CONSAGRACIÓN
REPUBLICANA DE BONAPARTE |
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EL
13 VENDIMIARIO |
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El
13 Vendimiario —
San Roque 1795
Litografía
de Denis-Auguste Raffet
(1804-1860). |
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Por
el general (2S) |
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MICHEL
FRANCESCHI
Comendador
de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial
del Instituto Napoleónico México-Francia |
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| El
General Franceschi |
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Traducción al castellano del Instituto
Napoleónico México-Francia
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PRESENTACIÓN
GENERAL |
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Por
el Dr.
Ben
Weider
(1923-2008)
†
Oficial de la Legión
de Honor
Fundador de la Sociedad Napoleónica
Internacional
Presidente del Comité científico
del Instituto Napoleónico
México-Francia |
|
Cantidad
de escritores en Historia presentan
al 13 de Vendimiario como la represión
brutal de una manifestación
popular por el ejército
comandado por Bonaparte, aprendiz
dictador sanguinario. Esta
presentación simplista
figura en buen lugar entre las
múltiples falsedades que
contaminan la historia del Emperador.
En esta crónica que consagra
al caso, el general Franceschi
vuelve a poner este evento destacable
en su justo lugar. No se trata
en absoluto de una banal manifestación
popular, sino de una tentativa
de restauración realista
de gran envergadura, llevada por
milicias organizadas en pie de
guerra, tres veces más
numerosas que el ejército
regular. No se trata de una represión
policial sino de una verdadera
operación de guerra urbana
entre dos fuerzas que se oponen,
una para defender las instituciones
legales, la otra para derrocarlas.
El 13 de Vendimiario, el general
Bonaparte salvó valientemente
al régimen gracias a su
acción enérgica
y apropiada.
Es pues con toda razón
que el general Franceschi define
este episodio histórico
como la « consagración
republicana » de Napoleón,
por alusión a la Consagración
imperial por venir. |
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El
13 de Vendimiario del Año IV
(5 de octubre de 1795), Napoleón firma
el pacto republicano que lo vincula para siempre
a la Nación.
Hombre providencial
surgido de la Historia en el momento justo,
el general Bonaparte hace triunfar ese día
el Derecho por sobre la violencia, salva la
Democracia naciente, y le evita a Francia un
caos mortal.
De este evento
decisivo nace la Alianza indefectible de Napoleón
y del pueblo francés.
| 1
– FRANCIA
AL BORDE DEL ABISMO |
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Después
de seis años de una Revolución
de convulsiones sangrientas, la Francia de 1795
se encuentra en una situación crítica.
En guerra desde
hace tres años, tiene que defender sus
fronteras del norte, del este y de los Pirineos
contra las monarquías europeas coaligadas,
inquietas por su proselitismo revolucionario.
El valor de sus jóvenes generales y el
entusiasmo de sus ejércitos le permiten
no obstante conjurar victoriosamente el peligro
de la invasión armada.
Bastante más
preocupante es entonces la grave crisis económica
y social que sufre el país. Dos indicadores
inquietantes dan testimonio de su profundidad:
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- El
desmoronamiento del asignado, papel
moneda de la época. El 30 de
julio de 1795, su valor real cae a 5%
de su valor nominal. El 15 de agosto
se debe reemplazar por el Franco.
- La
amenaza de hambruna: el aprovisionamiento
de trigo deja que desear por falta de
recursos. Restricciones deben ser impuestas
a una población enfurecida. La
de los suburbios parisinos de Saint-Marceau
y de Saint-Jacques se presenta en las
rejas de la Convención el 17
de marzo para reclamar pan. El barrio
de Saint-Antoine hace lo mismo cuatro
días más tarde. Coches
de transporte de grano son pillados.
La insurrección estalla el 1°
de abril. La muchedumbre invade la sala
de la Convención bajo los gritos
de « ¡pan, pan! ».
París debe ser puesto en estado
de sitio bajo la autoridad del general
Pichegru. El 10 de mayo, la ración
de pan de los parisinos cae a 60 gramos
al día.
|
El descontento
popular se añade también a la
lancinante crisis política consecutiva
al derrocamiento de Robespierre el 9 de termidor
del Año II (27 de julio de 1794).
A cargo de lo
que se ha llamado la Convención Termidoriana,
los sucesores de Robespierre se ven pronto confrontados
a graves dificultades internas. El régimen
debe luchar contra dos amenazas de subversión
opuestas, que lo tienen atenazado. A la izquierda,
los nostálgicos de Robespierre no se
declaran vencidos. A la derecha, los realistas
estiman llegada la hora de una restauración
monárquica. Condenados así a una
política de báscula, los termidorianos
se defienden pegando alternativamente de un
lado y del otro, no vacilando ocasionalmente
en pactar con uno u otro, hasta el desenlace
liberador del 13 de Vendimiario.
RESISTENCIA
JACOBINA
Primeras víctimas
de la represión de los vencedores del
9 de termidor, los Jacobinos entran en resistencia
muy pronto después de la caída
de Robespierre. El agitador Gracchus Babeuf,
primer comunista del mundo, encarna la oposición
revolucionaria. Desde el 3 de septiembre de
1794, lanza su diario Le Tribun du Peuple
– « El Tribuno del Pueblo ».
La agitación
jacobina se enardece al hilo de los días.
El 28 de septiembre se lleva a cabo en Marsella
una gran manifestación dicha «
terrorista ». Otras regiones tratan de
imitarla con menos éxito.
La Convención
reacciona enérgicamente. El 3 de octubre,
procede al arresto de los cabecillas «
sans-culottes » Chrétien, Clémence
y Marchand, seguidos por Legray el 9. El propio
Babeuf es encarcelado por unas horas el 24.
La represión
anti-jacobina prosigue el 16 de diciembre con
la condena a muerte y la ejecución de
Carrier, el « verdugo » tristemente
célebre de Nantes.
El 1° de
febrero de 1795, Babeuf debe interrumpir la
publicación del « Tribun du Peuple
».
El 10 de marzo,
Tolón es el teatro de una revuelta «
sans-culotte » en cuyo transcurso nueve
emigrados son muertos.
| |
•
Tras un corto periodo de calma, la agitación
jacobina resurge de lo lindo en la primavera
de 95, en favor de los disturbios populares
por el hambre. El 10 de abril, la Convención
firma un decreto que ordena el desarme
de los « terroristas ». Su
comité militar recibe el 24 de
abril los plenos poderes para depurar
las unidades del ejército y los
estados mayores de sus elementos jacobinos.
