Armas del Emperador Napoleón I.
Honneur et Patrie
Texto en castellano.
UNA MIRADA A NAPOLEÓN
Texte en Français.
EN LA OBRA DE ALFONSO REYES
Por E. ULISES SÁNCHEZ SEGURA
Ensayo laureado del Primer Premio Memorial Conde de Las Cases
Ciudad de México, 2 al 11 de diciembre de 2006.
Instituto Napoleónico México-Francia.
INMF
 
Edición Año
TÍTULO DEL ENSAYO
NOMBRE DEL AUTOR ORIGEN FOTO PUNTOS (/72) % Evaluación más recurrente.
I 2006 Una mirada a Napoleón en la obra de Alfonso Reyes Sr . E. Ulises Sánchez Segura Ciudad de México, México- Premio Memorial Conde de las Cases, México. Eurípides Ulises Sánchez S. 45 62,5 Trabajo destacado; 3/4 puntos.
 
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
El Sr. Sánchez Segura durante la lectura de su ensayo en la Capilla Alfonsina
 
ALFONSO REYES (1889-1959)
Alfonso Reyes Ochoa nació en Monterrey, Nuevo León, el 17 de mayo de 1889; formó parte del grupo de literatos ilustres fundadores del Ateneo de la Juventud mexicano.
A la muerte de su padre, el general Bernardo Reyes, en 1913, el joven Alfonso parte en exilio a Europa. Reside primero en España, y enseguida, durante un breve lapso, en París, donde ejerce funciones diplomáticas.
Tras dedicarse enseguida durante un tiempo de lleno a la literatura, colaborando en diversas publicaciones, retoma el servicio diplomático en 1920, volviendo a su amada Francia, y desplazándose enseguida a Argentina y a Brasil, en calidad de embajador.
De regreso a México fue uno de los miembros fundadores del actual Colegio de México, del que fue presidente. Ya para entonces conocido como el « Erasmo americano », en 1957 es nombrado Director de la Academia Mexicana de la Lengua.
La obra, muy vasta, de Reyes incluye poesía, cuento, teatro y ensayo, y es considerada una de las más importantes de la lengua castellana contemporánea.
Entre sus obras más importantes destacan la célebre Visión del Anáhuac, o Ifigenia cruel, entre muchas otras.
Francia, segunda patria del escritor, reconocería plenamente a nuestro « Mexicano Universal », nombrándole Caballero de las Artes y de las Letras, y Oficial de la Legión de Honor.
El joven Alfonso Reyes en su oficina

En la obra de Alfonso Reyes encontramos con frecuencia, temas y reflexiones relacionados ya directa o indirectamente con la historia y sus personajes. Las Obras Completas de nuestro autor comprenden veintiséis tomos. Allí observaremos las facetas del Reyes historiador, erudito, pensador y poeta conviviendo simultáneamente. La relación entre poeta e historiador no sufre fracturas en él, sino que logra la unidad de propósito y estilo. El tema de esta conferencia exige ambas consideraciones. Por este motivo partiremos, si se me permite, de la dualidad entre historia y poesía que ocupó la atención de Reyes en distintos momentos de su obra y vida, y que ha sido planteada por Aristóteles de la siguiente manera: “No está la diferencia entre poeta e historiador en que el uno escriba con métrica y el otro sin ella – que posible fuera poner a Heródoto en métrica y, con métrica o sin ella, no por eso dejaría de ser historia –, empero se diferencian en que el uno dice las cosas tal como pasaron y el otro cual deberían haber sucedido. Y por este motivo la poesía es más filosófica que la historia, ya que la poesía trata sobre todo de lo universal y la historia, por el contrario, de lo singular.” (Arte Poética 9. 51ª 36-52ª 11). El poeta Reyes como veremos, se acercó a la historiografía desde su posición de escritor. Este rasgo imprimirá un sello característico a su obra en relación con el tema que por ahora se nos presenta como un enigma, el hombre Napoleón. Escucharemos con toda seguridad, un diálogo constante entre la poesía y la historia. Sin embargo un texto suyo con propósitos historiográficos, será el principio del camino.

