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LISTA
GENERAL DE LAUREADOS DEL PREMIO
MEMORIAL CONDE DE LAS CASES
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| El
Sr. Sánchez Segura
durante la lectura de su ensayo en la
Capilla Alfonsina |
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ALFONSO
REYES (1889-1959) |
Alfonso
Reyes Ochoa nació
en Monterrey, Nuevo León,
el 17 de mayo de 1889; formó
parte del grupo de literatos ilustres
fundadores del Ateneo de la
Juventud mexicano.
A la muerte de su padre, el general
Bernardo Reyes, en 1913, el joven
Alfonso parte en exilio a Europa.
Reside primero en España,
y enseguida, durante un breve
lapso, en París, donde
ejerce funciones diplomáticas.
Tras dedicarse enseguida durante
un tiempo de lleno a la literatura,
colaborando en diversas publicaciones,
retoma el servicio diplomático
en 1920, volviendo a su amada
Francia, y desplazándose
enseguida a Argentina y a Brasil,
en calidad de embajador.
De regreso a México fue
uno de los miembros fundadores
del actual Colegio de México,
del que fue presidente. Ya para
entonces conocido como el «
Erasmo americano », en 1957
es nombrado Director de la Academia
Mexicana de la Lengua.
La obra, muy vasta, de Reyes incluye
poesía, cuento, teatro
y ensayo, y es considerada una
de las más importantes
de la lengua castellana contemporánea.
Entre sus obras más importantes
destacan la célebre Visión
del Anáhuac, o Ifigenia
cruel, entre muchas otras.
Francia, segunda patria del escritor,
reconocería plenamente
a nuestro « Mexicano Universal
», nombrándole Caballero
de las Artes y de las Letras,
y Oficial de la Legión
de Honor. |
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| El
joven Alfonso Reyes
en su oficina |
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En
la obra de Alfonso Reyes encontramos con frecuencia,
temas y reflexiones relacionados ya directa o indirectamente
con la historia y sus personajes. Las Obras Completas
de nuestro autor comprenden veintiséis tomos.
Allí observaremos las facetas del Reyes historiador,
erudito, pensador y poeta conviviendo simultáneamente.
La relación entre poeta e historiador no
sufre fracturas en él, sino que logra la
unidad de propósito y estilo. El tema de
esta conferencia exige ambas consideraciones. Por
este motivo partiremos, si se me permite, de la
dualidad entre historia y poesía que ocupó
la atención de Reyes en distintos momentos
de su obra y vida, y que ha sido planteada por Aristóteles
de la siguiente manera: “No está la
diferencia entre poeta e historiador en que el uno
escriba con métrica y el otro sin ella –
que posible fuera poner a Heródoto en métrica
y, con métrica o sin ella, no por eso dejaría
de ser historia –, empero se diferencian en
que el uno dice las cosas tal como pasaron y el
otro cual deberían haber sucedido. Y por
este motivo la poesía es más filosófica
que la historia, ya que la poesía trata sobre
todo de lo universal y la historia, por el contrario,
de lo singular.” (Arte Poética
9. 51ª 36-52ª 11). El poeta Reyes como
veremos, se acercó a la historiografía
desde su posición de escritor. Este rasgo
imprimirá un sello característico
a su obra en relación con el tema que por
ahora se nos presenta como un enigma, el hombre
Napoleón. Escucharemos con toda seguridad,
un diálogo constante entre la poesía
y la historia. Sin embargo un texto suyo con propósitos
historiográficos, será el principio
del camino.
El
texto que ha motivado esta excursión
por el mundo de la historiografía lleva
por título “Historia de un siglo”.
Los eruditos de la obra alfonsina han visto
en ella distintos temas olvidados por la historiografía
hispanoamericana de la época. Sin pretensiones
polémicas de por medio, creemos que
la historiografía de entonces y la
actual, se puede beneficiar de trabajos realizados
por poetas como don Alfonso. Y esto nos motiva
a proseguir. En este trabajo trataremos de
aprovechar esas características para
abordar nuestro tema. En la obra de este prolífico
escritor encontraremos muchas ventanas a la
historia. Es tarea del lector aprovecharlas
adecuadamente. El texto mencionado, fue concebido
bajo circunstancias especiales que llevarían
a presentarlo como un trabajo historiográfico
por el autor, en la fecha de su publicación
íntegra. Se trata en realidad, de una
compilación de artículos periódicos.
Motivado por circunstancias especiales Reyes
se ocupará de la historia reciente.
Invitado por Ortega y Gasset para que participara
en el periódico El Sol de
Madrid, se ocupó allí entre
otras cosas, de la historia europea del siglo
XIX. El propósito fue claro. Con estos
artículos Reyes intentaba ofrecer al
lector, los antecedentes que motivaban la
cercana primera Guerra Mundial. Escritos entre
junio de 1919 y enero de 1920 serán
éstos la base de la compilación
que llevará por nombre “Historia
de un Siglo”. Se harán correcciones
y adiciones sucesivas por parte de don Alfonso.