• El 4 de mayo, se señalan
masacres de « patriotas »
en las prisiones de Lyon, Montbrison y
Saint-Etienne. El 7 de mayo son guillotinados
Fouquier-Tinville y catorce jurados del
Tribunal Revolucionario del Año
II, entre ellos el grabador Prieur. El
11 de mayo, sesenta prisioneros «
patriotas » son asesinados en Aix
por realistas. El 17 de mayo, una insurrección
« terrorista » se apodera
de Tolón durante varias horas.
• La oposición jacobina conoce
su punto culminante en las jornadas insurreccionales
parisinas del 21 al 24 de mayo. Los amotinadores
ocupan por turno la Convención
y el Ayuntamiento. El barrio Saint-Antoine
se subleva por entero. A cargo del restablecimiento
del orden, el general Menou se libra a
una represión despiadada, no vacilando
en llamar a los realistas, en especial
a los exaltados de la « juventud
dorada ».
• La provincia no está a
salvo. En mayo y junio, tienen lugar masacres
de « patriotas » en varios
lugares, en particular en Marsella, Tarascón,
Aix y Lons-le-Saunier.
• Último evento jacobino
destacable, una Comisión Militar
condena a muerte, el 17 de junio, a seis
cabecillas de la insurrección de
mayo. Van a suicidarse en prisión
y pasarán a la historia bajo la
apelación de « mártires
de pradial ».
• Pero la Convención no hace
sólo represión. Para tratar
de desarmar las oposiciones, hace gala
de innovación en materia institucional.
El 22 de agosto, adopta la Constitución
del Año III, dando origen
al Directorio. La somete
a la aprobación del pueblo por
referéndum, al mismo tiempo que
un cierto « Decreto de los Dos Tercios
» que va a hacer estallar la situación.
En interés, muy discutible, de
preservar la estabilidad de las instituciones,
las convenciones no encontraron en efecto
nada mejor que concederse los dos tercios
de los escaños de las futuras asambleas... |
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|
El
Decreto de los Dos Tercios
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Los
diputados moderados de la Convención
habían eliminado en el
transcurso del 9 de termidor a
Robespierre y a los jacobinos
enrabiados. Esta reacción
« termidoriana »,
que seguía al Terror, instauraría
un nuevo régimen, el Directorio,
así como una nueva constitución.
Ésta carta preveía
dos asambleas: los Quinientos
y los Antiguos. Asimismo, con
el objetivo de asegurar a como
diera lugar la persistencia de
una mayoría republicana,
la reelección permanente
de sus miembros, y perennizar
las nuevas instituciones republicanas
evitando una restauración
de la monarquía, los Constituyentes
decidieron por medio de un decreto
que dichas asambleas debían
incluir un mínimo de dos
tercios de antiguos diputados
de la Convención, a saber
500 de los 750 electos…
El decreto, votado el 5 de fructidor
del año III (22 de agosto
de 1795) y llamado « de
los Dos Tercios », fue aprobado
en septiembre siguiente junto
con la Constitución del
Año II, suscitando la consternación
general y la insurrección
armada de los realistas. El la
imagen vemos una Audiencia
pública del Directorio
en un grabado de la época
por Chataignier. |
|
La Constitución
del Año III es aprobada por 1 057 390
voces contra 49 978. El Decreto de los Dos Tercios
conoce una muy fuerte abstención y no
obtiene más que 205 498 SÍ contra
108 754 NO.
| |
•
En víspera de la implementación
de las nuevas instituciones en aquel inicio
de otoño de 1795, el peligro jacobino
es detenido. La Convención sin
embargo todavía no se ha salido
del apuro. Lo más duro está
incluso por venir. La indómita
oposición realista aprovecha en
efecto la ocasión de la transición
institucional para librarse a una intervención
armada de envergadura que está
a un pelo de tener éxito… |
| |
Aprobación
del Decreto de los Dos Tercios
Sufragios recogidos en el seno de las asambleas
primarias |
| Número
registrado de electores |
7
000 000 |
100% |
| Expresados |
314
252 |
4,49% |
| Sí |
205
498 |
2,93% |
| No |
108
754 |
1,55% |
LA
CONTRA-REVOLUCIÓN REALISTA
Obnubilada por
la oposición « terrorista »,
la Convención tardó mucho en tomar
la medida del peligro realista.
Las graves
dificultades en las que se debate la Convención
Termidoriana llenan de esperanza a los partisanos
de la restauración de la monarquía,
sueño hasta entonces quedado insatisfecho.
La estrategia
adoptada en Londres por el conde de Artois,
apoyado por sus asociados patrocinadores británicos,
consiste en conjugar una ofensiva política
interna y una acción militar externa,
en vista de minar al régimen hasta el
golpe de gracia final. Para dicho efecto, tres
objetivos, son seguidos simultáneamente:
| |
- Relance de la rebelión
armada en Vendea y en Bretaña,
y enseguida su refuerzo por unidades
militares desembarcadas de Gran Bretaña.
Añadido a la guerra de las fronteras,
el absceso de fijación así
creado debilitará la defensa
militar de la capital.
- Intensificación
de la agitación en el país
y explotación hábil de
todos los errores del enfrentamiento
entre termidorianos y jacobinos.
- Finalmente, preparación
y ejecución, llegado el momento,
de un asalto militar de las Tullerías
que derrocamiento de la Convención
para cederle su lugar a la realeza.
|
| |
 |
Carlos
Felipe de Francia (1757-1836)
Conde de Artois, futuro
rey Carlos X de Francia. Retrato
por Danloux. |
|
|
Este guión habría
tenido éxito de no haberse topado
en su camino con el general Napoleón
Bonaparte, como vamos a verlo…
Apenas un mes después
del 9 Termidor, el conde de Artois,
quien vive en la emigración en
Londres, le da un jefe a su «
ejército católico y real
», en la persona de Puisaye.
A partir del 30
de septiembre, el Primer Ministro Pitt
le otorga los medios de fabricar falsos
asignados, lo que dice mucho de sus
intenciones solapadas. El mes siguiente,
bajo la tapadera de ministro plenipotenciario,
el inglés Wickam es enviado a
Suiza para coordinar las acciones de
la contra-revolución realista.
Todo un programa de subversión
se pone así en marcha.
La insurrección de las poblaciones
del oeste remonta a 1792. Lleva el nombre
genérico de « chuanería
», proviniendo del apodo de Jean
Cottereau, llamado Juan Chuán
(Jean Chouan), conocido por su perfecta
imitación del chillido de la
lechuza (chouette, en francés)
convertido en llamado de reunión
de los insurgentes vendeanos.
La rebelión
halla su origen en las medidas de descristianización
de la Revolución de 89 y se desarrolla
en relación con la caída
de la monarquía. En todo el oeste,
pero particularmente en Vendea, los
nobles y el clero católico ejercen
una fuerte influencia sobre la población.
