Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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CONSAGRACIÓN REPUBLICANA DE BONAPARTE
EL 13 DE VENDIMIARIO
El 13 de Vendimiario — San Roque 1795
Litografía de Denis-Auguste Raffet (1804-1860).

Por el general (2S)

MICHEL FRANCESCHI
Comendador de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico México-Francia

El General Michel Franceschi, Consultor Militar Especial del INMF.
El General Franceschi
Traducción al castellano del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Ben Weider (1923-2008)
PRESENTACIÓN GENERAL
Instituto Napoleónico México-Francia.
Por el Dr. Ben Weider (1923-2008)
Oficial de la Legión de Honor

Fundador de la Sociedad Napoleónica Internacional
Presidente del Comité científico del Instituto Napoleónico México-Francia

Cantidad de escritores en Historia presentan al 13 de Vendimiario como la represión brutal de una manifestación popular por el ejército comandado por Bonaparte, aprendiz dictador sanguinario. Esta presentación simplista figura en buen lugar entre las múltiples falsedades que contaminan la historia del Emperador.
En esta crónica que consagra al caso, el general Franceschi vuelve a poner este evento destacable en su justo lugar. No se trata en absoluto de una banal manifestación popular, sino de una tentativa de restauración realista de gran envergadura, llevada por milicias organizadas en pie de guerra, tres veces más numerosas que el ejército regular. No se trata de una represión policial sino de una verdadera operación de guerra urbana entre dos fuerzas que se oponen, una para defender las instituciones legales, la otra para derrocarlas. El 13 de Vendimiario, el general Bonaparte salvó valientemente al régimen gracias a su acción enérgica y apropiada.
Es pues con toda razón que el general Franceschi define este episodio histórico como la «consagración republicana» de Napoleón, por alusión a la Consagración imperial por venir.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

El 13 de Vendimiario del Año IV (5 de octubre de 1795), Napoleón firma el pacto republicano que lo vincula para siempre a la Nación.

Hombre providencial surgido de la Historia en el momento justo, el general Bonaparte hace triunfar ese día el Derecho por sobre la violencia, salva la Democracia naciente, y le evita a Francia un caos mortal.

De este evento decisivo nace la Alianza indefectible de Napoleón y del pueblo francés.

 

1 – FRANCIA AL BORDE DEL ABISMO

 

Después de seis años de una Revolución de convulsiones sangrientas, la Francia de 1795 se encuentra en una situación crítica.

En guerra desde hace tres años, tiene que defender sus fronteras del norte, del este y de los Pirineos contra las monarquías europeas coaligadas, inquietas por su proselitismo revolucionario. El valor de sus jóvenes generales y el entusiasmo de sus ejércitos le permiten no obstante conjurar victoriosamente el peligro de la invasión armada.

Bastante más preocupante es entonces la grave crisis económica y social que sufre el país. Dos indicadores inquietantes dan testimonio de su profundidad:

 

- El desmoronamiento del asignado, papel moneda de la época. El 30 de julio de 1795, su valor real cae a 5% de su valor nominal. El 15 de agosto se debe reemplazar por el Franco.

- La amenaza de hambruna: el aprovisionamiento de trigo deja que desear por falta de recursos. Restricciones deben ser impuestas a una población enfurecida. La de los suburbios parisinos de Saint-Marceau y de Saint-Jacques se presenta en las rejas de la Convención el 17 de marzo para reclamar pan. El barrio de Saint-Antoine hace lo mismo cuatro días más tarde. Coches de transporte de grano son pillados. La insurrección estalla el 1° de abril. La muchedumbre invade la sala de la Convención bajo los gritos de «¡pan, pan!». París debe ser puesto en estado de sitio bajo la autoridad del general Pichegru. El 10 de mayo, la ración de pan de los parisinos cae a 60 gramos al día.

El descontento popular se añade también a la lancinante crisis política consecutiva al derrocamiento de Robespierre el 9 de termidor del Año II (27 de julio de 1794).

A cargo de lo que se ha llamado la Convención Termidoriana, los sucesores de Robespierre se ven pronto confrontados a graves dificultades internas. El régimen debe luchar contra dos amenazas de subversión opuestas, que lo tienen atenazado. A la izquierda, los nostálgicos de Robespierre no se declaran vencidos. A la derecha, los realistas estiman llegada la hora de una restauración monárquica. Condenados así a una política de báscula, los termidorianos se defienden pegando alternativamente de un lado y del otro, no vacilando ocasionalmente en pactar con uno u otro, hasta el desenlace liberador del 13 de Vendimiario.

RESISTENCIA JACOBINA

Primeras víctimas de la represión de los vencedores del 9 de termidor, los Jacobinos entran en resistencia muy pronto después de la caída de Robespierre. El agitador Gracchus Babeuf, primer comunista del mundo, encarna la oposición revolucionaria. Desde el 3 de septiembre de 1794, lanza su diario Le Tribun du Peuple – «El Tribuno del Pueblo».

La agitación jacobina se enardece al hilo de los días. El 28 de septiembre se lleva a cabo en Marsella una gran manifestación dicha «terrorista». Otras regiones tratan de imitarla con menos éxito.

La Convención reacciona enérgicamente. El 3 de octubre, procede al arresto de los cabecillas «sans-culottes» Chrétien, Clémence y Marchand, seguidos por Legray el 9. El propio Babeuf es encarcelado por unas horas el 24.

La represión anti-jacobina prosigue el 16 de diciembre con la condena a muerte y la ejecución de Carrier, el «verdugo» tristemente célebre de Nantes.

El 1° de febrero de 1795, Babeuf debe interrumpir la publicación del «Tribun du Peuple».

El 10 de marzo, Tolón es el teatro de una revuelta «sans-culotte» en cuyo transcurso nueve emigrados son muertos.

