Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
LAS « MASAS DE GRANITO »
DE LA HISTORIOGRAFÍA NAPOLEÓNICA
El triunfo del Emperador
La Victoria corona a Napoleón I, mientras el Renombre difunde sus grandes hazañas y la Historia las publica. A sus pies, Francia agradecida. Alto-relieve en el Arco de Triunfo, por Jean-Pierre Cortot (1787-1843); detalle.

Por el general (2S)

MICHEL FRANCESCHI
Comendador de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico México-Francia

El General Michel Franceschi, Consultor Militar Especial del INMF.
El General Franceschi
Traducción al castellano de Alain Arnaud Bobadilla. Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« Malhaya la reputación del príncipe a quien sobrevive su enemigo »
Montesquieu.

Ben Weider (1923-2008)
PRESENTACIÓN GENERAL
Instituto Napoleónico México-Francia.
Por el Dr. Ben Weider (1923-2008)
Fundador de la Sociedad Napoleónica Internacional
Presidente del Comité científico del Instituto Napoleónico México-Francia
« Las grandes obras que he ejecutado y el código de leyes que he formado resistirán a la prueba del tiempo, y los futuros historiadores vengarán los entuertos que me harán hecho sufrir mis contemporáneos ».
Napoleón en Santa Helena.

Con este nuevo ensayo, el general Michel Franceschi cambia radicalmente de escala. Sus precedentes crónicas napoleónicas han constituido ilustraciones sobre cuestiones precisas, tales como el 13 de Vendimiario, la campaña de Egipto, el 18 de Brumario, el asunto del duque de Enghien, Austerlitz y Napoleón y los judíos.
En el presente ensayo, abraza el conjunto de la historiografía napoleónica en una síntesis compacta, luminosa y convincente. Se trata de hecho de una introducción general a la historia de Napoleón.
Como si nada, el general Franceschi nos otorga aquí un remarcable preciso pedagógico, llave de una correcta lectura de esta página incomparable de la historia de Francia. Todos aquellos que aspiren a liberarse de la dictadura de un pensamiento único históricamente correcto encontrarán en él una preciosa guía de reflexión.
Retomando con brillo la antorcha de eminentes historiadores olvidados, fustiga sin ambages los contrasentidos, mentiras y calumnias que falsifican hoy la historia de Napoleón.
Después de haber acorralado lo que él llama « los fantasmas » que hechizan la mente de demasiados historiadores que toman sus deseos por realidades, hace emerger de un análisis al escalpelo los fundamentos indiscutibles de una historia seria de Napoleón.
A los procesos de intención que contaminan la memoria del gran hombre, substituye las implacables realidades del momento, atizadas por todos los nostálgicos de un mundo superado.
Vuelve a colocar la epopeya napoleónica en el marco del enfrentamiento ideológico despiadado en el que tuvo que batirse heroicamente una Francia pionera de los derechos del hombre y de la soberanía del pueblo.
Confrontada casi sin discontinuidad durante veinticinco años a la jauría llena de odio de todos los conservadurismos políticos y sociológicos, la gesta napoleónica, llevada por toda una Nación entusiasta, es de hecho el alumbramiento doloroso del mundo moderno.
Un estilo límpido y preciso como de costumbre hace fácil y agradable la lectura de esta obra mayor. Una rica y pertinente iconografía ilumina sus páginas.
En definitiva, este ensayo magistral constituye la quintaesencia del pensamiento histórico de la Sociedad Napoleónica Internacional y del Instituto Napoleónico México-Francia.
Así, insisto una vez más en congratular y agradecer calurosamente al general Franceschi por esta nueva contribución determinante para el conocimiento de Napoleón.

Este ensayo fue terminado unos días antes del muy lamentado fallecimiento del presidente Ben Weider.
Está enteramente dedicado a su memoria.

A tal señor tal honor; el título de este ensayo toma prestada al propio Napoleón la expresión « masas de granito », utilizada para expresar la solidez de su obra civil.

La Francia de la Revolución y del Imperio resistió durante 23 años a 7 coaliciones armadas, fomentadas por los conservadores del orden medieval establecido. A su gran pesar, la caída del Imperio provocó el surgimiento de una fabulosa leyenda planetaria, triunfo póstumo de Napoleón. Sus enemigos hereditarios emprendieron entonces una octava coalición literaria y mediática apuntando a aniquilar su reputación. Para parafrasear a Clausewitz que escribió que « la guerra es la continuación de la política por otros medios », éstos conciben la historia como la continuación de la guerra por otros medios.
Es así como desde el final del segundo conflicto mundial fue minuciosamente elaborada una historia convenida, casi oficial, fundamentada sobre la denigración sistemática de Napoleón.
Nuestras investigaciones históricas nos han revelado que una profunda injusticia golpeaba la memoria del gran hombre, a menudo difamado, a veces injuriado. Así pues, hemos creído que nuestro deber es revestir la toga del abogado para defender su causa ante el tribunal de la historia.

Comenzaremos llamando a la barandilla de los testigos a dos personajes de renombre. El primero es el célebre Jules Michelet, cuyo testimonio tiene tanto más valor cuanto que emana de un detractor feroz de Napoleón. Se expresa así: «Napoleón es ciertamente el más difícil de la Historia, el más obscuro en pleno sol por la cantidad de los espejismos y de los falsos fulgores que han extraviado a las mentes».
¿No insinúa esta confesión de Michelet que la historia convenida de Napoleón no es más que una engañifa? Subrayemos las expresiones «espejismos», «falsos fulgores» y «extravíos de las mentes». Esta honesta y edificante confesión de Michelet revela las graves derivas de las que es víctima la historia de Napoleón.

Jules Michelet (1789-1874)
Numa-D. Fustel de Coulanges (1830-1889)

Nuestro segundo testigo, Fustel de Coulanges, chantre del rigor intelectual, será nuestro experto en historiografía. Su deposición es sin apelación posible: « Los historiadores extranjeros más hostiles a Napoleón no tienen necesidad de inventar calumnias e injurias, no tienen más que copiar las nuestras. »

Tomando a la letra a Michelet, fuimos hasta el fondo de las cosas y nos libramos a un número de exorcismo de los « espejismos » engañosos de este periodo determinante de la historia de Francia. Así fue como hicimos salir los fantasmas que hechizan la historia de Napoleón, erigidos cual dogmas a fuerza de ser machacados por manuales de enseñanza e historiadores comprometidos. De esa manera extrajimos del halo de los « falsos fulgores » que los enmascaran y « extravían las mentes » los datos ineludibles de la historiografía napoleónica.

El cuestionamiento de múltiples ideas preconcebidas que va a seguir no dejará de sorprender a más de uno. Nuestra temeridad al desafiar una corriente histórica establecida, políticamente correcta, no busca ni efecto publicitario ni aún de originalidad. Nuestra manera de proceder se inscribe con toda simplicidad en la línea de grandes historiadores hoy olvidados, tales como Arthur Lévy, Albert Sorel, Édouard Driault, Paul de Cassagnac, Louis Madelin, Octave Aubry, Frédéric Masson, André Latreille, y tantos otros todavía.
Igual número de cofrades extranjeros les hacen compañía. Que todos hallen aquí nuestro respetuoso homenaje.

 

I– LOS FANTASMAS DE LA HISTORIOGRAFÍA NAPOLEÓNICA

Hemos identificado tres principales de ellos:

-------------------------------------- La calumnia del guerrero sediento de sangre.
-------------------------------------- La afabulación del conquistador insaciable.
-------------------------------------- La trivialidad inoxidable del déspota megalómano.

En el volumen de este opúsculo, no podemos más que limitarnos a lo esencial, refiriendo ocasionalmente al lector a otros textos.

 

1 – LA CALUMNIA DEL GUERRERO SEDIENTO DE SANGRE

« La paz es la primera de las necesidades y la primera de las glorias »

Así se expresa Bonaparte desde su accesión al poder en una carta dirigida al rey de Inglaterra Jorge III. Esta noble máxima constituye la quintaesencia de toda la política de Napoleón.
Es bajo los rasgos de un « ogro corso » sediento de sangre como se presenta frecuentemente a Napoleón.
Nunca cesó de defenderse a sí mismo en contra de esta acusación, hasta su último aliento en Santa Helena: « ¿Se me acusará de haber amado demasiado la guerra? El historiador mostrará que siempre fui atacado. »

La personalidad abrupta de Napoleón ocultaba paradójicamente una gran sensibilidad que él manifestaba en todas las circunstancias de su vida, particularmente frente al horror de los campos de batalla donde no vacilaba en dispensar con su propia mano cuidados a los heridos, ya fueran amigos o enemigos. Los testimonios más diversos atestan esta disposición de su naturaleza profunda, entre ellos el de Laure Junot, duquesa de Abrantés, quien lo frecuentó por largo tiempo en su vida cotidiana: « Quien no vio a Napoleón bajo la influencia de sus emociones interiores, causadas por penas o alegrías domésticas, no lo conoció como es debido ».

Escuchemos esta confidencia del Emperador hecha a Roederer: « Hay en mi dos hombres distintos: el hombre de la cabeza y el hombre del corazón. En mi interior, soy el hombre del corazón. »

Napoleón quedó traumatizado de por vida por las atrocidades de la Revolución, en especial por la insostenible masacre de los guardias suizos en las Tullerías, de la que fue testigo impotente el 10 de agosto de 1792. Ese día contrajo una feroz alergia a cualquier forma de violencia popular incontrolada y a todo tipo de sistema de gobierno extremista.

Conocemos múltiples ejemplos de su sensibilidad de alma. No cesará de mostrar un asco no fingido ante el espectáculo insostenible de los campos de batalla tras las hostilidades. En Austerlitz, expresará el profundo sufrimiento que siente ante la muerte de tantos humildes soldados, sin importar que fueran franceses o enemigos. « Ojalá que tanta desdicha pueda recaer al fin sobre los pérfidos insulares que son la causa de ella. »

Su horror de la guerra le hizo cometer al menos en tres ocasiones una misma grave falta estratégica. En Wagram, en la Moskova, y después de Bautzen, a pesar de los reproches de sus mariscales, renuncia a la persecución del vencido para detener la efusión de sangre. « ¡Basta de sangre vertida! », exclama después de Wagram. En estas tres circunstancias, contravino intencionadamente su inmutable objetivo de guerra que consistía en desbaratar al ejército del enemigo para disuadirlo de recomenzar la guerra.

NAPOLEÓN, UN NO VIOLENTO MUY AMENAZADO
William Pitt (1755–1824)
Por Thomas Gainsborough (1727–1788).
 