En esta situación Reyes recupera sus
reflexiones sobre la historia reciente que
habían surgido en parte, a la luz de
su estancia en Francia. Observa en ella, a
un protagonista privilegiado en la historia
reciente ya desde la revolución de
1789. |
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Louis
David - Estudio para un
retrato de Napoleón |
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Había dejado
París en agosto de 1914 rumbo a España.
Se instala en Madrid el 2 de octubre del mismo año.
Desde entonces hasta 1919 se “sostiene exclusivamente
de la pluma, en pobreza y libertad” (1). Así
por circunstancias de su exilio en Europa, por la
misma Guerra que modificaría en tantos aspectos
la faz del mundo, y por la invitación explícita
para ocuparse de estos temas, encontramos a don
Alfonso contemplando la historia como historiador.
Estos antecedentes explicarán en parte, la
presencia de Napoleón en la obra de Alfonso
Reyes. Sea por las relaciones que lo movieron a
la reflexión entre historia y literatura,
sea por su interés concreto en los acontecimientos
históricos recientes. Con estos elementos
avanzaremos en el intento de explicar el significado
pleno que tuvo Napoleón para él. De
hecho aquél motivó en Reyes distintas
reflexiones y sentimientos que iremos descubriendo
a lo largo de este escrito. Aparece Napoleón
en este momento, como un sol alrededor del cual
giran por gravitación distintos pensamientos
y emociones. Será nuestro propósito
en lo sucesivo, comprender la imagen que don Alfonso
se forjó de este gran hombre. Para ello como
anunciamos ya, consideraremos al Reyes historiador,
antes que al poeta. A Heródoto antes que
a Homero.
La Historia adquiere
en su pluma, un carácter dramático.
Pero no será Napoleón el único
protagonista pues el drama abarcará un siglo.
Sin embargo el sentido trágico lo define
desde el principio, la figura de Napoleón
al caer su Imperio. Los personajes serán
variopintos desde que aquél abandona la escena.
El congreso de Viena, la Santa Alianza, la reconstrucción
de Alemania y así alejándose más
mientras avanza el siglo. Estos personajes como
se ve, están definidos por grupos de acciones,
de personas, de ideas. Mientras que el único
personaje individual cabe decirlo, es Napoleón
y su Imperio. Los otros nos anuncian ya el siglo
XX sus vicisitudes características. Reyes
nos presentará pues, el escenario y el prólogo
de una tragedia. Avanza don Alfonso entre los sucesos
del siglo, hacia un problema que será muy
importante para él: la modernidad. Este tema,
la modernidad y sus conflictos, se la verá
nacer, crecer y desarrollarse entre acto y acto.
Busca entre los sucesos su forma cambiante desde
sus orígenes. Así nos advierte: “aunque
se llame época moderna a la que arranca más
o menos de la caída de Constantinopla (1453),
la verdadera modernidad de los pueblos –salvo
para unos cuantos privilegiados de la inteligencia
o de la fortuna- procede de las tres grandes revoluciones
acontecidas a fines del siglo XVIII: la revolución
intelectual, la revolución industrial y la
revolución social o Revolución Francesa.”(2).
Las consecuencias, los vástagos de la modernidad
podrán identificarse como políticos,
sociales, económicas e intelectuales o culturales
según el plan trazado por el mismo Reyes.
De éstas se ocupa la mayor parte del texto
alfonsino. Don Alfonso se muestra pues como un intelectual
interesado en todo aquellos aspectos que serán
los antecedentes directos de su propia época.
Pero hay algo más. Al aparecer en el escenario
los conflictos, los personajes que definen la modernidad,
nos ofrece la oportunidad de mirar no sólo
hacia el futuro sino también al pasado. Esta
será la perspectiva aquí asumida.
Por esta razón no seguiremos en este discurso,
el desarrollo de esos personajes y conflictos, los
que por su naturaleza se proyectaban en su momento,
hacia el porvenir. Es cierto que fueron para don
Alfonso muy importantes en la interpretación
de su propia época. Debe añadirse
por justicia, que al realizar esta actividad Reyes
ensayaba una posición frente a la historia,
una posible teoría que para algunos incluso,
sería la más avanzada entre sus contemporáneos
hispanoamericanos (3). Hemos dicho también
con anterioridad que constituye el trabajo tal,
una aportación a la historiografía
mexicana por hacer notar los vacíos que en
ésta existían. Pero este importante
hecho no es el motivo de nuestra exposición.
No se pretende discutir en ese terreno. Nosotros
caminaremos por otro rumbo más apropiado
a nuestro propósito. No habremos de negar
por supuesto, los atributos de este Reyes historiador,
sus logros y alcances. Buscaremos otra perspectiva
sugerida a luz de la lectura de los textos mismos.
Sin embargo no se piense que habrán de ser
opuestas. Creo que atiende en todo caso a esos puentes
que buscó Reyes entre lo antiguo y lo moderno.
Aquí se buscarán principalmente aquellas
referencias a la antigüedad dentro de su obra.