 
• Tras un corto periodo de calma, la agitación jacobina resurge de lo lindo en la primavera de 95, en favor de los disturbios populares por el hambre. El 10 de abril, la Convención firma un decreto que ordena el desarme de los «terroristas». Su comité militar recibe el 24 de abril los plenos poderes para depurar las unidades del ejército y los estados mayores de sus elementos jacobinos.
• El 4 de mayo, se señalan masacres de «patriotas» en las prisiones de Lyon, Montbrison y Saint-Etienne. El 7 de mayo son guillotinados Fouquier-Tinville y catorce jurados del Tribunal Revolucionario del Año II, entre ellos el grabador Prieur. El 11 de mayo, sesenta prisioneros «patriotas» son asesinados en Aix por realistas. El 17 de mayo, una insurrección «terrorista» se apodera de Tolón durante varias horas.
• La oposición jacobina conoce su punto culminante en las jornadas insurreccionales parisinas del 21 al 24 de mayo. Los amotinadores ocupan por turno la Convención y el Ayuntamiento. El barrio Saint-Antoine se subleva por entero. A cargo del restablecimiento del orden, el general Menou se libra a una represión despiadada, no vacilando en llamar a los realistas, en especial a los exaltados de la «juventud dorada».
• La provincia no está a salvo. En mayo y junio, tienen lugar masacres de «patriotas» en varios lugares, en particular en Marsella, Tarascón, Aix y Lons-le-Saunier.
• Último evento jacobino destacable, una Comisión Militar condena a muerte, el 17 de junio, a seis cabecillas de la insurrección de mayo. Van a suicidarse en prisión y pasarán a la historia bajo la apelación de «mártires de pradial».
• Pero la Convención no hace sólo represión. Para tratar de desarmar las oposiciones, hace gala de innovación en materia institucional. El 22 de agosto, adopta la Constitución del Año III, dando origen al Directorio. La somete a la aprobación del pueblo por referéndum, al mismo tiempo que un cierto «Decreto de los Dos Tercios» que va a hacer estallar la situación. En interés, muy discutible, de preservar la estabilidad de las instituciones, las convenciones no encontraron en efecto nada mejor que concederse los dos tercios de los escaños de las futuras asambleas...
 
El Decreto de los Dos Tercios
Los diputados moderados de la Convención habían eliminado en el transcurso del 9 de termidor a Robespierre y a los jacobinos enrabiados. Esta reacción «termidoriana», que seguía al Terror, instauraría un nuevo régimen, el Directorio, así como una nueva constitución.
Ésta carta preveía dos asambleas: los Quinientos y los Antiguos. Asimismo, con el objetivo de asegurar a como diera lugar la persistencia de una mayoría republicana, la reelección permanente de sus miembros, y perennizar las nuevas instituciones republicanas evitando una restauración de la monarquía, los Constituyentes decidieron por medio de un decreto que dichas asambleas debían incluir un mínimo de dos tercios de antiguos diputados de la Convención, a saber 500 de los 750 electos… El decreto, votado el 5 de fructidor del año III (22 de agosto de 1795) y llamado «de los Dos Tercios», fue aprobado en septiembre siguiente junto con la Constitución del Año II, suscitando la consternación general y la insurrección armada de los realistas. El la imagen vemos una Audiencia pública del Directorio en un grabado de la época por Chataignier.

 

La Constitución del Año III es aprobada por 1 057 390 voces contra 49 978. El Decreto de los Dos Tercios conoce una muy fuerte abstención y no obtiene más que 205 498 SÍ contra 108 754 NO.

 
• En víspera de la implementación de las nuevas instituciones en aquel inicio de otoño de 1795, el peligro jacobino es detenido. La Convención sin embargo todavía no se ha salido del apuro. Lo más duro está incluso por venir. La indómita oposición realista aprovecha en efecto la ocasión de la transición institucional para librarse a una intervención armada de envergadura que está a un pelo de tener éxito…
 
Aprobación del Decreto de los Dos Tercios
Sufragios recogidos en el seno de las asambleas primarias
Número registrado de electores 7 000 000 100%
Expresados 314 252 4,49%
205 498 2,93%
No 108 754 1,55%

 

LA CONTRA-REVOLUCIÓN REALISTA

Obnubilada por la oposición «terrorista», la Convención tardó mucho en tomar la medida del peligro realista.

Las graves dificultades en las que se debate la Convención Termidoriana llenan de esperanza a los partisanos de la restauración de la monarquía, sueño hasta entonces quedado insatisfecho.

La estrategia adoptada en Londres por el conde de Artois, apoyado por sus asociados patrocinadores británicos, consiste en conjugar una ofensiva política interna y una acción militar externa, en vista de minar al régimen hasta el golpe de gracia final. Para dicho efecto, tres objetivos, son seguidos simultáneamente:

 

- Relance de la rebelión armada en Vendea y en Bretaña, y enseguida su refuerzo por unidades militares desembarcadas de Gran Bretaña. Añadido a la guerra de las fronteras, el absceso de fijación así creado debilitará la defensa militar de la capital.

- Intensificación de la agitación en el país y explotación hábil de todos los errores del enfrentamiento entre termidorianos y jacobinos.

- Finalmente, preparación y ejecución, llegado el momento, de un asalto militar de las Tullerías que derrocamiento de la Convención para cederle su lugar a la realeza.

 
Carlos Felipe de Francia (1757-1836)
Conde de Artois, futuro rey Carlos X de Francia. Retrato por Danloux.

Este guión habría tenido éxito de no haberse topado en su camino con el general Napoleón Bonaparte, como vamos a verlo…

Apenas un mes después del 9 Termidor, el conde de Artois, quien vive en la emigración en Londres, le da un jefe a su «ejército católico y real», en la persona de Puisaye.
A partir del 30 de septiembre, el Primer Ministro Pitt le otorga los medios de fabricar falsos asignados, lo que dice mucho de sus intenciones solapadas. El mes siguiente, bajo la tapadera de ministro plenipotenciario, el inglés Wickam es enviado a Suiza para coordinar las acciones de la contra-revolución realista. Todo un programa de subversión se pone así en marcha.

La insurrección de las poblaciones del oeste remonta a 1792. Lleva el nombre genérico de «chuanería», proviniendo del apodo de Jean Cottereau, llamado Juan Chuán (Jean Chouan), conocido por su perfecta imitación del chillido de la lechuza (chouette, en francés) convertido en llamado de reunión de los insurgentes vendeanos.

La rebelión halla su origen en las medidas de descristianización de la Revolución de 89 y se desarrolla en relación con la caída de la monarquía. En todo el oeste, pero particularmente en Vendea, los nobles y el clero católico ejercen una fuerte influencia sobre la población. Los sentimientos realistas y religiosos son ahí más fuertes que en cualquier otra parte.