El conde de Artois (1757–1836)
Por Henri-Pierre Danloux (1753-1809).
 

Atentado de la Calle Saint-Nicaise, el 24 de diciembre de 1800
Comanditado por los realistas, este atentado fallido consistió en la explosión de una carreta repleta de explosivos colocada en la ruta de Napoleón a la ópera. La máquina infernal estalló dos minutos después del paso del Primer Cónsul, hiriendo y matando a decenas de inocentes. Entre ellos, una niñita hecha pedazos a la que uno de los terroristas había cobardemente confiado la guardia del caballo que tiraba del vehículo.

 
Gracia otorgada a Madama de Polignac para su marido, cómplice de tentativa de asesinato contra la persona de Napoleón
 
La Muerte del Mariscal Lannes, duque de Montebello
Óleo de Pierre-Narcisse Guérin (1774-1833 ). Museo de bellas artes de Valenciennes.
 

 

Visitando el campo de batalla de la abominable carnicería de Eylau que no pudo evitar, las lágrimas que escurren sobre sus mejillas no pasan desapercibidas para el general Billon, testigo que lo oye decir: « ¡Qué masacre, y para qué resultado! Espectáculo bien hecho para inspirar a los príncipes el amor de la paz y el horror de la guerra (…) Un padre que pierde a sus hijos no saborea ningún encanto de la victoria. Cuando el corazón habla, la gloria misma no tiene ya más ilusiones… ».
Las muertes en combate de sus generales Desaix, Lannes y Duroc lo devastaron durante horas.

Durante los Cien Días, se desmayó de impresión ante la noticia del suicidio de Berthier, su jefe de Estado mayor de siempre que sin embargo lo abandonó, si no es que lo traicionó. Vive un inmenso pesar al no encontrar a su regreso de la isla de Elba a su hijo de cuatro años, el trágico Aguilucho, el cual se le ha inhumanamente raptado. Se esfuerza por no dejar que se note nada, pero Carnot lo sorprende en lágrimas frente al retrato del infante. Ni se le ocurre por cierto tratar de intercambiarlo por el duque de Angoulême, al que tiene a su merced en el mismo momento en el valle del Ródano. Este procedimiento de gánster repugna a su moral. Hasta su muerte, vivirá como un suplicio el desarraigo de su hijo a su afección.

No eludiremos el episodio de la espantosa masacre de prisioneros otomanos en Jaffa en marzo de 1799 en el transcurso de la campaña de Egipto. Derivada de un horroroso malentendido e ineluctable en un contexto de enfrentamiento bárbaro, esta horrible decisión se impuso cruelmente a Bonaparte contra su consciencia. Al menos fue tomada tras una larga concertación de tres días con sus generales.

Aún cuando sus enemigos en el interior y en el exterior se encarnizaron buscando su eliminación física, Napoleón siempre rechazó los ofrecimientos tentadores de asesinos a sueldo que le habrían fácilmente librado de ellos. He aquí lo que escribe en la tercera persona al margen del misterioso «Manuscrito remitido de la isla de Santa Helena» que le llegó allí clandestinamente: « Napoleón nunca cometió crímenes. ¿Qué crimen hubiese sido más provechoso para él que el asesinato del conde de Lille y del conde de Artois? Algunos aventureros propusieron varias veces encargarse de ello: aquello no hubiera costado dos millones. Fueron rechazados con desprecio e indignación. Y, en efecto, nunca tentativa alguna tuvo lugar contra la vida de esos príncipes. Unas manos acostumbradas a ganar batallas con la espada nunca se mancillaron por la cobardía y el crimen, incluso bajo el vano pretexto de la utilidad pública, máxima horrible que, en todo tiempo, fue la de las cobardes oligarquías, y que desaprueban la religión, la civilización europea y el honor. »
« Nada puede autorizar la crueldad, nada puede legitimar el crimen », replicó al cínico Fouché quien cuenta esta confesión edificante de Napoleón. ¡«Mi elevación no tiene precedente porque no estuvo acompañada de ningún crimen de sangre» enorgullécese en Santa Helena!
Napoleón el corso nunca se rebajó a practicar la « vendetta ». En Tilsitt, donde tenía al zar a su merced, se negó a exigir la cabeza de Pozzo di Borgo, conciudadano pasado al servicio de los rusos, quien construyó una brillante carrera sobre su profundo odio hacia Napoleón.

Contrariamente a una idea históricamente correcta, Napoleón no ordenó la ejecución del duque de Enghien. La gravísima acusación de asesinato proferida contra él es perfectamente embustera. No obstante, historiadores con reputación de seriedad – pensamos en particular en Jacques Bainville – la validan, lo cual indica cuánto puede la historia ceder a la subjetividad, cómodo eufemismo. Pues, por poco que uno se concentre en este evento con un mínimo de honestidad intelectual, es forzoso admitir que Napoleón es víctima de una grave difamación y la historia de una grosera manipulación. El duque de Enghien fue condenado a muerte al término de un procedimiento judicial legal. Fue establecido que Napoleón tenía la firme intención de acordarle el perdón, pero fue engañado por los regicidas de su gobierno, en especial Talleyrand, Fouché y Savary, quienes precipitaron la ejecución de la sentencia para impedirle caer en cualquier tentación de restauración monárquica, a la manera de Monck en Inglaterra. En la mente de Napoleón, el perdón del duque de Enghien era una carta maestra en su política de reconciliación de los franceses. Los canallas en potencia de su entorno cercano lo privaron ignominiosamente de ella. Contrariamente a lo que se admite comúnmente, Napoleón no « confesó » este « crimen » en su testamento. Tan sólo reivindicó la responsabilidad del arresto y del juicio legítimos del culpable, pero no de su ejecución expedita. ¡Hay que dejar de indignarse más de la medida contra esta ejecución! Las del legendario mariscal Ney o del bravo Labédoyère deberían suscitar más indignación. Ellos al menos nunca combatieron contra Francia en las filas de los ejércitos enemigos.

Los criminales deben más bien buscarse del lado de los enemigos de Francia y de sus colaboradores franceses del partido del extranjero. Puede afirmarse que el gabinete británico, y Pitt en particular, practicaron lo que se llama hoy en día el crimen de estado. Su voluntad criminal, compartida con el conde de Artois, nunca se desmintió hasta el día del envenenamiento de Napoleón en Santa Helena, hoy científicamente probado.

Acordémonos igualmente del horrible asesinato del zar Pablo I, con la complicidad al menos tácita de su propio hijo, el futuro Alejandro I, porque se había vuelto favorable a Napoleón.

En el transcurso de su reinado, Napoleón concedió múltiples perdones a condenados a muerte y manifestó una indulgencia excesiva hacia los traidores de alto rango de su entorno. Deplorando esta flaqueza, algunos pretenden que habría acabado por triunfar si hubiera sido realmente sanguinario. Él mismo estuvo de acuerdo con ello en Santa Helena.
Prefirió abdicar dos veces para evitar las olas de sangre de una guerra civil.

¿Es necesario recordar que en el ámbito interior su reinado fue un oasis de paz entre el terror revolucionario y el « terror blanco » de la restauración?

El origen del mito sanguinario reside en la sucesión prácticamente ininterrumpida de las guerras acaecidas durante el Imperio. Pero un examen riguroso muestra que todas sin excepción fueron impuestas a la Francia nueva que había que abatir a cualquier precio. Esta tesis del pensamiento pacífico de Napoleón ya ha sido sostenida en el pasado por los historiadores ya citados. Incluso el gran historiador realista Bainville la admitió (1).

Desde la primera campaña de Italia, Bonaparte mostró su repugnancia por la guerra a ultranza. Contraviniendo las instrucciones del Directorio por su cuenta y riesgo, se detuvo en las puertas de Viena desde el momento en que Austria consintió al armisticio de Campoformio, limitando así el derramamiento de sangre.
En una carta célebre dirigida a su adversario el archiduque Carlos, le implora concluir un armisticio: « Señor general en jefe (…) esta campaña se anuncia con presagios siniestros. Cualquiera que sea su desenlace, mataremos en ambos bandos algunos miles de hombres más, y será preciso que acabemos por entendernos (…) En cuanto a mí, si la apertura que tengo el honor de haceros puede salvar la vida a un solo hombre, me estimaré más orgulloso de la corona cívica que me hallaré haber merecido, que de la triste gloria que puede derivar de éxitos militares ».

UN GENIO MILITAR PRENDADO DE PAZ
La inmensa esperanza: La Paz de Amiens, 25 de marzo de 1802
Cuadro de Anatole Devosges ((1770-1850) ). Museo Frédéric Masson.
 
Los beneficios de la Paz
Imagen popular de la época
 
El día siguiente de Austerlitz, el vencedor le tiende la mano al agresor vencido:
Entrevista de Napoleón I y de Francisco II en Sarutschitz, en Moravia, después de la batalla de Austerlitz, el 4 de diciembre de 1805
Óleo del barón Antoine-Jean Gros (1771-1835). Museo del Castillo de Versalles.
 
Entrevista de Napoleón y de Alejandro I en el Niemen
Óleo de Adolphe Roehn (1780-1867). Museo del Castillo de Versalles.
 

 

Más tarde en Austerlitz, en Wagram y en la Moskova, contra la opinión de sus generales, interrumpió la liquidación total del enemigo por la misma razón, exclamando « ¡Basta de sangre derramada! ».

No obstante vencedor en todos aspectos, consintió el 4 de junio de 1813 esa farsa que fue el célebre armisticio de Pleiswitz, como prenda de última tentativa de una paz que sus enemigos vencidos rechazaron, a pesar de todas sus concesiones.

Pero si Napoleón no declaró ninguna guerra, las ganó casi todas, dando así la apariencia de un botafuego. Se ha subestimado su admirable obra de paz de Primer Cónsul, quien firmó dieciséis tratados o convenciones de paz entre 1800 y 1803.
Durante el mismo periodo, pacificó Francia, reconciliando a los franceses alzados unos contra otros por la Revolución. Concedió la «paz de los corazones» a los emigrados arrepentidos, la « paz de los bravos » a los valientes chuanes instrumentalizados, y la « paz de las almas » del prodigioso Concordato a los Cristianos heridos por los excesos antirreligiosos.

Pero el reinicio de la guerra exterior era ineluctable, a pesar de la buena voluntad pacífica del Emperador. Desde su advenimiento, Napoleón ya estaba condenado a la guerra a perpetuidad.
El desconocimiento, real o fingido, de esta trágica realidad, es la base de muchos errores de juicio acerca de Napoleón.