Los sentimientos realistas y religiosos
son ahí más fuertes que
en cualquier otra parte.
|
La oposición
en el poder central se manifiesta a partir del
2 de noviembre de 1789, fecha de la «
puesta a disposición de la Nación
» de los bienes del clero. Se endurece
con el decreto del 13 de febrero de 1790 que
prohíbe los votos monásticos perpetuos.
Estalla con la promulgación de la Constitución
Civil del Clero, verdadera declaración
de guerra a la Iglesia católica. Los
sacerdotes son obligados a jurar fidelidad a
la Constitución. Un gran número
de ellos se niega. Declarados fuera de la ley
y exponiéndose a la pena de muerte, algunos
ensanchan las filas de la emigración,
muchos otros no vacilan en alistarse en la lucha
armada junto a los hidalgüelos rurales
realistas locales, que arrastran a los campesinos
en su devoción.
La ineluctable
condena papal de la Constitución Civil
del Clero estimula a la insurrección.
Una serie de decisiones pone en marcha la escalada
de la violencia. Replicando al Papa, la Asamblea
Legislativa anexa Aviñón, ciudad
del soberano pontífice. Dos decretos
especiales de los días 29 de noviembre
de 1791 y 27 de mayo de 1792 organizan la caza
de « curas refractarios ». El veto
de Luis XVI el 11 de junio de 1792 no hace más
que agravar la situación. Del 2 al 6
de septiembre se producen en las prisiones las
abominables masacres de oponentes, en su mayoría
« ci-devant » («
hasta aquí » [nobles]) y religiosos,
la mácula más sangrienta de la
Revolución. El 20 de septiembre, se decretan
la laicización del estado civil y la
institución del divorcio. El día
siguiente, la Convención, recientemente
reunida, suprime la realeza. La condena a muerte
de Luis XVI y su ejecución el 21 de enero
de 1793, acaban de envenenar el conflicto.
La conspiración
realista bretona de la Rouerie marca el comienzo
de la revuelta a principios de 1792. La rebelión
va a conocer en el transcurso de los años
siguientes diversos resurgimientos, alternando
los momentos paroxísticos con raros periodos
de calma. Una interminable guerra civil opone
así a miles de campesinos a los ejércitos
de la República en un enfrentamiento
sin piedad.
Los insurgentes
fracasan frente a Granville el 13 de noviembre
de 1793. Son aplastados en Le Mans en una batalla
callejera el 12 de diciembre. Se vengan por
medio de emboscadas mortíferas. El ejército
replica por las tristemente célebres
« columnas infernales ». La crueldad
de los combates es indecible. El conflicto provoca
un gran número de víctimas, al
grado de que se ha calificado esta guerra de
genocidio.
El representante en misión Carrier se
distingue en el horror en Nantes. Un periodo
de calma se produce tras la severa derrota de
los chuanes en Savenay el 22 de diciembre de
1793.
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Escenas
de los ahogamientos de Nantes
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En uno de los más abominables
episodios del Terror, que tuvo
lugar en noviembre de 1793 y enero
de 1794 en Nantes, los republicanos
ahogan en masa a unas dos mil
víctimas durante una de
las masacres de exterminio propias
al plan de descristianización
en Vendea.
Fueron asesinados a sangre fría
toda clase de « bandoleros
», empezando por sacerdotes
y religiosas, previamente unidos
en « matrimonios republicanos
»; junto con ellos, fueron
exterminados vendeanos federalistas,
aristócratas, viejos, mujeres
y niños, violados y ahogados
metódicamente en los torbellinos
muy « oficiosos »
del Loira, según la expresión
del infame Jean-Baptiste Carrier,
quien, deseoso de inmortalizar
sus fechorías, nombrará
orgullosamente a este río
la « bañera nacional
». |
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La chuanería
retoma fuerza después de Termidor. La
Convención va a manejar la situación
alternando promesas y castigos. Sobre la base
de un reporte de Carnot, concede el 2 de diciembre
de 1794 la amnistía a los insurgentes
que depongan las armas en un lapso de un mes.
Los chuanes responden por una importante acción
armada en Guémené, el 29 de enero
de 1795.
Los éxitos
del excelente general Hoche conducen el 17 de
febrero a los generosos acuerdos de La Jaunaye,
firmados por el jefe vendeano François
de Charette de la Contrie. A cambio de su compromiso
de detener la lucha, los chuanes una amnistía
total, la libertad de culto, una importante
indemnidad y sobre todo el derecho de conservar
sus armas en el seno de una Guardia Territorial
exonerada de servicio militar.
 |
François-Athanase
de Charette de La Contrie (1763-96)
« Sí,
Charette me deja la impresión
de un gran carácter,
le veo hacer cosas de una energía,
de una audacia poco comunes,
deja transparentar genio »,
diría de él Napoleón
durante su deportación
(Memorial de Santa Helena).
Óleo atribuido a Alfred
de Chasteignier. |
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El inflexible
Stofflet y el exaltado abate Bernier
se desolidarizan de Charette y redoblan
su hostilidad. Stofflet obtiene un éxito
en Chalonnes el 18 de marzo, pero fracasa
en Saint-Florent unos días más
tarde, antes de hacerse derrotar en
Chemillé el 2 de abril. Su campo
es destruido el 26 en el bosque de Maulevrier.
Cazado, termina por aceptar el 2 de
mayo en Saint-Florent el mismo acuerdo
que Charette precedentemente. Otro jefe
chuán, Cormatin, lo ha precedido
por unos días en La Prévalaye,
y luego se desdijo antes de ser capturado
en 25 de mayo.
La
guerrilla se ha extendido al Morbihan.
Dura todavía mucho después
de la muerte de su jefe Sils, remplazado
por Cadoudal quien se volverá
célebre.
Los
fracasos de la insurrección chuana
acabaron por persuadir a Londres y a
sus emigrados franceses de la necesidad
de apoyarla por medio de un cuerpo expedicionario.
Bajo las órdenes del almirante
Warren, una escuadra inglesa apareja
el 10 de junio transportando a 4000
emigrados, 80 000 fusiles, 80 cañones,
víveres, uniformes y cantidad
de falsos asignados. Puisaye y d’Hermilly
están a su cabeza, bien determinados
a sublevar a todo el oeste de Francia
y a marchar sobre París. Al enterarse
de ello, los complotistas realistas
de la capital se enardecen. El 17 de
junio, las « juventudes doradas
» se la pasan en grande, cortando
un gran número de árboles
de la Libertad y pisoteando escarapelas
tricolores.
El desembarco
de los emigrados se produce el 26 de
junio en Carnac. La víspera,
Charette ha violado su promesa y reiniciado
las hostilidades. Ha mandado masacrar
un puesto republicano en Les Essarts.