La oposición en el poder central se manifiesta a partir del 2 de noviembre de 1789, fecha de la «puesta a disposición de la Nación» de los bienes del clero. Se endurece con el decreto del 13 de febrero de 1790 que prohíbe los votos monásticos perpetuos. Estalla con la promulgación de la Constitución Civil del Clero, verdadera declaración de guerra a la Iglesia católica. Los sacerdotes son obligados a jurar fidelidad a la Constitución. Un gran número de ellos se niega. Declarados fuera de la ley y exponiéndose a la pena de muerte, algunos ensanchan las filas de la emigración, muchos otros no vacilan en alistarse en la lucha armada junto a los hidalgüelos rurales realistas locales, que arrastran a los campesinos en su devoción.

La ineluctable condena papal de la Constitución Civil del Clero estimula a la insurrección. Una serie de decisiones pone en marcha la escalada de la violencia. Replicando al Papa, la Asamblea Legislativa anexa Aviñón, ciudad del soberano pontífice. Dos decretos especiales de los días 29 de noviembre de 1791 y 27 de mayo de 1792 organizan la caza de «curas refractarios». El veto de Luis XVI el 11 de junio de 1792 no hace más que agravar la situación. Del 2 al 6 de septiembre se producen en las prisiones las abominables masacres de oponentes, en su mayoría «ci-devant» («hasta aquí» [nobles]) y religiosos, la mácula más sangrienta de la Revolución. El 20 de septiembre, se decretan la laicización del estado civil y la institución del divorcio. El día siguiente, la Convención, recientemente reunida, suprime la realeza. La condena a muerte de Luis XVI y su ejecución el 21 de enero de 1793, acaban de envenenar el conflicto.

La conspiración realista bretona de la Rouerie marca el comienzo de la revuelta a principios de 1792. La rebelión va a conocer en el transcurso de los años siguientes diversos resurgimientos, alternando los momentos paroxísticos con raros periodos de calma. Una interminable guerra civil opone así a miles de campesinos a los ejércitos de la República en un enfrentamiento sin piedad.

Los insurgentes fracasan frente a Granville el 13 de noviembre de 1793. Son aplastados en Le Mans en una batalla callejera el 12 de diciembre. Se vengan por medio de emboscadas mortíferas. El ejército replica por las tristemente célebres «columnas infernales». La crueldad de los combates es indecible. El conflicto provoca un gran número de víctimas, al grado de que se ha calificado esta guerra de genocidio. El representante en misión Carrier se distingue en el horror en Nantes. Un periodo de calma se produce tras la severa derrota de los chuanes en Savenay el 22 de diciembre de 1793.

Escenas de los ahogamientos de Nantes
En uno de los más abominables episodios del Terror, que tuvo lugar en noviembre de 1793 y enero de 1794 en Nantes, los republicanos ahogan en masa a unas dos mil víctimas durante una de las masacres de exterminio propias al plan de descristianización en Vendea.
Fueron asesinados a sangre fría toda clase de «bandoleros», empezando por sacerdotes y religiosas, previamente unidos en «matrimonios republicanos»; junto con ellos, fueron exterminados vendeanos federalistas, aristócratas, viejos, mujeres y niños, violados y ahogados metódicamente en los torbellinos muy «oficiosos» del Loira, según la expresión del infame Jean-Baptiste Carrier, quien, deseoso de inmortalizar sus fechorías, nombrará orgullosamente a este río la «bañera nacional».

 

La chuanería retoma fuerza después de Termidor. La Convención va a manejar la situación alternando promesas y castigos. Sobre la base de un reporte de Carnot, concede el 2 de diciembre de 1794 la amnistía a los insurgentes que depongan las armas en un lapso de un mes. Los chuanes responden por una importante acción armada en Guémené, el 29 de enero de 1795.

Los éxitos del excelente general Hoche conducen el 17 de febrero a los generosos acuerdos de La Jaunaye, firmados por el jefe vendeano François de Charette de la Contrie. A cambio de su compromiso de detener la lucha, los chuanes una amnistía total, la libertad de culto, una importante indemnidad y sobre todo el derecho de conservar sus armas en el seno de una Guardia Territorial exonerada de servicio militar.

François-Athanase de Charette de La Contrie (1763-96)
«Sí, Charette me deja la impresión de un gran carácter, le veo hacer cosas de una energía, de una audacia poco comunes, deja transparentar genio», diría de él Napoleón durante su deportación (Memorial de Santa Helena). Óleo atribuido a Alfred de Chasteignier.

El inflexible Stofflet y el exaltado abate Bernier se desolidarizan de Charette y redoblan su hostilidad. Stofflet obtiene un éxito en Chalonnes el 18 de marzo, pero fracasa en Saint-Florent unos días más tarde, antes de hacerse derrotar en Chemillé el 2 de abril. Su campo es destruido el 26 en el bosque de Maulevrier. Cazado, termina por aceptar el 2 de mayo en Saint-Florent el mismo acuerdo que Charette precedentemente. Otro jefe chuán, Cormatin, lo ha precedido por unos días en La Prévalaye, y luego se desdijo antes de ser capturado en 25 de mayo.

La guerrilla se ha extendido al Morbihan. Dura todavía mucho después de la muerte de su jefe Sils, remplazado por Cadoudal quien se volverá célebre.

Los fracasos de la insurrección chuana acabaron por persuadir a Londres y a sus emigrados franceses de la necesidad de apoyarla por medio de un cuerpo expedicionario. Bajo las órdenes del almirante Warren, una escuadra inglesa apareja el 10 de junio transportando a 4000 emigrados, 80 000 fusiles, 80 cañones, víveres, uniformes y cantidad de falsos asignados. Puisaye y d’Hermilly están a su cabeza, bien determinados a sublevar a todo el oeste de Francia y a marchar sobre París. Al enterarse de ello, los complotistas realistas de la capital se enardecen. El 17 de junio, las «juventudes doradas» se la pasan en grande, cortando un gran número de árboles de la Libertad y pisoteando escarapelas tricolores.