Porque presumiblemente, esto nos permitirá
apreciar mejor ciertas características que
son las menos estimadas por la historiografía
actual. La oportunidad que nos ofrece el personaje
que aquí abordamos, el Hombre Napoleón,
es emblemático en este sentido. La existencia
de Napoleón permitió que se juntaran
valores e imágenes de la antigüedad
con la incipiente modernidad de los pueblos. Y por
última vez habrán de ser vistos pues
en adelante se alejarán cada vez más,
al desarrollarse el mundo moderno.
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Barón
Gros- Los apestados de Jaffa |
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| Napoleón
en la gran Mezquita del Cairo |
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La narración
en estos primeros capítulos recupera los
“hechos memorables” asumiendo una actitud
frente a la historia emparentada con la visión
antigua de la misma. Significa esto que detrás
de la narración histórica hay una
selección consciente y no una simple colección
de hechos. Reyes nos revela en el prólogo
escrito en 1952 su intención de manera cordial.
“Contigo hablo, hombre sencillo que sueles
leer en el periódico las notas de un lector
de libros recopiladas para ti. Tú siempre
has querido saber lo que pasó ayer por la
mañana. Y si resulta que ya lo sabes, ¿qué
mal hay en recordarlo y comentarlo juntos?”
(4) Bien pues la expresión “ayer por
la mañana” se refiere a la historia
reciente, contemporánea, y la de “recordarlo
y comentarlo juntos” es una invocación
a la Memoria y a su hija Clío, la Musa de
la Historia. Volver memorables ciertos eventos,
los dignos de ello, es una de las características
más sobresalientes de la historiografía
antigua (5) Esto es no en tanto que forman un pasado,
que se habrá de convertir en un objeto abstracto
de estudio sino en tanto que son hechos relevantes
en su carácter humano. Por esto la visión
de Reyes sobre la historia es dramática.
Así se entiende que hable de la Tragedia
de Napoleón.
Observemos pues
que don Alfonso comienza con un hecho de enormes
consecuencias. El siglo XIX empieza nos dice Reyes,
con una tragedia. La caída de Napoleón.
El así llamado “Ocaso de Napoleón”,
artículo que comprende desde las batallas
en Rusia y la guerra de las Naciones, hasta la partida
de Napoleón a la isla de Elba. Los hechos
allí reunidos y los siguientes siete capítulos
describen lo que Reyes llama “el sparagmós
o despedazamiento del dios en las antiguas mitologías.”
El artículo mencionado se encuentra precedido
por otros dos que podemos identificarlos como el
preámbulo a la narración de la historia
del siglo. En ellos explora Reyes los antecedentes,
las aitia o causas en el sentido de Heródoto,
de los hechos que a continuación narrará.
Le suceden cinco capítulos más en
los cuales se completa la tragedia cuando Reyes
nos hace partícipes del momento en que Napoleón
se entrega a los ingleses a bordo del Belerofonte.
El evento histórico con el cual se inicia
la narración posee, presumimos dos direcciones.
Por un lado aquélla se orienta hacia las
consecuencias mencionadas es decir, al porvenir
histórico propiamente dicho, por otra hacia
la creación del mito. Don Alfonso reconoció
este hecho y por eso es que me atrevo a hablar aquí
de dos direcciones. Una de ellas se encuentra aludida,
la dimensión mítica. La otra es la
que conduce la narración llevando la barca
por el río de la historia. La gran estudiosa
francesa de Reyes, la doctora Paulette Patout, nos
ofrece un comentario valioso para la exégesis
del tema. Nos dice: “La imagen del emperador
es para él inseparable del recuerdo de París.
De su ambición, da una interpretación
bastante poco difundida en Francia. Según
Reyes, el propio Napoleón contribuyó
conscientemente a la institución de su leyenda.
Fue el poeta de sí mismo” (6).
Napoleón
aparece en el escenario de su obra a la manera de
un héroe, de un mito antiguo que se descubre
al separarse paulatinamente de la trama y vorágine
humana que le rodea. Reyes lo deja allí para
dirigir su mirada como Heródoto, hacia el
mundo de los hombres. Incluso siguiendo también
en ello al “padre de la Historia”, describe
los rasgos humanos del mito, del héroe, pues
se encuentran mezclados y próximos. Sin embargo
la solución al enigma Napoleón, enigma
como personaje de la historia moderna, se resuelve
a mí parecer, con una respuesta indirecta.
Don Alfonso se pregunta: “Pero ¿a qué
medirlo por el solo alcance militar e inmediato
de sus campañas? ¿Y su obra de gobernante
y organizador político durante el consulado?
¿Y su código del Imperio? ¿Y
su acarreo del nuevo espíritu del siglo a
través del mundo? ¿Y su trascendencia
general en la historia y en la imaginación
de los pueblos?” (7)
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Boletín
de la Grande Armada |
Veremos a continuación
una característica de su narrativa que nos
sugiere el método de Heródoto. Para
Reyes como para el historiador de Halicarnaso, el
testimonio de los testigos posee un valor supremo.