La Revolución había engendrado una situación bélica implacable, añadiendo a las querellas del pasado un descalabro político y social sin precedente.
Todas las guerras del Imperio hallan su explicación en tres causas esenciales:

1 - la sed de revancha de los vencidos de las guerras anteriores.
2 – la implacable y milenaria rivalidad franco-británica por la hegemonía mundial. Socia capitalista de todas las guerras, la próspera Inglaterra no dejará de ser el alma y el catalizador de la hostilidad hacia Francia. Entre 1793 y 1815 pagó a los coaligados 270 millones de francos-oro para alimentar la cruzada a ultranza contra Francia.
3 - y sobre todo la inflexible hostilidad de los monarcas absolutos de Europa hacia el concepto de soberanía del pueblo, promovido por la Francia de la Revolución y consagrado por Napoleón.

Desde la conferencia de Amberes del 6 de abril de 1793, Lord Auckland había declarado en nombre de Inglaterra que era « preciso reducir verdaderamente a Francia a nada políticamente ».
¡No se puede ser más explícito!
Sobrepujando, el austriaco Mercy-Argenteau deseó « aplastar a Francia por medio del terror, exterminando a una gran porción de la parte activa y la cuasi totalidad de la parte dirigente de la nación ». ¡Nada menos! Su compatriota Thugut incluso propuso un pasmoso reparto de los despojos: a Inglaterra Dunkerque y las colonias, a Austria Flandes y el Artois, a Prusia Alsacia y Lorena. Una variante insólita consistía en dar Alsacia y Lorena al duque de Baviera, a cambio de su ducado reunido a Austria.
Este odio visceral de los representantes de Austria debe mucho a la decapitación de la reina María Antonieta, princesa austriaca, por la Revolución.
Rusia debe servirse en Polonia. Su plenipotenciario Markov resumió muy bien el objetivo de guerra de los coaligados, que éstos llevarían a cabo con una implacable determinación hasta Waterloo: « Podemos permitirnos todo en la empresa contra Francia. Hay que destruir la anarquía que existe ahí. Hay que impedirle recobrar su antigua preponderancia. Parece que estos dos objetivos pueden ejecutarse muy bien a la vez. Apoderémonos de las provincias francesas que sean de nuestra conveniencia (…). Una vez logrado esto, trabajemos todos de común acuerdo para dar a lo que quede de Francia un gobierno monárquico estable y permanente. Se convertirá en una potencia de segundo orden que ya no será temible para nadie y haremos desaparecer de Europa el foco de democracia que pensó abrasar a Europa ».
Este extracto lleno de brío bien merecía una larga cita. Define sin rodeos la verdadera naturaleza del conflicto en curso: se trata del primer gran enfrentamiento ideológico de la historia contemporánea.

¿Cómo puede creerse un solo instante en el reparto de las responsabilidades en la ruptura de la paz de Amiens en 1803? El gabinete británico declaró la víspera con un cinismo no disimulado « La conservación de una paz que deja a cada nación la libertad de regular a su voluntad su comercio es una conspiración europea contra el poderío inglés. Sólo la guerra, que nos permite una navegación exclusiva, nos libera de una competencia que es nuestra ruina ».

El embajador de Rusia en Londres en 1803, Voronzov, plasmó en estos términos el testimonio edificante de un diplomático bien informado: « El sistema del gabinete inglés será siempre aniquilar a Francia como su único rival, y reinar enseguida despóticamente sobre el universo entero ».

El Emperador Napoleón no existe todavía en 1803. Los autócratas europeos mentirán descaradamente más tarde cuando pretendan insidiosamente no tener nada más que contra la persona del Emperador Napoleón y no contra Francia, soñando cándidamente apartarlo de su pueblo.

Así pues, diez años después de su primera conferencia, el odio de los monarcas europeos no se atenuó en absoluto, muy al contrario. Los monarcas de derecho divino tiemblan más que nunca sobre sus tronos tambaleantes. Para salvar su régimen, les es preciso a toda costa extirpar « el mal francés » desde la raíz, sofocar de una vez por todas la Revolución, volver a meter al pueblo francés en cintura con el fin de que ningún otro pueblo tenga ganas de imitarlo.

Un diplomático curtido, el conde de Hauterive, expresa entonces perfectamente el carácter inexorable del enfrentamiento entre la Europa de la monarquía absolutista y la Francia nueva: « Es preciso que una mate a la otra. Es necesario, o que Francia perezca, o que destrone a suficientes reyes para que lo que quede no pueda componer una coalición. La coalición habrá destruido al Imperio francés el día en que lo haya hecho recular, pues, en esta marcha uno no se detiene ». Palabras premonitorias…

EL GRAN ARQUITECTO DE LA FRANCIA MODERNA
Instalación del Consejo de Estado en el palacio del Pequeño Luxemburgo, el 25 de diciembre de 1799. Bonaparte, Cambacerés y Lebrun recibiendo los juramentos de los presidentes
Óleo de Auguste Couder, 1856. Museo del Castillo de Versalles.
 
Código Civil de los franceses
Ejemplar que perteneció al Emperador Napoleón.
 
Fundación de la Universidad
Aquí vemos la antigua fachada, hoy inexistente, del Liceo Napoleón, hoy Colegio Condorcet, fundado en 1803, y cuyas aulas han visto pasar a personalidades como Stéphane Mallarmé, Paul Verlaine, Marcel Proust, Eugène Labiche, Georges Vallès, Jean Cocteau, Alfred de Vigny, Paul Valéry, Louis Renault, André Citroën, Henri de Toulouse-Lautrec, Victor Schoelcher, Paul Desjardins, Bergson, Bonnard, Vuillard, Poulenc, Nadar, Cartier-Bresson, etc.
 
Desarrollo económico
Un proyecto avalado por la ley del 29 de floreal del año X (19 de mayo de 1802 ) decidía la creación de un canal de derivación del Ourcq hasta una cuenca cercana a La Villette; posteriormente, en marzo de 1805, el Emperador Napoleón crea los canales de Saint-Martin, de Saint-Denis y del Ourcq. Éste último (en nuestra imagen) permite llevar agua potable a París y crear un conjunto de canales que permiten cortar un bucle del Sena y evitar la travesía de la capital, conforme a un proyecto presentado en 1785 por Jean-Pierre Brullé.
 

 

De 1789 a 1815, la feroz voluntad de las monarquías absolutistas europeas de abatir a la Francia de la Revolución no se desmentirá jamás y acabará por convertirse en una obsesión llena de odio, centrada en la persona de Napoleón, calificado de « bestia del Apocalipsis » por Gustavo III de Suecia. Evita cuidadosamente anunciar que la banca de Inglaterra le paga 12 libras esterlinas por la sangre de cada soldado sueco.
Ni la instauración del Imperio con su fasto monárquico, ni la alianza matrimonial con los Habsburgo, menguarán en lo más mínimo una hostilidad visceral, lo cual, dicho sea de paso, constituye el más hermoso homenaje democrático al régimen imperial.

A principios de 1813, sus ministros Roumiantzov y Nesselrode van a persuadir al Zar vencedor de que la « Santa Rusia » está investida de la misión divina de liberar a Europa de Napoleón. Este fanatismo es ampliamente compartido por las demás cortes.
Ya no estamos ante una coalición sino ante una cruzada contra Francia
El propio Napoleón exclamó un día: « Si los Estados Unidos estuvieran en el centro de Europa, no resistirían dos años la presión de las monarquías ».

A partir de 1807, fecha del Gran Sanedrín y de la emancipación de los judíos por el Emperador, convertido por esa razón en « el anticristo », se añadió el odio religioso y antisemita, culminando en el paroxismo de la guerra de España, fatal para el Imperio.

Enfrentado a esta situación inextricable, Napoleón no cesó de conducir una política que evitaba los conflictos como lo prueba toda su diplomacia y que confirman los archivos extranjeros. En una o dos ocasiones, estuvo a punto de renovar el desafío de una paz general como en Amiens en 1802. Por desgracia no fue sino una ilusión, especialmente en Tilsit. Todas las fuerzas reaccionarias no dejaron de coaligarse para aplastar a la Francia nueva, como antaño Roma contra Cartago. ¡Delenda Napoleone! Hubiera podido ser la divisa de los monarcas absolutistas europeos.

¡Tres años después de su deportación a Santa Helena, su odio por Napoleón permanece intacto en el congreso de Aquisgrán: « Napoleón es la Revolución concentrada en un solo hombre » proclaman!
El incomparable genio militar de Napoleón no sirvió más que para retrasar el plazo.

Su genio militar, justamente, colabora directamente para que se mantenga el mito guerrero. Paradójicamente, los defensores mismos de Napoleón han contribuido a reforzar la idea falsa del guerrero insaciable al exaltar desmedidamente la gloria militar de la Gran Armada. Puesto que aquel gran capitán se llevó victoria tras victoria, tenía necesariamente que amar el olor de la pólvora. Veremos más lejos lo que vale este atajo sumario, nuevo « espejismo » a la Michelet. La magnífica pero falsa alegoría de David que muestra a Bonaparte cruzando los Alpes a caballo plasma en las mentes superficiales una imagen contraria al pensamiento pacífico del héroe.
En verdad, a pesar de sus apariencias engañosas, Napoleón fue un enemigo de la guerra. Paradójicamente ese gran artista de la guerra no amaba su arte.
Concentrado en su verdadera pasión, la inmensa obra que era la fundación de la Francia nueva, la guerra, devoradora de hombres, de tiempo y de recursos, no podía ser más que una intrusa en su actividad desbordante. De los aproximadamente 5 350 días de su reinado, pasó 1 845 en campaña, tiempo precioso sustraído a su obra civil. Es verdad que su muy eficaz sistema de comando le permitía a partir de su cuartel general dirigir al país de manera diferida.
De hecho, obligado a alejarse continuamente y a regañadientes de su gabinete de trabajo para partir en campaña, el Emperador se batió siempre en estado de legítima defensa. « Napoleón permaneció inmaculado de la gravísima responsabilidad de la sangre derramada » declaró Henri Heine.
Constantemente amenazada de muerte, la Francia del Imperio se halló de hecho en una situación comparable a la del Israel de hoy, en estado de perpetua resistencia.