El desembarco de los emigrados se produce el 26 de junio en Carnac. La víspera, Charette ha violado su promesa y reiniciado las hostilidades. Ha mandado masacrar un puesto republicano en Les Essarts. Adjuntándose a los chuanes, Hermilly se apodera de Auray pero fracasa frente a Vannes. Hoche lanza entonces su contra ofensiva. Recupera Auray el 30 de junio y encierra a los insurgentes en la península de Quiberón. Hermilly resiste ardorosamente en el fuerte de Penthièvre, cerrojo del campo de batalla.

Llegada de Inglaterra el 15 de julio, la división Sombreuil refuerza el cuerpo expedicionario en Quiberón. Tras la muerte de Hermilly el 16 de julio, Penthièvre cae el 20, consumando la victoria completa de Hoche. Sólo Puisaye y un puñado de emigrados logran reunirse con la flota inglesa. Todo el resto es muerto o hecho prisionero. La represión es despiadada para los emigrados, de los cuales 748 son fusilados, contrastando con la amnistía acordada a la mayoría de los chuanes capturados.

En represalias, Charette manda ejecutar el 2 de agosto a unos 300 prisioneros republicanos.

El fracaso del desembarque de Quiberón no desalienta a la rebelión realista. El 13 de septiembre se señala un levantamiento en Châteauneuf-en-Thymerais, que se extiende a Dreux. Pero los realistas no rebasan Nonancourt donde son derrotados y puestos en desbandada.

Habiendo escapado hasta aquí a la captura, Charette sigue adelante con el combate. Pero el 25 de septiembre es desbaratado en Saint-Cyr, y unos días más tarde debe evacuar su guarida de Belleville.

A pesar del grave fracaso de Quiberón, el conde de Artois no renuncia a renovar la experiencia. El 30 de septiembre, la isla de Yeu es sede del desembarco de mil emigrados apoyados por dos mil soldados ingleses. El conde en persona los alcanza el 2 de octubre.

Hemos llegado a Vendimiario. La acción principal realista va ahora a bascular en la capital, donde desde hace algunos meses languidece de aburrimiento el general Bonaparte…

 

2 – NAPOLEÓN AGUARDA SU HORA

 

Los catorce meses que separan el 9 de termidor (27 de julio de 1794) del 13 de Vendimiario (5 de octubre de 1795) constituyen el periodo más ingrato de la carrera de Napoleón. Escapando por poco al terror girondino, no puede evitar caer una une pesada desgracia.

Su brillante éxito en Tolón a fines de diciembre de 1793, le vale al «capitán cañón» la mistad de Augustin Robespierre, hermano del «incorruptible», quien se lo recomienda en éstos términos: «añado a los patriotas que ya te he nombrado al ciudadano Bonaparte, de un mérito trascendente. Éste último es corso. No ofrece más que la garantía de un hombre de aquella nación quien ha resistido a las caricias de Paoli, y cuyas propiedades han sido devastadas por ese traidor».

De acuerdo con el representante en misión Ricord, Augustin Robespierre impone al general Dumerbion, comandante en jefe del ejército de Italia, el plan de conquista del Piamonte concebido por Bonaparte. Corta y de alcance limitado, esta primera campaña de Italia de abril de 1794 no es conocida. El artillero Bonaparte manda en ella a un agrupamiento de infantería alcanzando los objetivos fijados: Oneglia, Ormea, Saorge y el paso de Tende son conquistados y constituyeron el trampolín de la próxima guerra de Italia.

Este nuevo éxito le vale a Bonaparte un aumento de estima de Augustin quien le propone entonces «subir» a París para tomar el mando de la Guardia Nacional de París remplazando a Hanriot. Con la mente toda focalizada en un nuevo plan de campaña en Italia, Bonaparte no se siente ni disponible intelectualmente ni moralmente para este puesto político adquirido. Su olfato infalible lo disuade de comprometerse en esta vía. Gran bien le hará, pues la caída de Robespierre conduce al cadalso a su hermano y a la mayoría de sus amigos, entre ellos Hanriot.

En el sálvese quien pueda que deriva de esto, Bonaparte es incluso traicionado por amigo corso del tiempo de Paoli, el representante en misión Salicetti. Afortunadamente, Salicetti reconsidera poco después y lo salva de la guillotina, no por ello ahorrándole una puesta bajo arresto. Primera lección de política, Bonaparte descubre en esta ocasión que su terreno es más peligroso que el campo de batalla…

Sus fervientes amigos Junot, Marmont y Sébastiani maquinan un proyecto de evasión que tiene la prudencia de rechazar, no queriendo agravar su caso. Tuvo razón pues, poco después, es liberado a falta de pruebas, sin lograr sin embargo disipar todas las sospechas.

Teniéndole confianza, el general Dumerbion lo asocia en el otoño de 1794 a un reinicio efímero de las operaciones en el Piamonte. Pero enseguida se le niega una participación activa en la operación de reconquista de Córcega, ocupada por los ingleses, y que por cierto fue abortada en marzo de 1795.

Bonaparte en prisión
Tras el 9 de termidor (27 de julio de 1794) Napoleón es encerrado en el Fuerte Carré de Antibes donde siente el viento de la guillotina...
«Mi consciencia es el tribunal en el que evoco mi conducta», protesta enérgico y altivo. Será liberado por orden de Barras. Litografía de Weber.

Por mucho que haga Bonaparte, la sospecha que pesa sobre él no se difumina, muy al contrario. El 29 de marzo, es apartado del ejército de Italia, su única ambición del momento. A principios de mayo, es nombrado comandante de una brigada de infantería en Vendea insurrecta. Esta asignación lo mortifica. Soldado, y en añadidura artillero, no concibe la guerra más que contra los enemigos de su país y no contra campesinos franceses, cualesquiera que sean sus entuertos. Además, general que ha probado la victoria, se ve mal a sí mismo obedeciendo a otro general cuya competencia queda por probarse. Por otro lado, su legendaria intuición le hace sentir que es en la capital donde va a producirse el desenlace de la crisis en curso y es ahí dónde debe permanecer, listo para responder al llamado del destino.

Por lo pronto, lo que le importa es hacer anular su nominación en Vendea. Así pues se dirige a París a fines de mayo de 1795 para asediar a todas las autoridades que puedan apoyarlo. Multiplica las tramitaciones para demorar las cosas. Yerra en un París en ebullición, famélico, apretándose el cinturón. Su moral cae a lo más bajo, haciéndolo perder esperanza en su porvenir. Su salud se altera, para gran tristeza de Junot quien le hace compañía. Como siempre, los libros son sus únicos amigos. Nadie tiene una mirada benévola para con él. ¡Grandeza y servidumbre militares!