De ahí que a las preguntas anteriores o mejor
dicho, a la pregunta ¿Quién fue Napoleón?
Responda con las palabras de un testigo que ha visto
y escuchado las huellas del meteoro. Acudió
para ello a Henri Heine quien escribía en
1832 cuando pasó por París: “Napoleón
es para los franceses una palabra mágica
que electriza y deslumbra. Mil cañones duermen
en este nombre, como bajo la columna de la Plaza
Vendôme, y las Tullerías se echarían
a temblar si un día estos mil cañones
despertasen. Como los judíos se abstienen
de mentar inútilmente a su Dios, así
aquí se nombra a Napoleón raras veces.
Casi siempre se dice “el Hombre”. Pero
su imagen se ve por todas partes –en estampa
o en yeso, en metal o en madera- y a todas horas
aparece. En los bulevares y en las bocacalles hay
oradores que celebran “al hombre”, cantores
populares que evocan sus hazañas. Anoche,
al pasar camino de mi casa por una oscura callecita,
vi a un niño de apenas tres años sentado
en el suelo junto a una vela encendida. Canturreaba
como podía una tonada a las glorias del Emperador.
Acababa yo de echarle un centavo en el pañuelo,
cuando sentí que alguien se me acercaba y
también me pedía limosna. Era un inválido.
No imploraba la caridad de por Dios. Con el fervor
del verdadero creyente, me decía: –
¡Un centavo, en nombre de Napoleón!”
(8)
Estas palabras se
han introducido en la narración histórica
para evocar una imagen, una sensación sobre
el mito, la leyenda. El testimonio es presentado
de manera natural. No por un intento de analizar
las fuente para decidir sobre su objetividad. Previamente
nos ha dado a conocer Reyes, la opinión de
un historiador contemporáneo suyo. Las opiniones
de aquél se inclinan a apreciar sólo
algunos aspectos que dejan insatisfecho a don Alfonso.
El historiador mencionado A. Guérard, contrasta
con la disposición de ánimo de Reyes.
Este más poeta que historiador, al menos
en el sentido moderno, acude a la impresión
de otro poeta para acercarse al mito, a la leyenda.
La veracidad del testimonio de Heine, es significativo
para Reyes no sólo porque sea una impresión,
casi diríamos un retrato de la época,
también porque es simpática con su
sensibilidad. El hacer uso de la visión de
otro cuando la nuestra no ha tenido la oportunidad
de presenciarlo, es una característica del
método gestado por Heródoto así
como las alusiones a mitos. Ambas características
las presenta Reyes en esta muestra de su narrativa.
Ese compilador de libros,
como se denomina el propio Reyes en el prólogo
de su obra, ha indagado en las obras de
Talleyrand, de Metternich y en el Memorial
de Santa Helena por supuesto. Conoce
las obras de Stendhal, Vida de Napoleón,
de Chateaubriand, Bonaparte y los Borbones,
la obra de Thiers, Historia de la revolución
francesa y también la Historia
del Consulado y del Imperio, entre
otros. Pero lo más importante es
que logra extraer las imágenes, las
ideas apropiadas que hilvanará en
su narrativa magistralmente. Su trabajo
de historiador y poeta no se ve afectado
por su cuidadosa erudición. En otras
palabras, la guía de su pluma y espíritu
sigue siendo su propia sensibilidad poética.
Don Alfonso
tiene una gran admiración por Napoleón
y estas lecturas e interés en la
historia reciente de Francia son en parte
reflejo de ello. Esta admiración
se remonta a su infancia. A propósito
nos dice Alicia Reyes en el texto mencionado,
que don Alfonso firmaba sus cartas escolares
bajo el nombre d “comandante en jefe
de los ejércitos de Napoleón.”
Empieza a germinar su admiración
debido principalmente, a la influencia de
su padre, el General Bernardo Reyes. Al
salir de México el 10 de agosto de
1913 hacia Europa, empujado por las circunstancias,
lleva consigo algunos recuerdos y objetos
muy queridos. Le acompañaban su mujer
y su hijo y también un medallón
de oro con el busto de Napoleón,
regalo de su padre. Años después
en su obra “Historia documental de
mis libros” nos dirá refiriéndose
a ese viaje: “Napoleón se lanzó
conmigo a la conquista del mundo.”
Me parece que estos son los elementos que
explican mejor su interés y admiración
por Napoleón. Han surgido antes como
vimos, de que tuviera la oportunidad y la
necesidad de ocuparse públicamente
de temas políticos y sociales de
la historia de Francia y el mundo. Como
les sucedió a los grandes historiadores
de la antigüedad, el tema lo escogió
a él y no al revés.
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Ingres
- Napoleón Primer
Cónsul en Lieja |
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Sostuvo Reyes la
idea poco usual antes como ahora, Napoleón
fue “el poeta de sí mismo”. Esta
idea nos ubica en una dimensión del Hombre
que adquiere proporciones míticas y legendarias.