La idea preconcebida de que Napoleón desangró a Europa hasta dejarla exangüe va en contra de la aritmética y debe ser ampliamente relativizada.
Esta acusación está primero que nada marcada por la extravagancia. Los historiadores serios estiman aproximadamente las pérdidas humanas de las guerras del periodo del Imperio, contabilizadas en un espacio de quince años, a la quinta parte de las de la Primera Guerra Mundial en cuatro años. Para Francia, tan sólo el conflicto de la Vendea, en el cual Napoleón no tiene otra responsabilidad que la de haberle puesto fin, fue más mortífero por sí solo que las guerras exteriores. Se ha hablado de « genocidio » al respecto. En 1815, Francia contaba con dos millones más de habitantes que en 1800.
Pero más que irrespetuosa de las cifras, esta acusación es fundamentalmente capciosa y paradójica, pues imputa la responsabilidad de las guerras ¡al que siempre fue atacado!

Como conclusión de esta primera parte, es importante alzarse con la mayor energía contra la calumnia deshonrosa del « ogro corso ». Esta innoble mentira, mezclada con racismo, hace que quienes la profieren merezcan cargos judiciales por incitación al odio racial contra quien estuvo obsesionado por la paz, sin nunca buscar la conquista territorial.

 

2 – LA FICCIÓN DEL CONQUISTADOR INSACIABLE

« ¿Se me acusará de haber querido la monarquía universal? Un historiador mostrará que ésta no fue más que la obra fortuita de las circunstancias »

Como se defiende él mismo en contra de ello en Santa Helena, el calificativo de « conquistador » no conviene a Napoleón. Con esta acusación, sus detractores cometen un enorme contrasentido. Al no hallarse en el origen de ninguna guerra, ¿cómo podría sospechársele de tener un espíritu de conquista?

Al acceder al poder, Napoleón proclama de entrada que « La Revolución está fijada en los principios que la comenzaron. Está terminada ». Añade por otro lado: « Ni gorro rojo, ni tacones rojos ». Hoy se diría que desea gobernar a Francia en el centro. Proclama igualmente con ello que renuncia al proselitismo de las guerras revolucionarias y de ese modo desea sobre todo tranquilizar a las monarquías europeas.

Pero no había esperado esa fecha para manifestar su propósito de manera significativa. Acordémonos de Campoformio, donde desobedece al Directorio que le prescribía conquistar Viena y barrer con la dinastía de los Habsburgo. Firmó por su propia iniciativa ese armisticio célebre que concedía a Francia sus fronteras naturales. Ya entonces político clarividente, estimó que ya no era necesario llevar más lejos las operaciones, al haber Francia alcanzado al fin su objetivo prioritario de seguridad perseguido desde hacía siglos por todos sus predecesores, monarcas o republicanos. ¿Acaso no afirmaba un dicho difundido que « Cuando Francia beba el Rin, Galia alcanzará su objetivo »?
Campoformio anuncia y revela toda la política napoleónica. Bonaparte logra ahí la hazaña de delimitar el santuario nacional, objetivo milenario de Francia. Al regresar, Napoleón fundó toda su acción en su defensa encarnizada, paralelamente a su renacimiento sobre las ruinas de la revolución.

En fin, Napoleón debe su falsa reputación de conquistador a otro « espejismo » a la Michelet, edificado en calidad de dogma por machacamiento de las mentes. Puesto que las guerras de Napoleón se desarrollaron todas en territorio extranjero, salvo en 1814, se concluyó a la ligera que fueron guerras de conquista. Esto es caer en la grosera y corriente confusión entre la política y la estrategia. La causa de la guerra atañe a la primera, la iniciativa de las hostilidades y la elección del campo de batalla forman parte de la segunda. La estrategia ganadora de Napoleón siempre consistió en pillar al enemigo desprevenido en el teatro de operaciones más favorable para ganar guerras impuestas. Los desplazamientos fulgurantes de la Gran Armada más allá de las fronteras estaban destinados a ganarle por velocidad al incremento del poderío del enemigo. La guerra fuera de las fronteras presentaba por añadidura la inapreciable ventaja de ahorrarle al pueblo francés las atrocidades colaterales de los campos de batalla, preocupación constante del Emperador.
Aquí no se trata de conquistas sino de operaciones militares destinadas a vencer en las mejores condiciones a un enemigo amenazador, a fin de disuadirlo de volver a comenzar, objetivo de guerra intangible de Napoleón.

Incluso la muy criticada expedición de Egipto no puede ser clasificada en la categoría de las guerras de conquista. Fue una operación de gran estrategia destinada a golpear en sus ambiciones imperialistas a una Inglaterra inexpugnable detrás de la Mancha. En esta circunstancia en todo caso, Bonaparte, fundador del Instituto de Egipto y de la egiptología, proclamó que: « Las únicas victorias que valen son las que se ganan sobre la ignorancia ».

EL CAMPEÓN DE LA TOLERANCIA
Firma del Concordato entre Francia y la Santa Sede, el 15 de julio de 1801
Napoleón restablece el culto católico en Francia, .cristalizando así la Paz de las almas. Lavado bistre y realces de blanco por el barón François-Pascal-Simon Gérard (1770-1837).
 
La pacificación de la Vendea
En diciembre de 1799, el Primer Cónsul había ofrecido el perdón a los chuanes recalcitrantes, pacificando el Oeste y realizando así la Paz de los bravos. Dibujo de Charles Monnet para la Historia de Francia (1805).
 
Napoleón restaurador de los cultos
Representantes de las diferentes religiones se prosternan ante Dios y agradecen a Napoleón el libre ejercicio de su culto. Estampa popular.
 
Emancipación de los judíos
Napoleón libera a los judíos y prohibe los ghettos, les otorga un estatuto civil y les concede el derecho del libre culto. Estampa alegórica de la época.
 

 

De hecho, ¿dónde están las conquistas territoriales de Napoleón? Las incorporaciones al Imperio de los pequeños países fronterizos y la constitución de reinos llamados familiares proceden de un principio de precaución. Dictados por el imperativo de seguridad, esos agrandamientos se efectuaron siempre con el consentimiento de las poblaciones concernidas, a menudo a petición de las mismas.
Estas aparentes anexiones no tuvieron por único objetivo más que la edificación de un escudo anti-invasión ante la implacable agresividad de las potencias del continente.
Cuando el bloqueo continental se convirtió en un arma de guerra, la necesidad de su respeto absoluto volvió indispensable la ocupación provisional de las costas del mar del Norte y de Iliria, prevista para desaparecer con el bloqueo.

Preocupado por acrecentar la solidez de esta barrera de seguridad, Napoleón se dedicó a prolongarla por medio de un glacis protector de países amigos.
Edificada con la adhesión soberana de todas las partes interesadas, la Confederación del Rin constituyó la pieza clave de ese dispositivo de seguridad.

Andamiaje diplomático frágil con miras a salvar el principio de nacionalidad contra la voracidad de las monarquías próximas, el Gran Ducado de Varsovia, incorporado al reino de Sajonia, procedió del mismo esmero de seguridad.
En todo esto no figura ninguna anexión territorial.

Les guerras impuestas a Francia condujeron en varias ocasiones a la Gran Armada a Viena, a Berlín y a Moscú. Hay que dar crédito a Napoleón de que nunca buscó derrocar a las monarquías vencidas, resistiendo a menudo a la presión de ciertos jerarcas de su entorno que tendrán el descaro más tarde de acusarle de ambición conquistadora.

En Austria y en Prusia, los ejércitos franceses recibieron un acogimiento caluroso de parte de las poblaciones, pero Napoleón siempre resistió a la tentación natural de liberarlos en su provecho del yugo de sus monarcas absolutos.
Observó la misma reserva con respecto a los siervos de Rusia, sometidos a la opresión de la arrogante aristocracia rusa.
Obsesionado por la búsqueda de una paz imposible de hallar, no cesó de tener miramientos que rebasan toda razón hacia esos déspotas sin escrúpulos. De haberse mostrado inflexible, tal vez hubiese triunfado.

El único derrocamiento de régimen que se pueda señalar, pero realizado en ese caso también con el consentimiento diligente de la población, concierne al reino de Nápoles en 1806. El Emperador se vio obligado a ello como consecuencia de una puñalada en la espalda de aquella monarquía, en violación abierta de un tratado. No había otra alternativa para protegerse del odio vengativo de la reina María-Carolina, hermana de la desdichada María-Antonieta. Soberana real del país, imponía su feroz hostilidad sobre el pobre rey Fernando IV de Borbón, llamado « Nasone » (Narizón). Bajo su férula, el reino de Nápoles, avasallado por Inglaterra, constituía una espada de Damocles sobre el reino de Italia, tomada estratégicamente por la retaguardia. Hallamos aquí también el imperativo de seguridad.

No; verdaderamente, si las palabras tienen un sentido, el calificativo de conquistador no puede aplicarse a Napoleón. De tal forma se diferencia de Alejandro, Aníbal y César, con los que se le compara habitualmente.

Quienes merecen realmente la apelación de conquistadores son los demás monarcas europeos.

Prusia echaba el ojo del lado del Rin. Austria no se consolaba de la descolonización de Italia por el joven general Bonaparte. Con Prusia y Rusia, se repartía los despojos de Polonia mártir.

Desde Pedro el Grande, Rusia no cesaba de empujar sus peones hacia el moribundo imperio otomano y el Mediterráneo.

Primus inter pares, el imperialista reino de Inglaterra buscaba muy simplemente el imperio del mundo.
Había avasallado a Portugal, preparando en la Península ibérica la apertura de un frente de retaguardia de Francia que concretará en 1807.
Su esfuerzo expansionista del momento no buscaba nada menos que a echar a Francia del Mediterráneo, donde, ni la geografía ni la historia, le daban derecho natural alguno. Ocupaba sin embargo el cerrojo estratégico de Gibraltar desde el tratado de Utrecht de 1713. Con la complicidad activa de su leal Paoli, Córcega se había vuelto de 1793 a 1796 una suerte de dominio británico, luego una colonia, sin tener en cuenta su pertenencia plena y entera a Francia desde 1789 por la voluntad inequívoca de sus habitantes.
Albión buscaba constituirse en Egipto un trampolín oriental, empresa contrariada en su tiempo por Bonaparte que ya entonces no se dejaba engañar.
Por doquier en Italia, Inglaterra atizaba y financiaba todas las causas anti francesas, incluso en el seno del papado.
Y sobre todo, sacrificó en 1803 la paz del mundo a la posesión de la isla estratégica de Malta, violando el tratado de paz de Amiens y volviendo a prenderle fuego a Europa, que el Primer Cónsul había logrado apaciguar a cualquier costo tras diez años de guerras.