Adjuntándose a los chuanes, Hermilly
se apodera de Auray pero fracasa frente
a Vannes. Hoche lanza entonces su contra
ofensiva. Recupera Auray el 30 de junio
y encierra a los insurgentes en la península
de Quiberón. Hermilly resiste
ardorosamente en el fuerte de Penthièvre,
cerrojo del campo de batalla.
Llegada
de Inglaterra
el 15 de julio, la división Sombreuil
refuerza el cuerpo expedicionario en
Quiberón. Tras la muerte de Hermilly
el 16 de julio, Penthièvre cae
el 20, consumando la victoria completa
de Hoche. Sólo Puisaye y un puñado
de emigrados logran reunirse con la
flota inglesa. Todo el resto es muerto
o hecho prisionero. La represión
es despiadada para los emigrados, de
los cuales 748 son fusilados, contrastando
con la amnistía acordada a la
mayoría de los chuanes capturados.
En represalias,
Charette manda ejecutar el 2 de agosto
a unos 300 prisioneros republicanos.
El fracaso
del desembarque de Quiberón no
desalienta a la rebelión realista.
El 13 de septiembre se señala
un levantamiento en Châteauneuf-en-Thymerais,
que se extiende a Dreux. Pero los realistas
no rebasan Nonancourt donde son derrotados
y puestos en desbandada.
|
Habiendo escapado
hasta aquí a la captura, Charette sigue
adelante con el combate. Pero el 25 de septiembre
es desbaratado en Saint-Cyr, y unos días
más tarde debe evacuar su guarida de
Belleville.
A pesar del
grave fracaso de Quiberón, el conde de
Artois no renuncia a renovar la experiencia.
El 30 de septiembre, la isla de Yeu es sede
del desembarco de mil emigrados apoyados por
dos mil soldados ingleses. El conde en persona
los alcanza el 2 de octubre.
Hemos llegado
a Vendimiario. La acción principal realista
va ahora a bascular en la capital, donde desde
hace algunos meses languidece de aburrimiento
el general Bonaparte…
| 2
– NAPOLEÓN
AGUARDA SU HORA |
|
Los catorce
meses que separan el 9 de termidor (27 de julio
de 1794) del 13 de Vendimiario (5 de octubre
de 1795) constituyen el periodo más ingrato
de la carrera de Napoleón. Escapando
por poco al terror girondino, no puede evitar
caer una une pesada desgracia.
Su brillante
éxito en Tolón
a fines de diciembre de 1793, le vale al «
capitán cañón » la
mistad de Augustin Robespierre, hermano del
« incorruptible », quien se lo recomienda
en éstos términos: « añado
a los patriotas que ya te he nombrado al ciudadano
Bonaparte, de un mérito trascendente.
Éste último es corso. No ofrece
más que la garantía de un hombre
de aquella nación quien ha resistido
a las caricias de Paoli, y cuyas propiedades
han sido devastadas por ese traidor ».
|
De
acuerdo con el representante en misión
Ricord, Augustin Robespierre impone al
general Dumerbion, comandante en jefe
del ejército de Italia, el plan
de conquista del Piamonte concebido por
Bonaparte. Corta y de alcance limitado,
esta primera campaña de Italia
de abril de 1794 no es conocida. El artillero
Bonaparte manda en ella a un agrupamiento
de infantería alcanzando los objetivos
fijados: Oneglia, Ormea, Saorge y el paso
de Tende son conquistados y constituyeron
el trampolín de la próxima
guerra de Italia.
Este nuevo
éxito le vale a Bonaparte un aumento
de estima de Augustin quien le propone
entonces « subir » a París
para tomar el mando de la Guardia Nacional
de París remplazando a Hanriot.
Con la mente toda focalizada en un nuevo
plan de campaña en Italia, Bonaparte
no se siente ni disponible intelectualmente
ni moralmente para este puesto político
adquirido. Su olfato infalible lo disuade
de comprometerse en esta vía. Gran
bien le hará, pues la caída
de Robespierre conduce al cadalso a su
hermano y a la mayoría de sus amigos,
entre ellos Hanriot.
En el
sálvese quien pueda que deriva
de esto, Bonaparte es incluso traicionado
por amigo corso del tiempo de Paoli, el
representante en misión Salicetti.
Afortunadamente, Salicetti reconsidera
poco después y lo salva de la guillotina,
no por ello ahorrándole una puesta
bajo arresto. Primera lección de
política, Bonaparte descubre en
esta ocasión que su terreno es
más peligroso que el campo de batalla…
Sus fervientes
amigos Junot, Marmont y Sébastiani
maquinan un proyecto de evasión
que tiene la prudencia de rechazar, no
queriendo agravar su caso. Tuvo razón
pues, poco después, es liberado
a falta de pruebas, sin lograr sin embargo
disipar todas las sospechas.
Teniéndole
confianza, el general Dumerbion lo asocia
en el otoño de 1794 a un reinicio
efímero de las operaciones en el
Piamonte. Pero enseguida se le niega una
participación activa en la operación
de reconquista de Córcega, ocupada
por los ingleses, y que por cierto fue
abortada en marzo de 1795.
|
 |
Bonaparte
en prisión
Tras el 9 de termidor
(27 de julio de 1794) Napoleón
es encerrado en el Fuerte Carré
de Antibes donde siente el viento
de la guillotina... «
Mi
consciencia es el tribunal en
el que evoco mi conducta »,
protesta enérgico y altivo.
Será liberado por orden
de Barras. Litografía
de Weber. |
|
|
Por mucho que
haga Bonaparte, la sospecha que pesa sobre él
no se difumina, muy al contrario. El 29 de marzo,
es apartado del ejército de Italia, su
única ambición del momento. A
principios de mayo, es nombrado comandante de
una brigada de infantería en Vendea insurrecta.
Esta asignación lo mortifica. Soldado,
y en añadidura artillero, no concibe
la guerra más que contra los enemigos
de su país y no contra campesinos franceses,
cualesquiera que sean sus entuertos. Además,
general que ha probado la victoria, se ve mal
a sí mismo obedeciendo a otro general
cuya competencia queda por probarse. Por otro
lado, su legendaria intuición le hace
sentir que es en la capital donde va a producirse
el desenlace de la crisis en curso y es ahí
dónde debe permanecer, listo para responder
al llamado del destino.
Por lo pronto,
lo que le importa es hacer anular su nominación
en Vendea. Así pues se dirige a París
a fines de mayo de 1795 para asediar a todas
las autoridades que puedan apoyarlo. Multiplica
las tramitaciones para demorar las cosas. Yerra
en un París en ebullición, famélico,
apretándose el cinturón. Su moral
cae a lo más bajo, haciéndolo
perder esperanza en su porvenir. Su salud se
altera, para gran tristeza de Junot quien le
hace compañía. Como siempre, los
libros son sus únicos amigos. Nadie tiene
una mirada benévola para con él.