El texto que ha motivado esta excursión por el mundo de la historiografía lleva por título “Historia de un siglo”. Los eruditos de la obra alfonsina han visto en ella distintos temas olvidados por la historiografía hispanoamericana de la época. Sin pretensiones polémicas de por medio, creemos que la historiografía de entonces y la actual, se puede beneficiar de trabajos realizados por poetas como don Alfonso. Y esto nos motiva a proseguir. En este trabajo trataremos de aprovechar esas características para abordar nuestro tema. En la obra de este prolífico escritor encontraremos muchas ventanas a la historia. Es tarea del lector aprovecharlas adecuadamente. El texto mencionado, fue concebido bajo circunstancias especiales que llevarían a presentarlo como un trabajo historiográfico por el autor, en la fecha de su publicación íntegra. Se trata en realidad, de una compilación de artículos periódicos. Motivado por circunstancias especiales Reyes se ocupará de la historia reciente. Invitado por Ortega y Gasset para que participara en el periódico El Sol de Madrid, se ocupó allí entre otras cosas, de la historia europea del siglo XIX. El propósito fue claro. Con estos artículos Reyes intentaba ofrecer al lector, los antecedentes que motivaban la cercana primera Guerra Mundial. Escritos entre junio de 1919 y enero de 1920 serán éstos la base de la compilación que llevará por nombre “Historia de un Siglo”. Se harán correcciones y adiciones sucesivas por parte de don Alfonso. En esta situación Reyes recupera sus reflexiones sobre la historia reciente que habían surgido en parte, a la luz de su estancia en Francia. Observa en ella, a un protagonista privilegiado en la historia reciente ya desde la revolución de 1789.
Louis David - Estudio para un retrato de Napoleón

Había dejado París en agosto de 1914 rumbo a España. Se instala en Madrid el 2 de octubre del mismo año. Desde entonces hasta 1919 se “sostiene exclusivamente de la pluma, en pobreza y libertad” (1). Así por circunstancias de su exilio en Europa, por la misma Guerra que modificaría en tantos aspectos la faz del mundo, y por la invitación explícita para ocuparse de estos temas, encontramos a don Alfonso contemplando la historia como historiador. Estos antecedentes explicarán en parte, la presencia de Napoleón en la obra de Alfonso Reyes. Sea por las relaciones que lo movieron a la reflexión entre historia y literatura, sea por su interés concreto en los acontecimientos históricos recientes. Con estos elementos avanzaremos en el intento de explicar el significado pleno que tuvo Napoleón para él. De hecho aquél motivó en Reyes distintas reflexiones y sentimientos que iremos descubriendo a lo largo de este escrito. Aparece Napoleón en este momento, como un sol alrededor del cual giran por gravitación distintos pensamientos y emociones. Será nuestro propósito en lo sucesivo, comprender la imagen que don Alfonso se forjó de este gran hombre. Para ello como anunciamos ya, consideraremos al Reyes historiador, antes que al poeta. A Heródoto antes que a Homero.

La Historia adquiere en su pluma, un carácter dramático. Pero no será Napoleón el único protagonista pues el drama abarcará un siglo. Sin embargo el sentido trágico lo define desde el principio, la figura de Napoleón al caer su Imperio. Los personajes serán variopintos desde que aquél abandona la escena. El congreso de Viena, la Santa Alianza, la reconstrucción de Alemania y así alejándose más mientras avanza el siglo. Estos personajes como se ve, están definidos por grupos de acciones, de personas, de ideas. Mientras que el único personaje individual cabe decirlo, es Napoleón y su Imperio. Los otros nos anuncian ya el siglo XX sus vicisitudes características. Reyes nos presentará pues, el escenario y el prólogo de una tragedia. Avanza don Alfonso entre los sucesos del siglo, hacia un problema que será muy importante para él: la modernidad. Este tema, la modernidad y sus conflictos, se la verá nacer, crecer y desarrollarse entre acto y acto. Busca entre los sucesos su forma cambiante desde sus orígenes. Así nos advierte: “aunque se llame época moderna a la que arranca más o menos de la caída de Constantinopla (1453), la verdadera modernidad de los pueblos –salvo para unos cuantos privilegiados de la inteligencia o de la fortuna- procede de las tres grandes revoluciones acontecidas a fines del siglo XVIII: la revolución intelectual, la revolución industrial y la revolución social o Revolución Francesa.”(2). Las consecuencias, los vástagos de la modernidad podrán identificarse como políticos, sociales, económicas e intelectuales o culturales según el plan trazado por el mismo Reyes. De éstas se ocupa la mayor parte del texto alfonsino. Don Alfonso se muestra pues como un intelectual interesado en todo aquellos aspectos que serán los antecedentes directos de su propia época. Pero hay algo más. Al aparecer en el escenario los conflictos, los personajes que definen la modernidad, nos ofrece la oportunidad de mirar no sólo hacia el futuro sino también al pasado. Esta será la perspectiva aquí asumida. Por esta razón no seguiremos en este discurso, el desarrollo de esos personajes y conflictos, los que por su naturaleza se proyectaban en su momento, hacia el porvenir. Es cierto que fueron para don Alfonso muy importantes en la interpretación de su propia época. Debe añadirse por justicia, que al realizar esta actividad Reyes ensayaba una posición frente a la historia, una posible teoría que para algunos incluso, sería la más avanzada entre sus contemporáneos hispanoamericanos (3). Hemos dicho también con anterioridad que constituye el trabajo tal, una aportación a la historiografía mexicana por hacer notar los vacíos que en ésta existían. Pero este importante hecho no es el motivo de nuestra exposición. No se pretende discutir en ese terreno. Nosotros caminaremos por otro rumbo más apropiado a nuestro propósito. No habremos de negar por supuesto, los atributos de este Reyes historiador, sus logros y alcances. Buscaremos otra perspectiva sugerida a luz de la lectura de los textos mismos. Sin embargo no se piense que habrán de ser opuestas. Creo que atiende en todo caso a esos puentes que buscó Reyes entre lo antiguo y lo moderno. Aquí se buscarán principalmente aquellas referencias a la antigüedad dentro de su obra. Porque presumiblemente, esto nos permitirá apreciar mejor ciertas características que son las menos estimadas por la historiografía actual. La oportunidad que nos ofrece el personaje que aquí abordamos, el Hombre Napoleón, es emblemático en este sentido. La existencia de Napoleón permitió que se juntaran valores e imágenes de la antigüedad con la incipiente modernidad de los pueblos. Y por última vez habrán de ser vistos pues en adelante se alejarán cada vez más, al desarrollarse el mundo moderno.