Hacemos este énfasis porque son éstas,
las más poéticas. Las que en opinión
de Aristóteles se acercan a lo universal
y filosófico. Hemos indagado en el texto
mencionado el lugar donde hunde y nutre sus raíces
esta idea. Las mismas características del
texto nos ofrecen una imagen de Napoleón
que tiende a lo universal en el doble sentido histórico
y mítico. No obstante la individualidad del
hombre Napoleón también ocupó
un lugar en las páginas de don Alfonso. Para
ahondar en ello comentaremos un texto singular y
diferente, en varios sentidos, al anterior. En este
texto se abandonan los grandes periodos de la historia
y se acerca más a la figura individual de
Napoleón como anticipamos. El ensayo “Napoleón
I, orador y periodista” nos presenta la contraparte
de aquél otro que hemos comentado. Este ensayo
aparece dentro de una obra titulada “Retratos
reales e imaginarios”. El título es
por demás sugestivo e ilustrativo sobre el
tema. La figura de Napoleón aparece dentro
del marco de una dicotomía que no obstante
se resolverá en la unidad. Lo real y lo imaginario,
el mito y la historia, o dicho con las palabras
de Goethe, la poesía y la verdad. Contraparte
al fin y al cabo en la perspectiva, en la forma.
En aquélla la perspectiva es más histórica,
más real sin olvidar como hemos mostrado,
aquellas alusiones al mito. En ésta se observa
al individuo, se habla del héroe en sus rasgos
distintivos por comparación y similitud con
otros. No obstante en los extremos ambas obras se
tocan. El héroe, el individuo se vuelve mito
y se incorpora definitivamente a una época
anterior a los eventos que son propios de la historiografía
convencional. En el texto que comentaremos encontramos
nuevamente dos direcciones. Esta condición
lo muestra el título mismo. Como orador Napoleón
es un personaje similar a los antiguos, como periodista
un hombre que se adelante incluso a las generaciones.
Reyes afirmará que es incluso el precursor
del periodismo moderno. Veamos como acontece. Envuelto
Napoleón en las opiniones diversas, hay quienes
nos dice Reyes, llegan incluso a dudar de su existencia.
Distintas consideraciones sobre la vida y la obra
del hombre Napoleón, serán motivo
de discusión y exégesis. También
ello habla en nombre de su condición legendaria.
Recordemos para ilustrar el caso, la polémica
que sostiene Stendhal con Chateubriand sobre la
fecha real de su nacimiento. Como quiera que sea
más real para unos, menos para otros, su
memoria despertará en Reyes el tema de la
necesidad de los grandes hombres para la historia
y los pueblos. En este preámbulo don Alfonso,
nos contagia de una atmósfera a la manera
de Plutarco. El ejemplo de un grande hombre servirá
para la educación de otros. Discute junto
a Gracián, los beneficios de éstos.
“En todo caso – nos dice – una
de las utilidades de los grandes hombres está
en el consejo de modestia que nos da con su vida.
Por eso el precursor Gracián… sobre
la conveniencia de que el hombre de grandes empeños
tantee sus aptitudes antes de arriesgarse, y escoja
para la obra de su vida la mejor prendas…
Atentos pues, a tantear bien cada uno sus propias
capacidades.”(9)
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La
Cena de Beaucaire |
Visto en retrospectiva
Napoleón aparece como un gran personaje y
Reyes propone explicarse la fama que le sobrevino
dibujando el perfil del héroe. La comparación
con otros será un recurso bien aprovechado.
Teniendo como antecedente el Memorial de Santa Helena
y dentro de él las mismas palabras del Emperador,
recupera de su personaje como Plutarco, no tanto
las grandes batallas sino las frases, los gestos
que le otorgaron finalmente la gloria alrededor
del mundo. Ha considerado Reyes el testimonio del
conde De las Cases que aportará ciertos trazos
para figurarse al orador Napoleón. Dice Las
Cases a propósito: “El ejército
de Italia señaló otra época
de su carácter. Cuando tomó el mando
de él, su extrema juventud le exigía
una gran reserva y la máxima austeridad de
maneras. “Era necesario, indispensable –
decía – hacerlo así para poder
mandar a hombres tan por encima de mí en
cuanto a edad. Mi conducta allí fue irreprochable,
ejemplar. Yo me mostraba como una especia de Catón,
y así lo debí parecer a todos. Fui,
en efecto, un filósofo, un sabio.’
Con este carácter se presentó en la
escena del mundo.” (10) A partir de estos
antecedentes Reyes se acerca al orador. Para ofrecernos
un panorama general del tema, acude al libro de
Lanson, Historia de la literatura francesa.
La elocuencia llegó a tener un lugar tan
importante que Reyes afirmara: “Napoleón
gobernaba casi por la palabra, y fue el último
de los grandes oradores revolucionarios. Tenía,
sobre los diputados de la Montaña, la ventaja
de ser más preciso y menos verboso, e inventó
una fórmula nerviosa, que parecía
una aplicación literaria de la “voz
de mando” militar. Se le ve buscarla en la
vaguedad de sus primeros escritos, y desarrollarla
después en sus cartas (nunca familiares)
y aun en los papeles de Santa Elena. Lo mejor de
su obra, en este sentido, ya desde la primera campaña
de Italia hasta más allá de Waterloo.