¡Grandeza y servidumbre militares!
El Ministro
de la Guerra Aubry consiente recibirlo el 15
de junio. Este artillero de 45 años,
que no ha superado en las filas el grado de
capitán, mira con condescendencia a este
general artillero de 26 años e invoca
su juventud para no darle satisfacción.
Mordaz, la réplica de Bonaparte no le
debe nada a la diplomacia: « ¡Ciudadano
representante, se envejece pronto en el campo
de batalla y de ahí llego! ».
Su causa se ve por ello inmediatamente comprometida.
Así, alega la degradación de su
salud y se hace reportar enfermo.
 |
Louis-Gustave
le Doulcet, conde de Pontécoulant
(1764-1853)
Senador y Par de Francia.
Grabado de la época Luis-Felipe. |
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El 16
de agosto, recibe la intimación
conminatoria de presentarse de inmediato
en su asignación en Vendea. Jugándose
entonces el todo por el todo, el infortunado
pide audiencia al nuevo ministro de
la Guerra Doulcet de Pontécoulant.
A pesar de la apariencia lamentable
del solicitante, Pontécoulant
tiene la cortesía de escucharlo
con atención. El antiguo general
del ejército de Italia solicita
con ardor su nueva asignación
a dicho cuerpo en el cual podrá
prestar a la República servicios
muy superiores que en Vendea. Expone
con claridad los grandes rasgos de su
plan de campaña que madura desde
hace varios meses. A juzgar por la expresión
de su auditor, Bonaparte constata que
su magnetismo natural y su poder de
convicción operan. Muy interesado,
el Ministro le pide traer en unos días
un proyecto elaborado que someterá
a la aprobación del Comité
de Salud Pública. Bonaparte exclama
que no necesita unos días y,
espontáneamente, ahí mismo
sobre la esquina de la mesa, redacta
en un puñado de folios el plan
de la guerra de Italia que está
por venir. Por supuesto no puede entonces
imaginarse que le corresponderá
aplicarlo a él mismo dentro de
poco tiempo.
Pasmado
y conquistado, Pontécoulant anula
de inmediato la asignación en
Vendea, absteniéndose sin embargo
de transferirlo al ejército de
Italia. Comprendiendo todo el interés
de conservar cerca de sí a un
consejero con ideas tan claras y tan
innovadoras, lo asigna al Servicio Topográfico
del ministerio « para contribuir
por su dedicación y sus luces
a los trabajos de los planes de campaña
y de las operaciones del ejército
de Tierra ».
Poco
tiempo después, Pontécoulant
pide a Bonaparte redactarle un proyecto
de directivas del Comité de Salud
Pública destinadas al general
Kellermann, nuevo comandante en jefe
del ejército de Italia. ¡Ironía
de la Historia, no escribe nada menos
por adelantado que sus propias directivas!
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En el momento
de su partida del Comité de Salud Pública
poco tiempo después, Pontécoulant
tiene la elegancia de dejar a su sucesor una
nota acerca de su efímero consejero:
« Declaro con placer que debo a sus consejos
la mayor parte de las medidas útiles
que he propuesto al Comité del ejército
de los Alpes y de Italia. Lo recomiendo a mis
colegas como un ciudadano que puede útilmente
ser empleado para la República (…)
incluso en la parte de las relaciones exteriores
». Luego entonces no son sólo las
cualidades militares del general las que son
reconocidas. Sin duda alguna, Pontécoulant
sabe juzgar a los hombres…
Al cabo de
algunas semanas, Bonaparte ha agotado el encanto
de sus actividades burocráticas y sedentarias.
Empezando a aburrirse, solicita la dirección
de una misión a Constantinopla para reorganizar
el ejército otomano. Ya un « sueño
oriental », nacido de sus lecturas en
Briena, comienza a ocupar sus pensamientos.
La respuesta
se hace esperar. Para matar el tiempo, se aventura
a frecuentar algunos salones a la moda que le
abren sus funciones ministeriales. Su facha
lamentable, en la que sólo su mirada
llama la atención, no lo favorece. Al
menos en el salón de Madama Tallien –
Nuestra Dama de Termidor – conoce a la
« incomparable
Josefina ». Las relaciones que traba
en esos medios, hasta entonces totalmente desconocidos
por él, van a resultar ser muy útiles
en poco tiempo.
El 15 de septiembre
de 1795 se produce una sorpresa digna de una
farsa. Firmados el mismo día, dos decretos
contradictorios tratan de la orientación
que darle a la carrera del general Bonaparte.
El primero da satisfacción a su petición
de destacamento en el ejército turco
como jefe de misión. El segundo lo destituye
al susodicho borrándolo de la lista de
oficiales generales, « dado su rechazo
a presentarse en el puesto que le fue asignado
». Por supuesto, no se trata de una nueva
caída en desgracia de Bonaparte sino
del disfuncionamiento cacofónico de una
oficina del ministerio que lo ignora todo de
la actividad de los demás, fenómeno
bien conocido y, desafortunadamente, recurrente…
Se apresuran a anular la destitución.
En cuanto a la nominación en Turquía,
la precipitación de los eventos la volverá
caduca en menos de tres semanas…
Para la Convención,
el momento de la verdad ha en efecto llegado…
| 3
– BONAPARTE
PONE EN JAQUE AL PUTCH REALISTA |
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En ese inicio
de octubre de 1795, París está
en plena efervescencia.
La noticia del
desembarco del conde de Artois en la isla de
Yeu en los furgones del ejército inglés
ha echado a los realistas en una excitación
incontrolable. No vacilan en esparcirse en bandas
en las calles, los teatros y los cafés,
vociferando sus « ¡viva el rey!
». Los más inflamados son los muscadins
– « petimetres », esos jóvenes
elegantes que se distinguen por sus tenues excéntricas.
Con sus cadenettes (« cadenitas
», trenzas de cabellos que llevadas de
cada lado del rostro y que caen sobre el pecho)
y cuellos con los colores realistas, interpelan
a los paseantes, arengan a los espectadores
y abuchean a los consumidores, constriñéndolos
a gritar « ¡viva el rey! ».
Ahora ya se ha vuelto una costumbre, esa «
juventud dorada » se libra de paso a su
juego favorito derribando Árboles de
la Libertad y pisoteando escarapelas tricolores.