Barón Gros- Los apestados de Jaffa
 
Napoleón en la gran Mezquita del Cairo

La narración en estos primeros capítulos recupera los “hechos memorables” asumiendo una actitud frente a la historia emparentada con la visión antigua de la misma. Significa esto que detrás de la narración histórica hay una selección consciente y no una simple colección de hechos. Reyes nos revela en el prólogo escrito en 1952 su intención de manera cordial. “Contigo hablo, hombre sencillo que sueles leer en el periódico las notas de un lector de libros recopiladas para ti. Tú siempre has querido saber lo que pasó ayer por la mañana. Y si resulta que ya lo sabes, ¿qué mal hay en recordarlo y comentarlo juntos?” (4) Bien pues la expresión “ayer por la mañana” se refiere a la historia reciente, contemporánea, y la de “recordarlo y comentarlo juntos” es una invocación a la Memoria y a su hija Clío, la Musa de la Historia. Volver memorables ciertos eventos, los dignos de ello, es una de las características más sobresalientes de la historiografía antigua (5) Esto es no en tanto que forman un pasado, que se habrá de convertir en un objeto abstracto de estudio sino en tanto que son hechos relevantes en su carácter humano. Por esto la visión de Reyes sobre la historia es dramática. Así se entiende que hable de la Tragedia de Napoleón.

Observemos pues que don Alfonso comienza con un hecho de enormes consecuencias. El siglo XIX empieza nos dice Reyes, con una tragedia. La caída de Napoleón. El así llamado “Ocaso de Napoleón”, artículo que comprende desde las batallas en Rusia y la guerra de las Naciones, hasta la partida de Napoleón a la isla de Elba. Los hechos allí reunidos y los siguientes siete capítulos describen lo que Reyes llama “el sparagmós o despedazamiento del dios en las antiguas mitologías.” El artículo mencionado se encuentra precedido por otros dos que podemos identificarlos como el preámbulo a la narración de la historia del siglo. En ellos explora Reyes los antecedentes, las aitia o causas en el sentido de Heródoto, de los hechos que a continuación narrará. Le suceden cinco capítulos más en los cuales se completa la tragedia cuando Reyes nos hace partícipes del momento en que Napoleón se entrega a los ingleses a bordo del Belerofonte. El evento histórico con el cual se inicia la narración posee, presumimos dos direcciones. Por un lado aquélla se orienta hacia las consecuencias mencionadas es decir, al porvenir histórico propiamente dicho, por otra hacia la creación del mito. Don Alfonso reconoció este hecho y por eso es que me atrevo a hablar aquí de dos direcciones. Una de ellas se encuentra aludida, la dimensión mítica. La otra es la que conduce la narración llevando la barca por el río de la historia. La gran estudiosa francesa de Reyes, la doctora Paulette Patout, nos ofrece un comentario valioso para la exégesis del tema. Nos dice: “La imagen del emperador es para él inseparable del recuerdo de París. De su ambición, da una interpretación bastante poco difundida en Francia. Según Reyes, el propio Napoleón contribuyó conscientemente a la institución de su leyenda. Fue el poeta de sí mismo” (6).

Napoleón aparece en el escenario de su obra a la manera de un héroe, de un mito antiguo que se descubre al separarse paulatinamente de la trama y vorágine humana que le rodea. Reyes lo deja allí para dirigir su mirada como Heródoto, hacia el mundo de los hombres. Incluso siguiendo también en ello al “padre de la Historia”, describe los rasgos humanos del mito, del héroe, pues se encuentran mezclados y próximos. Sin embargo la solución al enigma Napoleón, enigma como personaje de la historia moderna, se resuelve a mí parecer, con una respuesta indirecta. Don Alfonso se pregunta: “Pero ¿a qué medirlo por el solo alcance militar e inmediato de sus campañas? ¿Y su obra de gobernante y organizador político durante el consulado? ¿Y su código del Imperio? ¿Y su acarreo del nuevo espíritu del siglo a través del mundo? ¿Y su trascendencia general en la historia y en la imaginación de los pueblos?” (7)

