12.
6) En la ceremonia de coronación de Napoleón
como Emperador aparece el abate como maestro de
ceremonias mientras que también, como espectador
de dicho acontecimiento, aparece nada menos que
Simón Bolívar. En honor a esta ocasión
en particular Napoleón le concedió
a su capellán el título de Barón
del Imperio con una pensión de 50,000 francos.
Dos meses después, le hizo nombrar obispo
de Poitiers. Para el año de 1805 Pradt acompañó
al Emperador a Italia y ofició en Milán
la misa de coronación de Napoleón
como Rey de aquél país.
7) Montesquieu. Del espíritu de las leyes.
México. Editorial Porrúa. 1994, p.
250.
8) Guadalupe Jiménez Codinach. México
en 1821: El abate Pradt y el Plan de Iguala.
Ediciones Caballito/ Universidad Iberoamericana.
México, 1984. pp. 70 y 71.
9) En esta frase en lo particular, Pradt no hace
más que citar directamente al gran hombre
exiliado en Santa Elena, al referir: “Si hay
algo peor que la tiranía de un solo hombre,
es la tiranía de muchos”.
10) Fray Servando Teresa de Mier, Prólogo
y notas de Edmundo O’Gorman, México,
UNAM, 1945, p. XXXVIII.
11) Instrucciones Catequistas de la Doctrina
Cristiana. R.P. Fr Antonio de Jesús María,
Definidor general, Misionero Apostólico,
y Escritor general en su Religión de Trinitarios
Descalzos. Madrid: Imprenta de Repullés,
Plazuela del Ángel. 1818. pp 110 y 111.
2) Luís Ruora Aulinas. El drama de los
afrancesados. ¿Patriotas o traidores?.
Clío, 2007.pp 67-72.
3) Mariano Cuevas. Historia de la Nación
Mexicana. Editorial Porrúa, 1987, p
391.
4) Cuevas, Ibídem, p. 395.
5) Jacques Houdaille, Gaëtan Souchet D’Alvimart:
the alleged envoy of Napoleon to Mexico, 1807-1809.
The Americas, Vol. 16, No. 2 (Oct., 1959), pp. 109-131.
6) Le Moniteur Universel, París,
diciembre 14, 1809.
7) Carlos Alvear Acevedo. Historia de México.
Editorial Jus. 1994, pp. 209-211.
18) Causa instruida contra el Generalísimo
D. Ignacio de Allende y Unzaga, 10 de mayo-29 de
junio de 1811. Documentos históricos
mexicanos, Colección Genaro García,
INHERM, V: 60-61.
19) Luís Ruora Aulinas, op cit, p. 71.
20) “La Conféderation Napoléonienne.
El Desempeño de los conspiradores militares
y las sociedades secretas en la Independencia de
México” Guadalupe Jiménez
Codinach en La revolución de independencia.
Lecturas de historia mexicana. (Compilación
de Virginia Guerrea). México: El Colegio
de México, 1995, pp. 130-155.
2 ) Barry O’Meara, A Voice Of Saint-Helena,
Vol. I, p. 211. London, 4th Edition, 1822.
22) Montholon. History of the Captivity,
Vol II. , pp. 471-472.
23) Emilio Ocampo, La última campaña
del Emperador, Editorial Claridad, Buenos Aires,
2007. páginas 198 y 199.
24) Archivo General de Indias; Estado, 31 (50).
25) Cuevas, op cit, p. 473.
26) Herbert E. Bolton General James Wilkinson
as Advisor to Emperor Iturbide. The Hispanic
American Historical Review, Vol. 1, No. 2 (May,
1918), pp. 163-180.
27) Rafael Heliodoro Valle. Iturbide: Varón
de Dios. Artes de México, No. 146, año
XVIII, 1971, p. 95.
28) Parte de virrey Apodaca, Conde de Venadito,
sobre la situación de las Provincias Internas
y proyectos de extranjeros contra ellas. 1819.
Archivo General de Indias, Estado, 33(34).
29) La última campaña del Emperador,
p. 343.
30) Enrique Sada Sandoval. Iturbide:
¿Libertador de México? Acequias.
Universidad Iberoamericana. México. Año
5, Otoño 2001, No. 17, pp. 56-57.
3 ) De dicha referencia de Abad y Queipo con Calleja,
se menciona de este último que una vez embarcado
en Veracruz rumbo a Cádiz se le oyó
decir que “el único capaz de llevar
a cabo la Independencia de la Nueva España
era el coronel Iturbide”. Y años más
tarde, cuando supo que Iturbide encabezaba el movimiento
libertador, dio por perdida la causa del rey. Mariano
Cuevas. El Libertador: Documentos selectos de
Don Agustín de Iturbide. Editorial Patria,
México, 1947, p. 25.
32) Fray Juan de Quatemoctzin Rosillo de Mier, Manifiesto
sobre la inutilidad de los provinciales de las religiones
en América, Puebla, Imprenta de D. Pedro
de la Rosa, 1821.
33) Jaime del Arenal Fenochio. Agustín
de Iturbide. Colección: Grandes protagonistas
de la Historia Mexicana. Editorial Planeta DeAgostini.
México. 2002, p. 77.
34) S.M.I. Don Agustín I de Iturbide.
A statement of some of the principal events in the
public life of Agustín de Iturbide, written
by himself. With a preface by the translator,
and an appendix of documents. London: John Murray,
Albermarle-Street. MDCCCXXIV, pp. 17 y 18.
35) James Smith Wilkox to the Secretary of State
of the United States of America, Mexico, October
25, 1821. American State Papers, Index
to Foreign Relations, Vol. VI.
36) Ibidem.
37) Enrique Sada Sandoval., op cit, p 58.
38) Enrique González Pedrero. País
de un solo hombre: El México de Santa Anna.
Vol. I: La Ronda de los contrarios. Fondo de Cultura
Económica, México, 1993, p. 167.
39) William Spence Robertson. Iturbide of Mexico.
Durham, N.C. Duke University Press, 1952, p. 314.
40) Entre estos figuran Timothy E. Anna, Brian Hamnett,
Nettie Lee Benson, Jaime del Arenal Fenochio, Guadalupe
Jiménez Codinach y Juan Balansó, entre
muchos otros.
41) Por ello mismo, se reservaban el tutelaje del
continente americano como coto de su exclusividad,
conspirando en México contra el Emperador
tal y como lo habían hecho previamente en
Argentina y Chile contra el Libertador José
de San Martín; tal como lo harían
con Bolívar: el otro gran Libertador, admirador
de Iturbide y émulo de Napoleón, a
quien también llevarían a su propia
muerte, no sin antes hacerlo presenciar la muerte
en vida de su gloria: la Gran Colombia.