Es verdad que la Convención le ha proporcionado
a la oposición realista un argumento
inesperado, el inicuo Decreto de los Dos Tercios,
evocado precedentemente. Recordémoslo,
la Convención había decidido que
los dos tercios de los parlamentarios del Directorio
que va a sucederle, serían tomados de
él mismo. Esta medida no aparece dictada
más que por el interés egoísta
de conservar sinecuras. Ciertamente el pueblo
acababa de aprobarlo por referéndum,
pero una abstención de 80% volvía
su legalidad dudosa…
Más grave que los desbordes
de la « juventud dorada » es la
puesta en pie de guerra de las secciones realistas
de la capital, cuarenta y ocho en total. La
Convención tuvo la imprudencia de dejar
transformarse a esas asambleas de electores
en unidades de la Guardia Nacional, sólidamente
encuadradas y armadas. Establecida en el convento
de las Hijas San Tomás en el emplazamiento
actual de la Bolsa, la Sección Le Pelletier
constituye la punta de lanza de lo que hay que
llamar un ejército enemigo en el corazón
mismo de la capital.
La Convención
toma por fin consciencia del peligro realista
hasta entonces subestimado. Es demasiado tarde
para arrepentirse de haberle tenido demasiados
miramientos a esta oposición en detrimento
de los jacobinos. Ya es inútil lamentar
haber utilizado a la « juventud dorada
» para reprimir la revuelta « patriota
» de mayo. En este instante, la Convención
debe vencer la insurrección realista
que amenaza, o morir. Su determinación
se fundamenta sobre la legitimidad democrática.
Los realistas siguen siendo muy minoritarios
en el país. Su tentativa de tomar el
poder por las armas no es otra cosa que un putch
ordenado desde el extranjero.
Confrontados
a este desafío vital, los convencionales
tienen un sobresalto de valor y de dignidad.
Decretan reunirse permanentemente en su sala
de sesiones y resistir hasta la muerte en sus
escaños, armas en mano. Abriendo por
fin los ojos, la Convención hace un llamado
a los efectivos militares jacobinos a los que
había destituido para formar tres «
batallones de patriotas ». Confía
la defensa del régimen al general barón
Menou, aquel mismo que había reprimido
el levantamiento jacobino de mayo. Frente a
los aproximadamente treinta mil hombres de las
secciones realistas, Menou no dispone más
que de cinco mil soldados. La distracción
armada del oeste ha cumplido su papel plenamente.
La situación
no puede ser más crítica para
la Convención. El momento de la verdad
se produce el 12 de Vendimiario (4 de octubre
de 1795). A la sección Le Pelletier ha
venido a instalarse el Comité Militar
de las Secciones de la capital, dirigido por
Richer de Sérizy. El general Danican
es puesto a la cabeza de las tropas realistas.
Se proclama solemnemente ya no reconocer los
decretos de la Convención. Es una declaración
de guerra abierta al régimen que la Convención
evidentemente no puede tolerar, salvo a renunciar
a su existencia. Ordena al general Menou desarmar
a la Sección Le Pelletier y cerrar su
local. Los generales Desperrieres y Verdière
son previstos para secundarlo. Tres columnas
deben dar el asalto al caer la noche en el convento
de las Hijas Santo Tomás y de Nuestra
Dama de la Victorias. En el último momento
el general Desperrieres se declara enfermo y
el general Verdière no se mueve.
Al propio Menou
le falta firmeza. Se ha atribuido su laxismo
a sus orígenes aristocráticos
y a su simpatía por la causa realista.
Como sea, no aprovecha su superioridad militar
puntual para hacer uso de la fuerza. En vez
de atacar, parlamenta. Se retira tras la promesa
verbal de los insurgentes de dispersarse, sin
incautarles las armas como lo exigía
la misión que recibió.
 |
| Fracaso
del sitio de la Sección Le
Pelletier. Litografía
de la época. |
«
Menou avanzó con el representante
Laporte sobre la sección
Lepelletier. Ésta radicaba
en el convento de las Hijas Santo
Tomás (…) Menou apiñó
su infantería, su caballería,
sus cañones, en esta calle
[la rue Vivienne] y se puso en una
posición en la que habría
combatido penosamente, rodeado por
la multitud de seccionarios que
cerraban todas las salidas, y que
llenaban las ventanas de las casas.
Menou hizo rodar sus cañones
hasta la puerta del convento, y
entró con el representante
Laporte y un batallón en
la sala misma de la sección.
Los miembros de la sección,
en vez de estar formados en asamblea
deliberante, estaban armados, formados
en línea, teniendo a su presidente
a la cabeza: era el Sr. Delalot.
El general y el representante los
intimaron a rendir sus armas; ellos
se negaron. El presidente Delalot,
viendo la vacilación con
la que se hacia esta conminación,
respondió con ardor, habló
a los soldados de Menou oportunamente
y con presencia de ánimo,
y declaró que habría
que llegar a las últimas
extremidades para arrancarle las
armas a la sección. Combatir
en este espacio estrecho, o retirarse
para fulminar la sala a cañonazos,
era una alternativa dolorosa. Sin
embargo, si Menou hubiese hablado
con firmeza, y apuntado su artillería,
es dudoso que la resolución
de los seccionarios se hubiera mantenido
hasta el fin. Menou y Laporte prefirieron
una capitulación; prometieron
mandar retirar a las tropas convencionales,
a condición que la sección
se separara de inmediato; ésta
prometió o fingió
prometerlo. Una parte del batallón
desfiló como para retirarse.
Menou, por su lado, salió
con su tropa, e hizo dar media vuelta
a sus columnas que tuvieron dificultad
en atravesar la muchedumbre amasada
en los barrios cercanos ». |
Adolphe
Thiers, Historia de la revolución
francesa, vol. 7-9. «
Convención nacional (1795)
», pp. 62-63. |
|
Enardecida
por esta reculada, a la que considera como una
marca de la descomposición del régimen,
la Sección Le Pelletier llama entonces
a las demás secciones a unirse a ella
y a marchar sobre las Tullerías para
echar de ellas a la Convención. La capital
resuena con el redoble de los tambores de las
Secciones que baten la carga general sin interrupción.
La Convención parece perdida. Solo queda
la noche para encontrar una parada, el tiempo
que les es necesario a las Secciones para reunirse
alrededor de las Tullerías. Pero, dada
la relación de fuerzas de uno contra
seis, se necesitaría un milagro.
Hace un tiempo
espantoso, el viento disputándole la
preeminencia a la lluvia. Menou tiene un sobresalto
de energía hacia la media noche. Lanza
entonces una impetuosa caga de caballería
en la calle de la Grande Batelière que
despeja hasta el faubourg Montmartre. Gana de
esta forma un respiro precioso que no lo redime
totalmente de su falta precedente.