Boletín de la Grande Armada

Veremos a continuación una característica de su narrativa que nos sugiere el método de Heródoto. Para Reyes como para el historiador de Halicarnaso, el testimonio de los testigos posee un valor supremo. De ahí que a las preguntas anteriores o mejor dicho, a la pregunta ¿Quién fue Napoleón? Responda con las palabras de un testigo que ha visto y escuchado las huellas del meteoro. Acudió para ello a Henri Heine quien escribía en 1832 cuando pasó por París: “Napoleón es para los franceses una palabra mágica que electriza y deslumbra. Mil cañones duermen en este nombre, como bajo la columna de la Plaza Vendôme, y las Tullerías se echarían a temblar si un día estos mil cañones despertasen. Como los judíos se abstienen de mentar inútilmente a su Dios, así aquí se nombra a Napoleón raras veces. Casi siempre se dice “el Hombre”. Pero su imagen se ve por todas partes –en estampa o en yeso, en metal o en madera- y a todas horas aparece. En los bulevares y en las bocacalles hay oradores que celebran “al hombre”, cantores populares que evocan sus hazañas. Anoche, al pasar camino de mi casa por una oscura callecita, vi a un niño de apenas tres años sentado en el suelo junto a una vela encendida. Canturreaba como podía una tonada a las glorias del Emperador. Acababa yo de echarle un centavo en el pañuelo, cuando sentí que alguien se me acercaba y también me pedía limosna. Era un inválido. No imploraba la caridad de por Dios. Con el fervor del verdadero creyente, me decía: – ¡Un centavo, en nombre de Napoleón!” (8)

Estas palabras se han introducido en la narración histórica para evocar una imagen, una sensación sobre el mito, la leyenda. El testimonio es presentado de manera natural. No por un intento de analizar las fuente para decidir sobre su objetividad. Previamente nos ha dado a conocer Reyes, la opinión de un historiador contemporáneo suyo. Las opiniones de aquél se inclinan a apreciar sólo algunos aspectos que dejan insatisfecho a don Alfonso. El historiador mencionado A. Guérard, contrasta con la disposición de ánimo de Reyes. Este más poeta que historiador, al menos en el sentido moderno, acude a la impresión de otro poeta para acercarse al mito, a la leyenda. La veracidad del testimonio de Heine, es significativo para Reyes no sólo porque sea una impresión, casi diríamos un retrato de la época, también porque es simpática con su sensibilidad. El hacer uso de la visión de otro cuando la nuestra no ha tenido la oportunidad de presenciarlo, es una característica del método gestado por Heródoto así como las alusiones a mitos. Ambas características las presenta Reyes en esta muestra de su narrativa.

Ese compilador de libros, como se denomina el propio Reyes en el prólogo de su obra, ha indagado en las obras de Talleyrand, de Metternich y en el Memorial de Santa Helena por supuesto. Conoce las obras de Stendhal, Vida de Napoleón, de Chateaubriand, Bonaparte y los Borbones, la obra de Thiers, Historia de la revolución francesa y también la Historia del Consulado y del Imperio, entre otros. Pero lo más importante es que logra extraer las imágenes, las ideas apropiadas que hilvanará en su narrativa magistralmente. Su trabajo de historiador y poeta no se ve afectado por su cuidadosa erudición. En otras palabras, la guía de su pluma y espíritu sigue siendo su propia sensibilidad poética.

Don Alfonso tiene una gran admiración por Napoleón y estas lecturas e interés en la historia reciente de Francia son en parte reflejo de ello. Esta admiración se remonta a su infancia. A propósito nos dice Alicia Reyes en el texto mencionado, que don Alfonso firmaba sus cartas escolares bajo el nombre de “comandante en jefe de los ejércitos de Napoleón.” Empieza a germinar su admiración debido principalmente, a la influencia de su padre, el General Bernardo Reyes. Al salir de México el 10 de agosto de 1913 hacia Europa, empujado por las circunstancias, lleva consigo algunos recuerdos y objetos muy queridos. Le acompañaban su mujer y su hijo y también un medallón de oro con el busto de Napoleón, regalo de su padre. Años después en su obra “Historia documental de mis libros” nos dirá refiriéndose a ese viaje: “Napoleón se lanzó conmigo a la conquista del mundo.” Me parece que estos son los elementos que explican mejor su interés y admiración por Napoleón. Han surgido antes como vimos, de que tuviera la oportunidad y la necesidad de ocuparse públicamente de temas políticos y sociales de la historia de Francia y el mundo. Como les sucedió a los grandes historiadores de la antigüedad, el tema lo escogió a él y no al revés.