Empujando obstinadamente sus peones, Inglaterra logrará en el Siglo XX controlar todo el Mediterráneo, haciéndose el amo de Chipre y sobre todo de Egipto, enseguida del otro cerrojo estratégico que es el canal de Suez, sin olvidar su protectorado de facto sobre Grecia.
En resumen, como si nada, la imperialista Inglaterra organizaba muy simplemente en el Mediterráneo el bloqueo de Francia, mar que es su propia casa con los dos mil kilómetros de costa que la bañan, incluso cuando Albión, a más de mil kilómetros de ahí, no poseía en esas aguas ningún interés que no fuera el de la conquista territorial o de la hegemonía comercial.
No olvidemos finalmente que la marina británica imponía por la fuerza desde hacía tiempo, en todos los mares, el derecho exorbitante de visita de cualquier navío hallado. No vacilaba en aplastar bajo el fuego de sus cañones a cualquier recalcitrante, como lo experimentara la ciudad de Copenhague en dos ocasiones.

Entonces hay que hablar con seriedad. Los conquistadores reales deben buscarse del lado de los enemigos de Francia y no donde Napoleón.

¿El gran proyecto europeo de Napoleón puede señalarse como impulsado por una voluntad de conquista? ¡En lo absoluto! Esta idea de vanguardia estaba fundamentada en la obsesión de la paz en Europa obtenida por su unificación. No reposaba sobre una conquista territorial sino sobre el establecimiento de lazos políticos, culturales, económicos y militares entre las naciones.
Napoleón develó su fe europea desde 1802 en una entrevista concedida al político inglés Charles Fox. Encontramos la confirmación de ello en múltiples declaraciones oficiales ulteriores, particularmente en 1805, 1806, 1808, 1810, 1812 y 1815. En Santa Helena, no cesó de machacar su frustración por el fracaso de ese grandioso proyecto de porvenir.
Napoleón había soñado con una Europa de las Naciones de tipo confederal. En 1812, estuvo a punto de ver la luz bajo la égida de la Francia de los Derechos del Hombre. La caída del Imperio volvió a abrir el continente a los terribles conflictos del Siglo XIX y mundiales del XX, culminando en el paroxismo de la barbarie con los horribles avatares del estalinismo y del nazismo. Esas guerras que hoy podemos calificar en Europa de « civiles », desangraron al continente por completo y le quitaron su lugar preponderante en el mundo.

No cabe duda de que todos los responsables de este monstruoso desperdicio, ya sean franceses o extranjeros, tienen cuentas que rendirle a la posteridad. ¿Sería acaso para tomar el pelo que sus herederos ideológicos, quienes quiera que sean, atormentados por una suerte de remordimiento subliminal y prefiriendo Némesis a Clío, se empecinan hoy en subvertir la historia de Napoleón y en achacarle todos los males, como al borrico de la fábula? ¡Quien quiere ahogar a su perro lo acusa de tener rabia!
¿¡Para cuándo la comparecencia de los culpables delante del tribunal de la Historia!?

Durante los quince años del Consulado y del Imperio, Francia opuso a la implacable hostilidad de la monarquía absolutista europea y al imperialismo británico una resistencia militar victoriosa que parece un milagro. Ese prodigio de longevidad no sólo se explica por el genio militar de Napoleón. Le debe mucho a la indefectible adhesión del pueblo francés, primera refutación de la acusación de despotismo.

 

3 – EL CLICHÉ INOXIDABLE DEL DÉSPOTA MEGALÓMANO

« ¿Se me reprochará mi ambición? ¡Ah! Sin duda un historiador la encontrará en mí, y mucha. Pero de la más grande y de la más alta que tal vez fue jamás (…) ¿Se dirá que obstaculicé la Libertad? Un historiador probará que la licencia, la anarquía, los grandes desórdenes estaban aún en el umbral de la puerta ». Napoleón en Santa Helena.

¿Al confesar sin rodeos al borde de la tumba una « gran ambición », el mismo Napoleón estaría acreditando la incriminación de despotismo con el que de manera grotesca se le disfraza corrientemente? En su última voluntad de Santa Helena, manifiestamente deseó que se le torciera el pescuezo al demonio de absolutismo que embruja su reputación. Es este pío deber de memoria el que vamos a cumplir ahora.

El gran secreto mal conocido de Napoleón reside sin contestación alguna en su relación de fusión con el pueblo, del que era la emanación carnal.
A algunos escépticos del Consejo de Estado, replica un día: « Dígase lo que se diga, por doquier el pueblo me ama y me estima. Su gran buen sentido prevalece por sobre la malevolencia de los salones y la metafísica de los bobos ».
« Todo para el pueblo » era su divisa, repetida hasta la saciedad.
Nunca un jefe de Estado encarnó a tal grado a « su pueblo », como le placía llamar a los franceses.
A su oponente Benjamín Constant al que acabó por seducir, declara en abril de 1815: « No solo soy el emperador de los soldados. Lo soy de los campesinos, de los plebeyos. Así veis al pueblo venir a mí. Hay simpatía entre nosotros. Salí de las filas del pueblo, mi voz tiene efecto sobre él ».
Y más tarde en Santa Helena hará a Montholon la siguiente confidencia: « La Nación francesa es la más fácil de gobernar. (…) Distingue en el instante mismo a quienes trabajan para ella o contra ella ».
Nadie como él comprendió las aspiraciones profundas de los franceses. El reproche marxista de un Napoleón campeón de la burguesía es una enorme estupidez. Ningún jefe de Estado se preocupó nunca tanto por las condiciones de vida de los más humildes.

No vacilaba a veces en fundirse de incógnito en la chusma para sentir latir el corazón del país.
Es poco sabido que puso a prueba el primer ensayo de seguro social en Bélgica, en 1813.
Fue el audaz liberador de los judíos en 1807, y sacrificó su comodidad política en aras de su ideal de tolerancia.

LA DEFENSA DE LA REPÚBLICA CON EL APOYO DEL PUEBLO
El general Bonaparte desbaratando la insurrección realista durante el 13 vendimiario año III
Ilustración de Jacques Onfroy de Bréville « Job » (1858-1931)
El general Bonaparte en el Consejo de los Quinientos, en Saint-Cloud. 10 de noviembre de 1799
Doble salvamento de la república y de la paz civil ante el peligro inminente del restablecimiento del Terror por los partisanos anglo-jacobinos. Óleo de François Bouchot (1800-1842); Museo del Castillo de Versalles.
Adhesión entusiasta de Grenoble en 1815
Estampa popular de la época.
Edificante restauración del Trono Imperial de Francia
A su regreso de la isla de Elba, el Emperador Napoleón es llevado en hombros por la población parisina enardecida hasta el Palacio de las Tullerías. Estampa popular de la época.
 

 

Napoleón manifestó su amor hacia el pueblo en múltiples circunstancias patentes.
Cuando se encontraba en plena desgracia en 1795, desafió la sanción de una destitución debida a su negativa de batirse en Vendea contra campesinos, así fuesen éstos realistas. ¡« Nunca mi espada contra el pueblo », exclamó! (2)
Hay que hacer caso omiso de una vez por todas de su supuesto cañoneo de la turba el 13 de Vendimiario (5 de octubre de 1795). Ese día, Bonaparte salvó la república y la paz civil frustrando un putsch realista, ejecutado por milicias armadas organizadas militarmente y tres veces superiores en número. Fue una guerra de calles legítima y de ningún modo la represión de una manifestación popular.

En dos ocasiones en 1814 y 1815 Napoleón sacrificó su trono para evitar un baño de sangre del pueblo, que sin embargo lo exhortaba a continuar el combate, consciente del envite.

Napoleón fue el primer jefe de Estado en consagrar en los hechos el principio de la soberanía del pueblo, principal conquista política de la revolución, cristalizando la hostilidad de los monarcas absolutos establecidos que no podían hacerse a la idea de que el poder debía a partir de entonces venir de abajo y no de arriba.

Se ha atribuido su auto coronación el día de la Consagración a un orgullo desenfrenado. Por medio de este gesto espectacular fundamentalmente político, Napoleón quiso simbolizar la coronación del Emperador por el pueblo mismo, del que era la encarnación. (3)

Este interés afirmado de Napoleón por el pueblo no derivaba de un populismo demagógico sino de un amor sincero que nunca se desmintió. Su último aliento fue para él en Santa Helena: « Deseo que mis cenizas reposen en las orillas del Sena en medio de ese pueblo francés al que tanto he amado (...) Mi hijo debe adoptar mi divisa: ¡Todo por el pueblo francés! ».
La ambición personal desenfrenada que se le imputa comúnmente a Napoleón, no fue en definitiva más que una grandiosa tentativa de instauración de una cuarta dinastía (4), después de los Merovingios, los Carolingios y los acabados Capetos. El Emperador encarnó la ambición democrática de todo el pueblo francés, sorprendente de vitalidad y revelado a sí mismo por el sismo político y sociológico de 1789. Es lo que Napoleón entiende por « más grande y más alta ambición », la de la fundación de una Francia nueva, pionera de una Europa unificada de los derechos del hombre y de la filosofía de las Luces.
« ¡En Waterloo, no es Francia la que perdió la batalla, es toda la humanidad entera! », escribió Henri Heine.

Sublime quintaesencia del pueblo, la insuperable armada napoleónica dio testimonio a su jefe en todas circunstancias de una desgarradora fidelidad porque el corazón de su « Petit caporal » o del « Petit tondu » (5) latía al unísono del suyo.
Napoleón compartía con sus soldados la incomodidad y los peligros de los combates, suscitando incluso su inquietud, a menudo en primera línea, recibiendo en ella ocho heridas.
El último de los grognards (6) tenía acceso al general en jefe y podía conversar con él, a veces rudamente, en un afectuoso tuteo.
Frecuente en boca del Emperador para designar a sus intrépidos « grognards », la expresión « mis hijos » contenía un sincero afecto que acentuaba su legendario pellizco de oreja (7).
Nunca jefe de guerra alguno galvanizó a sus soldados a semejante grado, generando en las unidades un formidable espíritu de cuerpo jamás igualado. La ardiente emulación reinante en los regimientos de la Gran Armada influía hasta en los animales del ejército.
Así sucedió con el perro « Moustache », mascota del 40º regimiento de infantería, división Suchet, 5º Cuerpo del mariscal Lannes. Mortalmente herido en el campo de batalla de Austerlitz, el alférez del regimiento se acostó heroicamente sobre su emblema a fin de sustraerlo de la vista del enemigo amenazando apoderarse de él. Moustache veló estoicamente por él hasta su último aliento, y luego, arrancando la bandera, la tomó en su hocico y, aun teniendo una pata quebrada por una bala, ¡la llevó de vuelta a su regimiento! Moustache se hizo célebre en toda la Gran Armada. El Emperador le otorgó la cruz de la Legión de Honor de la que le hizo entrega el mariscal Lannes en persona. (8)
O todavía la yegua « Lisette » del capitán Marbot quien, en Eylau, se batió como un león, yaciendo su jinete en la tierra y ella misma estando herida. Marbot brinda así su testimonio en sus memorias: « [Lisette] Se precipitó sobre el ruso que se preparaba para acabar conmigo y, de un solo bocado, le arrancó el rostro (…) Luego se echó en medio de los combatientes. Habiéndola querido detener un oficial enemigo, lo cogió por el vientre y, después de haberle arrancado las entrañas a dentelladas, y molido su cuerpo bajo sus pezuñas, lo dejó muriendo sobre la nieve (…) Enseguida se dirigió a triple galope hacia el cementerio de Eylau de donde había venido ».