Su elocuencia fue para él lo que era para
los jefes de las democracias atenienses.”
(11)
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| El
Emperador Napoleón dictando sus
memorias |
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A continuación
don Alfonso nos traza la evolución general
de la elocuencia en este orador. Dirige su atención
a las expresiones, adjetivos, lo que para la antigua
retórica sería la lexis según
la doble división propuesta por Dionisio
de Halicarnaso. La lexis se refiere precisamente
a la forma del discurso y también al ornato
de las palabras o las frases. Nos dice Reyes siguiendo
los pasos siempre de Lanson: “Bajo su rudeza
aparente, es muy ordenada, muy clásica…
Al principio, los orígenes revolucionarios
de su elocuencia están muy manifiestos: las
“falanges” republicanas, los “vencedores
de Tarquino”, los “descendientes de
Bruto y Escipión”, las “legiones
romanas”, “Alejandro”, todos estos
recuerdos de la antigüedad unen a Napoleón
con los demás oradores de las asambleas francesas.
Más tarde, en las arengas del Cónsul,
en las del Emperador, ya son raros tales ornamentos
enfáticos. También, en la época
de la primera campaña, entre las “falanges”
y los “Tarquinos”, noto unos “hombres
perversos” que proceden directamente de la
prédica de Robespierre. Y noto también
tal cual reminiscencia de autor latino. Por ejemplo,
de Lucano: “Nada habéis hecho, puesto
que aún os falta hacer algo.” (12)
Pero Reyes observa que era inevitable una evolución
y en consecuencia una emancipación de aquellos
adornos. Más importante aún resulta
el fin hacia el cual se dirige. Este objetivo puede
sintetizarse en dos palabras: claridad y laconismo.
Con respecto a la claridad don Alfonso nos dice
en otro texto dedicado precisamente a la retórica
antigua. Refiriéndose a Quintiliano desliza
un comentario de gran interés a propósito
de Napoleón. Quintiliano –dice –
“quiere que se consulte el tono general del
discurso con la adecuación al género
del discurso, a la causa, a la circunstancia, al
auditorio, al propio temperamento; y prefiere siempre
el vigor a la delicuescencia, y al prado de lirios,
el olmo cargado de pámpanos o el olivo que
se dobla con los tributos… Si la claridad
se deja ver por sí sola, la evidencia consiste
en hacer ver las cosas; luego hay que “visualizarlas”
a manera de cuadro, enumerarlas de modo que no parezcan
una escueta noticia, destacarlas con aquel énfasis
que saca de la palabra algo más de lo que
parece contener, como cuando Napoleón dijo
a Goethe: Vous êtes un homme (Sois
un hombre). Y mejor aún si se acierta con
aquella sencillez inexplicable, aquel “dar
en el clavo”, propio de los viejos estilos
griegos.”(13)
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Hillemacher - Goethe y Napoleón
I en 1808 |
La frase que acabamos
de citar fue pronunciada durante el encuentro entre
Goethe et Napoleón que tuvo lugar en Erfurt
en 1808. Tenía lugar entonces, en esta ciudad
alemana,desde el 27 de septiembre, un congreso en
el que se buscaba confirmar la alianza entre Alejandro
I, zar de Rusia, y Napoleón, aliados en aquel
tiempo contra los ingleses. El poeta y el Emperador
tenían, uno por el otro, una admiración
recíproca. Como resultado de esta entrevista,
el poeta alemán recibiría de Napoleón
– quien le dijo haber leído Werther
más de siete veces– la Cruz de la Legión
de Honor. Lo que don Alfonso nos quiere decir al
citar estas palabras de Napoleón es que la
claridad y esta manera de sacar a las palabras,
hasta cierto punto convencionales y simples, una
fuerza, desconocida u oculta, es una de las características
de la retórica napoleónica. Para definir
este estilo y armonizarlo con un elemento más
a saber, el laconismo, que resulta ser una consecuencia
lógica de lo anterior, nos dice Reyes: “Lanson
da algunos ejemplos del laconismo napoleónico,
haciendo ver que en el ataque rápido de la
frase, cada palabra parece una detonación
más intensa que la anterior.” Estos
elementos, claridad, laconismo, unidos por la fuerza
de su contundencia son pues, los que forman el estilo
del orador Napoleón. De esta manera describe
don Alfonso la evolución de la elocuencia
napoleónica, misma que se inicia en el fragor
de la retórica revolucionaria, y avanza hacia
su propia emancipación como corresponde al
artista auténtico. Al fin consigue un estilo
austero, claro y antiguo. Nos formamos a través
de las imágenes que nos ofrece don Alfonso,
una idea del Napoleón orador. Pero ¿Y
Napoleón escritor? Hemos visto como Reyes
se ha ocupado de la elocuencia. Por lo que podemos
apreciar el literato Napoleón está
vinculado para Reyes al orador, circunstancia que
fue natural entre los antiguos. Esto es como si
su obra escrita fuera un reflejo de su elocuencia
la mayor parte de las veces. A Reyes le interesa
destacar sobretodo esa característica. Tal
vez también, porque en su imaginación
no quiere disociar al militar, al hombre de estado,
al héroe y al Emperador que fueron una sola
persona. No es Napoleón escritor por otra
parte, como aquellos políticos que un buen
día, le dedican su ocio a la literatura.