Ingres - Napoleón Primer Cónsul en Lieja

Sostuvo Reyes la idea poco usual antes como ahora, Napoleón fue “el poeta de sí mismo”. Esta idea nos ubica en una dimensión del Hombre que adquiere proporciones míticas y legendarias. Hacemos este énfasis porque son éstas, las más poéticas. Las que en opinión de Aristóteles se acercan a lo universal y filosófico. Hemos indagado en el texto mencionado el lugar donde hunde y nutre sus raíces esta idea. Las mismas características del texto nos ofrecen una imagen de Napoleón que tiende a lo universal en el doble sentido histórico y mítico. No obstante la individualidad del hombre Napoleón también ocupó un lugar en las páginas de don Alfonso. Para ahondar en ello comentaremos un texto singular y diferente, en varios sentidos, al anterior. En este texto se abandonan los grandes periodos de la historia y se acerca más a la figura individual de Napoleón como anticipamos. El ensayo “Napoleón I, orador y periodista” nos presenta la contraparte de aquél otro que hemos comentado. Este ensayo aparece dentro de una obra titulada “Retratos reales e imaginarios”. El título es por demás sugestivo e ilustrativo sobre el tema. La figura de Napoleón aparece dentro del marco de una dicotomía que no obstante se resolverá en la unidad. Lo real y lo imaginario, el mito y la historia, o dicho con las palabras de Goethe, la poesía y la verdad. Contraparte al fin y al cabo en la perspectiva, en la forma. En aquélla la perspectiva es más histórica, más real sin olvidar como hemos mostrado, aquellas alusiones al mito. En ésta se observa al individuo, se habla del héroe en sus rasgos distintivos por comparación y similitud con otros. No obstante en los extremos ambas obras se tocan. El héroe, el individuo se vuelve mito y se incorpora definitivamente a una época anterior a los eventos que son propios de la historiografía convencional. En el texto que comentaremos encontramos nuevamente dos direcciones. Esta condición lo muestra el título mismo. Como orador Napoleón es un personaje similar a los antiguos, como periodista un hombre que se adelante incluso a las generaciones. Reyes afirmará que es incluso el precursor del periodismo moderno. Veamos como acontece. Envuelto Napoleón en las opiniones diversas, hay quienes nos dice Reyes, llegan incluso a dudar de su existencia. Distintas consideraciones sobre la vida y la obra del hombre Napoleón, serán motivo de discusión y exégesis. También ello habla en nombre de su condición legendaria. Recordemos para ilustrar el caso, la polémica que sostiene Stendhal con Chateubriand sobre la fecha real de su nacimiento. Como quiera que sea más real para unos, menos para otros, su memoria despertará en Reyes el tema de la necesidad de los grandes hombres para la historia y los pueblos. En este preámbulo don Alfonso, nos contagia de una atmósfera a la manera de Plutarco. El ejemplo de un grande hombre servirá para la educación de otros. Discute junto a Gracián, los beneficios de éstos. “En todo caso – nos dice – una de las utilidades de los grandes hombres está en el consejo de modestia que nos da con su vida. Por eso el precursor Gracián… sobre la conveniencia de que el hombre de grandes empeños tantee sus aptitudes antes de arriesgarse, y escoja para la obra de su vida la mejor prendas… Atentos pues, a tantear bien cada uno sus propias capacidades.”(9)

La Cena de Beaucaire

Visto en retrospectiva Napoleón aparece como un gran personaje y Reyes propone explicarse la fama que le sobrevino dibujando el perfil del héroe. La comparación con otros será un recurso bien aprovechado. Teniendo como antecedente el Memorial de Santa Helena y dentro de él las mismas palabras del Emperador, recupera de su personaje como Plutarco, no tanto las grandes batallas sino las frases, los gestos que le otorgaron finalmente la gloria alrededor del mundo. Ha considerado Reyes el testimonio del conde De las Cases que aportará ciertos trazos para figurarse al orador Napoleón. Dice Las Cases a propósito: “El ejército de Italia señaló otra época de su carácter. Cuando tomó el mando de él, su extrema juventud le exigía una gran reserva y la máxima austeridad de maneras. “Era necesario, indispensable – decía – hacerlo así para poder mandar a hombres tan por encima de mí en cuanto a edad. Mi conducta allí fue irreprochable, ejemplar. Yo me mostraba como una especia de Catón, y así lo debí parecer a todos. Fui, en efecto, un filósofo, un sabio.’ Con este carácter se presentó en la escena del mundo.” (10) A partir de estos antecedentes Reyes se acerca al orador. Para ofrecernos un panorama general del tema, acude al libro de Lanson, Historia de la literatura francesa. La elocuencia llegó a tener un lugar tan importante que Reyes afirmara: “Napoleón gobernaba casi por la palabra, y fue el último de los grandes oradores revolucionarios. Tenía, sobre los diputados de la Montaña, la ventaja de ser más preciso y menos verboso, e inventó una fórmula nerviosa, que parecía una aplicación literaria de la “voz de mando” militar. Se le ve buscarla en la vaguedad de sus primeros escritos, y desarrollarla después en sus cartas (nunca familiares) y aun en los papeles de Santa Elena. Lo mejor de su obra, en este sentido, ya desde la primera campaña de Italia hasta más allá de Waterloo. Su elocuencia fue para él lo que era para los jefes de las democracias atenienses.” (11)