El Ministro de la Guerra Aubry consiente recibirlo el 15 de junio. Este artillero de 45 años, que no ha superado en las filas el grado de capitán, mira con condescendencia a este general artillero de 26 años e invoca su juventud para no darle satisfacción. Mordaz, la réplica de Bonaparte no le debe nada a la diplomacia: «¡Ciudadano representante, se envejece pronto en el campo de batalla y de ahí llego!». Su causa se ve por ello inmediatamente comprometida. Así, alega la degradación de su salud y se hace reportar enfermo.

Louis-Gustave le Doulcet, conde de Pontécoulant (1764-1853)
Senador y Par de Francia. Grabado de la época Luis-Felipe.

El 16 de agosto, recibe la intimación conminatoria de presentarse de inmediato en su asignación en Vendea. Jugándose entonces el todo por el todo, el infortunado pide audiencia al nuevo ministro de la Guerra Doulcet de Pontécoulant. A pesar de la apariencia lamentable del solicitante, Pontécoulant tiene la cortesía de escucharlo con atención. El antiguo general del ejército de Italia solicita con ardor su nueva asignación a dicho cuerpo en el cual podrá prestar a la República servicios muy superiores que en Vendea. Expone con claridad los grandes rasgos de su plan de campaña que madura desde hace varios meses. A juzgar por la expresión de su auditor, Bonaparte constata que su magnetismo natural y su poder de convicción operan. Muy interesado, el Ministro le pide traer en unos días un proyecto elaborado que someterá a la aprobación del Comité de Salud Pública. Bonaparte exclama que no necesita unos días y, espontáneamente, ahí mismo sobre la esquina de la mesa, redacta en un puñado de folios el plan de la guerra de Italia que está por venir. Por supuesto no puede entonces imaginarse que le corresponderá aplicarlo a él mismo dentro de poco tiempo.

Pasmado y conquistado, Pontécoulant anula de inmediato la asignación en Vendea, absteniéndose sin embargo de transferirlo al ejército de Italia. Comprendiendo todo el interés de conservar cerca de sí a un consejero con ideas tan claras y tan innovadoras, lo asigna al Servicio Topográfico del ministerio «para contribuir por su dedicación y sus luces a los trabajos de los planes de campaña y de las operaciones del ejército de Tierra».

Poco tiempo después, Pontécoulant pide a Bonaparte redactarle un proyecto de directivas del Comité de Salud Pública destinadas al general Kellermann, nuevo comandante en jefe del ejército de Italia. ¡Ironía de la Historia, no escribe nada menos por adelantado que sus propias directivas!

En el momento de su partida del Comité de Salud Pública poco tiempo después, Pontécoulant tiene la elegancia de dejar a su sucesor una nota acerca de su efímero consejero: «Declaro con placer que debo a sus consejos la mayor parte de las medidas útiles que he propuesto al Comité del ejército de los Alpes y de Italia. Lo recomiendo a mis colegas como un ciudadano que puede útilmente ser empleado para la República (…) incluso en la parte de las relaciones exteriores». Luego entonces no son sólo las cualidades militares del general las que son reconocidas. Sin duda alguna, Pontécoulant sabe juzgar a los hombres…

Al cabo de algunas semanas, Bonaparte ha agotado el encanto de sus actividades burocráticas y sedentarias. Empezando a aburrirse, solicita la dirección de una misión a Constantinopla para reorganizar el ejército otomano. Ya un «sueño oriental», nacido de sus lecturas en Briena, comienza a ocupar sus pensamientos.

La respuesta se hace esperar. Para matar el tiempo, se aventura a frecuentar algunos salones a la moda que le abren sus funciones ministeriales. Su facha lamentable, en la que sólo su mirada llama la atención, no lo favorece. Al menos en el salón de Madama Tallien – Nuestra Dama de Termidor – conoce a la «incomparable Josefina». Las relaciones que traba en esos medios, hasta entonces totalmente desconocidos por él, van a resultar ser muy útiles en poco tiempo.

El 15 de septiembre de 1795 se produce una sorpresa digna de una farsa. Firmados el mismo día, dos decretos contradictorios tratan de la orientación que darle a la carrera del general Bonaparte. El primero da satisfacción a su petición de destacamento en el ejército turco como jefe de misión. El segundo lo destituye al susodicho borrándolo de la lista de oficiales generales, «dado su rechazo a presentarse en el puesto que le fue asignado». Por supuesto, no se trata de una nueva caída en desgracia de Bonaparte sino del disfuncionamiento cacofónico de una oficina del ministerio que lo ignora todo de la actividad de los demás, fenómeno bien conocido y, desafortunadamente, recurrente… Se apresuran a anular la destitución. En cuanto a la nominación en Turquía, la precipitación de los eventos la volverá caduca en menos de tres semanas…

Para la Convención, el momento de la verdad ha en efecto llegado…

 

3 – BONAPARTE PONE EN JAQUE AL PUTCH REALISTA

 

En ese inicio de octubre de 1795, París está en plena efervescencia.

La noticia del desembarco del conde de Artois en la isla de Yeu en los furgones del ejército inglés ha echado a los realistas en una excitación incontrolable. No vacilan en esparcirse en bandas en las calles, los teatros y los cafés, vociferando sus «¡viva el rey!». Los más inflamados son los muscadins – «petimetres», esos jóvenes elegantes que se distinguen por sus tenues excéntricas. Con sus cadenettes («cadenitas», trenzas de cabellos que llevadas de cada lado del rostro y que caen sobre el pecho) y cuellos con los colores realistas, interpelan a los paseantes, arengan a los espectadores y abuchean a los consumidores, constriñéndolos a gritar «¡viva el rey!». Ahora ya se ha vuelto una costumbre, esa «juventud dorada» se libra de paso a su juego favorito derribando Árboles de la Libertad y pisoteando escarapelas tricolores. Es verdad que la Convención le ha proporcionado a la oposición realista un argumento inesperado, el inicuo Decreto de los Dos Tercios, evocado precedentemente. Recordémoslo, la Convención había decidido que los dos tercios de los parlamentarios del Directorio que va a sucederle, serían tomados de él mismo. Esta medida no aparece dictada más que por el interés egoísta de conservar sinecuras. Ciertamente el pueblo acababa de aprobarlo por referéndum, pero una abstención de 80% volvía su legalidad dudosa…

Más grave que los desbordes de la «juventud dorada» es la puesta en pie de guerra de las secciones realistas de la capital, cuarenta y ocho en total. La Convención tuvo la imprudencia de dejar transformarse a esas asambleas de electores en unidades de la Guardia Nacional, sólidamente encuadradas y armadas. Establecida en el convento de las Hijas San Tomás en el emplazamiento actual de la Bolsa, la Sección Le Pelletier constituye la punta de lanza de lo que hay que llamar un ejército enemigo en el corazón mismo de la capital.

