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Instituto
Napoleónico México-Francia - Institut
Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador. |
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NAPOLEÓN
I Y LAS GRANDES
BATALLAS |
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Entrevista
al General (2S) Michel
Franceschi,
publicada en la revista
Actualité
de l’Histoire
(«Actualidad
de la Historia
») en
su ejemplar de junio-julio
2008. Comentarios
reunidos por el señor
Eric Garnier. |
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General
Michel
Franceschi
Consultor
Militar
Especial
del
INMF. |
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Traducción
del Instituto Napoleónico
México-Francia
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¡Guerra
tras guerra,
Napoleón
no declaró
ninguna de
ellas!
Tras una brillante
carrera en
los cuerpos
de paracaidistas
de las Tropas
de Marina
y de las fuerzas
especiales,
el general
de cuerpo
de armada,
Michel
Franceschi
se
ha consagrado
a otra de
sus pasiones,
la historia.
De origen
corso, y por
experiencia
gran especialista
de historia
militar y
de estrategia,
se ha desempeñado
como Consultor
histórico
especial de
la Sociedad
Napoleónica
Internacional
y
Consultor
Militar Especial
del Instituto
Napoleónico
México-Francia.
Hoy, toma
la pluma para
ofrecernos
la obra «
NAPOLEÓN,
DEFENSOR INMOLADO
DE LA PAZ
» libro
que toma a
contrapié
la historia
oficial. ¡Apasionante!
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ACTUALITÉ
DE L’HISTOIRE
–
¿Cuáles
son las razones
que lo llevaron
a dedicar una tal
obra a Napoleón?
MICHEL
FRANCESCHI
– La historia
siempre me ha apasionado.
La enseñanza
militar superior
que ha jalonado
mi desempeño
profesional me llevó
naturalmente a interesarme
en particular al
gran capitán
que fue Napoleón.
El maniqueísmo
del que sufría
su reputación,
idealizado por algunos
y vilipendiado por
otros, me hacía
pensar que algo
no andaba bien en
la escritura de
su historia. Para
saber a qué
atenerse, me dediqué
a efectuar investigaciones
profundizadas, teniendo
como base de partida
los conocimientos
escolares de todo
el mundo, es decir
una prevención
cierta contra el
personaje.
Salí de esta
inmersión
historiográfica
con la certeza de
que la historia
convenida de Napoleón
le daba la espalda
a las realidades
porque está
subvertida por la
pasión y
el espíritu
partisano. Esta
triste constatación
me determinó
a reaccionar ante
esta enorme injusticia
hecha a la memoria
del Emperador. Pero
hasta mi retiro,
mis intensas actividades
militares no me
dejaron tiempo.
Desde ese momento,
como Cincinnatus
de vuelta a su arado,
aprovecho mi tiempo
libre en mi tebaida
corsa para labrar
el pasado y cultivar
la memoria de Napoleón.
Ya he escrito numerosos
artículos,
muchos folletos,
y hace poco este
libro que será
seguido por otros,
espero… |
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AH
– Los
historiadores no dejan
de decir que Napoleón
era un estratega sin paralelo.
¿Qué piensa
de eso el especialista
que es usted?
MF
– si hay un punto
en el que están
de acuerdo generalmente
los historiadores, es
justamente el del genio
militar de Napoleón.
Pienso que es el mayor
capitán de todos
los tiempos. Se le compara
a Alejandro, a Aníbal,
a Escipión y
a César. De hecho,
cumula las cualidades
de todos ellos. Incomparable
autodidacta, forjó
precozmente su arte
de la guerra por medio
de innumerables lecturas
históricas desde
la escuela de Briena
y proseguidas toda su
vida. Revelado en el
« capitán
cañón
» del sitio
de Tolón, el
genio militar de Napoleón
estalló todo
entero en el joven general
Bonaparte de la primera
campaña de Italia.
Paradójicamente,
Napoleón no inventó
nada. Se puede hablar
de renacimiento militar
en lo que a él
se refiere. Su genio
consistió en
realizar una magistral
y luminosa síntesis
de sus ilustres predecesores
y a aplicarla con un
brío insuperable.
Se puede clasificar
a los guerreros en dos
categorías. La
primera contiene a los
« carniceros »,
que no conciben la batalla
más que por medio
de la oposición
frontal de fuerzas,
como boxeadores en un
ring. Llegan a llevarse
victorias, pero pírricas.