Memorial de Santa Elena
 
El Emperador Napoleón dictando sus memorias en Santa Helena

A continuación don Alfonso nos traza la evolución general de la elocuencia en este orador. Dirige su atención a las expresiones, adjetivos, lo que para la antigua retórica sería la lexis según la doble división propuesta por Dionisio de Halicarnaso. La lexis se refiere precisamente a la forma del discurso y también al ornato de las palabras o las frases. Nos dice Reyes siguiendo los pasos siempre de Lanson: “Bajo su rudeza aparente, es muy ordenada, muy clásica… Al principio, los orígenes revolucionarios de su elocuencia están muy manifiestos: las “falanges” republicanas, los “vencedores de Tarquino”, los “descendientes de Bruto y Escipión”, las “legiones romanas”, “Alejandro”, todos estos recuerdos de la antigüedad unen a Napoleón con los demás oradores de las asambleas francesas. Más tarde, en las arengas del Cónsul, en las del Emperador, ya son raros tales ornamentos enfáticos. También, en la época de la primera campaña, entre las “falanges” y los “Tarquinos”, noto unos “hombres perversos” que proceden directamente de la prédica de Robespierre. Y noto también tal cual reminiscencia de autor latino. Por ejemplo, de Lucano: “Nada habéis hecho, puesto que aún os falta hacer algo.” (12) Pero Reyes observa que era inevitable una evolución y en consecuencia una emancipación de aquellos adornos. Más importante aún resulta el fin hacia el cual se dirige. Este objetivo puede sintetizarse en dos palabras: claridad y laconismo. Con respecto a la claridad don Alfonso nos dice en otro texto dedicado precisamente a la retórica antigua. Refiriéndose a Quintiliano desliza un comentario de gran interés a propósito de Napoleón. Quintiliano –dice – “quiere que se consulte el tono general del discurso con la adecuación al género del discurso, a la causa, a la circunstancia, al auditorio, al propio temperamento; y prefiere siempre el vigor a la delicuescencia, y al prado de lirios, el olmo cargado de pámpanos o el olivo que se dobla con los tributos… Si la claridad se deja ver por sí sola, la evidencia consiste en hacer ver las cosas; luego hay que “visualizarlas” a manera de cuadro, enumerarlas de modo que no parezcan una escueta noticia, destacarlas con aquel énfasis que saca de la palabra algo más de lo que parece contener, como cuando Napoleón dijo a Goethe: Vous êtes un homme (Sois un hombre). Y mejor aún si se acierta con aquella sencillez inexplicable, aquel “dar en el clavo”, propio de los viejos estilos griegos.”(13)

Hillemacher - Goethe y Napoleón I en 1808

La frase que acabamos de citar fue pronunciada durante el encuentro entre Goethe et Napoleón que tuvo lugar en Erfurt en 1808. Tenía lugar entonces, en esta ciudad alemana,desde el 27 de septiembre, un congreso en el que se buscaba confirmar la alianza entre Alejandro I, zar de Rusia, y Napoleón, aliados en aquel tiempo contra los ingleses. El poeta y el Emperador tenían, uno por el otro, una admiración recíproca. Como resultado de esta entrevista, el poeta alemán recibiría de Napoleón – quien le dijo haber leído Werther más de siete veces– la Cruz de la Legión de Honor. Lo que don Alfonso nos quiere decir al citar estas palabras de Napoleón es que la claridad y esta manera de sacar a las palabras, hasta cierto punto convencionales y simples, una fuerza, desconocida u oculta, es una de las características de la retórica napoleónica. Para definir este estilo y armonizarlo con un elemento más a saber, el laconismo, que resulta ser una consecuencia lógica de lo anterior, nos dice Reyes: “Lanson da algunos ejemplos del laconismo napoleónico, haciendo ver que en el ataque rápido de la frase, cada palabra parece una detonación más intensa que la anterior.” Estos elementos, claridad, laconismo, unidos por la fuerza de su contundencia son pues, los que forman el estilo del orador Napoleón. De esta manera describe don Alfonso la evolución de la elocuencia napoleónica, misma que se inicia en el fragor de la retórica revolucionaria, y avanza hacia su propia emancipación como corresponde al artista auténtico. Al fin consigue un estilo austero, claro y antiguo. Nos formamos a través de las imágenes que nos ofrece don Alfonso, una idea del Napoleón orador. Pero ¿Y Napoleón escritor? Hemos visto como Reyes se ha ocupado de la elocuencia. Por lo que podemos apreciar el literato Napoleón está vinculado para Reyes al orador, circunstancia que fue natural entre los antiguos. Esto es como si su obra escrita fuera un reflejo de su elocuencia la mayor parte de las veces. A Reyes le interesa destacar sobretodo esa característica. Tal vez también, porque en su imaginación no quiere disociar al militar, al hombre de estado, al héroe y al Emperador que fueron una sola persona. No es Napoleón escritor por otra parte, como aquellos políticos que un buen día, le dedican su ocio a la literatura. Reyes se muestra convencido y sin reparos anuncia que Napoleón fue un gran escritor pero, hombre entendido como pocos en literatura, nos dice que no es en la técnica literaria, prejuicio de literatos como Chateaubriand, donde debe buscarse su grandeza. Es la grandeza del autor como Hombre lo que le otorga autenticidad a su obra escrita no al revés.