La Convención toma por fin consciencia del peligro realista hasta entonces subestimado. Es demasiado tarde para arrepentirse de haberle tenido demasiados miramientos a esta oposición en detrimento de los jacobinos. Ya es inútil lamentar haber utilizado a la «juventud dorada» para reprimir la revuelta «patriota» de mayo. En este instante, la Convención debe vencer la insurrección realista que amenaza, o morir. Su determinación se fundamenta sobre la legitimidad democrática. Los realistas siguen siendo muy minoritarios en el país. Su tentativa de tomar el poder por las armas no es otra cosa que un putch ordenado desde el extranjero.

Confrontados a este desafío vital, los convencionales tienen un sobresalto de valor y de dignidad. Decretan reunirse permanentemente en su sala de sesiones y resistir hasta la muerte en sus escaños, armas en mano. Abriendo por fin los ojos, la Convención hace un llamado a los efectivos militares jacobinos a los que había destituido para formar tres «batallones de patriotas». Confía la defensa del régimen al general barón Menou, aquel mismo que había reprimido el levantamiento jacobino de mayo. Frente a los aproximadamente treinta mil hombres de las secciones realistas, Menou no dispone más que de cinco mil soldados. La distracción armada del oeste ha cumplido su papel plenamente.

La situación no puede ser más crítica para la Convención. El momento de la verdad se produce el 12 de Vendimiario (4 de octubre de 1795). A la sección Le Pelletier ha venido a instalarse el Comité Militar de las Secciones de la capital, dirigido por Richer de Sérizy. El general Danican es puesto a la cabeza de las tropas realistas. Se proclama solemnemente ya no reconocer los decretos de la Convención. Es una declaración de guerra abierta al régimen que la Convención evidentemente no puede tolerar, salvo a renunciar a su existencia. Ordena al general Menou desarmar a la Sección Le Pelletier y cerrar su local. Los generales Desperrieres y Verdière son previstos para secundarlo. Tres columnas deben dar el asalto al caer la noche en el convento de las Hijas Santo Tomás y de Nuestra Dama de la Victorias. En el último momento el general Desperrieres se declara enfermo y el general Verdière no se mueve.

Al propio Menou le falta firmeza. Se ha atribuido su laxismo a sus orígenes aristocráticos y a su simpatía por la causa realista. Como sea, no aprovecha su superioridad militar puntual para hacer uso de la fuerza. En vez de atacar, parlamenta. Se retira tras la promesa verbal de los insurgentes de dispersarse, sin incautarles las armas como lo exigía la misión que recibió.

Fracaso del sitio de la Sección Le Pelletier. Litografía de la época.
«Menou avanzó con el representante Laporte sobre la sección Lepelletier. Ésta radicaba en el convento de las Hijas Santo Tomás (…) Menou apiñó su infantería, su caballería, sus cañones, en esta calle [la rue Vivienne] y se puso en una posición en la que habría combatido penosamente, rodeado por la multitud de seccionarios que cerraban todas las salidas, y que llenaban las ventanas de las casas. Menou hizo rodar sus cañones hasta la puerta del convento, y entró con el representante Laporte y un batallón en la sala misma de la sección. Los miembros de la sección, en vez de estar formados en asamblea deliberante, estaban armados, formados en línea, teniendo a su presidente a la cabeza: era el Sr. Delalot. El general y el representante los intimaron a rendir sus armas; ellos se negaron. El presidente Delalot, viendo la vacilación con la que se hacia esta conminación, respondió con ardor, habló a los soldados de Menou oportunamente y con presencia de ánimo, y declaró que habría que llegar a las últimas extremidades para arrancarle las armas a la sección. Combatir en este espacio estrecho, o retirarse para fulminar la sala a cañonazos, era una alternativa dolorosa. Sin embargo, si Menou hubiese hablado con firmeza, y apuntado su artillería, es dudoso que la resolución de los seccionarios se hubiera mantenido hasta el fin. Menou y Laporte prefirieron una capitulación; prometieron mandar retirar a las tropas convencionales, a condición que la sección se separara de inmediato; ésta prometió o fingió prometerlo. Una parte del batallón desfiló como para retirarse. Menou, por su lado, salió con su tropa, e hizo dar media vuelta a sus columnas que tuvieron dificultad en atravesar la muchedumbre amasada en los barrios cercanos».
Adolphe Thiers, Historia de la revolución francesa, vol. 7-9. «Convención nacional (1795)», pp. 62-63.

 

Enardecida por esta reculada, a la que considera como una marca de la descomposición del régimen, la Sección Le Pelletier llama entonces a las demás secciones a unirse a ella y a marchar sobre las Tullerías para echar de ellas a la Convención. La capital resuena con el redoble de los tambores de las Secciones que baten la carga general sin interrupción. La Convención parece perdida. Solo queda la noche para encontrar una parada, el tiempo que les es necesario a las Secciones para reunirse alrededor de las Tullerías. Pero, dada la relación de fuerzas de uno contra seis, se necesitaría un milagro.

Hace un tiempo espantoso, el viento disputándole la preeminencia a la lluvia. Menou tiene un sobresalto de energía hacia la media noche. Lanza entonces una impetuosa caga de caballería en la calle de la Grande Batelière que despeja hasta el faubourg Montmartre. Gana de esta forma un respiro precioso que no lo redime totalmente de su falta precedente.

La Convención le hace frente audazmente a esta situación desesperada. Destituye a Menou y lo pone en estado de arresto. Barras es nombrado comandante en jefe del ejército del Interior, con la misión de salvar a las instituciones con la mayor energía.