La perfecta identificación de Napoleón con la Nación confirió a su ambición una legitimidad de carácter divino, puesto que « Vox populi, vox dei ». Es sin duda pensando en esta dimensión mística que el feroz oponente realista Chateaubriand acabó por reconocer en Napoleón « El más poderoso soplo de vida que animó jamás a la arcilla humana ».

EN COMUNIÓN DON EL EJÉRCITO
Paso del Gran San Bernardo por el Ejército francés
Óleo de Charles Thévenin (1764-1838).
 
Reparto de las pruebas operacionales:
« Tu mano, tirador »
Litografía de Denis-Auguste Raffet (1804-1860).
 
El Emperador comparte una pelliza con un granadero
Acuatinta de la época.
 
Desgarradora escena: Los adioses de Fontainebleau. 20 de abril de 1814
Óleo de Émile-Jean-Horace Vernet (1789-1863)
 
Eufórico reencuentro en Laffrey: Regreso de Napoleón de la isla de Elba
Óleo del barón Charles-Auguste-Guillaume de Steuben (1788–1856)
 

 

A este nivel del razonamiento, la única pregunta que valga es la de saber si un jefe de Estado puede a la vez amar profundamente a su pueblo y someterlo a una despiadada tiranía.
El pueblo mismo respondió a esta pregunta fundamental de la manera más categórica. No cesó mientras vivía de manifestar a la persona venerada de Napoleón una emotiva e indefectible fidelidad que ya ni se debe probar. Forjada en el patriotismo y las pruebas, una inmortal leyenda popular se grabó para siempre en la memoria colectiva de los franceses muy a pesar de los « napoleófobos » que nada pueden contra ello. Su poder y su perennidad la han proyectado más allá de las fronteras y de los océanos, hasta el fin más recóndito de los continentes, hasta bajo las cabañas de los pastores mongoles. En exploración en Patagonia en 1829, el naturalista d’Orbigny es acogido por un gran jefe inca con esta exclamación: « Permite que te bese puesto que has visto a ese semidiós y que le has hablado ».
Después de 1815, numerosos fieles de Napoleón fueron víctimas del terrible « Terror Blanco » realista que no tuvo nada que envidiarle a su antecesor de la Revolución. Los marselleses se acuerdan de aquella mujer de color golpeada a muerte, echada en el puerto y que, antes de hundirse, gritó « ¡Vive l’Empereur! ».
Incapaz de comprender esta fenomenal popularidad, una cierta intelligenzia, más brillante que sensata, la trata con ironía, incluso con desprecio.

La más elevada y la más elocuente demostración de fidelidad del pueblo a Napoleón es sin duda su formidable recibimiento a su regreso de la isla de Elba en marzo de 1815. Habiendo plenamente medido el precio de la ausencia del Emperador durante once meses, muchedumbres innumerables, acudidas a veces de muy lejos, lo portaron literalmente en hombros triunfalmente hasta su trono, en una euforia indescriptible y sin que corriera la menor gota de sangre. He aquí democráticamente justificado el episodio de los Cien Días, arranque republicano de Francia, impedida de disponer de sí misma por la feroz hostilidad de las monarquías absolutas europeas, más que nunca decididas a torcerle el cuello a la democracia naciente.

Es importante subrayar que el pueblo francés no fue el único en prodigar su apego a Napoleón. En todos los países donde pasaba, era considerado como un libertador. Durante su paso por Milán, Viena, Berlín, y otras partes, muchedumbres innumerables llegaron espontáneamente a aclamarle. A su regreso de la isla de Elba, una proliferación de banderas tricolores estalló en Italia, en Renania y en los Países Bajos.

A riesgo de mermar un poco el genio militar de Napoleón, sus victorias se debieron también a la falta de combatividad de los soldados enemigos, reticentes a pelear contra un libertador. En revancha, su comportamiento en el seno de la armada de las veinte naciones de 1812 fue la mayor parte del tiempo irreprochable. El ejemplo de la Beresina en noviembre de aquel año es edificante. Esa hazaña militar, que se obstinan en presentar sin razón como una catástrofe al grado de convertirse en su sinónimo, se debió al extraordinario heroísmo del cuerpo de armada de Víctor, compuesto en sus dos tercios por alemanes.
¿Se sabe que durante los Cien Días el coronel suizo Stoffel formó un regimiento helvético en el ejército francés, auténtico ancestro de la Legión Extranjera?
En la misma Inglaterra, es conveniente hacer una neta distinción entre la sectaria monarquía oligárquica reinante y el pueblo británico. Une muchedumbre considerable asistió a manifestar en la rada de Torbay una calurosa simpatía al Emperador deportado a Santa Helena.

El giro de actitud de los pueblos europeos se produjo en 1813. Predicado a partir de 1807 por ideólogos prusianos exaltados, el sentimiento nacional acabó por prevalecer por sobre la conciencia de clase. Fueron necesarios seis años de una propaganda enardecida para que los monarcas absolutos alemanes, primero reticentes, lograran el pasapasa de movilizar para la defensa de su régimen a las masas sometidas a su yugo. Los pueblos europeos necesitaron treinta años para volverse concientes de ese gigantesco abuso de confianza. Terminaron por sublevarse con violencia en 1848 en todo el continente. Pero la inoculación de un nacionalismo lleno de odio no iba a cesar durante un siglo y medio de poner a fuego y sangre toda Europa, y más allá al mundo entero.

Para no ocultar nada de las realidades, planteamos aquí la difícil cuestión del restablecimiento de la esclavitud en Guadalupe, en 1802, cuestión machacada sin descanso para objetar el humanismo de Napoleón. Hombre de las Luces y libertador de los pueblos, Napoleón no podía ser más que fundamentalmente anti esclavista. En este dramático asunto, fue víctima de circunstancias crueles y, contra su conciencia, se vio obligado a escoger en cierta forma entre la peste y el cólera.
En el tratado de Amiens de 1802, Inglaterra devolvió a Francia la isla de Martinica que ya ocupaba antes de la abolición de la esclavitud en Guadalupe. Como en todas las demás islas del Caribe bajo el yugo de la dominación británica, la esclavitud no había sido abolida en ella. El primer reflejo de Napoleón fue el de proceder ahí para ponerla en igualdad de condiciones con Guadalupe. Los servicios de la Marina y de las Colonias le recordaron al instante que esta medida hundiría Martinica en la misma crisis socio-económica que había conocido Guadalupe en el momento de la abolición. En efecto, el incremento brutal del costo de la mano de obra había vuelto prohibitivos para la exportación los precios de los productos tropicales, no pudiendo Guadalupe resistir la competencia con los de las islas británicas esclavistas vecinas. La bancarrota había golpeado la mayoría de las explotaciones agrícolas. El desempleo había provocado la miseria general y graves disturbios sociales de los cuales Guadalupe se había repuesto mucho tiempo después.
Napoleón se vio así confrontado a un terrible dilema. Primero pensó salirse del aprieto por medio del mantenimiento del statu quo. El gobierno y el Consejo de Estado destacaron que la sacrosanta igualdad republicana no podía tolerar estatutos diferentes en los territorios bajo soberanía francesa, máxime vecinos. Entonces Napoleón tuvo que forzar su conciencia y decidirse a escoger el menor de los males. Restableció entonces la esclavitud en Guadalupe, pero combinando sin embargo su decisión con medidas de mejora de la condición de esclavo (9).
Tales son los hechos que ninguna falaz argucia puede torcer. ¿Puede uno, de buena fe, reprochar al Primer Cónsul el haber hecho la elección del menor de los males? ¿Se acusa de infanticidio al médico que, en un alumbramiento trágico, debe sacrificar la vida del niño al de la madre?
¿Cómo se osa acusar a Napoleón de esclavismo, a él, heredero de la Ilustración y emancipador de los pueblos?
En verdad, sus detractores empedernidos le hacen desempeñar en este asunto el papel de chivo expiatorio. Bonaparte es menos culpable de esclavismo que el rey de Inglaterra o el zar de Rusia, que no abolieron la esclavitud en sus colonias ni la servidumbre en Europa. Napoleón en cambio suprimió la servidumbre en Polonia en 1807 y la trata de negros durante los Cien Días, como una manera de abolir la esclavitud a término por extinción. (10)
Hay que recordar también que el presidente de los Estados Unidos Jefferson (11) no hizo aplicar la ley de abolición de la esclavitud adoptada para, justamente, no arruinar la economía estadounidense, porque la esclavitud reinaba todavía por doquier en las Américas. (12)
En este asunto de esclavitud en Guadalupe, Bonaparte comparte la responsabilidad de su decisión con los representantes del pueblo que votaron sin chistar la ley del restablecimiento. Esta medida fue enseguida avalada por todos los gobiernos que siguieron al de Napoleón hasta 1848, fecha de la abolición definitiva en Europa, cuando él mismo había restablecido la abolición de la esclavitud desde el 29 de marzo de 1815, sólo ocho días después de su regreso al poder. La Restauración no lo tomó para nada en cuenta. Pero la mayoría de los historiadores fingen ignorarlo.

