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Francofonía y defensa de la lengua francesa
ALTO AL PSEUDO INGLÉS EN LAS EMPRESAS
Los Estados Unidos estuvieron a punto de hablar francés
Por el Profesor
Claude Hagège
Caballero de la Legión de Honor
Oficial de la Orden de las Palmas Académicas
Caballero de las Artes y las Letras de Francia
Prof. Claude Hagège
Traducción de la Francósfera México-Francia

La prensa hizo eco a las acciones que denuncian la costumbre, adquirida por cantidad de empresas francesas, de imponer el inglés en todos los niveles, en el momento mismo en que, fuera de los angloparlantes de paso, no se encuentra a nadie que tenga del inglés un conocimiento que no sea superficial. ¿Hay que sorprenderse de ello? El inglés no es la lengua fácil que se cree, dejándose engañar por la impresión de una adquisición rápida.

Es, al contrario, una lengua bastante difícil, no solo por su fonética, sino también por la estructura de las frases. Un pequeño experimento basta para convencerse de ello. Consiste en recopilar, en periódicos ingleses o estadounidenses, tal o cual artículo que contenga, como es el caso las más veces, muchas construcciones verbales y fórmulas idiomáticas transparentes para los locutores de nacimiento. Se constata que la mayoría de dichos textos son en parte opacos a los extranjeros, no obstante buenos conocedores del inglés, o considerados como tales.

Así pues es contraproducente imponer el inglés a todo el personal en las empresas (…). Los sindicatos que recusan esta práctica insisten en el sentimiento de inseguridad, y a veces en los transtornos psicológicos que causa en los más frágiles la presión de una lengua no escogida. ¿Podemos, entonces, explicar semejante política lingüística por la búsqueda pertinaz de la eficacia en otro nivel, es decir en la concurrencia salvaje entre las empresas por la conquista de los mercados mundiales?

Marie-Joseph Roch Gilbert du Motier, marqués de La Fayette (1757–1834)

La respuesta es clara: hasta este momento, nunca nadie ha aportado la menor prueba de un acrecentamiento de las prestaciones comerciales que sería la consecuencia directa del uso del inglés, aún cuando se puede admitir que los productos sean vendidos en inglés, fuera de Francia, a las clientelas anglófonas. Nunca nadie ha demostrado tampoco que el francés no tenga todos los recursos necesarios para expresar el mundo contemporáneo.

Los poderosos y repetidos embates para abatir el francés aportan un precioso refuerzo a otra acción, conducida por instituciones y empresas estadounidenses. Podría creerse que éstas últimas se contentan con el estado de desequilibrio de las lenguas que ha creado para su beneficio, desde fines de la segunda guerra mundial, la entrada cada vez más masiva de productos estadounidenses, especialmente culturales, en los mercados europeos como en los demás. Pero eso no basta. Los grupos en cuestión apuntan a la evicción pura y simple del francés. Así es como ordenan a sus expertos estudios precisos del precio que les costaría el esfuerzo resultante en suplantar, en provecho del inglés, el francés en los países mismos en los que está difundido, por ejemplo en el África subsahariana.

Se trata aquí de una verdadera guerra. Algunos recordarán la grave derrota sufrida por Francia desde… 1763, cuando el tratado de París la desalojó de los inmensos territorios en los que estaba presente desde hacía más de un siglo, y que estaban pues perdidos para el francés. Otros vituperarán las delicadezas del marqués de La Fayette, declinando con una despreocupada elegancia el regalo que Washington habría propuesto, dícese, como reconocimiento por el concurso aportado por Francia a la lucha por la independencia estadounidense: adoptar el francés como lengua de los incipientes Estados Unidos.

Es vano, hoy en día, reavivar los pesares aterrados que pueden suscitar tantos inmensas pérdidas, soñando lo que sería el mundo si el francés dominara en América del Norte, en vez de ser hablado en un único bastión, Quebec, de 7 millones de locutores sumergidos en un océano de 260 millones de anglófonos. Al menos puede uno preguntarse por qué los candidatos a la más alta función del Estado no inscribirían en su programa la promoción de la diversidad de las culturas, y por consiguiente la de la cultura francesa a través de su lengua. Pues el francés, con más de cincuenta países adherentes a la Organización Internacional de la Francofonía, se encuentra en la base, hoy en día, del único otro proyecto existente de cara al enorme desafío de la uniformidad.