DOBLE
SALVAMENTO DE LA REPÚBLICA
Y DE LA PAZ CIVIL |
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EL
18 DE BRUMARIO |
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Alegoría
del 18 Brumario
Óleo
de Antoine François
Callet (1741-1823). |
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Por
el general (2S) |
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MICHEL
FRANCESCHI
Comendador
de la Legión de Honor
Consultor Militar Especial
del Instituto Napoleónico México-Francia |
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| El
General Franceschi |
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Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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PRESENTACIÓN
GENERAL |
|
Por
el Dr.
Ben
Weider
(1923-2008)
†
Oficial de la Legión
de Honor
Fundador de la Sociedad Napoleónica
Internacional
Presidente del Comité científico
del Instituto Napoleónico
México-Francia |
| En
la larga secuencia de eventos
explotados por los detractores
de Napoleón para mancillar
su imagen, el 18 de Brumario figura
en excelente lugar. En este evento,
el futuro Emperador es muy a menudo
presentado como un detestable
putchista que derroca al régimen
para satisfacer una incoercible
ambición personal.
En este ensayo, el general Franceschi
bravea una vez más un pensamiento
único históricamente
correcto para hacer triunfar la
verdad.
Situando buen el caso en su contexto
general, despeja de él
con claridad los aspectos destacados.
Acto salvador de la República,
el 18 de Brumario permitió
realizar suavemente la vital transición
institucional entre un Directorio
en descomposición y un
Consulado que va a revelarse prodigioso.
Políticamente legítima,
esta operación de salud
pública no le debe nada
a un complot. Fue concebida en
la transparencia por personalidades
eminentes, conscientes de un peligro
mortal inminente y que tomaron
valientemente todas sus responsabilidades.
Perfectamente legal, su proceso
se desarrolló sin la menor
efusión de sangre.
Si Bonaparte hubiera sido un hombre
de pronunciamiento, no se habría
esperado hasta entonces para hacerse
del poder. Hubiera podido tentar
un golpe de estado ya el 13 de
Vendimiario y sobre todo lograrlo
a su regreso triunfal de la campaña
de Italia.
El aspecto más positivo
del 18 de Brumario es el de haber
evitado a Francia volverse a hundir
en las sangrientas convulsiones
de la Revolución hacia
las cuales ya se encaminaba inexorablemente.
El advenimiento del Consulado
fue de hecho acogido en el entusiasmo
general por una opinión
pública que gozaba de un
juicio más seguro que el
de muchos supuestos historiadores.
Le debemos agradecimientos al
general Franceschi por resta nueva
contribución convincente
a la historia de Napoleón. |
|

| «
Ciudadanos, la Revolución
está fijada en los
principios que la han comenzado,
está terminada » |
Primer
Cónsul Bonaparte,
11 de noviembre de 1799. |
|
|
El
cambio de régimen operado los días
18 y 19 de brumario del año VIII (9 y
10 de noviembre de 1799), brindó a los
detractores patentados de Napoleón une
buena oportunidad de perjudicarlo, a precio
de una grosera falsificación de la Historia,
¡una más!
¡Cuántas
tonterías no se han escrito a propósito
de este evento salvador! Es de esa fecha que
data que el Emperador se habría convertido
en un ogro liberticida. Conscientes de la vanidad
de pretender derrumbar en su totalidad su memoria,
algunos creyeron hábil dividir su vida
en dos: Bonaparte el bueno hasta el 18 de brumario,
Napoleón el malo enseguida. Incluso se
llegó hasta a escribir que el 18 de brumario
había inspirado todos los putchs del
siglo XX. ¡Si el ridículo pudiera
matar, la Historia se habría por fin
deshecho de todos los parásitos y falsos
historiadores que la contaminan!
Examinemos de
cerca el evento a la luz de la situación
catastrófica de Francia en 1799.
1–
EXIGENCIA VITAL DE UN
CAMBIO DE RÉGIMEN POLÍTICO
Recordemos primero
un dato fundamental del caso: cuando Bonaparte
llega a París el 16 de octubre de 1799
viniendo de Egipto, la unción popular
ya le está adquirida. Recibido como un
mesías, ha sido plebiscitado por las
multitudes a todo lo largo de su travesía
triunfal del país desde Fréjus.
Su viaje hasta
la capital ha suscitado un entusiasmo creciente
a cada etapa. En Aviñón, fue acogido
por una muchedumbre inmensa frente al hotel
al que llega. En Lyon, se han iluminado y engalanado
todas las casas. Se ha bailado en las calles
disparando cohetes. El teatro ha presentado
una pieza de circunstancia en su honor. Y por
doquier se han dejado oír los «
viva Bonaparte », a menudo seguidos de
« que viene a salvar a la Patria ».
Y en todas partes igualmente se han elevado
quejas contra el Directorio.
Esta fiebre
se ha apoderado progresivamente de toda Francia
apenas ha sido conocida la noticia de su regreso.
En Nevers, conscriptos que se negaban a incorporarse
a sus regimientos han cambiado de opinión.
En Pontarlier, « republicanos han derramado
lágrimas, creyendo soñar »,
según una crónica de la época…
En París,
el alborozo popular ha confinado al delirio.
El público de los teatros ha interrumpido
los espectáculos para entonar cantos
patrióticos. Las fanfarrias de los regimientos,
tocando marchas militares, están fuera
de las casernas. La « Gazette de France
» escribió que « nada iguala
la alegría que propaga el regreso de
Bonaparte. Es el único evento que, desde
hace tiempo, haya vuelto a encender el entusiasmo
popular ».
En el Palacio
Borbón, el Consejo de los Quinientos,
no obstante contestatario como lo veremos pronto,
ha aplaudido de pie el anuncio de su regreso
con gritos de « viva la República
», y levantado la sesión cantando
aires patrióticos.
La muchedumbre
se había congregado frente a su domicilio
en la rue de la Victoire y había
entonado una vibrante Marsellesa, entrecortada
por clamores de « viva Bonaparte el salvador
de la Patria ». Llegada la noche, se han
improvisado iluminaciones en todas las calles.