Los segundos introducen
la inteligencia en la
violencia de la guerra.
A semejanza de los judocas,
buscan ante todo desequilibrar
al adversario para limitar
al máximo la
efusión de sangre.
Napoleón pertenece
incontestablemente a
ésta última
especie de jefes. Su
arte de la guerra entra
todo entero en el principio
de la desestabilización
del enemigo y en la
preservación
de su propio equilibrio.
Todo lo demás
no es más que
ejecución en
la simplicidad. Sus
esquemas preconcebidos,
en función exclusivamente
de las circunstancias
del momento explotadas
oportunamente.
AH
– De una
manera general, se acusa
a Napoleón de
haber puesto a Europa
a fuego y sangre. Ahora,
en su libro, parece
usted contestar su responsabilidad
en el desate de las
guerras napoleónicas.
¿Qué hay
con eso realmente?
MF
– No me contento
con contestar. Afirmo
y demuestro, pruebas
al canto, que Napoleón
no tiene ninguna responsabilidad
en las guerras de su
reinado, incluidas las
más controvertidas
como las de España
y de Rusia. Esto puede
parecer una rodomontada,
pero « los
hechos hablan por sí
mismos »,
como decía el
Emperador. En todo caso,
no innové de
ninguna forma. No hice
más que poner
a la orden del día
una tesis ya defendida
por ilustres historiadores,
hoy bien olvidados,
entre otros Arthur
Levy,
Albert Sorel,
Edouard Driault,
Paul de Cassagnac,
Louis Madelin,
etc. Además,
en tanto que Consejero
Histórico Especial
de la Sociedad Napoleónica
Internacional,
estoy en perfecta comunión
de ideas con su presidente,
Ben
Weider, que figura
en dicha calidad en
la portada de la obra.
Invariablemente, la
política general
de Napoleón consistió
en evitar los conflictos
armados, muy simplemente
porque se le imponía
como prioridad la tarea
aplastante de fundar
la Francia nueva sobre
las ruinas aún
humeantes de la Revolución.
¿No inició
su reinado por la restauración
de la paz general en
Europa tras diez largos
años de guerras?
Pero su pregunta es
pertinente, pues pone
el dedo sobre la discordancia
entre las realidades
y su apariencia. Napoleón
es víctima de
sus « espejismos
» que denuncia
honestamente Michelet
cuando afirma que «
Napoleón es el
más difícil
en Historia por la cantidad
de espejismos y de falsos
resplandores que han
extraviado a las mentes
». Uno de esos
« espejismos »
le ha valido una reputación
de guerrero insaciable.
Hallándose a
menudo en campaña
y casi siempre vencedor,
no podía forzosamente
más que adorar
la guerra. Un falso
« resplandor »
es también el
que quisiera conquistar
el mundo puesto que
fue hasta Moscú.
De esa manera, uno se
dispensa de observar
que nunca destruyó
a ninguna de las grandes
dinastías de
Europa para apoderarse
de su territorio,
aun cuando estaba en
medida y a menudo hasta
en su derecho de hacerlo.
Otro “espejismo”
que disipar, es que
si casi todas las batallas
del Imperio se llevaron
a cabo más allá
de nuestras fronteras,
no es para nada por
belicismo desenfrenado
o espíritu de
conquista, sino simplemente
para adelantársele
al invasor en marcha
y así evitar
así a los franceses
los horrores de los
campos de batalla. En
realidad, la marca cardinal
de la historia de Napoleón
es la situación
belígera irreductible
engendrada por el sismo
social de la Revolución
de 1789. Si se descuida
este elemento capital,
se sucumbe a los «
espejismos » de
Michelet y se falsea
la historia. La fatalidad
de una conflagración
general sin merced estaba
inscrita en el legado
de la Revolución.
La emergencia de una
Francia nueva, prosélita
de los derechos del
hombre y de la soberanía
del pueblo, en añadidura
contrarrestando las
miras hegemónicas
de Inglaterra,
eran insoportable para
las monarquías
medievales europeas.
Éstas no cesaron
en su empeño
de restaurar por las
armas la Francia del
Antiguo Régimen.
Una amenaza mortal no
dejó de pesar
sobre ella. El imperativo
de seguridad de Francia,
declarada enemigo público
número uno de
la Europa legitimista,
condicionó de
inicio a fin la política
de Napoleón y
provee la clave de la
historia de su epopeya.