La Convención
le hace frente audazmente a esta situación
desesperada. Destituye a Menou y lo pone en
estado de arresto. Barras es nombrado comandante
en jefe del ejército del Interior, con
la misión de salvar a las instituciones
con la mayor energía.
¿Y Napoleón
Bonaparte en todo esto? Como si la providencia
hubiera velado especialmente por ello, él
se haya muy cerca de ahí, y lo que es
más, totalmente disponible. Su partida
para Constantinopla ha sido retrasada por razones
diversas. Su hora acaba de sonar… Cuando
los tambores realistas llaman a la insurrección,
Bonaparte asiste a una representación
en el teatro Feydeau, en el vecindario. Es bien
sabido que los parisinos nunca renuncian a sus
diversiones incluso en las horas más
críticas. El tumulto cercano le hace
adivinar que un evento capital está produciéndose.
Se dirige a la Convención y va a tomar
un lugar en una tribuna de la sala. Se le reconoce
y le hacen la señal de presentarse.
 |
| Ataque
de la Convención nacional,
jornada memorable del 13 de vendimiario.
Año 4° de la República
francesa |
El
12 de vendimiario (4 de octubre
de 1795), los insurgentes proyectan
rodear el palacio de las Tullerías,
sede de la Asamblea de la Convención
y del gobierno. Barras, comandante
en jefe del ejército del
Interior, está a cargo de
su represión. Esa tarde,
saliendo del teatro Feydeau en compañía
de Junot a quien conoció
durante el sitio de Tolón,
el general Bonaparte nota los aprestos
de los parisinos insurrectos contra
la Convención. No se hace
ninguna clase de ilusión
acerca de esas autoridades ineptas,
desacreditadas y corruptas: «¡Ah!
– le dice a su amigo –,
si las secciones me pusieran a su
cabeza, yo respondería de
ponerlas en dos horas en las Tullerías
y de echar de ellas a todos esos
miserables Convencionales».
Irónicamente, serán
Barras y sus acólitos quienes,
transidos de miedo, le pidan su
ayuda... El día siguiente,
5 de octubre à las 5 de la
mañana, es convocado por
Barras quien lo había notado
en el sitio de Tolón y elevado
al grado de general. Le pide actuar
sin demora. Bonaparte pide un cuarto
de hora de reflexión y, enseguida,
declara a Barras: «General,
acepto. Pero os prevengo que una
vez la espada fuera de la vaina,
no la volveré a guardar hasta
después de que haya restablecido
el orden». Grabado al aguafuerte
(1795) de Pierre Gabriel Berthault
(hacia 1748-1819) según Abraham
Girardet (1764-1823). |
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En el entorno
de Barras, por el momento preocupado por hacerse
de la mejor espada del momento, se hallan Turreau
y Fréron. Los tres han conocido al intrépido
« capitán cañón »
como comisarios de la Convención en el
sitio de Tolón, menos de dos años
antes. Se ponen de acuerdo para proponerle el
puesto de adjunto operacional de Barras. Éste
último le da tres minutos para reflexionar.
Hay que ser temerario para atreverse a aceptar
un desafío que parece perdido de antemano,
a riesgo de comprometer toda su carrera en un
golpe de suerte. Pero el general Bonaparte ya
ha tenido la oportunidad de mostrar que era
un jefe lúcido y responsable. Acepta
de entrada la misión imposible que le
es confiada. Ha tomado inmediatamente la medida
de la situación. Lo que está en
juego es nada menos que el salvamento de la
paz civil entre franceses haciendo prevalecer
el derecho por sobre la fuerza.
La victoria
de los realistas significaría el regreso
a las sangrientas convulsiones de la Revolución
de 89, de la cual tanto se sufre para extraerse.
En lo que concierne
la naturaleza del enfrentamiento, no se trata
de reprimir un motín popular, lo cual
repugna a un verdadero soldado como Bonaparte,
sino de librar una verdadera batalla entre unidades
con uniformes. Que el combate se lleve a cabo
en las calles de una gran ciudad en vez de en
un campo de batalla ordinario, no cambia nada
al aspecto ético de las cosas. Notemos
de paso que el 13 de Vendimiario puede ser considerado
como la primera batalla callejera de la Historia
de la guerra.
En cuanto al
hándicap de la aplastante inferioridad
numérica, no es en absoluto de naturaleza
a desalentar a un Napoleón Bonaparte
que nunca se siente tan a gusto como en esta
postura. Lo demostrará en unas horas,
como enseguida a lo largo de su carrera militar
de leyenda.
La aceptación
de Bonaparte es acompañada sin embargo
por una condición imperativa: exige campo
libre. No quiere oír hablar de supervisión
alguna de su acción por comisarios políticos,
esos habituales inútiles que se las dan
de muy necesarios, las más veces nocivos.
En la situación desesperada en la que
se encuentra, nadie se aventura a contestar
la plenitud de su mando.
En tanto que
artillero curtido, Bonaparte juzga al primer
vistazo que la inversión de la relación
de fuerzas no puede venir más que del
empleo potente, oportuno y preciso de los fuegos
de artillería, con bolas de cañón
o a la metralla. A Menou no se le ocurrió
en lo más mínimo. Al menos, a
petición de su sucesor, indica la existencia
de un parque de cuarenta cañones en la
llanura de Sablons. Hay que tomar posesión
de ellos inaplazablemente, antes que los realistas.
En esta primera
hora del 13 de Vendimiario, Bonaparte reúne
rápidamente a algunos colaboradores.
En su entorno inmediato, le llama la atención
un soberbio jefe de escuadrones del 21°
Regimiento de Cazadores, de aspecto más
bien seguro de sí mismo. Lo llama y le
pregunta su nombre; « Murat », se
oye decir. Juzgar a un hombre de entrada es
la cualidad primera de Bonaparte. A aquel lo
estima apto para cumplir con la misión
decisiva que le confía. Con un tono tajante
como una cuchilla, le asesta la orden siguiente,
no admitiendo réplica alguna: «
Murat, tomad doscientos
caballos, id de inmediato a la planicie de Sablons.
Traedme las cuarenta piezas y el parque. ¡Que
estén ahí! ¡Abríos
paso a punta de sable si es preciso, pero traedlos!
» Y, ante la actitud un tanto desenvuelta
de aquel que se convertirá en un esgrimidor
de sable legendario, añade con un tono
aún más perentorio: « Me
responderéis por ello. ¡Partid!
».
Murat cumple con su misión con el mayor
celo. Se anticipa por poco a los seccionarios
que por supuesto han pensado en la misma operación.
Para él también es el primer acto
de una carrera fenomenal.