En las innumerables
aclamaciones oídas, un leitmotiv ha prevalecido:
« viva Bonaparte, abajo el Directorio
». Sin ninguna ambigüedad, Francia
inquieta ha enviado un doble mensaje: aspira
unánimemente a cambiar de régimen
político y es a Bonaparte a quien el
pueblo ha confiado esta misión. Nadie
puede pues contestar la legitimidad democrática
de una intervención de Bonaparte en los
asuntos del país. El interesado la concibe
como un deber sagrado.
En esta hora
crucial de su Historia, Francia carece de razones
de aborrecer al Directorio, impotente para superar
sus dificultades y moralmente desacreditado.
La situación económica es catastrófica,
las cajas del estado están absolutamente
vacías. A los funcionarios ya no se les
paga. El desorden y la corrupción hacen
estragos en todos lados. Ni siquiera se conocen
los efectivos precisos del ejército,
privado desde hace meses de sueldo y de víveres.
La anarquía y la inseguridad reinan.
Bandas organizadas siembran el terror por doquier,
especialmente en los campos.
En la región de Aix, han llevado la osadía
hasta pillar las valijas de Bonaparte durante
su paso… Los enriquecidos del sistema
ostentan un lujo insolente, mientras la masa
ni siquiera logra alimentarse correctamente.
Un edificante
reporte de policía describe los progresos
del vicio: « La depravación de
la moral, es extrema y la generación
nueva está en un gran desorden, cuyas
consecuencias infaustas son incalculables para
la generación futura. El amor sodomita
y el amor sáfico son tan descarados como
la prostitución y hacen progresos deplorables
». El « estercolero nacional »,
tal era la expresión del tiempo para
calificar la situación general.
En resumen,
en octubre de 1799, Francia se desliza inexorablemente
hacia el caos. La situación se aparenta
a la del 13
Vendimiario (5 de octubre de 1795), cuando
Bonaparte salvó una primera vez la República
y la paz civil. Si se quiere evitar una explosión
más grave que la de 1789, es primordial
cambiar de régimen político con
toda urgencia. Cuanto más rápido
que en las fronteras, el enemigo, momentáneamente
frenado por las recientes victorias de Brune
y de Masséna, no espera más que
los desórdenes internos para abatirse
sobre París.
Este imperativo
de cambio es unánime entre los políticos
que cuentan en el país. Pero todavía
falta hallar el modo operatorio más apropiado…
Con la fuerza
que le da su legitimidad popular, Bonaparte
lo hará todo para respetar la legalidad
republicana.
2 –
UN PROCESO ESCRUPULOSAMENTE
LEGAL
En efecto, Bonaparte
rechaza de inicio la solución de un putch
militar que algunos le sugieren. Se impone una
doble exigencia democrática: la operación
debe hacerse con la aprobación de la
representación nacional sin efusión
de sangre.
Hay que comenzar
por no confundir rapidez y precipitación.
Como toda batalla militar, la batalla política
que se anuncia exige previamente un examen preciso
de la situación.
Tres vías
de acción se le presentan.
Elimina pronto
la alianza con el clan de los « podridos
», que encarna Barras, ese viejo golfo
a quien se contentará en neutralizar.
La segunda
manera de operar consistiría en aliarse
con los jacobinos, entre los cuales los generales
Jourdan y Augereau gozan de una cierta influencia.
Se encuentra con éstos últimos.
Conscientes de las relaciones de fuerza, estarían
dispuestos a concederle el papel protagónico,
al menos en lo inmediato. Pero desconfía
de ellos. Con ellos, siempre hay un riesgo de
derrape hacia el robespierrismo. Tiene mucho
cuidado de no confundir autoridad y autoritarismo.
Declina educadamente su propuesta, no sin tranquilizarlos
en cuanto a sus convicciones republicanas demostradas
en Vendimiario y en Fructidor. Pero desde ese
momento debe cuidarse de su activismo y ganarles
por la mano, pues se le informa que traman bajo
la mesa un golpe para el 20 de Brumario. El
famoso negociante Santerre mantiene una amenazante
agitación en los suburbios. Sabe además
que disponen de una fuerte minoría inquieta
en el Consejo de los Quinientos. Va a darse
cuenta de ello muy pronto. Entretanto, le encarga
a Salicetti tranquilizarlos…
Queda el cambio
de régimen por la vía democrática,
por iniciativa misma del Directorio.
Es la que elige porque concilia en todo el respeto
de la Constitución y la voluntad popular.
Y para mostrar bien claro que no tiene en la
mira más que el interés superior
del país, proclama alto y fuerte: «
Yo no pertenezco
a ninguna camarilla, yo soy de la gran camarilla
del Pueblo francés ».
Fouché, Talleyrand, Cambacérès
y el banquero Collot, le aportan su concurso.
Todo lo que cuenta en el microcosmos político
insiste en ser recibido por Bonaparte.
 |
Charles-Maurice
de Talleyrand-Périgord
(1754-1838)
Retratado en 1815 por Alexi
Nicolas Noël. |
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Joseph
Fouché, duque de Otranto (1763-1820)
Ministro de la policía
general, retrato tardío por
un autor anónimo. |
|
|
 |
Abate
Emmanuel-Joseph Sieyès (1748-1836)
Quien según Barras,
« veía jacobinos por
todos lados ». Óleo de
J.L. David. |
|
Pero aún
falta convencer a los cinco directores en funciones:
Gohier, presidente en ejercicio del Directorio,
el ex abate Sieyès, Ducos, Barras y el
general Moulin. Éste último está
muy molesto con él. ¿Acaso no
propuso a sus colegas, con una ingenuidad consternante,
deshacerse de él mandándolo condenar
como desertor del ejército de Egipto?
Le recordaron prestamente que fueron ellos mismos
quienes llamaron de vuelta al « desertor
»… Uno se pregunta por cierto por
medio de qué artificios este mediocre
general sin título de guerra alguno pudo
alzarse hasta el puesto de Director. Por el
momento, es la sombra de Gohier.
A pesar de la
habilidad de Josefina,
de quien es pretendiente, el presidente del
Directorio se muestra reacio al cambio. Se le
comprende, al estar consciente de que no recuperará
su sinecura presidencial en un nuevo régimen.