¿Y Napoleón Bonaparte en todo esto? Como si la providencia hubiera velado especialmente por ello, él se haya muy cerca de ahí, y lo que es más, totalmente disponible. Su partida para Constantinopla ha sido retrasada por razones diversas. Su hora acaba de sonar… Cuando los tambores realistas llaman a la insurrección, Bonaparte asiste a una representación en el teatro Feydeau, en el vecindario. Es bien sabido que los parisinos nunca renuncian a sus diversiones incluso en las horas más críticas. El tumulto cercano le hace adivinar que un evento capital está produciéndose. Se dirige a la Convención y va a tomar un lugar en una tribuna de la sala. Se le reconoce y le hacen la señal de presentarse.

Ataque de la Convención nacional, jornada memorable del 13 de vendimiario. Año 4° de la República francesa
El 12 de vendimiario (4 de octubre de 1795), los insurgentes proyectan rodear el palacio de las Tullerías, sede de la Asamblea de la Convención y del gobierno. Barras, comandante en jefe del ejército del Interior, está a cargo de su represión. Esa tarde, saliendo del teatro Feydeau en compañía de Junot a quien conoció durante el sitio de Tolón, el general Bonaparte nota los aprestos de los parisinos insurrectos contra la Convención. No se hace ninguna clase de ilusión acerca de esas autoridades ineptas, desacreditadas y corruptas: «¡Ah! – le dice a su amigo –, si las secciones me pusieran a su cabeza, yo respondería de ponerlas en dos horas en las Tullerías y de echar de ellas a todos esos miserables Convencionales». Irónicamente, serán Barras y sus acólitos quienes, transidos de miedo, le pidan su ayuda... El día siguiente, 5 de octubre à las 5 de la mañana, es convocado por Barras quien lo había notado en el sitio de Tolón y elevado al grado de general. Le pide actuar sin demora. Bonaparte pide un cuarto de hora de reflexión y, enseguida, declara a Barras: «General, acepto. Pero os prevengo que una vez la espada fuera de la vaina, no la volveré a guardar hasta después de que haya restablecido el orden». Grabado al aguafuerte (1795) de Pierre Gabriel Berthault (hacia 1748-1819) según Abraham Girardet (1764-1823).

 

En el entorno de Barras, por el momento preocupado por hacerse de la mejor espada del momento, se hallan Turreau y Fréron. Los tres han conocido al intrépido «capitán cañón» como comisarios de la Convención en el sitio de Tolón, menos de dos años antes. Se ponen de acuerdo para proponerle el puesto de adjunto operacional de Barras. Éste último le da tres minutos para reflexionar. Hay que ser temerario para atreverse a aceptar un desafío que parece perdido de antemano, a riesgo de comprometer toda su carrera en un golpe de suerte. Pero el general Bonaparte ya ha tenido la oportunidad de mostrar que era un jefe lúcido y responsable. Acepta de entrada la misión imposible que le es confiada. Ha tomado inmediatamente la medida de la situación. Lo que está en juego es nada menos que el salvamento de la paz civil entre franceses haciendo prevalecer el derecho por sobre la fuerza.

La victoria de los realistas significaría el regreso a las sangrientas convulsiones de la Revolución de 89, de la cual tanto se sufre para extraerse.

En lo que concierne la naturaleza del enfrentamiento, no se trata de reprimir un motín popular, lo cual repugna a un verdadero soldado como Bonaparte, sino de librar una verdadera batalla entre unidades con uniformes. Que el combate se lleve a cabo en las calles de una gran ciudad en vez de en un campo de batalla ordinario, no cambia nada al aspecto ético de las cosas. Notemos de paso que el 13 de Vendimiario puede ser considerado como la primera batalla callejera de la Historia de la guerra.

En cuanto al hándicap de la aplastante inferioridad numérica, no es en absoluto de naturaleza a desalentar a un Napoleón Bonaparte que nunca se siente tan a gusto como en esta postura. Lo demostrará en unas horas, como enseguida a lo largo de su carrera militar de leyenda.

La aceptación de Bonaparte es acompañada sin embargo por una condición imperativa: exige campo libre. No quiere oír hablar de supervisión alguna de su acción por comisarios políticos, esos habituales inútiles que se las dan de muy necesarios, las más veces nocivos. En la situación desesperada en la que se encuentra, nadie se aventura a contestar la plenitud de su mando.

En tanto que artillero curtido, Bonaparte juzga al primer vistazo que la inversión de la relación de fuerzas no puede venir más que del empleo potente, oportuno y preciso de los fuegos de artillería, con bolas de cañón o a la metralla. A Menou no se le ocurrió en lo más mínimo. Al menos, a petición de su sucesor, indica la existencia de un parque de cuarenta cañones en la llanura de Sablons. Hay que tomar posesión de ellos inaplazablemente, antes que los realistas.

En esta primera hora del 13 de Vendimiario, Bonaparte reúne rápidamente a algunos colaboradores. En su entorno inmediato, le llama la atención un soberbio jefe de escuadrones del 21° Regimiento de Cazadores, de aspecto más bien seguro de sí mismo. Lo llama y le pregunta su nombre; «Murat», se oye decir. Juzgar a un hombre de entrada es la cualidad primera de Bonaparte. A aquel lo estima apto para cumplir con la misión decisiva que le confía. Con un tono tajante como una cuchilla, le asesta la orden siguiente, no admitiendo réplica alguna: «Murat, tomad doscientos caballos, id de inmediato a la planicie de Sablons. Traedme las cuarenta piezas y el parque. ¡Que estén ahí! ¡Abríos paso a punta de sable si es preciso, pero traedlos!» Y, ante la actitud un tanto desenvuelta de aquel que se convertirá en un esgrimidor de sable legendario, añade con un tono aún más perentorio: «Me responderéis por ello. ¡Partid!».

Murat cumple con su misión con el mayor celo. Se anticipa por poco a los seccionarios que por supuesto han pensado en la misma operación. Para él también es el primer acto de una carrera fenomenal.