El estado mayor
improvisado por Bonaparte queda inmediatamente
fascinado por la autoridad y el espíritu
de decisión de su nuevo jefe. Como lo
contará un testigo, los oficiales que
asisten a esta toma de mando en el fuego de
la acción « miran estupefactos
agitarse a este hombrecito cuyo desorden en
su aseo, sus largos cabellos colgantes y lo
vetusto de sus traíllas, revelaban todavía
la miseria ».
La propia Convención
se siente tranquilizada por la energía
radiante de aquel de quien desde ahora depende
su supervivencia.
Bonaparte hace
completar el equipamiento individual de los
parlamentarios. Se oye en ese instante al presidente
Legendre pronunciar estas palabras históricas:
« ¡Recibamos la muerte con la audacia
que pertenece a los amigos de la Libertad! ».
Se le puede reprochar muchas cosas a la Convención,
salvo haber carecido de valor en el momento
del peligro.
Durante toda
la noche, se organiza un reducto de resistencia.
Bonaparte está por doquier, escogiendo
en persona el emplazamiento de las piezas de
artillería. Para darle confianza a los
que van a batirse, ya sabe que hay que mostrarse
entre ellos en primera línea.
Hacia las cinco de la mañana, los seccionarios
se escurren en el hotel de Noailles y disparan
contra la escalera de entrada de las Tullerías.
En el mismo instante, una columna de infantería
trata de apoderarse del Puente Real (Pont Royal).
Este primer ataque es rápidamente rechazado.
Se pasa el resto de la noche acabando los dispositivos,
de un lado como del otro.
El ataque en
fuerza de los seccionarios llega al final de
la mañana. Las disposiciones tomadas
por Bonaparte, en especial el empleo juicioso
de los cañones, van a demostrar ser de
una temible eficacia, invirtiendo el equilibrio
de las fuerzas. El enfrentamiento es encarnizado
y sangriento, cuerpo a cuerpo donde los cañones
no pueden intervenir. Bonaparte se mantiene
en los puestos avanzados,
comandando los más de cerca posible,
como no dejará de hacerlo. Su caballo
es muerto bajo de él pero éste
último sale indemne.
Después
de haber contenido el asalto de los seccionarios,
Bonaparte pasa al contraataque, su procedimiento
táctico predilecto.
 |
| Bonaparte
manda disparar con metralla sobre
los seccionarios. El 13 de vendimiario
del año IV (5 de octubre de
1795). |
|
Habiendo hecho traer por Murat,
entonces jefe de escuadrón,
parque y cañones de la llanura
de Sablons en las Tullerías,
el general Bonaparte manda colocarlos
en las extremidades de todas las
calles que conducen a la Convención
y hace ametrallar a los insurgentes
realistas en las escaleras de la
iglesia San Roque (Saint-Roch),
obligándolos a huir en desbandada
ante tan enérgica arremetida.
Bonaparte se convierte desde ese
día en el « General
Vendimiario », comandante
en jefe del ejército del
Interior en remplazo de Barras quien
hace su entrada al Directorio. La
iglesia San Roque de París
à París conservó
hasta el reciente remozo de su fachada,
a principios de los años
2000, las huellas de la ametrallada
del 5 de octubre de 1795, por desgracia
disimuladas tras los trabajos de
restauración. Dibujo a la
pluma de Jean-Édouard Dargent,
llamado Yan’ Dargent (1824-1899). |
|
Demos aquí
la palabra al barón Thiébault,
testigo directo: « El general mandó
colocar dos piezas de ocho en la calle rue Neuve
Saint-Roch, en frente de la iglesia. El tiro
de bolas de cañón enfila la calle.
Los cañones habiendo de tal suerte derribado
o apartado todo lo que se había hallado
a la vista, mil hombres del batallón
de los patriotas, seguido por un batallón
de línea, desembocan del callejón
sin salida y abordan a los de los seccionarios
que se encuentran todavía frente al portal
y que ocupan la calle Saint-Honoré. El
choque es violento, se combate cuerpo a cuerpo.
Nuestras tropas sin embargo ganan terreno. Seis
piezas de artillería son pronto puestas
en batería, tres a la derecha, tres a
la izquierda del callejón sin salida,
y acaban de poner en desorden a los seccionarios,
quienes, a toda prisa, se retiran hacia la plaza
Vendôme y el Palacio Real (Palais-Royal).
El combate es dirigido por el general Bonaparte
en persona ».
Entre tanto,
las Tullerías ofrecen un espectáculo
surrealista. El vestíbulo y la planta
baja han sido transformados en hospital de campaña.
Cirujanos se afanan alrededor de heridos tendidos
sobre paja. Enfermeras improvisadas los asisten.
Son esposas o hijas de Convencionales venidas
para compartir la suerte de sus maridos o padres.
Siempre según el barón Thiébault,
« era a la vez un Senado, un gobierno,
un cuartel general, un hospital, un campo, un
vivaque ».
La retirada
desordenada de los seccionarios consume su derrota
total. Ya no se oirá hablar más
de ellos.
En esta jornada
del 13 de Vendimiario, dos horas bastaron a
Bonaparte para darle vuelta al curso de la Historia
de Francia. El desmoronamiento brutal de la
insurrección realista prueba, por si
fuera necesario, que no reposaba sobre ningún
cimiento popular y democrático.
Esta victoria
costó 300 muertes. ¡Es mucho! ¿Pero
qué es en comparación con la guerra
civil que no habría dejado de estallar
en caso de éxito de los realistas?
Frente
a la Convención, los parlamentarios
aliviados acuden para felicitar a su salvador.
En la sala de sesiones, se le brinda una
ovación. En ese día memorable,
Bonaparte se convierte en un héroe
nacional. Su popularidad sube como una
flecha tanto en el pueblo como en los
círculos políticos. El 16
de octubre, es promovido general de División
a los 26 años. Diez días
más tarde, interviene su nominación
de Comandante del Ejército del
Interior, remplazando a Barras, vuelto
uno de los cinco Directores. Es hacia
él una innegable marca de confianza
del Directorio, nueva y frágil
institución del país…
En unos
meses será nombrado a la cabeza
del ejército de Italia, primer
vuelo del Águila…
El 13
de Vendimiario, Napoleón Bonaparte
ha probado de la manera más brillante
su indefectible apego a la República.
No desistirá más de ella
hasta su último aliento…
Del 13
de Vendimiario data el odio implacable
de los realistas por Napoleón Bonaparte.
Creyeron desvalorizarlo aquel día
bautizándolo con el apodo de «general
Vendimiario». Bonaparte les replicó:
« ¡Aprecio
el título de general Vendimiario,
será en el futuro mi primer título
de gloria! ».
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El
Directorio
Paul Barras en su atavío
de Director, y a la derecha,
Louis Marie de La Revellière-Lépeaux
en traje de presidente
del Directorio. |
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Casaperta, Septiembre
de 2005.