Sus intereses personales le hacen olvidar los
del país, que le importa un pepino.
Corrupto hasta
el tuétano, Barras no es un obstáculo.
Una fuerte suma de dinero, entregada por Talleyrand,
basta para hacerlo retirarse de la escena.
El insignificante Ducos le es todo devoto a
Sieyès, el hombre de la situación.
Viejo caminero
de la Revolución de la que es uno de
los padres, por cierto regicida, constitucionalista
curtido, exento de los escándalos y de
la inmoralidad ambiente, Sieyès posee
la autoridad y la inteligencia políticas
para jugar un papel determinante, sobre todo
en el Consejo de lo Antiguos, en donde goza
de una gran influencia. Mucho antes de Bonaparte,
su incontestable civismo lo ha convencido de
la necesidad de un cambio de régimen.
Pero su exigente ambición lo inclina
naturalmente a jugar el papel principal, con
la ayuda de una « espada no muy larga
».
Ha pensado sucesivamente
en los generales Jourdan, Joubert y Moreau,
sin éxito.
El regreso
inopinado de Bonaparte perturba sus planes.
Los primeros contactos entre los dos hombres
son glaciales, pero, siendo que comparten el
mismo objetivo político, están
condenados a asociarse.
En lo que concierne
a Bonaparte, el cambio de régimen deseado
se presentaría mejor si, previamente,
obtuviese un puesto de Director. Sin ilusión
alguna, lo solicita verbalmente ante el Directorio.
Gohier le objeta con una gran sonrisa que la
Constitución exige una edad mínima
de cuarenta años, cuando él sólo
tiene treinta y uno. ¡Pero fuera de eso,
se le otorgará el mando militar de su
elección! ¡Qué excelente
manera de alejarlo bajita la mano! La triquiñuela
es demasiado evidente. Elude la propuesta. Pero
desde ahora debe precipitar su acuerdo con Sieyès.
Desde hace algún
tiempo, Talleyrand y Fouché lo presionan
en ese sentido. Roederer comparte la misma opinión
con muchos otros de menor importancia. Su hermano
Luciano va a desempeñar los buenos oficios.
Su accesión el 26 de octubre a la presidencia
del Consejo de los Quinientos, constituye un
augurio de los más alentadores.
La entrevista
decisiva con Sieyès se lleva a cabo en
el domicilio de Luciano el 10 de brumario (1°
de noviembre). Para dejarle bien clara su superioridad
a su interlocutor, Bonaparte toma inmediatamente
la dirección de la entrevista, yendo
raudamente al grano. A decir verdad, atropella
un poco a su interlocutor, para gran sorpresa
de Luciano. En la combinación esbozada
por Sieyès, solo le estaba destinado
el poder militar. Exige formar parte del Gobierno
interino. Sieyès se inclina, porque tiene
la inteligencia de comprender que ya no puede
hacerlo de otra forma, dado que el mayor triunfo
se encuentra en la mano de Bonaparte. Finalmente,
se ponen de acuerdo en el proyecto siguiente:
| |
- Dimisión del
Directorio en totalidad o en mayoría.
- Sobre Decreto legal
del Consejo de los Antiguos, ya adquirido,
translación del Cuerpo Legislativo
(Consejo de los Antiguos y Consejo de
los Quinientos) al castillo
de Saint-Cloud, para constatar el
vacío del poder, nombrar un gobierno
provisional de tres Cónsules,
y designar una Comisión Legislativa
encargada de preparar una nueva Constitución,
para someterla a la votación
del pueblo.
- El Decreto de los
Antiguos nombrará al general
Bonaparte comandante del ejército
encargado de asegurar la seguridad de
la transferencia de las cámaras
y de sus deliberaciones, contra toda
agitación de donde fuera que
proviniese. Todavía se teme,
en efecto, una insurrección popular
fomentada por jacobinos extremistas,
de ahí la decisión de
la transferencia de las Asambleas a
Saint-Cloud, al abrigo de un golpe forzado.
|
La validez del
Decreto exige todavía la contrafirma
del Presidente du Directorio. Gohier resiste
muchas horas y luego se inclina, añadiendo,
enigmático: « Todo se arreglará
mañana en Saint-Cloud ».
Así pues,
todo se desarrolla de la manera más legal.
Queda ahora pasar rápidamente a la ejecución
de dicho plan…
Si bien las
dimisiones de Sieyès, Ducos y Barras
se dan como previsto, Gohier se hace de rogar
y no cede hasta el último minuto. Pero
desde ese instante el Directorio ha dejado de
existir. El poder está vacante.
La puerta está abierta al cambio de régimen
como quien no quiere la cosa.
Antes de la
difusión del Decreto de los Antiguos,
Bonaparte se ha asegurado de la participación
del general Lefebvre, al mando de la guarnición
de París, quien ha jurado « echar
al río » en caso de necesidad a
esos « abogados de quienes viene todo
el mal ». En un impulso de generosidad,
Bonaparte le hace don de su sable de Egipto.
Compuesto en lo esencial por veteranos de Italia,
al ejército en su conjunto ya lo tiene
ganado. Sin embargo, a los granaderos de la
Guardia del Cuerpo Legislativo, funcionariados,
no hay que quitarles el ojo de encima.
Pero no logra
convencer de unírsele al general Bernadotte,
esposo de su ex novia Désirée
Clary, quien le profesa una enemistad
íntima que no se desmentirá jamás…
Los generales Moreau, Macdonald y Beurnonville
se han sumado sin dificultad.
Las tres fases
están fijadas. Tras un buen inicio, vamos
a asistir a una tragicomedia inesperada.
3- LA
BURLESCA REACCIÓN CONSERVADORA DEL CUERPO
LEGISLATIVO
El Decreto sésamo
de los Antiguos llega al domicilio de Bonaparte,
rue de la Victoire, el 18 de brumario
a las ocho treinta horas. Lo esperaba impacientemente
desde el amanecer, rodeado por sus fieles, convocados
para asistirlos.
Pieza maestra
de la legalidad de la operación, así
es como está redactado, en total conformidad
con lo que estaba previsto:
« Artículo
1°: el Cuerpo Legislativo es transferido
a la comuna de Saint-Cloud. Ambos Consejos
se reunirán ahí en las
dos alas del palacio.