Acto de Promulgación del Código Civil
 
El Código Civil

Todavía en este texto a don Alfonso le sobra tinta e inteligencia para ocuparse de otro asunto. El periodismo. Comentamos con anterioridad la segunda dirección que este tema nos sugiere. La oratoria dirige nuestra vista hacia la antigüedad, el periodismo hacia el mundo moderno. Estas dos tendencias sin embargo son coherentes con el destino de Napoleón. El periodismo de la época fue un terreno donde se libró otra gran batalla, otra guerra. Los ejércitos de entonces y el periodismo sufrirían una evolución que los conduciría a lo que son en la actualidad para bien y para mal. No podía por lo tanto evitar ese encuentro en la encrucijada histórica. Pero no lo hacía como periodista, al menos no en sentido puro. Napoleón tuvo que enfrentarse a las calumnias de la prensa. El Memorial de Santa Helena nos ofrece valiosos testimonios sobre la posición del Emperador antes los ataques que recibía de la prensa. “Las preocupaciones que nos tomáramos – decía – valdrían sólo para dar más peso a las inculpaciones que se quisiera combatir. No dejaría de decirse que cuando se escribiera en mi defensa sería encargado y pagado. Las lenguas torpes de los que me rodean me han sido a veces más perjudiciales que todas esas injurias. Sólo por hechos me convenía responder: un bello monumento o una buena ley más, un triunfo nuevo, debían destruir millones de mentiras. Las declamaciones pasan y los hechos quedan.” (14)

La Década Egipcia
 
El Correo de Egipto

Se trataba de una guerra tanto que, en opinión de Chaptal se utilizaban los periódicos para combatir sobre todo, a los ingleses. Para este fin redactaba él mismo, durante el consulado, las notas que aparecían en el diario Moniteur. Se propone don Alfonso ocuparse ahora de esa conflagración. Está de acuerdo con el Emperador sobre las “lenguas torpes” que le rodeaban. Así que prefirió ocuparse él mismo de los periódicos. No como periodista en cuanto tal sino como si de ellos hiciera un monumento, una obra más. Para abordar el tema Reyes acude a una obra titulada Napoleón Journaliste de A. Pérvier, un antiguo director del Fígaro. Le interesa de ella los datos que encuentra más que las opiniones de su autor. No se convence de la opinión de aquél sobre que “la obra de Napoleón, sus victorias pasan al segundo término y se eclipsan en el girar de los siglos, sin duda para que su labor periodística pase a primer plano.” Semejante tentativa es calificada por don Alfonso de “peregrina reivindicación”. Los datos que allí se compilan le permiten trazar sobre todo, las líneas generales de esta actividad. Desde 1796 Napoleón nos dice Reyes “pide al Directorio que haga cerrar los clubes políticos, que funde cinco o seis buenos periódicos constitucionales...Napoleón cree en la gran influencia del periódico; desprecia personalmente al periodista. Hay que confiar a otras manos esa gran fuerza pública…La verdadera importancia de esta labor periodística – claro está- reside en que deja ver las intenciones de la persona no periodística que la inspira.” (15) La intención a la que se refiere don Alfonso, puede entenderse a partir de algunos ejemplos concretos. En Egipto Napoleón creó el diario literario y de economía política, La Década Egipciana. Este diario acompañó a la creación de un Instituto de Ciencia y Artes con cede en el Cairo. Pocos meses después, el 29 de agosto de 1798, publicó su primer número El correo de Egipto, que fue una revista política y militar. Así la guerra contra el periodismo de la época no fue sólo para combatir opiniones mal intencionadas de sus enemigos, también para dejar una obra de mayores alcances, como dice el mismo Napoleón. Don Alfonso por otra parte, no es presa de la opinión común que proclama la libertad de opinión y prensa sin más. La cual en ese momento no se entendía lo que hoy se tiene por tal. Además su sentido de mesura le permite entender que esta idea puede y de hecho ha dado lugar a grandes excesos. Por eso no le reprocha a Napoleón que haya suprimido la libertad de prensa. Incluso elogia la disposición justificándola de la manera siguiente: “Pero la censura es como un cuchillo; en manos de unos sirve para labrar un santo de palo, y en las de otros, para destripar al prójimo.” Napoleón no utilizó el periódico para esos mezquinos fines sino que incluso contribuyó a eliminarlos, al menos temporalmente. Allende a que funcionara también como un medio de propaganda para su gobierno. Esa es la opinión de Alfonso Reyes. Así la contraposición entre el orador y el periodista, más extensamente, entre el escritor Napoleón y el Hombre de acción se complementan para completar el cuadro que nos ofrece Reyes en este texto.