Nos queda por fustigar los ataques sin fundamento que se refieren al carácter supuestamente dictatorial del régimen napoleónico.
« Francia no aceptará nunca el gobierno del sable. A la larga, el sable siempre es vencido por el espíritu (…) No gobierno como general, sino porque la nación cree que tengo las calidades civiles necesarias para gobernar ». El Consejo de Estado ha conservado esta declaración del Primer Cónsul del 4 de mayo de 1802.
No podríamos recomendar demasiado para lo que sigue la lectura de un libro de título elocuente de François Pietri, ex ministro de la III República francesa y especialista del derecho parlamentario. (13)

Primeramente es importante lavar el oprobio que rodea al 18 de Brumario, fecha de accesión de Bonaparte a las responsabilidades supremas (14). Los que desprecian encarnizadamente a Napoleón presentan este evento fundador como un putsch militar.
El 18 de Brumario constituye en realidad una operación vital de salud pública, preparada y llevada a cabo con toda transparencia y con toda legalidad por un puñado de hombres valientes, esmerados en evitarle a Francia el caos en el que se hundía ineluctablemente. El 18 de Brumario no fue un golpe de Estado en el sentido en que lo entendemos en nuestros días, sino una salvadora mutación institucional, una revisión constitucional mayor diríase hoy, que salvó la República y la paz civil, sin la menor efusión de sangre y con la total aprobación del país. El cliché espectacular de la fuga lamentable de los Quinientos bajo la presión del ejército movilizado con completa legalidad debe ser clasificada en la lista de los « falsos fulgores » de Michelet, que no influencian más que a las mentes superficiales.
Como gesto que no podía ser más simbólico, en los días siguientes, Bonaparte se presentó en persona en la prisión de « La Force » para liberar a los prisioneros políticos del Directorio.

Es más que evidente que la situación crítica heredada por Bonaparte en 1800 precisaba un régimen fuerte. Fuerte pero no opresor, puesto que fundamentado en la justicia social y merecida, y ya no sobre los privilegios de nacimiento.

¿Atentó Napoleón contra la libertad? Su devoción por el Emperador da fe de que la población no sufrió de él en lo más mínimo. Algunos piensan que el pueblo prefiere la igualdad a Napoleón. Los únicos que se quejaron de la falta de libertad fueron los eternos conspiradores e intrigantes del faubourg Saint-Germain, nostálgicos de los privilegios feudales o adeptos de la anarquía, de la licencia, incluso de la colaboración con el enemigo.
Y aún hay que decir que Napoleón fue inocentemente clemente con ellos. Es significativo notar que en el momento de la Restauración de 1814 no había en las prisiones ni un solo condenado por delito de opinión.

Se ha reprochado a Napoleón su férula sobre la prensa. En periodo de guerra, ningún régimen en el mundo ha podido dispensarse del control estrecho de la información, el arma más temible de los conflictos modernos.

¿Quid del reproche de poder excesivamente personal? El poder de Napoleón era ciertamente un poder concentrado por necesidad, pero no un poder solitario. Todas las deliberaciones del gobierno y las del Consejo de Estado, que Napoleón presidía a menudo, prueban su constante esmero de concertación.

Por mucho que esto desagrade a los detractores empedernidos de Napoleón, las instituciones de Francia durante su reinado eran las más liberales de Europa.
Los reyes continentales practicaban todavía el poder absoluto. Sólo se valía del liberalismo político, pero no era más que una apariencia. Su régimen era de hecho fundamentalmente oligárquico y plutocrático, limitando la participación en el poder a los grandes propietarios territoriales y a los grandes industriales. El Emperador de los franceses era junto con George Washington el único soberano constitucional electo.

UNA POPULARIDAD INTERNACIONAL
Aclamado, Napoleón harenga las tropas bávaras y wurtemburguesas, 1809
Óleo de Jean-Baptiste Debret (1768-1848).
 
Napoleón condecorando en Tilsitt, con su propia cruz de la Legión de Honor, al primer granadero de Rusia Lazareff, del batallón Preobrazenski el 9 de julio de 1807
Óleo de Jean-Baptiste Debret (1768-1848).
 
Vítores del pueblo alemán durante la Entrada de Napoleón a Berlín. 27 de octubre de 1806
Cuadro de Charles Meynier (1768-1832).
 
El Belerofonte en Torbay
Ante la mirada atónita de los oficiales británicos, el Emperador es aclamado por el pueblo inglés que sale a su encuentro en infinitas balsas, en camino a su deportación en la isla de Santa Helena. Estampa popular inglesa de la época.
 

Por así decirlo, Napoleón llevó la democracia a su pila de bautismo extendiendo progresivamente el derecho de voto a todas las categorías de la población que estaba entonces en condiciones de ejercerlo. Inventó el referéndum: todas las grandes modificaciones de la Constitución fueron sometidas al escrutinio directo del colegio electoral de la época.

El Concordato en 1801 y el Gran Sanedrín en 1807 constituyeron no solo el triunfo de la libertad conciencia y de la tolerancia religiosa sino igualmente del advenimiento del laicismo.
Rarísimos son los que saben por ejemplo que Napoleón, en guerra contra Inglaterra, toleró que en una iglesia de París un sacerdote recitase cada domingo plegarias por la familia real británica, a la que aborrecía.

La separación de los poderes, marca de la democracia cara a Montesquieu, estaba en vigor. Asambleas electas ejercían sin trabas sus prerrogativas legislativas, equilibrando el fuerte poder ejecutivo. La Justicia gozaba de una independencia innegable; prueba de ello es el indeseable desaire que ésta le infligió a Napoleón perdonando al triste y muy comprometido general Moreau.

En resumen, la identificación de Napoleón con el pueblo y el carácter liberal (15) del régimen imperial vuelven inepto el juicio por despotismo al que se somete usualmente al Emperador.

Asimismo, su encarnación de la Nación reduce a nada la tesis de la distinción entre Napoleón y Francia, sostenida por las monarquías absolutas y los nostálgicos del Antiguo Régimen para tratar de darse buena conciencia.
Napoleón declarará en Santa Helena: « Francia aprenderá que mis enemigos eran los suyos. No me odiaban más que porque, ya desde entonces, preveían que Francia y yo no éramos más que uno ».

A pesar de su forma monárquica, el Imperio fue en realidad una república imperial. El artículo 1o de la decisión del Senado del 18 de mayo de 1804 que instituía el Imperio es sin ambigüedad: « El gobierno de la República es confiado a un emperador que toma el título de Emperador de los franceses ». En Santa Helena nuevamente, el Emperador confiará a Montholon: « El imperio como lo concebía no era más que el principio republicano regularizado », es decir, infundido en el sistema monárquico por medio de la implementación de una constitución, la garantía de derechos humanos y civiles, y la participación del pueblo en los asuntos del Estado.
La música que acompañó la última carga de la Guardia en Waterloo fue el « Canto de la partida »: « La República nos llama, sepamos vencer o morir, un francés debe vivir por ella, por ella un francés debe morir ».

De hecho llama la atención el parecido del Imperio con la V República francesa que no se distingue de aquel en lo esencial más que por el modo de designación del jefe de Estado, dejando de ser hereditaria y volviendo a ser elegido del pueblo, a la manera de los Francos, atávica continuidad de la historia.
Nada de sorprendente en ello, el fundador de la V República era un gran admirador de Napoleón.

En definitiva, Napoleón abrió Europa a la democracia como lo hiciera la joven y prometedora república estadounidense en América. Efímera victoria de la reacción conservadora, Waterloo no procuró de hecho a las monarquías absolutas más que un breve aplazamiento.

Una vez disipados los « falsos fulgores » de Michelet, vamos ahora a extirpar de su neblina los fundamentos auténticos de la historiografía napoleónica.

 

2– LAS « MASAS DE GRANITO » DE LA HISTORIOGRAFÍA NAPOLEÓNICA

 

Como lo prescribe Michelet, la historia de Napoleón debe al fin dejar de ser el juguete de los falsos pretextos, de los análisis superficiales y de las reacciones epidérmicas, que conducen a las interpretaciones más excesivas y más contradictorias.
Someter el análisis a la dictadura intelectual de las realidades, y no a sus deseos, nos permite extraer de la confusión reinante los fundamentos indiscutibles de la historia de Napoleón. Están concernidos el método y el fondo.
Como es menester en todo proceder histórico serio, el método debe observar tres preceptos imperativos:

-------------- RENUNCIAR A LA FACILIDAD DE LAS APARIENCIASfalsos fulgores ») que lleva a los contrasentidos. Para parafrasear al gran Pasteur para quien « Si un poco de ciencia aleja de Dios, mucha lleva a él de vuelta », diremos que un poco de historia aleja de Napoleón y mucha nos acerca a él de regreso.

-------------- EVITAR CALCAR EL PASADO SOBRE EL PRESENTE, fuente de juicios anacrónicos y procesos de intención.

-------------- Y sobre todo considerar escrupulosamente la ESTRICTA OBSERVACIÓN DE LA CONCATENACIÓN DE LOS EVENTOS, cara a Fustel de Coulanges, a fin de evitar la nefasta confusión entre sus causas y sus efectos. PARA Napoleón en particular, la distinción entre Política y Estrategia es capital.

En cuanto al fondo, cuatro « masas de granito » constituyen el zoclo de la historiografía napoleónica:

S.M.I. y R. el Emperador Napoleón I

---------------1 – La fatalidad de un enfrentamiento general sin piedad estaba inscrita en el legado revolucionario que recaía sobre Napoleón. El surgimiento de una Francia nueva, prosélita de los Derechos del Hombre y de la soberanía del pueblo, que además se oponía a las miras hegemónicas de Albión, era insoportable para las monarquías absolutas y arcaicas europeas. No cejaron en su lucha por regresar por las armas a Francia al statu quo ante. De 1792 hasta 1815, Francia no dejó de estar acorralada, con exclusión del muy corto intermedio de la paz de Amiens, prodigioso logro del Primer Cónsul. Si se da la espalda a este dato cardinal de la historia, uno se condena a no entender nada de la realidad del periodo.

---------------2 – El imperativo de seguridad de Francia que derivaba de ello dictó permanentemente la política de Napoleón y proporciona la clave de su historia. Ofensivo por necesidad estratégica, su objetivo de guerra intangible apuntó siempre a poner fuera de combate a los ejércitos enemigos, con el objetivo de conducirlo a la mesa de negociaciones de paz, excluyendo toda idea de conquista durable.

---------------3 – La exigencia prioritaria de la refundación de Francia, siniestrada por la Revolución, se impuso a Napoleón durante todo su reinado. Esta obra gigantesca exigía sin lugar a dudas la movilización del conjunto de los recursos y de las energías del país, en oposición a toda voluntad de aventura militar.
El Emperador llevó hasta la obsesión la búsqueda de una paz de la que tenía la más grande necesidad para realizar su colosal obra civil. Tuvo miramientos desmesurados para con los fautores de guerra con la intención de ablandarlos. Revistió la república con los oropeles de la monarquía para tranquilizar a aquellos reyes atormentados. Nada bastó.