Artículo
2: se habrán presentado ahí
mañana 19 de brumario al medio
día. Toda continuación
de funciones, de deliberaciones está
prohibida en otro lugar y antes de ese
tiempo.
Artículo
3: El general Bonaparte está
encargado de la ejecución del
presente Decreto. Tomará todas
las medidas necesarias para la seguridad
de la representación nacional.
Artículo
4: El general Bonaparte es llamado al
seno del Consejo de los Antiguos para
recibir una expedición del presente
Decreto y prestar juramento. »
|
Bonaparte brinca
sobre un gran caballo negro de cabeza blanca,
un tanto repropio, que le ha prestado el almirante
Bruix, según se ha dicho. Y, rodeado
por su numerosa escolta de oficiales, se encamina
con gran aparato a las Tullerías,
en la sala del Consejo de los Antiguos. Ahí,
dirige a aquellos honorables parlamentarios
las palabras que esperan:
« La
República perecía. Lo habéis
reconocido. Habéis expedido un Decreto
que va a salvarla. Ayudado por todos los amigos
de la Libertad, de quienes la han fundado, de
quienes la han defendido, yo la sostendré.
Los valientes que están bajo mis órdenes
comparten mis sentimientos. Habéis expedido
la Ley que promete la salvación pública,
nuestros valientes sabrán ejecutarla.
Queremos una República fundada sobre
la Libertad, sobre la Igualdad, sobre los principios
sagrados de la representación nacional.
¡La tendremos! ¡Lo juro!
»
Su estado mayor
recalca después de él: «
¡Lo juramos! ». Las tribunas se
derrumban bajo los aplausos.
Deja la sala
del Consejo de los Antiguos para inspeccionar
a los diez mil soldados reunidos en el jardín.
Los generales Moreau, Macdonald y Beurnonville
lo acompañan. Se alista para dirigirse
a la tropa, cuando percibe a Bottot, un allegado
de Barras a quien éste había enviado
en otro tiempo a Italia para espiar. Lo empuja
ante el frente de las tropas cual víctima
expiatoria y la toma con él en términos
acusadores, a la atención de la opinión
pública: « ¿Qué
habéis hecho de esta Francia que os había
dejado tan brillante? ¡El robo ha sido
erigido como sistema! Se ha librado al soldado
sin defensa. ¡Os he dejado la paz, he
vuelto a encontrar la guerra! ¡Os he dejado
victorias, he vuelto a hallar reveses! ¡Os
he dejado millones de Italia, he vuelto a encontrar
por doquier leyes espoliadoras y la miseria!
¡Este estado de las cosas no puede durar!
Antes de tres meses, nos llevaría al
despotismo. ¡Queremos la República
asentada sobre las bases de la Igualdad, de
la Moral, de la Libertad civil y de la tolerancia
política! (…) »
Los fusiles
se alzan, las aclamaciones crepitan. Bonaparte
salta sobre su caballo para pasar a las unidades
en revista, mientras el pobre Bottot huye apenado.
Tras haber leído
el Decreto a las tropas, les dirige su arenga
acostumbrada: « Soldados,
el Decreto extraordinario del Consejo de los
Antiguos es conforme a los artículos
102 y 103 del acta Constitucional. Me ha hecho
entrega del mando de la ciudad y del ejército.
Lo he aceptado para secundar las medidas que
va a tomar y que están todas por entero
a favor del pueblo. La República está
mal gobernada desde hace dos años. Habéis
esperado que mi regreso pusiera un término
a tantos males. Lo habéis celebrado con
una unión que me impone obligaciones
que lleno. Cumpliréis con las vuestras
y secundareis a vuestro general con la energía,
la firmeza, y la confianza que siempre he vito
en vosotros ».
Un inmenso
grito de « viva Bonaparte » retumbó
hasta muy lejos.
En ese 18 de
brumario a medio día, todo transcurre
todavía muy bien… Tanto más
cuanto que, para preparar a los parisinos al
evento, carteles compuestos por Roederer y Regnault
habían sido fijados durante la noche
en los muros de la capital. Despiadados para
con el Directorio, proclaman la necesidad de
elevar al general Bonaparte a las más
altas responsabilidades del país.
Éste
último pasa la tarde en las Tullerías,
donde, con su estado mayor determina las disposiciones
militares para la jornada decisiva del día
siguiente. En vista de ahogar en el huevo toda
veleidad de disturbios al orden público,
serán colocadas tropas a todo lo largo
del itinerario que lleva a Saint-Cloud. En el
castillo, el dispositivo militar será
omnipresente, en medida de hacerle frente a
toda eventualidad.
Al final de
la tarde, Bonaparte recapitula con los actores
principales de la empresa. Lee en su rostro
una cierta inquietud, compartida por cierto
por Cambacérès. Fouché,
Ministro de la Policía, le rinde cuenta
de que ha « hecho bajar las barreras de
París », es decir que aísla
la capital. El propio moderado Sieyès
le aconseja ordenar el arresto de una cincuentena
de cabecillas jacobinos. Se niega categóricamente.
Insiste en la legalidad absoluta de la operación
y no quiere atentar en modo alguno contra la
libertad de expresión y de movimiento.
Se sorprende de todos esos temores. El pueblo
les es partidario. ¿Acaso no están
en regla en todos los planos de la legalidad?
Aún cuando su director se ha mostrado
reticente, todo se desarrolla bajo la égida
misma del Directorio, sin que ninguna coacción
haya sido ejercida sobre quien sea. ¿De
qué se trata después de todo,
sino del trámite legal y a la chita callando
de jerarcas republicanos conscientes de sus
responsabilidades nacionales para evitarle a
Francia el caos que la amenaza de cerca?
A decir verdad,
aún poco curtido en chanchullos de políticos,
Bonaparte da muestra en la circunstancia de
una gran ingenuidad. Contrariamente a sus asociados,
aprecia mal la oposición con la que se
va a topar. No puede concebir que el imperativo
de la supervivencia de Francia no se imponga
a todo responsable político.
