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DE BONAPARTE A LA FRANCOFONÍA
El Sr. Alain Decaux en su biblioteca

Discurso Académico por el Sr. Alain Decaux

SESIÓN PÚBLICA ANUAL DE LAS CINCO ACADEMIAS
Miércoles 10 de junio de 1998
PARÍS, PALACIO DEL INSTITUTO DE FRANCIA

Traducción de la Francósfera México-Francia ©
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En 1953, un egipcio publica una obra destinada a una repercusión inmensa. Trata del presente y del porvenir de su país pero también del pasado. Lógicamente, evoca los años 1798 y 1799, marcados por la incursión del ejército francés. La expedición de Bonaparte, escribe, « rompió las cadenas forjadas por los mongoles; ideas nuevas se abrieron paso, abriéndonos nuevos horizontes. Mohammed Alí quiso continuar la tradición de los Mamelucos adaptándose a la vez a las necesidades del momento y teniendo en cuenta el estado de espíritu creado por los franceses. Así es como, saliendo de nuestro aislamiento, retomamos contacto con Europa y el mundo civilizado. Era el inicio del renacimiento ».

La obra se intitula Filosofía de la revolución. El autor se llama Gamal Abdel Nasser.

Cuando, por propuesta de Talleyrand, la expedición de Egipto fue decidida por el Directorio, el general Bonaparte, nombrado comandante en jefe, se dirigió hacia el Instituto al cual pertenecía no sin orgullo. Especificó que, militar en su principio, la expedición – y descubrimos aquí una excepción sin duda única en la historia – debía igualmente contribuir “al avance de las ciencias y de las artes”.

Así es como se contrataron astrónomos, químicos, arqueólogos – entonces se decía anticuarios –, pintores, zoólogos, botanistas, cirujanos, médicos, farmaceutas, escritores, economistas, impresores...

Cuando, el 19 de mayo de 1798, la flota francesa deja Tolón, no solo lleva soldados, cañones y fusiles, sino 167 « letrados civiles », debidamente censados por el pagador general del ejército y que los militares apodarán, no sin humor, « los asnos ».

Apenas desembarcados en Egipto, todos se ponen a trabajar. El Instituto de Egipto es creado en el Cairo sobre el modelo del Instituto de Francia. Ciertamente, se da por misión el penetrar los misterios del antiguo Egipto pero sus miembros, en pocos meses, hacen girar molinos de viento, edifican hilaturas de lana y de algodón, crean manufacturas de telas, fábricas de papel, incluso una fundición de caracteres de impresión necesarios a la publicación del Journal de l’Égypte (Diario de Egipto) y de una revista científica. El quincuagenario Dominique-Vivant Denon recorre el país para dibujar y tomar notas. El resultado será una obra nunca igualada, la Description de l’Égypte.

Instituto Napoleónico México-Francia
Napoleón en traje del Instituto de Egipto
Acuarela de Jean-Baptiste Isabey (1767-1855).

¿Quién lo ignoraría? Es de Egipto desde donde – primer vuelo del Águila – Bonaparte se embarcó para conquistar el poder en Francia. La cosa estará hecha el 19 de brumario del año VIII. Desde entonces, la expedición estaba prometida al desastre. Lo que sucedió. Sin embargo, desde 1801, el mismo Bonaparte firma con el Imperio otomano un tratado que restablece para los franceses de Egipto sus antiguos derechos. Dos cónsules, Lesseps y Drovetti, llegan para tomar sus puestos entre egipcios en revuelta contra la autoridad secular del sultán de Constantinopla. No tardan en distinguir a un jefe militar, Mohammed Alí. Paradoja: es combatiendo a las tropas de Bonaparte que éste ha concebido hacia los franceses estima y admiración. ¿Los ingleses quieren establecerse en Egipto? Los consejos de Lesseps y Drovetti ayudan al ejército egipcio a rechazarlos. Liberado del yugo otomano y convertido en virrey de Egipto, Mohammed Alí no olvidará jamás. Repetirá gustoso que nación « en el mismo país que Alejandro y el mismo año que Napoleón ».

Sueña con un ejército concebido a la europea. Es a un francés a quien encarga de organizarlo: Joseph-Anthelme Sève quien se convertirá en Solimán pachá. El doctor Clot, otro francés, hace surgir de la tierra de los faraones un hospital militar al cual acompaña con una escuela militar. A Linant de Bellefonds van los grandes trabajos y la irrigación. Pascal Coste cava el canal que va unirá Alejandría al Nilo. Gracias a una utilización inédita de la fibra de algodón, Jumel da a la exportación textil un desarrollo nuevo. Se trata de la primera forma de esos intercambios materiales e intelectuales que, hasta nuestros días, marcan las relaciones franco-egipcias. Mohammed Alí brinda su confianza a franceses pero éstos exaltan en Francia el renombre de Egipto. Por doquier se cantan loores al virrey. Victor Hugo decreta: « este hombre de genio... es a Napoleón lo que el tigre es al león ».