Reyes se muestra convencido y sin reparos anuncia
que Napoleón fue un gran escritor pero, hombre
entendido como pocos en literatura, nos dice que
no es en la técnica literaria, prejuicio
de literatos como Chateaubriand, donde debe buscarse
su grandeza. Es la grandeza del autor como Hombre
lo que le otorga autenticidad a su obra escrita
no al revés.
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Acto
de Promulgación del Código
Civil |
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Todavía en
este texto a don Alfonso le sobra tinta e inteligencia
para ocuparse de otro asunto. El periodismo. Comentamos
con anterioridad la segunda dirección que
este tema nos sugiere. La oratoria dirige nuestra
vista hacia la antigüedad, el periodismo hacia
el mundo moderno. Estas dos tendencias sin embargo
son coherentes con el destino de Napoleón.
El periodismo de la época fue un terreno
donde se libró otra gran batalla, otra guerra.
Los ejércitos de entonces y el periodismo
sufrirían una evolución que los conduciría
a lo que son en la actualidad para bien y para mal.
No podía por lo tanto evitar ese encuentro
en la encrucijada histórica. Pero no lo hacía
como periodista, al menos no en sentido puro. Napoleón
tuvo que enfrentarse a las calumnias de la prensa.
El Memorial de Santa Helena nos ofrece valiosos
testimonios sobre la posición del Emperador
antes los ataques que recibía de la prensa.
“Las preocupaciones que nos tomáramos
– decía – valdrían sólo
para dar más peso a las inculpaciones que
se quisiera combatir. No dejaría de decirse
que cuando se escribiera en mi defensa sería
encargado y pagado. Las lenguas torpes de los que
me rodean me han sido a veces más perjudiciales
que todas esas injurias. Sólo por hechos
me convenía responder: un bello monumento
o una buena ley más, un triunfo nuevo, debían
destruir millones de mentiras. Las declamaciones
pasan y los hechos quedan.” (14)
Se trataba de una
guerra tanto que, en opinión de Chaptal se
utilizaban los periódicos para combatir sobre
todo, a los ingleses. Para este fin redactaba él
mismo, durante el consulado, las notas que aparecían
en el diario Moniteur. Se propone don Alfonso
ocuparse ahora de esa conflagración. Está
de acuerdo con el Emperador sobre las “lenguas
torpes” que le rodeaban. Así que prefirió
ocuparse él mismo de los periódicos.
No como periodista en cuanto tal sino como si de
ellos hiciera un monumento, una obra más.
Para abordar el tema Reyes acude a una obra titulada
Napoleón Journaliste de A. Pérvier,
un antiguo director del Fígaro. Le interesa
de ella los datos que encuentra más que las
opiniones de su autor. No se convence de la opinión
de aquél sobre que “la obra de Napoleón,
sus victorias pasan al segundo término y
se eclipsan en el girar de los siglos, sin duda
para que su labor periodística pase a primer
plano.” Semejante tentativa es calificada
por don Alfonso de “peregrina reivindicación”.
Los datos que allí se compilan le permiten
trazar sobre todo, las líneas generales de
esta actividad. Desde 1796 Napoleón nos dice
Reyes “pide al Directorio que haga cerrar
los clubes políticos, que funde cinco o seis
buenos periódicos constitucionales...Napoleón
cree en la gran influencia del periódico;
desprecia personalmente al periodista. Hay que confiar
a otras manos esa gran fuerza pública…La
verdadera importancia de esta labor periodística
– claro está- reside en que deja ver
las intenciones de la persona no periodística
que la inspira.” (15) La intención
a la que se refiere don Alfonso, puede entenderse
a partir de algunos ejemplos concretos. En Egipto
Napoleón creó el diario literario
y de economía política, La Década
Egipciana. Este diario acompañó
a la creación de un Instituto de Ciencia
y Artes con cede en el Cairo. Pocos meses después,
el 29 de agosto de 1798, publicó su primer
número El correo de Egipto, que
fue una revista política y militar. Así
la guerra contra el periodismo de la época
no fue sólo para combatir opiniones mal intencionadas
de sus enemigos, también para dejar una obra
de mayores alcances, como dice el mismo Napoleón.
Don Alfonso por otra parte, no es presa de la opinión
común que proclama la libertad de opinión
y prensa sin más. La cual en ese momento
no se entendía lo que hoy se tiene por tal.