Por otra parte,
no se da bien cuenta de que el asunto les mina
el terreno a los jacobinos y sobre todo amenaza
al egoísta corporativismo parlamentario.
Pudientes y cebados, envarados en sus uniformes
de carnaval, un número demasiado grande
de diputados van a preferir sus sinecuras, sus
prebendas y sus privilegios a la salvaguarda
de la República y a la salvación
del país.
Estas dos oposiciones
no van a dejar de conjugar sus esfuerzos. ¿De
hecho, acaso no se ha cometido una falta táctica
dejándoles toda la noche para concertarse
antes de la jornada capital de Saint-Cloud?
¿Pero cómo hacerlo de otra forma,
salvo a alimentar la acusación de golpe
de Estado?
Estos loables
escrúpulos democráticos van finalmente
a constituir una debilidad funesta, al grado
de hacer que todo fracase…
Como previsto,
las dos asambleas del Cuerpo Legislativo se
presentan en Saint-Cloud en la mañana
del 19 de brumario (10 de noviembre), bajo la
protección del ejército a todo
lo largo del itinerario. Se distingue la pertenencia
de los diputados por su uniforme, o más
bien por su ridículo atavío. Manto
azul ajustado con un cinturón rojo, tocado
rojo, manto blanco para los Antiguos. Toga blanca
ajustada con un cinturón azul, tocado
y manto rojos para los Quinientos.
A su
llegada, las salas de deliberación
que les están destinadas no están
listas. Los Antiguos no ocuparán
el Gran Salón hasta las trece
horas, los Quinientos la Orangerie
a las quince horas.
Este
retraso es enojoso. Acrecienta el mal
humor de los diputados, de por sí
ya exasperados por el impresionante
despliegue de fuerzas. Les proporciona
así la oportunidad de mostrarse
mutuamente las caras. Oyendo algunas
conversaciones por aquí y por
allá, es bien claro que un buen
número de diputados, sin duda
debidamente apartados y aconsejados
desde el día anterior, se esfuerzan
por excitar a sus colegas. Hay manifiestamente
agitadores a la obra…
Bonaparte
percibe desde su llegada esta tensión
imprevista. Todos los caciques políticos
consideran un eventual motín
popular jacobino, pero no se esperaban
en lo más mínimo a una
fronda parlamentaria. Echa un vistazo
rápido al dispositivo militar
alrededor del castillo. Los granaderos
de la Guardia del Cuerpo Legislativo
están dispuestos en el primer
patio, a cargo de la hilera de honor.
Las demás tropas se reparten
alrededor. Murat ocupa el centro estratégico,
la explanada del castillo.
En
el espartano gabinete particular que
les está reservado, se reúne
con Sieyès y Ducos, que le parecen
a disgusto. Así tiene la confirmación
de que las cosas no van a pasar tan
fácilmente como previsto. Esperan
charlando a que las Asambleas entren
en deliberación. La inquietud
es palpable. Se informa discretamente
a Bonaparte que Sieyès ha hecho
ocultar en el bosque su coche enganchado,
listo para salir pintando rápidamente,
mientras Talleyrand ha preferido instalarse
fuera del castillo en compañía
de Collot. ¡Valientes pero no
temerarios, estos jerarcas del régimen!
|
 |
Luciano
Bonaparte
(1775-1840)
Hermano
del Emperador y futuro príncipe
de Canino y Musignano, retratado
por François-Xavier
Favre. |
|
|
El asunto empieza
mal. Los Antiguos, supuestamente ya ganados
por entero, tergiversan acerca del respeto de
la Constitución, pero las cosas deben
poder arreglarse por ese lado. Por el lado de
los Quinientos, es inmediatamente un tumulto,
incontrolable por su Presidente, su hermano
Luciano. Una minoría de diputados sobreexcitados
les impone a todos su actitud agresiva. Algunos
de ellos se han manifiestamente retrasado en
los merenderos próximos al castillo.
En medio de los clamores y de las vociferaciones,
se las arreglan para adherir a la propuesta
de un diputado, que consiste en prestar juramento
a la Constitución del año III.
No es para nada el objeto de la sesión.
De lo que se trata es de asegurar la dimisión
del Directorio. Los Quinientos cometen ahí
su primera irregularidad. A pesar de su llamada
a la orden del día, Luciano no puede
oponerse a la adopción de la propuesta.
Espera que los ánimos puedan así
calmarse un poco… Pero el juramento, nominal
y teatral, debe tomar al menos cinco horas…
El ayuda de campo Lavalette informa a Bonaparte
todo aquello frente a Sieyès. Ambos están
de acuerdo en estimar que ya es demasiado.
Como en todas
sus batallas pasadas o por venir, cuando la
suerte vacila, Bonaparte decide intervenir en
persona en el lugar crucial. El moderado Sieyès
lo aprueba. Comienza por los Antiguos, Cámara
Alta, y de quienes espera que arrastren a los
Quinientos. Al presentarse, cruza una unidad
de granaderos que hace redoblar los tambores
« aux champs » y grita espontáneamente
« Viva Bonaparte ». Este encuentro
fortuito le da ánimos. Acompañado
por algunos granaderos y su secretario Bourrienne,
entra en la sala con un paso decidido. Amargado
por sus sinsabores por venir, Bourrienne dará
más tarde una versión tendenciosa
de la escena que sigue, tragada tal cual por
los detractores de Napoleón.
Bonaparte se
dirige a los Antiguos en estos términos,
de modo a poner los puntos sobre las íes:
« Representantes
del pueblo, si yo hubiera querido usurpar la
autoridad suprema, no me habría
atenido a las órdenes que me habéis
dado, no habría tenido necesidad
de recibir esta autoridad del Senado. Os lo
juro, representantes del pueblo, la Patria no
tiene defensor más celoso que yo. Me
brindo todo entero para hacer ejecutar vuestras
órdenes. Pero es sobre vosotros
solos que reposa su salvación, pues ya
no hay Directorio, cuatro de los miembros que
formaban parte de él han presentado su
dimisión y el quinto ha sido puesto bajo
vigilancia por su seguridad. ¡Los peligros
son apremiantes, el mal se acrecienta…!
»
Se le interrumpe
brutalmente invocando el respeto de la Constitución.