¿Podemos imaginar, en semejante clima, el efecto que pudo suscitar, en 1828, la llegada de Champollion a Egipto?

Entre todos los que, desde hacía siglos, se encarnizaban en descifrar la escritura olvidada de los antiguos egipcios, un solo hombre lo logró: Jean-François Champollion. Y he aquí que, sobre una falúa, remonta el Nilo. Helo aquí que, desde todas partes, los felahs acuden a las orillas del gran río para percibir (aunque sea un instante) al que sabe, repiten, leer la escritura de las viejas piedras.

El apego sin límite que los franceses van a manifestar desde entonces par con Egipto – se hablará de egiptomanía – debe mucho a Champollion: ¿acaso no aconsejó a Carlos X erigir, en la plaza de la Concordia, uno de los obeliscos de Luxor obsequiado por Mohammed Alí? ¿No puso en marcha, antes de morir prematuramente, prácticamente todas las instituciones – en especial las salas egipcias del museo del Louvre – que permitirán a Francia situarse en la vanguardia de la egiptología?

El 7 de noviembre de 1854, Ferdinand de Lesseps, de cuarenta y nueve años de edad, desembarca a su vez en ese Egipto al que conoce bien. Su padre jugó en ahí un papel determinante, él mismo fue cónsul y se ligó con uno de los hijos de Mohammed Alí, Saíd. Ahora, Saíd es entonces virrey. Durante un paseo en el desierto, acordará a su amigo la concesión del canal de Suez con el que Lesseps sueña desde hace tiempo. Como lo ha escrito el Sr. Robert Solé, autor de una obra notable, L’Égypte, passion française (Egipto, pasión francesa): « en un campo de fortuna, en pleno desierto, dos hombres acaban de decidir cambiar el mapa del mundo ».

La epopeya del canal de Suez está hecha de una perseverancia que confina al heroísmo, pero también de sangre y de lágrimas. Mientras se cavaba el istmo, Francia vivió a la hora egipcia mientras Egipto se ponía a la hora francesa. Las concepciones, la técnica eran francesas, pero los brazos de quienes permitieron a dos mares unirse eran egipcios. La voluntad, por su parte, vino del Cairo y de París. Fue para responder al deseo del soberano egipcio que, el día de la inauguración, a bordo de su yate L’Aigle, la emperatriz Eugenia penetró por primera vez en el mar Rojo, escoltada por una parvada de soberanos acudidos de toda Europa.

Algunos años más tarde, el ejército inglés llegará para, como se dice, asegurar el orden en Egipto. No sin sorpresa, los diplomáticos extranjeros constatarán que los franceses permanecen sólidamente implantados en las finanzas, en la justicia y en los trabajos públicos. Los regimientos británicos acampan en las orillas del Nilo pero, en el Cairo, la prensa de lengua francesa está en el candelero: el Courrier d’Égypte, el Journal du Caire, la Bourse égyptienne, el Progrès égyptien. Un colmo: el Egyptian Gazette, diario de lengua inglesa, se ve obligado, para conservar a sus lectores, a publicar la mitad de sus páginas en francés. Es en francés que, la mayor parte del tiempo, se litiga ante los jueces de los tribunales mixtos.

Gamal Abdel Nasser.
« La expedición de Napoleón rompió las cadenas forjadas por los mongoles; ideas nuevas se abrieron paso, abriéndonos nuevos horizontes. Mohammed Alí quiso continuar la tradición de los Mamelucos adaptándose a la vez a las necesidades del momento y teniendo en cuenta el estado de espíritu creado por los franceses. Así es como, saliendo de nuestro aislamiento, retomamos contacto con Europa y el mundo civilizado. Era el inicio del renacimiento ».
Gamal Abdel Nasser, Filosofía de la Revolución.

El inicio del Siglo XX marca la apoteosis del sistema de enseñanza francés. En 1908, las escuelas francesas acogen la sexta parte de los efectivos escolares del país. Los establecimientos religiosos se llevan la parte del león y, en el punto más álgido del anticlericalismo que hace estragos en Francia, los colegios de los Hermanos, los de los Jesuitas y los Franciscanos, son abiertamente apoyados por nuestros puestos diplomáticos. Las grandes familias musulmanes hacen educar a sus niños donde los religiosos católicos, con los Hermanos de las escuelas cristianas o incluso en el colegio de los jesuitas del Cairo.

Nada de eso se hizo por la fuerza, solamente por el prestigio de las ciencias y de la cultura. Al escuchar en un instante al Sr. Jean Leclant hablarnos de la egiptología francesa, encontraremos una prueba más – ¡y qué prueba!