El estado mayor improvisado por Bonaparte queda inmediatamente fascinado por la autoridad y el espíritu de decisión de su nuevo jefe. Como lo contará un testigo, los oficiales que asisten a esta toma de mando en el fuego de la acción «miran estupefactos agitarse a este hombrecito cuyo desorden en su aseo, sus largos cabellos colgantes y lo vetusto de sus traíllas, revelaban todavía la miseria».

La propia Convención se siente tranquilizada por la energía radiante de aquel de quien desde ahora depende su supervivencia.

Bonaparte hace completar el equipamiento individual de los parlamentarios. Se oye en ese instante al presidente Legendre pronunciar estas palabras históricas: «¡Recibamos la muerte con la audacia que pertenece a los amigos de la Libertad!». Se le puede reprochar muchas cosas a la Convención, salvo haber carecido de valor en el momento del peligro.

Durante toda la noche, se organiza un reducto de resistencia. Bonaparte está por doquier, escogiendo en persona el emplazamiento de las piezas de artillería. Para darle confianza a los que van a batirse, ya sabe que hay que mostrarse entre ellos en primera línea.

Hacia las cinco de la mañana, los seccionarios se escurren en el hotel de Noailles y disparan contra la escalera de entrada de las Tullerías. En el mismo instante, una columna de infantería trata de apoderarse del Puente Real (Pont Royal). Este primer ataque es rápidamente rechazado. Se pasa el resto de la noche acabando los dispositivos, de un lado como del otro.

El ataque en fuerza de los seccionarios llega al final de la mañana. Las disposiciones tomadas por Bonaparte, en especial el empleo juicioso de los cañones, van a demostrar ser de una temible eficacia, invirtiendo el equilibrio de las fuerzas. El enfrentamiento es encarnizado y sangriento, cuerpo a cuerpo donde los cañones no pueden intervenir. Bonaparte se mantiene en los puestos avanzados, comandando los más de cerca posible, como no dejará de hacerlo. Su caballo es muerto bajo de él pero éste último sale indemne.

Después de haber contenido el asalto de los seccionarios, Bonaparte pasa al contraataque, su procedimiento táctico predilecto.

Bonaparte manda disparar con metralla sobre los seccionarios. El 13 de vendimiario del año IV (5 de octubre de 1795).
Habiendo hecho traer por Murat, entonces jefe de escuadrón, parque y cañones de la llanura de Sablons en las Tullerías, el general Bonaparte manda colocarlos en las extremidades de todas las calles que conducen a la Convención y hace ametrallar a los insurgentes realistas en las escaleras de la iglesia San Roque (Saint-Roch), obligándolos a huir en desbandada ante tan enérgica arremetida. Bonaparte se convierte desde ese día en el «General Vendimiario», comandante en jefe del ejército del Interior en remplazo de Barras quien hace su entrada al Directorio. La iglesia San Roque de París à París conservó hasta el reciente remozo de su fachada, a principios de los años 2000, las huellas de la ametrallada del 5 de octubre de 1795, por desgracia disimuladas tras los trabajos de restauración. Dibujo a la pluma de Jean-Édouard Dargent, llamado Yan’ Dargent (1824-1899).

 

Demos aquí la palabra al barón Thiébault, testigo directo: «El general mandó colocar dos piezas de ocho en la calle rue Neuve Saint-Roch, en frente de la iglesia. El tiro de bolas de cañón enfila la calle. Los cañones habiendo de tal suerte derribado o apartado todo lo que se había hallado a la vista, mil hombres del batallón de los patriotas, seguido por un batallón de línea, desembocan del callejón sin salida y abordan a los de los seccionarios que se encuentran todavía frente al portal y que ocupan la calle Saint-Honoré. El choque es violento, se combate cuerpo a cuerpo. Nuestras tropas sin embargo ganan terreno. Seis piezas de artillería son pronto puestas en batería, tres a la derecha, tres a la izquierda del callejón sin salida, y acaban de poner en desorden a los seccionarios, quienes, a toda prisa, se retiran hacia la plaza Vendôme y el Palacio Real (Palais-Royal). El combate es dirigido por el general Bonaparte en persona».

Entre tanto, las Tullerías ofrecen un espectáculo surrealista. El vestíbulo y la planta baja han sido transformados en hospital de campaña. Cirujanos se afanan alrededor de heridos tendidos sobre paja. Enfermeras improvisadas los asisten. Son esposas o hijas de Convencionales venidas para compartir la suerte de sus maridos o padres. Siempre según el barón Thiébault, «era a la vez un Senado, un gobierno, un cuartel general, un hospital, un campo, un vivaque».

La retirada desordenada de los seccionarios consume su derrota total. Ya no se oirá hablar más de ellos.

En esta jornada del 13 de Vendimiario, dos horas bastaron a Bonaparte para darle vuelta al curso de la Historia de Francia. El desmoronamiento brutal de la insurrección realista prueba, por si fuera necesario, que no reposaba sobre ningún cimiento popular y democrático.

Esta victoria costó 300 muertes. ¡Es mucho! ¿Pero qué es en comparación con la guerra civil que no habría dejado de estallar en caso de éxito de los realistas?

Frente a la Convención, los parlamentarios aliviados acuden para felicitar a su salvador. En la sala de sesiones, se le brinda una ovación. En ese día memorable, Bonaparte se convierte en un héroe nacional. Su popularidad sube como una flecha tanto en el pueblo como en los círculos políticos. El 16 de octubre, es promovido general de División a los 26 años. Diez días más tarde, interviene su nominación de Comandante del Ejército del Interior, remplazando a Barras, vuelto uno de los cinco Directores. Es hacia él una innegable marca de confianza del Directorio, nueva y frágil institución del país…

En unos meses será nombrado a la cabeza del ejército de Italia, primer vuelo del Águila…

El 13 de Vendimiario, Napoleón Bonaparte ha probado de la manera más brillante su indefectible apego a la República. No desistirá más de ella hasta su último aliento…

Del 13 de Vendimiario data el odio implacable de los realistas por Napoleón Bonaparte. Creyeron desvalorizarlo aquel día bautizándolo con el apodo de «general Vendimiario». Bonaparte les replicó: «¡Aprecio el título de general Vendimiario, será en el futuro mi primer título de gloria!».

El Directorio
Paul Barras
en su atavío de Director, y a la derecha, Louis Marie de La Revellière-Lépeaux en traje de presidente del Directorio.

Casaperta, Septiembre de 2005.