Así, he aquí electos del pueblo
que se desdicen abiertamente, contaminados por
el corporativismo de los Quinientos. Para salvar
sus privilegios de elegidos, se burlan de la
miseria del pueblo y de la salvación
del país, refugiándose detrás
de la ficción hipócrita de una
Constitución unánimemente condenada
y escandalosamente escarnecida.
Irritado por
esta interpelación, Bonaparte no se deja
amorrar y prosigue con un tono vivo: «
¿La Constitución?
Es invocada por todas las facciones y ha sido
violada por todas ellas. Ya no puede ser para
nosotros un medio de salvación porque
ya no obtiene el respeto de nadie. ¿La
Constitución? ¿No es en su nombre
que habéis ejercido todas las tiranías?
Y aún hoy es en su nombre que se conspira…
».
Con este comentario,
sin duda provocador, la sala se inflama y se
divide. El debate se vuelve un enfrentamiento
vehemente en una total confusión. En
ese ambiente sobrecalentado, los argumentos
rebasan el pensamiento. Puesto fuera de sí
por este incalificable comportamiento, Bonaparte
se deja llevar por observaciones torpes, como
la de referirse a sus fieles granaderos…
No solo es inútil
sino igualmente malsano proseguir. Antes
de retirarse azotando la puerta, seguido
por sus compañeros, se las arregla
para lograr lanzar su última
exhortación: « Os
invito a tomar medidas saludables que
la urgencia de los peligros ordena imperiosamente.
Hallaréis siempre mi
brazo para hacer ejecutar vuestras resoluciones
». Los Antiguos van rápidamente
a calmarse y a reincorporarse.
Es el
turno del Consejo de los Quinientos,
ahora, al cual su entorno le desaconseja
dirigirse. Sabe pertinentemente que
el número de sus adversarios
es ahí más importante
aún que donde los Antiguos. A
pesar de los riesgos que corre, quiere
agotar todas las vías de debate
democrático, antes de verse obligado
a emplear la fuerza de la Ley.
En
camino a la Orangerie, cruza
al escritor Arnault, que va llegando
de París, quien le anuncia que
la situación está totalmente
tranquila en la capital. Le transmite
la recomendación de Fouché,
apoyada por Talleyrand, de « forzar
» las cosas, en Saint-Cloud.
Su entrada en la Orangerie
desencadena instantáneamente
un estrépito indescriptible.
Es recibido con alaridos de «
abajo el dictador » y «
fuera de la ley el tirano ». Algunos
« viva Bonaparte » logran
sin embargo dejarse oír en medio
de la batahola general. El tumulto cae
entonces en el pugilato entre un cierto
número de diputados sobreexcitados
y sus granaderos de escolta. Incluso
se ve brillar un puñal surgido
de una toga de un representante del
pueblo, rápidamente neutralizado
por el granadero Thomé (como
recompensa, Josefina lo invitará
a su mesa en compañía
de su colega Pourrée quien lo
había asistido, y le obsequiará
un diamante de diamante de 200 escudos).
Está asqueado por el espectáculo
lamentable de aquellos diputados empenachados,
liados en sus togas, tocados y mantos
de mascarada. Olvidadizos de la miseria
del pueblo e inconscientes de la situación
crítica del país, no tienen
en mente más que la defensa egoísta
de sus propios privilegios de parlamentarios
pudientes y ahítos.
|
 |
| El
general Bonaparte en el Consejo
de los Quinientos, en Saint-Cloud.
Diez de noviembre de 1799 |
|
Doble
salvamento de la república
y de la paz civil ante el
peligro inminente del restablecimiento
del régimen del Terror
por los partisanos anglo-jacobinos
inflitrados en los Consejos.
En esta imagen, los granaderos
Thomé
y Pourrée
protegen al General Bonaparte
ante la amenaza de un atentado
mortal por parte de legisladores
armados que lo rodean y ya
lanzan el anatema terrible
de « fuera de la ley
», mismo que tuviera
razón de Robespierre...
Óleo de François
Bouchot (1800-1842); Museo
del Castillo de Versalles.
|
|
|
Para sacar a
Bonaparte de sus garras aceradas, sus granaderos
lo levantan y se lo llevan afuera de la sala,
donde Luciano va a seguir defendiéndolo
lo mejor que puede, con valor, lucidez, dignidad
e incluso brío.
Bonaparte encuentra
a Sieyès en su gabinete y recobra sus
sentidos. Comparten la misma apreciación
de la situación. Agrediendo al mandatario
de los Antiguos y al querer ponerlo fuera de
la ley, los Quinientos acaban de cometer su
segundo error, después de su primer rechazo
de conformarse a la orden del día prevista.
Pero ésta es gravísima. Al tomarla
violentamente con la persona de Bonaparte en
el ejercicio normal de sus funciones, de las
cuales le ha investido el Decreto de los Antiguos,
violan muy simplemente una Constitución
que pretenden defender.
La sentencia
de Sieyès, conservada por la Historia,
es inapelable: « Los
Quinientos acaban de ponerse fuera de la Ley,
os toca ahora a vosotros echarlos fuera de la
sala ».
Son casi las
diecisiete horas, el día declina. Hay
que acabar antes de la noche. En dificultades,
Luciano hace llegar a su hermano una nota instándolo
a actuar. Para Bonaparte, es preciso en primer
lugar poner a Luciano al abrigo. Envía
un pelotón de granaderos a la sala de
sesiones para escoltarlo hacia él. La
situación es entonces tan confusa que
Luciano cree que vienen a arrestarlo…
Los dos hermanos
se encuentran en la explanada frente a la tropa
que el general Sérurier ha comenzado
a preparar para la acción con éstos
términos: « Los Antiguos se han
reunido con Bonaparte, los Quinientos han querido
asesinarle ». Parece que la confusión
se ha apoderado de una parte del ejército.
Gritos provenientes de la Orangerie
anuncian la puesta fuera de la Ley inminente
de Bonaparte.