Cuando Egipto recobra su independencia, Francia es el primer país, en marzo de 1922, en reconocerla. El rey Fouad I se expresa cotidianamente en francés. El Consejo de los ministros hace sus atestados en francés. En el Cairo, la costumbre es redactar en francés todos los contratos establecidos entre el gobierno y las sociedades privadas, incluso inglesas. En 1937 – el rey Faruk reina desde hace año –, se publican en Egipto cuarenta y cinco periódicos en francés, solamente cinco en inglés. Tres quintas partes de las inversiones extranjeras en Egipto son francesas. Representan el cuarto de la riqueza del país.

Ahora, bastará una guerra – ¡pero qué guerra! – para que esta apoteosis se mude en declive. En 1945, conservábamos no obstante muchos amigos en Egipto. Nuestras escuelas todavía eran frecuentadas, buscadas, apreciadas. Los diarios de lengua francesa conservaban sus lectores. ¡Y luego, un día de noviembre de 1956, porque el coronel Nasser había querido nacionalizar el canal, cuerpos expedicionarios franceses y británicos desembarcaron en Suez! Hubo que replegarnos muy rápido: nuestros hermanos grandes de Washington y de Moscú nos ponían ojotes. El Sr. Kruchev incluso dejó cernir la amenaza de algunos cohetes nucleares que podían abatirse sobre París. Dócilmente, regresamos a casa. La lengua francesa en Egipto estuvo a punto de desaparecer.

Las relaciones diplomáticas no se restablecerán sino hasta 1963. De Gaulle hizo olvidar a Guy Mollet. « Ese gran patriota, exclama Nasser en 1967, es una de las figuras más eminentes de nuestro tiempo ».

La idea de crear, en Alejandría, una universidad internacional de lengua francesa nació de entremeses, que continuaron durante años, entre el presidente de Senegal Léopold Sédar Senghor y el egipcio Butros Butros-Ghali, ministro de Estado. El Sr. Butros-Ghali se digna honrarme con su amistad. Con frecuencia me ha expresado – con la sonrisa tan fina que le conocen sus familiares – este simple razonamiento: « No tenemos más que 2 % de francófonos en Egipto. Pero somos 60 millones. Calcule: eso hace más de un millón de francófonos. Mucho más que algunos países que se valían, por su parte, de una francofonía de pleno derecho ». En la cima Quebec, en 1987, los contornos del proyecto fueron precisados entre Senghor, Butros-Ghali y Maurice Druon, secretario perpetuo de la Academia francesa. En mayo de 1989, en la cima de Dakar en la que yo participaba como ministro de la francofonía, un protocolo definitivo fue firmado.

Tuve la dicha de asistir, el 4 de noviembre de 1990, a la inauguración solemne de esta universidad, sin igual en el mundo, y a la cual sus fundadores quisieron darle el nombre del presidente Senghor. Ya entonces, profesores llegados de Francia o de Canadá, de Bélgica, de Marruecos y de otros países de lengua francesa enseñaban a jóvenes africanos las materias prioritarias para el desarrollo de su continente. Así se formaban – y se forman aún hoy – ejecutivos llamados a convertirse ellos mismos en formadores.

No olvidaré nunca esta torre del Algodón edificada frente al mar, enfrente de ese lugar, hoy redescubierto, donde se elevaba antaño el faro de Alejandría. Estaba en parte puesta a disposición de la universidad Senghor por el gobierno egipcio. Vuelvo a ver las delegaciones francófonas llegadas del mundo entero, acogidas por el Sr. Mohamed Hosni Mubarak, presidente de la República árabe de Egipto.

Cuando el acta de fundación fue ratificada, seis de los principales signatarios quisieron visitar las clases en donde trabajaban jóvenes africanos. Habiéndolos precedido, éramos numerosos en esperar su llegada.

Cuando aparecieron el egipcio Mubarak, el francés Mitterrand, el senegalés Diouf, el congolés Mobutu – no le habían invitado pero igual había ido –, el príncipe heredero de Bélgica y el canadiense Marcel Masse, su buen humor fue evidente para todos. No tardamos en enterarnos de que, durante algunos instantes, su ascensor se había quedado en la completa obscuridad. Felizmente, el ministro canadiense Masse se había acordado de que llevaba un encendedor. Había prendido una flama con él. Y la luz francófona fue.
En ese instante preciso, nos pareció que la larga y preciosa historia de la amistad franco-egipcia, la de la estima recíproca y complementaria que dos pueblos se profesaron durante dos siglos, acababa, por el símbolo de un ascensor presidencial y de un encendedor providencial, de encontrar la más sonriente y la más evidente de las confirmaciones.

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