Mi libro demuestra,
guerra tras guerra,
que Napoleón
no declaró ni
una de ellas. Con ello
cumplo una última
voluntad del Emperador
en Santa
Helena.
 |
| Napoleón,
defensor inmolado
de la paz
Obra
laureada del
II Premio
Memorial Conde
de Las Cases
internacional,
edición
2007. |
|
AH
- Usted evoca
en su libro la
intención
de Napoleón
de crear un estado
judío en
Palestina, cuando
se encuentra en
las puertas de
San Juan de Acre
en 1799. ¿Por
qué no
fue hasta el final
de su idea? ¿Fue
el primero en
haber tenido esa
ambición?
¿Y sobre
todo, que fue
lo que le llevó
a preocuparse
de la suerte de
los judíos
que eran, hay
que admitirlo,
muy mal vistos
en el mundo de
la época?
MF
– El sueño
de Napoleón
de fundar un Estado
judío en
Palestina en 1799,
150 años
antes de su realización,
se estrelló
con las indestructibles
murallas de San
Juan de Acre.
Saliendo de la
nada, y amenazado
por todas partes
el nuevo Estado
no era viable
más que
colocado bajo
la protección
de un poderoso
ejército
amigo. El fracaso
de San Juan de
Acre forzó
al general Bonaparte
a volver a Egipto,
volviendo caduca
esta condición
vital. No tengo
conocimiento de
que alguien haya
concebido esta
audaz empresa
antes de Bonaparte.
Nótese
que David Ben
Gourión
hace alusión
a ello en la tribuna
de la ONU
durante la proclamación
del Estado de
Israel.
La obra ejemplar
de Napoleón
a favor de los
judíos
no apasiona a
los historiadores,
¡uno se
pregunta por qué!
¿Sería
porque se trata
de una acción
noble entre todas?
Napoleón
debe ser considerado
como el liberador
de los judíos,
liberándolos
en 1807 de su
condición
de parias. Auténtico
hombre de la Ilustración,
desafió
las oposiciones
más feroces
para hacerlos
beneficiar de
un principio de
igualdad entre
los ciudadanos
e imponer la tolerancia
de su religión,
al mismo nivel
que los demás
cultos. No es
nada menos que
la invención
de la laicidad.
En esta cuestión,
que no puede ser
más sensible,
se la jugó
demasiado en grande
para su carrera,
subordinando su
confort político
en respeto de
un principio republicano.
Cual Poncio Pilato,
hubiera podido
lavarse las manos
de ese temible
problema, como
todos los demás
jefes de Estado
anteriores e incluso
posteriores a
él. Escogió
seguir el noble
ejemplo de Ciro,
restableciendo
antaño
el Templo de Jerusalém.
|
Tuve
el año
pasado el privilegio
de pronunciar
sobre el tema
una conferencia
en Tel Aviv. Puedo
dar testimonio
de la gratitud
de los israelitas
por Napoleón
quien merecería,
¿por qué
no?, el título
de Justo entre
las Naciones.
En todo caso,
son los que están
en mejor posición
para comprender
y juzgar a su
benefactor. ¿No
se aparenta su
situación
de sitiados permanentes
a la del Imperio?
¡Vaya que
es éste
un caso notable
de Actualidad
de la Historia! |
AH
– Su libro va,
creo, a ser editado
en Rusia, en los Estados
Unidos, en India y en
Pakistán. ¿Cómo
comprende usted este
interés por Napoleón
fuera de nuestras fronteras?
MF
– Mi libro está
editado desde hace varios
meses en los Estados
Unidos, en Rusia y en
India. Va a serlo igualmente
en China antes del fin
de año, mientras
otros países
están en las
filas. Mis invitaciones
al extranjero a congresos
o coloquios napoleónicos
me revelan que el Emperador
es conocido y admirado
por doquier, que nos
lo envidian. ¡Qué
contraste afligente
con lo que conocemos
en Francia! La explicación
de esta paradoja por
la clásica flor
de retórica de
que « nadie es
profeta en su propia
tierra » es evidentemente
un poco escueta. Una
gran parte de la verdad,
me parece, es que los
franceses que lo politizan
todo, permanecen en
su subconsciente condicionados
por el gran desbarajuste
de 1789. No han alcanzado
aún a la serenidad
necesaria para integrarlo
con imparcialidad en
su patrimonio histórico.
Por desgracia, múltiples
autores comprometidos
o poco escrupulosos
aprovechan este titubeo
de la historia para
hacerse su agosto.
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