Entonces Luciano
va a entrar en la Historia… Más
veloz que su hermano, salta sobre un caballo
y se dirige solemnemente a la tropa, en su calidad
de jefe de una Asamblea de la República:
« ¡Ciudadanos soldados! El Presidente
del Consejo de los Quinientos os declara que
la inmensa mayoría de este Consejo
está en este momento bajo el terror de
algunos representantes del pueblo con estiletes,
quienes asedian la tribuna, presentan la muerte
a sus colegas y ejecutan las deliberaciones
más horrorosas. Os declaro que esos
audaces truhanes, sin duda a sueldo de Inglaterra,
se han puesto en rebelión contra el Consejo
de los Antiguos y han osado hablar de poner
fuera de la ley al general encargado de la ejecución
de su Decreto (…). Os declaro
que ese pequeño número de furiosos
se han puesto a sí mismos fuera de la
ley por sus atentados contra la libertad de
este Consejo (…). Confío
a los guerreros el encargo de rescatar a la
mayoría de sus representantes,
a fin de que, liberada de los estiletes y de
las bayonetas, pueda deliberar sobre la suerte
de la República. General, y vosotros
soldados, y todos vosotros ciudadanos, no reconoceréis
por legisladores de Francia más que a
quienes van a irse conmigo. En cuanto
a los que permanecerán en la Orangerie,
¡que la fuerza los expulse! (…)
».
¡Se
trata aquí de una requisición
legal de la fuerza pública en debida
forma y con todos los requisitos por una autoridad
calificada!
 |
| Napoleón
y los dragones de Sébastiani,
que juegan un papel fundamental
en la evacuación del
Consejo de lo Quinientos. «
No necesitamos explicaciones,
sabemos que no queréis
más que el bien de la
República ». Grabado
de Jules David (1808-1892). |
|
|
Gritos
de « viva Bonaparte » se
elevan. La argumentación indiscutible
de Luciano y la convicción con
la cual la ha expresado acaban de hacer
bascular la situación. Pero Bonaparte
le da el último toque a este
éxito, tomando la voz a su vez:
«Soldados,
os he llevado a la victoria, ¿puedo
contar con vosotros?».
Clamores de « sí »
y « viva Bonaparte » se
elevan de las filas y aumentan.
Él
prosigue, frecuentemente interrumpido
por más «viva Bonaparte»:
«Agitadores
buscan alzar al Consejo de los Quinientos
contra mí. ¡Pues bien,
los voy a poner en cintura! ¡Desde
hace ya bastante tiempo, la Patria está
atormentada, pillada, saqueada! ¡Desde
hace suficiente tiempo sus defensores
son envilecidos, inmolados! (…).
Facciosos hablan
de restablecer su dominación
sanguinaria. ¡He querido
hablarles, me han respondido por medio
de puñales! (...)
Tres veces he
abierto las puertas de la República,
y tres veces las han vuelto a cerrar
(…) »
Las
aclamaciones redoblan. Luciano le hace
entonces seña de dejar de hablar.
Sacando su espada y apuntando al pecho
de su hermano, pronuncia entonces este
juramento digno de una tragedia antigua:
« ¡Os juro atravesar el
seno de mi propio hermano si alguna
vez atenta contra la libertad de los
franceses! ». ¡Es el delirio
en las filas!
|
Bonaparte da
entonces al general Leclerc la orden de hacer
evacuar la Orangerie. Los tambores
baten la carga. Leclerc pasa la puerta e «
invita los diputados a retirarse ». Uno
o dos entre ellos elevan una tímida protesta,
pero apenas Murat ordena: « ¡échenme
a todo este mundo fuera! », es una desbandada
desaforada y lamentable. Olvidando toda decencia,
esos fanfarrones de los Quinientos se dispersan
a toda prisa, por la puerta y las ventanas,
desvistiéndose de sus hábitos
para poder correr más rápido...
Tocados y mantos rojos, togas blancas y cinturones
azules cubren la Orangerie, los corredores,
la explanada, las alamedas y los bosquecillos
del castillo.
Son las veinte
horas, la farsa se ha terminado.
Poco después,
el ayuda de campo Lavalette le lleva a Bonaparte
el Decreto de victoria del Consejo de los Antiguos,
así redactado: « El Consejo de
los Antiguos, en vista de la retirada del Consejo
de los Quinientos, decreta lo que sigue: al
haber presentado cuatro de los miembros del
Directorio ejecutivo su dimisión y estando
el quinto bajo estado de vigilancia, será
nombrada una comisión ejecutiva provisional,
compuesta por tres miembros ».
En virtud de la Constitución, es necesario
ahora obtener el aval de los Quinientos. Se
despachan estafetas por doquier para congregar
a los más posibles en el castillo. Un
buen quórum de ellos se presenta, todos
apenados. Luciano los reúne en la Orangerie
y, por propuesta del diputado Chazal, les hace
adoptar el Decreto final, que les va a leer
enseguida, hacia la media noche en su gabinete,
a Bonaparte, Sieyès y Ducos: «
El Cuerpo Legislativo crea provisionalmente
una comisión consular ejecutiva, compuesta
por los ciudadanos Sieyès, Ducos y de
Bonaparte, general, quienes llevarán
el nombre de Cónsules
de la República ».
Nótese
que el hábil Chazal había previamente
hecho aprobar a unanimidad una medida financiera
que consistía en asegurar el pago de
las indemnizaciones de los diputados durante
toda la vacante del Parlamento. ¡Si se
hubiera empezado por ahí, tal vez se
habría podido evitar la mascarada de
la Orangerie!
De golpe, oh
versatilidad de los hombres, los diputados recalcitrantes
se vuelcan en la obsequiosidad, sin duda para
buscar hacerse perdonar. Proclaman que «
¡Bonaparte, Murat, Lefebvre, Gardanne
y demás generales, se han hecho dignos
de la Patria! ».
Última
formalidad, Sieyès, Ducos y Bonaparte,
se prestan, aliviados, al sacrosanto requisito
del juramento de « Fidelidad inviolable
a la soberanía del pueblo, a la República
francesa una e indivisible, a la igualdad, a
la libertad y al sistema representativo ».
Conviene dejar
la última palabra al hombre del día,
Luciano Bonaparte, que se expresa así
en su discurso final a los Quinientos: «
Oíd el grito sublime de la posteridad.