El Emperador Napoleón trazando un surco en Santa Elena

Desde un principio nos ha movido la búsqueda de aquellos rasgos que definen la figura de Napoleón en la obra de Reyes. Observamos que esta empezó a gestarse desde la admiración temprana que Alfonso Reyes le procuraba. Nos ha parecido poco satisfactorio circunscribir el tema a un asunto de historiografía moderna. De hecho encontramos que una visión más amplia de ésta, la cual tomaría como punto de partida los modelos antiguos, extendiéndose en línea continua, hasta Eginhardo y Carlomagno, era apropiada para desarrollar y explicar al menos en algunos temas, el sentido y significado de Napoleón en la obra de Reyes. No quiere decir esto que se nieguen aquellos aspectos que de cualquier manera están presentes, como son los temas materiales y sociales de la historia. Sin duda don Alfonso veía que los actores de la historia son los pueblos antes que los individuos. Por eso en aquella obra que mencionamos al principio, advertíamos que la figura de Napoleón empezaba a destacarse y separarse de la misma debido a su propia individualidad. La situación pues, se presentaba paradójica porque era un individuo precisamente el que iba a definir el rumbo de los pueblos y al mismo tiempo se encontraba inmerso dentro de las fuerzas que movían los eventos. La paradoja se resuelve porque Reyes contempla ambos condiciones, los individuos y los pueblos, como importantes a su modo, en un delicado equilibrio. El caso de Napoleón además nos permitió una consideración adicional. La perspectiva que se abre hacia el mito. Pero incluso en este sentido el mito fue forjado, lo creo el hombre Napoleón, en definitiva porque fue el poeta de sí mismo, como piensa Reyes. Así vuelve a integrarse a la historia de los pueblos donde crece y se desarrolla. Entonces mito e historia mantienen un vínculo esencial. Regresamos por tanto a la dualidad de poesía e historia de la que partimos. Una perspectiva historiográfica que atienda a ésta en la manera que lo hizo Reyes, hunde sus raíces en la antigüedad. Esto es así porque lo natural en aquélla era vivir entre mitos. Lo cual ya no sucede y sea Napoleón, por su intenciones y existencia, el último hombre de esas características. Intentamos nosotros destacar esta dimensión porque es la que primero se pierde en la misma medida que nuestra historiografía camina por otros rumbos. Y lo hace así porque nuestra sociedad es otra y sus intereses también. La propuesta ha sido presumiblemente construida a partir de la propia lectura de los textos alfonsinos. Fue posible a mi juicio porque son estos, como el dios Jano, textos que miran hacia el pasado y hacia el futuro desde la misma cabeza. Napoleón es el personaje que hizo posible esta unión entre poesía e historia para Reyes. Así Homero y Heródoto se han reunido otra vez en su obra.

NOTAS

1) Reyes Alicia, Genio y figura de Alfonso Reyes FCE México cuarta edición 2000, p. 69.
2) Reyes Alfonso, Historia de un siglo, Obras completas tomo V, FCE México, primera edición 1957, p. 17.
3) Girardot Gutiérrez Rafael, Alfonso Reyes y la Historiografía en “Voces para un Retrato”, FCE y UAM, México 1990.
4) Obras completas, tomo V p. 13.
5) Martínez Lacy Ricardo, Historiadores e historiografía de la antigüedad clásica, FCE México 2004, p. 47.
6) Patout Paulette, Alfonso Reyes y Francia, El Colegio de México, Gobierno del Estado de Nuevo León, México 1990, p. 171.
7) Obras completas, tomo V p. 13.
8) Obras completas., tomo V p. 45.
9) “Napoleón I, orador y periodista” en Retratos Reales e Imaginarios, Obras completas., tomo III p. 472.
10) Conde de Las Cases, Memorial de Santa Elena, traducción por Juan G. de Luaces, Obras Maestras editorial Iberia-J.Gil 1944, página 90.
11) Obras completas, tomo III p. 472.
12) Ibid.
13) Reyes Alfonso, “La antigua Retórica”, Obras completas, FCE México 1961 p. 517.
14) Conde de Las Cases, Memorial de Santa Elena, traducción por Juan G. de Luaces, Obras Maestras editorial Iberia-J. Gil 1944, página 116.
15) Obras completas, tomo III p. 473.
16) Idem.