---------------4 – La simbiosis de Napoleón con « su pueblo » constituye la marca cardinal de su historia. La admirable resistencia de la Francia imperial durante quince largos años tiene algo de milagroso y no puede explicarse tan sólo por el genio militar de Napoleón. De hecho, no hubiera sido posible sin la adhesión total y constante de la Nación al jefe que ésta se había escogido. Esta identificación de Napoleón a Francia dictó toda su política en virtud de su credo « Todo para el pueblo ». Ésta última alimentó la fuente de su ideal democrático. Se halló en la base misma de su inmortal obra civil. Explica la inmortalidad de su leyenda planetaria.

Tales son las realidades indiscutibles que deben presidir el estudio de la epopeya napoleónica. Tales son las bases ineludibles de la historia de Napoleón. El ignorarlas conduce inevitablemente a tomar en sentido contrario la historia del Consulado y del Imperio.

¡Ya sería tiempo que historiadores parciales, que toman sus deseos por realidades, dejen de hacerle a Napoleón un incesante proceso de intenciones!

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

En definitiva, la fabulosa epopeya napoleónica pertenece a la vez a la tragedia griega y al drama shakespeariano. Unidos para lo mejor y para lo peor, Napoleón y la Francia nueva estaban condenados por las circunstancias a vencer o a morir. Se trataba para esta pareja mítica de « ser o no ser » demócrata y moderno.

Las más grandes mentes le han reconocido a Napoleón una altura sin precedentes, comparado a « un meteoro destinado a arder para alumbrar el mundo », expresión premonitoria del mismo Napoleón a la edad de 22 años.
Por nuestra humilde parte, haremos nuestra la soberbia metáfora del crítico André Suarès: « Napoleón, ese mayal de la Revolución que trilló el trigo de la humanidad ».

Sí, en verdad, ese Titán moderno domina la Historia universal desde una altura inigualada, lo que lo hace inaccesible a los mediocres. Los franceses estarían muy inspirados si se volvieran a apropiar del legítimo orgullo de contar en su patrimonio histórico nacional con esta inapreciable pepita llamada NAPOLEÓN, que el mundo entero les envidia.

Sutrello, Octubre de 2008.

 

ALGUNAS OTRAS CITAS…
« Entre los grandes hombres, Napoleón ha sido el más necesario a su tiempo ». GUIZOT.

« Volver a caer de Bonaparte y del Imperio a lo que les siguió, es volver a caer de la realidad a la nada, de la cima de la montaña al abismo ». CHATEAUBRIAND.

« Este hombre es una de las más vastas creaciones de Dios ». LAMARTINE.

« Entre más se conozca toda la verdad entera, más grande será Napoleón ». STENDHAL.

« El Imperio fue un sistema de libertades y Napoleón un propagador de Libertad ». PÉGUY.

« Napoleón crecerá en la medida en que se le conozca mejor ». GOETHE.

« Napoleón, es el alma del mundo ». HEGEL.

« Cada uno debería acordarse de lo que le debe a Napoleón: casi todas las esperanzas de elevación de este siglo ». NIETZSCHE.

« Las Águilas francesas llevaron a los pueblos la Libertad y la Igualdad ». WINSTON CHURCHILL – Alocución radiodifundida durante la última guerra.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

NOTAS:

1) Ver el libro « Napoleón defensor inmolado de la paz »; Ediciones Économica (2007) para la versión francesa, Savas Beatie para la inglesa (2008).
2) Tras negarse a participar en el exterminio de los cristianos de Vendea, Napoleón, borrado de las listas del ejército por el gobierno revolucionario, fue detenido y mantenido en arresto domiciliario en grave peligro de ser guillotinado por desacato.
3) Contrariamente al mito inventado por Thiers y difundido hasta la saciedad por los manuales escolares, Napoleón nunca « arrebató » la corona de manos del Papa; al contrario, el gesto del nuevo soberano había sido concertado propiamente con anterioridad y aprobado por el Sumo Pontífice durante los preparativos anteriores a la ceremonia. Previamente al acto mismo de la coronación, y tras el juramento solemne de Napoleón I sobre los santos Evangelios, el Santo Padre había consagrado formalmente al Emperador ungiéndole con los santos óleos y la bendición papal, afirmando así la legitimidad celestial de su corona. Simbólica, la ulterior auto-coronación del Emperador atestiguaba por su parte la consagración terrenal, sancionada por la voluntad popular.
4) La dinastía de los Napoleónidas, encabezada en la actualidad por Su Alteza Imperial y Real Don Juan Cristóbal Napoleón.
5) El « Pequeño cabo » o el « Rapadito », apodos cariñosos que los soldados daban al Emperador.
6) « Grognards », « gruñones », o más exactamente « gruñentes » en cierta forma, es como se le conocía a los soldados de la Vieja Guardia de la Gran Armada.
7) El Emperador tenía la costumbre de cogerle o jalarle cariñosamente la oreja a sus hombres y a sus interlocutores cuando estaba contento de ellos.
8) Moustache, « Mostacho », el perro más célebre de la epopeya napoleónica, fue un prodigioso perro de aguas, raza preferida de los soldados, nacido en una granja de Normandía, y que como mascota de la 40ª media brigada de infantería de línea hizo casi todas las campañas del Imperio. Su popularidad y valentía eran tales, que el mismo mariscal Lannes en persona le colgó al cuello una medalla otorgada por Napoleón, grabada con la inscripción « Moustache, perro francés. Que siempre sea respetado como un bravo », y en la otra cara « En la batalla de Austerlitz, se le fracturó la pata salvando la bandera de su regimiento ». La reputación de este perro era tal, que incluso fue presentado al Emperador, ejecutando para el monarca una serie de suertes. Moustache murió el 11 de marzo de 1811 en España, durante el sitio de la fortaleza de Badajoz, golpeado por una bola de cañón. Llorado por todo el ejército, fue enterrado con honores en las orillas del río Guadiana, junto con su collar y su medalla. En su humilde loza sepulcral, un epitafio rezaba: « Aquí yace Moustache, un bravo, muerto en el campo de honor ».
9) Ver también al respecto el artículo del autor « Napoleón chivo expiatorio », Revue Napoléon 1er, N° 36, de enero-febrero de 2006.
10) Durante los Cien-Días, Napoleón revoca su decisión 1802 y el 29 de marzo de 1815 le fuerza la mano a las potencias europeas, incluso tras la victoria definitiva de éstas. En efecto, « ¿cómo mostrarse más feroz que el Ogro corso? », señala Jean Mabire (La traite des noirs (« La trata de negros »); Éditions l’Ancre de Marine, 2000). El rey Luis XVIII confirmará la abolición, y en 1818 una nueva ley establecerá la escala de penas para los contravinientes. A Inglaterra y Francia seguirán los países escandinavos y los neerlandeses, solo los portugueses, brasileños y por supuesto clandestinos de todas nacionalidades, continuarán la práctica de la esclavitud.
11) He aquí cómo se expresaba sobre el tema Thomas Jefferson, quien por cierto no vacilaba en llamar a Napoleón « El Atila de nuestro tiempo (…) [un] miserable que (...) provocó más congoja y sufrimiento en el mundo cualquier ser que hubiera vivido anteriormente »: « Así tengo propensión a pensar, pero no es más que un sentimiento, que los negros, ya sea que formen una raza distinta o que hayan sufrido una separación debida al tiempo y a las circunstancias, son inferiores a los blancos en lo que respecta al cuerpo y a la mente » (in Gossett, 1965).
12) Problema terrible y de muy difícil extracción por su eminente naturaleza económica, por no decir filosófica (para Voltaire, « los Blancos son superiores a esos negros, como los negros lo son a los simios, y como los simios lo son a los ostiones » « Tratado de metafísica ») en la gran mayoría de los casos la abolición de la esclavitud atañe a intereses políticos y económicos antes que humanistas. En este sentido, todavía varias décadas después, el tan ampliamente ensalzado Lincoln, partidario de enviar de vuelta a África a la población negra, era muy claro al respecto cuando expresaba: « diré pues que no estoy ni nunca he estado a favor de la igualdad política y social de la raza negra y de la raza blanca, que no quiero y nunca he querido que los negros se conviertan en jurados o en electores o que se les autorice a tener cargos políticos o les sea permitido casarse con blancos (...) Hay una diferencia física entre la raza blanca y la negra, la cual, creo yo, prohíbe para siempre que estas dos razas vivan juntas en términos de igualdad social y política. Y dado que no pueden vivir así, mientras permanezcan juntas debe haber una posición de superior e inferior, y yo como cualquier otro hombre estoy a favor de que la posición superior sea asignada a la raza blanca ». ¿Acaso no afirmaba igualmente sin rodeos que « Mi objetivo primordial en esta lucha es salvar la Unión, y no es ni salvar ni destruir la Esclavitud? ¡Si pudiera salvar la Unión sin liberar a ningún esclavo, lo haría, y si la pudiera salvar liberando a todos los esclavos, lo haría; y si lo pudiera hacer liberando a algunos y dejando cautivos a otros lo haría también »! Y en otra ocasión: « ¡La igualdad de los negros! ¡Tonterías! ¿Durante cuánto tiempo más, bajo el gobierno de un Dios lo suficientemente grande para crear y dirigir el universo, habrá granujas que divulguen, e imbéciles que retomen, palabras de una demagogia tan baja? (…) Lo que más desearía sería la separación de las razas negra y blanca » in Georges Sinklair, « The Racial Attitudes of American Presidents, from Abraham Lincoln to Theodore Roosevelt »; Doubleday, 1971; y « Abraham Lincoln: complete works », 1894, Vol. 1.
13) « Napoléon et le Parlement, ou la dictature enchaînée » (« Napoleón y el Parlamento, o la dictadura encadenada »); Arthème Fayard 1955.
14) Ver de Michel Franceschi el fascículo « El 18 de Brumario, doble salvamento de la República y de la paz civil ». Sociedad Napoleónica Internacional, 2005.
15) Liberal en el sentido de su humanismo, de su tolerancia, su munificencia. En materia económica en cambio, Napoleón se opuso siempre firmemente a las escuelas del liberalismo, herramientas naturales del dirigismo y de la opresión de las « cobardes oligarquías » que, como decía Emperador, « desaprueban la religión, la civilización europea y el honor ».