Si la libertad nació en el juego de Palma
de Versalles, fue consolidada en la Orangerie
de Saint-Cloud. Los constituyentes de 89 fueron
los padres de la Revolución, pero los
legisladores del año VIII fueron los
padres y los pacificadores de la Patria ».
Por su lado,
Bonaparte ha redactado antes de volver a París,
la discurso al Pueblo siguiente, reproducida
aquí in extenso en su estilo particular:
|
PROCLAMA
DEL GENERAL EN JEFE BONAPARTE
EL 19 DE BRUMARIO ONCE DE LA NOCHE
|
« A mi regreso a París,
hallé la división
en todas las Autoridades, y el
acuerdo establecido en esta única
verdad, que la Constitución
estaba medio destruida y no podía
salvar la libertad.
Todos
los partidos vinieron a mí,
me confiaron sus proyectos, develaron
sus secretos y me pidieron mi
apoyo. Me negué
a ser el hombre de un partido.
El
Consejo de los Antiguos me llamó;
respondí a su llamado.
Un plan de restauración
general había sido concertado
por hombres en quienes la Nación
está acostumbrada a ver
defensores de la libertad, de
la igualdad, de la propiedad:
este plan demandaba un examen
tranquilo, libre, exento de toda
influencia y de todo temor. Como
consecuencia, el Consejo de los
Antiguos decidió la traslación
del Cuerpo legislativo a Saint-Cloud;
me encargó la disposición
de la fuerza necesaria a su independencia.
Creí deber a mis conciudadanos,
a los soldados que perecen en
nuestros ejércitos, a la
gloria nacional adquirida a precio
de su sangre, aceptar el mando.
Los
Consejos se reúnen en Saint-Cloud;
las tropas republicanas garantizan
la seguridad en el exterior. Pero
asesinos establecen el terror
en el interior; muchos Diputados
del Consejo de los Quinientos,
armados con estiletes y armas
de fuego, hacen circular a su
alrededor amenazas de muerte.
Los
planes que debían ser desarrollados,
son constreñidos, la mayoría
está desorganizada, los
Oradores más intrépidos
desconcertados, y la inutilidad
de toda propuesta sabia evidente.
Llevo
mi indignación y mi dolor
al Consejo de los Antiguos; le
pido asegurar la ejecución
de sus generosos designios; le
represento los males de la Patria
que se los hicieron concebir:
se une a mí por medio de
nuevos testimonios de su constante
voluntad.
Me
presento al Consejo de los Quinientos;
solo, sin armas, con la cabeza
descubierta, tal como los Antiguos
me habían recibido y aplaudido;
venía a recordar a la mayoría
sus voluntades y a asegurarla
de su poder.
Los
estiletes que amenazaban a los
Diputados, son enseguida levantados
contra su libertador; veinte asesinos
se precipitan sobre mí
y buscan mi pecho: los Granaderos
del Cuerpo Legislativo, a quienes
había dejado en la puerta
de la sala, acuden, se interponen
entre los asesinos y yo. Uno de
aquellos valientes Granaderos
(Thomé) es herido de un
estiletazo con el cual sus ropas
son perforadas. Me llevan de ahí.
En
el mismo momento, los gritos de
« fuera de la ley »
se dejan oír contra el
defensor « de la ley ».
Era el grito salvaje de los asesinos,
contra la fuerza destinada a reprimirlos.
Se
apretujan en torno al Presidente,
con la amenaza en la boca, armas
en mano; le ordenan pronunciar
el fuera de la ley: se me advierte;
doy la orden de arrancarlo a su
furor, y seis Granaderos del Cuerpo
legislativo se apoderan de él.
Inmediatamente después,
Granaderos del Cuerpo legislativo
entran a paso de carga en la sala,
y la hacen evacuar.
Los
facciosos intimidados se dispersan
y se alejan. La mayoría,
sustraída a sus golpes,
regresa libremente y apaciblemente
a la sala de sus sesiones, oye
las propuestas que debían
serle hechas para la salud pública,
delibera, y prepara la resolución
saludable que debe convertirse
en la ley nueva y provisional
de la República.
Franceses,
reconoceréis sin duda,
en esta conducta, el celo de un
soldado de la libertad, de un
ciudadano entregado a la República.
Las ideas conservadoras tutelares,
liberales, volvieron a sus derechos
por la dispersión de los
facciosos que oprimían
a los Consejos, y quienes, por
haberse vuelto los más
odiosos de los hombres, no han
dejado de ser los más despreciables
».
|
|
Hallamos en
este texto sintético la narración
fiel del evento y, ya desde ahora, la preocupación
Napoleón de colocarse siempre por encima
de la melé, como unificador de la Nación,
al servicio único de Francia…
El país
acaba de librarse de una buena. Evita por poco
una nueva explosión revolucionaria hacia
la cual lo conducía inexorablemente la
descomposición del Directorio. La guerra
civil que le habría seguido fatalmente
hubiera con toda seguridad llamado la invasión
extranjera. De hecho, la acogida triunfal reservada
al evento por la Nación toda entera no
deja ninguna duda sobre su carácter de
salvación pública.
¿Entonces
el 18 de brumario, un putch, un pronunciamiento,
una conspiración, un complot, un golpe
de Estado, como se dan gusto machacándolo
los despreciadores obstinados de Napoleón?
Nada de todo eso, sino simplemente el doble
salvamento de la República y
de la paz, civil y militar, sacada
adelante por un puñado de hombres valientes,
que tomaron todas sus responsabilidades para
sacar al país de una situación
catastrófica. Una vital mutación
institucional, tal es la verdadera
definición del 18 de brumario.
Aquella noche
del 19 al 20 de brumario del año VIII
(10 al 11 de noviembre de 1799), se abre en
el gran libro de la Historia de Francia, la
página sin igual del reino de Napoleón
Bonaparte. Sobre las cenizas de una Revolución
por fin domada, va a fundar la Francia moderna
por medio de una obra civil colosal, eclipsada
por su incomparable gloria militar. El prodigioso
Consulado
va a abrir la vía al fabuloso Imperio.
Casaperta, Octubre
de 2005.
Ver también
en este sitio: Comentarios
del 18 Brumario, por Isis Wirth.