Además su sentido de mesura le permite entender
que esta idea puede y de hecho ha dado lugar a grandes
excesos. Por eso no le reprocha a Napoleón
que haya suprimido la libertad de prensa. Incluso
elogia la disposición justificándola
de la manera siguiente: “Pero la censura es
como un cuchillo; en manos de unos sirve para labrar
un santo de palo, y en las de otros, para destripar
al prójimo.” Napoleón no utilizó
el periódico para esos mezquinos fines sino
que incluso contribuyó a eliminarlos, al
menos temporalmente. Allende a que funcionara también
como un medio de propaganda para su gobierno. Esa
es la opinión de Alfonso Reyes. Así
la contraposición entre el orador y el periodista,
más extensamente, entre el escritor Napoleón
y el Hombre de acción se complementan para
completar el cuadro que nos ofrece Reyes en este
texto.
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El
Emperador Napoleón trazando un surco
en Santa Elena |
Desde un principio
nos ha movido la búsqueda de aquellos rasgos
que definen la figura de Napoleón en la obra
de Reyes. Observamos que esta empezó a gestarse
desde la admiración temprana que Alfonso
Reyes le procuraba. Nos ha parecido poco satisfactorio
circunscribir el tema a un asunto de historiografía
moderna. De hecho encontramos que una visión
más amplia de ésta, la cual tomaría
como punto de partida los modelos antiguos, extendiéndose
en línea continua, hasta Eginhardo y Carlomagno,
era apropiada para desarrollar y explicar al menos
en algunos temas, el sentido y significado de Napoleón
en la obra de Reyes. No quiere decir esto que se
nieguen aquellos aspectos que de cualquier manera
están presentes, como son los temas materiales
y sociales de la historia. Sin duda don Alfonso
veía que los actores de la historia son los
pueblos antes que los individuos. Por eso en aquella
obra que mencionamos al principio, advertíamos
que la figura de Napoleón empezaba a destacarse
y separarse de la misma debido a su propia individualidad.
La situación pues, se presentaba paradójica
porque era un individuo precisamente el que iba
a definir el rumbo de los pueblos y al mismo tiempo
se encontraba inmerso dentro de las fuerzas que
movían los eventos. La paradoja se resuelve
porque Reyes contempla ambos condiciones, los individuos
y los pueblos, como importantes a su modo, en un
delicado equilibrio. El caso de Napoleón
además nos permitió una consideración
adicional. La perspectiva que se abre hacia el mito.
Pero incluso en este sentido el mito fue forjado,
lo creo el hombre Napoleón, en definitiva
porque fue el poeta de sí mismo, como piensa
Reyes. Así vuelve a integrarse a la historia
de los pueblos donde crece y se desarrolla. Entonces
mito e historia mantienen un vínculo esencial.
Regresamos por tanto a la dualidad de poesía
e historia de la que partimos. Una perspectiva historiográfica
que atienda a ésta en la manera que lo hizo
Reyes, hunde sus raíces en la antigüedad.
Esto es así porque lo natural en aquélla
era vivir entre mitos. Lo cual ya no sucede y sea
Napoleón, por su intenciones y existencia,
el último hombre de esas características.
Intentamos nosotros destacar esta dimensión
porque es la que primero se pierde en la misma medida
que nuestra historiografía camina por otros
rumbos. Y lo hace así porque nuestra sociedad
es otra y sus intereses también. La propuesta
ha sido presumiblemente construida a partir de la
propia lectura de los textos alfonsinos. Fue posible
a mi juicio porque son estos, como el dios Jano,
textos que miran hacia el pasado y hacia el futuro
desde la misma cabeza. Napoleón es el personaje
que hizo posible esta unión entre poesía
e historia para Reyes. Así Homero y Heródoto
se han reunido otra vez en su obra.
NOTAS
1) Reyes Alicia,
Genio y figura de Alfonso Reyes FCE México
cuarta edición 2000, p. 69.
2) Reyes Alfonso, Historia de un siglo,
Obras completas tomo V, FCE México, primera
edición 1957, p. 17.
3) Girardot Gutiérrez Rafael, Alfonso
Reyes y la Historiografía en “Voces
para un Retrato”, FCE y UAM, México
1990.
4) Obras completas, tomo V p. 13.
5) Martínez Lacy Ricardo, Historiadores
e historiografía de la antigüedad clásica,
FCE México 2004, p. 47.
6) Patout Paulette, Alfonso Reyes y Francia,
El Colegio de México, Gobierno del Estado
de Nuevo León, México 1990, p. 171.
7) Obras completas, tomo V p. 13.
8) Obras completas., tomo V p. 45.
9) “Napoleón I, orador y periodista”
en Retratos Reales e Imaginarios, Obras
completas., tomo III p. 472.
10) Conde de Las Cases, Memorial de Santa Elena,
traducción por Juan G. de Luaces, Obras Maestras
editorial Iberia-J.Gil 1944, página 90.
11) Obras completas, tomo III p. 472.
12) Ibid.
13) Reyes Alfonso, “La antigua Retórica”,
Obras completas, FCE México 1961 p. 517.
14) Conde de Las Cases, Memorial de Santa Elena,
traducción por Juan G. de Luaces, Obras Maestras
editorial Iberia-J. Gil 1944, página 116.
15) Obras completas, tomo III p. 473.
16) Idem.